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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
La felicidad de la ficción
Cuando tenía 12, 13, 14 años solía pasar tarde enteras con mis amigas (mis mejores amigas, ese término ya en desuso, como si la gradación de afectos fortaleciera la amistad) tumbadas en el suelo o en la cama charlando sobre nuestros deseos. El tema principal de conversación solían ser los chicos, los que nos gustaban, a los que gustábamos o los que ni una cosa ni otra. Ahora pienso que realmente no parábamos de hablar del sexo opuesto porque no sabíamos hablar de otras cosas; no sabíamos desnudarnos, hablar de lo que realmente nos preocupaba, intentar dibujar con palabras lo que de verdad nos dolía, que normalmente era algo más profundo que no gustarle a determinado chico. Con la edad se hace aún más difícil hablar, compartir confidencias, descubrir nuestro interior, pero seguimos anhelando cosas cuya ausencia nos duele y dolores que aumentan con palabras bajo llave.

Tomamos la costumbre de escribir diarios (cuántos tomos tengo escritos a mano, guardado en algún sitio, día a día descrito con precisión milimétrica). Como no sabíamos hablar claramente, nos leíamos cara a cara esas hojas íntimas que estaban vetadas para nuestros padres, aunque lo que pensáramos fuera menos escandalosos que lo que hacíamos. Siempre es más fácil expresarse escribiendo, porque da la opción de ordenar las ideas, de reconocer las cosas que no nos atrevemos de viva voz, de pensar y repensar hasta dar con la clave de lo que nos preocupa. En mi caso, es que no sabía expresarme de otra manera que no fuera escribiendo.

A través de los diarios, de las infinitas conversaciones y de los ojos vidriosos yo adivinaba qué necesitaban mis amigas. Si bien no lograba atisbar qué querían, sí me hacía a la idea de lo más difícil: qué necesitaban. Y lo que necesitaban, ellas y yo, no era sino crear un mundo aparte, un mundo de semificción donde se nos permitiera soñar a nuestras anchas, donde las palabras inventadas entre las nieblas del sueño fueran reales, tuvieran sus precedentes y sus consecuencias. Queríamos, en definitiva, un mundo que pudiéramos controlar, en el que los chicos nos amaran y las prioridades estuvieran claras. Un mundo que se pareciera al real, pero que fuera más simple, más predecible y, sobre todo, que tuviera un final feliz.

No tuve que pensarlo mucho, la idea simplemente surgió. En aquella época difusa en la que escribir para mí era más fácil que respirar y en la que, como ahora, era incapaz de dar un abrazo o un beso en el momento correcto (admiro la facilidad de algunas personas para prestar consuelo tal y como lo necesitas en el instante preciso), opté por regalarles cuentos. Los escribía en una tarde (bufff, menos, en una hora), normalmente después de una tarde de alabanzas sobre el chico en cuestión, tenían tres, cuatro, diez hojas a lo sumo y se los regalaba al día siguiente. "Toma, he escrito esto para ti". El primer día les resultó extraño, el segundo día me felicitaron, el tercer día volvieron a releer los relatos, tan simples como una fotonovela de revista de adolescentes, sin mayores objetivos que desvelar un mundo nuevo. Así, nuestros sueños aparecían por escrito, de una manera tan increíblemente sencilla, y entonces, aunque nuestro amor no fuera correspondido en el plano real, en un plano ficticio quedábamos plenamente satisfechas. Adivinábamos así a qué sabían esos labios prohibidos, qué textura tenían sus mejillas, a veces, incluso, cómo era el timbre de su voz. Nos convertíamos de este modo en personas amadas, colmadas de felicidad, aunque fuera la felicidad que sólo puede dar la ficción.

Aquellos relatos ahora estarán perdidos, como se pierde la amistad en el tiempo, y se han diluído en la memoria como si se deshicieran en el agua. Hoy, después de tanto tiempo, vuelvo a recordarlos y cuando recuerdo algo es sin duda porque lo necesito. Necesito ficción para poder dormir, porque no me gusta que me roben mis sueños, que arañen mi tiempo de tinieblas con ilusiones falsas que nunca se cumplirán. La incertidumbre y la inquietud me hace desear una ficción aparte, donde las frases que yo imagino tengan por fin lugar, donde los ojos miren donde yo quiera que miren, donde los besos lleguen donde yo quiera que lleguen. Lo peor de todo es que ahora la ficción no basta porque ya no supone un refugio tan cálido como entonces, porque mis ojos no se acostumbran a lo que se supone que es real, lo que se supone que debo sentir y lo que se supone que debo desear. Ahora la ficción se convierte en una necesidad que no se colma. Ahora la ficción simplemente se acaba.
No