maría escribe...

María escribe:
“Sé que me miras, no dejas de observarme. Estás pendiente de cada uno de mis movimientos.
Sé que te gusto, que te gusto mucho. Lo sé desde hace tiempo.
Y sé que te interesas por mí, más de lo que quieres demostrar.
A veces juego a provocarte y me gusta cuando caes en mi provocación.
Parece que ambos estuviéramos jugando al gato y el ratón.
No te entiendo, ni me entiendo a mí misma. En la mayoría de las ocasiones, esto no me preocupa lo más mínimo.
Pero en otras, sí.
Tus reapariciones, tus post-it sin firma sobre mi mesa, tus pequeños mensajes dejados como quién no quiere la cosa... reconozco que me alteran. Cuando los veo pienso que estás sembrando mi despacho de ‘pequeñas setas' que guardo en un cajón.
Y no sé qué pensar.
Recuerdo la última vez que estuvimos juntos, ya hace de esto unos cuantos meses.
¡Fue una noche… como para olvidarla!
La habitación casi en penumbra, únicamente iluminada por la luz de las velas.
La música, suave, lenta, incitadora y propicia para una velada que prometía ser maravillosa.
Solos. Tú y yo.
Llegaste a mi casa temprano, muy animado, exultante y feliz. Nos sentamos a la mesa y no puedo olvidar como lentamente empezó tu decadencia.
Sí, fue así. Empezaste a reducirte y cada vez eras más y más pequeñito.
Te recuerdo como un muñeco de cera que empezara a derretirse.
Cuando salí de la cocina con los postres, habías desaparecido. Y no, no te habías evaporado, como pensé por un momento.
Simplemente, te habías ido.
La puerta estaba entornada y oí el ruido de un motor al arrancar. Al asomarme a la ventana, pude contemplar el rastro que dejaba el tubo de escape de tu coche.
Nunca más volví a saber de ti… hasta tu primera seta, tu reaparición.
Pasé por todas las fases normales que se suelen dar en estos casos.
Estupefacción, preocupación, cabreo, decepción, autoinculpación, tristeza, hundimiento, odio y por fin, aceptación.
Y alguna más que he debido olvidar.
Y me pregunto ¿y ahora qué?
Seré sincera. Al fin y al cabo, esto no lo leerás jamás.
Por un lado, me aterraría que volviéramos a empezar.
Pero por otro, cuando me quedo pensando en las musarañas, imagino y sueño que llega un día en el que me dices:
¡Hola! ¿quieres que tomemos un café? o ¿podríamos comer juntos mañana?
Y entonces…”
Una insistente llamada de teléfono interrumpe la escritura de María. Mientras la atiende, piensa en ir inmediatamente a la destructora de papel y eliminar lo escrito. Nadie debe leerlo.
Pero tiene que salir a una reunión urgente, sin tiempo para nada y arruga la carta hasta hacer con ella una bola de papel, que deja sobre la mesa.
Cuando vuelve, al cabo de un par de horas, cargada de carpetas y trabajo, no echa de menos la hoja arrugada. No se acuerda ya de la absurda carta que había empezado a escribir. Tiene tanto por hacer que la ha olvidado.
Hasta mañana no caerá en la cuenta de que la carta ha desaparecido. Alguien la ha cogido de su mesa y está leyéndola con auténtica devoción…
amor...

Amor que no se llama amor.
Que se esconde de mirillas
y se aparta de miradas.
Amor de puerta cerrada.
Rubor alimentando vacíos
de ansias y de jadeos,
ahogando moribundos deseos
nada más nacer a la luz.
Amor que no se sostiene,
que cae y se tambalea.
Amor que zozobra y naufraga
a merced de la mareas.
Amor que no tiene nombre,
porque no se llama así.
desenredando plumas

