El Islam en Europa
Inmigración y democracia europea.
Este texto de reflexiones respetuosas, desde un punto de vista europeo. Todos analizan las consecuencias del ISLAMISMO radical. Me parece sencillamente impactante, al mismo tiempo que me hace reflexionar y preguntarme ¿Por qué motivo siendo conocedores de lo que esta pasando en Francia con los islamitas, nuestros dirigentes en España nos están arrastrando sin consideración a igual o peor situación?
La presencia, cada vez más importante, del Islam en Europa, el peso cada vez más grande de tradiciones culturales afroasiáticas en nuestro continente, consecuencias ambas de la inmigración incontrolada, constituyen una amenaza para la tradición democrática.
Por angelicalismo, “ellos” se imaginan que la educación y la razón, el espíritu “republicano”, borrarán las tradiciones culturales ancestrales de los inmigrantes. Es el error de juicio de Régis Debray.
Este error está fundado sobre el mito de la educación espontánea y de la sabiduría innata, entretenido por el racionalismo optimista del Aufklärung.
Por el contrario, las virtudes democráticas son etnoculturales, limitadas a la esfera europea, y no universales ni naturales a los humanos. La democracia es, por naturaleza, extremamente frágil: sus fundadores griegos la perdieron rápidamente, como la República Romana.
Únicamente existe desde 900 años en Islandia, país preservado de las sacudidas de la Historia, y étnicamente totalmente homogéneo.
La democracia está amenazada por el laxismo social, las pretensiones mediáticas de la opinión pública -que no es la opinión del público sino la de minorías activas-, el gobierno de los jueces que pretende dominar la voluntad general y corregir las leyes, y la instalación de una “cultura de conducta cotidiana” de sumisión a las manipulaciones de aparatos sofisticados. En efecto, una sociedad puede cesar de ser democrática y ya no asegurar la seguridad, la libertad y el bienestar de sus ciudadanos, aunque sus instituciones queden formalmente democráticas; basta que las practicas sociales opresivas sean extendidas, admitidas, legitimadas, sin ser necesariamente legalizadas.
La cultura de los “jóvenes nacidos de la inmigración” que se benefician de la admiración de los mass-media, conquistando un espacio social cada vez más importante, encierra algunos valores perfectamente antidemocráticos.
La “cultura beur-black” y el comportamiento de sus miembros, amplificados por la propaganda de las cartas de fragmentos de rap, difunden actitudes y estados de espíritu totalmente opuestos a las convicciones de las elites políticamente correctas que los apoyan: machismo, clanismo, tribalismo agresividad, visión racial de la sociedad, espíritu de ghetto, desprecio por la mujer, culto del jefe de banda, valorización de la violencia primaria (inversa de la “fuerza”), rechazo de toda responsabilidad social, apología de la violencia de grupo, desprecio total por “Francia” o por la “nación”, etc.
La nueva “cultura de las ciudades periféricas” difunde entre la juventud –es decir, entre las generaciones futuras- valores sociales antitéticos de los de la famosa “República”.
Pensar que será posible por la “educación” y la “persuasión” transformar en “ciudadanos responsables” a los jóvenes portadores de estos tipos de mentalidad, es una vez más creer en los milagros, esta enfermedad senil de la ideología occidental. Es paradójico que los “demócratas” apoyen y excusen esta emergencia de un primitivismo social.
Este tipo de ilusiones siempre es el hecho de las ideologías hegemónicas, las cuales, demasiado seguras de ellas mismas, ya no son capaces de analizar la realidad.
Si la tendencia demográfica y migratoria actual consigue, con varias poblaciones afroasiáticas cada vez más numerosas, una presencia cada vez más importante del Islam –que quiere ser mayoritario, cosa que poca gente entiende- el futuro de la democracia estará comprometido. Poco a poco, la sociedad se impregnará de valores coercitivos, fanáticos, antilaicos y anticiudadanos.
Y al final, el multirracismo,: guerra civil entre las diferentes comunidades. Una parte de la izquierda lo sabe, pero admitirlo sería reconocer sus contradicciones internas y su debilidad intelectual. Y sobre todo, sería enfrentarse al dogma de la sociedad multirracial.
Por racismo inconsciente, la izquierda asimilacionista piense que todo ser humano es un átomo neutro y maleable, sin origen particular. No entiende que, incluso después de muchas generaciones, el pasado étnico persiste, como un atavismo antropológico.
Estos individualistas no entienden que si la educación puede transformar a un individuo aislado, es imposible transformar los valores de comunidades étnicas y religiosas constituidas que se están instalando masivamente en el suelo europeo.
Los “demócratas” tendrán un despertar difícil. En realidad, en la tradición europea, la democracia –es decir el reino del orden consentido, que también se podría llamar nomocracia o reino de la ley común- solamente es posible si existe una proximidad cultural, heredada, casi innata, entre los ciudadanos.
Las verdaderas causas del inmigracionismo: xenofilia, etnomasoquismo, electoralismo ¿Por qué esta propensión, en toda la izquierda, a favorecer así la inmigración? Los argumentos presentados son de mala fe y a menudo perfectamente ridículos.
1) Por el honor de Francia, tierra de acogida, patria de los Derechos humanos, se tiene que recoger los refugiados. Ser patriota consiste en -¡es normal!- metamorfosear, en una generación, el substrato antropológico, étnico y cultural del país, fenómeno único en la Historia de las Galias y de Francia.
2) Los inmigrantes dinamizan la economía. En los años sesenta, cuando un patronato codicioso, irresponsable y egoísta, con la complicidad de los sindicatos, iba a contratar en el extranjero una mano de obra dócil y barata, en lugar de invertir para bajar los costes, hacer crecer la productividad y remunerar correctamente a los obreros franceses, este argumento económico no era admisible. Hoy, el coste de la inmigración es colosal.
3) La natalidad francesa de origen ya no es capaz de renovar las generaciones; los inmigrantes, pues, son necesarios. Magnífico sofisma: ¿por qué, en lugar de favorecer la inmigración, no tomar medidas para desarrollar la natalidad de los Franceses de origen? Porque el natalismo es un pecado político e ideológico. Ahí están las dos verdaderas razones del inmigracionismo.
La primera, psicoideológica; la segunda, un puro calculo político.
