La obsesión antiamericana
Jean-François Revel (n.1924) es miembro de la Académie française. Dio clases de filosofía en el Instituto Francés de Ciudad de México y en el de Florencia durante los años cincuenta. Escribió para el prestigioso semanario L’Express, del que fue director desde 1978 hasta 1981. Ha escrito después para Le Point. Sus más de veinte libros tratan sobre temas tan diversos como la gastronomía, la filosofía, el liberalismo y el antiamericanismo. Pero ha destacado, sobretodo, por su denuncia vehemente del uso sistemático que hace la izquierda de la mentira.Hay dos clases de intelectuales: los que, antes de escribir, piensan, y los que, antes de escribir, sólo piensan qué pensarán de ellos.
Jean François Revel es de los primeros, de los que saben que para tener la razón no es suficiente con estar en minoría, pero que también saben que sólo los peces muertos nadan a favor de la corriente.
Estos días, acaba de llegar a los expositores de las librerías españolas la última obra de este indómito salmón francés, siempre ajeno a ese zoo de la intelectualidad europea cada vez más repleto de aves de corral y angulas de acuario.
Y abrir La obsesión antiamericana por la primera página es un acontecimiento doblemente gozoso; lo es porque a la lucidez conocida del autor se ha unido la del editor, al liberarnos esta vez a sus lectores españoles de un prólogo del siempre prescindible telonero local.
Desde esa primera página a la última, el libro es una búsqueda que quiere ser racional del porqué del irracional radicalismo antiamericano que domina la inmensa mayoría de las terminales de creación de la opinión pública continental.
Porque hoy, en Europa, el esfuerzo requerido para poder lucir en sociedad la muy preciada vitola de progresista es más liviano que nunca, tanto se ha rebajado que ya está al alcance del más lerdo de los zotes; y es que basta para alcanzar esa atalaya de la respetabilidad moral y cívica con estar sistemáticamente contra los Estados Unidos. SIEMPRE. SEA EL ASUNTO QUE SEA Y PASE LO QUE PASE.
Revel desgrana a lo largo del texto el guión repetitivo y cansino que dicta la intelligentsia europea para racionalizar esa negación permanente. Ése en el que cambian periódicamente los nombres de los actores principales, pero cuyo argumento es invariable.
Así, Reagan era un pobre idiota digno de lástima cuando, en lugar de buscar la distensión, puso en marcha la Iniciativa de Defensa Estratégica para acabar con el imperio del mal; algo que, pese a su estupidez manifiesta y a su forma grosera de designar a un sistema que sólo había asesinado a cien millones de personas, para perplejidad de los europeos logró.
Y, ahora, Bush también es un torpe vaquero porque, en lugar de buscar el diálogo con los terroristas, resulta que llama eje del mal a los países que los apoyan; y, lo que es más grave, cuando es agredido por ellos, tal como recuerda Revel que denunció irritado el ministro de Exteriores francés Hubert Védrine, “adopta decisiones basadas en su propia visión del mundo y en la defensa de sus propios intereses”. ¡Intolerable actitud!
En Europa había que encontrar rápidamente un término para condenarla. Y se ha encontrado: unilateralismo. Inadmisible gendarme del mundo cuando actúa (salvo si es en los muy europeos Balcanes) e inadmisible imperio aislacionista, cuando no pone los muertos para apagar algún incendio. Pero siempre condenados por esa sabia y vieja Europa que lo resuelve todo gritando “NO AL TERRORISMO, NO A LA GUERRA”, algo, concluye con lógica cartesiana el ex director de L´Express, tan inteligente como gritar: “No a la enfermedad y no a la medicina”.
El libro es una disección metódica y sistemática de esa impotencia europea que alimenta la obsesión por la hiperpotencia americana.
