La cutrez de la digitalización
El pasado domingo visité en Expohogar (feria del mueble celebrada en Ciudad Real) un stand de fotografía. Allí se exhibían tarjetas de boda, vídeos y álbumes de fotos. Entonces reparé en algo en lo que hasta ahora no había tenido tiempo de reflexionar.
Hace un año o así se casaron unos amigos míos y, semanas después, nos invitaron a ver el vídeo de la boda y ojear las fotos. Aquello era un derroche de efectos photoshoperos y mi novio y yo nos mirábamos con gesto horrorizado. Cada vez que se cambiaba de escena (si es que este término puede aplicarse a un video de boda), la transición se hacía con una cortinilla. Es más, cada vez se utilizaba una cortinilla distinta, sin ningún criterio. Me imaginé que el montador se había dedicado a selecionar la lista de efectos y a pinchar en "aplicar" o algo así, porque si no no se entendía aquel desbarajuste.
El álbum de fotos era aún peor si cabe. Con esto de que la imagen es digital y la podemos manipular todo lo que queramos, unas fotografías que en principio resultaban muy bellas se convertían en una amalgama de silueteados, fundidos y, además, fonditos de fantasía. En una misma página (inmensa, por cierto, no sé a quién se le ocurrió ese formato) se juntaban cuatro o cinco imágenes de los novios, muy enamorados ellos, con sus degradados y con letras de estas de escribas antiguos.
Desde aquí hago un llamamiento al sentido común y, por ende, a la sencillez. Es imposible que un trabajo que mezcla tantísimas cosas distintas sin ningún discurso detrás sea agradable a la vista o, cuanto menos, soportable. Yo creía que sólo habían timado a mis amigos, pero lo cierto es que vayas a la tienda a la que vayas, los reportajes fotográficos se diferencian bien poco.
La digitalización es buena, como todo, si se sabe usar. Juntar trescientas fotografías sin criterio estético sólo porque gracias a las cámaras digitales no hay que cambiar el carrete debería quedar para los álbumes familiares, no para algo supuestamente profesional por lo que te cobran entre 1.500 y 2.000 euros.
En un curso que hice el año pasado sobre montaje y retoque digital de imágenes, una de mis profesoras decía que ella, cuando empezó a hacer proyecciones para discotecas y trabajillos así, mezclaba todas las cortinillas. Le parecían bonitas y, si ahí estaban... ¿por qué no utilizarlas? Con el tiempo se dio cuenta de que cada una tiene su función y debe emparejarse con la escena que mejor le quede. Los efectos, por sí mismos, no tienen significado. El hecho de que tengamos a nuestra disposición un montón de elementos no quiere decir que los usemos todos a la vez; si así lo hacemos, será contraproducente, la vista se agotará y nadie prestará atención a nuestro trabajo. La forma, como dije hace no mucho, debe servir al contenido, ayudar a que llegue al receptor y la estética, cuando es tan horrible, mejor dejarla para los que no se llaman a sí mismos profesionales.
Como esto no cambie, el vídeo de mi boda me lo hago yo.
Hace un año o así se casaron unos amigos míos y, semanas después, nos invitaron a ver el vídeo de la boda y ojear las fotos. Aquello era un derroche de efectos photoshoperos y mi novio y yo nos mirábamos con gesto horrorizado. Cada vez que se cambiaba de escena (si es que este término puede aplicarse a un video de boda), la transición se hacía con una cortinilla. Es más, cada vez se utilizaba una cortinilla distinta, sin ningún criterio. Me imaginé que el montador se había dedicado a selecionar la lista de efectos y a pinchar en "aplicar" o algo así, porque si no no se entendía aquel desbarajuste.
El álbum de fotos era aún peor si cabe. Con esto de que la imagen es digital y la podemos manipular todo lo que queramos, unas fotografías que en principio resultaban muy bellas se convertían en una amalgama de silueteados, fundidos y, además, fonditos de fantasía. En una misma página (inmensa, por cierto, no sé a quién se le ocurrió ese formato) se juntaban cuatro o cinco imágenes de los novios, muy enamorados ellos, con sus degradados y con letras de estas de escribas antiguos.
Desde aquí hago un llamamiento al sentido común y, por ende, a la sencillez. Es imposible que un trabajo que mezcla tantísimas cosas distintas sin ningún discurso detrás sea agradable a la vista o, cuanto menos, soportable. Yo creía que sólo habían timado a mis amigos, pero lo cierto es que vayas a la tienda a la que vayas, los reportajes fotográficos se diferencian bien poco.
La digitalización es buena, como todo, si se sabe usar. Juntar trescientas fotografías sin criterio estético sólo porque gracias a las cámaras digitales no hay que cambiar el carrete debería quedar para los álbumes familiares, no para algo supuestamente profesional por lo que te cobran entre 1.500 y 2.000 euros.
En un curso que hice el año pasado sobre montaje y retoque digital de imágenes, una de mis profesoras decía que ella, cuando empezó a hacer proyecciones para discotecas y trabajillos así, mezclaba todas las cortinillas. Le parecían bonitas y, si ahí estaban... ¿por qué no utilizarlas? Con el tiempo se dio cuenta de que cada una tiene su función y debe emparejarse con la escena que mejor le quede. Los efectos, por sí mismos, no tienen significado. El hecho de que tengamos a nuestra disposición un montón de elementos no quiere decir que los usemos todos a la vez; si así lo hacemos, será contraproducente, la vista se agotará y nadie prestará atención a nuestro trabajo. La forma, como dije hace no mucho, debe servir al contenido, ayudar a que llegue al receptor y la estética, cuando es tan horrible, mejor dejarla para los que no se llaman a sí mismos profesionales.
Como esto no cambie, el vídeo de mi boda me lo hago yo.





