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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Balanceándome...
Me cuesta hacer balance, aunque sé que a veces es necesario. Vivo condicionada por el hoy y por el inmediato mañana, de modo que tengo que esforzarme para echar la vista atrás (o la memoria).

En esta época toca desear a todo el mundo que 2008 sea mejor que 2007, pero realmente me cuesta pensar qué he hecho en los últimos meses. Estamos insertos en una etapa de la vida en la que sólo se puede ir hacia delante, en la que, salvo tragedias, todo lo que nos pasa es bueno, en mayor o menor medida. Sólo se puede avanzar, proyectar, soñar y cumplir lo que se pueda, por lo que es inútil desear un mejor año venidero ya que, sin duda, lo será. Y si vienen cosas malas, o regulares, las superaremos.

En el horizonte pululan varias cosas: terminar la carrera, quizá empezar un máster, cambiar de trabajo, producir un corto, terminar y amueblar mi futuro nidito de amor, preparar la boda para 2009... No suelo hacer propósitos de año nuevo, ya que sólo espero querer más a la gente que quiero, querer a más gente y que me quieran. Sólo espero pasarlo bien, seguir trabajando (eso que no falte) y, sobre todo, aprovechar el tiempo. Ay, aprovechar el tiempo... ese que cuesta tanto tener...

Atrás quedan viajes interesantes, fiestas estupendas y hasta una rutina maravillosa, que hasta el día a día hay que disfrutarlo... Adelante quedan la incertidumbre, la impaciencia, la impotencia, las frustraciones y, más que nada, la esperanza. Qué sería del futuro sin la esperanza, los sueños, los deseos... qué sería de la vida sin ellos.

Así que a todos os deseo un muy feliz año nuevo, en el que no paren de nacer nuevos proyectos y nuevas ilusiones.
 
Belleza y pasión
Entre una masa de cuerpos sudorosos, de humo y molestas luces, al ritmo de una música cualquiera, había un pequeño hueco a través del cual se atisbaba un trocito de universo. Joven él, joven ella, atractivos y excitados, bailaban juntos, pegados, adheridos, fundidos, como si no hubiera nadie alrededor.

Las manos de él en la cadera de ella, bajando y subiendo por su espalda, acariciándola con lentitud y con avaricia; las manos de ella en su cuello, revolviendo su pelo en una mezcla de ternura y pasión y tocando sus labios con la yema de los dedos. Sus bocas se unían casi con desesperación y, sin embargo, el tiempo parecía detenerse; se saboreaban impacientes, pero con todo el tiempo del mundo, investigando cada recodo, sin violencia, sin prisas, pero con premura.

Era la belleza del momento detenido, la belleza de la pasión observada. Seguro que no se conocían desde hacía mucho, seguro que querían observarse, atraparse, enlazarse uno al otro. Sus cuerpos ansiaban conocerse, recorrerse, pero se detenían de vez en cuando: ella le miraba a los ojos, él enredaba sus manos en sus rizos, ella perfilaba sus labios con las uñas, reteniendo aquella visión, aquella sensación de infinitud en los dedos. Se miraban mientras bailaban y se devoraban con la mirada, un segundo después se comían enteros, se lamían, se mordían...

Y vuelta a empezar en un baile que parecía no acabar nunca. Sus caderas juntas, su piel vibrante, sus piernas engarzadas... y vuelta a las miradas, a los besos tiernos.. y luego la pasión y luego la explosión de sabores y texturas... y vuelta al baile, a las manos que bajan por la espalda, a las caricias en el cuello... y así, así, así...

Es curioso observar lo que se desea en una pareja desconocida...
 
El milagro de la aspirina
Debió ser que el jueves cayó toda la lluvia de Getafe sobre mí y mis amigas. Será que la comida en el chino no me sentó muy bien. Será que el comienzo del rodaje de nuestro corto de este año me pasó factura.

Será que el viernes no iba a salir. Que no iba a salir y terminé de cañas a las 12 de la noche en Miguelturra, un pueblo al lado de Ciudad Real, con los compañeros de trabajo de mi novio.

