Estrenamos... SMS
Estamos de estreno, en versión online pero de estreno. Presentamos aquí el corto que hemos realizado este año para la asignatura de Producción y Realización Audiovisual. ¡Espero que lo disfrutéis!
Aprovecho para dar gracias, una vez más, a todos los que nos han ayudado y soportado.
Aprovecho para dar gracias, una vez más, a todos los que nos han ayudado y soportado.
La necesidad de ficción
Cuenta la leyenda urbana que un guionista tuvo una idea genial mientras dormía. Despertó sobresaltado, la apuntó en un papel y volvió a dormir. Al día siguiente comprobó decepcionado que en el papel había escrito "chico conoce a chica". Esta historia nos la contó en tercero nuestro profesor de guión cinematográfico, Alejandro Hernández.
En sueños a veces se tienen ideas que parecen excelentes. Vivimos en ellas mientras soñamos y constituyen así nuestro mundo, un mundo de ficción que nos satisface plenamente mientras dormimos. Incluso aunque los sueños sean angustiosos no queremos abandonarlos. A veces también es posible controlaros: podemos rebobinar, adelantar, centrarnos en una imagen, volver a soñar lo ya soñado... es tan confortante amarrarse a un mundo de ficción que el despertar puede ser muy duro.
Cuando estamos despiertos también soñamos. Mezclamos trozos de realidad y los interpretamos a nuestro gusto para fingir que controlamos la cotidianidad y creamos un mundo a medida. Es fácil crear una historia a partir de miradas, de palabras a medias y de gestos ambiguos y vivirla en nuestras cabezas. Mientras vivimos en esta ficción actuamos movidos por las reglas del juego que nos hemos forjado. El despertar, entonces, es doloroso. Resulta fatídico el desplome de la realidad, el derrumbe de la ficción. Una ficción que fue tan efímera como toda obra de ficción (y como toda obra maestra).
Lástima que no podamos escribir el guión de nuestros días. Si pudiéramos controlar el mundo, crueles humanos, no acabaríamos con las guerras ni el hambre sino que, guiados por nuestro afán egoísta (egoístamente humano), moveríamos todos los hilos para conseguir una mirada de la persona que amamos, una mirada precisa, como la que hemos soñado, con el mismo significado que nosotros le damos y no con el significado anodino de la realidad.
Es de lamentar que en este vida todo sean imaginaciones nuestras, cosas que creemos que están pasando y sólo son fruto de nuestros deseos ocultos e inexplicables. Pero más hay que lamentar que nos neguemos a dejar de ver los principios que han fundado todo. Mientras desmontamos los fundamentos seguimos pensando que nuestra particular ficción sigue siendo real y que es el mundo el que se equivoca. Y nos quedará siempre la sensación de estar aguardando una ficción mayor que de verdad nos colme. Es la absurda capacidad de esperanzarse que posee el ser humano.
Lástima, reitero, que la vida no sea un guión porque alguno de sus trozos, inventados o no, merecen retenerse en la memoria y dejarles tomar cuerpo. Los bombones compartidos en un banco, como en Forrest Gump. O esa sensación de calor placentero del sol de invierno. O esos minutos de silencio tan intensos que pueden saborearse. O esos besos que no se dan. O esas risas calladas, cómplices, breves y eternas. O el tren partiendo en dos las luces de Madrid al entrar en la estación, mientras suenan solos de guitarra en mis oídos y pienso en ti. O este instante, en un noche de ansiedad, cuando me he despertado para escribirte... y añorarte.
En sueños a veces se tienen ideas que parecen excelentes. Vivimos en ellas mientras soñamos y constituyen así nuestro mundo, un mundo de ficción que nos satisface plenamente mientras dormimos. Incluso aunque los sueños sean angustiosos no queremos abandonarlos. A veces también es posible controlaros: podemos rebobinar, adelantar, centrarnos en una imagen, volver a soñar lo ya soñado... es tan confortante amarrarse a un mundo de ficción que el despertar puede ser muy duro.
Cuando estamos despiertos también soñamos. Mezclamos trozos de realidad y los interpretamos a nuestro gusto para fingir que controlamos la cotidianidad y creamos un mundo a medida. Es fácil crear una historia a partir de miradas, de palabras a medias y de gestos ambiguos y vivirla en nuestras cabezas. Mientras vivimos en esta ficción actuamos movidos por las reglas del juego que nos hemos forjado. El despertar, entonces, es doloroso. Resulta fatídico el desplome de la realidad, el derrumbe de la ficción. Una ficción que fue tan efímera como toda obra de ficción (y como toda obra maestra).
Lástima que no podamos escribir el guión de nuestros días. Si pudiéramos controlar el mundo, crueles humanos, no acabaríamos con las guerras ni el hambre sino que, guiados por nuestro afán egoísta (egoístamente humano), moveríamos todos los hilos para conseguir una mirada de la persona que amamos, una mirada precisa, como la que hemos soñado, con el mismo significado que nosotros le damos y no con el significado anodino de la realidad.
Es de lamentar que en este vida todo sean imaginaciones nuestras, cosas que creemos que están pasando y sólo son fruto de nuestros deseos ocultos e inexplicables. Pero más hay que lamentar que nos neguemos a dejar de ver los principios que han fundado todo. Mientras desmontamos los fundamentos seguimos pensando que nuestra particular ficción sigue siendo real y que es el mundo el que se equivoca. Y nos quedará siempre la sensación de estar aguardando una ficción mayor que de verdad nos colme. Es la absurda capacidad de esperanzarse que posee el ser humano.
Lástima, reitero, que la vida no sea un guión porque alguno de sus trozos, inventados o no, merecen retenerse en la memoria y dejarles tomar cuerpo. Los bombones compartidos en un banco, como en Forrest Gump. O esa sensación de calor placentero del sol de invierno. O esos minutos de silencio tan intensos que pueden saborearse. O esos besos que no se dan. O esas risas calladas, cómplices, breves y eternas. O el tren partiendo en dos las luces de Madrid al entrar en la estación, mientras suenan solos de guitarra en mis oídos y pienso en ti. O este instante, en un noche de ansiedad, cuando me he despertado para escribirte... y añorarte.
Un año más...
Y con esto sólo quiero dar idea de lo repetitiva (repetitiva, que no cíclica) que es la vida. He cumplido 23 años y todo sigue igual. No soy de las que creo que de un día para otro la vida cambia por el hecho de sumar un numerito más a la cifra que me ha estado acompañando durante 12 meses. No soy de las que cree que la Nochevieja es una noche mágica y especial porque cambiamos de año en un segundo. Un día va detrás de otro y así, poco a poco, se crea el futuro (y el pasado).
