Unas tapitas de cine español
Tenía ganas ya de empaparme de un poquito de cine español del bueno, de aquel que, acudiendo a tópicos recurrentes en nuestra cinematografía para que nos sintamos identificados, logra estallar en originalidad y buen hacer. Tapas (José Corbacho y Juan Cruz, 2005) hilvana muchas historias, pequeñas notas de soledades de barrio con personajes muy de andar por casa. Se apoya en actores conocidos a los que abrimos la puerta sin preguntar. Los conocemos por el teatro, televisión (la ficción televisiva española goza de mejor posición que el cine) y de alguna que otra película anterior. Además, sus personajes nos enternecen porque tampoco son nuevos, pues tienen las caras de nuestra vecina, de nuestra abuela y del que nos tira las cañitas todas las tardes. Quizá haya algo de sobreactuación en los inicios de la cinta, una afectación que a los pocos minutos se ha transformado en una profunda credibilidad.
Tapas recoge el testigo de otras muchas obras, de televisión, cine o literatura, que juegan a mezclar vidas. Se trata de esa globalización a pequeña escala que, aunque no la veamos, siempre está presente. Se trata de conocer de una vez a tus vecinos no sólo por sus gritos a través de las paredes, sino comprender sus anhelos, soledades e inquietudes. El juego real de Tapas se basa en la contraposición entre la realidad que se ve y la realidad que se siente. Fingir que Rosalía está, negarse a buscarla por orgullo, buscar en Internet una relación que no somos capaces de mantener físicamente, afrontar que antes o después nos quedaremos solos, comprender en el extranjero lo que no somos capaces de afrontar en nuestra vida... En Tapas todo palpita y en la superficie sólo vemos el bombeo del corazón; son emociones contenidas, besos que se dan sin darse, caricias que no deberían haberse dado.
Tapas no olvida el cine español que arrastra tras de sí. Es inevitable citar el guiño a Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988) en la escena de la terraza. Pero también bebe mucho de cierta novela costumbrista y de las referencias catalanas más actuales (Corbacho y el Neng no están ahí de la nada).
La película combina drama y humor poquito a poquito. De por sí alguna que otra situación es estrambótica (la abuelita camella y la alineación del Depor, para no desvelar mucho) pero se resuelve de tal manera que hace que un punto de partida poco ortodoxo se convierta en lo más natural.
Tapas desvela la buena salud de los guionistas españoles. Descubre que se pueden hacer cosas sabiendo elegir, trabajando en coproducción y moviéndose bien por los intrincados recovecos del mundo cinematográfico. Quizá Tapas no pase a la historia, pero nos habla francamente de lo que somos.
Tapas recoge el testigo de otras muchas obras, de televisión, cine o literatura, que juegan a mezclar vidas. Se trata de esa globalización a pequeña escala que, aunque no la veamos, siempre está presente. Se trata de conocer de una vez a tus vecinos no sólo por sus gritos a través de las paredes, sino comprender sus anhelos, soledades e inquietudes. El juego real de Tapas se basa en la contraposición entre la realidad que se ve y la realidad que se siente. Fingir que Rosalía está, negarse a buscarla por orgullo, buscar en Internet una relación que no somos capaces de mantener físicamente, afrontar que antes o después nos quedaremos solos, comprender en el extranjero lo que no somos capaces de afrontar en nuestra vida... En Tapas todo palpita y en la superficie sólo vemos el bombeo del corazón; son emociones contenidas, besos que se dan sin darse, caricias que no deberían haberse dado.
Tapas no olvida el cine español que arrastra tras de sí. Es inevitable citar el guiño a Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988) en la escena de la terraza. Pero también bebe mucho de cierta novela costumbrista y de las referencias catalanas más actuales (Corbacho y el Neng no están ahí de la nada).
La película combina drama y humor poquito a poquito. De por sí alguna que otra situación es estrambótica (la abuelita camella y la alineación del Depor, para no desvelar mucho) pero se resuelve de tal manera que hace que un punto de partida poco ortodoxo se convierta en lo más natural.
Tapas desvela la buena salud de los guionistas españoles. Descubre que se pueden hacer cosas sabiendo elegir, trabajando en coproducción y moviéndose bien por los intrincados recovecos del mundo cinematográfico. Quizá Tapas no pase a la historia, pero nos habla francamente de lo que somos.