Será que el sábado por fin recordé lo que era estresarse en el trabajo y tuve que echar mano de la inestimable ayuda de mi compañera Lorena. Será que, aunque no tenía plan, por fin salí. Salí en plan tranquilo, pero salí y tragué humo y bailé un poco y bebí menos, pero salí y hacía frío.

Será que el domingo por la mañana no me sentía yo muy bien, pero pensé que sólo sería cansancio. Será que en el periódico hacía frío y hacía calor y será que el día también estuvo ajetreado y, guiada por el dicho "hoy por ti, mañana por mí", me quedé trabajando hasta las diez y media de la noche.

A las once y media ya estaba en la cama. Sin poder tenerme en pie. Con un dolor de articulaciones que me mataba. He pasado la noche entre fiebres, sudores y temblores. Dándole vueltas a la cabeza: "tengo que trabajar mañana por la tarde", "cómo me voy a quedar sin salir hoy, que es Nochebuena", etc. A las once de la mañana la aspirina obró el milagro y me dejó dormir durante hora y media mientras ella, oh aspirina milagrosa, expulsaba la fiebre de mí.

Y ahora estoy más o menos bien. Sobreviviendo. Con ganas de mirarme en el espejo, que ya es mucho. Y en breve cojo el coche y me voy para mi pueblo, para disfrutar con la familia de la cena, del Mensaje del Rey, de unas risas y unas fiebres, que siempre son menos fiebres si se comparten.

A todos vosotros, enfermos y no enfermos, ¡Feliz Navidad!
 
El tiempo pone todo en su sitio
Las dos últimas veces que he compartido piso con gente que no conocía de antes me he sentido como un bicho raro. Mientras que cualquiera de ellas llegaba del trabajo o de la Universidad y se sentaba a ver la televisión tranquilamente yo normalmente estaba delante del ordenador pasando apuntes, viendo series o películas o navegando por Internet.

El primer año creí que era porque mis dos compañeras de piso llevaban cuatro años viviendo juntas y estaban acostumbradas la una a la otra. Charlábamos y reíamos juntas, pero la relación no llegaba más allá. Ni siquiera nos sentábamos a ver la televisión juntas porque era tan diminuta que se necesitaban prismáticos. Además, estuve bastante tiempo en Ciudad Real trabajando, además de los fines de semana.

Este año la dueña del piso nos conoció el mismo día a mi otra compañera y a mí, por lo tanto teníamos todas las mismas posibilidades de trabar amistad con las demás. Desde octubre vivíamos las tres juntas. Aunque los días extras han desaparecido de mi agenda mensual, sigo trabajando fines de semana, por lo que ellas dos se quedaban solas y pasaban mucho tiempo juntas. Así que salvo excepciones yo seguía a mi bola, delante del ordenador hasta las tantas, leyendo algún libro o haciendo alguna práctica, y tampoco me preocupaba mucho no tener una relación íntima con ellas.

En los últimos días ellas habían cuajado una estrecha amistad de la cual me mantenían al margen, de modo que pedían comida a un restaurante chino y ni siquiera me preguntaban si quería.

Todo esto hasta el miércoles pasado. Mientras comentaba con la dueña del piso asuntos acerca de la factura de la luz me sorprendió con la noticia de que la otra chica se había marchado. Me dijo que le habían dado un piso de alquiler protegido y que se iba a vivir allí junto con su novio; en un principio dije que me alegraba por ella y pregunté hasta cuándo se quedaba. Entonces me dijo que ya se había ido.

Para poneros en situación os diré que la dueña del piso se había marchado el puente a su casa porque estaba enferma y una vez allí le llegó un sms de nuestra compañera diciendo que se marchaba del piso ese mismo fin de semana. Ella tuvo que llamarla y explicarle que esas cosas al menos requieren una llamada telefónica, que si habían estado meses compartiendo piso había suficiente confianza como para decirle en persona que se iba. Así que ese mismo sábado nuestra compañera empaquetó sus cosas y se mudó. Sin dar mayor explicación.

Así me lo contó mi ya única compañera. Estaba indignada por el modo en que todo había ocurrido y se le notaba que guardaba también algo de resentimiento. Además, me explicó que no sólo nuestra ahora ex-compañera se había comprometido a quedarse todo un año sino que su novio iba a ocupar mi habitación una vez que yo la abandonara en enero. Y así, de repente, se quedó compuesta y sin novio, que se suele decir.