Todo sigue igual. Los mismos errores, las mismas mentiras, las mismas piedras en el camino. Las mismas inseguridades, la misma ansiedad, las mismas ganas de recorrer el camino en menos tiempo de lo debido. El mismo llanto, los mismos sueños rotos, la misma cadencia en la vida. Sigo cayendo en las mismas trampas, sigo incumpliendo los mismos desafíos, sigo diseñando proyectos en el aire y sigo persiguiendo sueños que nunca llegan.
Y, sin embargo, todo sigue siendo igual. Los mismos aciertos, las mismas verdades, las mismas manos amigas. Los mismos retos, los mismos proyectos, las mismas ganas de seguir viviendo. La misma risa, las mismas caricias, el magnífico ritmo de la vida. Sigo creciendo, sigo soñando, sigo creyéndome libre. Sigo compartiendo el tiempo con quiero, andando el camino que quiero y rodeándome de la gente que quiero. Sigo tan agradecida como ayer del cariño de la gente que me quiere, que me mima, que daría la vida por mí. Sigo dando la vida por los mismos por quienes la daba ayer. Sigo teniendo esperanza, sigo teniendo apoyos y sigo fiel a mí misma.
Sigo sabiendo lo que quiero mientras dudo sobre lo que quiero. Sigo necesitando las mismas cosas y sigo prescindiendo de las mismas. Sigo soñando despierta, sigo descubriendo verdades en sueños. Sigo necesitando las palabras para respirar, sigo perdiéndome entre ellas.
Sigo, sigo, sigo... y seguiré más, mucho más... hasta que el cuerpo aguante.
Todo sigue igual. Los mismos errores, las mismas mentiras, las mismas piedras en el camino. Las mismas inseguridades, la misma ansiedad, las mismas ganas de recorrer el camino en menos tiempo de lo debido. El mismo llanto, los mismos sueños rotos, la misma cadencia en la vida. Sigo cayendo en las mismas trampas, sigo incumpliendo los mismos desafíos, sigo diseñando proyectos en el aire y sigo persiguiendo sueños que nunca llegan.
Y, sin embargo, todo sigue siendo igual. Los mismos aciertos, las mismas verdades, las mismas manos amigas. Los mismos retos, los mismos proyectos, las mismas ganas de seguir viviendo. La misma risa, las mismas caricias, el magnífico ritmo de la vida. Sigo creciendo, sigo soñando, sigo creyéndome libre. Sigo compartiendo el tiempo con quiero, andando el camino que quiero y rodeándome de la gente que quiero. Sigo tan agradecida como ayer del cariño de la gente que me quiere, que me mima, que daría la vida por mí. Sigo dando la vida por los mismos por quienes la daba ayer. Sigo teniendo esperanza, sigo teniendo apoyos y sigo fiel a mí misma.
Sigo sabiendo lo que quiero mientras dudo sobre lo que quiero. Sigo necesitando las mismas cosas y sigo prescindiendo de las mismas. Sigo soñando despierta, sigo descubriendo verdades en sueños. Sigo necesitando las palabras para respirar, sigo perdiéndome entre ellas.
Sigo, sigo, sigo... y seguiré más, mucho más... hasta que el cuerpo aguante.
La ambición se llama "Damages"
Aquellos que todavía están debatiendo si la televisión es buena o mala, un debate que debería relegarse ya a tiempos prehistóricos, o si es capaz de ofrecernos obras maestras de la misma calidad que las cinematográficas deberían ver Damages.
Destaca antes que nada por su estructura temporal. Como bien dicen en espoiler, nunca los flashforward se utilizaron con tanta maestría. Damages juega con el espectador, dirigiendo su mirada en todo momento por los recovecos de la historia, dejándole entrar sólo hasta donde los guionistas quieren, frustrando una y otra vez las expectativas, alentando una y otra vez la ansiedad de saber más. La fotografía es inmejorable. Los fragmentos de tiempo se distinguen por una estética diferente: mientras que el pasado tiene un ligero tinte azulado oscuro, como de elegante cine noir, el presente-pasado se empapa de un amarillo que nos conduce a la inseguridad de la realidad.
La serie cuenta con sólo 13 episodios, lo que le permite elaborar al máximo su estructura temporal y desarrollar múltiples tramas que al final no sólo quedan resueltas satisfactoriamente sino que dejan flecos aparte que el espectador puede interpretar como quiera. La trama principal versa sobre la investigación y resolución de un caso de estafa accionarial, contada desde el punto de vista de los abogados acusadores, de los defensores y del multimillonario implicado. Al mismo tiempo vemos a una joven abogada que entra a trabajar en el bufete y se enfrenta la disyuntiva de elegir entre su vida personal y la profesional.
Y Damages es mucho más. Es una filosofía sobre la naturaleza humana. Habla de ambición, de manipulación, de mentiras, de engaños, de riesgos, de amor, de confianza, de celos, de envidias, de pasado, de presente, de futuro, de violencia, de límites... y todo ello con la magnífica Glen Close al frente.
No sería tan perfecta sin Glen Close en el papel protagonista. Un personaje visto hasta la saciedad en el cine y la literatura al que esta mujer da un diferente matiz. Sus susurros han de temerse tanto como su rabia, su decisión se convierte la mayoría de las veces en frialdad, su lado humano parece oscurecerse cada vez más... El referente que he tenido en mente durante el visionado de la serie ha sido, y perdonadme que tome como referente una película que no pasará a la historia del cine, la Miranda Priestly interpretada por Meryl Streep en El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006). Del resto del reparto me quedo con el admirable Ray Fiske (Zeljko Ivanek), el fiel Tom Shayes (Tate Donovan) y el atractivo y desorientado Gregory Malina (Peter Facinelly). Sin olvidar a Rose Byrne en el papel de Ellen Parsons, estupenda en la piel de una joven decidida e indecisa, fuerte y débil, cuidadosa y arriesgada y, por último, desengañada.
Damages es imprescindible (y mejor en versión original). Es una de las grandes series de los últimos años, que resulta no sólo atractiva y adictiva sino que además tiene mucho que decir a nivel narrativo y de recepción. Por fin se da un paso más en las series de abogados.
Destaca antes que nada por su estructura temporal. Como bien dicen en espoiler, nunca los flashforward se utilizaron con tanta maestría. Damages juega con el espectador, dirigiendo su mirada en todo momento por los recovecos de la historia, dejándole entrar sólo hasta donde los guionistas quieren, frustrando una y otra vez las expectativas, alentando una y otra vez la ansiedad de saber más. La fotografía es inmejorable. Los fragmentos de tiempo se distinguen por una estética diferente: mientras que el pasado tiene un ligero tinte azulado oscuro, como de elegante cine noir, el presente-pasado se empapa de un amarillo que nos conduce a la inseguridad de la realidad.
La serie cuenta con sólo 13 episodios, lo que le permite elaborar al máximo su estructura temporal y desarrollar múltiples tramas que al final no sólo quedan resueltas satisfactoriamente sino que dejan flecos aparte que el espectador puede interpretar como quiera. La trama principal versa sobre la investigación y resolución de un caso de estafa accionarial, contada desde el punto de vista de los abogados acusadores, de los defensores y del multimillonario implicado. Al mismo tiempo vemos a una joven abogada que entra a trabajar en el bufete y se enfrenta la disyuntiva de elegir entre su vida personal y la profesional.
