cerrado por vacaciones
Como mujer previsora vale por dos me despido hoy desde aquí. Es posible que mañana no pueda hacerlo.
Echaré de menos muchas cosas, aunque últimamente me prodigue poco, ya que sigo sin conexión en casa y casi casi me estoy acostumbrando. A eso y a mis pequeñas incursiones y excursiones a escondidas desde la oficina.
Ayer escribí un texto en el que prácticamente me ponía a parir a mi misma. Nada del otro jueves, simplemente llegué a la tan manida conclusión de que soy TONTA (con mayúsculas) y actuo como sólo los tontos lo saben hacer.
¡Joer, y se me dá como hongos!
Dónde no se me quiere, no vuelvo y donde no soy bienvenida, no entro.
Pero el texto ha quedado en casa y quizás sea mejor así.
Así que como hasta los tontos o precisamente por serlo, tienen vacaciones, el sábado me largo con viento fresco.
Sólo serán quince días, pero pienso aprovecharlos al máximo, como está mandao.
Desde este pequeñísimo rincón, os deseo un feliz verano.
Si alguien quiere saber de mi, ya sabe donde encontrarme.
Muchos besos soleados de agosto.
¡ya queda menos…!
Vaya días más tontos. No es que no haya hecho nada, el caso es que he parado más bien poco por casa.
He aplicado el lema de ‘niños aburridos=mamá de los nervios’, así que apenas los he dejado parar. De acá para allá todo lo que el calor de este fin de semana nos ha permitido.
Hemos salido a cenar a restaurantes chulos, con musiquita en directo (salsa). Más cine, porque el peque se perdió la película el otro día, más cenas al aire libre y ayer al Retiro, con las bicis.
Para completar, un pequeño tour por Madrid, lo que se dice un ‘baño de capital’, que estos críos míos, con eso de vivir en un pueblo tranquilo y más o menos pequeño, se me están paletizando de una manera increíble…
El mayor loco por ver el Santiago Bernabeu y el peque queriendo ver la Puerta de Europa, las torres Kio. Nosotros en plan cultural y ellos, por lo fino… ¡hay que joderse!
Ya me queda menos para las vacaciones, la playa, la toalla en la arena, el cubito y la pala y no sé si el paraguas… como todos los veranos, chubascos por el cantábrico y nubes de evolución diurna…
¡Qué más da! Sólo quiero perderme, cambiar el aire. El metro por las olas, el autobús por los paseos a la orilla del mar, la oficina por el horizonte, el café de máquina por sardinucas y vinitos, la contaminación por el monte y la sal…
Y en mi maleta, lo justo, nada que me estorbe, nada que pese, nada que me pueda romper.
como si fuera un bolero
Imposible escribir. No me concentro. He empezado tres veces el texto, he sido interrumpida otras tantas.
Así no puedo, quiero escribir todas las cosas que se amontonan en mi cabeza, me queda tanto por decir y sin embargo, no me veo capaz.
Poco a poco estoy levantando cabeza, lentamente, saliendo a la superficie de nuevo, remontando. Al menos lo intento, que no es poco. He incluido en mi bolso un nuevo kit de supervivencia, pero aún no he empezado a leerme el manual de instrucciones. Lo haré pronto, un día de éstos…
Todo empieza a ir de una manera más pausada y debo acostumbrarme a ese ritmo. A mi me gustan las cosas rápidas pero entiendo que no siempre va a ser así.
El verano, el calor, las noches de insomnio, las vacaciones, los viajes, todo hace que la vida a mi alrededor se ralentice, se paralice…
Muy pronto te irás a Tombuctú, mientras yo regresaré a Samarcanda. Nos despediremos un día cualquiera, con la promesa de seguir en contacto, de volver a vernos. Y eso será el futuro.
El pasado ya está escrito y el presente huele a adiós y a despedida.
Yo seguiré escribiendo los días que me queden por estar aquí y seguiré haciéndolo a la vuelta de mi viaje. Mis días buenos y los no tan buenos, mis alegrías y mis berrinches, con mis pocas o muchas ganas de escribir o mi falta de inspiración.
Pensaré en ti y seguramente lo escriba. Te echaré de menos y posiblemente lo diga aquí. Quizá no lo diga y se me note, la mayoría de las veces no puedo o no quiero evitarlo.
Forma parte del kit.
Y como si esto fuera la letra de un bolero, desde mi nube, aterrizando para aparcar, te digo adiós…
fin de semana
El fin de semana ha sido tranquilo, aunque he trabajado un montón en la casa he encontrado momentos para relajarme, leer, tomar el sol (¡dios, qué calor más espantoso!) y recuperar una ‘vieja’ costumbre, la de ir al cine con mi hijo mayor. Siempre hemos sido compañeros de cine, a los dos nos gusta mucho y yo empezaba a disfrutar cada día más, porque ya podíamos ver películas que iban dejando de ser típicamente infantiles, pero él ha empezado a ir con sus amigos y hacía muchos meses que no nos pegábamos una sesión como la de este fin de semana. El viernes, Los 4 fantásticos. El sábado, La guerra de los mundos. Mi hijo ya la había visto, pero quiso venir conmigo. Así que, empacho de palomitas, coca-cola y helados.
