El patrimonio desconocido
Los viajes son aventuras para compartir. Nos hacen descubrir el mundo, abrir nuestras mentes, vivir experiencias únicas, conocer gente curiosa, aprender costumbres nuevas... en definitiva, viajar es una de las actividades que más gratificaciones proporciona al ser humano. Ahora que los viajes al extranjero se han generalizado (por influencia de la globalización y, cómo no, de las compañías low-cost) viajar dentro del propio país parece algo, de alguna manera, inferior. Parece que quien no ha salido al extranjero no es nadie. Hay sitios de visita obligada (Londres, Roma, París, Viena...) y algunos más exóticos (China, Tanzania...) y parece que cualquier aventurero que se precie tiene que tener unos cuantos de estos viajes en su currículum.
Pues bien, yo ayer me fui de excursión al campo. No diré que cerquita de casa porque hicimos casi trescientos kilómetros casi sin darnos cuenta, pero improvisamos un tour por el Valle de Alcudia y alrededores.
Nuestra primera visita nos llevó hasta las Minas del Horcajo, diminuto pueblecito en ruinas que en sus días llegó a tener unos ocho mil habitantes que vivían, como su nombre indica, de la minería. La Guerra Civil y el declive del carbón dejaron sólo algunas paredes de tierra que difícilmente se sostienen y una Iglesia en ruinas dedicada a San Juan Bautista. En los alrededores han crecido alguna que otra casita (con parabólica y piscina), un merendero-mirador y un impresionante puente elevado que el AVE recorre a toda velocidad en su paso hacia Córdoba. Las vistas no tienen desperdicio.
En dirección hacia el sur llegamos al término municipal de Fuencaliente. Un poco antes de llegar nos desviamos por un camino pedregoso y empinado buscando unas desconocidas, al menos para nosotros, pinturas rupestres. Una vez que pudimos aparcar el coche en lo que parecía la casa de unos guardeses, descendimos por un camino de piedra hasta llegar al lecho de un río, pasando el cual deberían encontrarse las pinturas. Las piedras estaban perfectamente pulidas por el paso del agua día tras día, año tras año. Las últimas lluvias habían dejado que el agua serpenteara entre ellas, formando finalmente pequeñas cascadas que parecían cantar en el silencio de la naturaleza.
Las pinturas rupestres, divididas en tres pequeños grupos, estaban protegidas por una valla. Ciertamente yo sólo aprecié uno de los grupos, pues el resto eran casi indistinguibles (al menos para ojos poco avispados como los míos).
Pasamos de largo Fuencaliente, famoso por sus baños termales, para dirigirnos a Azuel, ya en la provincia de Córdoba. Azuel es un pueblo pequeño, encaramado en las rocas, con todas sus fachadas pintadas de blanco y unas extraordinarias calles en cuesta. Por la carretera que lleva hasta Conquista hay gran cantidad de fincas dedicadas a la cría de animales. Ovejas, vacas y toros pastaban tranquilamente bajo el sol del mediodía, espantando las primeras moscas que ha traído la primavera y bostezando ante la llegada del visitante. Cerdos ibéricos y caballos andaluces resultaban más llamativos. Caballos y yeguas, con sus potros recién nacidos difícilmente sostenidos sobre sus débiles patas, componían el paisaje como si de una poesía bucólica se tratase.
Tras pasar largo tiempo fotografiando toda aquella inesperada belleza, nos decidimos a volver a casa. Paramos a comer en Piedrabuena, en un famoso (porque estaba lleno) restaurante llamado Los Pucheros. Nos abalanzamos sobre una ensalada y un chuletón de ternera y, cuando nos pudo el sueño, llegamos a casa y nos regalamos una merecida siesta.
Aunque esta mañana de domingo pueda parecer sencilla, disfruté como si hubiera sido la excursión de mi vida. El aire limpio, el primer sol de la primavera tras las lluvias, la buena compañía, la sensación de tener toda la tarde libre por delante para hacer lo que quisiera... esas sensaciones son las que hacen, a fin de cuentas, un buen viaje. Lástima que gran parte de nuestro patrimonio (natural, humano) permanezca escondido, a la espera de que alguien se decida a hacerle publicidad.