Atrapó los sueños de la cabecera de la cama, junto a la almohada y recogió el alma de unas manos que hace tiempo habían dejado de ser suyas.
Le susurró al oído cuánto le amaba y dejó enroscado un beso en la boca dormida.
Abrió la ventana, respiró profundo.
Desenredó sus plumas y dejó su alma volar.
Y en ese vuelo respiró del aire de la noche, de las nubes cambiantes y de alguna estrella despistada.
Respiró de la tormenta desatada, del olor a tierra húmeda. Del resplandor del relámpago, del fulgor del rayo.
Respiró del pasado, de todo lo vivido, de los días venideros, del amor contagiado.
Amor aquejado de amor, que sólo ellos podían sanar.
Giró sobre sus plumas y aterrizó en el alfeizar de la ventana.
Volvió a enredarlas sobre su cuerpo desnudo y se recostó a su lado.
Había volado lejos y había regresado.
Sólo eso debía importar.
óleos y barnices

La casa aparecía revuelta y desordenada. Por todos los rincones imaginables se exhibían lienzos terminados y otros aún inacabados. Las paredes y los escasos muebles estaban impregnados del aroma de óleos y barnices.
Asomado a la ventana sin cortinajes, contemplaba los campos que se extendían ante él, magníficos en todo su esplendor otoñal de terrosos, ocres y amarillos, de aquel madrugador atardecer.
Así se encontraba él, atravesando el otoño de su vida. Con las sienes ligeramente plateadas y esos surcos que el tiempo iba imprimiendo casi a brochazos en su rostro. Sus manos ya no eran las mismas y cada día le costaba más y más sujetar los pinceles.
Sentía la nostalgia de otros tiempos vividos. La juventud, su madurez, la conjugada necesidad que le había acompañado durante toda su existencia, amar y pintar, pintar y amar.
Siempre fue así para él. Con cada amor, su creatividad se engrandecía, ofreciéndole uno o varios lienzos, numerosos en algunos casos. Y ese acto, el de pintar, representaba con total exactitud cualquiera de sus relaciones. A juzgar por el número de pinturas expuestas en sillas y caballetes, recostadas sobre paredes y muebles, había amado mucho en su vida.
El lienzo lo simbolizaba todo. La tela en blanco, miedo escénico. Los primeros contactos, bocetos. Las primeras miradas y caricias, pinceladas de color. Acariciando con suavidad cada palmo de la tela hasta dar con el trazo exacto. Dedos mágicos que volaban en busca de piel. Emociones viendo avanzar su obra, su amor. Sensaciones plasmadas, rasgos cada vez más definidos. Éxtasis y delirio, encumbrando por fin el cuadro. Y el final, el último brochazo pincelado, el que marcaba el declive del amor.
Con ademanes estudiadamente pausados se acercó a uno de los lienzos, el más próximo a la ventana. Tomándolo entre sus manos, lo observó. Era un retrato inacabado de una hermosa mujer. La última a la que había amado.
Se sentía molesto por no haber podido concluir su obra, no haber llegado hasta el fondo del alma de ella y plasmar la belleza que albergaba en su interior. Desconocía el motivo que les había distanciado, pero ver aquel lienzo únicamente esbozado le turbaba enormemente.
La pintura aún permanecía fresca. Sin pensarlo, con energía renovada de juventud, tomó uno de los pinceles y mojándolo en óleo empezó el ritual. Aún recordaba su rostro, sus facciones perfectamente delineadas, sus ojos de mar y aquella boca que le embrujó.
Quizá si volviera a pintarla podría revivir su inacabada historia de amor…
disfrazada de viento
entre ramos de rosas rojas