Primera causa: la izquierda que pilota el inmigracionismo y arrastra a la derecha culpabilizada en este terreno, siente en sus fibras ideológicas y morales, un sentimiento, un complejo binario: xenofilia y etnomasoquismo, idealización del extranjero afroasiático y odio hacia su propia estirpe.
Esto se asemeja al antiguo síndrome, muy bien conocido, de los burgueses marxistas antiburgueses, de las antiguos seminaristas transformados en anticlericales, o de los judíos antisemitas.
Un psicoanálisis político de los ideólogos de izquierda, mostraría que en sus espíritus enfermos, el “hombre blanco” es culpable por definición, contaminado por el pecado capital de haber explotado al hombre extraeuropeo (esclavitud, colonialismo, racismo, etc.)
El inmigracionismo y las teorías de la sociedad multirracial y mestizada son un trabajo de expiación. Nosotros debemos de expiar nuestras faltas y desaparecer como pueblos homogéneos. Nosotros debemos de dejarnos colonizar, dominar (cuando digo “Nosotros”, no hablo de “ellos” personalmente, de los ideólogos de izquierda, sino de estas detestables masas populares de origen europeo).
Un ejemplo entre otros: frecuento mucho, por razones profesionales, el mundo del show-business. Durante una entrevista con la guapa y talentosa Béatrice Dalle [31], “lookada” pseudorebelde,
Le pregunté: “¿Por qué no tienes hijos?”
Respuesta: “No quiero engordar después de una maternidad. La maternidad, es carca. Pero me gustan mucho los críos. Me gustaría adoptar alumnos, si es posible”.
Pregunta: “Justamente, hay muchos pequeños rumanos y ucranianos, ¿esto no te tienta?”.
Respuesta, sin comentario: “¡No! No quiero adoptar ningún europeo. Únicamente críos de color, de África o Asia”.
Qué magnifico terreno para un psicoanalista: ¿el etnomasoquismo y la xenofilia de la izquierda son el fruto inconsciente de una obsesión racial? La segunda razón del inmigracionismo es un sencillo calculo electoral y demográfico. Los sondeos de los Renseignements Généraux [32] indican que, del hecho de las naturalizaciones, del jus solis y del laxismo migratorio, la proporción de los electores de origen extraeuropeo aumenta sin cesar.
Y estos electores votan en una gran mayoría por los socialistas y la extrema izquierda que los protegen, aunque su elemento electoral natural, las clases populares de origen francés votan cada vez más por el Frente Nacional.
El calculo es simplisimo:
a) aumentar la proporción del “voto inmigrante” entre los electores,
b) facilitar el acceso al escrutinio por la inscripción automática (y no voluntaria y “ciudadana”) en las listas electorales. Es un calculo a corto plazo, pero es un buen calculo arribista para los políticos de izquierda y de extrema izquierda: una mayoría durable para conservar el poder. Por razones demográficas, la derecha no puede ser mayoritaria por un tiempo largo. ¿El pueblo no conviene? ¡Vamos a cambiar el pueblo! La “discriminación positiva” es racista y sexistaVarios Estados de los Estados Unidos han creado programas y votado leyes de affirmative action, de “discriminación positiva”. Esta palabra, por sí misma, es ridícula... También ahora Suráfrica está desarrollando este tipo de programas. En verdad, la “discriminación positiva”. crea un discurso racialista, casi racista, porque necesita de una definición de las “razas a ayudar”.
¿Es necesario también ayudar a los árabes y a los coreanos?
Una “escala racial” de superioridad / inferioridad se establece implícitamente, producida por la ideología antirracista... En los Estados Unidos, muchos representantes de las minorías se sintieron humillados de entrar en la categoría de los beneficiarios de las “discriminaciones positivas”.
Recientemente, en Francia, una novelista de origen africano ha firmado una petición para exigir una cuota obligatoria de negros en la televisión.
En todos estos casos, se asimilan las mujeres, los negros, etc. a subnormales congénitos, a subdotados que, por conmiseración, deben ser ayudados. ¡Qué humillación! ¿Se debe humillar al “macho blanco” para que los demás puedan tener una parte del postre, lo que supone que el “macho blanco” es superior por definición? Consecuencia: se debe de desvalorizar autoritariamente el supuesto superhombre para que los demás puedan ocupar su puesto. Es decir, que las mujeres y los negros son víctimas perpetuas que, congénitamente, necesitan ser ayudados; débiles que deben ser protegidos continuamente de la opresión.
Al final, la ideología antirracista, igualitarista y feminista avala la inferiorización racista o sexista. ¡Si yo fuese negro, realmente estaría furioso de ser tomado por un incapaz permanente, que debe ser asistido en perpetuidad! Por otra parte, cuando se impone autoritariamente una cuota de 50% de mujeres entre los candidatos de los partidos políticos, la ideología igualitaria contraviene los principios de igualdad y desvaloriza la santa “causa de las mujeres”.
En efecto, si la mayoría de los candidatos es masculina, no es porque las mujeres estén apartadas voluntariamente, sino porque no hay suficientes candidatas. Con una ley paritaria, se va a imponer por fuerza un número importante de candidatas necesariamente mediocres; como cuando Juppé [26], para parecer “moderno”, quería seis ministras en su gobierno, despedidas muy poco tiempo después por incompetencia... A propósito, en otras profesiones “civilmente capitales”, como la magistratura o la enseñanza secundaria, donde las mujeres constituyen la gran mayoría, ¿por qué no imponer una cuota de un 50% de hombres?. Y en la medicina y la cirugía, donde los hombres son particularmente mayoritarios, ¿por qué no imponer una cuota de un 50% de mujeres por dos concursos separados?
Pero en este caso, hay un problema: los igualitaristas, los grandes burgueses de la izquierda bien-pensante, partidarios de la discriminación positiva, probablemente no querrían ser operados por “cirujanas” de talento dudoso. Más lejos, ¿por qué no aplicar, además de las cuotas de sexos, unas cuotas étnicas, con arreglo a la composición de esta sociedad multirracial, tan querida por la izquierda igualitaria?
Air France estaría obligada –mediante contratación separada en “colegios étnicos”- a contratar un X% de pilotos de origen africano, de origen magrebí, etc. Pero esta cosa, no la veremos nunca.