Es un retrato puntillista de la compasión cristiana que empuja a un teólogo respetable como Leonard Boff a lamentar que sólo un avión se estrellase contra el Pentágono, porque él desearía que hubieran sido veinticinco; o de lo que se esconde tras el impulso que lanza a un simple como Pasqual Maragall a buscar agravios socioeconómicos para justificar a Ben Laden, agravios que el propio Ben Laden no ha mencionado jamás. Pero, sobre todo, es una lúcida descripción de cómo la ideología —en este caso, la antiamericana compartida con distintos grados de fervor por izquierdas progresistas— “es una máquina de rechazar los hechos, cuando éstos podrían obligarla a modificarse, y también sirve para inventarlos, cuando le resultan necesarios para perseverar en el error”. Así, no deja de desmenuzar, capítulo tras capítulo, el travestismo ideológico de la vieja y ajada izquierda marxista, ahora reflotada en todos esos nuevos movimientos que sólo se mueven, única y exclusivamente, contra los Estados Unidos; desde ese Chernóbil de la coherencia que es el ecologismo militante, siempre mudo ante cualquier agresión al medio que no se produzca en un país libre, hasta el nuevo pacifismo que ya ha paseado por las avenidas de Europa las banderas de la mitad de los sátrapas de este planeta, pasando por esos antiglobalización que no se cansan de tirar piedras para impedir la eventualidad temible de que algún día todas las personas del mundo puedan intercambiar libremente entre sí los bienes que deseen.
Todos, siempre, obsesiva, compulsivamente contra América porque, como en una caja de muñecas rusas, el objetivo último, el que no se explicita, es demoler la civilización liberal, de la que Estados Unidos es la concreción más elaborada y, a la vez, la prueba hiriente e intolerable de su triunfo.
También se entretiene Revel en reproducir el inventario de esas falsedades sobre Norteamérica que, después de haber sido repetidas mil veces, siempre se acaban convirtiendo en axiomas—sobre todo, para los periodistas— a este lado del Atlántico.
Está la falacia sobre las condiciones de vida de los excluidos por el horroroso liberalismo salvaje que allí impera, esos cientos de miles que viven por debajo del umbral de pobreza.
Y como casi ningún redactor pierde su precioso tiempo en averiguar la definición técnica del concepto umbral de pobreza (en cualquier sociedad, el porcentaje de habitantes cuya renta está situada en el cuarto inferior de una escala que se establece a partir de la mediana, un parámetro que no hay que confundir con la media), siempre ahorran a sus lectores el dato de que OCHO MIL $ al año —a los que hay que añadir un amplio repertorio de ayudas sociales— vienen siendo los ingresos de esas víctimas del capitalismo que tanta compasión suscitan entre los europeos, sobre todo en los meridionales. O el otro clásico, la terrible inseguridad de Nueva York.
Éste compartido por todos los que se guardan muy mucho de zascandilear de noche por las calles de Madrid o París, pero que, al tiempo, no quieren hacer acuse de recibo de que los miles de crímenes que se cometerían allá cada año se quedan en unos seiscientos cuando se consultan las estadísticas reales; y eso en una ciudad por la que pasan más de doce millones de personas cada día.
La obsesión por la verdad llevó a un izquierdista Revel a los Estados Unidos en 1969. Allí descubrió, para su asombro, que la revolución, la revolución de verdad, no estaba ocurriendo en Cuba, sino en California. Y la estaban haciendo los individuos, no el Gobierno. De ahí nació Ni Marx ni Jesús, una crónica sobre los que la iban a ganar. Ahora está empezando otra, la globalización; también parte de Estados Unidos y también la está impulsando la gente, no los Estados ni los Gobiernos.
LA OBSESIÓN ANTIAMERICANA ES OTRA CRÓNICA; LA QUE RETRATA A LOS QUE YA LA HAN PERDIDO.
"El antiamericanismo es la gran coartada para la irresponsabilidad"
Fustigador de los tópicos del pensamiento dominante en Francia, el ensayista e historiador liberal Jean-François Revel acaba de publicar 'La obsesión antiamericana', donde vuelve a la carga para desmontar, con precisión, los tópicos del antiamericanismo de los europeos .