Sentí pena por ella y comentamos experiencias sobre gente que se había comportado de forma irresponsable (por aquello de que "mal de muchos..."). No obstante, sentí una pequeña satisfacción y no pude menos que recordar aquella famosa frase que dice que "el tiempo pone todo en su sitio".

Me he llevado bien con mi compañera desde el principio. El primer día la avisé de que me quería quedar sólo unos meses y así lo aceptó. Pero nuestra relación se tornó extraña a partir de que me puso problemas para poder instalar internet (en una historia demasiado larga para contar aquí). Desde entonces habíamos charlado en un par de ocasiones y poco más. Sin ninguna ventaja y sin ningún inconveniente. Mientras tanto ellas hasta sentaban entre medias a sus respectivos novios cuando veían la televisión en el sofá. Y aunque a mí no me suele importar demasiado lo que piense la gente de mí, salvo aquella a la que quiero, sentía que las cosas deberían ser de otra manera.

Así que a la espera estamos de encontrar a una nueva compañera. ¿Habrá aprendido la dueña del piso la lección?
 
A mi héroe anónimo
A veces ocurren cosas que te hacen recuperar la fe en la raza humana y pensar que, al fin y al cabo, no somos tan malos como parecemos. O que la maldad es una cualidad intrínseca del ser humano pero que, afortunadamente, hay excepciones. Y es que aún no hemos entrado de lleno en fiestas navideñas y ya he recibido mi mejor regalo.

El viernes viví una de esas noches confusas, etílicas y altamente divertidas que, como las buenas películas, cuenta con un falso final y un giro de guión que al final la resuelve satisfactoriamente. Eran las siete de la mañana cuando nos echaron por fin del último bar que continuaba abierto; caminamos unos pasos en busca de un chocolate con churros (para terminar toda buena juerga como deben terminar todas las buenas juergas) y no habían pasado ni diez minutos cuando me di cuenta de que mi bolso había desaparecido. El bolso y los dos móviles, la cámara de fotos, el dinero, las llaves, la tarjeta de crédito y el DNI que iban con él.

En el bar ya habían recogido y nos informaron de que no había ningún bolso allí. Los amigos que iban conmigo me dejaron su teléfono para comenzar a anular la tarjeta y la línea de móvil pero tuve que ir a casa (despertando a todos los que dormían), donde por fin lo conseguí. Volví con mi padre a dar una vuelta de nuevo por donde habíamos pasado y no había ni rastro del bolso. Así que fuimos a la Policía para denunciar la pérdida.

En la Policía Nacional nos dijeron que volviéramos media hora después porque no estaba la persona encargada. Por aquel entonces para mí no cabía la posibilidad de que alguien hubiera encontrado el bolso y lo hubiera devuelto. Sin embargo, cuando llegué a la Policía Local bajó un ángel del cielo envuelto en un torbellino de luces y música celestial que me recordó que a veces existen los milagros. Y la gente buena y honrada.

Allí estaba mi bolso, esperándome en el mostrador de la Comisaría. Estaban todas y cada una de las pertenencias, ni siquiera faltaba el dinero. Así a las 9 de la mañana, pasadas, pude regresar a casa a dormir plácidamente con un gran agradecimiento en el corazón.

Todas y cada una de las personas a las que se lo he contado han dicho lo mismo: "todavía existe gente buena". Es triste que a todos nos sorprenda que una persona devuelva lo que no es suyo. En una sociedad idílica sería normal; en nuestra sociedad corrompida, a veces podrida, las más de las veces desilusionada, lo lógico es apoderarse de los bienes ajenos, aunque sean bienes que acuden a nosotros inesperadamente.

Así que hoy sigo dando gracias al héroe o heroína anónimo que entregó mi bolso a la Policía. Cuenta en La Tribuna de hoy con un "picotazo" de agradecimiento en la última página. Gracias, gracias, gracias...
 
Un cuento (musical) de Navidad
Propongo para estas fiestas una perfecta alimentación de los sentidos. Hablo de August Rush (Kristen Sheridan, 2007), llamada en España El Triunfo de un sueño, y que se prepara de la siguiente manera:

- Tomemos como base la estructura de un cuento popular, o un cuento de Navidad, por su magia, sus inexactitudes, exageraciones y desórdenes, pero capaz de llegar a lo más hondo, de entretener, de enseñarnos, de hacernos recordarlo por mucho tiempo. Un extremo compensa al otro, no lo duden.

