La diabólica brillantez de la Calle Fleet
A veces el Genio (con mayúscula) encuentra su obra perfecta. Tim Burton no ha conseguido aún su Gran Obra Maestra, pero con Sweenney Todd (Tim Burton, 2007) ha llegado muy cerca. Permitid que despliegue mi fanatismo.
El goticismo. Que Tim Burton tiene preferencia por historias oscuras de seres inadaptados es una constante en su carrera, ya desde sus primeros cortos. Sweeney Todd llegó a su encuentro como si hubiera surgido de su mente creativa. Ni él mismo podría haber imaginado una historia tan compleja y haberla narrado de forma tan simple. Amor y venganza con el sabor decimonónico de las tragedias y la pizca de locura que siempre ha de envolver toda gran historia.
La superficialidad. Londres es un decorado y Burton lo enfatiza en vez de esconderlo. Nos presenta un Londres misterioso y condenado. La cámara no lo recorre sino que lo atraviesa, deseando llevar al espectador a sus entrañas (deseando desperezar las entrañas del público). La inmensa cantidad de sangre derramada, la violencia extrema, es también superficial. El color rojo explota sobre el negro en una sinfonía de colores y da cuerpo a la base de la coreografía. Todo en Sweeney Todd está teatralizado, sobreactuado y abultado de forma que es imposible tomárselo en serio, lo cual es sin duda una sensación buscada por los creadores. Porque nada es casual, y menos si hablamos de Tim Burton.
La música. Es imposible comprender Sweeney Todd sin asumir aquello que le da forma: el musical. Retoma, no obstante, la veda abierta por musicales anteriores como el fantástico Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), donde se abandonan ciertos estándares (como la mirada a cámara) mientras otros se elevan a la máxima potencia (la utilización de la grúa y los movimientos de cámara). De la maestría de Stephen Sondheim depende el grueso de la película. Desconozco el musical original, pero he leído en Cahiers du Cinema de febrero que se ha eliminado uno de los números iniciales para sustituir la justificación de la historia como cuento y proponer así algo más arriesgado.
Los freakies. Johnny Depp no le tiene miedo a los retos. Después de Jack Sparrow tenía difícil crear un personaje de suficiente entidad para ser recordado por su interpretación. Sus seguidores teníamos nuestras dudas sobre si un actor de este calibre se acomodaría, pero no ha defraudado. En brazos de Tim Burton ha encontrado un personaje que supone otra vuelta de tuerca más en una carrera de seres poco convencionales. Ya le funcionó con el inolvidable Eduardo Manostijeras (1990) y se quedó algo corto con el Ichabod Crane de Sleepy Hollow (1999), pero Sweeney Todd le da la oportunidad de desplegar toda su capacidad para interpretar a esos seres que son tan del gusto de Burton y otros. Pero no sólo Johnny Deep cabe en esta categoría. Estupenda está Helena Bonham Carter como casera diabólicamente enamorada y ni qué decir tiene que es el contrapunto perfecto del protagonista. Otros seres, como la vieja loca, terminan un cuadro resplandecientemente triste, el panorama perfecto para una obra de estas características.
Sweeney Todd es una cumbre más en la carrera de Tim Burton y creo que todos sus seguidores han (hemos) agradecido su vuelta de una manera tan satisfactoria. Sin embargo, creo que no es apta para todos los públicos. En primer lugar, cito razones obvias: no recomendada para menores ni para estómagos sensibles (aunque personalmente creo que no es para tanto, pues en la película todo parece, por decirlo simplemente, "de juguete"). En segundo lugar, porque Sweeney Todd es la puerta abierta a un mundo distinto que no necesariamente coincide con aquel al que le gusta acceder a todo el mundo. Su estructura de musical y las peculiaridades de su trama, además de las pinceladas de brillantez en la puesta en escena, no suelen ser admiradas por el espectador medio, que quiere una historia entretenida que seguir. En definitiva, no se puede pagar por ver Sweeney Todd sin saber previamente qué se va a ver: hay que llegar sin prejuicios, dejándose absorber y empapar por el mundo de ficción, de la pura ficción.
