Pequeños retos
Mi mayor miedo desde que tengo el coche nuevo no ha sido ni conducir ni aparcar, sino intentar meterlo y sacarlo de la cochera sin ningún roce. La entrada poco a poco la voy dominando; la salida, depende del día. No obstante, me defiendo mejor que los primeros días y pronto no tendré que llamar a mi padre para que me dé indicaciones.
El otro día, en el trabajo, me puse en un ordenador en el que nunca había trabajado. Era totalmente distinto, los programas tenían distintas versiones, la calibración del monitor era diferente y, para colmo, el ratón funcionaba como le daba la gana. No quise cambiarme y trabajé én él toda la tarde. El cierre fue un desastre, pero por razones ajenas a ello.
Hoy he ido a hacerme análisis de sangre. Normalmente me mareo. Las dos últimas veces incluso tuve convulsiones. Esta mañana estaba nerviosa, pero menos tensa que la última vez. Me ha acompañado mi padre. La enfermera me ha tumbado en la camilla. Corría el aire. Yo estaba segura de que iba a marearme. No lo he hecho. He ido sentándome de silla en silla, hemos tomado el aire fresco sentados en un escalón... pero no me he mareado. Me he permitido el lujo de tratarme a mí misma como una enfermita y, nada más llegar a casa, meterme en la cama.
Voy afrontando pequeños retos. Hasta ahora no se están dando mal. Me gusta intentar hacer las cosas, celebrar aciertos, asumir errores y conocier mis debilidades, que son muchas. Poco a poco me voy haciendo más libre, aunque también más esclava.
Cuando miro hacia adelante siento que cada vez los retos serán mayores y quiero tener fuerzas para no quedarme en el intento. Hay muchas cosas que me rondan la cabeza, sobre todo proyectos y escalones que subir. Supongo que estos pequeños retos de los que hablo forman parte de un reto mucho más grande, ese que termina con la muerte.
El otro día, en el trabajo, me puse en un ordenador en el que nunca había trabajado. Era totalmente distinto, los programas tenían distintas versiones, la calibración del monitor era diferente y, para colmo, el ratón funcionaba como le daba la gana. No quise cambiarme y trabajé én él toda la tarde. El cierre fue un desastre, pero por razones ajenas a ello.
Hoy he ido a hacerme análisis de sangre. Normalmente me mareo. Las dos últimas veces incluso tuve convulsiones. Esta mañana estaba nerviosa, pero menos tensa que la última vez. Me ha acompañado mi padre. La enfermera me ha tumbado en la camilla. Corría el aire. Yo estaba segura de que iba a marearme. No lo he hecho. He ido sentándome de silla en silla, hemos tomado el aire fresco sentados en un escalón... pero no me he mareado. Me he permitido el lujo de tratarme a mí misma como una enfermita y, nada más llegar a casa, meterme en la cama.
Voy afrontando pequeños retos. Hasta ahora no se están dando mal. Me gusta intentar hacer las cosas, celebrar aciertos, asumir errores y conocier mis debilidades, que son muchas. Poco a poco me voy haciendo más libre, aunque también más esclava.
Cuando miro hacia adelante siento que cada vez los retos serán mayores y quiero tener fuerzas para no quedarme en el intento. Hay muchas cosas que me rondan la cabeza, sobre todo proyectos y escalones que subir. Supongo que estos pequeños retos de los que hablo forman parte de un reto mucho más grande, ese que termina con la muerte.