- Añadamos una importante porción de Descubriendo nunca jamás (Marc Foster, 2004), por la candidez de los niños en la actuación (Fredie Highmore como August Rush y también como Peter), la intensa atmósfera de amores familiares (Keri Russel encarnando estupendamente a la madre violonchelista y y una emotiva Kate Winslet años atrás como madre de Peter) y la búsqueda de figuras paternales en personas ajenas (con ese Robin Williams -en el papel de El Brujo- cuya interpretación divide opiniones y que, en mi opinión, no está tan mal). Y no hay que olvidar el atractivo de los actores protagonistas, Johnny Depp como James Barrie y Jonathan Rhys Meyer como músico irlandés.

- Un poco de Oliver Twist (Roman Polanski, 2005) por el magnífico retrato de una infancia superviviente y por la creación de personajes ambivalentes.

- Una atmósfera musical extraordinaria, al estilo Copyin Beethoven (Anieszka Holland, 2006 ) -y otras tantas- que seduce al oído y a la vista, con un montaje exquisito de imágenes, de solapamiento de sonidos y de sentimientos que reverberan

- Una pizca distintiva de El Perfume (Tom Tykwer, 2006) -lo siento por los detractores- que hace que olamos por los ojos y escuchemos con imágenes. No puedo dejar de comparar las secuencias en las que Evan descubre la música en los recovecos más inauditos de la ciudad con una de las secuencias iniciales de El perfume, cuando el grenouille bebé descubre los olores de un oscuro mercado nada más nacer.

El resultado es una película mágica, con algunos vaivenes pero una sensación satisfactoria al final. Una perfecta composición para el oído y para la vista y una leve caricia para el corazón.
 
Navidad iluminada
Dice el llamado espíritu navideño que la Navidad es para pasarla en familia y con la gente que te importa. Y es que para disfrutar de la vida a veces no hace falta más que un buen café, una buena compañía y unas calles plagadas de luces.

A las siete y media de la tarde una amiga y yo cogimos el cercanías rumbo a Madrid centro, dispuestas a empaparnos del espíritu de las fiestas. Como manda la tradición (abandonada el año pasado) nos disponíamos a visitar Cortylandia y a comernos una trufa de chocolate en Sol.

Desde Atocha hemos subido a Sol por el Paseo de Recoletos, decorado con unas luces que dejan mucho que desear. La primera parada ha sido la FNAC, visita indiscutible siempre que voy al centro. Y es que FNAC es para mí el templo del placer. Como dice una amiga, si fuera millonaria me compraría todos los libros y después compraría el edificio para tenerlos ordenados.

En busca de Blanco hemos recorrido todas las calles adyacentes, con la suerte de que hemos topado con todas las tiendas de ropa menos la que buscábamos. Eso, unido a nuestra desorientación natural, ha hecho que pateemos Gran Vía arriba, Gran Vía abajo hasta encontrarnos en una calle desconocida que nos ha hecho replantear el rumbo.

Y por fin, el premio final. Cambiamos la tradicional trufa de chocolate por un café del Starbucks (que debe tener droga porque no puedo vivir sin él) y una magdalena gigante de chocolate (de nombre impronunciable). Tanto mi amiga como yo coincidimos en que Starbucks es una de las grandes aportaciones de Estados Unidos al resto del mundo. Tras unas cuantas fotitos con las calles iluminadas, ponemos rumbo a Cortylandia.

La mayoría de la gente que estaba frente a Cortylandia eran adultos que llevaban a los niños para disimular que realmente es a ellos a los que le encantan los muñequitos giratorios y las canciones estridentes y que fingían frío para permitirse algún que otro bailecito. Tiger (muy ligón) nos esperaba para hacernos las fotos de rigor. Y ya cansadas intentamos volver a casa.

A las diez de la noche las calles ya estaban prácticamente desiertas, los puestos de la Plaza Mayor, cerrados y el arbolito de la Puerta del Sol, apagado. Un despliegue policial impresionante a la puerta del Congreso y nosotras caminando bajo las lucecitas para volver a casa.

