El aroma de la belleza
La búsqueda de la belleza conduce a la obsesión y ésta nos conduce por caminos tan desconocidos como el asesinato.
Jean Baptiste Grenouille (Ben Wishaw), el protagonista de El perfume: historia de un asesino (Tom Tykwer, 2006), no mata por placer sino como un medio para conseguir sus fines. Y el espectador no consigue odiarlo, no por las extravagantes consecuencias de su aroma, sino porque lo comprende. En una sala oscura, despojados de todos nuestros prejuicios con la compra de una entrada o de un dvd, nos adentramos en un mundo de fantasía donde la base de la narración descansa sobre esquemas que ahondan en el corazón humano, en la más íntima naturaleza humana. Todos buscamos la belleza y la perfección y todos intentamos retener, al menos en nuestra mente, aquello que más nos importa. La búsqueda de Grenouille es primero una búsqueda de la sabiduría como método para alcanzar algo superior; la búsqueda de Grenouille es la belleza que todos ansiamos y nadie retiene, ni siquiera en la imaginación.
Con una extraordinaria fotografía y una no menos excelente banda sonora, Tykwer nos muestra la Belleza, con mayúscula. Es la belleza retenida en un rojizo rizo ondulando en el aire, es la belleza de la tersura de una piel joven, es la belleza del aroma de la virginidad y es la belleza de aquello que nos está prohibido.
Desde su nacimiento, Grenouille ha tenido prohibido el acceso a la belleza. Nacido entre cabezas de pescado e intestinos de cabra, curtido entre las pieles y el barro, Grenouille no merece vivir, y así nos lo demuestra el filme desde el primer instante. Es su tenacidad lo que le hace sobrevivir. Grenouille, por no tener, no tiene ni olor. El acceso al olor, y con ello a una identidad, también le está prohibido. Por eso pasa desapercibido, por eso todos pasan por encima de él, por eso nadie le tiene en cuenta salvo para utilizarle para lograr algo. Grenouille no hace más que trasponer esto a su incierta búsqueda: utiliza a los demás para darles lo que todos quieren, la belleza suprema.
El perfume es algo más que una película, pues se constituye como todo un tratado sobre la belleza. Disquisiciones morales al margen, el filme nos desliza por los bajos fondos franceses hasta el punto de que parecemos arrastrarnos junto con la cámara. Quizá con lentitud, pero con la perfecta fórmula de drama y suspense, la historia simplemente surge, como si nadie detrás moviera sus hilos. Pasmosamente nos introducimos en los ojos de Grenouille, y en su mente a través del olfato, en un viaje a lo que sin duda es una de las mejores interpretaciones de un cuerdo desquiciado (sin olvidar un ineludible aire a Norman Bates) que nos ha regalado el cine reciente.
El perfume, como obra, es indispensable. Sobre papel o sobre celuloide (he de reconocer que me ha gustado más la película que el libro, si es que esta división sirve de algo), la historia en sí misma es un hallazgo brillante.
Jean Baptiste Grenouille (Ben Wishaw), el protagonista de El perfume: historia de un asesino (Tom Tykwer, 2006), no mata por placer sino como un medio para conseguir sus fines. Y el espectador no consigue odiarlo, no por las extravagantes consecuencias de su aroma, sino porque lo comprende. En una sala oscura, despojados de todos nuestros prejuicios con la compra de una entrada o de un dvd, nos adentramos en un mundo de fantasía donde la base de la narración descansa sobre esquemas que ahondan en el corazón humano, en la más íntima naturaleza humana. Todos buscamos la belleza y la perfección y todos intentamos retener, al menos en nuestra mente, aquello que más nos importa. La búsqueda de Grenouille es primero una búsqueda de la sabiduría como método para alcanzar algo superior; la búsqueda de Grenouille es la belleza que todos ansiamos y nadie retiene, ni siquiera en la imaginación.
Con una extraordinaria fotografía y una no menos excelente banda sonora, Tykwer nos muestra la Belleza, con mayúscula. Es la belleza retenida en un rojizo rizo ondulando en el aire, es la belleza de la tersura de una piel joven, es la belleza del aroma de la virginidad y es la belleza de aquello que nos está prohibido.
Desde su nacimiento, Grenouille ha tenido prohibido el acceso a la belleza. Nacido entre cabezas de pescado e intestinos de cabra, curtido entre las pieles y el barro, Grenouille no merece vivir, y así nos lo demuestra el filme desde el primer instante. Es su tenacidad lo que le hace sobrevivir. Grenouille, por no tener, no tiene ni olor. El acceso al olor, y con ello a una identidad, también le está prohibido. Por eso pasa desapercibido, por eso todos pasan por encima de él, por eso nadie le tiene en cuenta salvo para utilizarle para lograr algo. Grenouille no hace más que trasponer esto a su incierta búsqueda: utiliza a los demás para darles lo que todos quieren, la belleza suprema.
El perfume es algo más que una película, pues se constituye como todo un tratado sobre la belleza. Disquisiciones morales al margen, el filme nos desliza por los bajos fondos franceses hasta el punto de que parecemos arrastrarnos junto con la cámara. Quizá con lentitud, pero con la perfecta fórmula de drama y suspense, la historia simplemente surge, como si nadie detrás moviera sus hilos. Pasmosamente nos introducimos en los ojos de Grenouille, y en su mente a través del olfato, en un viaje a lo que sin duda es una de las mejores interpretaciones de un cuerdo desquiciado (sin olvidar un ineludible aire a Norman Bates) que nos ha regalado el cine reciente.
El perfume, como obra, es indispensable. Sobre papel o sobre celuloide (he de reconocer que me ha gustado más la película que el libro, si es que esta división sirve de algo), la historia en sí misma es un hallazgo brillante.
Comentario:
¿Te ha gustado más la peli que el libro? ¿Es eso posible? Flipe tanto con Suskynd que cuando salió la peli me dieron arcadas. No puede retratarse el olor. Si escribirlo era imposible hasta que llego Suskynd, ponerlo en pantalla es... bueno, esto es mi opinión.
Nunca podría ponerle cara a Grenouille. Para mí no tiene cara, puede ser cualquiera y puede no ser nadie. Por eso no veré la película. Mi imaginación es fértil y se vería amputada.
Un besazo, y sigue escribiendo, que leerte es siempre un placer y un entretenido aprendizaje.
Besitos y buen finde, coleguita periolista.
Nunca podría ponerle cara a Grenouille. Para mí no tiene cara, puede ser cualquiera y puede no ser nadie. Por eso no veré la película. Mi imaginación es fértil y se vería amputada.
Un besazo, y sigue escribiendo, que leerte es siempre un placer y un entretenido aprendizaje.
Besitos y buen finde, coleguita periolista.





