Mi pobre coche...
Hace muchos, muchos años me hallaba yo jugando en mi habitación con el zoo de Playmobil. Las vallas no conseguían quedarme rectas y no sabía muy bien dónde colocar los animales, porque yo nunca había visitado un zoo. Mi madre me colocó todo, con precisión milimétrica, según su parecer, dando como resultado un zoo hermoso o, al menos, a mí me lo pareció. Después se fue. Creo que no toqué nada en toda la tarde, para no desvirtuarlo y, si lo hacía, volvía a dejar todo justo en el mismo lado. Al desmontarlo tuve ganas de llorar.
Por aquellas fechas, quizá un poco antes, quizá un poco después, mi madre me dio una muñeca. No era ni bonita ni fea, más bien de piel-plástico oscura, con el pelo rizado y un simpático aro alrededor de la cintura que se movía (con música y todo). No debió ser muy cara, tampoco excesivamente barata. Pero si de algo me acuerdo es de que me dijo que era mi hermano quien se había empeñado en regalármela. La cuidé con mucho mimo porque era la primera vez que mi hermano se acordaba de mí en lo que a regalos se refiere. Luego quedó olvidada porque llegó ese incierto momento en que una no sabe si seguir jugando con muñecas o empezar a jugar con kens. La dejé como adorno en mi habitación y cada vez que la miraba me invadía una mezcla de tristeza y alegría que no he podido olvidar.
Algo parecido sentí cuando, hace unos días, abollé el coche por primera vez. Ocurrió al entrar en mi cochera (una de esas cocheras en cuesta y curva) cuando, al hacer una maniobra, se me escapó el pie. El trasero de mi coche sufrió una importante liposucción. Sentí rabia, angustia y culpabilidad. Luego me consolé pensando que, de todas las cosas que te pueden pasar en un coche, ésta es la menor. Pero la rabia no se va. ¿Tendrán razón mis compañeros de trabajo cuando dicen que quiero demasiado a mi coche?
Por aquellas fechas, quizá un poco antes, quizá un poco después, mi madre me dio una muñeca. No era ni bonita ni fea, más bien de piel-plástico oscura, con el pelo rizado y un simpático aro alrededor de la cintura que se movía (con música y todo). No debió ser muy cara, tampoco excesivamente barata. Pero si de algo me acuerdo es de que me dijo que era mi hermano quien se había empeñado en regalármela. La cuidé con mucho mimo porque era la primera vez que mi hermano se acordaba de mí en lo que a regalos se refiere. Luego quedó olvidada porque llegó ese incierto momento en que una no sabe si seguir jugando con muñecas o empezar a jugar con kens. La dejé como adorno en mi habitación y cada vez que la miraba me invadía una mezcla de tristeza y alegría que no he podido olvidar.
Algo parecido sentí cuando, hace unos días, abollé el coche por primera vez. Ocurrió al entrar en mi cochera (una de esas cocheras en cuesta y curva) cuando, al hacer una maniobra, se me escapó el pie. El trasero de mi coche sufrió una importante liposucción. Sentí rabia, angustia y culpabilidad. Luego me consolé pensando que, de todas las cosas que te pueden pasar en un coche, ésta es la menor. Pero la rabia no se va. ¿Tendrán razón mis compañeros de trabajo cuando dicen que quiero demasiado a mi coche?
Comentario:
jajajajaja perdone usted la carcajada, pero no la he podido evitar... ¿a que jode?, y duele como si hubieses sido tú la que te hubieses dejado la piel en el asfalto tras caerte de una moto, pero consuélate, el otro día una amiga mía le hizo uno al suyo, recién estrenado, también en la cochera -joer, es que ni que tuviesen vida las columnas y paredes de las cocheras- y lo expresó de la misma manera que tú ahora, hasta se llevaba la mano al pecho, como si le fuese a dar un infarto.
jajajaja, eso es como botar un barco.
jajajaja, eso es como botar un barco.