Esta noche he dormido mal. He tenido una pesadilla, soñaba que me ahogaba, que no podía respirar, intentaba hablar, toser y no era capaz. Tan real ha sido el sueño que he terminado por despertar y comprobar, menos mal, que había sido todo una pesadilla.
Y sin embargo, estoy tranquila, relajada, descansada, no estoy cabreada, ni con el mundo ni con nadie en particular, pero estoy apenada, triste, porque sigo sintiéndome pequeñaja, muy poquilla cosa y sobre todo, invisible.
¡¡¡estresada!!!
Que estoy estresada, eso es evidente, no me cabe la menor duda. Que necesito unas vacaciones, también. Pero éstas sólo solucionarán parte de mi estrés, porque la mayoría de los motivos viajarán conmigo.
Me olvidaré del trabajo, los madrugones y del transporte público, pero en la maleta, por mucho que lo intente, se seguirán colando pesos propios y ajenos.
Me comporto de manera extraña, estoy demasiado sensible, demasiado susceptible y se me saltan las lágrimas como a una cría pequeña.
Ayer el peque se fue de viaje con su padre. Cuando veía alejarse el coche tuve que subir a la habitación corriendo, ahogándome de nuevo por no llorar, no porque se fuera, él iba feliz y muy contento, sino porque no conseguí arrancarle ni un sólo beso de despedida. Ese desapego, me altera, lo reconozco.
Estoy harta de aparentar una dureza que no tengo, de salir todas las mañanas dispuesta a comerme el mundo y volver derrotada, porque el mundo, de nuevo, ha arrancado un pedacito de mi. Harta de equivocarme, de cometer errores, de abrir la boca y meter la pata, de no poder gritar lo que siento cuando lo siento y sin embargo, seguir fingiendo que aquí no ha pasado nada, que yo puedo con todo, que mi espalda está hecha para aguantar todo lo que se le eche encima y más. Y no es así… no debería ser así.
Así que espero las vacaciones con la resignación y la esperanza de, al menos poder descansar un poco, tirarme en la arena y perderme siempre que pueda, aunque sea sólo con la imaginación.
Pero para eso, aún quedan quince días.
Lunes 11 de julio. Un respiro, por favor
¡Estoy hasta el moño! Lo que se dice encantada de la vida.
Tengo la sensibilidad por todo lo alto, así que he decidido darme un pequeño respiro y hacer lo que llevaba días deseando. Es una tontería, pero me he subido a la terraza a tomar el sol. Es una excusa como otra cualquiera para intentar relajarme un rato, a solas, olvidándome del desorden de la casa y de muchas otras historias.
Antes he tenido que bajar a buscar entre las cajas el bronceador, la toalla, el biquini…
Preparo el decorado: hamaca, refresco, tabaco, cenicero…
Es igual, no acababa de sentarme cuando ya tenía aquí a los gremlins: ‘Mamá, esto, mamá, aquello,…, ¡mamaaaaá…!’
¡Ay, por dios, necesito un respiro!
Se me enciende una bombillita que me hace recordar objetos que han ido apareciendo durante la mudanza. Así que he bajado a la bodega y he encontrado unos inflables, cabañitas y cosas así, para que las monten en el descampa-dín (llamarle jardín ahora es todo un despropósito).
Desde arriba podía oírles gritar perfectamente. Me tienen agobiada. Se están portando fatal, están salvajes, mi madre está desesperada y yo no hago más que meter la llave en la cerradura cuando me asalta para contarme lo malísimamente mal que se han portado. Y yo, claro, sin darme tiempo a soltar ni siquiera el bolso o las llaves, me toca poner cara de guardia civil y echarles la consabida charla, demasiado oída, me parece a mí.
En el trabajo no paro. Estoy harta. Necesito unas vacaciones. Están saliendo cosas rarísimas, que no sé por donde cogerlas y no he terminado una cuando llega otra. Hasta el Gran Jefe, que hace meses apenas me dirigía la palabra (estoy segura que le caía mal, algo mutuo, por otro lado), ahora resulta que le caigo bien y no deja de darme la lata.
Reconozco que estoy algo picajosa y melindrosa, pero juro que necesito un momento de respiro y no sé cómo conseguirlo, necesito un refugio y no hay manera.
Del resto de mi vida ¿qué puedo contar? Ni yo misma se como va. Ni siquiera se qué puedo escribir porque ando desorientada.
Me siento como algo anecdótico, un pequeño paréntesis a punto de cerrarse, un lunar, una peca o una pluma que a veces hace cosquillas, pero sólo a veces.
