Y al final... el vacío
Es tal el vacío, insostenible, la letal desidia que amenaza... así empieza El mar no cesa, de Héroes del Silencio. Este grupo tiene la habilidad de hacerme sentir identificada con sus letras sea cual sea el momento en el que me encuentre, tanto si estoy triste como si estoy feliz, agotada o llena de energía.
Así, vacía, insostenible, impotente... es como me he sentido en el examen oral de periodismo internacional que he tenido hoy. Los nervios han dejado paso a la incomprensión y después a la impotencia de saber que se me iba el examen, de que, hiciera lo que hiciera, iba a suspender.
Pese a la evidente alegría de conocer la nota al instante (un 7) me sentía incompleta, vacía. A veces después de un examen me siento así porque he vomitado todo lo que sabía, he llegado a un grado máximo de concentración y, al cumplir con ese rito mágico que es entregar por fin el folio escrito, me he sentido libre y satisfecha (o no, depende del resultado). Pero siempre he tenido la sensación de poner todo lo que me sabía, convencida de que es lo correcto (o lo más cerca de lo correcto) a lo que mi inventiva puede llegar.
Hoy, sin embargo, me he quedado a medias, me he sentido defraudada e inútil en este examen inesperado. La suerte y la mala suerte se han aliado. La suerte de que justo un minuto antes me hubieran dicho la respuesta correcta a una de las preguntas, de la que sólo tenía una leve idea. La mala suerte de que las palabras exactas no me salían, algo muy peligroso cuando el profesor es estricto y pide definiciones precisas, sin vagabundeos ni ejemplos ni acercamientos.
He tardado mucho en recuperarme de la sensación de desazón que me embargaba. Son las nueve de la noche y todavía no me he desintoxicado. Tras un examen suelo resetear, ni siquiera vuelvo a mirar los apuntes para evitar remordimientos cuando ya no se puede hacer nada. Acostumbro a tomarme la tarde libre (siempre que el tiempo lo permita) y, como mucho, organizo la asignatura siguiente o paso los últimos apuntes que queden, algo de escasa entidad intelectual. Hoy, no obstante, he imprimido todos los apuntes del próximo examen, lo he organizado por temas y he comenzado a resumir. Sólo concentrarme en otra cosa me hacía olvidarme de la tristeza y el alivio que conjuntamente me embargaban.
Quizá sea una sensación parecida al minuto después de terminar el último examen de la temporada. Todas coincidimos en que nos resulta extraño no tener que salir corriendo a preparar lo demás, tener otra perspectiva de futuro inmediato que no sea meterse en casa o en la biblioteca y seguir estudiando. Los primeros minutos después del último examen son de incertidumbre, de alivio y también de una especie de mono de sufrimiento. Cuando pasan las horas una se acostumbra a estar de vacaciones y empieza a saborear cada minuto, por pocos que sean, pero la sensación de que falta algo no abandona.
Por ahora, cada día quedan menos fuerzas para afrontar los dos exámenes que me quedan. Cada cuatrimestre lo llevo peor: me agoto más, me concentro menos y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para encontrarle sentido a las asignaturas. Parece que el fin de la carrera no llega y el día a día se hace más cuesta arriba. Todo el mundo me dice que después lo echaré de menos y lo cierto es que no lo dudo, pues suelo añorar el pasado haya o no haya sido bueno, y mis años universitarios tienen un poco de todo, pero la mayoría bueno. Hoy hablábamos de todo esto dos compañeras de clase y yo, frente a un café con leche y un croissant con mermelada de melocotón. Y sí, chicas, si tuviera que empezar de nuevo esta(s) carrera(s) sin duda lo haría, pero me la(s) tomaría menos en serio.
Así, vacía, insostenible, impotente... es como me he sentido en el examen oral de periodismo internacional que he tenido hoy. Los nervios han dejado paso a la incomprensión y después a la impotencia de saber que se me iba el examen, de que, hiciera lo que hiciera, iba a suspender.