Y Damages es mucho más. Es una filosofía sobre la naturaleza humana. Habla de ambición, de manipulación, de mentiras, de engaños, de riesgos, de amor, de confianza, de celos, de envidias, de pasado, de presente, de futuro, de violencia, de límites... y todo ello con la magnífica Glen Close al frente.
No sería tan perfecta sin Glen Close en el papel protagonista. Un personaje visto hasta la saciedad en el cine y la literatura al que esta mujer da un diferente matiz. Sus susurros han de temerse tanto como su rabia, su decisión se convierte la mayoría de las veces en frialdad, su lado humano parece oscurecerse cada vez más... El referente que he tenido en mente durante el visionado de la serie ha sido, y perdonadme que tome como referente una película que no pasará a la historia del cine, la Miranda Priestly interpretada por Meryl Streep en El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006). Del resto del reparto me quedo con el admirable Ray Fiske (Zeljko Ivanek), el fiel Tom Shayes (Tate Donovan) y el atractivo y desorientado Gregory Malina (Peter Facinelly). Sin olvidar a Rose Byrne en el papel de Ellen Parsons, estupenda en la piel de una joven decidida e indecisa, fuerte y débil, cuidadosa y arriesgada y, por último, desengañada.
Damages es imprescindible (y mejor en versión original). Es una de las grandes series de los últimos años, que resulta no sólo atractiva y adictiva sino que además tiene mucho que decir a nivel narrativo y de recepción. Por fin se da un paso más en las series de abogados.
Si esto no es producción...
... que venga Dios y lo vea.
La vida del estudiante, esa que muchos tildan de placentera, tiene sus momentos de estrés más allá de los exámenes. Este post va dedicado a todos aquellos que añoran aquellos tiempos universitarios en los que ningún problema perturbaba sus días. Y dedicado a todos los que, como yo, sufren asignaturas absurdas, sin contenido nuevo, con grandes esfuerzos para que, finalmente, no haya ninguna recompensa. Esta es la escaleta de uno de los días más estresantes de mi vida: hoy.
Antecedentes: Práctica de "Producción y Realización Audiovisual". Seis personas preparando durante tres meses un corto de siete minutos. Diez horas de rodaje repartidas en tres días, con medios de la Universidad y amigos-actores trabajando gratis (cada uno con sus horarios y obligaciones). Rodaje finalizado sin más contratiempos de los habituales. Llega el día del montaje.
Cojo el día "libre" para poder montar a gusto en mi casa. Prefiero hacerlo sola: es más cómodo y no se pierde el tiempo intentando tomar decisiones.
10.00: Estudio en la biblioteca, ya que por la mañana me cunde más y tengo examen (de producción, cómo no) el próximo martes. Ya montaré después de comer y dormir la siesta.
13.00: Estoy cansada de estudiar, voy a ver si capturo los vídeos antes de comer y así voy mejor de tiempo.
13.30: Ups, ¿qué le pasa a la cinta? ¿Por qué la imagen da saltos? ¿Por qué el sonido es tan malo? ¿Está mal la cinta, está mal el magnetoscopio... está mal también la videocámara?
14.00: Llamada desesperada a mi novio. Relajación. Conversación agobiante por el messenger: debería avisar al resto de compañeras de que nos vemos en septiembre con esta asignatura.
14.30: Llamada de mi novio a su jefe. "Llévate la videocámara al trabajo esta tarde, que quiero probar una cinta".
15.00: Ánimos de padres y novio, ánimos que terminan de crisparme. Bastante tengo yo con ordenar mis pensamientos. No quiero escuchar a nadie. No quiero comer. Quiero que todo se arregle. Como siempre, la rabia se descarga contra quien menos lo merece.
15.30: Intento dormir la siesta mientras miro fijamente el teléfono móvil. ¿Llamará mi novio para decirme que la cinta está bien? E-mails informativos al resto de compañeras del grupo.
16.00: Primera noticia buena del día: la cinta está bien. Idea: mi novio se llevará la cámara al pueblo para probarla en la videocámara de su cuñado y, si en ésta funciona, puedo ir a por ella, volver a Ciudad Real y comenzar a montar.
17.00: "¿Has probado ya la cinta en la otra videocámara?" "No, aún no he salido del trabajo". Desesperación.
18.30: ¡Bien! También funciona en la otra cámara. Voy a la cochera, saco el coche, pongo rumbo al pueblo, 30 minutos de camino, delante de mí un coche hace eses. Lo último que necesito es tener un accidente. Quiero gritar.
19.00: Consigo la videocámara y recupero la cinta. Mi novio se empeña en darme mi regalo de cumpleaños: el anillo de compromiso (o de pedida). Una alianza de oro blanco y amarillo. Ya no sé cómo agradecerle que esté siempre a mi lado. Lloro, me abraza. Qué haría sin él.
19.30: Viaje de nuevo a Ciudad Real. El vehículo que va delante de mí viaja a 80 km/h. Imposible adelantar en ningún tramo. "Menos mal que no tengo que buscar aparcamiento".
20.00: Llego a casa, busco cables, enchufo todo, compruebo... ¡funciona!
21.00: Premiere me sorprende: las imágenes son perfectas; el audio, inexistente.
21.15: Tengo que pasar todos los vídeos al Movie Maker para poder montarlo con sonido. Inexplicable. Es como el Paint pero en montaje de vídeo. Arcaico. Me desespera.
23.30: Montaje casi terminado. Faltan títulos de crédito, músicas y algún plano que se me ha escapado. Pero ¿esto tiene sentido?
24.00: "Mamá... ven a ver esto" Primer pre-test. Sí, se entiende. No es una obra maestra, pero la historia se entiende.
Fin de la jornada. Mañana más. ¿Se os ocurre un esfuerzo de producción mayor? Y al final, menos mal, todo ha salido bien (de momento).
La vida del estudiante, esa que muchos tildan de placentera, tiene sus momentos de estrés más allá de los exámenes. Este post va dedicado a todos aquellos que añoran aquellos tiempos universitarios en los que ningún problema perturbaba sus días. Y dedicado a todos los que, como yo, sufren asignaturas absurdas, sin contenido nuevo, con grandes esfuerzos para que, finalmente, no haya ninguna recompensa. Esta es la escaleta de uno de los días más estresantes de mi vida: hoy.
Antecedentes: Práctica de "Producción y Realización Audiovisual". Seis personas preparando durante tres meses un corto de siete minutos. Diez horas de rodaje repartidas en tres días, con medios de la Universidad y amigos-actores trabajando gratis (cada uno con sus horarios y obligaciones). Rodaje finalizado sin más contratiempos de los habituales. Llega el día del montaje.