Siento que me estoy escurriendo, que me estoy resbalando, que las manos que me sujetaban se aflojan y no encuentro donde agarrarme. Los dedos se separan y entre ellos se abren rendijas por las que me puedo filtrar.
Y en esta desorientación, no sé qué pensar...
una mala tarde...
¡Qué difícil me resulta escribir así! Estoy en casa, sola con el peque y tengo un ratillo, pero tendré que subirlo mañana desde la oficina y eso complica mucho las cosas.
No sé qué leches les pasa, pero están muy plastas. No es sólo que tenga mucho trabajo, siempre puedo encontrar un momentito, es que les ha dado por echarse prácticamente encima de mi y cotillear lo que tengo en la pantalla y eso me pone del hígado. Y lo peor es que suelen atacar por la espalda y cualquier día me pillarán en algún renuncio...
Esta semana en casa está siendo de relativa tranquilidad, y este parón obligatorio me deja tiempo para pensar... mal, claro.
Me miro al espejo y no me reconozco. ¿Esta soy yo? Me veo vieja, mayor, tengo mala cara y el lado derecho lo sigo teniendo un poco inflamado por el tema de la muela o lo que coño sea que me pase.
El sábado me corté el pelo, para darme un aire más ‘desenfadado’ dijo la jodía peluquera. Y no consigo hacerme con él. Así que más que desenfadado lo que llevo son pelos de ‘fregona desenfadada’. Pero ya mi madre se encarga de subirme la moral cuando en mis mejores momentos me mira y me dice... ¡nena, estás engordando! ¡Pero mamá, si no paro quieta ni un segundo! ¡Cómo leches voy a engordar! Lo peor de todo es que me he pesado y tiene razón, no es mucho (aún), pero me hago cruces. No he parado estos días, he subido y bajado escaleras y me he movido como si estuviera poseída por algún ser maligno, pero claro, he malcomido a base de bocatas, pizzas y demás guarrerías y me cago en la leche, va a ser esto, joer.
A esto habrá que añadirle las hormonas y ya está el círculo completito.
Hoy me han llamado ñoña, pues vale, ahora soy ñoña, prefiero eso a ser un cardo borriquero. Me gusta ser cariñosa y demostrarlo. Ya vivo demasiado rodeada de cardos y no les entiendo. No comprendo como no puede apetecer decir o escuchar palabras agradables, bonitas, mimos, en fin, no me quiero extender más con este tema porque me cabreo.
Me guardaré mis palabras bonitas y mis mimos para mejor ocasión.
Y ahora voy a hacer unas hamburguesas para terminar de redondear el michelín.
de regreso
Resulta dificil volver a retomar la rutina de escribir. De momento sólo puedo hacerlo desde la oficina y está un poco complicado. Tengo la mesa llena de papeles y muchísima gente incordiándome, pero hoy me he propuesto hacerlo y en esas estoy.
¿Qué puedo decir de la mudanza? Que ni en mis peores pesadillas soñé que llegara a ser tan patética y agotadora como ha resultado ser. Podría decir que ha sido peor que un dolor de muelas, pero no sería cierto, porque encima esta noche, para rematarme y sentirme aún más desgraciada éstas me han empezado a doler. Ultimamente me suceden estas cosas. Cuando estoy agotada y estresada me da este tipo de dolor.
Voy a intentar pasar por el tema de la mudanza de puntillas porque si la cuento con detalle quedaré aún por más neurótica y desequilibrada de lo que suelo aparecer. He sufrido, casi a diario, auténticos ataques de nervios, de pánico, de mala leche y de llanto. Me he peleado con todo y con todos. He sido ‘cara de perro’, desde que me levantaba hasta que conseguía acostarme y en fin, que no me apetece dar más detallitos de esta infumable semanita.
Afortunadamente, lo peor parece que ha pasado. Ya estamos instalados en la casa nueva, aunque he calculado que un tercio de mi vida está en la bodega, almacenado en cajas apiladas unas encima de otras.
Pero esto ya no me resulta tan agobiante como el hecho de no poder entregar las llaves de la otra casa a tiempo. Una vez hecho esto he podido relajarme un poco, incluso empezar a disfrutar los rincones de la casa. Ya se empieza a ver más humana, a ser más nuestra y aunque faltan muchísimos muebles y muchísimas cosas la empiezo a coger cariño y a hacerme con ella, poco a poco.
¡Si hasta la noche del domingo conseguí, por fin, sentarme y disfrutar en la terraza de la buhardilla de un maravilloso cielo estrellado!
A oscuras, por primera vez tranquila y relajada, pude pensar en cosas, en nada y en todo, pero nada útil, nada incluído en la lista de ‘temas pendientes’.
Tenía una maravillosa estrella sobre mi, la más luminosa, la más brillante. Yo sólo la miraba, cerraba los ojos y me dedicaba a soñar…
Y tengo que reconocer que para ser mi primer sueño en esta casa, éste no estuvo nada, pero que nada mal…