El antiamericanismo es una de las obsesiones intelectuales de Jean-François Revel. Francia es, en su opinión, el país europeo más antiamericano. Una actitud que forma parte de un complejo mejunje que podríamos llamar la ideología francesa, muy influenciada por la izquierda y por una tradición comunitarista de la derecha. Un viaje al fondo del antiamericanismo marca el recorrido de esta entrevista.
Pregunta. Para usted, el antiamericanismo es la gran coartada para la irresponsabilidad. Si los americanos tienen la culpa de todo, los europeos estamos libres de toda responsabilidad.
Respuesta. ¿Por qué Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia mundial? Porque Europa se hundió en el siglo XX por sus propios errores. Los europeos han desencadenado dos guerras que han sido guerras civiles europeas antes de convertirse en mundiales. Las dos veces, los americanos han tenido que acudir en su ayuda. Las dos veces, los americanos han sido los arquitectos de la paz. Y han sido ellos los que nos han garantizado la protección frente al imperialismo soviético. Además de desencadenar dos guerras, Europa inventó el totalitarismo. Tanto el nazismo como el comunismo son inventos europeos, además de ciertas dictaduras no totalitarias de carácter fascista, el franquismo entre ellas. La ascensión de Estados Unidos viene de la caída de Europa, y los europeos no quieren reconocerlo. La misma idea de la Unión Europea fue patrocinada desde el origen por Estados Unidos. Este mismo razonamiento vale para América Latina. Evidentemente, los americanos desempeñan allí un gran papel. Pero el antiamericanismo en América Latina ha sido un fracaso: la manera de no querer afrontar sus problemas de ineficiencia, de corrupción, de violencia.
P. A pesar de que allí los americanos han hecho de las suyas y han patrocinado dictaduras execrables.
R. Sí, pero esto es otra cosa. También Francia o el Reino Unido han apoyado dictaduras aquí y allá. Todos tenemos ciertos aliados que no siempre han demostrado adhesión ni disposición a la democracia. Hay muchas cosas en América Latina que no se han explicado de un modo exacto. No fue Estados Unidos el que desencadenó el golpe de Estado contra Allende.
P. La complicidad activa en este caso fue manifiesta.
R. Al final. En realidad, Allende había sido elegido con apenas un tercio de los votos. No tenía ningún mandato para transformar la sociedad chilena. Si hubiese habido en Chile un sistema presidencial con elección en dos vueltas, como en Francia, Allende no habría sido elegido en la segunda vuelta. Leon Blum lo comprendió en 1936 en Francia: sabía que había sido elegido minoritariamente y entendió que no tenía derecho a cambiar por completo el sistema económico y social.
P. La falta de sentido de la responsabilidad que usted denuncia, ¿es una enfermedad reciente en Europa o es una enfermedad antigua?
R. No es sólo un problema europeo. Se da también en América Latina y en el mundo árabe-musulmán. El fracaso de la civilización islámica se remonta al siglo XV. Allí perdieron el contacto con la evolución científica y con el racionalismo. Tampoco han sabido crear las condiciones del desarrollo económico, al no separar el poder político y religioso del poder económico. En vez de analizar las causas de su fracaso, lo atribuyen a la maldad de los occidentales en general, y de Estados Unidos en particular. Estados Unidos debe ser la única gran potencia que nunca ha tenido colonias en el mundo árabe. El antiamericanismo es una enfermedad universal, aunque más sofisticada y matizada en Europa. El general De Gaulle decía que no podía aceptar la gran potencia americana, pero no iba más lejos porque tenía enfrente al gran peligro soviético y sabía muy bien que Francia sola era incapaz de protegerse.
P. Hay una tradición de antiamericanismo de izquierdas, pero también de derechas. En España, el franquismo era ideológicamente antiamericano, a pesar de que Estados Unidos le dio muchísimo apoyo.
