La magia inocente del cine
No pudo decir que de pequeña fuera mucho al cine. Mi amor por las películas, y por el mundo audiovisual en general, se ha desarrollado muy tardíamente. Sin embargo, algunos de mis recuerdos infantiles están ligados a ese sitio mágico, casi inalcanzable, que era el cine.
Pronto comenzarán las obras de demolición del que fue el Cine Castillo, de Ciudad Real, que vio la luz a finales de los cincuenta. Se verá convertido, probablemente, en pisos o en una franquicia del grupo Inditex (quienes ya se han interesado por el terreno, según los propietarios del inmueble). El Cine Castillo está situado en el centro de la ciudad, rodeado de la Plaza del Pilar y de la Escuela de Artes y Oficios (rebautizada como Escuela de Arte Pedro Almodóvar, que para algo que tenemos en la provincia, Almodóvar y El Quijote, pues hay que aprovecharlo). Tiene tres salas de mediano tamaño. Estuvo abierto hasta 2006, si bien sus últimos años los vivió más con pena que con gloria, como sala secundaria para públicos minoritarios. Siempre albergué la secreta esperanza de que un edificio tan grande, mejor o peor equipado, se convirtiera en algo útil culturalmente hablando; hubo un tiempo en que fantaseé con películas en versión original subtitulada o ciclos de cine especializados. Debe ser que a nadie más se le ocurrió, o que a quien lo hizo echó cuentas muy por encima y se dio cuenta de que tenerlo cerrado sale más barato que contribuir al enriquecimiento cultural. Y así, todo el mundo, antes o después, se fue olvidando del Cine Castillo.
La primera película que vi, acompañada de mi madre, una amiga de ésta y sus hijos fue Cariño he agrandado al niño. Fascinada ante una pantalla tan grande y ante un niño no menos gigante, salí de la sala frontándome los ojos, maravillada por lo que acababa de ver. También vimos, por la misma época, La Bella y la Bestia. Imaginaos la fascinación de una niña pequeña ante la magia del cine sumada a la fascinación de la magia por definición, Disney.
No recuerdo nada más hasta que, algo más creciditas ya, mi amiga Luna y yo nos empeñamos ver Toy Story (la primera parte, pues aún no había llegado la fiebre de las secuelas). También por aquella época vi, acompañada de mi madre, Babe, el cerdito valiente. Entre ambos momentos, simplemente creo que no fui al cine. Y así, pues, se resume toda mi infancia cinéfila, en cuatro películas para el olvido y una vaga sensación atemporal.
Durante unos años los cinéfagos de Ciudad Real se alimentaron en el Cine Castillo y en los Multicines María Cristina, que parecían ser más modernos y más vanguardistas pero que al fin y al cabo no llegaban ni a ser multiplex. El Parque de Ocio las Vías (con más nombre de atracción de feria que de cine) sustituyó a ambos, dejando respirar un tiempo, como he dicho antes, al Cine Castillo (y si lo dejó respirar fue porque pertenecían a los mismos dueños). Fue en estos lugares donde me convertí sumisa a la cultura del centro comercial y a la economía de las palomitas, al terror adolescente y a los besos húmedos de butaca trasera.
Ahora ir al cine es para mí una actividad totalmente diferente. No comulgo con la inercia de ir al cine por ir al cine, aunque también pasé por aquella etapa. Ahora voy buscando lo que quiero ver, lo tengo decidido de antemano y presto más atención a la película que a la compañía. Ahora disfruto comentando cada detalle de la película, ante la mirada desinteresada de mis interlocutores, que asienten con vagos síes y noes las pausas de mi monólogo.
El cine, como todo lo infantil que guardamos en la memoria, ese bagaje invisible que nos acompaña, evoluciona a la vez que evoluciona la percepción del resto de las cosas. Nos habituamos, olvidamos y recordamos a nuestro antojo, pero poco queda ya de esa magia inocente, de los ojos abiertos como platos ante una pantalla incomprensible para nosotros... con el tiempo, cuando se comprende qué es el cine, cómo se hace, qué hay detrás y qué hay delante, se olvida de lo que realmente significó el cine de nuestros primeros años: un manjar inclasificable, dosificado con cuentagotas.
Cine Castillo, descanse en paz.