Los intelectuales igualitarios no están tan locos... De hecho, la discriminación positiva, cuyos finos son antirracistas y antisexistas... conduce a sexualizar y racializar la sociedad. De otra parte, se puede notar que el igualitarismo, cuando intenta aplicar sus principios hasta sus consecuencias lógicas, los pervierte, los deviene absurdos y contradictorios. ¿La igualdad de suertes no conduce a la igualdad de resultados?
Bueno. Así se va a imponer, por fuerza, la igualdad de resultados, a destruir la noción de igualdad de suertes, fundamento esencial de la ideología igualitaria... Únicamente porque ésta última rechaza dogmáticamente el reconocer la desigualdad de las capacidades que rigen a los individuos entre sí y a los grupos entre sí. ¿La naturaleza no tiene nuestras ideas? Vamos a cambiar la naturaleza por decreto, como ya lo hicimos varias veces en la Historia. ¡Programa amplio y vía sencilla hasta la catástrofe! Pero, después de todo, es mejor así.
Como dice un proverbio indio: “cuando tu enemigo está bailando en un tejado, déjalo hacer y aplaude la proeza...”
"Europa hacia la d'himmitud"
Permítame hacer una observación preliminar acerca del título de esta sesión: 'el retorno del espíritu de Munich' – un título que encuentro algo optimista.
En Munich, en 1938, Francia e Inglaterra, agotados por la cifra de muertos de la Gran Guerra, abandonaron Checoslovaquia a la bestia Nazi, con la esperanza de que al hacerlo, evitarían otro conflicto. 'El espíritu de Munich' alude así a una política de estados y pueblos que rechazan confrontar una amenaza e intentan obtener paz y seguridad mediante la conciliación y el apaciguamiento o, incluso, en algunos casos, la colaboración activa con los criminales.
Por mi parte, diría que hemos ido más allá del espíritu de Munich, y la situación presente no debería situarse en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, sino en el presente contexto jihadista. De hecho, durante los últimos treinta años, Francia y Europa viven una situación de auto defensa pasiva contra el terrorismo.
Ésta comenzó con el terrorismo palestino, en el entonces terrorismo islámico, por no hablar del terrorismo europeo local, incluyendo el IRA en Gran Bretaña, ETA en España, el grupo Baader-Meinhof en Alemania o las Brigadas Rojas en Italia.
Un vistazo a nuestras ciudades, aeropuertos y calles, a las escuelas con sus guardias y seguridad, incluso a los sistemas de transporte público, por no mencionar las embajadas y las sinagogas -- basta para ver el sorprendente abanico de servicios de seguridad y de policía al completo.
El hecho de que las autoridades de todas partes rechacen nombrar al enemigo, no niega a ese enemigo.
Pero sabemos perfectamente bien que estamos bajo amenaza desde hace mucho tiempo; una sólo necesita abrir los ojos y nuestras autoridades lo saben mejor que cualquiera de nosotros, porque son ellas las que han ordenado estas medidas de seguridad en nuestras ciudades, aeropuertos y calles, en las escuelas con sus protectores de seguridad, incluso en los sistemas del transporte público, sin mencionar las embajadas y las sinagogas -- para ver el arsenal asombroso del conjunto de policía y de servicios de seguridad.
En su libro La vida diaria en la Europa medieval bajo dominación árabe, publicado en 1978, Charles-Emmanuel Dufourq, un especialista francés en Andalucía (España islámica) y el Magreb, describe bajo el subtítulo 'Un gran Temor' las condiciones de vida de los pueblos nativos no musulmanes en el espacio andaluz.
Hoy, la propia Europa vive bajo este Gran Temor. En Munich la guerra no se había declarado aún. Hoy la guerra está en todas partes. Y aun así, la Unión Europea y los estados que la abarcan han negado la realidad de esa guerra, con el ataque terrorista de Madrid del 11 de marzo del 2004 justo delante de las narices.
Si hay una amenaza que Europa proclame urbi et orbi, esa amenaza sólo puede provenir de América y de Israel ¿Qué debe entender una? ¿Puede haber alguien que sostenga en serio que son las fuerzas norteamericanas y las israelíes las que nos amenazan en Europa. No, lo que tiene que entenderse es que las políticas norteamericanas e israelíes de resistencia al terror jihadista provocan represalias contra una Europa que ha dejado de defenderse desde hace tiempo.
Así que para que la paz pueda prevalecer por todo el mundo, sólo se necesita que esos dos países, América e Israel, adopten la estrategia europea de rendición constante, basada en la negación de la agresión. Cuán simple…Esta estrategia es menos digna incluso que la connivencia y cobardía de Munich.
En Munich se contemplaba una especie de futuro, incluso si la guerra, o la paz, iban a determinar el futuro. Había una elección. En la situación actual no hay opción, porque negamos la realidad del peligro de la jihad.
El único peligro viene, presuntamente, desde Estados Unidos e Israel. Llevamos a cabo una campaña propagandística en los medios contra estos dos países, antes de entrar en una fase aún más agresiva; es mucho más fácil, mucho menos peligroso... Y llevamos a cabo esta campaña con el arsenal de la cobardía: la difamación, la desinformación, la corrupción de políticos sobornables.
En la época de Munich, una podía considerar que habría batallas que podrían ganarse. Estaba por lo menos la Línea Maginot para defensa. En Europa hoy, dominada por el espíritu de la dhimmitud – la condición de sumisión de judíos y cristianos a la dominación musulmana – no hay batalla concebible.
La sumisión, sin una sola lucha, ha tenido lugar ya. Una maquinaria que ha hecho de Europa el nuevo continente de dhimmitud arrancó hace más de 30 años por instigación de Francia.
Entonces se trazó primero una extensa política, una simbiosis de Europa con los países árabes musulmanes, que dotaría a Europa – y especialmente a Francia, el principal promotor del proyecto – del peso y el prestigio [necesarios] para rivalizar con Estados Unidos.
Esta política fue emprendida de modo absolutamente discreto, fuera de tratados oficiales, bajo el nombre sonoramente inocente de Diálogo Euro-Árabe.
