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La casa de los espiritus



Isabel Allende
La Casa de los espíritus


Isabel Allende nació en Lima en 1942, estudió Periodismo en
Chile y tuvo que exiliarse a Venezuela tras el golpe militar contra
su tío Salvador Allende. Desde la publicación en 1982 de La casa
de los espíritus, sus novelas y cuentos han alcanzado gran éxito de
ventas, trascendiendo las fronteras del ámbito de la lengua
castellana. Entre su obra narrativa destacan Eva Luna, Paula y El
plan infinito. Su última novela public ada es Retrato en sepia
(2000).
Con La casa de los espíritus comienza el empeño de Isabel Allende por
rescatar la memoria del pasado, mediante la historia de tres generaciones de
chilenos desde comienzos del siglo XX hasta la década de los setenta. El eje de la
saga lo cons tituye Esteban Txueba, un humilde minero que logra prosperar a
base de tenacidad y se convierte en uno de los más poderosos terratenientes. Tras
su matrimonio frustrado con Rosa, que muere envenenada por error, se casa con
otra hermana, Clara, incompetente para las cosas de orden doméstico pero
dotada de una extraña clarividencia: es capaz de interpretar los sueños y de
predecir el futuro con sorprendente exactitud. La brutalidad de Esteban, hombre
lujurioso y de mal carácter, irá minando un matrimonio difícilmente conciliable y
los conflictos se extenderán también a sus hijos y nietos.
La novela recorre, con el paso de los años, la evolución de los cambios sociales e
ideológicos del país, sin perder de vista las peripecias personales -a menudo misteriosas- de la saga fam iliar.
Entrarán en escena los avances tecnológicos, la mudanza en las costumbres, las «nuevas ideas» socialistas y
de emancipación de la mujer, el espiritismo y los fantasmas comunistas, hasta desembocar en el triunfo
socialista y el posterior golpe militar. Estas convulsiones afectarán a la familia de Esteban Trueba -cuyos
miembros poseen siempre algún rasgo extravagante y desmedido- con distintos matices de dramatismo y
violencia. EL viejo terrateniente envejece y, con él, una forma de ver el mundo basada en el dominio, el código
de honor y la venganza. La casa de los espíritus fue llevada al cine por Bille August en 1993. Antonio
Banderas, Meryl Streep, Glenn Close, Winona Ryder y Jeremy Irons encarnaron a los personajes principales.