Cojo el día "libre" para poder montar a gusto en mi casa. Prefiero hacerlo sola: es más cómodo y no se pierde el tiempo intentando tomar decisiones.
10.00: Estudio en la biblioteca, ya que por la mañana me cunde más y tengo examen (de producción, cómo no) el próximo martes. Ya montaré después de comer y dormir la siesta.
13.00: Estoy cansada de estudiar, voy a ver si capturo los vídeos antes de comer y así voy mejor de tiempo.
13.30: Ups, ¿qué le pasa a la cinta? ¿Por qué la imagen da saltos? ¿Por qué el sonido es tan malo? ¿Está mal la cinta, está mal el magnetoscopio... está mal también la videocámara?
14.00: Llamada desesperada a mi novio. Relajación. Conversación agobiante por el messenger: debería avisar al resto de compañeras de que nos vemos en septiembre con esta asignatura.
14.30: Llamada de mi novio a su jefe. "Llévate la videocámara al trabajo esta tarde, que quiero probar una cinta".
15.00: Ánimos de padres y novio, ánimos que terminan de crisparme. Bastante tengo yo con ordenar mis pensamientos. No quiero escuchar a nadie. No quiero comer. Quiero que todo se arregle. Como siempre, la rabia se descarga contra quien menos lo merece.
15.30: Intento dormir la siesta mientras miro fijamente el teléfono móvil. ¿Llamará mi novio para decirme que la cinta está bien? E-mails informativos al resto de compañeras del grupo.
16.00: Primera noticia buena del día: la cinta está bien. Idea: mi novio se llevará la cámara al pueblo para probarla en la videocámara de su cuñado y, si en ésta funciona, puedo ir a por ella, volver a Ciudad Real y comenzar a montar.
17.00: "¿Has probado ya la cinta en la otra videocámara?" "No, aún no he salido del trabajo". Desesperación.
18.30: ¡Bien! También funciona en la otra cámara. Voy a la cochera, saco el coche, pongo rumbo al pueblo, 30 minutos de camino, delante de mí un coche hace eses. Lo último que necesito es tener un accidente. Quiero gritar.
19.00: Consigo la videocámara y recupero la cinta. Mi novio se empeña en darme mi regalo de cumpleaños: el anillo de compromiso (o de pedida). Una alianza de oro blanco y amarillo. Ya no sé cómo agradecerle que esté siempre a mi lado. Lloro, me abraza. Qué haría sin él.
19.30: Viaje de nuevo a Ciudad Real. El vehículo que va delante de mí viaja a 80 km/h. Imposible adelantar en ningún tramo. "Menos mal que no tengo que buscar aparcamiento".
20.00: Llego a casa, busco cables, enchufo todo, compruebo... ¡funciona!
21.00: Premiere me sorprende: las imágenes son perfectas; el audio, inexistente.
21.15: Tengo que pasar todos los vídeos al Movie Maker para poder montarlo con sonido. Inexplicable. Es como el Paint pero en montaje de vídeo. Arcaico. Me desespera.
23.30: Montaje casi terminado. Faltan títulos de crédito, músicas y algún plano que se me ha escapado. Pero ¿esto tiene sentido?
24.00: "Mamá... ven a ver esto" Primer pre-test. Sí, se entiende. No es una obra maestra, pero la historia se entiende.
Fin de la jornada. Mañana más. ¿Se os ocurre un esfuerzo de producción mayor? Y al final, menos mal, todo ha salido bien (de momento).
La bandera boca abajo
Cuando el sargento Hank Deerfield (Tommy Lee Jones) inicia la búsqueda de su hijo, un soldado desaparecido tras volver de Irak, encuentra a un extranjero izando una bandera boca abajo. Se acerca a él y le dice que poner una bandera al revés constituye una señal de socorro, significa que necesitamos ayuda de los demás para salvarnos porque nosotros solos no podemos. Al final de En el valle de Elah (Paul Haggis, 2007) será él mismo quien cuelgue la bandera al revés.
Es en estas escenas donde se recoge todo el sentido de la película. Una gran labor de síntesis por parte del director para una historia intimista, lenta y contenida, que dice sin decir y que podría decir más. Después del espectacular montaje de Crash (2004), sorprende este nuevo filme de Paul Haggis por su linealidad en la narración y su concentración en una sola trama. Estas son sus virtudes y también sus defectos.
No comprendo la labor de casting. James Franco pronuncia dos frases, Susan Sarandon tiene escenas importantes en una trama que peca de simplista y el papel de Charlize Theron, aunque estupendo por su parte, podría haber sido interpretado por cualquier otra actriz. Supongo que han tirado la casa por la ventana con el casting para llamar la atención sobre la película, para que la gente vaya a verla y no se quede como un filme más dentro de la tendencia autocrítica que vive el cine estadounidense en los últimos años. El punto fuerte es, indudablemente, Tommy Lee Jones, perfecto en el personaje de un padre contenido, obcecado, confuso y, sobre todo, constante en la investigación del asesinato de su hijo. Su personaje está perfectamente caracterizado, apenas habla pero su peso es esencial, de tal modo que todo gira en torno a él.
Respecto a la(s) trama(s), Paul Haggis vacila, supongo que a propósito, entre aunar el thriller de investigación con una elevada dosis de crítica a las actuaciones del ejército norteamericano en Irak y ofrecer un retrato intimista del dolor de las personas implicadas. En mi opinión, la película debería centrarse más y así eliminar las escenas en las que una madre muestra el dolor por la pérdida de su hijo (algo que ya hemos visto en innumerables ocasiones y que no aporta nada al filme en general), utilizando ese tiempo para desarrollar una trama de la investigación, reforzar la crítica, jugar aún más con el tópico de buenos y malos, desmontar mitos, alimentar sospechas, mostrar las irregularidades consentidas... En definitiva, Paul Haggis tenía que haber puesto más carne en el asador y no haberse quedado a medio camino pero, en este caso, no sería su película.
Frente a estas inconsistencias, buscadas o no, hay aspectos que me parecen admirablemente bien trabajados. Primero (atención: SPOILERS) me encanta que no hayan caído en la tentación de vestir al soldado Deerfield con una manta de heroicidad sólo por el hecho de ser asesinado y mostrar, de una manera tan sutil y tan eficaz, que se trataba sólo de un chico solo, inseguro, aterrado, que cometía las mismas locuras y atrocidades que el resto de sus compañeros. Esto es una prueba del valor y de la libertad de la que puede hacer gala el cine en algunos momentos y se merece una felicitación por ello. También están muy logrados los interrogatorios a sus compañeros, especialmente la última confesión, donde los personajes (guiando los sentimientos del espectador) pasan de la rabia a la impotencia y a la incredulidad, esto es, ¿cómo puede pasar esto en un país como este?. Alabo al formidable West Chatham como soldado Penning.
