Esta vida que llevo
Estoy cansada. Ya sé que en los últimos tiempos esto no es una novedad, pero anoche llegué al extremo agotamiento, uno de esos estados que no se supera con dormir muchas horas. Hoy puedo sostener los párpados, pero no consigo concentrarme en nada. Y esto es algo peligroso cuando se tiene que terminar un trabajo de periodismo internacional sí o sí y comenzar a vislumbrar el enfoque de un reportaje de periodismo tecnológico. Y no es mucho, diréis (y digo), pues un periodista trabaja mucho más, en horas más desordenadas y moviéndose de un lado a otro, no sentado cómodamente frente al ordenador de su casa.
He trabajado todas las fiestas excepto cuatro días (y porque dos de ellos, por tradición periodística, no se trabaja). He estudiado prácticamente todos los días también. Esta semana sólo salí el viernes y el sábado, y sólo un rato. Y aún así tengo la sensación de no haber hecho nada, de que el tiempo se contrae, de que no avanzo. Llegan las semanas duras de la carrera, cuando se juntan las últimas clases, los trabajos de última hora y la preparación para exámenes. Y llego a ello con un resfriado que dura ya más de dos semanas (con la gran alegría de que ya puedo respirar), un montón de apuntes que se cuentan por kilos (y también por megas) y menos ganas que nunca de hacer nada.
Vuelvo a decir: necesito unas vacaciones. Pero unas vacaciones de estar sentada en un sofá, arropada con una manta, sin hacer nada. Ni siquiera me llega el intelecto para leer o escuchar música y menos aún para ver la televisión. Tengo ansiedad y, a la vez, apatía; me preocupo por las cosas y al instante no me preocupo, como si no existieran, como si pudiera entretenerme en cosas más banales y menos urgentes.
Y así será todo hasta el 16 de febrero, día en que termino mis examenes. Y para entonces ni siquiera tendré ganas de celebrarlo. Y entonces me encontraré en la disyuntiva de elegir entre descansar (que en mi estrecha mente viene a ser, desde hace mucho tiempo, perder el tiempo) o hacer algún viaje, salir o dedicarme a cualquier cosa, todo menos estar parada. Todos me repiten que estoy más delgada y mi padre añade "con esa vida que llevas..." Y con esta vida que llevo seguiré porque estoy agotada pero es que ya no sé vivir de otra forma.
He trabajado todas las fiestas excepto cuatro días (y porque dos de ellos, por tradición periodística, no se trabaja). He estudiado prácticamente todos los días también. Esta semana sólo salí el viernes y el sábado, y sólo un rato. Y aún así tengo la sensación de no haber hecho nada, de que el tiempo se contrae, de que no avanzo. Llegan las semanas duras de la carrera, cuando se juntan las últimas clases, los trabajos de última hora y la preparación para exámenes. Y llego a ello con un resfriado que dura ya más de dos semanas (con la gran alegría de que ya puedo respirar), un montón de apuntes que se cuentan por kilos (y también por megas) y menos ganas que nunca de hacer nada.
Vuelvo a decir: necesito unas vacaciones. Pero unas vacaciones de estar sentada en un sofá, arropada con una manta, sin hacer nada. Ni siquiera me llega el intelecto para leer o escuchar música y menos aún para ver la televisión. Tengo ansiedad y, a la vez, apatía; me preocupo por las cosas y al instante no me preocupo, como si no existieran, como si pudiera entretenerme en cosas más banales y menos urgentes.
Y así será todo hasta el 16 de febrero, día en que termino mis examenes. Y para entonces ni siquiera tendré ganas de celebrarlo. Y entonces me encontraré en la disyuntiva de elegir entre descansar (que en mi estrecha mente viene a ser, desde hace mucho tiempo, perder el tiempo) o hacer algún viaje, salir o dedicarme a cualquier cosa, todo menos estar parada. Todos me repiten que estoy más delgada y mi padre añade "con esa vida que llevas..." Y con esta vida que llevo seguiré porque estoy agotada pero es que ya no sé vivir de otra forma.
Comentario:
¡Pues estamos apañaos!... creo que, además de las vacaciones, necesitas un cursillo de técnicas antiestrés, porque como sigas así, de aquí a la boda, tu padre va a parecer que lleva un paraguas al altar en vez de una hija y el pobre Alberto va a bailar un vals con la delgadísima linea del horizonte.
Cuídate, curranta.
Cuídate, curranta.