Esta estrategia, la meta de la cual era la creación de una entidad euro - árabe pan-mediterránea que permitiera la libre circulación de personas y bienes, también determinó la política de inmigración con respecto a los árabes en la Comunidad Europea (CE). Y, durante los últimos 30 años, también estableció las políticas culturales relevantes en las escuelas y universidades de la CE. Desde la primera reunión del Diálogo Euro - Mediterráneo en 1975, a la que asistieron los ministros y jefes de estado tanto de países árabes como de europeos y representantes de la CE y la Liga Árabe, se han concluido acuerdos concernientes a la difusión y promoción del islam en Europa, de la lengua y de la cultura árabes, a través de la creación de centros culturales árabes en ciudades europeas.
Otros acuerdos siguieron pronto, todos con intención de garantizar una simbiosis euro - árabe cultural, económica y política. Estos esfuerzos a largo plazo implicaron a las universidades y a los medios (escritos y audio-visuales), e incluso incluyeron la transferencia de tecnología, incluida la nuclear. Finalmente se promovió una sociable diplomacia euro - árabe en foros internacionales, especialmente en Naciones Unidas.
Los árabes fijaron las condiciones para esta asociación: una política europea independiente y opuesta a la de Estados Unidos; el reconocimiento por parte de Europa de un “pueblo palestino”, y la creación de un estado “palestino”; apoyo europeo a la OLP; la designación de Arafat como el representante único y exclusivo de ese “pueblo palestino”; la deslegitimación del Estado de Israel, histórica y políticamente, su reducción a fronteras no viables, y la arabización de Jerusalén.
Desde el estallido, guerra europea oculta contra Israel mediante boicot económico, y en algunos casos mediante boicot académico también, con deliberado vilipendio y expansión tanto del antisemitismo como del antisionismo.
Durante las últimas tres décadas, un número considerable de acuerdos no oficiales entre los países de la CEE (posteriormente la UE) por una parte, y los países de la Liga Árabe por otra, determinaron la evolución de Europa en sus aspectos políticos y culturales actuales.
Ciraré aquí solamente cuatro de ellos: se entendió que los europeos que tratasen con inmigrantes árabes se someterían a entrenamiento sensible especial, para apreciar mejor sus costumbres, sus comportamientos; los inmigrantes árabes permanecerían bajo el control y las leyes de sus países de origen; los libros de texto de historia en Europa serían reescritos por equipos conjuntos de historiadores europeos y árabes – naturalmente las batallas de Poitiers o Lepanto, o la Reconquista española, no tienen el mismo significado a ambos litorales del Mediterráneo; la enseñanza del árabe y de la cultura árabe e islámica debían ser impartidas en las escuelas y las universidades de Europa, por profesores árabes duchos en la enseñanza de europeos.
La situación hoy.
En el frente político, Europa ha atado su destino a los países árabes y así ha llegado a estar implicada en la lógica de la jihad contra Israel y Estados Unidos.
Cómo podría Europa denunciar la cultura de veneno jihadista que exuda de sus aliados, si durante tantos años hizo de todo para activar la jihad, ocultándola y justificándola, afirmando que el peligro verdadero no viene de los propios jihadistas, sino de los que se resisten a los jihadistas árabes, los mismos aliados a los que Europa sirve en cada reunión internacional y en los medios europeos.
En el frente cultural ha tenido lugar una reescritura completa de la historia, llevada a cabo primero durante los años 70 en universidades europeas.
Este proceso fue ratificado en asamblea parlamentaria por el Consejo de Europa en 1991, en su reunión dedicada a “La contribución de la civilización islámica a la cultura europea”. Fue reafirmado por el Presidente Jacques Chirac en su discurso del 8 de abril de 1996 en El Cairo, y reforzado por Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, a través de la creación de una “Fundación del Diálogo de Culturas y Civilizaciones” que iba a controlar todo lo que se decía, escribía y enseñaba en el nuevo continente de Eurabia, que abarca Europa y los países árabes.
La dhimmitud de Europa comenzó con la subversión de su cultura y de sus valores, con la destrucción de su historia y su reemplazo por una visión islámica de esa historia, apoyada en el mito romántico de Andalucía.
Eurabia adoptó el concepto islámico de historia, en el que se define el islam como una fuerza de liberación, una fuerza de paz, y la jihad se ve como “una guerra justa”.
Los que se resisten a la jihad, como los israelíes y los americanos, son los culpables, en lugar de los que la emprenden. Es esta política la que se nos ha inculcado a nosotros, los europeos, el espíritu de dhimmitud que nos ciega, la que inculca en nosotros el odio a nuestros propios valores, y el deseo de destruir nuestros propios orígenes y nuestra propia historia. “El mayor timo intelectual sería permitir que Europa continúe creyendo que se deriva de una tradición judeo - cristiana.
Eso es una total mentira”, indica Tarik Ramadán (3). Y así despreciamos a George Bush, porque él todavía cree en esa tradición. Qué simplones esos americanos…El espíritu de dhimmitud no es simplemente la sumisión sin lucha, ni siquiera el de rendirse. Es también la negación de la propia humillación mediante este proceso de integrar los valores que conducen a nuestra propia destrucción; son los mercenarios ideológicos que se ofrecen voluntariamente para el servicio a la jihad; es el tributo tradicional pagado por cuenta propia, y con humillación, por los dhimmis europeos, para obtener una seguridad falsa; es la traición del propio pueblo de uno.
El dhimmi no musulmán protegido bajo dictadura islámica podía obtener una seguridad efímera y engañosa con los servicios rendidos al opresor musulmán, y con servilismo y adulación. Y ésa es exactamente la situación de Europa hoy.La dhimmitud no es sólo un sistema de leyes abstractas inscritas en la shari'a, es también un sistema complejo de comportamientos desarrollados a lo largo del tiempo por los propios dhimmis, como modo tanto de adaptarse, como de sobrevivir a la opresión, a la humillación, a la inseguridad.
Esto ha producido una mentalidad particular así como los comportamientos sociales y políticos esenciales para la supervivencia del pueblo que, en cierto sentido, seguiría siendo siempre rehén del sistema islámico.
Los dhimmis son seres inferiores que experimentan humillaciones y agresiones en silencio. Sus agresores, mientras tanto, gozan de una impunidad que sólo aumenta su odio y su sensación de superioridad, garantizada por la protección de la ley.
