Diario salmantino (y III)
De vuelta a casa. Ay, aún no me hago a la idea. Y eso que sólo han sido dos días...
Esta mañana nos hemos levantado a las nueve, hemos bajado a desayunar (esta vez sí me he apuntado al jamón ibérico) y luego nos hemos vuelto a dormir un poquito (por aquello de aprovechar hasta el final la habitación). Pasadas las once hemos recogido todo (sniff, sniff...) y hemos conducido hasta Salamanca. En medio del camino, un camión encallado en el barro nos ha hecho formar parte de un atasco inolvidable.
Como ya nos conocemos el camino (con la inestimable ayuda del GPS, qué invento) hemos aparcado enseguida y nos hemos puesto a patear la ciudad. Hemos vuelto al centro histórico, esta vez perdiéndonos un poquito por la zona universitaria (aunque en Salamanca todo es uno). Han caído unas cañitas en la Plaza Mayor. La primera de ellas en el bar El Reloj, justo bajo los soportales y con fama de buenas tapitas. Nosotros no las hemos probado porque teníamos que hacer sitio en el estómago para la comida, pero tenían una pinta... y grandes, además. Las otras cañitas han sido en un bar universitario a la espalda de la famosa fachada de la Universidad (la de la rana y la calavera), llamado La Lajina o algo así (no me hagáis mucho caso, porque las letras medievales y yo no nos llevamos demasiado bien).
Hemos vuelto a pasear por la ciudad. Y es que pasear por Salamanca es una auténtica gozada. Las calles se habían desvestido ya de sus casetas de feria, aunque aún quedaban algunos recogiéndolas. Los universitarios alborotaban ya con sus carpetas y fotocopias. Ay, Salamanca, cómo logras unir tantas cosas en una...
Hemos comido en El Ave, un restaurante a medio camino entre la zona universitaria y las catedrales. Importante reseña: menú del día a 10,60 (más IVA), con multitud de platos a elegir. Lo cierto es que esta zona es la más barata (ningún menú supera los 12 euros) pero El Ave ofrece la mayor variedad de platos. Yo he comido, por fin, patatas meneás, que es uno de los platos típicos y están buenísimas, aunque se hacen un poco pesadas. De segundo he comido solomillo de pato al oporto (que no es típico pero está delicioso) y mi novio, cochinillo asado (pequeño, lo justo para no empachar, y muy bien hecho). Estoy pensando seriamente en dedicarme al periodismo gastronómico, debe ser el mejor trabajo del mundo.
Para no variar, ha comenzado a llover mientras comíamos. Las calles han vuelto a quedarse desiertas. Los adoquines lucían brillantes bajo el manto de agua. El repiquetear sobre los tejados, sobre el suelo, acompañaba una comida sosegada. Un café para hacernos a la idea de que las vacaciones, poquito a poquito, se acababan.
Hemos caminado hasta el coche, echándonos las últimas fotografías (en breve en mi space), apurando lo que nos quedaba de día. Y hemos vuelto a Madrid. Qué tristeza por marcharnos, y qué alegría por haber ido.
Han sido unas vacaciones inolvidables. No es que sea el mejor sitio al que hemos ido (Lisboa también me gustó el septiembre pasado) pero han tenido algo de especiales. Quizá es que ya las necesitaba, que he estado esperándolas con locura, que mi cuerpo iba pidiendo a gritos, día tras día, un poco de aire fresco. Seguramente lo que las haya hecho tan satisfactorias es que por fin me he tomado algo con calma. Normalmente me estreso en mis días libres porque pienso que estoy perdiendo el tiempo, aunque me lo pase genial y descanse siempre tengo la sensación de que nada es suficiente y me dan pequeñas crisis de ansiedad. Esta vez me he dedicado a disfrutar, a descansar y a comer (y a que me masajeen, mmmm).
Lo más importante es que, después de tantos años juntos, mi novio y yo nos empezamos a entender. Yo sé que no debo agobiarle con museos, iglesias y demás cosas culturales (sólo lo justo y necesario) y que debo prestarle unos minutos de avituallamiento. Él sabe que no me puedo ir de una ciudad sin ver lo más representativo y que cuando me pongo a comer no hay quien me pare. Sabemos cuándo nos apetece una cosa y cuándo nos apetece otra y, aunque riñamos, siempre terminamos riéndonos. Él sabe que no tiene que darle importancia a mis ataques de mala leche y yo aprendo a entender que a veces está cansado. Escapada tras escapada nos vamos conociendo y apuesto a que es eso lo que nos hace tan felices.
Mientras estábamos en la sauna, el sábado, charlamos con una pareja joven. Se quejaban de que les habían dicho que cerca del hotel había campo de hípica y que era posible jugar al paintball (dispararse unos a otros con escopetas cargadas de pintura). Nosotros dijimos que eso hay que probarlo alguna vez en la vida. El chico dijo: "es que estas cosas son las que forman una pareja".
