El genio, por sí mismo
En Woody Allen por sí mismo, Richard Schickel desgrana la vida y obra del cineasta. La parte central del libro se compone de una entrevista realizada para televisión, en la que película a película ambos van sacando a la luz los temas principales que subyacen a toda su filmografía.
Para embarcarnos convenientemente en la entrevista, Schickel (escritor, productor y crítico de cine) nos avanza un estudio exhaustivo acerca de cómo Woody Allen imprime su peculiar personalidad a cada obra que realiza. Desde la admiración, pero también desde el rigor, la obra de Allen se despliega ante nuestros ojos, como si la conociéramos profundamente pese a no haberla visto.
Los estudios de cine suelen ser algo menos sofisticados que los de, por ejemplo, la reproducción de las amebas en cautividad (si es que esto existe), pero es un gran logro por parte del autor lograr una narración perfecta, en la que una idea lleva a otra sin artificios, sin un léxico rebuscado ni eternas peroratas para los no entendidos.
La conclusión es que Schikel pone a Woody Allen en su sitio, el de un gran director de cine y el de algo más... ¿inexplicable? Woody Allen aparece como el rey de la comedia en un Olimpo que parece estar algo desgastado en la época de la entrevista (que se realizó antes de Melinda y Melinda y Match Point, éxitos, especialmente éste último, que han vuelto a poner a Allen en la boca del público generalizado). Woody Allen como un extraño en la industria hollywoodiense pero sin la cual tampoco hubiera podido tener cabida. Un cineasta libre, atado sólo al compromiso con su público, que indudablemente obtiene mayores triunfos en Europa que en Estados Unidos. Un Woody Allen que no es adicto al trabajo, sino que sólo en la fantasía de la creación de una película es capaz de sobrellevar su existencia.
Para embarcarnos convenientemente en la entrevista, Schickel (escritor, productor y crítico de cine) nos avanza un estudio exhaustivo acerca de cómo Woody Allen imprime su peculiar personalidad a cada obra que realiza. Desde la admiración, pero también desde el rigor, la obra de Allen se despliega ante nuestros ojos, como si la conociéramos profundamente pese a no haberla visto.
Los estudios de cine suelen ser algo menos sofisticados que los de, por ejemplo, la reproducción de las amebas en cautividad (si es que esto existe), pero es un gran logro por parte del autor lograr una narración perfecta, en la que una idea lleva a otra sin artificios, sin un léxico rebuscado ni eternas peroratas para los no entendidos.
La conclusión es que Schikel pone a Woody Allen en su sitio, el de un gran director de cine y el de algo más... ¿inexplicable? Woody Allen aparece como el rey de la comedia en un Olimpo que parece estar algo desgastado en la época de la entrevista (que se realizó antes de Melinda y Melinda y Match Point, éxitos, especialmente éste último, que han vuelto a poner a Allen en la boca del público generalizado). Woody Allen como un extraño en la industria hollywoodiense pero sin la cual tampoco hubiera podido tener cabida. Un cineasta libre, atado sólo al compromiso con su público, que indudablemente obtiene mayores triunfos en Europa que en Estados Unidos. Un Woody Allen que no es adicto al trabajo, sino que sólo en la fantasía de la creación de una película es capaz de sobrellevar su existencia.
Comentario:
¿Por qué me recuerda tanto Woody Allen a Stan Laurel? ¿Y por qué me resulta inevitable nombrar a Woody y que aparezca en mi cabeza el sillón de confidente de la consulta de un psiquiatra? Y también me resulta inevitable no resumirle en Hannah y sus hermanas. Un jodido excéntrico este Woody, como casi todos los genios.