La cultura de dhimmitud que se expande por Europa es la del odio, de crímenes contra los no musulmanes que van sin ser castigados, una cultura que se importa de los países árabes junto con el "palestinismo”, la nueva subcultura europea que ha sido elevada al nivel de culto de la Unión Europea, y su bandera de guerra exaltada contra Israel.
En Munich, en 1938, Francia no había renunciado a su propia cultura, su propia historia, volviéndose alemana; no ha proclamado que la fuente de su propia cultura era la civilización alemana.
El espíritu de dhimmitud que ciega hoy a Europa no sale de una situación impuesta desde fuera, sino de una elección hecha libremente, y realizada sistemáticamente, en sus dimensiones políticas, a lo largo de los últimos 30 años.
El reconocido erudito en islam William Montgomery Watt, describió la desaparición del mundo cristiano en los países que habían sido islamizados, en su libro La Majestad que era el islam (1974): “No hubo nada dramático en lo que sucedió; fue una muerte apacible, una eliminación progresiva”. Sólo que Montgomery Watt estaba equivocado; de hecho, los estertores de muerte del cristianismo bajo el islam fueron extremadamente dolorosos y trágicos, como puede verse en el siglo XX, con el genocidio de los armenios, o la resistencia de los cristianos libaneses en los 70 - 80, o durante las últimas décadas de genocidios en Sudán, y finalmente la implacable jihad árabe contra Israel, que es solamente uno de los ejemplos de lucha histórica de los pueblos dedicados a luchar por la libertad contra la dhimmitud, por la dignidad del hombre contra la esclavitud de la opresión y del odio.
Pero esa observación de Montgomery Watt -- acerca de la “muerte apacible, la eliminación progresiva” se aplica perfectamente a Europa hoy.
Por Bat Ye'or
La obsesión antiamericana
Jean-François Revel (n.1924) es miembro de la Académie française. Dio clases de filosofía en el Instituto Francés de Ciudad de México y en el de Florencia durante los años cincuenta. Escribió para el prestigioso semanario L’Express, del que fue director desde 1978 hasta 1981. Ha escrito después para Le Point. Sus más de veinte libros tratan sobre temas tan diversos como la gastronomía, la filosofía, el liberalismo y el antiamericanismo. Pero ha destacado, sobretodo, por su denuncia vehemente del uso sistemático que hace la izquierda de la mentira.Hay dos clases de intelectuales: los que, antes de escribir, piensan, y los que, antes de escribir, sólo piensan qué pensarán de ellos.
Jean François Revel es de los primeros, de los que saben que para tener la razón no es suficiente con estar en minoría, pero que también saben que sólo los peces muertos nadan a favor de la corriente.
Estos días, acaba de llegar a los expositores de las librerías españolas la última obra de este indómito salmón francés, siempre ajeno a ese zoo de la intelectualidad europea cada vez más repleto de aves de corral y angulas de acuario.
Y abrir La obsesión antiamericana por la primera página es un acontecimiento doblemente gozoso; lo es porque a la lucidez conocida del autor se ha unido la del editor, al liberarnos esta vez a sus lectores españoles de un prólogo del siempre prescindible telonero local.
Desde esa primera página a la última, el libro es una búsqueda que quiere ser racional del porqué del irracional radicalismo antiamericano que domina la inmensa mayoría de las terminales de creación de la opinión pública continental.
Porque hoy, en Europa, el esfuerzo requerido para poder lucir en sociedad la muy preciada vitola de progresista es más liviano que nunca, tanto se ha rebajado que ya está al alcance del más lerdo de los zotes; y es que basta para alcanzar esa atalaya de la respetabilidad moral y cívica con estar sistemáticamente contra los Estados Unidos. SIEMPRE. SEA EL ASUNTO QUE SEA Y PASE LO QUE PASE.
Revel desgrana a lo largo del texto el guión repetitivo y cansino que dicta la intelligentsia europea para racionalizar esa negación permanente. Ése en el que cambian periódicamente los nombres de los actores principales, pero cuyo argumento es invariable.
Así, Reagan era un pobre idiota digno de lástima cuando, en lugar de buscar la distensión, puso en marcha la Iniciativa de Defensa Estratégica para acabar con el imperio del mal; algo que, pese a su estupidez manifiesta y a su forma grosera de designar a un sistema que sólo había asesinado a cien millones de personas, para perplejidad de los europeos logró.
Y, ahora, Bush también es un torpe vaquero porque, en lugar de buscar el diálogo con los terroristas, resulta que llama eje del mal a los países que los apoyan; y, lo que es más grave, cuando es agredido por ellos, tal como recuerda Revel que denunció irritado el ministro de Exteriores francés Hubert Védrine, “adopta decisiones basadas en su propia visión del mundo y en la defensa de sus propios intereses”. ¡Intolerable actitud!
En Europa había que encontrar rápidamente un término para condenarla. Y se ha encontrado: unilateralismo. Inadmisible gendarme del mundo cuando actúa (salvo si es en los muy europeos Balcanes) e inadmisible imperio aislacionista, cuando no pone los muertos para apagar algún incendio. Pero siempre condenados por esa sabia y vieja Europa que lo resuelve todo gritando “NO AL TERRORISMO, NO A LA GUERRA”, algo, concluye con lógica cartesiana el ex director de L´Express, tan inteligente como gritar: “No a la enfermedad y no a la medicina”.
El libro es una disección metódica y sistemática de esa impotencia europea que alimenta la obsesión por la hiperpotencia americana.
Es un retrato puntillista de la compasión cristiana que empuja a un teólogo respetable como Leonard Boff a lamentar que sólo un avión se estrellase contra el Pentágono, porque él desearía que hubieran sido veinticinco; o de lo que se esconde tras el impulso que lanza a un simple como Pasqual Maragall a buscar agravios socioeconómicos para justificar a Ben Laden, agravios que el propio Ben Laden no ha mencionado jamás. Pero, sobre todo, es una lúcida descripción de cómo la ideología —en este caso, la antiamericana compartida con distintos grados de fervor por izquierdas progresistas— “es una máquina de rechazar los hechos, cuando éstos podrían obligarla a modificarse, y también sirve para inventarlos, cuando le resultan necesarios para perseverar en el error”. Así, no deja de desmenuzar, capítulo tras capítulo, el travestismo ideológico de la vieja y ajada izquierda marxista, ahora reflotada en todos esos nuevos movimientos que sólo se mueven, única y exclusivamente, contra los Estados Unidos; desde ese Chernóbil de la coherencia que es el ecologismo militante, siempre mudo ante cualquier agresión al medio que no se produzca en un país libre, hasta el nuevo pacifismo que ya ha paseado por las avenidas de Europa las banderas de la mitad de los sátrapas de este planeta, pasando por esos antiglobalización que no se cansan de tirar piedras para impedir la eventualidad temible de que algún día todas las personas del mundo puedan intercambiar libremente entre sí los bienes que deseen.