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Prólogo
Zoé Valdés

Demoré varios años después de su publicación antes de iniciar la lectura de la
novela que consagró definitivamente a Isabel Allende. Es algo que hago siempre con
los libros o películas que intuyo tendrán un valor importante para mí, pocas veces
asista a un estreno sólo porque la crítica me obligue, y prefiero guardar un libro
hasta tres meses o algunos años más tarde de la edición para sumergirme en su
lectura. Salvo, por supuesto, cuando debo hacerlo por inminentes razones
profesionales. La casa de los espíritus la leí después que había pasado incluso el éxito
de la película. La película aún no la he visto, aunque me apetece verla no sólo por la
pléyade de actrices y actores que hicieron la novela aún más célebre, sobre todo
porque resulta inevitable que nos pique la curiosidad de comprobar si la historia
magistralmente narrada por su autora no ha sido traicionada en la gran pantalla,
siendo la propia historia fruto creador de una protagonista directa, además de que
la densidad filosófica y la belleza literaria son insuperables en el texto, y
constituyen claves esenciales que seducirán, bordando delicadas y perdurables
emociones en la sensibilidad y en el pensamiento del lector.
Isabel Allende nos cuenta una gran saga familiar, la existencia de cuatro
generaciones en la familia Trueba, deteniéndose con preferencia en los personajes
femeninos: Nívea, Rosa y Clara, Blanca, y por último Alba; aunque a todo lo largo
de la novela quien habla en los momentos trascendentales es el senador Trueba, eje
central del cuerpo sustancial histórico-político en el aspecto cronológico, salvo en el
final, que quien toma la palabra es Alba, en una suerte de relevo espiritual y social.
Esteban Trueba, el patrón, representa el autoritarismo de las clases altas de ese
país, que no es otro que Chile. Sin embargo, si bien el senador Trueba es el hilo
conductor de varias generaciones; Clara, su mujer, es la sonoridad telúrica de la
cultura, de la imaginación, la resonancia lírica de esas mismas-generaciones, en su
diversidad mestiza.
Insisto en hacer hincapié en el lenguaje, escrita con una limpieza excepcional,
incorporando localismos que gracias a la nitidez con que la escritora asumió el tejido
apretado de la obra se convierten de inmediato en universales. Creo que La casa de
los espíritus es la novela por excelencia de la más reciente historia latinoamericana,
donde se reflejan sin ambigüedades las hondas contradicciones entre el campo y la
ciudad, la lucha de clases, las confusiones o certezas ideológicas, las diferencias.
Aceptar las exageradas propuestas de esta multiplicidad de realidades en una
novela es un riesgo que no cualquier escritor está dispuesto a asumir. Porque Isabel
Allende expone los horrores de la junta militar, pero también los peligros no menos
siniestros de una dictadura marxista; los personajes jamás deambularán con pasos
extremistas y dislocados de un discurso a otro, viajarán por dentro de ellos con
desplazamientos excesivos, eso sí, chocando con sus negaciones, trastabillando de
un estado de ánimo a otro, acertando, equivocándose, viviendo el laberinto
indisoluble de la duda o la verdad de los seres humanos. Así Pedro Tercero García,
el cantautor con ideas izquierdistas irá aparar a un oscuro despacho totalitario
donde para nada le valdrá la guitarra que siempre le acompañó y que le dio la


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celebridad en el corazón del pueblo, sin renunciar a su pasado terminará en el
exilio. Miguel, el revolucionario, será el eterno esperado por Alba, quien a su vez
significa el sacrificio, encarcelada por los militares, torturada en campos de
concentración; pero lo más importante es que Albaes la redención a través de la
escritura, de la palabra, es salvada por su abuelo, el anciano y desvalido senador
Trueba, un lejano aunque sólido indicio de la fundación de la tierra, en combinación
con Tránsito Soto, la antigua prostituta devenida nueva rica. Pero el personaje que
sostiene de una punta a la otra el equilibrio de la fábula se llama Clara,
clarividencia constante, horizonte latente, viva y extraordinariamente fantasmal,
referencia indiscutible al realismo mágico.
La casa de los espíritus es una de las grandes novelas del siglo veinte, por su
sinceridad al traducir la complejidad de la vida en literatura, asociando
espiritualidad y filosofía, realidad política y poética.


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A mi madre, mi abuela y las otras extraordinarias
mujeres de esta historia.

I. A.


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¿Cuánto vive el hombre, por fin?
¿Vive mil años o uno solo?
¿Vive una semana o varios siglos?
¿Por cuánto tiempo muere el hombre?
¿Qué quiere decir para siempre?

PABLO NERUDA


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Rosa, la bella
Capítulo I

Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Cl ara con su delicada
caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde,
cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta
años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para
sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó Barrabás era jueves Santo. Venía en
una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada
extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba -por el porte real de
su cabeza y el tamaño de su esqueleto- el gigante legendario que llegó a ser. Aquél
era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña
escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la
parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia. En señal de duelo, los
santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban
anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial
parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o
los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían
amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus
rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de
muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de
nobles florentinos. El único favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san
Sebastián, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectáculo de su
cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas,
chorreando sangre y lágrimas, como un homosexual sufriente, cuyas llagas,
milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo, hacían estremecer de
asco a Clara.
Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se
tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible,
la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del
demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en
suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes
quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor,
cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de
excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a
desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para
apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los
sentimientos.
-¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! -gritaba desde el púlpito señalando
a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara-.
¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! -y acusaba a doña Ester Trueba,
inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos
sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los
muelles-. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro
Señor! ¡Ayunad! ¡Haced penitencia!


