un miércoles más
Estoy en casa, tirada en la cama. Hoy no he ido a trabajar, mi madre no ha pasado buena noche y he pedido cita para volver al médico con ella.
Yo no me encuentro bien, debo estar constipada, tengo tos perruna y voz aguardentosa.
Y sobre todas estas cosas un cansancio físico y mental, que está pudiendo conmigo y no puedo dejar que esto pase, no puedo parar ahora.
Por mi cabeza atraviesan, como flechas de ida y vuelta, ideas y pensamientos.
Se mezclan en ella, como en una batidora, preguntas y más preguntas, todas sin respuesta.
No entiendo nada de lo que me está pasando y como siempre ocurre en estas historias con final me pregunto qué habré hecho mal, si tengo que dar otra vez el primer paso, si me queda algo por hacer o simplemente, tengo que dejarlo correr y empezar a olvidar.
Mientras tanto, no hago nada, sólo quiero estar tirada en la cama y dormir, porque mientras duermo las flechas de ida y vuelta parece que paran y yo dejo de pensar.
sólo picaba cebolla
Mi hijo me ha preguntado: ¿por qué lloras, mami?
Yo le he respondido: es por la cebolla, cariño, siempre nos hace llorar.
¿Y por qué sigues picando cebolla, si te hace llorar?
No he sabido qué responderle… y he seguido llorando.
Lloro por el susto que me ha dado mi madre este fin de semana.
Porque me he dado cuenta que no es indestructible.
Lloro porque no soy tan fuerte como aparento y quiero ser.
Porque me temblaba la voz cuando llamé al Suma.
Lloro porque ya está mejor.
Y porque sólo confía en mí.
Lloro porque quiero volver a ser pequeña y sea ella quien cuide de mí.
Y porque quiero, quiero hacer tanto y no puedo.
Lloro por lo que me sucede y por lo que me ha dejado de suceder.
Porque nada me sale bien.
Lloro porque sí.
Por todo y por nada.
Y yo sólo picaba cebolla.
hipocondríaca
Si, lo reconozco, soy algo hipocondríaca. Hoy tenía cita para el reconocimento médico de la empresa. Hacía dos años que no iba y desde que me citaron, hace una semana, he estado de los nervios, pensando si me encontrarían algo raro, un tumor o qué se yo…
Además, no soporto al médico que lo realiza. Es un viejo verde, prepotente y sobón, que a la mínima te despelota.
Hasta las ocho de esta mañana no tenía muy claro aún si bajar o no, pero al final me decidí. Las cosas chungas cuanto antes se sepan, mejor, hemos pensado mi hipocondría y yo.
Y allí me he encaminado, hecha un manojo de nervios, con mis bragas 'decentes', las especiales de ir al médico, compradas ayer deprisa y corriendo, porque no encontré ninguna en el cajón que fueran muy 'adecuadas'.
A falta del resultado de los análisis, todo está correcto. Según el médico ‘estoy muy bien’, dicho con ojos de sapo-sádico-verde.
Ahora resulta que tengo astigmatismo, joer, ¿pero la última vez no tenía miopía?
Odio la espirometría, me sale fatal y me pongo histérica. A la tercera ya me la dan por buena, más que nada, porque ya no me dejan soplar más y me dejan por imposible. Una vez, hace mucho tiempo, me dijeron que tenía la capacidad pulmonar de una niña de 10 años.
Mis reflejos son estupendos y en esta ocasión, por fin, no tuve que mentir sobre mi visita al ginecólogo. Pude dar detalles de mi revisión y no tener que inventármela, como otras veces.
Me han quitado un tapón pequeñísimo del oido izquierdo. Un ‘graciosito’, el Sr.Liadísimo-Ocupadísimo-Estresadísimo, me ha preguntado que de dónde me habían quitado el tapón. A mi me ha dado por reir, de hecho me he reído mucho, claro, porque bien pensado, a estas alturas debo tener tapones en más de un orificio de mi cuerpo, no sólo en el oido.
Pero eso sí, a dios pongo por testigo, que el día que me los quiten será como el descorche de una botella de champagne bien agitada.
viento
Pero el viento cesó, ha dejado de silbar en mi ventana, ya no dice mi nombre.
Me hubiera gustado escribirle con renglones de colores, hacerle dibujos de sueños envueltos en humo, pasar las páginas del tiempo con él.