Todos, siempre, obsesiva, compulsivamente contra América porque, como en una caja de muñecas rusas, el objetivo último, el que no se explicita, es demoler la civilización liberal, de la que Estados Unidos es la concreción más elaborada y, a la vez, la prueba hiriente e intolerable de su triunfo.
También se entretiene Revel en reproducir el inventario de esas falsedades sobre Norteamérica que, después de haber sido repetidas mil veces, siempre se acaban convirtiendo en axiomas—sobre todo, para los periodistas— a este lado del Atlántico.
Está la falacia sobre las condiciones de vida de los excluidos por el horroroso liberalismo salvaje que allí impera, esos cientos de miles que viven por debajo del umbral de pobreza.
Y como casi ningún redactor pierde su precioso tiempo en averiguar la definición técnica del concepto umbral de pobreza (en cualquier sociedad, el porcentaje de habitantes cuya renta está situada en el cuarto inferior de una escala que se establece a partir de la mediana, un parámetro que no hay que confundir con la media), siempre ahorran a sus lectores el dato de que OCHO MIL $ al año —a los que hay que añadir un amplio repertorio de ayudas sociales— vienen siendo los ingresos de esas víctimas del capitalismo que tanta compasión suscitan entre los europeos, sobre todo en los meridionales. O el otro clásico, la terrible inseguridad de Nueva York.
Éste compartido por todos los que se guardan muy mucho de zascandilear de noche por las calles de Madrid o París, pero que, al tiempo, no quieren hacer acuse de recibo de que los miles de crímenes que se cometerían allá cada año se quedan en unos seiscientos cuando se consultan las estadísticas reales; y eso en una ciudad por la que pasan más de doce millones de personas cada día.
La obsesión por la verdad llevó a un izquierdista Revel a los Estados Unidos en 1969. Allí descubrió, para su asombro, que la revolución, la revolución de verdad, no estaba ocurriendo en Cuba, sino en California. Y la estaban haciendo los individuos, no el Gobierno. De ahí nació Ni Marx ni Jesús, una crónica sobre los que la iban a ganar. Ahora está empezando otra, la globalización; también parte de Estados Unidos y también la está impulsando la gente, no los Estados ni los Gobiernos.
LA OBSESIÓN ANTIAMERICANA ES OTRA CRÓNICA; LA QUE RETRATA A LOS QUE YA LA HAN PERDIDO.
"El antiamericanismo es la gran coartada para la irresponsabilidad"
Fustigador de los tópicos del pensamiento dominante en Francia, el ensayista e historiador liberal Jean-François Revel acaba de publicar 'La obsesión antiamericana', donde vuelve a la carga para desmontar, con precisión, los tópicos del antiamericanismo de los europeos .
El antiamericanismo es una de las obsesiones intelectuales de Jean-François Revel. Francia es, en su opinión, el país europeo más antiamericano. Una actitud que forma parte de un complejo mejunje que podríamos llamar la ideología francesa, muy influenciada por la izquierda y por una tradición comunitarista de la derecha. Un viaje al fondo del antiamericanismo marca el recorrido de esta entrevista.
Pregunta. Para usted, el antiamericanismo es la gran coartada para la irresponsabilidad. Si los americanos tienen la culpa de todo, los europeos estamos libres de toda responsabilidad.
Respuesta. ¿Por qué Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia mundial? Porque Europa se hundió en el siglo XX por sus propios errores. Los europeos han desencadenado dos guerras que han sido guerras civiles europeas antes de convertirse en mundiales. Las dos veces, los americanos han tenido que acudir en su ayuda. Las dos veces, los americanos han sido los arquitectos de la paz. Y han sido ellos los que nos han garantizado la protección frente al imperialismo soviético. Además de desencadenar dos guerras, Europa inventó el totalitarismo. Tanto el nazismo como el comunismo son inventos europeos, además de ciertas dictaduras no totalitarias de carácter fascista, el franquismo entre ellas. La ascensión de Estados Unidos viene de la caída de Europa, y los europeos no quieren reconocerlo. La misma idea de la Unión Europea fue patrocinada desde el origen por Estados Unidos. Este mismo razonamiento vale para América Latina. Evidentemente, los americanos desempeñan allí un gran papel. Pero el antiamericanismo en América Latina ha sido un fracaso: la manera de no querer afrontar sus problemas de ineficiencia, de corrupción, de violencia.
P. A pesar de que allí los americanos han hecho de las suyas y han patrocinado dictaduras execrables.
R. Sí, pero esto es otra cosa. También Francia o el Reino Unido han apoyado dictaduras aquí y allá. Todos tenemos ciertos aliados que no siempre han demostrado adhesión ni disposición a la democracia. Hay muchas cosas en América Latina que no se han explicado de un modo exacto. No fue Estados Unidos el que desencadenó el golpe de Estado contra Allende.
P. La complicidad activa en este caso fue manifiesta.
R. Al final. En realidad, Allende había sido elegido con apenas un tercio de los votos. No tenía ningún mandato para transformar la sociedad chilena. Si hubiese habido en Chile un sistema presidencial con elección en dos vueltas, como en Francia, Allende no habría sido elegido en la segunda vuelta. Leon Blum lo comprendió en 1936 en Francia: sabía que había sido elegido minoritariamente y entendió que no tenía derecho a cambiar por completo el sistema económico y social.
P. La falta de sentido de la responsabilidad que usted denuncia, ¿es una enfermedad reciente en Europa o es una enfermedad antigua?
