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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Juzga un libro por su portada
Cada año nos llega a casa, por correo y previo pago, el ejemplar ganador del último Premio Planeta. La colección tiene innumerables tomos. Su desagradable estética hace que ni siquiera adornen en librería. Por fuera son rojos y tienen letras doradas lo cual, en el siglo XXI, tendría que estar penado al menos con cárcel. El interior está mal maquetado, con una letra demasiado grande y un interlineado demasiado pequeño. Incluyen, en la primera página, una dedicatoria del autor, escrita a mano, que intenta hacerte sentir especial y que consigue todo lo contrario, es decir, que te des cuenta de lo insufriblemente cutres que son los volúmenes. Esto tiene su explicación: a Planeta le dan exactamente igual sus suscriptores, porque para cubrirse de gloria (y dinero) ya saca una edición especial para librerías, ésta con signos de que un diseñador profesional ha pasado por ella.

Lo que no tiene explicación, sin embargo, es que no incluyan una sinopsis que anticipe, aunque sea mínimamente, con qué se encontrará el lector una vez que decida dedicar tiempo de su vida a sumergirse en el libro. Debe ser que aún creen que ser Premio Planeta es garantía de calidad y que por eso nos vamos a tragar lo que nos echen. Vamos, creo que el Planeta tiene ya su prestigio por los suelos, a pesar de que sea el Premio mejor dotado de la literatura española (al menos que yo sepa).

Como no hay nada que indique al lector qué se va a encontrar, éste corre el peligro de perder el tiempo con auténticas basuras que no merecerían estar publicadas. En esto influye, fundamentalmente, el gusto del lector y su predisposición respecto a leer cualquier cosa que caiga en sus manos.

Pues allá me aventuré yo a leer El Mundo, de Juan José Millás, ganador del Premio Planeta 2007. Ni siquiera sé dar un veredicto fiable sobre lo que he leído. Sólo puedo compararlo con su portada: no dice nada. Se agradece un lenguaje ágil, directo y, sobre todo, que no llegue a ocupar 300 páginas. La historia tiene, en ocasiones, cierto gancho, gancho que inmediatamente después queda hundido bajo el peso de una prepotencia abrumadora y una suerte de teoría metalingüística sobre el oficio de escritor que no dice nada. Es más, gasta 300 páginas en decir algo que ya se ha dicho en innumerables ocasiones y, sobre todo, de mejor manera.

Se supone que El Mundo (un título bajo el que se podría hablar de cualquier cosa, a falta de una idea mejor, y que tiene cierto sentido si una se esfuerza en encontrárselo a lo largo de las páginas) es la biografía (ficticia o no, no lo sé ni me he molestado en buscarlo) de Juan José Millás. Explora su infancia y algún que otro momento de su etapa adulta con el objetivo, más o menos, de encontrar su lugar en el mundo o de, como concluye, darse cuenta de que no tiene lugar en el mundo. Todo muy visto y ya incluido en otras parafernalias de escritor.

No diré que la obra es mala. Se deja leer. Lo que no comprendo es por qué Planeta no decide de una vez dar sus premios a gente que se lo merezca. Ya me pasó hace años, cuando leí Un milagro en equilibrio, de Lucía Etxeberría, Premio Planeta 2004 y, sin duda, la peor obra de esta escritora de la cual, dicho sea de paso, me declaré seguidora hasta ese mismo libro. De otros no puedo hablar. Leí algún otro, por ejemplo La muchacha de las bragas de oro, de Juan Marsé (Premio 1978) y alguno más, elegidos al azar (ya que todos son indistinguibles) y sigo preguntándome qué se la pasa por la cabeza al jurado, con la increíble novela que se hace, hoy por hoy y desde todos los tiempos, en España.

No sigo el refrán que dice "nunca juzgarás un libro por su portada", al menos en lo que a aplicación literal se refiere, puesto que yo siempre me guío o por el boca a boca o por la impresión que me da un libro al sostenerlo entre las manos. Pocas veces me he equivocado, por eso puede decirse que soy adicta a la lectura; así que, siempre que veáis el Premio Planeta (en la edición de Planeta) guiaos por la portada: el interior, como el exterior, no os dirá nada.
 
Mis disculpas
El domingo de Ramos, después de trabajar, salí con una amiga a cenar en una hamburguesería. La excusa para tan suculenta cena era ponernos al día de nuestras vidas. Estuvimos charlando hasta las doce de la noche en el portal de mi casa, como siempre que se quieren alargar las conversaciones pero las horas no lo permiten. Por dentro, me sentía raramente feliz, felicidad fruto de la mezcla de una perspectiva de unos días libres por delante y una extraña desazón interior no se sabe muy bien por qué.

Enfermé el lunes santo. Conseguí meterme en la cama a las siete y media de la tarde y dormí casi de un tirón hasta el día siguiente. La fiebre me duró hasta el martes. Tiritando aún y sin noción del espacio ni del tiempo me fui al pueblo, a casa de mi novio, con la única perspectiva de dormitar en el sofá, ver películas, jugar a la playstation y curarme. Llenamos la nevera y hasta el jueves por la mañana nos dedicamos a toda esta serie de actividades.