Vayan a verla, al cine o en casa. Conforta explorar el dolor, la rabia, la impotencia, la inseguridad, los miedos, la certeza, la ambición... la locura... y llegar a la catarsis con una bandera bocabajo y una sonrisa de medio lado.
Es en estas escenas donde se recoge todo el sentido de la película. Una gran labor de síntesis por parte del director para una historia intimista, lenta y contenida, que dice sin decir y que podría decir más. Después del espectacular montaje de Crash (2004), sorprende este nuevo filme de Paul Haggis por su linealidad en la narración y su concentración en una sola trama. Estas son sus virtudes y también sus defectos.
No comprendo la labor de casting. James Franco pronuncia dos frases, Susan Sarandon tiene escenas importantes en una trama que peca de simplista y el papel de Charlize Theron, aunque estupendo por su parte, podría haber sido interpretado por cualquier otra actriz. Supongo que han tirado la casa por la ventana con el casting para llamar la atención sobre la película, para que la gente vaya a verla y no se quede como un filme más dentro de la tendencia autocrítica que vive el cine estadounidense en los últimos años. El punto fuerte es, indudablemente, Tommy Lee Jones, perfecto en el personaje de un padre contenido, obcecado, confuso y, sobre todo, constante en la investigación del asesinato de su hijo. Su personaje está perfectamente caracterizado, apenas habla pero su peso es esencial, de tal modo que todo gira en torno a él.
Respecto a la(s) trama(s), Paul Haggis vacila, supongo que a propósito, entre aunar el thriller de investigación con una elevada dosis de crítica a las actuaciones del ejército norteamericano en Irak y ofrecer un retrato intimista del dolor de las personas implicadas. En mi opinión, la película debería centrarse más y así eliminar las escenas en las que una madre muestra el dolor por la pérdida de su hijo (algo que ya hemos visto en innumerables ocasiones y que no aporta nada al filme en general), utilizando ese tiempo para desarrollar una trama de la investigación, reforzar la crítica, jugar aún más con el tópico de buenos y malos, desmontar mitos, alimentar sospechas, mostrar las irregularidades consentidas... En definitiva, Paul Haggis tenía que haber puesto más carne en el asador y no haberse quedado a medio camino pero, en este caso, no sería su película.
Frente a estas inconsistencias, buscadas o no, hay aspectos que me parecen admirablemente bien trabajados. Primero (atención: SPOILERS) me encanta que no hayan caído en la tentación de vestir al soldado Deerfield con una manta de heroicidad sólo por el hecho de ser asesinado y mostrar, de una manera tan sutil y tan eficaz, que se trataba sólo de un chico solo, inseguro, aterrado, que cometía las mismas locuras y atrocidades que el resto de sus compañeros. Esto es una prueba del valor y de la libertad de la que puede hacer gala el cine en algunos momentos y se merece una felicitación por ello. También están muy logrados los interrogatorios a sus compañeros, especialmente la última confesión, donde los personajes (guiando los sentimientos del espectador) pasan de la rabia a la impotencia y a la incredulidad, esto es, ¿cómo puede pasar esto en un país como este?. Alabo al formidable West Chatham como soldado Penning.
Vayan a verla, al cine o en casa. Conforta explorar el dolor, la rabia, la impotencia, la inseguridad, los miedos, la certeza, la ambición... la locura... y llegar a la catarsis con una bandera bocabajo y una sonrisa de medio lado.
(Re)conocidos
Llevo año y medio trabajando en el mismo periódico. Aunque durante el curso sólo estoy allí los fines de semana, puedo decir que conozco a casi todos y que casi todos me conocen. Hay que decir que tanto los cierres como los fines de semana unen mucho, así como los periodos largos de vacaciones, donde nos juntamos una especie de comuna de "privilegiados" que termina por convertirse casi en tu familia. Y es que trabajar cuando los demás están descansando o divirtiéndose crea lazos fuertes, tan fuertes que se diluyen en cuanto se cierra la puerta del periódico, pero que ahí están.
Me sorprendió, hace unos días, que uno de los jefes de sección (coincido con cada uno de ellos uno de cada tres fines de semana, más o menos) me preguntó qué estaba estudiando. Me sorprendió porque creía que, después de año y medio, todo el mundo sabía qué carrera(s) estudiaba, sobre todo porque yo seré muchas cosas pero discreta no. Le hablé de mi carrera, de mi Universidad, de las asignaturas y de los profesores, y coincidió que había trabajado con alguno de ellos. A partir de entonces bromeaba con ello diciéndome "claro, como eres casi periodista..." y todas esas cosas. Y me seguía sorprendiendo porque no me cabía en la cabeza que después de trabajar año y medio con una persona te conozca tan poco.
Ayer estuve charlando con una compañera de clase. Me dijo que a su trabajo había llegado un chaval que había currado conmigo en el periódico. Enseguida comenzamos a poner puntos en común para asegurarnos de que era el mismo y le pregunté qué era de su vida. Me comentó que ahora trabajaba en otro sitio y que seguía estudiando. "¿Dónde estudia?", le pregunté, por aquello de saber por dónde anda la gente que conozco. "Pues aquí en la Uni". Me quedé a cuadros.
Es cierto que no mantenía una relación estrecha con ese chico. De hecho, comenzamos a hablar unos fines de semana antes de que se marchara del periódico. Pero me caía muy bien y creo que yo a él. Cuando se fue le envié un sms deseándole que todo le fuera muy bien y que tuviera mucha suerte. Él contestó con lo mismo y allí quedó todo.
Y resultó que yo le había visto en la Universidad, un día que fui a hacer fotocopias y me pareció que esperaba en la cola. No estaba segura de que fuera él (por aquello de que cada vez veo menos de lejos), así que ni siquiera nos saludamos. Todo ello añadido a que yo, fuera de contexto, no reconozco a la gente. Me olvidé del tema y ni siquiera pregunté a los demás si aquel chaval estudiaba en mia Universidad, hasta que ayer me enteré de que sí. Medio año después de que dejáramos de trabajar juntos.
Y todo esto viene a cuento de que nos conocemos muy poco. Se suele decir que en las ciudades vivimos tan aislados que no conocemos ni a nuestros vecinos (ni falta que hace, por otra parte), pero esta verdad llega al límite de que yo, en mi caso particular, apenas sé en qué trabaja mi compañera de piso ni me he enterado de si la han operado o no. Cosas así. A veces somos tantos y queremos conocer a tanta gente que no conocemos a los que tenemos al lado, o rehusamos a profundizar más. Y esto es triste, muy triste.
Me sorprendió, hace unos días, que uno de los jefes de sección (coincido con cada uno de ellos uno de cada tres fines de semana, más o menos) me preguntó qué estaba estudiando. Me sorprendió porque creía que, después de año y medio, todo el mundo sabía qué carrera(s) estudiaba, sobre todo porque yo seré muchas cosas pero discreta no. Le hablé de mi carrera, de mi Universidad, de las asignaturas y de los profesores, y coincidió que había trabajado con alguno de ellos. A partir de entonces bromeaba con ello diciéndome "claro, como eres casi periodista..." y todas esas cosas. Y me seguía sorprendiendo porque no me cabía en la cabeza que después de trabajar año y medio con una persona te conozca tan poco.
