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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
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Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
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La fiebre de Héroes
8.30 de la mañana de un frío día de abril. Treinta y tres personas delante de mí, cada una con derecho a cuatro entradas. Los primeros rumores hablan de sólo 80 entradas a la venta. Las cuentas no salen. Las caras dormidas comienzan a desperezarse, las legañas desaparecen bajo la fina lluvia. Poco a poco acude más gente e invariablemente pregunta: "¿esta es la cola para las entradas?"

Media hora después se van formando grupos de conversación. A las tonterías de uno se suman las del resto y las risas calladas de los que están alrededor. Se tantea el precio de reventa: "yo he llegado a sacar 300 euros por una entrada". Una servidora echó un vistazo la noche anterior en Internet y descubrió, sin sorpresa, que la reventa alcanzaba 250 euros por entrada a seis meses del concierto.

La gente que pasa por allí miraba con cara de incredulidad. Algún anciano se acerca a preguntar qué regalan. Los más no se pueden creer que hagamos cola durante de dos horas para comprar unas míseras entradas (al increíble precio de 42 euros/unidad).

Para entretenerse, llamadas de móvil. Las líneas de El Corte Inglés están ocupadas desde las 9 de la mañana. A las 10, ni siquiera la red conecta. A esa hora llegan las personas más deseadas del mundo: los vendedores. Se puede pasar en grupos de tres personas (que a dos pies helados cada una suman seis pies congelados junto al calefactor). Se desmienten los rumores: hay 350 entradas a la venta. Los que aún esperamos en la cola sonreímos con algo más de esperanza. Los primeros compradores muestran sus caras de satisfacción: la espera ha merecido la pena. Más de uno se echa una foto con sus entradas recién adquiridas.

La chica de la tienda nos recuerda que, para el concierto de Héroes en Zaragoza (el del día 12 de octubre) la gente comenzó (en Ciudad Real) a tender sus cartones para dormir a las 11 de la noche del día anterior. ¿Cómo se le llama a esto? ¿Fanatismo? Nunca creí que me iba a levantar a las ocho de la mañana para comprar unas entradas, pero el hecho es que allí estoy yo, con la misma cara de frío que los demás, con la mente en la tabla de multiplicar del cuatro y barajando qué posibilidades hay de que no pase nada que impida ir al concierto el 20 de octubre.

Héroes del Silencio movió millones cuando estaban en activo. Diez años después, su regreso ha sido recibido con infinitas colas de gente ilusionada, treintañeros en su mayoría, que intentan recordar en un concierto sus vivencias de juventud. La mayoría creemos que, ahora que han descubierto el filón, estos tres conciertos en España no serán los únicos, pero no podemos evitar sentir que estamos ante una oportunidad única. Los que nacimos unos años más tarde de lo que nos correspondía intentamos captar durante un par de horas la esencia de aquello que, por edad, no vivimos.

Las entradas son un pase hacia otra época, la agonía de un siglo, una década difusa, a caballo entre la experimentación de los ochenta y el no-se-sabe-qué de los dosmiles. Esperemos que a Bunbury no le dé por subirse a un cocotero ni termine afónico tras sus dos conciertos de Zaragoza. Sevilla nos espera con unas tapitas de jamón y unos vinitos porque, ya que vamos, habrá que aprovechar. Mientras tanto, entretendré esta larga espera abrillantando el colgante de Héroes (uno de los primeros regalos que me hizo mi novio) y cantando a voz en grito las canciones, ya no en cassette sino en mp3. Cómo cambian los tiempos... y Héroes sigue ahí.

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