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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
La horca de Sadam, o como crear un icono universal
Las personas que se convierten en iconos culturales suelen tener una relación curiosa, cuanto menos, con la muerte. Ahí va una lista:

- Marilyn Monroe
- James Dean
- Ché Guevara
- Kurt Cobain
- Elvis Presley

A partir de ahora, los justiceros occidentales vamos a crear otro líder, que figurará en pósters y camisetas, llamado Sadam Husein. Con la pena de muerte lo legitimamos, lo convertimos en un Mártir por la Causa y, por si fuera poco, avivamos la llama de odio que ya circula entre sus partidarios. La muerte convierte en ídolos hasta a los asesinos (¿quién no ha llevado una camiseta del Ché o ha puesto su foto en la carpeta del instituto?) y establece un culto a su alrededor.

La muerte, además, es redentora. Lo mejor que le puede pasar a alguien malvado es morir, porque descansará en paz y así se librará también de pagar por el resto de delitos de sangre que lleve a sus espaldas. Además, un muerto no es útil.

Luego está la cuestión de ponernos a la altura de los asesinos, de los terroristas, y utilizamos la muerte como un símbolo de advertencia: "oíd, mirad lo que os va a pasar. He aquí una horca, que mata, y además somos sanguinarios y vuestra agonía se verá en prime time y ocupará portadas de periódicos". O sea, que ya que te matan encima te haces famoso. Esto, en gente que está acostumbrada a morir por la Causa, si además se les asesina a bombo y platillo pues, señores y señoras, les estamos haciendo un favor.

Matar no es un privilegio, matar no es justicia... matar es rebajarse a hablar el lenguaje de los psicópatas. La muerte no nos quita un problema de encima sino que lo ahonda, lo hace pervivir, lo incorpora a la memoria colectiva y lo suma a la lista de barbaridades que hace la raza humana cuando se cree en posesión de un poder que nadie le ha otorgado. Nadie tiene derecho a quitarle la vida a otro, sea por las razones que sea, y si esto vale para los terroristas, también debería servirnos a nosotros. El asesinato, y más si es institucionalizado, diluye los caminos para la paz y nos pone en contacto con la parte más brutal de nosotros mismos.

Comprender todo esto debería ser el siguiente paso hacia la racionalidad desde que el hombre se irguió sobre sus piernas y comenzó a denominarse humano.
No