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Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para
no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores
eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la
flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina
de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de
parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en
el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos
eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que
se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en
cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en
sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este
mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos.
Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse
el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que
todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios,
tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo,
el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones
parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella
podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus
numerosos embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo había
llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea
empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los
lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los
cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba
acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía
que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su
malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a
los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil,
desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la
misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese
aspecto era muy precisa. Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera
hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano
con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los
pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar
aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas
que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante
imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna. La
temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el
incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la
ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el
corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los
días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de
domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de
sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad
perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al
de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera,
porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al
verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el
cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la
tierra desde los tiempos del pecado original,, como dijo la comadrona santiguándose.
Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la


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virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al
sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y
de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos.
Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la
voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del
crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por
el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido
granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves
reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter
silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una
cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en
un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la
joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo
cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos. Rosa inclinó la cabeza
y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil.
Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo
ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad
y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para
bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes
y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las
leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban
Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque
dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del
Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos
copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa
correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del
oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas,
pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un
maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar p ara
llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo,
como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por
casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y
tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las
novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas
de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de
tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea
tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las
piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de
peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios,
escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en
la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo.
Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su
labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante
los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija
se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos
oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa
inquietud. Ella prefería no atormentar a su hija con exigencias terrenales, pues
presentía que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo
en el tráfico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos dé bordar y
no objetaba aquel zoológico de pesadilla.


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Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas.
Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje
demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se
soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le
acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas
sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran
las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar
medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para
hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la
moda. Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba
en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un
silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos
momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija
Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el
cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se
atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo.
Sus últimas frases todavía vibraban entre las columnas.
Y en ese momento, como recordara años más tarde Nívea, en medio de la ansiedad
y el silencio, se escuchó con toda nitidez la voz de su pequeña Clara.
-¡Pst! ¡Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos chingamos
todos...
El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios,
quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los
que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en
reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a
agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa
colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a
Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros
hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el
sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el
umbral escucharon su terrible voz de arcángel ofendido.
-¡Endemoniada! ¡Soberbia endemoniada!
Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la
gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a
menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a
anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron
ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la
soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la
maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían
puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con
influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera
lo era de Luis o la belleza de Rosa. Los poderes mentales de Clara no molestaban a
nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de
poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la
comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en
estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se
desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de
energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y
con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera
la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se