Ayer estuve charlando con una compañera de clase. Me dijo que a su trabajo había llegado un chaval que había currado conmigo en el periódico. Enseguida comenzamos a poner puntos en común para asegurarnos de que era el mismo y le pregunté qué era de su vida. Me comentó que ahora trabajaba en otro sitio y que seguía estudiando. "¿Dónde estudia?", le pregunté, por aquello de saber por dónde anda la gente que conozco. "Pues aquí en la Uni". Me quedé a cuadros.
Es cierto que no mantenía una relación estrecha con ese chico. De hecho, comenzamos a hablar unos fines de semana antes de que se marchara del periódico. Pero me caía muy bien y creo que yo a él. Cuando se fue le envié un sms deseándole que todo le fuera muy bien y que tuviera mucha suerte. Él contestó con lo mismo y allí quedó todo.
Y resultó que yo le había visto en la Universidad, un día que fui a hacer fotocopias y me pareció que esperaba en la cola. No estaba segura de que fuera él (por aquello de que cada vez veo menos de lejos), así que ni siquiera nos saludamos. Todo ello añadido a que yo, fuera de contexto, no reconozco a la gente. Me olvidé del tema y ni siquiera pregunté a los demás si aquel chaval estudiaba en mia Universidad, hasta que ayer me enteré de que sí. Medio año después de que dejáramos de trabajar juntos.
Y todo esto viene a cuento de que nos conocemos muy poco. Se suele decir que en las ciudades vivimos tan aislados que no conocemos ni a nuestros vecinos (ni falta que hace, por otra parte), pero esta verdad llega al límite de que yo, en mi caso particular, apenas sé en qué trabaja mi compañera de piso ni me he enterado de si la han operado o no. Cosas así. A veces somos tantos y queremos conocer a tanta gente que no conocemos a los que tenemos al lado, o rehusamos a profundizar más. Y esto es triste, muy triste.
Negro, que te quiero negro
Cuenta un colega en un buen post que "el ritmo es todo". Sin llegar a este extremo, podemos decir que American Gangster (Ridley Scott, 2007) tiene innumerables virtudes y sólo un fallo, sólo uno: la ausencia total de ritmo.
American Gangster es un paso más en el complicado mundo del cine negro, esta vez más negro que nunca al contar el nacimiento y auge del contrabando de droga en el Harlem de los setenta. Su estética tiende al hiperrealismo, aunando a veces cierta técnica documental con una frialdad buscada (y conseguida) en las escenas de acción. La fotografía es espléndida. Recuerda a la atmósfera de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) y de Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990), referencias ineludibles del género.
Los intérpretes son magníficos. Un Denzel Washington contenido, que se desvía un poco cuando se le exige parecer algo más que un gangster, pero correcto a todas luces. Un Russel Crowe metido en la piel de un poli del estilo de L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997). Se mire por donde se mire, comparten un duelo interpretativo de altura, donde uno se apoya en el otro, donde no sólo los actores, sino también los personajes, se complementan a la perfección. Frank Lucas y Richie Roberts son espejo uno del otro, se buscan y se encuentran y, en un final que quizá flojea un poco, alcanzan la simbiosis.
Y todo ello cae en picado por una falta de ritmo achacable al montaje, entre otras cosas, que arriesga cuando no tiene que arriesgar y se mantiene firmemente ortodoxo cuando se necesita algo de innovación. Si a esto le añadimos que el metraje alcanza los 160 minutos encontramos que nadie, por muy aficionado que sea al género, consigue mantenerse en tensión durante toda la película. El guión, aunque correcto, podría haber mejorado con unos cuantos saltos de tiempo (aunque existen) y con algo más que un montaje paralelo. Se echan en falta apuestas arriesgadas de puesta en escena, algo que realmente aporte algo al género.
Pese a todo, American Gangster es una gran película y no me parece justo infravalorarla por este error que, aunque grave, sufren muchas otras que no tienen sus mismos méritos. American Gangster es imprescindible, como lo es toda aportación al cine negro que se está dando en los últimos tiempos, bien desde el cine, la novela o la televisión.
American Gangster es un paso más en el complicado mundo del cine negro, esta vez más negro que nunca al contar el nacimiento y auge del contrabando de droga en el Harlem de los setenta. Su estética tiende al hiperrealismo, aunando a veces cierta técnica documental con una frialdad buscada (y conseguida) en las escenas de acción. La fotografía es espléndida. Recuerda a la atmósfera de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) y de Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990), referencias ineludibles del género.
Los intérpretes son magníficos. Un Denzel Washington contenido, que se desvía un poco cuando se le exige parecer algo más que un gangster, pero correcto a todas luces. Un Russel Crowe metido en la piel de un poli del estilo de L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997). Se mire por donde se mire, comparten un duelo interpretativo de altura, donde uno se apoya en el otro, donde no sólo los actores, sino también los personajes, se complementan a la perfección. Frank Lucas y Richie Roberts son espejo uno del otro, se buscan y se encuentran y, en un final que quizá flojea un poco, alcanzan la simbiosis.
Y todo ello cae en picado por una falta de ritmo achacable al montaje, entre otras cosas, que arriesga cuando no tiene que arriesgar y se mantiene firmemente ortodoxo cuando se necesita algo de innovación. Si a esto le añadimos que el metraje alcanza los 160 minutos encontramos que nadie, por muy aficionado que sea al género, consigue mantenerse en tensión durante toda la película. El guión, aunque correcto, podría haber mejorado con unos cuantos saltos de tiempo (aunque existen) y con algo más que un montaje paralelo. Se echan en falta apuestas arriesgadas de puesta en escena, algo que realmente aporte algo al género.
Pese a todo, American Gangster es una gran película y no me parece justo infravalorarla por este error que, aunque grave, sufren muchas otras que no tienen sus mismos méritos. American Gangster es imprescindible, como lo es toda aportación al cine negro que se está dando en los últimos tiempos, bien desde el cine, la novela o la televisión.
Esta vida que llevo
Estoy cansada. Ya sé que en los últimos tiempos esto no es una novedad, pero anoche llegué al extremo agotamiento, uno de esos estados que no se supera con dormir muchas horas. Hoy puedo sostener los párpados, pero no consigo concentrarme en nada. Y esto es algo peligroso cuando se tiene que terminar un trabajo de periodismo internacional sí o sí y comenzar a vislumbrar el enfoque de un reportaje de periodismo tecnológico. Y no es mucho, diréis (y digo), pues un periodista trabaja mucho más, en horas más desordenadas y moviéndose de un lado a otro, no sentado cómodamente frente al ordenador de su casa.
