Retroceso
Te tomo prestado el título, Pobrecito Hablador, para hablar de la vuelta al estado anterior que he experimentado hoy. Espero que cuando leas este post sepas comprenderme y entender que no había un título mejor (bueno, quizá sí: degradación).
Y es que hoy, señores y señoras, he estado escuchando Camela. Tengo el encargo de grabar toda la discografía para un chico (sí, un chico) y, como no me gusta entregar las cosas a medias, ecucho los cedés para comprobar que están bien grabados. Ahí me tenían, cantando a voz en grito las canciones de Camela mientras hacía un trabajo.
Mi retroceso ha experimentado varias fases:
a) risa ante el organillo de fondo tan característico
b) tarareos tímidos
c) comprobar que no había nadie en casa
d) cantar a voz en grito
e) darme cuenta de que me sabía casi todas las letras
Y es que Camela significó algo para mí en algún momento de mi vida, allá por los 12 o 13 años, cuando una de verdad creía sentir lo que era el amor (los subidones y bajones de la edad del pavo, es que fui precoz). Iba a la piscina del pueblo con mis primas y salíamos por la noche, pasábamos los veranos enteros en la calle, coqueteando con chicos a gritos (no teníamos móviles) y jugando al futbolín. He querido hacer un homenaje a Camela porque me ha hecho recordar todos aquellos momentos, donde se sufre y se es feliz con todo el alma, cuando todo se siente el cien por cien. Camela es absurdo en sí mismo, pero hay algunos momentos donde esa voz chillona está cantando lo mismo que dice tu corazón.
Han pasado algunos años, menos de los que quiero creer, y mi vida ha cambiado totalmente. No volví a escuchar Camela (es políticamente incorrecto) y me convertí al rock y al heavy. Pero a veces es necesaria la vuelta a un estado anterior para saber quiénes somos, para que no se nos olvide que alguna vez nosotros también hacíamos el ridículo, y nos sentíamos orgullosos de ello, como Camela.
Y es que hoy, señores y señoras, he estado escuchando Camela. Tengo el encargo de grabar toda la discografía para un chico (sí, un chico) y, como no me gusta entregar las cosas a medias, ecucho los cedés para comprobar que están bien grabados. Ahí me tenían, cantando a voz en grito las canciones de Camela mientras hacía un trabajo.
Mi retroceso ha experimentado varias fases:
a) risa ante el organillo de fondo tan característico
b) tarareos tímidos
c) comprobar que no había nadie en casa
d) cantar a voz en grito
e) darme cuenta de que me sabía casi todas las letras
Y es que Camela significó algo para mí en algún momento de mi vida, allá por los 12 o 13 años, cuando una de verdad creía sentir lo que era el amor (los subidones y bajones de la edad del pavo, es que fui precoz). Iba a la piscina del pueblo con mis primas y salíamos por la noche, pasábamos los veranos enteros en la calle, coqueteando con chicos a gritos (no teníamos móviles) y jugando al futbolín. He querido hacer un homenaje a Camela porque me ha hecho recordar todos aquellos momentos, donde se sufre y se es feliz con todo el alma, cuando todo se siente el cien por cien. Camela es absurdo en sí mismo, pero hay algunos momentos donde esa voz chillona está cantando lo mismo que dice tu corazón.
Han pasado algunos años, menos de los que quiero creer, y mi vida ha cambiado totalmente. No volví a escuchar Camela (es políticamente incorrecto) y me convertí al rock y al heavy. Pero a veces es necesaria la vuelta a un estado anterior para saber quiénes somos, para que no se nos olvide que alguna vez nosotros también hacíamos el ridículo, y nos sentíamos orgullosos de ello, como Camela.