A Soledad nunca le gustó su nombre, siempre le dió mal fario y no se había equivocado ni un ápice. Ya desde niña hubiera querido llamarse Margarita, Rosa, Azucena… como las flores que diariamente vendía su padre y más tarde ella, cuando se hizo cargo de la floristería familiar.
Gran parte de culpa se la achacaba a su abuela, quien le había dejado en herencia el nombre y “el don”, como ella gustaba llamarlo.
“El don” no era, ni más ni menos, que un sexto sentido, que actuaba a modo de detector de mentiras y mentirosos y que había funcionado, como grito de sirena, con cada hombre que se había acercado a Soledad con alguna pretensión. Como consecuencia de esto, el rechazo de ella hacia a aquellos pasados pretendientes.
"Gracias abuela. Gracias por haberme dejado este legado. Con él has conseguido ahorrarme sufrimientos y mal de amores, pero también has conseguido que no gozara ni un poquito de ellos".
Y es que la vida a Soledad se le había llenado de nombre.
Era famosa su floristería por el mimo y cuidado con el que realizaba cada ramo. Soledad preparaba cada uno como si de una novia se tratara, y con manos primorosas y mucho amor los acicalaba delicadamente.
Soñaba con que algún día recibiría uno de rosas rojas, con una tarjeta entre los pétalos de un anónimo enamorado.
Y así se le iban los días, entre ramos y sueños de amores secretos.
Cada tarde, después de colocar el cartel de cerrado, se entretenía paseando por delante de los escaparates. Llevaba muchos años vistiendo de soltería virginal, encanecida por los años y pensaba que ya era hora de cambiar un poco. Pero nunca se decidía a hacerlo.
A veces tenía la tentación de entrar en alguna tienda y comprar el vestido que llevaría en la futura cita con su oculto enamorado. Pero rápidamente desistía. Las etiquetas mostraban precios desorbitados para su bolsillo.
Y además, estaba el otro tema, nada desdeñable, claro. No había en su vida ningún hombre, ni anónimo ni enamorado.
A la misma hora, Arturo volvía de su trabajo, con aire cansado y lento caminar, soñando con la merecida jubilación que estaba a punto de llegar. Siempre impecable, con su traje, corbata y un pequeño y rojo clavel en su bolsillo, que cada mañana y desde hacía años le regalaba Soledad, junto a sus animosos buenos días.
Pasaba delante de la floristería y al ver el cartel de cerrado aceleraba su marcha. Le gustaba coincidir con Soledad en el portal, abrirle la puerta del ascensor y cederle el paso, para compartir con ella ese espacio, aunque sólo fuera por unos segundos.
Se deleitaba con el olor a flor fresca que emanaba de ella. La olía en verde y la soñaba en pétalos de amapola.
Se hacía el encontradizo, animándose cada día a entablar una conversación más profunda y alegre con ella, pero nunca pasaban del consabido “buenas tardes, parece que va a llover…”
Algún día se decidiría a dar ese paso y tenía pensado cómo sería. Le haría llegar a Soledad un ramo de rosas rojas, y en él, una tarjeta invitándola a chocolate caliente en el café de la esquina.
Pero cosas de su soledad añeja, nunca encontraba el valor suficiente para hacerlo. Debía estar preparado para aceptar el más que seguro rechazo por parte de ella, o lo que sería aún más increíble, que Soledad decidiera acudir a la cita.
Mientras tanto, se conformaba con percibir el aroma de ella, presintiendo como serían esas manos, acostumbradas a acariciar flores, rozando su cara, intuyendo su risa…
Y gracias a que Arturo desconocía la existencia de "el don", algún día reuniría el coraje necesario y quizás ese día "el don" dejara de rechinar martilleando la vida de Soledad.
¡ay, Benito!