R. Y se puede encontrar la misma actitud en Mussolini y en Hitler. Por encima de todo, estaban contra el liberalismo. En 1969, en Berlín, ante un gran grupo de estudiantes izquierdistas, leí un texto largo que condenaba el capitalismo y el parlamentarismo. Aplaudieron mucho. Y yo les dije: desgraciadamente, estas palabras son de Mussolini. Actualmente, la extrema derecha -Le Pen en Francia, pero también en otros países europeos- produce documentos contra la globalización y contra la economía de mercado que podrían ser firmados por un trotskista. Del mismo modo que hemos visto en la extrema derecha y en la extrema izquierda un amor inmoderado por Sadam Husein simplemente porque era antiamericano.
P. El antiamericanismo, ¿es una ideología más bien de las élites o es de base popular?
R. En Francia, quizá el país más antiamericano de Europa, los sondeos muestran que hay un 60% de franceses que tiene simpatía por Estados Unidos. Lo cual tiene mérito porque los medios de comunicación son obsesivos. El antiamericanismo es sobre todo un fenómeno de los medios políticos y periodísticos, y de los profesores. En cada país tiene características propias. En Italia, por ejemplo, es distinto, porque todo el mundo tiene algún pariente o conocido que emigró a América.
P. Paradójicamente, siendo un país que tuvo el partido comunista más fuerte y más influyente, Italia es menos antiamericana que Francia.
R. Sí, ciertamente. En Francia, para la izquierda, el antiamericanismo era un corolario del anticapitalismo, y además siempre hemos tenido un antiamericanismo de derecha fuerte; mientras que en Italia, la Democracia Cristiana era proamericana, y el socialismo italiano, también.
P. Según usted, el antiamericanismo esconde un rechazo del liberalismo.
R. Sí, o el rechazo al liberalismo viene del antiamericanismo. Las dos cosas se dan. Y la vez, la admiración por Estados Unidos es grande. Es todo muy ambiguo. En el plano cultural, vemos la obsesión por poner barreras al cine americano. Evidentemente, Estados Unidos es muy fuerte en la producción de un cine muy popular. Pero ¿qué se gana protegiéndose de ello con barreras artificiales? Es contrario a la lógica más elemental de la difusión y el intercambio cultural. ¿Qué habríamos ganado si en el siglo XVI hubiésemos puesto dificultades para la circulación en Francia de la pintura italiana? Nada, habríamos perjudicado a la propia pintura francesa. Sin libertad de circulación de las obras de arte no hay cultura. Los grandes novelistas ingleses han tenido su máxima difusión entre las dos guerras y en la posguerra sin ninguna conexión con el poder diplomático americano.
P. Sin embargo, es una gran ventaja tener la lengua de comunicación universal. Otras consideraciones aparte, si cuantificáramos el ahorro que ello significa para Estados Unidos daría una cifra importante.
R. Es cierto, pero hemos llegado hasta aquí por la fuerza de las cosas. No hay que confundir el hecho de que mucha gente se comunique en inglés con el hecho de conocer la cultura anglosajona.
P. La Administración de Bush es una buena cantera para el antiamericanismo.
R. Hay una cierta tendencia a incriminar y a caricaturizar la figura del presidente de Estados Unidos. Reagan, por ejemplo, y en realidad fue quien hizo posible la caída del muro de Berlín. Los del Este son conscientes de ello: en Varsovia, la antigua plaza de la Constitución es ahora plaza de Ronald Reagan. Todos los presidentes son susceptibles de ser criticados. Veremos al final cómo juzgar a Bush. Decir que Irak e Irán son países peligrosos es la pura verdad.
P. Pero Bush ofrece varios flancos de crítica: de un lado, ha recuperado una dimensión religiosa de la política que choca con la laicidad europea.
R. No hay religión de Estado en Estados Unidos. En España, en Francia, en Italia la ha habido. Y la reina de Inglaterra es la jefa de la religión anglicana. Es cierto que Bush ha hecho una opción personal muy religiosa. Pero no sé en qué va a influir en su política.