El jueves trabajé. Llegué descansada, pero mi salud no daba para más. Volví a marcharme al pueblo. Vi la procesión bajo un aire helado y volvimos a meternos el sofá hasta el sábado por la mañana. La mayor actividad de esta Semana Santa ha sido tomar café con mis padres, mis tíos y unos amigos durante una hora aproximadamente. Guau.

Al volver a casa, deseando reencontrarme con la actualidad del mundo y sumergirme en algunos blogs, me encontré sin internet. Y, por supuesto, sin nadie en el departamento técnico de Ya.com que pudiera solucionarlo. Terminé un libro (El médico, Noah Gordon, 1986) y empecé otro (El Mundo, Juan José Millás, 2007). Siesta. Ducha. Trabajar.

Hasta esta mañana no ha vuelto esa extraña magia que es internet y ahora que puedo actualizar sólo se me ocurre ofreceros el anodino retrato de mis días perros, sosos y enfermos. Lejos quedan aquellas semanas-santas de no aparecer por casa salvo para comer bacalao, tortilla, ensaladilla, natillas, arroz con leche, torrijas y orejas de fraile, de reencontrarse con los amigos, de bailar y beber hasta reventar, de perseguir procesiones, de... yo qué sé, casi se me ha olvidado. Menos mal que quedan muchas por delante. Espero perder la costumbre de resfriarme siempre el primer día de fiestas.

De momento, ahora me queda por delante una semana casi entera de trabajo. Mis disculpas por no tener una vida más interesante.
 
Viaje a la parodia
No es la primera vez que se propone el concepto de viaje como medio de reflexión, de descubrimiento o crecimiento personal, pero Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 2007), a pesar de que parte de este punto, lo parodia constantemente. Tres hermanos intentan reencontrarse a sí mismos después de un año sin hablarse y se embarcan en una aventura cuya profundidad queda oculta (o resaltada, según se mire) por el más completo absurdo.

Los tres hermanos se adentran en una India pintoresca como un elefante en una cacharrería. Tres personajes a cada cual más ridículo, geniales dentro de su absurdo, interpretados perfectamente por Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman.

La película tiene dos principales aciertos: uno, la distancia que media entre los personajes y la situación que viven, que los hace moverse por inercia en un limbo de sentimientos y acciones; otro, los diálogos magistralmente construidos, las situaciones inverosímiles en las que se ven envueltos, en definitiva, un trabajo de guión espectacular.

Viaje a Darjeeling recoge el testigo depositado por otras películas como Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006) en la difícil tarea de mostrar la realidad y sus contrastes desde un punto de vista ácido y cínico. La sencillez oculta la verdadera profundidad. No propone moralejas ni dictados de opinión. Lo que hay es lo que hay. Y está muy bien hecho.
 
Inmortalidad
Ojalá algunas series no acabaran nunca. Y, sin embargo, es precisamente la noción de ese límite lo que nos hace disfrutarlas. He apurado Moonlight (CBS, 2007-08) como quien saborea una copa, capítulo a capítulo. He degustado cada uno de sus inolvidables momentos y he querido alargarlos hasta el infinito. Acabo de ver el último capítulo. Y quiero más. Y no hay más.

Durante doce episodios he llorado, he amado y he sufrido. Me entusiasmaron los primeros minutos del capítulo piloto, cuando se nos introduce poco a poco en el mundo de los vampiros con grandes dosis de cinismo. Plantea una distancia respecto a un mundo distinto, una distancia que poco a poco se rompe hasta que el espectador se sumerge en lo sobrenatural de manera inusualmente natural.

Cada capítulo tiene una trama episódica. Mick St. John es vampiro e investigador privado, Beth es humana y periodista. Los casos se suceden. Se investiga y se resuelve. Nada nuevo si obviamos las características vampíricas.

Lo que le da fuerza a la serie es la relación de Mick y Beth, en una permanente tensión sexual no resuelta. Es una historia de amor. Pero una historia de amor en la que se involucran la mortalidad y la inmortalidad, los sentimientos humanos y no humanos, el querer y no poder, el amor imposible... en definitiva, la realidad. Capítulo a capítulo el espectador recibe su dosis de amor imposible y poco a poco no puede vivir sin más. Y a ello contribuye especialmente el trabajo con actores, no sólo con Alex O'Loughlin y Sophia Myles en los papeles protagonistas, sino por una estupenda representación del elenco de personajes que da relieve a la historia: Coraline (Shannyn Sossamon), Josef (Jason Dohring) y Josh (Jordan Belif), compañeros cuya presencia es de todo menos prescindible.

Moonlight es distinta a otras historias de amor y una de sus bazas insuperables es la puesta en escena. Efectos especiales, los imprescindibles. Vistas nocturas de Los Ángeles, las justas. La atmósfera, envolvente. Buenos juegos de enfoque. Excelente banda sonora. Movimientos de cámara correctos, precisos y, en ocasiones, alucinantes.