¡Ay, Benito, si levantaras la cabeza y me vieras!
Aquí estoy, prácticamente desnuda, tumbada encima de unas sábanas extrañas y bajo las manos de un hombre...
¡Pero qué manos, Benito! ¡Qué manos!
Grandes, fuertes, cálidas y sobre todo, expertas. Un artista, que dirías tú.
Bajo ellas me siento una mujer nueva.
Pero es que, es lo que yo digo Benito, no haberte muerto, caray, que me dejaste muy sola. Y de eso hace ya tanto tiempo…
Y es que ya lo decía mi madre y todo el pueblo: “Dolores, que tú eres mucha mujer para el Benito, que es tan poquilla cosa…”.
Y ya ves, al final resultó que tenían razón.
Y me empezaron los achaques y las calenturas y todas mis amigas me lo decían, hasta el médico del seguro me lo dijo: “Dolores, búscate un hombre, un buen hombre...”
Creo que no fueron esas sus palabras exactas, pero así las recuerdo yo…
Y no lo busqué, eso que te quede muy claro Benito, que me lo recomendó la Tere, la del quinto, que desde que su marido se fué, dejándola sola con los tres chiquillos, la pobre no levantaba cabeza, hasta que conoció a Mario y es el único lujito que se concede la Tere, eso sí, muy de vez en cuando, porque el dinero no le da para más.
Sí, Benito, sí, ya sé lo que estás pensando y a mi también me jode tener que pagarle por sus servicios, pero es que desde que te fuiste las cosas por aquí abajo han cambiado mucho y ya no hay nada gratis, como antes y menos los hombres.
Sin embargo, lo que más me molesta no es pagarle, sino ver como toma su agenda, mientras ansiosa le pregunto cuándo nos volveremos a ver y tener que esperar pacientemente mientras se hace el interesante y me concede un día y una hora.
Espero que hoy no me cobre mucho, al fin y al cabo ha sido uno rápido. Un express, como dice Mario.
A mi me hubiera gustado algo más largo y detenido, pero él no tenía tiempo para más florituras y ya sabes que siempre fuí de buen conformar.
Aún así, cortito y todo, ha estado bien. Ya te he dicho que tiene unas manos de locura y las maneja, ¡ay, Benito, cómo las maneja!
Desde la punta del pie hasta la coronilla, no deja una parte de mi piel sin sobetear.
Sólo lo paso mal cuando se detiene, como dirían mis amigas las finolis, en los glúteos y como se ha dicho toda la vida, en el culo, porque ¡ay ,Benito!, cuando llega ahí, te confieso que estoy a puntito de perder el control y levantarme de la camilla, desnuda y todo como estoy, cogerle por el cuello de su bata blanca y decirle: "Aquí está la Dolores, soy toda tuya…"
Pero no te preocupes, me guardo muy bien de hacerlo.
¡Qué vergüenza si alguien llegara a conocer sólo uno de mis pensamientos!
¡Qué dirían en el barrio! ¡Qué dirías tú, si la Dolores, la vieja achacosa del tercero, metida en carnes y rayando la tercera edad, se abalanzara sobre Mario. Treinta años de trabajados y perfectos músculos y para más señas, su fisioterapeuta, el que de pascuas a ramos intenta colocarle estos pobres huesos a la Dolores!
Pero ¡ay, Benito! Si ya me lo decías tú. Y es que siempre fuí muy mujer…
por las esquinas de un pañuelo

Ambos confiaban en aquel dicho que repite con sonsonete ‘el mundo es un pañuelo’ y secretamente esperaban que quizá llegara el día en el que pudieran encontrarse en cualquier esquina de este pequeño universo.
Pero el tiempo pasaba y el pañuelo se les hacía nudo entre las manos y de tanto remendarlo y liarlo cada día se hacía más difícil que el tan ansiado encuentro fuera a ser un hecho.
Si Uno estaba en la esquina Sur, Otra caminaba por la Norte.
Si Una se hallaba en la esquina Este contemplando el amanecer, Otro era dueño de la caída del sol.
Mundos opuestos.
Quiso el azar un día que ambos pasearan por la misma esquina de aquel pañuelo. Al cruzarse, un aroma conocido, un rastro de perfume saboreado en otro tiempo, abriera la sutil y quebradiza tapa de sus recuerdos, como caja de música que afina momentos.
Se detuvieron, giraron sus cuerpos, cruzaron sus ojos… pero sus miradas no se reconocieron.
Fue muy breve aquel encuentro y desechando cualquier idea loca fruto de su inagotable imaginación y deseo, cada uno siguió su camino, totalmente inverso.
Había rodado demasiado el tiempo.
en reposo

Tenía la sonrisa dislocada y un esguince en el corazón. Ese fue el diagnóstico. Y el tratamiento: reposo, reposo y más reposo.
Con el tiempo, la sonrisa fue recuperando su sitio.
Y el corazón, pues ya se sabe, resintiéndose con cada cambio de estación, con cada nueva luna, con la llegada de las lluvias o cuando aprieta el calor.
escribiendo

Cruce de Caminos – Gerardo Camargo
Escribe para rescatar sus recuerdos
de la clandestinidad.
Libera así los aromas de canela,
la música de verbena y
el estallido de las bengalas
que siempre le harán recordar.
Escribe con su letra suave
las palabras que murieron en los labios
y pocas veces llegó a pronunciar.
Habla de atardeceres pasados,
de los trazos que la lluvia dejó en el cristal,
de líneas curvas que la vida se empeña en rectificar.
Hoy le duelen los besos dados sin amargura,
la suavidad de las caricias no esquivas,
la farsa de una despedida sin lágrimas,
cubierta por entero de sal.
Hoy le aflige la carencia
de aquel tiempo sin recobrar.
Escribe su añoranza en recuerdos,
en papeles que no conservará.
Cómo explicarle lo duro y seco
que está resultando el camino
cargado con este pesar.
¡pof!

