El instante
En un instante, dicen -y digo-, te puede cambiar la vida. En un instante la vida, así de simple, puede desaparecer.
A las 3.45 de la madrugada del domingo un coche embistió al nuestro, donde viajábamos mi novio y yo, por detrás en un tramo de la A-42 cercano a Getafe. En un instante. Recuerdo que mi novio dijo, mirando por el retrovisor: "uy, ese, cómo va..." y después el choque y las vueltas y el mundo girando alrededor y mis gritos y mi novio aferrado al volante y más vueltas y el quitamiedos y la noche y la angustia y el espacio-tiempo eternos e inasibles. Es doloroso querer agarrarte a algo y no poder. Es triste que el tiempo no te conceda esas últimas palabras que quedan tan elegantes y profundas en la pantalla grande. Si no hubiera habido suerte lo único que tendría de mi novio sería su recuerdo girando a mi alrededor.
Pero hubo suerte. Hubo suerte. No nos pasó nada. Ni un rasguño. El coche se desplazó bastantes metros hacia adelante, haciendo trompos, hasta quedarse mirando en la misma dirección. Hubo suerte. Porque era una autovía de tres carriles (lo que impidió que chocáramos con la mediana o con el quitamiedos), porque no había tráfico (lo que impidió que alguien más nos embistiera) y porque el coche que nos golpeó siguió una trayectoria distinta. Hubo suerte. Dios bendiga a la suerte.
Cuando el coche paró sólo pude preguntar a mi novio: "¿estás bien?". Era lo único que me importaba. No necesitaba que me respondiera, puesto que sabía que lo estaba. Durante todo el tiempo que estuvimos girando lo así del brazo porque no quería que se fuera, no quería que nada lo alejara de mí, no quería que se me escapara la felicidad de las manos, la felicidad que hasta el instante anterior habíamos estado viviendo.
Es curioso cómo en esas circunstancias no hace falta hablar. Mientras girábamos sabía que él estaba sintiendo lo mismo. Sin necesidad de que dijera nada, sabía que estaba haciendo todo lo posible para que yo tampoco me fuera. Sabía que quería protegerme y salvarme, pasara lo que pasara. Es curioso cómo en un instante se puede amar tanto a la otra persona, cómo puedes sentir su miedo en tu miedo y cómo se está tan segura de qué está sintiendo.
"Si te llega a pasar algo...", dijo al salir del coche, mientras vomitaba en la cuneta, y no hizo falta completar los puntos suspensivos.
A los chicos que viajaban en el otro coche tampoco les pasó nada, pese a que impactaron con la mediana. La Guardia Civil vino a ayudarnos, previa llamada al 112, y nos ayudó a señalizar y a retirar los coches y después tomó declaración a los dos conductores. El seguro mandó una grúa y un taxi, que nos llevó a casa (a más de cien kilómetros de allí) mientras nuestro coche viajaba rumbo a un taller. No sabemos qué pasará con él, el jueves nos darán una solución.
Pasamos el domingo descansando e intentando hacernos a la idea de lo que había pasado. Los nervios ya se pasaron, ahora quedan las explicaciones a los familiares, las negociaciones con el seguro y la vuelta a la conducción normal. Es inevitable sentir miedo cada vez que algún coche asoma su morro por una cochera, que una moto adelanta o que es necesario adelantar a un camión. Es inevitable sentir miedo, pero hay que seguir adelante.
Yo sólo me asombro de lo que pudo haber pasado y no pasó. Es cierto que aquel chaval no tenía que haberse tomado unas copas ni haber conducido a 160 kilómetros por hora, no tenía que haber intentado cruzar tres carriles en una autovía ni tenía que haberse despistado al calcular las distancias. Pero eso no lo podemos controlar. Podemos controlar el ahora en adelante. Y siempre que estás en la carretera, la mayoría de las circunstancias no están bajo tu control. Pero podemos contarlo. Y eso es lo que importa. Puedo contar el instante en el que me hundí en sus ojos y supe que me quería y supe quería estar a su lado, para todo. Y eso es lo que importa.