P. Por otra parte, se ha opuesto al reconocimiento de instancias de ordenación internacional como el Tribunal Penal Internacional y el Protocolo de Kyoto.
R. Hay mucha hipocresía. Yo no veo al Gobierno francés obligando a los automovilistas a circular a sesenta por hora por las autopistas. Reducir el gasto de energía no se hace firmando protocolos. La izquierda es contradictoria: está contra el nuclear y está contra un gasto excesivo de petróleo. En cuanto al TPI, está muy claro por qué lo rechazan: no quieren que cualquier país lleve arbitrariamente ante a los tribunales, por puro antiamericanismo, a cualquier ciudadano americano.
P. En este caso, la perversión se invierte. El antiamericanismo sirve de coartada a los propios americanos.
R. En un momento en que las Naciones Unidas sitúan a Libia al frente de la Comisión de los Derechos Humanos, no es para escandalizarse que América quiera evitar determinadas actuaciones contra sus dirigentes y militares.
P. Los americanos están rompiendo el orden internacional que ellos mismos construyeron después de la II Guerra Mundial. Estamos pasando de unas reglas del juego compartidas a una forma de decisionismo: ellos tienen la fuerza, ellos determinan la ley según su idea de las cosas.
R. Sí, el unilateralismo. Aquí nos volvemos a encontrar con la indecisión europea. Cuando hablas con los americanos -con Powell, especialmente-, te dicen: los europeos no tienen ninguna propuesta que hacernos. Los franceses, ¿qué proponían en el conflicto de Irak? Negociar. Pero ya se hizo y Husein engañaba.
P. ¿Usted cree que Chirac se equivocó con su posición durante la guerra?
R. Chirac puede estar legítimamente en contra de la guerra preventiva. Pero la política es muy simple. La actitud de Francia, a partir de un momento, ha sido interpretada como un apoyo a Husein. Como usted sabe, los países árabes propusieron a Sadam Husein que se fuera con la promesa de que se podría llevar dinero y que no sería perseguido internacionalmente. Esto hubiera permitido evitar la guerra. Yo no estoy seguro de que Husein hubiese aceptado. Pero, sin duda, al ver la posición de Francia, de Alemania y de Rusia pensó que tenía una oportunidad de seguir. Francia tenía derecho a oponerse a la guerra preventiva, pero hizo más que esto. Y asumió una posición mucho más marcada que De Gaulle cuando decidió salirse del comando integrado en la OTAN. Marcó distancias, pero no abandonó la OTAN. Simplemente no quería que el ejército francés fuera mandado por un general americano.
P. ¿Hasta qué punto los americanos son ellos también responsables del antiamericanismo?
R. Estados Unidos ha sido la primera potencia verdaderamente mundial tanto entre las dos guerras como después de la caída del comunismo. El Imperio Romano, España, Gran Bretaña dominaban una parte del mundo y en muchos casos había contrapesos. Además, todos los dirigentes cometen errores. Los americanos, también. Francia, por ejemplo, tiene una enorme responsabilidad en el genocidio de Ruanda. Los que se manifiestan por la paz podrían tenerlo en cuenta. Siempre están en contra de Estados Unidos. Muy bien, pero en África ha habido millones de personas masacradas; en Sudán, por ejemplo. Y la culpa no era de los americanos. Todo gobernante es criticable, pero hace falta que las críticas sean buenas. Cuando se parte del principio de que en cualquier caso los americanos están equivocados, vamos mal.
P. Sin embargo, es perfectamente normal que si Europa avanza tenga conflictos de intereses y de valores y tensiones con Estados Unidos.