He trabajado todas las fiestas excepto cuatro días (y porque dos de ellos, por tradición periodística, no se trabaja). He estudiado prácticamente todos los días también. Esta semana sólo salí el viernes y el sábado, y sólo un rato. Y aún así tengo la sensación de no haber hecho nada, de que el tiempo se contrae, de que no avanzo. Llegan las semanas duras de la carrera, cuando se juntan las últimas clases, los trabajos de última hora y la preparación para exámenes. Y llego a ello con un resfriado que dura ya más de dos semanas (con la gran alegría de que ya puedo respirar), un montón de apuntes que se cuentan por kilos (y también por megas) y menos ganas que nunca de hacer nada.
Vuelvo a decir: necesito unas vacaciones. Pero unas vacaciones de estar sentada en un sofá, arropada con una manta, sin hacer nada. Ni siquiera me llega el intelecto para leer o escuchar música y menos aún para ver la televisión. Tengo ansiedad y, a la vez, apatía; me preocupo por las cosas y al instante no me preocupo, como si no existieran, como si pudiera entretenerme en cosas más banales y menos urgentes.
Y así será todo hasta el 16 de febrero, día en que termino mis examenes. Y para entonces ni siquiera tendré ganas de celebrarlo. Y entonces me encontraré en la disyuntiva de elegir entre descansar (que en mi estrecha mente viene a ser, desde hace mucho tiempo, perder el tiempo) o hacer algún viaje, salir o dedicarme a cualquier cosa, todo menos estar parada. Todos me repiten que estoy más delgada y mi padre añade "con esa vida que llevas..." Y con esta vida que llevo seguiré porque estoy agotada pero es que ya no sé vivir de otra forma.
He trabajado todas las fiestas excepto cuatro días (y porque dos de ellos, por tradición periodística, no se trabaja). He estudiado prácticamente todos los días también. Esta semana sólo salí el viernes y el sábado, y sólo un rato. Y aún así tengo la sensación de no haber hecho nada, de que el tiempo se contrae, de que no avanzo. Llegan las semanas duras de la carrera, cuando se juntan las últimas clases, los trabajos de última hora y la preparación para exámenes. Y llego a ello con un resfriado que dura ya más de dos semanas (con la gran alegría de que ya puedo respirar), un montón de apuntes que se cuentan por kilos (y también por megas) y menos ganas que nunca de hacer nada.
Vuelvo a decir: necesito unas vacaciones. Pero unas vacaciones de estar sentada en un sofá, arropada con una manta, sin hacer nada. Ni siquiera me llega el intelecto para leer o escuchar música y menos aún para ver la televisión. Tengo ansiedad y, a la vez, apatía; me preocupo por las cosas y al instante no me preocupo, como si no existieran, como si pudiera entretenerme en cosas más banales y menos urgentes.
Y así será todo hasta el 16 de febrero, día en que termino mis examenes. Y para entonces ni siquiera tendré ganas de celebrarlo. Y entonces me encontraré en la disyuntiva de elegir entre descansar (que en mi estrecha mente viene a ser, desde hace mucho tiempo, perder el tiempo) o hacer algún viaje, salir o dedicarme a cualquier cosa, todo menos estar parada. Todos me repiten que estoy más delgada y mi padre añade "con esa vida que llevas..." Y con esta vida que llevo seguiré porque estoy agotada pero es que ya no sé vivir de otra forma.
Lugares para la reflexión
Hay sitios a los que cuesta habituarse pero, una vez allí, se convierten en parte insustituible de la rutina diaria.
Al principio no concebía la posibilidad de estudiar en una biblioteca, ya que la mayoría de las veces necesito utilizar el ordenador y, además, en mi casa impera el silencio más absoluto. Desde que me acostumbré, apenas sé estudiar de otra manera. Coordino mis horarios con los de la biblioteca para fijar mis horas de estudio. Soy incapaz de estudiar en silencio, sin el murmullo de las hojas, las toses ajenas, los suspiros de los que estudian a última hora... Me gusta reconocer las caras junto a las que día a día estudio, aunque no nos conozcamos. Me gusta tener gente alrededor.
Hay otro lugar, menos transitado, que empuja también a la reflexión. Quizá sea el templo de la reflexión por antonomasia. Me refiero a la iglesia. Algo que me pone nerviosa en esta vida son los rituales, pues temo siempre hacer cualquier cosa que no sólo vaya en contra de determinadas prácticas sino que constituyan una falta de respeto o una ofensa. Los que no somos muy letrados en temas religiosos pero sentimos cierto respeto hacia la raza humana tememos meter la pata con cosas tan insignificantes como dónde sentarse, qué ruido hacer, etc. Quizá uno de los motivos del supuesto alejamiento de la gente respecto de la religión es que tenemos tantos prejuicios que nos creemos que todo está ritualizado y tememos meter la pata. Al menos, ese es mi caso.
Esta mañana he ido a la iglesia de Santiago, de Ciudad Real, para apuntarme en la lista de bodas de 2009. He llegado demasiado tarde para poder hacerlo antes de la misa de 12.30, por lo que he decidido pasar a la iglesia y esperar allí. Había tres personas. Ninguna me ha mirado al pasar, absortas como estaban en sus rezos. Me he acercado a mirar el belén y me he regocijado escuchando los villancicos que inundaban el templo. El ambiente era cómodo, relajado, invitaba a quedarse tiempo y tiempo, escuchando, oliendo... esperando.
No obstante, me he ido. Me he ido porque sentía que sobraba, que no estaba allí para rezar (no al menos en ese instante) y el temor a que pareciera que era una más de todas aquellas personas a las que se la repampinfla la religión, cuando no es así, me ha hecho salir de allí. He dado una vuelta antes de volver. He llegado al final de la misa, me he sentado en el último banco, he escuchado con atención, sin molestar.
Minutos después de que terminara la misa he pasado a la sacristía y he estado hablando con el cura. Hemos charlado sobre todo lo relacionado con la boda, ha sido muy amable, me ha explicado todo lo que le he preguntado, me ha deseado feliz año nuevo (como mandan las fechas) y me ha añadido "y el año que viene será mejor, por tu boda". Y me ha alegrado. Me he sentido muy bien. He salido contenta. Fuera había parado de llover y brillaba el sol sobre los charcos. No es una metáfora. El hecho de tener una fecha límite, marcada en el calendario, me ha hecho sentir bien.
Me he puesto a recordar los días en los que solía acudir a la iglesia. Nunca he sido mucho de ir a misa porque me parece demasiado solemne; como decía, demasiado ritualizada (y no puede ser de otra manera). Pero hubo un tiempo en el que nuestra cita semanal con los catequistas, cuando nos preparaban para la Confirmación, era un día importante de la semana, un día donde podías hablar de cosas realmente interesantes, exponer tus preocupaciones, animar a los demás y encontrar entre todos soluciones a nuestros problemillas diarios.