¡pof!
Las burbujas del baño flotan destellando colores mientras ascienden, lentas y parsimoniosas y se separan del agua, balanceándose entre los vapores.
¡pof!
La niña las cuenta y da un nombre a cada una. Dice que son sueños y deseos redonditos, pequeños, coloreados. La madre, con un soplo, cambia la dirección de cada pompa, haciendo que giren y se arremolinen entre sí.
¡pof!
Cada vez que un dedo o los labios rozan los pequeños globos haciendo que se esfumen, la niña estalla en sonoras carcajadas, juguetonas y contagiosas.
¡pof!
Divertida, pregunta por qué se rompen. La madre le responde: - Para que sigas riendo, quieren ser divertidas para ti. Les gusta oír tu risa y ver tu dedito acercándose hacia ellas, posarse en la palma de tu mano y esperar que soples para flotar y deshacerse.
¡pof!
La niña sigue distraída jugando con las pompas de jabón, mientras la madre piensa que así son los sueños, grandes o pequeños, pero siempre frágiles.
Sueños que hay que perseguir, pero cuidando que ningún roce los perturbe y rompa en mil pedazos, como a esas burbujas.
Pero eso… ya lo irá descubriendo, poco a poco.
vuela...

Mar se conoce todas las excusas, se las sabe ya de memoria. El trabajo, el cansancio, las obligaciones…
Por eso mismo, conoce los siguientes pasos, la siguiente maniobra y se está preparando para ello.
Pero si algo ha aprendido en esta vida es a no sujetar a quien no quiere estar sujeto y a dejar volar a quien quiere hacerlo.
Vuela, yo no seré ningún obstáculo, pero no mires atrás, porque yo ya no estaré, es lo único que Mar puede decirle en estos momentos.
Eso y que le echará de menos, pero eso… no se lo dirá, porque no es necesario. Él lo sabe. Y porque no quiere utilizarlo como lazo que pueda detenerle.
Sólo puede desearle que sea muy feliz.
Mientras piensa esto, dos aviones cruzan sus estelas en un cielo sin nubes, para después separarlas y Mar piensa que no hay nada más gráfico que dibuje su intuición.
un paseo por el Parque

María camina despacio. La temperatura es agradable, parece que el sol quisiera calentar algo más que días atrás.
Ha vuelto al antiguo barrio en el que trabajó durante tantos años. La nostalgia de los recuerdos le asalta cada vez que regresa a él.
Acaba de despedirse de una amiga, con la que acaba de compartir una agradable comida y una mejor charla.
Una amiga. Quizás su única amiga, piensa mientras cruza la calle, buscando la acera sombría. Sus pies enfilan solos hacia el Parque, no obedecen a un plan premeditado, simplemente, se desplazan autónomos.
Al llegar a la gran puerta de entrada María elige un sendero cualquiera por el que pasear relajadamente, mientras observa el paisaje humano que deambula a su alrededor.
Pieles infantiles deslizándose veloces por los toboganes.
Pieles invernales y blancas queriendo capturar un poco de sol.
Pieles envejecidas que pasean despacio sus huesos.
Pieles sudorosas y musculadas trotando por los caminos.
Pieles enroscadas entre besos y caricias.
Y pieles que simplemente descansan y dormitan sobre un improvisado colchón de hierba.
A medio camino encuentra la sombra de un viejo castaño y se sienta junto a la alfombra verde que lo rodea. No le apetece leer el libro que lleva entre las manos, no le apetece pensar y mucho menos dejar que los recuerdos vuelvan a su memoria.
Quiere cerrar los ojos y dejar a su mente vagar.
No debió hacerlo. En ese momento una extraña sensación le aguijonea el estómago.
María se ha sentido un poco sola.
Sola.
Muy sola.
Cesa la sensación, pero ese sentimiento le hace buscar una puerta de salida, el camino hacia casa.
Antes de marchar no olvida despedirse de la pequeña estatua situada al final del Parque.
Un simple guiño es suficiente para volver a la realidad.