Gran verdad.
Esta mañana nos hemos levantado a las nueve, hemos bajado a desayunar (esta vez sí me he apuntado al jamón ibérico) y luego nos hemos vuelto a dormir un poquito (por aquello de aprovechar hasta el final la habitación). Pasadas las once hemos recogido todo (sniff, sniff...) y hemos conducido hasta Salamanca. En medio del camino, un camión encallado en el barro nos ha hecho formar parte de un atasco inolvidable.
Como ya nos conocemos el camino (con la inestimable ayuda del GPS, qué invento) hemos aparcado enseguida y nos hemos puesto a patear la ciudad. Hemos vuelto al centro histórico, esta vez perdiéndonos un poquito por la zona universitaria (aunque en Salamanca todo es uno). Han caído unas cañitas en la Plaza Mayor. La primera de ellas en el bar El Reloj, justo bajo los soportales y con fama de buenas tapitas. Nosotros no las hemos probado porque teníamos que hacer sitio en el estómago para la comida, pero tenían una pinta... y grandes, además. Las otras cañitas han sido en un bar universitario a la espalda de la famosa fachada de la Universidad (la de la rana y la calavera), llamado La Lajina o algo así (no me hagáis mucho caso, porque las letras medievales y yo no nos llevamos demasiado bien).
Hemos vuelto a pasear por la ciudad. Y es que pasear por Salamanca es una auténtica gozada. Las calles se habían desvestido ya de sus casetas de feria, aunque aún quedaban algunos recogiéndolas. Los universitarios alborotaban ya con sus carpetas y fotocopias. Ay, Salamanca, cómo logras unir tantas cosas en una...
Hemos comido en El Ave, un restaurante a medio camino entre la zona universitaria y las catedrales. Importante reseña: menú del día a 10,60 (más IVA), con multitud de platos a elegir. Lo cierto es que esta zona es la más barata (ningún menú supera los 12 euros) pero El Ave ofrece la mayor variedad de platos. Yo he comido, por fin, patatas meneás, que es uno de los platos típicos y están buenísimas, aunque se hacen un poco pesadas. De segundo he comido solomillo de pato al oporto (que no es típico pero está delicioso) y mi novio, cochinillo asado (pequeño, lo justo para no empachar, y muy bien hecho). Estoy pensando seriamente en dedicarme al periodismo gastronómico, debe ser el mejor trabajo del mundo.
Para no variar, ha comenzado a llover mientras comíamos. Las calles han vuelto a quedarse desiertas. Los adoquines lucían brillantes bajo el manto de agua. El repiquetear sobre los tejados, sobre el suelo, acompañaba una comida sosegada. Un café para hacernos a la idea de que las vacaciones, poquito a poquito, se acababan.
Hemos caminado hasta el coche, echándonos las últimas fotografías (en breve en mi space), apurando lo que nos quedaba de día. Y hemos vuelto a Madrid. Qué tristeza por marcharnos, y qué alegría por haber ido.
Han sido unas vacaciones inolvidables. No es que sea el mejor sitio al que hemos ido (Lisboa también me gustó el septiembre pasado) pero han tenido algo de especiales. Quizá es que ya las necesitaba, que he estado esperándolas con locura, que mi cuerpo iba pidiendo a gritos, día tras día, un poco de aire fresco. Seguramente lo que las haya hecho tan satisfactorias es que por fin me he tomado algo con calma. Normalmente me estreso en mis días libres porque pienso que estoy perdiendo el tiempo, aunque me lo pase genial y descanse siempre tengo la sensación de que nada es suficiente y me dan pequeñas crisis de ansiedad. Esta vez me he dedicado a disfrutar, a descansar y a comer (y a que me masajeen, mmmm).
Lo más importante es que, después de tantos años juntos, mi novio y yo nos empezamos a entender. Yo sé que no debo agobiarle con museos, iglesias y demás cosas culturales (sólo lo justo y necesario) y que debo prestarle unos minutos de avituallamiento. Él sabe que no me puedo ir de una ciudad sin ver lo más representativo y que cuando me pongo a comer no hay quien me pare. Sabemos cuándo nos apetece una cosa y cuándo nos apetece otra y, aunque riñamos, siempre terminamos riéndonos. Él sabe que no tiene que darle importancia a mis ataques de mala leche y yo aprendo a entender que a veces está cansado. Escapada tras escapada nos vamos conociendo y apuesto a que es eso lo que nos hace tan felices.
Mientras estábamos en la sauna, el sábado, charlamos con una pareja joven. Se quejaban de que les habían dicho que cerca del hotel había campo de hípica y que era posible jugar al paintball (dispararse unos a otros con escopetas cargadas de pintura). Nosotros dijimos que eso hay que probarlo alguna vez en la vida. El chico dijo: "es que estas cosas son las que forman una pareja".
Gran verdad.