A las 3.45 de la madrugada del domingo un coche embistió al nuestro, donde viajábamos mi novio y yo, por detrás en un tramo de la A-42 cercano a Getafe. En un instante. Recuerdo que mi novio dijo, mirando por el retrovisor: "uy, ese, cómo va..." y después el choque y las vueltas y el mundo girando alrededor y mis gritos y mi novio aferrado al volante y más vueltas y el quitamiedos y la noche y la angustia y el espacio-tiempo eternos e inasibles. Es doloroso querer agarrarte a algo y no poder. Es triste que el tiempo no te conceda esas últimas palabras que quedan tan elegantes y profundas en la pantalla grande. Si no hubiera habido suerte lo único que tendría de mi novio sería su recuerdo girando a mi alrededor.
Pero hubo suerte. Hubo suerte. No nos pasó nada. Ni un rasguño. El coche se desplazó bastantes metros hacia adelante, haciendo trompos, hasta quedarse mirando en la misma dirección. Hubo suerte. Porque era una autovía de tres carriles (lo que impidió que chocáramos con la mediana o con el quitamiedos), porque no había tráfico (lo que impidió que alguien más nos embistiera) y porque el coche que nos golpeó siguió una trayectoria distinta. Hubo suerte. Dios bendiga a la suerte.
Cuando el coche paró sólo pude preguntar a mi novio: "¿estás bien?". Era lo único que me importaba. No necesitaba que me respondiera, puesto que sabía que lo estaba. Durante todo el tiempo que estuvimos girando lo así del brazo porque no quería que se fuera, no quería que nada lo alejara de mí, no quería que se me escapara la felicidad de las manos, la felicidad que hasta el instante anterior habíamos estado viviendo.
Es curioso cómo en esas circunstancias no hace falta hablar. Mientras girábamos sabía que él estaba sintiendo lo mismo. Sin necesidad de que dijera nada, sabía que estaba haciendo todo lo posible para que yo tampoco me fuera. Sabía que quería protegerme y salvarme, pasara lo que pasara. Es curioso cómo en un instante se puede amar tanto a la otra persona, cómo puedes sentir su miedo en tu miedo y cómo se está tan segura de qué está sintiendo.
"Si te llega a pasar algo...", dijo al salir del coche, mientras vomitaba en la cuneta, y no hizo falta completar los puntos suspensivos.
A los chicos que viajaban en el otro coche tampoco les pasó nada, pese a que impactaron con la mediana. La Guardia Civil vino a ayudarnos, previa llamada al 112, y nos ayudó a señalizar y a retirar los coches y después tomó declaración a los dos conductores. El seguro mandó una grúa y un taxi, que nos llevó a casa (a más de cien kilómetros de allí) mientras nuestro coche viajaba rumbo a un taller. No sabemos qué pasará con él, el jueves nos darán una solución.
Pasamos el domingo descansando e intentando hacernos a la idea de lo que había pasado. Los nervios ya se pasaron, ahora quedan las explicaciones a los familiares, las negociaciones con el seguro y la vuelta a la conducción normal. Es inevitable sentir miedo cada vez que algún coche asoma su morro por una cochera, que una moto adelanta o que es necesario adelantar a un camión. Es inevitable sentir miedo, pero hay que seguir adelante.
Yo sólo me asombro de lo que pudo haber pasado y no pasó. Es cierto que aquel chaval no tenía que haberse tomado unas copas ni haber conducido a 160 kilómetros por hora, no tenía que haber intentado cruzar tres carriles en una autovía ni tenía que haberse despistado al calcular las distancias. Pero eso no lo podemos controlar. Podemos controlar el ahora en adelante. Y siempre que estás en la carretera, la mayoría de las circunstancias no están bajo tu control. Pero podemos contarlo. Y eso es lo que importa. Puedo contar el instante en el que me hundí en sus ojos y supe que me quería y supe quería estar a su lado, para todo. Y eso es lo que importa.
Comentario:
Joer, pues si. EStas experiencias cambian la vida y unen a las personas. Me alegro de que hayan salido indemnes de esa situación. Ahora palante.
Comentario:
¡Menudo susto! Nada, si lo dice mi madre; donde está el cuerpo está el peligro... Si ese instante dependiese de uno mismo, tal vez no se hubiese sucedido, nunca se sabe.
Lo importante es estar aquí para contarlo...¡y sin un rasguño!
¡Ay, nos vais a quitar la vida entre unos y otros!
Lo importante es estar aquí para contarlo...¡y sin un rasguño!
¡Ay, nos vais a quitar la vida entre unos y otros!