R. No es sólo un problema europeo. Se da también en América Latina y en el mundo árabe-musulmán. El fracaso de la civilización islámica se remonta al siglo XV. Allí perdieron el contacto con la evolución científica y con el racionalismo. Tampoco han sabido crear las condiciones del desarrollo económico, al no separar el poder político y religioso del poder económico. En vez de analizar las causas de su fracaso, lo atribuyen a la maldad de los occidentales en general, y de Estados Unidos en particular. Estados Unidos debe ser la única gran potencia que nunca ha tenido colonias en el mundo árabe. El antiamericanismo es una enfermedad universal, aunque más sofisticada y matizada en Europa. El general De Gaulle decía que no podía aceptar la gran potencia americana, pero no iba más lejos porque tenía enfrente al gran peligro soviético y sabía muy bien que Francia sola era incapaz de protegerse.
P. Hay una tradición de antiamericanismo de izquierdas, pero también de derechas. En España, el franquismo era ideológicamente antiamericano, a pesar de que Estados Unidos le dio muchísimo apoyo.
R. Y se puede encontrar la misma actitud en Mussolini y en Hitler. Por encima de todo, estaban contra el liberalismo. En 1969, en Berlín, ante un gran grupo de estudiantes izquierdistas, leí un texto largo que condenaba el capitalismo y el parlamentarismo. Aplaudieron mucho. Y yo les dije: desgraciadamente, estas palabras son de Mussolini. Actualmente, la extrema derecha -Le Pen en Francia, pero también en otros países europeos- produce documentos contra la globalización y contra la economía de mercado que podrían ser firmados por un trotskista. Del mismo modo que hemos visto en la extrema derecha y en la extrema izquierda un amor inmoderado por Sadam Husein simplemente porque era antiamericano.
P. El antiamericanismo, ¿es una ideología más bien de las élites o es de base popular?
R. En Francia, quizá el país más antiamericano de Europa, los sondeos muestran que hay un 60% de franceses que tiene simpatía por Estados Unidos. Lo cual tiene mérito porque los medios de comunicación son obsesivos. El antiamericanismo es sobre todo un fenómeno de los medios políticos y periodísticos, y de los profesores. En cada país tiene características propias. En Italia, por ejemplo, es distinto, porque todo el mundo tiene algún pariente o conocido que emigró a América.
P. Paradójicamente, siendo un país que tuvo el partido comunista más fuerte y más influyente, Italia es menos antiamericana que Francia.
R. Sí, ciertamente. En Francia, para la izquierda, el antiamericanismo era un corolario del anticapitalismo, y además siempre hemos tenido un antiamericanismo de derecha fuerte; mientras que en Italia, la Democracia Cristiana era proamericana, y el socialismo italiano, también.
P. Según usted, el antiamericanismo esconde un rechazo del liberalismo.
R. Sí, o el rechazo al liberalismo viene del antiamericanismo. Las dos cosas se dan. Y la vez, la admiración por Estados Unidos es grande. Es todo muy ambiguo. En el plano cultural, vemos la obsesión por poner barreras al cine americano. Evidentemente, Estados Unidos es muy fuerte en la producción de un cine muy popular. Pero ¿qué se gana protegiéndose de ello con barreras artificiales? Es contrario a la lógica más elemental de la difusión y el intercambio cultural. ¿Qué habríamos ganado si en el siglo XVI hubiésemos puesto dificultades para la circulación en Francia de la pintura italiana? Nada, habríamos perjudicado a la propia pintura francesa. Sin libertad de circulación de las obras de arte no hay cultura. Los grandes novelistas ingleses han tenido su máxima difusión entre las dos guerras y en la posguerra sin ninguna conexión con el poder diplomático americano.
P. Sin embargo, es una gran ventaja tener la lengua de comunicación universal. Otras consideraciones aparte, si cuantificáramos el ahorro que ello significa para Estados Unidos daría una cifra importante.
R. Es cierto, pero hemos llegado hasta aquí por la fuerza de las cosas. No hay que confundir el hecho de que mucha gente se comunique en inglés con el hecho de conocer la cultura anglosajona.
P. La Administración de Bush es una buena cantera para el antiamericanismo.
R. Hay una cierta tendencia a incriminar y a caricaturizar la figura del presidente de Estados Unidos. Reagan, por ejemplo, y en realidad fue quien hizo posible la caída del muro de Berlín. Los del Este son conscientes de ello: en Varsovia, la antigua plaza de la Constitución es ahora plaza de Ronald Reagan. Todos los presidentes son susceptibles de ser criticados. Veremos al final cómo juzgar a Bush. Decir que Irak e Irán son países peligrosos es la pura verdad.
P. Pero Bush ofrece varios flancos de crítica: de un lado, ha recuperado una dimensión religiosa de la política que choca con la laicidad europea.
R. No hay religión de Estado en Estados Unidos. En España, en Francia, en Italia la ha habido. Y la reina de Inglaterra es la jefa de la religión anglicana. Es cierto que Bush ha hecho una opción personal muy religiosa. Pero no sé en qué va a influir en su política.
P. Por otra parte, se ha opuesto al reconocimiento de instancias de ordenación internacional como el Tribunal Penal Internacional y el Protocolo de Kyoto.
R. Hay mucha hipocresía. Yo no veo al Gobierno francés obligando a los automovilistas a circular a sesenta por hora por las autopistas. Reducir el gasto de energía no se hace firmando protocolos. La izquierda es contradictoria: está contra el nuclear y está contra un gasto excesivo de petróleo. En cuanto al TPI, está muy claro por qué lo rechazan: no quieren que cualquier país lleve arbitrariamente ante a los tribunales, por puro antiamericanismo, a cualquier ciudadano americano.
P. En este caso, la perversión se invierte. El antiamericanismo sirve de coartada a los propios americanos.
R. En un momento en que las Naciones Unidas sitúan a Libia al frente de la Comisión de los Derechos Humanos, no es para escandalizarse que América quiera evitar determinadas actuaciones contra sus dirigentes y militares.
P. Los americanos están rompiendo el orden internacional que ellos mismos construyeron después de la II Guerra Mundial. Estamos pasando de unas reglas del juego compartidas a una forma de decisionismo: ellos tienen la fuerza, ellos determinan la ley según su idea de las cosas.
R. Sí, el unilateralismo. Aquí nos volvemos a encontrar con la indecisión europea. Cuando hablas con los americanos -con Powell, especialmente-, te dicen: los europeos no tienen ninguna propuesta que hacernos. Los franceses, ¿qué proponían en el conflicto de Irak? Negociar. Pero ya se hizo y Husein engañaba.