Pero no he sabido parar el reloj en ese instante, ni hacer aviones de papel que pudieran volar, ni colorear aquello que estaba en blanco y negro.
No he sabido alegrar su mirada. No he sabido.
Por eso el viento ya no silba para mí.
sólo un relato (2)
continuación y ¿fin? al post de 23 de junio
No abrió esa carta. Ni esa ni ninguna de las que fueron llegando a su buzón cada semana. Así lo había decidido. Prefería no saber, no conocer lo que contenían esos sobres, no bucear de nuevo entre sus recuerdos ni volver al pasado.
Pero no fue capaz de destruirlas ni deshacerse de ellas. Las guardaba, con cierto descuido, en el último cajón de la cómoda. Sin embargo, cada semana esperaba la llegada de un nuevo sobre y pronto se acostumbró a ese ritual.
Al no recibir respuesta a su primera carta se sintió muy decepcionado. Pensó en los mil y un motivos por los que ella no le respondía. Quizás había cambiado de domicilio o la carta no había llegado a su destino o...
Pero a medida que pasaban los días sin recibir la ansiada respuesta, estos pensamientos dieron paso a una gran certeza. Para él no cabía ninguna duda, ella la había recibido y decidido no responder. Si en algo la conocía bien era en lo testaruda e irracional que podía llegar a ser a veces.
Así que, en lugar de darse por vencido, esta vez decidió seguir escribiendo. Cada semana una nueva carta, nuevas palabras, pequeños retazos vividos por los dos, reinventando una nueva historia cada día sólo para ella y siempre con la esperanza de que en algún momento fueran respondidas.
Pasaron los meses, pasó el verano y el otoño y su melancolía se instalaron con él. Ya no podía continuar de esta manera, así que hizo lo único que podía hacer. Escribiría la que sería la última carta y junto a ella, en el mismo sobre, las primeras páginas de una novela que estaba a punto de publicar. Quiso explicarle que sin ella, sin su inspiración, nunca habría sido capaz de escribirla, que ella le había dado alas para ello.
Y en un último intento por recuperarla, la citó en el mismo lugar donde se habían visto por última vez. Si ella no acudía a la cita, lo daría todo por perdido y no insistiría más. Sería su deseo.
Empezaba a no estar tan segura de su decisión de no abrir las cartas. Las últimas recibidas aguardaban en la esquina de la mesa a ser amontonadas junto con las otras, en el descuidado cajón. Algo la estaba haciendo flaquear y pensar que no estaba actuando como su corazón le indicaba. Por eso aquel día, de regreso de unas vacaciones, al abrir el buzón y encontrarse con aquel sobre de mayor grosor subió las escaleras corriendo, arrastrando la maleta, dispuesta a hacer lo que tenía que haber hecho meses antes.
Tiró del cajón con tanta fuerza que todas las cartas cayeron al suelo y sentada allí mismo, las ordenó y empezó a abrir una a una, devorando cada una de sus letras.
Leyéndolas sonrió, lloró y se emocionó, incluso con algunas llegó a sonrojarse, por lo íntimo de sus recuerdos. Decidida ya como estaba a escribirle, abrió por fin la última carta.
‘... te esperaré junto a la estatua del poeta. Si no vienes, si no acudes a la cita, entenderé tu mensaje y desapareceré de tu vida para siempre, porque así lo habrás deseado tu...’
¡Dios mío! La cita era el día 14 y hoy ¿qué día era hoy? Había estado tantos días fuera y desconectada que no tenía ni idea. La cabeza le daba vueltas y no conseguía concentrarse.
¿Y si ya no estaba a tiempo? ¿Y si había pasado el día y él se había marchado pensando que no quería volver a verle?
De un salto se levantó del suelo, intentó tranquilizarse y pensar, tenía que pensar...
Y entonces soltó una carcajada, hoy era día 12, allí mismo, en el bolso, tenía el billete de avión, doce, doce, doce... no dejaba de repetir, mientras se dejaba caer sobre el sillón, agarrada aún al billete y sin dejar de mirar la fecha impresa en él.
Aún estaba a tiempo...
No abrió esa carta. Ni esa ni ninguna de las que fueron llegando a su buzón cada semana. Así lo había decidido. Prefería no saber, no conocer lo que contenían esos sobres, no bucear de nuevo entre sus recuerdos ni volver al pasado.