Bajo todo ello reside el valor de la mortalidad y, más aún, el deseo de tener aquello que no podemos tener: el amor con una humana (el amor con un vampiro), la vida mortal o la vida eterna. El discurso sobre la eternidad, aunque explícito, queda siempre como una propuesta de reflexión, no da respuestas absolutas. Quizá forme parte del misterio del que quiere rodearse la serie.

No sé si está previsto que Moonlight se emita en España. De momento, nos llega subtitulada en español a través del Emule, así que quiero reiterar una y otra vez mi agradecimiento a aquellas personas que ponen su trabajo al servicio de que no nos perdamos maravillas como estas. No sé si su limitada duración es una ventaja o un inconveniente, pero hace pensar también sobre el valor de la exacta duración de las cosas. Por internet se lee que la CBS tiene en mente encargar una segunda temporada, pero hasta ahora no hay nada seguro (que yo sepa). Si Moonlight se alargara quizá perdiera precisamente todo su atractivo, que es el hecho de saber que todo se queda así, ni contigo ni sin ti, con un final abierto y cerrado a la vez, que deja volar la imaginación. Aunque dentro de nosotros sabemos lo que pasa, Moonlight nos priva de ver aquello por lo que hemos sufrido, y con lo que hemos soñado, durante doce apasionantes capítulos. No os la perdáis.
 
Buenos tiempos
Una tarde libre (¿qué es eso? hacía tiempo que no lo sabía...) para pasear un rato por el centro de Madrid e ir al cine a re-ver Sweeney Todd (esta vez en versión original subtitulada) con una amiga.

Hemos comido en el Cañas y Tapas de la Calle Atocha: berenjena rellena, huevos estrellados y profiteroles de nata. Hemos comprado las entradas del cine para evitar problemas de tiempo.

Para no variar, me he empeñado en ir al Starbucks de Callao y hemos tenido la suerte de poder sentarnos frente a la ventana, en dos cómodos sillones, y así degustar el sabor de las cosas sencillas. Sentadas frente a una bella postal de Madrid, con el edificio de Schweppes enfrente (en El día de la bestia parecía más grande), Plaza España al fondo, Gran Vía a nuestra derecha y el sol de mediodía bañándonos enteras. Mi frase recurrente: "Hollywood, la NBA y Starbucks son las mayores aportaciones de EEUU al mundo, son la Santísima Trinidad". La gente serpentea cruzando la placita de Callao, como en una pasarela. Un guardia dirige el tráfico. Carteles electorales empañan el paisaje.

Adormecidas, hablamos de lo divino y lo humano (más de lo humano que de lo divino) y conseguimos despegarnos de nuestros sofás. Un grupo mexicano toca al lado del Oso y el Madroño, la gente se arremolina alrededor.

El cine nos aguarda oscuro y adormecedor. Compramos unas bebidas fuera, que son más baratas. Una buena película. Salimos de nuevo al frío, paseamos hasta Atocha. Queda casi una hora para que salga mi tren. Nos sentamos en el Jardín de Atocha, al lado de las tortugas, que perezosas caminan lentas entre el agua y las piedras. Estiramos las piernas. Hablamos de las clases. Relajación.

Ya en el tren me despido de Madrid. Me queda poco de estar por allí. Y sé que lo echaré de menos. Echaré de menos estas tardes, desafortunadamente tan escasas. Condenaré el tiempo desaprovechado, la ciudad que se me ha escapado después de casi cinco años. Sigue siendo una extraña. Para mí, Madrid siempre será un extraño que sólo se deja disfrutar a veces.

Conversación con una amiga. Conversación con mi novio. Planes de fin de semana. Vuelvo a casa. Salí de allí a las seis y media de la mañana, vuelvo a las diez y media de la noche. ¿Merece la pena? Sí, merece la pena.


 
Ladrones
Me siento más segura cuando voy por Atocha con el bolso abierto que cuando contrato (o no contrato) cualquier servicio de telefonía. De hecho, me sentiría más segura caminando por la calle con un billete de 500 euros en la boca. Seguro que me robarían menos y, si me robaran, no me sentaría tan mal.

Casi 85 euros me ha cobrado ONO casi cuatro meses después de dar de baja un servicio que nunca tuve. Después de que dos comerciales distintos me aseguraran que no tenía que pagar nada por la baja. He devuelto el recibo. Seguro que ahora me acosan a llamadas, como ya ocurrió hace tiempo con Auna, amenazándome si no pago. Como si yo fuera una morosa, una ladrona.

Los ladrones... ellos.
 
Malos tiempos
Que la ansiedad no te deje descansar una mañana de domingo, con un sol tentador, pensando en que tienes que ir a trabajar.

Que una persona que trabaja en algo que tú ansías se tome el periodismo como quien pone copas un sábado por la noche.

Que después de año y medio te sigan enseñando como si fuera tu primer día de trabajo.

Que nadie tenga en cuenta tu opinión.

Que pongas todo tu esfuerzo en algo que no sirve para nada.

Que todo el mundo sepa más que tú.

Que llegues a casa deseando relajarte y te toquen las narices con tonterías.

...Todo eso... jode.