P. ¿Usted cree que Chirac se equivocó con su posición durante la guerra?
R. Chirac puede estar legítimamente en contra de la guerra preventiva. Pero la política es muy simple. La actitud de Francia, a partir de un momento, ha sido interpretada como un apoyo a Husein. Como usted sabe, los países árabes propusieron a Sadam Husein que se fuera con la promesa de que se podría llevar dinero y que no sería perseguido internacionalmente. Esto hubiera permitido evitar la guerra. Yo no estoy seguro de que Husein hubiese aceptado. Pero, sin duda, al ver la posición de Francia, de Alemania y de Rusia pensó que tenía una oportunidad de seguir. Francia tenía derecho a oponerse a la guerra preventiva, pero hizo más que esto. Y asumió una posición mucho más marcada que De Gaulle cuando decidió salirse del comando integrado en la OTAN. Marcó distancias, pero no abandonó la OTAN. Simplemente no quería que el ejército francés fuera mandado por un general americano.
P. ¿Hasta qué punto los americanos son ellos también responsables del antiamericanismo?
R. Estados Unidos ha sido la primera potencia verdaderamente mundial tanto entre las dos guerras como después de la caída del comunismo. El Imperio Romano, España, Gran Bretaña dominaban una parte del mundo y en muchos casos había contrapesos. Además, todos los dirigentes cometen errores. Los americanos, también. Francia, por ejemplo, tiene una enorme responsabilidad en el genocidio de Ruanda. Los que se manifiestan por la paz podrían tenerlo en cuenta. Siempre están en contra de Estados Unidos. Muy bien, pero en África ha habido millones de personas masacradas; en Sudán, por ejemplo. Y la culpa no era de los americanos. Todo gobernante es criticable, pero hace falta que las críticas sean buenas. Cuando se parte del principio de que en cualquier caso los americanos están equivocados, vamos mal.
P. Sin embargo, es perfectamente normal que si Europa avanza tenga conflictos de intereses y de valores y tensiones con Estados Unidos.
R. Sí, por supuesto. Aunque Europa no ha sido creada contra Estados Unidos. Ha sido creada contra ella misma, para evitar que la guerra civil continuara indefinidamente. Los padres fundadores lo tenían muy claro. Pero es evidente que hay rivalidades; económicas, por ejemplo. Y en este terreno, una vez más, los antiglobalización son inconsecuentes. Su primera manifestación fue en Seattle. ¿Qué había allí? Una reunión de la Organización Mundial de Comercio, que tiene precisamente como objetivo regular el comercio internacional y conseguir que la economía de mercado no se desboque. Son éstas las contradicciones del antiamericanismo.
P. Es evidente que Europa y Estados Unidos representan modelos de desarrollo capitalista diferentes.
R. Sin duda, pero, al mismo tiempo, no olvidemos que Estados Unidos es una emanación de Europa. Estados Unidos ejerce una forma de dominación que viene más de los fracasos de los otros que de sus propios éxitos. En el siglo XIX, el antiamericanismo en Francia era sobre todo cultural. Stendhal se reía de ellos porque no tenían ópera. En cambio, en los medios políticos, más bien había admiración por América, contrariamente a lo que ocurre ahora. La Constitución americana era como un ideal. Y evidentemente ha tenido éxito, porque después de la guerra civil que la implantó sobre todo el territorio no ha habido ni un golpe de Estado. Hay mucho a criticar, pero hay que hacerlo bien. Cuando se dice: no hay seguridad social en Estados Unidos, ¿quién universalizó la idea de Estado de bienestar si no Roosevelt?
P. ¿Usted cree realmente que se puede hablar del islam como una totalidad?
R. No, de Nigeria a Malaisia hay países muy diversos. Pero, atención: el islam subsahariano está entre los más radicales. Basta ver Nigeria. En general, ha habido un endurecimiento del islam en todas partes.
P. Algunos especialistas -Olivier Roy, por ejemplo- piensan que lo que está viviendo el mundo islámico es una crisis de paso a la modernización.
R. Esperemos que así sea. Yo no estoy muy convencido. Veo signos de regresión. Por ejemplo, el rechazo a la laicidad y el combate contra cualquier separación entre poder religioso y poder político. Si han fracasado en su acceso a la modernidad ha sido por la dificultad en reconocer el derecho del pensamiento científico y racionalista a ser independiente del pensamiento religioso.
P. Los europeos se mataron mucho para llegar hasta aquí.
R. Es cierto, pero finalmente se impuso el racionalismo y la ciencia. En Francia, por ejemplo, no se puede aceptar que los islamistas quieran introducir cambios incluso en los programas educativos. No se puede enseñar Voltaire porque criticó a Mahoma, no se puede enseñar determinada biología porque pone en duda verdades religiosas. Los franceses no hemos luchado trescientos años para conseguir una enseñanza independiente respecto al cristianismo para que ahora venga el islam y nos imponga sus normas.
P. El modelo republicano francés, ¿es el bueno?
R. Lo que hay que defender es la tradición democrática occidental que ha conducido a la separación entre lo religioso, que es del dominio de lo privado, y lo político, que tiene sus formas de legitimidad autónomas. Y en este marco es fundamental la libertad de expresión y de pensamiento. Esto es valido para Occidente y para el mundo en general. En la India, por ejemplo, ahora hay un cierto proceso de radicalización en todas las partes, pero durante cuarenta años ha coexistido un gran número de religiones diferentes y un poder político independiente de ellas, legitimado por las urnas.
P. ¿El antiamericanismo es, finalmente, un fracaso intelectual?
R. Cuando es obsesivo, sí. La crítica a Estados Unidos ha de existir; todos los países, y más todavía cuando son muy potentes, cometen disparates. Cuando la crítica consiste en decir cosas de Estados Unidos que no son verdad o en hacerle reproches injustificados es un fracaso intelectual. Por ejemplo, cuando Simone de Beauvoir dijo, después de la guerra, que la ocupación americana era como la ocupación nazi. Ante estos disparates, los americanos ríen, no se nos toman en serio.
Un liberal francés
JEAN-FRANÇOIS REVEL,





