Una Arbus ajena a la realidad
Ahora que los biopics se han puesto de moda, merece la pena reseñar uno que se aparta de la norma. Retrato de una obsesión (Steven Shainberg, 2006) tiene grandes carencias (entre ellas una banda sonora verdaderamente consistente y algo de falta de ritmo) pero las suple con creces ofreciendo una profunda historia de sentimientos y secretos a voces.
Ya desde el principio el director (y los encargados de la comercialización) se encargan de no vender la película como una biografía, sino como un relato inventado a raíz de la vida de una de las más fantásticas artistas del siglo XX, la fótografa Diane Arbus. Si el espectador asume esta premisa se adentrará en una bonita historia de amor, donde los afincados valores norteamericanos de amor a la familia y la (presuntamente represora) sociedad adinerada de los cincuenta tienen mucho peso. Si por el contrario nos desentendemos de sus avisos y pretendemos ver un retrato real de la vida de Arbus nos encontraremos de frente con la decepción. Y es que la clave en la que se asienta todo el filme no es otro que la ficción, aunque la realización apunte al hiperrealismo.
Asumamos, pues, que estamos viendo una mentira cuya máxima aspiración es acariciarnos el corazón. Ni qué decir tiene que Nicole Kidman y Robert Downey Jr. han encontrado la cumbre de la profesionalización (si es que no la habían alcanzado ya) encarnando unos personajes tan complejos, donde los gestos, el lenguaje corporal y los silencios tienen tanta importancia.
El filme comienza presentándonos un drama americano clásico donde un ama de casa intenta encontrar su hueco en el mundo. Pronto gira hacia el thriller, vistiendo la trama de algo de supense y encubriendo el primer punto de giro de la historia, que no es otro que el encuentro entre ambos protagonistas. El suspense deja lugar a algo con ciertos aires de novela de descubrimiento, de viaje interior, donde un personaje se integra en un mundo que no le pertenece pero que desea íntimamente. Por último, llega el amor. El amor que ha estado sustentando precariamente toda la cinta hasta ese momento explota por fin y, con él, viajamos al interior de unos personajes atractivos de tan monstruosos y compartimos con Diane Arbus la fascinación por lo tormentoso.
En mi opinión es sólo al final de la película cuando se logra retratar (haciendo honor a la pésima traducción del título en español) la fotografía de Arbus. Hasta donde yo conozco, la peculiaridad de su obra es una intensa mirada a cámara por parte de los fotografiados, proveniente de la conciencia de estar siendo retratados. La Arbus histórica no escondía el artificio, sino que lo forzaba para así retratar lo que ella tomaba por realidad. Esta Arbus ficticia por fin se encuentra con su homóloga biografiada en una escena magnífica del filme, cuando finalmente toma la fotografía de Lionel. La cámara le vacía por dentro, le rescata del olvido y el cine, en sólo un par de planos, atrapa todo el magnetismo de la situación.
Ya desde el principio el director (y los encargados de la comercialización) se encargan de no vender la película como una biografía, sino como un relato inventado a raíz de la vida de una de las más fantásticas artistas del siglo XX, la fótografa Diane Arbus. Si el espectador asume esta premisa se adentrará en una bonita historia de amor, donde los afincados valores norteamericanos de amor a la familia y la (presuntamente represora) sociedad adinerada de los cincuenta tienen mucho peso. Si por el contrario nos desentendemos de sus avisos y pretendemos ver un retrato real de la vida de Arbus nos encontraremos de frente con la decepción. Y es que la clave en la que se asienta todo el filme no es otro que la ficción, aunque la realización apunte al hiperrealismo.
Asumamos, pues, que estamos viendo una mentira cuya máxima aspiración es acariciarnos el corazón. Ni qué decir tiene que Nicole Kidman y Robert Downey Jr. han encontrado la cumbre de la profesionalización (si es que no la habían alcanzado ya) encarnando unos personajes tan complejos, donde los gestos, el lenguaje corporal y los silencios tienen tanta importancia.
El filme comienza presentándonos un drama americano clásico donde un ama de casa intenta encontrar su hueco en el mundo. Pronto gira hacia el thriller, vistiendo la trama de algo de supense y encubriendo el primer punto de giro de la historia, que no es otro que el encuentro entre ambos protagonistas. El suspense deja lugar a algo con ciertos aires de novela de descubrimiento, de viaje interior, donde un personaje se integra en un mundo que no le pertenece pero que desea íntimamente. Por último, llega el amor. El amor que ha estado sustentando precariamente toda la cinta hasta ese momento explota por fin y, con él, viajamos al interior de unos personajes atractivos de tan monstruosos y compartimos con Diane Arbus la fascinación por lo tormentoso.
En mi opinión es sólo al final de la película cuando se logra retratar (haciendo honor a la pésima traducción del título en español) la fotografía de Arbus. Hasta donde yo conozco, la peculiaridad de su obra es una intensa mirada a cámara por parte de los fotografiados, proveniente de la conciencia de estar siendo retratados. La Arbus histórica no escondía el artificio, sino que lo forzaba para así retratar lo que ella tomaba por realidad. Esta Arbus ficticia por fin se encuentra con su homóloga biografiada en una escena magnífica del filme, cuando finalmente toma la fotografía de Lionel. La cámara le vacía por dentro, le rescata del olvido y el cine, en sólo un par de planos, atrapa todo el magnetismo de la situación.





