El ejecutivo, el pobre y yo
Decía un anuncio de ADIF que durante siglos han existido lugares de encuentro que, con los años, se convirtieron en estaciones de tren. Formando, añado, un caleidoscopio cultural y social inigualable. Cualquier cosa que quieras encontrar la hallarás en una estación de tren. Especialmente los contrastes más acusados.
6,50 euros por un bocadillo y un resfresco en la Estación de Atocha de Madrid. Mientras mastico pedazos fríos de lomo envueltos en pan enharinado, un hombre se pasea a mi alrededor. Tiene la barba larga y no se ha cambiado de ropa en varios días. Sus ojos parecen buscar algo. Echo un vistazo a mi bolso, por seguridad, pero el hombre lo ignora. Tres extranjeros trajeados acaban de abandonar la mesa de enfrente y han dejado pedazos de bocadillo en el plato. El hombre se acerca a ellos, mira a su alrededor, recoge un pedazo de pan y se lo mete en la chaqueta. Inmediatamente después se sienta en otra mesa y lo mordisquea lentamente. Cada vez que la camarera se acerca para recoger las mesas él esconde su pedazo de pan y finge esperar a alguien. Nadie le dice nada.
Minutos después dos ejecutivos ocupan la mesa de enfrente, ya limpia. Visten impecablemente. Adoro a la gente que tiene gusto para combinar las prendas elegantes. Uno de ellos se acerca a la barra; el otro le espera mientras teclea algo en su teléfono móvil. Su compañero vuelve con una ensalada, que comparten, y dos botellas de agua. Charlan. Perfectamente caracterizados, como en una película.
La pareja que está sentada a mi lado tendrá unos cincuenta años. Ella lleva unos de esos zapatos de tacón diminuto que parecen aprisionar sus pies. Él es calvo y enrojece paulatinamente, según eleva el tono de voz. En unos instantes comienzan a discutir. Todos nos volvemos hacia allá. Todos. El ejecutivo, el pobre y yo. Los miramos. El calvo maldice una y otra vez. Todos volvemos a nuestra comida. La ensalada, el pedazo de pan y mi bocata de lomo.
El pobre ha acabado su exigua comida. Se limpia las manos con varias servilletas, aunque es imposible que se haya manchado. En su fingida espera parece perseguir moscas. Sus ojos revelan cierta falta de cordura. Pasado un tiempo, mientras comienzo mi bolsa de patatas fritas, vuelve a levantarse, ojea las mesas y comienza a caminar lentamente hacia otro lugar. Quizá hacia otro sitio donde mordisquee un trozo de pan y vea pasar la vida.
Yo también debo irme. Mi abrigo naranja, mi carpeta llena de libros, una bufanda... todo viene conmigo, arrastrándose hacia el tren. Los ejecutivos miran su reloj. Juguetean con su ensalada. Yo los miro. Cómo puede quedar tan bien un traje. Ninguno de ellos es atractivo, pero podría parecerlo. Son muy elegantes. Lo dicho: impecables.
Camino hacia el tren: jóvenes, viejos, españoles, extranjeros, maletas, esperanzas y sueños. Lugares de encuentro convertidos en estaciones de tren. Estaciones de tren convertidas en lugares de encuentro.
6,50 euros por un bocadillo y un resfresco en la Estación de Atocha de Madrid. Mientras mastico pedazos fríos de lomo envueltos en pan enharinado, un hombre se pasea a mi alrededor. Tiene la barba larga y no se ha cambiado de ropa en varios días. Sus ojos parecen buscar algo. Echo un vistazo a mi bolso, por seguridad, pero el hombre lo ignora. Tres extranjeros trajeados acaban de abandonar la mesa de enfrente y han dejado pedazos de bocadillo en el plato. El hombre se acerca a ellos, mira a su alrededor, recoge un pedazo de pan y se lo mete en la chaqueta. Inmediatamente después se sienta en otra mesa y lo mordisquea lentamente. Cada vez que la camarera se acerca para recoger las mesas él esconde su pedazo de pan y finge esperar a alguien. Nadie le dice nada.
Minutos después dos ejecutivos ocupan la mesa de enfrente, ya limpia. Visten impecablemente. Adoro a la gente que tiene gusto para combinar las prendas elegantes. Uno de ellos se acerca a la barra; el otro le espera mientras teclea algo en su teléfono móvil. Su compañero vuelve con una ensalada, que comparten, y dos botellas de agua. Charlan. Perfectamente caracterizados, como en una película.
La pareja que está sentada a mi lado tendrá unos cincuenta años. Ella lleva unos de esos zapatos de tacón diminuto que parecen aprisionar sus pies. Él es calvo y enrojece paulatinamente, según eleva el tono de voz. En unos instantes comienzan a discutir. Todos nos volvemos hacia allá. Todos. El ejecutivo, el pobre y yo. Los miramos. El calvo maldice una y otra vez. Todos volvemos a nuestra comida. La ensalada, el pedazo de pan y mi bocata de lomo.
El pobre ha acabado su exigua comida. Se limpia las manos con varias servilletas, aunque es imposible que se haya manchado. En su fingida espera parece perseguir moscas. Sus ojos revelan cierta falta de cordura. Pasado un tiempo, mientras comienzo mi bolsa de patatas fritas, vuelve a levantarse, ojea las mesas y comienza a caminar lentamente hacia otro lugar. Quizá hacia otro sitio donde mordisquee un trozo de pan y vea pasar la vida.