Pero no fue capaz de destruirlas ni deshacerse de ellas. Las guardaba, con cierto descuido, en el último cajón de la cómoda. Sin embargo, cada semana esperaba la llegada de un nuevo sobre y pronto se acostumbró a ese ritual.
Al no recibir respuesta a su primera carta se sintió muy decepcionado. Pensó en los mil y un motivos por los que ella no le respondía. Quizás había cambiado de domicilio o la carta no había llegado a su destino o...
Pero a medida que pasaban los días sin recibir la ansiada respuesta, estos pensamientos dieron paso a una gran certeza. Para él no cabía ninguna duda, ella la había recibido y decidido no responder. Si en algo la conocía bien era en lo testaruda e irracional que podía llegar a ser a veces.
Así que, en lugar de darse por vencido, esta vez decidió seguir escribiendo. Cada semana una nueva carta, nuevas palabras, pequeños retazos vividos por los dos, reinventando una nueva historia cada día sólo para ella y siempre con la esperanza de que en algún momento fueran respondidas.
Pasaron los meses, pasó el verano y el otoño y su melancolía se instalaron con él. Ya no podía continuar de esta manera, así que hizo lo único que podía hacer. Escribiría la que sería la última carta y junto a ella, en el mismo sobre, las primeras páginas de una novela que estaba a punto de publicar. Quiso explicarle que sin ella, sin su inspiración, nunca habría sido capaz de escribirla, que ella le había dado alas para ello.
Y en un último intento por recuperarla, la citó en el mismo lugar donde se habían visto por última vez. Si ella no acudía a la cita, lo daría todo por perdido y no insistiría más. Sería su deseo.
Empezaba a no estar tan segura de su decisión de no abrir las cartas. Las últimas recibidas aguardaban en la esquina de la mesa a ser amontonadas junto con las otras, en el descuidado cajón. Algo la estaba haciendo flaquear y pensar que no estaba actuando como su corazón le indicaba. Por eso aquel día, de regreso de unas vacaciones, al abrir el buzón y encontrarse con aquel sobre de mayor grosor subió las escaleras corriendo, arrastrando la maleta, dispuesta a hacer lo que tenía que haber hecho meses antes.
Tiró del cajón con tanta fuerza que todas las cartas cayeron al suelo y sentada allí mismo, las ordenó y empezó a abrir una a una, devorando cada una de sus letras.
Leyéndolas sonrió, lloró y se emocionó, incluso con algunas llegó a sonrojarse, por lo íntimo de sus recuerdos. Decidida ya como estaba a escribirle, abrió por fin la última carta.
‘... te esperaré junto a la estatua del poeta. Si no vienes, si no acudes a la cita, entenderé tu mensaje y desapareceré de tu vida para siempre, porque así lo habrás deseado tu...’
¡Dios mío! La cita era el día 14 y hoy ¿qué día era hoy? Había estado tantos días fuera y desconectada que no tenía ni idea. La cabeza le daba vueltas y no conseguía concentrarse.
¿Y si ya no estaba a tiempo? ¿Y si había pasado el día y él se había marchado pensando que no quería volver a verle?
De un salto se levantó del suelo, intentó tranquilizarse y pensar, tenía que pensar...
Y entonces soltó una carcajada, hoy era día 12, allí mismo, en el bolso, tenía el billete de avión, doce, doce, doce... no dejaba de repetir, mientras se dejaba caer sobre el sillón, agarrada aún al billete y sin dejar de mirar la fecha impresa en él.
Aún estaba a tiempo...
deshojando margaritas
He cambiado la plantilla de mi blog. Llevaba bastante tiempo queriendo hacerlo, pero no encontraba ocasión. Este fin de semana en el que he estado sola por fin lo he hecho.
El motivo es tan simple como que al abrirlo en la oficina el anterior diseño era muy ‘escandaloso’. Tan rojo, tan brillante… tan mío. La verdad, lo echaré de menos.
Al empezar a buscar plantillas me di cuenta que esta vez no me apetecía algo tan agresivo como el anterior. Que estaba el tema de la oficina pero había algo más…
Necesito librarme de mi agresividad, aunque sea por un tiempo o si acaso, rebajarla un poco, porque me agota, tengo que descansar.