La verdad es que la iluminación de Madrid deja mucho que desear este año. Menos mal que no se han dedicado a poner palabras como "vómito" y "resaca" como símbolo de las fiestas navideñas, algo que ya hicieron años atrás. Este año han optado por unas sosísimas hojas en la Plaza Mayor (que hasta la de Ciudad Real luce más bonita), unas manchas que no se sabe muy bien qué son en la mayoría de las calles, unas herraduras que parecen dar paso a una carrera de caballos y unos angelotes azules feísimos en la calle Preciados. Muy flojita, sí, para mí que no se han esmerado mucho en la elección. Y además la luz es muy poco brillante y los contrastes son muy apagados.

Lo mejor de las luces es sin duda el entorno que crean y, además, que te dan la excusa para fotografiarte en medio de una calle haciendo el tonto (fotos en breve en mi space). Lo mejor de las luces es que son la justificación perfecta para forzarte a dar un paseíto por el centro y disfrutar de lo que Madrid ofrece.
 
Cambios, cambios...
No me gustan los cambios, aunque comprendo que son necesarios. No me gusta sentir que no hago nada de provecho, que pierdo el tiempo, que soy prescindible... aunque comprendo que le pasa a todo el mundo. Ha habido cambios de organización en el trabajo, cambios que ni a mí ni a mis compañeros nos convencen, pero no hay otra opción. De todas formas yo soy la última en opinar porque, al fin y al cabo, me dejo caer por allí sólo dos días en semana. Todos pensamos que el truco está en acostumbrarse, pero no es tan sencillo. No me preocupa trabajar más hasta acomodarme, me preocupa no trabajar.

Llevo unas cuantas semanas sintiendo que mi ciclo en el periódico ha terminado, al menos en esta sección. Llevo meses sintiendo que no aprendo nada nuevo que sea importante. No es que lamente haber dicho más o menos que no a otros dos trabajos, porque esta no ha sido sólo mi única razón. Disfruto en el trabajo, me gusta el ambiente, me gusta la gente con la que comparto el tiempo y me gusta más o menos el horario (o me gustaba, hasta ahora), pero a veces pienso qué pinto allí. Y este pensamiento me lleva, irremediablemente, a otro más negro: ¿va a ser toda mi vida así?

Si de algo me está sirviendo este tiempo en stand-by es para saber que no quiero esto para mi vida. Sí me gusta para una temporada porque puedo estudiar cómodamente mientras tanto sin hacer demasiados ajustes horarios, pero no podría dedicarme a ello enteramente.

A veces pienso que sirvo para mucho más; otras, que ni siquiera sirvo para esto. Todos mis colegas deben sentir esta inseguridad que yo siento, que me hace creer que sería incapaz de hacer otra cosa que no sea a lo que ahora me dedico. No me da miedo redactar, pero me da miedo no saber afrontar una noticia, no saber tratar con las fuentes, perderme detalles importantes... me da miedo no ser eficiente, me da miedo no saber hacer mi trabajo y a veces me da miedo no ser la mejor. Aunque ser la mejor sea siempre imposible.

Y también temo el rechazo de mis propios compañeros, el preguntarles un día qué les parece mi trabajo y que me digan que me podía haber quedado donde estaba.

A veces llamo a esto acomodo, otras veces lo llamo cobardía, otras tiro por la necesidad del dinero, otras veces lo justifico diciendo que me interesa mantener este trabajo porque quiero seguir trabajando en Ciudad Real en un futuro.

Y aún así sé que tengo suerte. Sé que algunos de mis compañeros de clase tienen mejor trabajo que yo, pero también que otros no tienen y lo desean. Y otros que se aburren. Y gozo sabiendo que yo no me he aburrido en el trabajo hasta hace unos meses, que desde el primer día me he sentido como en casa, algo que no todo el mundo puede decir. Pero no quiero confiarme y creer que ya lo tengo todo hecho, como me dicen algunos, porque de ningún modo es así.