Yo también debo irme. Mi abrigo naranja, mi carpeta llena de libros, una bufanda... todo viene conmigo, arrastrándose hacia el tren. Los ejecutivos miran su reloj. Juguetean con su ensalada. Yo los miro. Cómo puede quedar tan bien un traje. Ninguno de ellos es atractivo, pero podría parecerlo. Son muy elegantes. Lo dicho: impecables.
Camino hacia el tren: jóvenes, viejos, españoles, extranjeros, maletas, esperanzas y sueños. Lugares de encuentro convertidos en estaciones de tren. Estaciones de tren convertidas en lugares de encuentro.
Comentario:
Parecido a lo que dice Juana tengo yo otra historia. Es lo que hace tener que coger dos trenes para ir a trabajar todos los fines de semana. Es un hombre con el que he coincidido dos o tres meses en el mismo vagón. Tendrá cuarenta y pico o cincuenta años. Viste chaqueta vaquera, pantalones vaqueros y deportivas. Tiene las orejas un poco grandes. En principio, parece otro viajero más.
Pero, cuando te fijas un poco más, te das cuenta que es como un niño grande. Tiene alguna clase de enfermedad, y va hablando sólo. Creo que no sabe ni en que estación está. Viaja siempre sólo, se monta en Atocha y no sé hasta donde va. Pero creo, observándole, que su gran afición es montar en ese tren. Le da libertad, independencia, le entretiene y le emociona.
Pero, cuando te fijas un poco más, te das cuenta que es como un niño grande. Tiene alguna clase de enfermedad, y va hablando sólo. Creo que no sabe ni en que estación está. Viaja siempre sólo, se monta en Atocha y no sé hasta donde va. Pero creo, observándole, que su gran afición es montar en ese tren. Le da libertad, independencia, le entretiene y le emociona.
Comentario:
Me parece a mi que debí quedarme un rato más contigo en esa cafeteria (dichoso trabajo!).
Me ha gustado mucho este post que has escrito, todas te lo decimos siempre que tienes talento y eso salta a la vista.
La única experiencia que últimamente ha llamado mi atención es que siempre, de vuelta a casa, en el tren de la línea 1 dos personas lo cogen en la misma estación que yo y, observándo como se hablan, puedo deducir que no son marido y mujer pero que entre ellos hay algo especial. Ella es una mujer de unos cuarenta y algunos años, con los ojos azules y el pelo rubio. Él es un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, con el pelo canoso y un anorak amarilla (se parece mucho a Grissom, del CSI). Cuando el tren llega a SOL sus caminos se separan pero los dos se despiden y con una sonrisa se dicen "Hasta mañana!". Lo curioso es la sonrisilla que le queda a ella, sola sentada en el asiento donde hacía un rato disfrutaba de una conversación entretenida, hasta que llega a su estación y se baja.
Hay veces en que perfectos extraños te llaman la atención, ya sea en la calle o en el metro, donde puedes observarles durante un rato y preguntarte mil cosas...y cuando se van, te sigues preguntando cómo serán esas personas en su vida diaria, si son felices o no, etc...hasta que sales de la estación y vuelves a tus rutinas y tu vida.
Un saludo,
Juanilla
P.d. escribe más post como este porfi!!!
Me ha gustado mucho este post que has escrito, todas te lo decimos siempre que tienes talento y eso salta a la vista.
La única experiencia que últimamente ha llamado mi atención es que siempre, de vuelta a casa, en el tren de la línea 1 dos personas lo cogen en la misma estación que yo y, observándo como se hablan, puedo deducir que no son marido y mujer pero que entre ellos hay algo especial. Ella es una mujer de unos cuarenta y algunos años, con los ojos azules y el pelo rubio. Él es un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, con el pelo canoso y un anorak amarilla (se parece mucho a Grissom, del CSI). Cuando el tren llega a SOL sus caminos se separan pero los dos se despiden y con una sonrisa se dicen "Hasta mañana!". Lo curioso es la sonrisilla que le queda a ella, sola sentada en el asiento donde hacía un rato disfrutaba de una conversación entretenida, hasta que llega a su estación y se baja.
Hay veces en que perfectos extraños te llaman la atención, ya sea en la calle o en el metro, donde puedes observarles durante un rato y preguntarte mil cosas...y cuando se van, te sigues preguntando cómo serán esas personas en su vida diaria, si son felices o no, etc...hasta que sales de la estación y vuelves a tus rutinas y tu vida.
Un saludo,
Juanilla
P.d. escribe más post como este porfi!!!
Comentario:
El post me ha enganchado desde la primera palabra. Me encanta como describes, siempre tan gráfica que me lo imagino en mi mente.
Entiendo lo del traje. Era lo que comentábamos esta mañana. Qué sensación tan distinta da un profesor que viste siempre perfectamente: zapatos brillantes, colores combinados, percha para portar un traje... Aunque no sea atractivo, lo parece. Y otro con tirantes, mezclando azules con marrones y toda la gama de colores, cinturón y zapatos de colores diferentes y camisa entreabierta por la barriga.
Entiendo lo del traje. Era lo que comentábamos esta mañana. Qué sensación tan distinta da un profesor que viste siempre perfectamente: zapatos brillantes, colores combinados, percha para portar un traje... Aunque no sea atractivo, lo parece. Y otro con tirantes, mezclando azules con marrones y toda la gama de colores, cinturón y zapatos de colores diferentes y camisa entreabierta por la barriga.