El goticismo. Que Tim Burton tiene preferencia por historias oscuras de seres inadaptados es una constante en su carrera, ya desde sus primeros cortos. Sweeney Todd llegó a su encuentro como si hubiera surgido de su mente creativa. Ni él mismo podría haber imaginado una historia tan compleja y haberla narrado de forma tan simple. Amor y venganza con el sabor decimonónico de las tragedias y la pizca de locura que siempre ha de envolver toda gran historia.
La superficialidad. Londres es un decorado y Burton lo enfatiza en vez de esconderlo. Nos presenta un Londres misterioso y condenado. La cámara no lo recorre sino que lo atraviesa, deseando llevar al espectador a sus entrañas (deseando desperezar las entrañas del público). La inmensa cantidad de sangre derramada, la violencia extrema, es también superficial. El color rojo explota sobre el negro en una sinfonía de colores y da cuerpo a la base de la coreografía. Todo en Sweeney Todd está teatralizado, sobreactuado y abultado de forma que es imposible tomárselo en serio, lo cual es sin duda una sensación buscada por los creadores. Porque nada es casual, y menos si hablamos de Tim Burton.
La música. Es imposible comprender Sweeney Todd sin asumir aquello que le da forma: el musical. Retoma, no obstante, la veda abierta por musicales anteriores como el fantástico Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), donde se abandonan ciertos estándares (como la mirada a cámara) mientras otros se elevan a la máxima potencia (la utilización de la grúa y los movimientos de cámara). De la maestría de Stephen Sondheim depende el grueso de la película. Desconozco el musical original, pero he leído en Cahiers du Cinema de febrero que se ha eliminado uno de los números iniciales para sustituir la justificación de la historia como cuento y proponer así algo más arriesgado.
Los freakies. Johnny Depp no le tiene miedo a los retos. Después de Jack Sparrow tenía difícil crear un personaje de suficiente entidad para ser recordado por su interpretación. Sus seguidores teníamos nuestras dudas sobre si un actor de este calibre se acomodaría, pero no ha defraudado. En brazos de Tim Burton ha encontrado un personaje que supone otra vuelta de tuerca más en una carrera de seres poco convencionales. Ya le funcionó con el inolvidable Eduardo Manostijeras (1990) y se quedó algo corto con el Ichabod Crane de Sleepy Hollow (1999), pero Sweeney Todd le da la oportunidad de desplegar toda su capacidad para interpretar a esos seres que son tan del gusto de Burton y otros. Pero no sólo Johnny Deep cabe en esta categoría. Estupenda está Helena Bonham Carter como casera diabólicamente enamorada y ni qué decir tiene que es el contrapunto perfecto del protagonista. Otros seres, como la vieja loca, terminan un cuadro resplandecientemente triste, el panorama perfecto para una obra de estas características.
Sweeney Todd es una cumbre más en la carrera de Tim Burton y creo que todos sus seguidores han (hemos) agradecido su vuelta de una manera tan satisfactoria. Sin embargo, creo que no es apta para todos los públicos. En primer lugar, cito razones obvias: no recomendada para menores ni para estómagos sensibles (aunque personalmente creo que no es para tanto, pues en la película todo parece, por decirlo simplemente, "de juguete"). En segundo lugar, porque Sweeney Todd es la puerta abierta a un mundo distinto que no necesariamente coincide con aquel al que le gusta acceder a todo el mundo. Su estructura de musical y las peculiaridades de su trama, además de las pinceladas de brillantez en la puesta en escena, no suelen ser admiradas por el espectador medio, que quiere una historia entretenida que seguir. En definitiva, no se puede pagar por ver Sweeney Todd sin saber previamente qué se va a ver: hay que llegar sin prejuicios, dejándose absorber y empapar por el mundo de ficción, de la pura ficción.