Pronto comenzarán las obras de demolición del que fue el Cine Castillo, de Ciudad Real, que vio la luz a finales de los cincuenta. Se verá convertido, probablemente, en pisos o en una franquicia del grupo Inditex (quienes ya se han interesado por el terreno, según los propietarios del inmueble). El Cine Castillo está situado en el centro de la ciudad, rodeado de la Plaza del Pilar y de la Escuela de Artes y Oficios (rebautizada como Escuela de Arte Pedro Almodóvar, que para algo que tenemos en la provincia, Almodóvar y El Quijote, pues hay que aprovecharlo). Tiene tres salas de mediano tamaño. Estuvo abierto hasta 2006, si bien sus últimos años los vivió más con pena que con gloria, como sala secundaria para públicos minoritarios. Siempre albergué la secreta esperanza de que un edificio tan grande, mejor o peor equipado, se convirtiera en algo útil culturalmente hablando; hubo un tiempo en que fantaseé con películas en versión original subtitulada o ciclos de cine especializados. Debe ser que a nadie más se le ocurrió, o que a quien lo hizo echó cuentas muy por encima y se dio cuenta de que tenerlo cerrado sale más barato que contribuir al enriquecimiento cultural. Y así, todo el mundo, antes o después, se fue olvidando del Cine Castillo.
La primera película que vi, acompañada de mi madre, una amiga de ésta y sus hijos fue Cariño he agrandado al niño. Fascinada ante una pantalla tan grande y ante un niño no menos gigante, salí de la sala frontándome los ojos, maravillada por lo que acababa de ver. También vimos, por la misma época, La Bella y la Bestia. Imaginaos la fascinación de una niña pequeña ante la magia del cine sumada a la fascinación de la magia por definición, Disney.
No recuerdo nada más hasta que, algo más creciditas ya, mi amiga Luna y yo nos empeñamos ver Toy Story (la primera parte, pues aún no había llegado la fiebre de las secuelas). También por aquella época vi, acompañada de mi madre, Babe, el cerdito valiente. Entre ambos momentos, simplemente creo que no fui al cine. Y así, pues, se resume toda mi infancia cinéfila, en cuatro películas para el olvido y una vaga sensación atemporal.
Durante unos años los cinéfagos de Ciudad Real se alimentaron en el Cine Castillo y en los Multicines María Cristina, que parecían ser más modernos y más vanguardistas pero que al fin y al cabo no llegaban ni a ser multiplex. El Parque de Ocio las Vías (con más nombre de atracción de feria que de cine) sustituyó a ambos, dejando respirar un tiempo, como he dicho antes, al Cine Castillo (y si lo dejó respirar fue porque pertenecían a los mismos dueños). Fue en estos lugares donde me convertí sumisa a la cultura del centro comercial y a la economía de las palomitas, al terror adolescente y a los besos húmedos de butaca trasera.
Ahora ir al cine es para mí una actividad totalmente diferente. No comulgo con la inercia de ir al cine por ir al cine, aunque también pasé por aquella etapa. Ahora voy buscando lo que quiero ver, lo tengo decidido de antemano y presto más atención a la película que a la compañía. Ahora disfruto comentando cada detalle de la película, ante la mirada desinteresada de mis interlocutores, que asienten con vagos síes y noes las pausas de mi monólogo.
El cine, como todo lo infantil que guardamos en la memoria, ese bagaje invisible que nos acompaña, evoluciona a la vez que evoluciona la percepción del resto de las cosas. Nos habituamos, olvidamos y recordamos a nuestro antojo, pero poco queda ya de esa magia inocente, de los ojos abiertos como platos ante una pantalla incomprensible para nosotros... con el tiempo, cuando se comprende qué es el cine, cómo se hace, qué hay detrás y qué hay delante, se olvida de lo que realmente significó el cine de nuestros primeros años: un manjar inclasificable, dosificado con cuentagotas.
Cine Castillo, descanse en paz.
Comentario:
Maldita sea la especulación, que no es más que la prostitución del suelo. Los cines no dan dinero, sólo los multicines ubicados en un centro de ocio (¿de ocio?). Los Verdi y los Renoir aguantan en Madrid como nichos de mercado, no sé muy bien por el esfuerzo de quien, pero ole sus cojones... no me gusta mezclar cine con dinero, pero es lo que hay, y si quieres verte un peliculón, mejor en casa, con tu pantalla de plasma, tus trescientos altavoces, tu hd dvd, y tu soledad.
Comentario:
Será el único sitio, junto con el internado Maria Inmaculada, que al verlo derruído sienta que algo de mí también queda entre los escombros. Desde el 88 al 92 no dejé de visitar sus salas todas la semanas, mis ahorros iban destinados a la sesión de los jueves. El mal que aqueja a nuestros cines y a "nuestro cine" merece replantearse unas cuantas cositas.
En fín, sí, que descanse en paz.
En fín, sí, que descanse en paz.