Después de confirmarme estuve un año dando catequesis a niños de seis y siete años. Ahí, quizá por miedo, empezaron mis distancias con la parroquia. Lo cierto es que no estaba preparada. En primer lugar porque había que lidiar con diez o doce niños de esa edad difícil, tan diferente como era a los seis o siete años de mi época. Yo, que tengo un nulo instinto maternal y además no he tenido relación con los niños pequeños de mi familia, me veía obligada a hacer entrar en razón a una jauría de pequeños revolotosos. En segundo lugar porque yo no fui nunca a catequesis porque no hice la Primera Comunión cuando supuestamente me correspondía (la hice con 18 años y por convicción) y, por tanto, no tenía ningún referente sobre qué se hacía allí.
Todo ello añadido a que en la plenitud de mis 18 años tenía otras mil cosas en las que pensar (nota de selectividad, escuela de idiomas, carné de conducir y otros mil etcéteras que no vienen a cuento) hizo que pasara aquella época sin pena ni gloria, sin haberle sacado todo el partido que podía y que, una vez terminado el curso, no volviera a aparecer por allí, ni a llamar siquiera. Algo de lo que me arrepiento. Porque han pasado los años, cambié de ciudad, empecé la Universidad y todo aquello se perdió.
Siempre he pensado en volver a retomarlo, casi como un reto personal. No sé si alguna vez tendré tiempo o si seré capaz de buscar el tiempo necesario. Una y otra vez me prometo que si me integrara me gustaría, pero una y otra vez hay mil excusas que se llevan mi tiempo libre, y el no libre, y tampoco me dejan espacio para pensar. A lo mejor es que debería empezar a buscar un poco de tiempo para reflexionar, eso que tengo tan olvidado.
Al principio no concebía la posibilidad de estudiar en una biblioteca, ya que la mayoría de las veces necesito utilizar el ordenador y, además, en mi casa impera el silencio más absoluto. Desde que me acostumbré, apenas sé estudiar de otra manera. Coordino mis horarios con los de la biblioteca para fijar mis horas de estudio. Soy incapaz de estudiar en silencio, sin el murmullo de las hojas, las toses ajenas, los suspiros de los que estudian a última hora... Me gusta reconocer las caras junto a las que día a día estudio, aunque no nos conozcamos. Me gusta tener gente alrededor.
Hay otro lugar, menos transitado, que empuja también a la reflexión. Quizá sea el templo de la reflexión por antonomasia. Me refiero a la iglesia. Algo que me pone nerviosa en esta vida son los rituales, pues temo siempre hacer cualquier cosa que no sólo vaya en contra de determinadas prácticas sino que constituyan una falta de respeto o una ofensa. Los que no somos muy letrados en temas religiosos pero sentimos cierto respeto hacia la raza humana tememos meter la pata con cosas tan insignificantes como dónde sentarse, qué ruido hacer, etc. Quizá uno de los motivos del supuesto alejamiento de la gente respecto de la religión es que tenemos tantos prejuicios que nos creemos que todo está ritualizado y tememos meter la pata. Al menos, ese es mi caso.
Esta mañana he ido a la iglesia de Santiago, de Ciudad Real, para apuntarme en la lista de bodas de 2009. He llegado demasiado tarde para poder hacerlo antes de la misa de 12.30, por lo que he decidido pasar a la iglesia y esperar allí. Había tres personas. Ninguna me ha mirado al pasar, absortas como estaban en sus rezos. Me he acercado a mirar el belén y me he regocijado escuchando los villancicos que inundaban el templo. El ambiente era cómodo, relajado, invitaba a quedarse tiempo y tiempo, escuchando, oliendo... esperando.
No obstante, me he ido. Me he ido porque sentía que sobraba, que no estaba allí para rezar (no al menos en ese instante) y el temor a que pareciera que era una más de todas aquellas personas a las que se la repampinfla la religión, cuando no es así, me ha hecho salir de allí. He dado una vuelta antes de volver. He llegado al final de la misa, me he sentado en el último banco, he escuchado con atención, sin molestar.
Minutos después de que terminara la misa he pasado a la sacristía y he estado hablando con el cura. Hemos charlado sobre todo lo relacionado con la boda, ha sido muy amable, me ha explicado todo lo que le he preguntado, me ha deseado feliz año nuevo (como mandan las fechas) y me ha añadido "y el año que viene será mejor, por tu boda". Y me ha alegrado. Me he sentido muy bien. He salido contenta. Fuera había parado de llover y brillaba el sol sobre los charcos. No es una metáfora. El hecho de tener una fecha límite, marcada en el calendario, me ha hecho sentir bien.
Me he puesto a recordar los días en los que solía acudir a la iglesia. Nunca he sido mucho de ir a misa porque me parece demasiado solemne; como decía, demasiado ritualizada (y no puede ser de otra manera). Pero hubo un tiempo en el que nuestra cita semanal con los catequistas, cuando nos preparaban para la Confirmación, era un día importante de la semana, un día donde podías hablar de cosas realmente interesantes, exponer tus preocupaciones, animar a los demás y encontrar entre todos soluciones a nuestros problemillas diarios.
Después de confirmarme estuve un año dando catequesis a niños de seis y siete años. Ahí, quizá por miedo, empezaron mis distancias con la parroquia. Lo cierto es que no estaba preparada. En primer lugar porque había que lidiar con diez o doce niños de esa edad difícil, tan diferente como era a los seis o siete años de mi época. Yo, que tengo un nulo instinto maternal y además no he tenido relación con los niños pequeños de mi familia, me veía obligada a hacer entrar en razón a una jauría de pequeños revolotosos. En segundo lugar porque yo no fui nunca a catequesis porque no hice la Primera Comunión cuando supuestamente me correspondía (la hice con 18 años y por convicción) y, por tanto, no tenía ningún referente sobre qué se hacía allí.
Todo ello añadido a que en la plenitud de mis 18 años tenía otras mil cosas en las que pensar (nota de selectividad, escuela de idiomas, carné de conducir y otros mil etcéteras que no vienen a cuento) hizo que pasara aquella época sin pena ni gloria, sin haberle sacado todo el partido que podía y que, una vez terminado el curso, no volviera a aparecer por allí, ni a llamar siquiera. Algo de lo que me arrepiento. Porque han pasado los años, cambié de ciudad, empecé la Universidad y todo aquello se perdió.
Siempre he pensado en volver a retomarlo, casi como un reto personal. No sé si alguna vez tendré tiempo o si seré capaz de buscar el tiempo necesario. Una y otra vez me prometo que si me integrara me gustaría, pero una y otra vez hay mil excusas que se llevan mi tiempo libre, y el no libre, y tampoco me dejan espacio para pensar. A lo mejor es que debería empezar a buscar un poco de tiempo para reflexionar, eso que tengo tan olvidado.





