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Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
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"El Código" es una novela
Esta es una columna escrita para el proyecto de un periódico de clase. Espero que os guste.

En los últimos años, la novela histórica se ha convertido en bestseller ante los atónitos ojos de los editores. El Código da Vinci no ha sido el primero. Antes estuvo la trilogía templaria de Nicholas Wilcox y, en nuestro país, la estupenda Matilde Asensi. El problema de los bestseller es que empiezan bien y terminan fatal. Hablemos de Dan Brown: cierto que Ángeles y Demonios es predecesor del famoso Código, pero su flojedad argumental asombra y su parecido con la siguiente novela salta a la vista. Y ahora llega con La Fortaleza Digital, donde ni siquiera se preocupa de consultar una guía turística de Sevilla, aunque sea en Google.

A Nicholas Wilcox le pasó lo mismo: dos novelas estupendas dieron paso a la tercera parte de la trilogía, donde ya el argumento de por sí no tiene ni pies ni cabeza. Matilde Asensi creó su primera novela, El Salón de Ámbar, con el desconocimiento propio del que no se sabe bestselleriano. Con El Último Catón, sin embargo, le dio cien mil vueltas a cualquier competidor que tuviera, situándose a la altura de la imaginación de Katherine Neville y su Ocho. Si con Iacobus dio el campanazo, la segunda parte se asemejaba más a una crónica sobre el camino de Santiago.

La imaginación es el punto fuerte de los novelistas, concepto que cobra mayor importancia si cabe en la novela histórica. Pero hay dos tipos de imaginación. Uno que nos lleva a los más recónditos lugares de la mente humana, a través de los ojos de una persona anónima con una vida inventada pero cuyo entorno histórico obedece con rigor a la realidad. Recomiendo en este sentido El Mozárabe, de Jesús Sánchez Adalid, o El Cautivo, del mismo autor.

Otra es la imaginación de Dan Brown, que tendría que someterse a revisión por dopaje, ahora que está tan de moda. Dopaje por la velocidad a la que debe escribir sus libros y dopaje por la cantidad de burlas históricas que emboban al lector. Todo esto a mí me parece bien: ojalá tuviera yo el talento de Dan Brown o, al menos, su cuenta corriente, pero los profesionales deben distinguirse por una cosa: el respeto al receptor.

Hacer que alguien se crea El Código es reírse en la cara del lector y encima forrarse. La culpa, claro está, es de tanta polémica, tanta publicidad y tanto reportaje sobre los secretos más inconfesables de la Iglesia Católica, publicidad que hace que más de uno nos neguemos en redondo a pagar cinco o seis euros por una tomadura de pelo. Nadie ha dicho abiertamente, hasta ahora, que El Código Da Vinci es, llanamente, una mentira y es que tiene que ser así para que pueda ser novela. De lo contrario, sería ensayo.

A estas alturas imaginará el lector mi sonrisa cuando el jurado de Cannes salió espantado de una sala a oscuras. Pregunto a mis amigas, incluso a las más aguerridas ateas seguidoras de misterios oscuros, y tampoco están satisfechas. ¿Qué le falta a la película, entonces, para que algo tan fantástico no funcione? Hágase una aclaración aquí: ¿qué falta para que un espectador común, tan acostumbrado a tragarse auténticos bodrios engullendo palomitas, no se crea el hilo de misterios que nos lleva a dar la vuelta a los dogmas católicos? ¿Qué falta cuando Ron Howard, creador de maravillosas películas, se estrella contra los críticos?

Pues falta más sentido común que imaginación, es decir, faltan unos personajes creíbles que tampoco el libro tenía. Y aquí está la diferencia entre el libro y la película, para los que defiendan uno u otra.
Cuando se lee un libro uno se evade de la realidad y termina por creer que él mismo está resolviendo los misterios. Cuando se está en el cine, con el bolsillo agujereado en taquilla, los actores no son de ninguna manera el espectador. Aquí actúan los mecanismos de identificación: en el libro, nadie se para a mirar de qué color es el pelo de la protagonistas; en el cine, la imaginación se diluye y nos queda Tom Hanks, que ha sido miles de personajes, Audrey Tautou, que ha sido otros cuantos, y, para colmo, un doblaje pésimo. Si no tienen presencia física y, sobre todo, cualidades morales identificables, es imposible que nos embarquemos en la investigación de misterios, sobre todo sin son los mismos que ya hemos resuelto en el libro.
No