retrato en sepia
Una parte de mi familia procede de un rancio pueblo castellano. Gente adinerada, venida a menos, propietarios de tierras, ganado y casas, y que allá por los años veinte llegaron a Madrid con una mano delante y otra detrás. Con cinco hijos a los que alimentar y mi padre, aún en el vientre de mi abuela.
El porqué de esa llegada a Madrid nunca lo sabremos. Es uno de tantos secretos de familia nunca confesados y nunca desentrañados.
Familia de costumbres y usos muy arraigados, de ocultos misterios, que uno a uno se han ido llevando a la tumba, porque de esos seis hijos, sólo queda uno.
El primero en irse fue mi padre, el más joven y el más fuerte. Después, uno detrás de otro, con intervalos de tres años, fueron muriendo todos los demás.
Nunca conocí a mi abuelo. Murió pocos meses antes de nacer yo. Siempre dijeron que su muerte fue la causa de la enfermedad de mi abuela. Les encantaba crear anécdotas de todo, porque lo que postró a mi abuela realmente fue el Parkinson.
Vivía con la única hija que tuvo, soltera, para más señas y para seguir abundando más, amargada.
Tampoco sabremos nunca porqué motivo nosotras, y sobre todo, mi hermana, pasábamos largas temporadas en su casa, en lugar de estar con mi madre. Siempre pensé que la frustración de mi tía por no haber tenido hijos y su fuerte carácter, hizo que mi madre se sometiera a sus caprichos. Aún hoy en día, mi madre sigue sin soltar prenda de esto.
Recuerdo que mi tía nos quería mucho, pero también recuerdo la sensación claustrofóbica que ésto me provocaba.
Tengo muchos recuerdos de la casa de mi abuela, las escaleras por las que correteábamos y de las que ambas aún guardamos cicatrices, o cuando nos colábamos en la buhardilla o en la alacena, buscando los patines, revolviéndolo todo.
Eternamente enamorada de José María Iñigo, no había programa que él no hiciera que mi tía no se tragara, emocionada.
De aquella época del pueblo, en la que cada niño tenía una aya, mi tía era la que más se lo creía y pretendía seguir viviendo igual.
Recuerdo a mi tío, al que yo adoraba, pero que sin embargo, no era bien recibido en casa de mi abuela. Ni él ni su mujer, a quién denominaban ‘esa’ y ningún sobrino la llamaba tía, excepto yo.
Pero eso … ya es otra historia.
Comentario:
Es curioso que de esas historias que comienzan de color sepia se pueda acabar haciendo una historia triste y agridulce, como un blues. ;-))
Besos nostálgicos, Pal.
Besos nostálgicos, Pal.
Comentario:
¿Nos explicarás la otra historia?. Qué gracia, enamorada de J.M. Iñigo, ja,ja, me parece mentira ...
Comentario:
Retrato en sepia
que debe perdurar
que debe perdurar
Comentario:
Seguro que tienes historias de tu familia que contar.Y la tuya seguro que es interesante.
Besos
Besos
Comentario:
Ays esos recuerdos. Sí pienso como ideas, igual aún estés a tiempo de poder saber más.
Comentario:
Gracias por compartirnos un pedacito de ti...
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Quizá todavia estes a tiempo de que tus "mayores" te cuenten esa parte de la historia que no conoces...