R. Sí, por supuesto. Aunque Europa no ha sido creada contra Estados Unidos. Ha sido creada contra ella misma, para evitar que la guerra civil continuara indefinidamente. Los padres fundadores lo tenían muy claro. Pero es evidente que hay rivalidades; económicas, por ejemplo. Y en este terreno, una vez más, los antiglobalización son inconsecuentes. Su primera manifestación fue en Seattle. ¿Qué había allí? Una reunión de la Organización Mundial de Comercio, que tiene precisamente como objetivo regular el comercio internacional y conseguir que la economía de mercado no se desboque. Son éstas las contradicciones del antiamericanismo.
P. Es evidente que Europa y Estados Unidos representan modelos de desarrollo capitalista diferentes.
R. Sin duda, pero, al mismo tiempo, no olvidemos que Estados Unidos es una emanación de Europa. Estados Unidos ejerce una forma de dominación que viene más de los fracasos de los otros que de sus propios éxitos. En el siglo XIX, el antiamericanismo en Francia era sobre todo cultural. Stendhal se reía de ellos porque no tenían ópera. En cambio, en los medios políticos, más bien había admiración por América, contrariamente a lo que ocurre ahora. La Constitución americana era como un ideal. Y evidentemente ha tenido éxito, porque después de la guerra civil que la implantó sobre todo el territorio no ha habido ni un golpe de Estado. Hay mucho a criticar, pero hay que hacerlo bien. Cuando se dice: no hay seguridad social en Estados Unidos, ¿quién universalizó la idea de Estado de bienestar si no Roosevelt?
P. ¿Usted cree realmente que se puede hablar del islam como una totalidad?
R. No, de Nigeria a Malaisia hay países muy diversos. Pero, atención: el islam subsahariano está entre los más radicales. Basta ver Nigeria. En general, ha habido un endurecimiento del islam en todas partes.
P. Algunos especialistas -Olivier Roy, por ejemplo- piensan que lo que está viviendo el mundo islámico es una crisis de paso a la modernización.
R. Esperemos que así sea. Yo no estoy muy convencido. Veo signos de regresión. Por ejemplo, el rechazo a la laicidad y el combate contra cualquier separación entre poder religioso y poder político. Si han fracasado en su acceso a la modernidad ha sido por la dificultad en reconocer el derecho del pensamiento científico y racionalista a ser independiente del pensamiento religioso.
P. Los europeos se mataron mucho para llegar hasta aquí.
R. Es cierto, pero finalmente se impuso el racionalismo y la ciencia. En Francia, por ejemplo, no se puede aceptar que los islamistas quieran introducir cambios incluso en los programas educativos. No se puede enseñar Voltaire porque criticó a Mahoma, no se puede enseñar determinada biología porque pone en duda verdades religiosas. Los franceses no hemos luchado trescientos años para conseguir una enseñanza independiente respecto al cristianismo para que ahora venga el islam y nos imponga sus normas.
P. El modelo republicano francés, ¿es el bueno?
R. Lo que hay que defender es la tradición democrática occidental que ha conducido a la separación entre lo religioso, que es del dominio de lo privado, y lo político, que tiene sus formas de legitimidad autónomas. Y en este marco es fundamental la libertad de expresión y de pensamiento. Esto es valido para Occidente y para el mundo en general. En la India, por ejemplo, ahora hay un cierto proceso de radicalización en todas las partes, pero durante cuarenta años ha coexistido un gran número de religiones diferentes y un poder político independiente de ellas, legitimado por las urnas.
P. ¿El antiamericanismo es, finalmente, un fracaso intelectual?
R. Cuando es obsesivo, sí. La crítica a Estados Unidos ha de existir; todos los países, y más todavía cuando son muy potentes, cometen disparates. Cuando la crítica consiste en decir cosas de Estados Unidos que no son verdad o en hacerle reproches injustificados es un fracaso intelectual. Por ejemplo, cuando Simone de Beauvoir dijo, después de la guerra, que la ocupación americana era como la ocupación nazi. Ante estos disparates, los americanos ríen, no se nos toman en serio.
Un liberal francés
JEAN-FRANÇOIS REVEL,
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