Pues bien, yo ayer me fui de excursión al campo. No diré que cerquita de casa porque hicimos casi trescientos kilómetros casi sin darnos cuenta, pero improvisamos un tour por el Valle de Alcudia y alrededores.
Nuestra primera visita nos llevó hasta las Minas del Horcajo, diminuto pueblecito en ruinas que en sus días llegó a tener unos ocho mil habitantes que vivían, como su nombre indica, de la minería. La Guerra Civil y el declive del carbón dejaron sólo algunas paredes de tierra que difícilmente se sostienen y una Iglesia en ruinas dedicada a San Juan Bautista. En los alrededores han crecido alguna que otra casita (con parabólica y piscina), un merendero-mirador y un impresionante puente elevado que el AVE recorre a toda velocidad en su paso hacia Córdoba. Las vistas no tienen desperdicio.
En dirección hacia el sur llegamos al término municipal de Fuencaliente. Un poco antes de llegar nos desviamos por un camino pedregoso y empinado buscando unas desconocidas, al menos para nosotros, pinturas rupestres. Una vez que pudimos aparcar el coche en lo que parecía la casa de unos guardeses, descendimos por un camino de piedra hasta llegar al lecho de un río, pasando el cual deberían encontrarse las pinturas. Las piedras estaban perfectamente pulidas por el paso del agua día tras día, año tras año. Las últimas lluvias habían dejado que el agua serpenteara entre ellas, formando finalmente pequeñas cascadas que parecían cantar en el silencio de la naturaleza.
Las pinturas rupestres, divididas en tres pequeños grupos, estaban protegidas por una valla. Ciertamente yo sólo aprecié uno de los grupos, pues el resto eran casi indistinguibles (al menos para ojos poco avispados como los míos).
Pasamos de largo Fuencaliente, famoso por sus baños termales, para dirigirnos a Azuel, ya en la provincia de Córdoba. Azuel es un pueblo pequeño, encaramado en las rocas, con todas sus fachadas pintadas de blanco y unas extraordinarias calles en cuesta. Por la carretera que lleva hasta Conquista hay gran cantidad de fincas dedicadas a la cría de animales. Ovejas, vacas y toros pastaban tranquilamente bajo el sol del mediodía, espantando las primeras moscas que ha traído la primavera y bostezando ante la llegada del visitante. Cerdos ibéricos y caballos andaluces resultaban más llamativos. Caballos y yeguas, con sus potros recién nacidos difícilmente sostenidos sobre sus débiles patas, componían el paisaje como si de una poesía bucólica se tratase.
Tras pasar largo tiempo fotografiando toda aquella inesperada belleza, nos decidimos a volver a casa. Paramos a comer en Piedrabuena, en un famoso (porque estaba lleno) restaurante llamado Los Pucheros. Nos abalanzamos sobre una ensalada y un chuletón de ternera y, cuando nos pudo el sueño, llegamos a casa y nos regalamos una merecida siesta.
Aunque esta mañana de domingo pueda parecer sencilla, disfruté como si hubiera sido la excursión de mi vida. El aire limpio, el primer sol de la primavera tras las lluvias, la buena compañía, la sensación de tener toda la tarde libre por delante para hacer lo que quisiera... esas sensaciones son las que hacen, a fin de cuentas, un buen viaje. Lástima que gran parte de nuestro patrimonio (natural, humano) permanezca escondido, a la espera de que alguien se decida a hacerle publicidad.
Comentario:
Gracias de nuevo. En vez de "un seguidor" deberías llamarte "un corrector", jeje. No borro tu comentario porque doy gran importancia a estas aportaciones, aunque sea para recordarme mis errores. Los posts los escribo yo, pero internet lo hacemos todos.
Comentario:
Abalanzamos, Patricia. Corrígelo y borra el comentario, si quieres.
Un saludo.
Un saludo.





