Para qué más
Hay películas que no pretenden ser más de lo que son. Por oposición a aquellas otras, pretenciosas, que intentan enseñar a hacer cine a los demás, algunas veces saltan a la actualidad obras tan increíblemente sencillas que generan grandes sensaciones.
Juno (Jason Reitman, 2007) es una película, sobre todo, positiva. No es nada que no hayamos visto antes: una adolescente queda embarazada y esta situación constituye un viaje de la infancia a la madurez, con sus ventajas y sus nostalgias. Desde este planteamiento de tv movie de sobremesa se despliega toda una tierna historia que nos hace sonreír con ese tipo de sonrisa que deja un matiz amargo. Tiene razón el Sr. Pons al recordar que los adolescentes no suelen mantener diálogos tan mordaces y que algunas situaciones están excesivamente sobreactuadas. Los actores están correctos pues, sin grandes alardes de interpretación, consiguen que la historia sea creíble, que es lo que importa. La puesta en escena tiene algo de original, la música está muy bien integrada en la película y, en definitiva, asistimos al mundo de una adolescente en pocos pasos. La vida familiar también se dibuja con breves trazos, a medio caballo entre el drama y la comedia, en eso que tan bien se les da hacer a los norteamericanos y que en España parecemos desconocer. Hora y media de metraje, para qué más. Y ahí lo tienen: 4 nominaciones a los Óscar.
Recientemente he visto una comedia americana, romántica, muy de Navidad y San Valentín. Serendipity (Peter Chelsom, 2001) tiene como grandes bazas a John Cusack y Kate Beckinsale como actores protagonistas. No llevan a cabo nada fuera de lo normal. La historia en sí no pasa de ser una historia de amor que intenta reflexionar sobre el azar y el destino como definitorios en la vida diaria (y amorosa) de las personas. Tampoco se preocupan demasiado en justificar las acciones. Los personajes se mueven por impulsos. Los guionistas utilizan lugares comunes para plantear situaciones mil veces vistas. Y, pese a todo, enternece. Cuando se llega al final se tiene la sensación de no haber visto más de lo que se ha visto y de no tener que pensar más allá de la ficción. Una historia de amor es nada más y nada menos que una historia de amor. Una hora y media de metraje. Y para qué más.
Juno (Jason Reitman, 2007) es una película, sobre todo, positiva. No es nada que no hayamos visto antes: una adolescente queda embarazada y esta situación constituye un viaje de la infancia a la madurez, con sus ventajas y sus nostalgias. Desde este planteamiento de tv movie de sobremesa se despliega toda una tierna historia que nos hace sonreír con ese tipo de sonrisa que deja un matiz amargo. Tiene razón el Sr. Pons al recordar que los adolescentes no suelen mantener diálogos tan mordaces y que algunas situaciones están excesivamente sobreactuadas. Los actores están correctos pues, sin grandes alardes de interpretación, consiguen que la historia sea creíble, que es lo que importa. La puesta en escena tiene algo de original, la música está muy bien integrada en la película y, en definitiva, asistimos al mundo de una adolescente en pocos pasos. La vida familiar también se dibuja con breves trazos, a medio caballo entre el drama y la comedia, en eso que tan bien se les da hacer a los norteamericanos y que en España parecemos desconocer. Hora y media de metraje, para qué más. Y ahí lo tienen: 4 nominaciones a los Óscar.
Recientemente he visto una comedia americana, romántica, muy de Navidad y San Valentín. Serendipity (Peter Chelsom, 2001) tiene como grandes bazas a John Cusack y Kate Beckinsale como actores protagonistas. No llevan a cabo nada fuera de lo normal. La historia en sí no pasa de ser una historia de amor que intenta reflexionar sobre el azar y el destino como definitorios en la vida diaria (y amorosa) de las personas. Tampoco se preocupan demasiado en justificar las acciones. Los personajes se mueven por impulsos. Los guionistas utilizan lugares comunes para plantear situaciones mil veces vistas. Y, pese a todo, enternece. Cuando se llega al final se tiene la sensación de no haber visto más de lo que se ha visto y de no tener que pensar más allá de la ficción. Una historia de amor es nada más y nada menos que una historia de amor. Una hora y media de metraje. Y para qué más.