Debo cambiar ciertas actitudes con las que me estoy haciendo daño y ser agresiva es una de ellas.
Quiero dejar mis nervios replegados en un cajón y relajarme.
Quiero sentarme en un banco y disfrutar, simplemente por el placer de estar sentada en él.
Quiero volver a ser capaz de leer un libro y empaparme de sus páginas, poder ir al cine y divertirme con la película.
Quiero ser cobarde y huir, para no tener que preguntarte si aún deseas que nos sigamos viendo.
Prefiero irme antes de oír tu respuesta.
Y seré cobarde como lo he sido pocas veces en mi vida.
Quiero dejar de soñar, deshojando margaritas.
cuentos de mi gata Luna
Luna se ha vuelto a escapar esta noche, como todas las noches en las que se llena su nombre.
La observo salir por la ventana y caminar elegante y coqueta por los tejados vecinos, oliendo el aire y respirando el cielo.
Cuando por fin parece que encuentra un buen lugar para sentarse a esperar, decide acicalarse y maullar al aire.
Veo acercarse a un gato negro, fuerte y de pelaje brillante. Le conozco y sé que viene de muy lejos para encontrarse con ella. El camino que les separa lo hace corriendo entre las chimeneas y las antenas, pero cuando está a unos metros, desacelera el paso. Debe recuperar el aliento, que Luna no note que está impaciente.
Llega por la espalda pero ella ya le ha respirado en el viento y vuelve su cabeza para mirarle.
El brillo de sus ojos al cruzarse hace que el cielo se vuelva menos luminoso, porque ellos esta noche le han robado parte de su luz a la luna.
Se sienta junto a ella, muy cerca, tanto que el color de su piel parece mezclarse.
Luna ya no es tan blanca, mientras ronronea feliz a su lado y no es tan negro Gato cuando apoya su cabeza en la de ella.
Y así permanecen unos segundos.
Es entonces cuando yo me retiro, no debo mirar más, cierro la cortina y dejo la ventana abierta para cuando Luna decida volver.
Ya en la madrugada se cuela por ella, se enrosca en su almohadón y nos miramos. En sus ojos puedo leer sus pensamientos. Gato se ha ido, pero yo nunca olvidaré esta noche de Luna Llena.
tocada… y hundida
Ayer hiciste tu lanzamiento y acertaste de pleno. Lo recibí como una puñalada trapera, por la espalda y me llegó directo al corazón.
Mi juego era limpio, en cambio tu jugabas con trampas. Apostaba fuerte y perdí.
Tu ganas.
Te odio y desprecio y me odio a mi misma por eso. Pero no voy a llorar, no al menos delante de ti. Me sentía orgullosa, llevaba más de un mes sin derramar una lágrima y hasta en eso me has tenido que tocar.
Recojo las fichas del tablero, cada pieza ha de volver a su sitio, pero antes he de cubrirlas con una nueva capa, más dura, más rígida, más opaca, para que los daños cada vez sean menores.
Estoy tocada, si. Herida, también, pero no hundida.
cómo intentar no ser vulgar
Voy a ser una niña buena y ñoña y voy a resumir mi día de hoy. Intentaré para ello no decir demasiados tacos.
Salí de casa toda pintiparada, más mona, oye, pero claro a la hora de mi cita estaba echa un guiñapo. El vestido arrugado, qué digo arrugado, arrugadísimo, el pelo lacio y despeinado y una cara de sueño que no se podía aguantar.
Pero claro, nadie me ha enseñado cómo estar primorosamente arreglada, manteniendo el poco glamour que una tiene, si se está levantada desde las cinco y media de la mañana y sólo se han dormido un par de horas.
Hoy la memoria me ha jugado una mala pasada. Me ha remontado nada menos que a mis lejanos años ya de infancia y adolescencia, recordando a las monjitas que con tanto amor y dedicación intentaron inculcarme una educación y unos principios, que la vida y los años me han hecho tirar por tierra.
Ellas intentaron hacer de mí una niña ‘fina-finolis’, nada vulgar, que supiera bordar y hacer punto de cruz (¡la utilidad que le podría dar hoy a esto!). Que tocara el piano (para lo que no estaba dotada). Respetara a sus mayores, obedeciera y acatara cualquier orden dada por los varones, dando por supuesto que llegaría virgen al matrimonio y que éste sería para toda la vida, no importando cuál fuera ésta.
