Cúentame cómo voy mejorando
A veces, la televisión no tiene nada que envidiar al cine. Y el capítulo número 138 de Cúentame cómo pasó (emitido ayer 1 de febrero de 2007) lo ha demostrado. Agustín Crespí en la dirección y Curro Royo en el guión, lograron uno de los mejores capítulos de la temporada (y de temporadas anteriores). Y los actores estuvieron al nivel.
Esta serie está consiguiendo cifras espectaculares de audiencia (según su web, un share del 30%, que suponen casi cinco millones y medio de espectadores). Cuéntame... ha pasado de ser una serie familiar a convertirse en un culebrón, con todo mi respeto al género, pero en cuanto a la factura técnica, está a años luz de sus comienzos.
Ayer pusieron en juego todas las herramientas estilísticas que tenían al alcance para hacer que la tensión fuera extrema, pero también para que las escenas fueran más sinceras que nunca y, con ello, legitimaban la conducta de los personajes. He de decir que he tenido mis más y mis menos con los guionistas de Cuéntame..., sobre todo porque en ocasiones las vueltas de tuerca de los personajes son inverosímiles y las parejas de enamorados no me terminan de convencer, pero en el capítulo del que hablo todo aparecía perfectamente orquestado, cada reacción estaba justificada y, por primera vez en mucho tiempo, me creí la trama.
Y luego están los trucos narrativos. Cuando una lleva dos días con la cabeza llena de "análisis de la narrativa audiovisual" y con la presión de examinarse de aquí a nada, empieza a ver cosas extrañas. Creí al principio que mi vista me engañaba, ¡pero no!. Desde el primer plano del capítulo, director y guionista se confabularon para mantener la mente del espectador bien despierta. Comenzar con un relato secundario (un sueño) sin ningún operador modal que lo justifique hizo que empezáramos al borde de la angustia para luego respirar tranquilos sabiendo que nuestra Merche está a salvo. A partir de entonces supimos que en el capítulo nos aguardaba muchas sorpresas.
El otro espasmo orgásmico-narrativo vino en la culminación de la trama, cuando Antonio duda si volver a jugarse su gigantesca deuda o no. Habíamos anticipado la desgracia, pero decidieron estrangularnos un poco más y mostrarnos lo que nadie quería que ocurriera. E, inmediatamente después, la salvación. La suerte es así y no había mejor manera, ni forma más tensa, de contarlo. No pude evitar pensar en Woody Allen, mi director de cabecera desde hace unos meses, cuando en Hannah y sus hermanas ve cómo el doctor le dice que va a morir, para justo después descubrirnos que es un hipocondriaco.
Un vez llegados aquí, las estrategias narrativas se conjugan con las de marketing. El jueves que viene, el último episodio de la temporada y el espectador con el alma en vilo.
Esta serie está consiguiendo cifras espectaculares de audiencia (según su web, un share del 30%, que suponen casi cinco millones y medio de espectadores). Cuéntame... ha pasado de ser una serie familiar a convertirse en un culebrón, con todo mi respeto al género, pero en cuanto a la factura técnica, está a años luz de sus comienzos.
Ayer pusieron en juego todas las herramientas estilísticas que tenían al alcance para hacer que la tensión fuera extrema, pero también para que las escenas fueran más sinceras que nunca y, con ello, legitimaban la conducta de los personajes. He de decir que he tenido mis más y mis menos con los guionistas de Cuéntame..., sobre todo porque en ocasiones las vueltas de tuerca de los personajes son inverosímiles y las parejas de enamorados no me terminan de convencer, pero en el capítulo del que hablo todo aparecía perfectamente orquestado, cada reacción estaba justificada y, por primera vez en mucho tiempo, me creí la trama.
Y luego están los trucos narrativos. Cuando una lleva dos días con la cabeza llena de "análisis de la narrativa audiovisual" y con la presión de examinarse de aquí a nada, empieza a ver cosas extrañas. Creí al principio que mi vista me engañaba, ¡pero no!. Desde el primer plano del capítulo, director y guionista se confabularon para mantener la mente del espectador bien despierta. Comenzar con un relato secundario (un sueño) sin ningún operador modal que lo justifique hizo que empezáramos al borde de la angustia para luego respirar tranquilos sabiendo que nuestra Merche está a salvo. A partir de entonces supimos que en el capítulo nos aguardaba muchas sorpresas.
El otro espasmo orgásmico-narrativo vino en la culminación de la trama, cuando Antonio duda si volver a jugarse su gigantesca deuda o no. Habíamos anticipado la desgracia, pero decidieron estrangularnos un poco más y mostrarnos lo que nadie quería que ocurriera. E, inmediatamente después, la salvación. La suerte es así y no había mejor manera, ni forma más tensa, de contarlo. No pude evitar pensar en Woody Allen, mi director de cabecera desde hace unos meses, cuando en Hannah y sus hermanas ve cómo el doctor le dice que va a morir, para justo después descubrirnos que es un hipocondriaco.
Un vez llegados aquí, las estrategias narrativas se conjugan con las de marketing. El jueves que viene, el último episodio de la temporada y el espectador con el alma en vilo.





