Días de biblioteca
Gracias a los exámenes estoy llevando a cabo una importante investigación sociológica: observar a la gente que estudia en la biblioteca. No voy a hablar de todos y cada uno de los tipos de personas desesperadas que se encuentran hacinadas en mesas comunes, sino de una particular especie, cada vez más en boga: los estudiantes de segundo de bachillerato.
Uno de estos días tuve ocasión de compartir mesa con una chica y dos chicos, estudiantes de segundo. Los escuchaba hablar de sus futuras carreras, de notas, de grandes exámenes y algo dentro de mí sonreía. Algo dentro de mí sonreía con esa mezcla de burla y ternura que también me provocan los quinceañeros. Y me acuerdo que hace nada yo era así... y me doy cuenta de que las cosas no han cambiado tanto.
Segundo de bachillerato fue para mí uno de los años más horribles y uno de los años más maravillosos de mi vida. Y, como ahora, cuatro años después, estaba hipersensible. Y es que los exámenes sacan a flote lo mejor y lo peor de uno mismo. Afloran las inseguridades, los arrepentimientos y, paralelamente, comienza a desarrollarse la capacidad de pensar en dos cosas totalmente distintas a la vez. Como antes, ahora estudio con la mitad del cerebro y con la otra me monto historias de lo más inverosímiles, me inspiro para escribir, canturreo canciones y, en resumen, busco cualquier medio de evasión.
En bachillerato la presión de las notas, para quienes queríamos estudiar una carrera con una nota de corte alta (o sin nota de corte, como era mi caso, por ser la primera promoción) era un infierno. Recuerdo que durante los dos primeros trimestres los profesores me bajaban la nota para motivarme, nota que luego recuperaron al final como premio. La espera tras selectividad, los tres o cuatro días hasta que dan las notas, fue desesperante (para mí y para todos los que estaban a mi alrededor y tenían que sufrirme). Y todos los miedos salían a flote. Me peleaba con quien menos culpa tenía, quería a quien no tenía que querer. Y, por fin, el entusiasmo de saber que has cumplidos tus objetivos. Ahora me río cuando digo: ¡bendita selectividad!
Los universitarios hemos conseguido, para bien y para mal, estudiarnos doscientos folios en dos días. En tercero de la ESO nos acojonábamos (y no estoy exagerando) ante exámenes de 40 páginas. La vida va cambiando, el tamaño de los apuntes y la rapidez con que se toman, también; pero algo permanece, y es el miedo. Un miedo la mayoría de las veces injustificado porque, seamos sinceros, lo peor que te puede pasar es que suspendas y, en último extremo, que te expulsen de la carrera (algo que ocurre en contadas ocasiones). Pero el miedo al fracaso está patente, recordándonos que queremos aprobar un curso por año, como manda la tradición, y recordándonos que cuesta una pasta estar estudiando lo que estamos estudiando y donde estamos estudiando. Esperemos, pues, que sea sólo miedo... y no realidad.
¡Suerte a todos!
Uno de estos días tuve ocasión de compartir mesa con una chica y dos chicos, estudiantes de segundo. Los escuchaba hablar de sus futuras carreras, de notas, de grandes exámenes y algo dentro de mí sonreía. Algo dentro de mí sonreía con esa mezcla de burla y ternura que también me provocan los quinceañeros. Y me acuerdo que hace nada yo era así... y me doy cuenta de que las cosas no han cambiado tanto.
Segundo de bachillerato fue para mí uno de los años más horribles y uno de los años más maravillosos de mi vida. Y, como ahora, cuatro años después, estaba hipersensible. Y es que los exámenes sacan a flote lo mejor y lo peor de uno mismo. Afloran las inseguridades, los arrepentimientos y, paralelamente, comienza a desarrollarse la capacidad de pensar en dos cosas totalmente distintas a la vez. Como antes, ahora estudio con la mitad del cerebro y con la otra me monto historias de lo más inverosímiles, me inspiro para escribir, canturreo canciones y, en resumen, busco cualquier medio de evasión.
En bachillerato la presión de las notas, para quienes queríamos estudiar una carrera con una nota de corte alta (o sin nota de corte, como era mi caso, por ser la primera promoción) era un infierno. Recuerdo que durante los dos primeros trimestres los profesores me bajaban la nota para motivarme, nota que luego recuperaron al final como premio. La espera tras selectividad, los tres o cuatro días hasta que dan las notas, fue desesperante (para mí y para todos los que estaban a mi alrededor y tenían que sufrirme). Y todos los miedos salían a flote. Me peleaba con quien menos culpa tenía, quería a quien no tenía que querer. Y, por fin, el entusiasmo de saber que has cumplidos tus objetivos. Ahora me río cuando digo: ¡bendita selectividad!
Los universitarios hemos conseguido, para bien y para mal, estudiarnos doscientos folios en dos días. En tercero de la ESO nos acojonábamos (y no estoy exagerando) ante exámenes de 40 páginas. La vida va cambiando, el tamaño de los apuntes y la rapidez con que se toman, también; pero algo permanece, y es el miedo. Un miedo la mayoría de las veces injustificado porque, seamos sinceros, lo peor que te puede pasar es que suspendas y, en último extremo, que te expulsen de la carrera (algo que ocurre en contadas ocasiones). Pero el miedo al fracaso está patente, recordándonos que queremos aprobar un curso por año, como manda la tradición, y recordándonos que cuesta una pasta estar estudiando lo que estamos estudiando y donde estamos estudiando. Esperemos, pues, que sea sólo miedo... y no realidad.
¡Suerte a todos!