Pese a la evidente alegría de conocer la nota al instante (un 7) me sentía incompleta, vacía. A veces después de un examen me siento así porque he vomitado todo lo que sabía, he llegado a un grado máximo de concentración y, al cumplir con ese rito mágico que es entregar por fin el folio escrito, me he sentido libre y satisfecha (o no, depende del resultado). Pero siempre he tenido la sensación de poner todo lo que me sabía, convencida de que es lo correcto (o lo más cerca de lo correcto) a lo que mi inventiva puede llegar.
Hoy, sin embargo, me he quedado a medias, me he sentido defraudada e inútil en este examen inesperado. La suerte y la mala suerte se han aliado. La suerte de que justo un minuto antes me hubieran dicho la respuesta correcta a una de las preguntas, de la que sólo tenía una leve idea. La mala suerte de que las palabras exactas no me salían, algo muy peligroso cuando el profesor es estricto y pide definiciones precisas, sin vagabundeos ni ejemplos ni acercamientos.
He tardado mucho en recuperarme de la sensación de desazón que me embargaba. Son las nueve de la noche y todavía no me he desintoxicado. Tras un examen suelo resetear, ni siquiera vuelvo a mirar los apuntes para evitar remordimientos cuando ya no se puede hacer nada. Acostumbro a tomarme la tarde libre (siempre que el tiempo lo permita) y, como mucho, organizo la asignatura siguiente o paso los últimos apuntes que queden, algo de escasa entidad intelectual. Hoy, no obstante, he imprimido todos los apuntes del próximo examen, lo he organizado por temas y he comenzado a resumir. Sólo concentrarme en otra cosa me hacía olvidarme de la tristeza y el alivio que conjuntamente me embargaban.
Quizá sea una sensación parecida al minuto después de terminar el último examen de la temporada. Todas coincidimos en que nos resulta extraño no tener que salir corriendo a preparar lo demás, tener otra perspectiva de futuro inmediato que no sea meterse en casa o en la biblioteca y seguir estudiando. Los primeros minutos después del último examen son de incertidumbre, de alivio y también de una especie de mono de sufrimiento. Cuando pasan las horas una se acostumbra a estar de vacaciones y empieza a saborear cada minuto, por pocos que sean, pero la sensación de que falta algo no abandona.
Por ahora, cada día quedan menos fuerzas para afrontar los dos exámenes que me quedan. Cada cuatrimestre lo llevo peor: me agoto más, me concentro menos y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para encontrarle sentido a las asignaturas. Parece que el fin de la carrera no llega y el día a día se hace más cuesta arriba. Todo el mundo me dice que después lo echaré de menos y lo cierto es que no lo dudo, pues suelo añorar el pasado haya o no haya sido bueno, y mis años universitarios tienen un poco de todo, pero la mayoría bueno. Hoy hablábamos de todo esto dos compañeras de clase y yo, frente a un café con leche y un croissant con mermelada de melocotón. Y sí, chicas, si tuviera que empezar de nuevo esta(s) carrera(s) sin duda lo haría, pero me la(s) tomaría menos en serio.
Comentario:
Tranqui,que ya queda menos para nuestro mino - vialje fin de carrera,unas merecidas vacaciones.
Comentario:
Veo que el sufrimiento durante Internacional fue común a casi todos. No te preocupes mujer, que yo también estuve al borde del suspenso porque me quedé en blanco en dos preguntas. Luego me sentía fatal, porque fallé una de la Segunda Guerra Mundial y es uno de mis temas preferidos siempre que he dado algo de historia, así que fallar algo sobre ella es casi imperdonable. Lo pasé tan mal que estuve a punto de llorar y cuando salí del examen tenía la espalda empapada de sudor, a pesar de que hacía frío. Tú piensa que es un examen que ya está hecho y aprobado y a seguir pa'lante.
un besote
un besote