Buena madre, esposa y mejor ama de casa.
Por supuesto, nada proclive a ningún vicio, entre los que se me ocurre citar el tabaco, el alcohol y por supuesto, el sexo.
Muchas cosas más intentaron, infructuosamente, inculcarme. Así a lo rápido se me ocurre que las niñas hablan cuando las gallinas mean y no usar frases y palabras malsonantes.
En fin, en una palabra, cómo no ser vulgar.
Como ya he adelantado, su labor resultó infructuosa. Soy un árbol torcido. ¡Qué digo torcido! ¡Retorcido!
Una vez declarada en rebeldía, dediqué todos mis esfuerzos a hacer todo lo contrario a lo que ellas pretendieron en su día, por lo que hoy en día se deduce con facilidad que soy fina, más que las gallinas.
¿Por qué he recordado todo esto? Porque hoy me han llamado vulgar. En efecto, si me lo propongo, lo soy. Pero también soy capaz de desenvolverme en ambientes más ‘exquisitos’. He tenido ocasiones para demostrarlo y nunca nadie se ha sentido abochornado por mi comportamiento. Es cierto que me gusta reír a carcajadas y que no estiro el meñique para comerme un canapé, que fumo y me encanta decir tacos, pero la realidad es que a mi jefe le encanta que yo asista a las reuniones con los clientes o a ChD que le acompañe en sus viajes y comidas de trabajo.
Nada de lo que me enseñaron me ha servido para manejarme en esta vida, porque lo que he aprendido me lo enseñaron mis padres. A veces por exceso y otras muchas, por defecto.
Me gusta pedir las cosas por favor, dar las gracias cuando es preciso, no me supone ningún drama pedir disculpas o decir ‘lo siento’. Cuando quiero a alguien me encanta decírselo, porque me resulta maravilloso escuchar esas palabras, susurradas al oído o escritas en un papel. Si añoro o echo de menos a una persona me parece normal hacérselo saber.
Pero soy vulgar porque me gustaría recibir lo mismo y cuando no lo hago utilizo las frases y palabras malsonantes que aquellas monjas omitieron en mi diccionario y sin embargo, yo encontré.
rayos-X
Me has mirado con esos ojos que quitan el sentido.
Has conectado tus Rayos-X y me has quitado el vestido, despacio y lentamente.
Me has dejado desnuda en el jardín de la oficina. Hace frío.
Al despedirte me has dicho:
-Cuídate mucho, aunque veo que no lo necesitas -.
He conectado mis propios Rayos-X y te he contestado:
-Cuídate tu, veo que lo necesitas más que yo -.
el regreso
¡Joer, vaya titulo! parece el de una película de terror, pero bueno, eso quiere decir que ya he vuelto de mis vacaciones de verano y que aquí estoy de nuevo.
Estas han salido bien y tanto, tanto me he relajado y desconectado que a los ocho días estaba hasta un poco aburrida.
Así que con el síndrome de culo inquieto que me entra cuando llevo varios días así, embarqué a mi familia para pasar el fin de semana con mi hermana en un pueblo de Zaragoza. Empezaban las fiestas, con chupinazo y tamborrada. ¡Ha sido genial!
Así que las vacaciones, al final, han sido de playa y campo, arena y piscina y lluvia de estrellas. Esa noche apagamos todas las luces, las de la casa y las del jardín y salimos todos para verla. Y allí sentados, mientras los mayores compartíamos una botella de licor, risas y tonterías, pudimos ver como atravesaban el cielo estrellado.
Entre traguito y traguito pude ver cinco perseidas.
Se supone que debería haber pedido un deseo cada vez que veía una, pero se me olvidaba hacerlo (¿demasiados traguitos, quizás?). Luego el cielo se llenó de nubes y ya no pudimos ver más, pero fue algo increíble.
Y ahora estoy de nuevo aquí, con una gran sequía mental, porque ¿qué se puede escribir cuando no tienes nada que contar o cuando no se te ocurre nada de nada?
En estos días de ocio total he intentado escribir y algo tengo por ahí, pero poca cosa.
Tendré que dejar volar mi imaginación porque como tenga que contar mi vida real ¡apañada voy!.