Y me da miedo. Y sé lidiar con el miedo. Pero no con la rabia ni con la impotencia ni con la tristeza ni con la sensación de perder el tiempo una y otra vez.
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Cayendo en picado
De Canciones de amor en Lolita`s Club (Vicente Aranda, 2007) me interesaba la historia: un policía suspendido protegiendo a su hermano deficiente que se ha enamorado de una prostituta. Y verla en el cine me ha hecho toparme de frente, como si ya lo tuviera olvidado, con el cine español. Y con la pésima calidad del cine español.

Partimos de una figura de casting que impulsa todo el proyecto: Eduardo Noriega. Y partimos de una apuesta arriesgada: un mismo actor interpreta dos papeles. Y entonces todo se queda en ilusión. Noriega, en el papel de Raúl el policía, es sencillamente poco creíble: ni su voz ni sus gestos ni su compostura consiguen convencer al espectador. Noriega, en el papel de Valentín el retrasado, está estupendo. Y aunque Fotogramas diga lo contrario, es lo único que salva la película: un Valentín tierno, que se hace querer, más o menos creíble, que a veces sale de la pantalla para mostrarnos lo que es el cariño.

Siguiendo el argumento de la película una se pregunta si era tan necesario que un mismo actor interpretara los dos papeles y la respuesta es no. Teniendo en cuenta además que la idea inicial de este proyecto ya se concibió para cine (aunque por el camino se convirtiera en libro), es lógico pensar que si se invierte un gigantesco esfuerzo de producción en tener un actor para dos papeles es porque está plenamente justificado por el guión. Pues oigan, no: se podría haber hecho perfectamente con dos actores que se parecieran físicamente y al menos la película no se hubiera estrellado, como lo hace, en el plano técnico.

Duele ver algunas partes de la película y no precisamente porque nos lleguen al corazón. Es que hace daño en los ojos, a estas alturas de la digitalización en la que nos encontramos, ver el resplandor verde del croma en los bordes de la imagen. Esto sucede cuando se rueda una escena sobre un fondo verde que posteriormente se sustituye por otro. Obviamente para integrar a los dos noriegas en un mismo plano, cuando se les ve la cara, no hay otra manera (el resto de trucos también saltan a la vista, pero olvidémoslos). Hasta mi madre coincide conmigo en que en aquellas películas olvidadas de Alfredo Landa y de Marisol, donde parecían desdoblarse por arte de magia, se notaba menos. Y no digamos las carcajadas que produce que esto también se perciba perfectamente en los paisajes vistos a través de la ventanilla de los coches. Que hasta en Cuéntame... lo han perfeccionado ya.

No hablemos ya de un final que parece improvisado. Una lee por ahí, en diversas publicaciones, que la película, al fin y al cabo, cuenta cómo el amor nos hace mejores. Todos los que fuimos a verla este sábado coincidimos en que la sensación que nos dejó es que el amor hace a todos unos hijos de puta, con perdón de la expresión. Así que cuando la intención del director y la percepción del público no se parecen en lo más mínimo, algo falla. Y es que esa premisa que les parece tan obvia no aparece planteada en ningún momento de la película (quizá incentivada con la horrible interpretación de Noriega, en cuyo personaje policíaco supuestamente debería notarse una evolución). Hubo carcajadas en la sala, habitada por gente de todas las edades (excepto menores, que con los trailer que han puesto en las televisiones parece que estamos ante una película pornográfica), cuando de la nada surge el amor entre el policía y la prostituta. Porque nada hacía entrever que aquello podía suceder y lo que menos nos imaginamos es que después de un polvo, además un polvo de esos vengativos que constituyen en sí mismos un punto de giro en la película, se declaren amor eterno como si se hubieran estado buscando toda la vida y la cosa quede así.

Esto, señores y señoras, es el cine español, ni más ni menos. Una buena historia que cae en picado por las cosas más absurdas, normalmente decisiones de dirección y producción. Cosas que al igual que se han hecho mal, con el mismo esfuerzo y el mismo presupuesto (para que luego digan) se podían haber hecho bien. Pero nos empeñamos en estropear las buenas historias. Salvemos de la quema a Flora Martínez, a la mitad de Noriega, a un par de escenas brillantes y a una estupenda ambientación del club y vayamos a leer a Juan Marsé, que a lo mejor sobre el papel la historia tiene algo de pies y cabeza.