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habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca
detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los
extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo
sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor.
Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy
conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla
y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis
años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y
desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna
izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una gran plataforma que él mismo se
fabricaba. En esa ocasión Nívea se inquietó, pero la Nana le devolvió la tranquilidad
diciendo que hay muchos niños que vuelan como las moscas, que adivinan los sueños
y hablan con las ánimas, pero a todos se les pasa cuando pierden la inocencia.
-Ninguno llega a grande en ese estado -explicó-. Espere que a la niña le venga la
demostración y va a ver que se le quita la maña de andar moviendo los muebles y
anunciando desgracias.
Clara era la preferida de la Nana. La había ayudado a nacer y ella era la única que
comprendía realmente la naturaleza estrafalaria de la niña. Cuando Clara salió del
vientre de su madre, la Nana la acunó, la lavó y desde ese instante amó
desesperadamente a esa criatura frágil, con los pulmones llenos de flema, siempre al
borde de perder el aliento y ponerse morada, que había tenido que revivir muchas
veces con el calor de sus grandes pechos cuando le faltaba el aire, pues ella sabía que
ése era el único remedio para el asma, mucho más efectivo que los jarabes
aguardentosos del doctor Cuevas.
Ese Jueves Santo, Severo se paseaba por la sala preocupado por el escándalo que
su hija había desatado en la misa. Argumentaba que sólo un fanático como el padre
Restrepo podía creer en endemoniados en pleno siglo veinte, el siglo de las luces, de la
ciencia y la técnica, en el cual el demonio había quedado definitivamente
desprestigiado. Nívea lo interrumpió para decir que no era ése el punto. Lo grave era
que si las proezas de su hija trascendían las paredes de la casa y el cura empezaba a
indagar, todo el mundo iba a enterarse.
-Va a empezar a llegar la gente para mirarla como si fuera un fenómeno -dijo Nívea.
-Y el Partido Liberal se irá al carajo -agregó Severo, que veía el daño que podía
hacer a su carrera política tener una hechizada en la familia.
En eso estaban cuando llegó la Nana arrastrando sus alpargatas, con su frufrú de
enaguas almidonadas, a anunciar que en el patio había unos hombres descargando a
un muerto. Así era. Entraron en un carro con cuatro caballos, ocupando todo el primer
patio, aplastando las camelias y ensuciando con bosta el reluciente empedrado, en un
torbellino de polvo, un piafar de caballos y un maldecir de hombres supersticiosos que
hacían gestos contra el mal de ojo. Traían el cadáver del tío Marcos con todo su
equipaje. Dirigía aquel tumulto un hombrecillo melifluo, vestido de negro, con levita y
un sombrero demasiado grande, que inició un discurso solemne para explicar las
circunstancias del caso, pero fue brutalmente interrumpido por Nívea, que se lanzó
sobre el polvoriento ataúd que contenía los restos de su hermano más querido. Nívea
gritaba que abrieran la tapa, para verlo con sus propios ojos. Ya le había tocado
enterrarlo en una ocasión anterior, y, por lo mismo, le cabía la duda de que tampoco
esa vez fuera definitiva su muerte. Sus gritos atrajeron a la multitud de sirvientes de la
casa y a todos los hijos, que acudieron corriendo al oír el nombre de su tío resonando
con lamentos de duelo.


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Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien.
Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba
consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en
una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de
un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la
Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles
pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido
por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de
filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía
imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio.
En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios
meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta
en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles,
animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente
andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que
habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba
implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran
los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos
incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a
perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía
experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y
arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo.
Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores,
ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a
un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una
hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un
taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque
Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba
perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío
Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a
quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de
señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los
apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de
ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió
a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso,
alegrar al público con su música de manivela. La máquina no era más que un cajón
roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa
chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una
marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro,
que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía
a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una
caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules eran
tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además
de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y
polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes
afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado
recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más
convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía
permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó
debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento
en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida


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hasta que el loro comenzó a llamarla por su nombre de pila y entonces se asomó a la
ventana. Su reacción no fue la que esperaba su enamorado. Sus amigas se encargaron
de repartir la noticia por todos los salones de la ciudad y, al día siguiente, la gente
empezó a pasear por las calles céntricas en la esperanza de ver con sus propios ojos al
cuñado de Severo del Valle tocando el organillo y vendiendo pelotitas de aserrín con un
loro apolillado, simplemente por el placer de comprobar que también en las mejores
familias había buenas razones p ara avergonzarse. Ante el bochorno fam iliar, Marcos
tuvo que desistir del organillo y elegir métodos menos conspicuos p ara atraer a la
prima Antonieta, pero no renunció a asediarla. De todos modos, al final no tuvo éxito,
porque la joven se casó de la noche a la mañana con un diplomático veinte años
mayor, que se la llevó a vivir a un país tropical cuyo nombre nadie pudo recordar, pero
que sugería negritud, bananas y palmeras, donde ella consiguió sobreponerse al
recuerdo de aquel pretendiente que arruinó sus diecisiete años con su marcha militar y
su vals. Marcos se hundió en la depresión durante dos o tres días, al cabo de los cuales
anunció que jamás se casaría y que se iba a dar la vuelta al mundo. Vendió el organillo
a un ciego y dejó el loro como herencia a Clara, pero la Nana lo envenenó
secretamente con una sobredosis de aceite de hígado de bacalao, porque no podía
soportar su mirada lujuriosa, sus pulgas y sus gritos destemplados ofreciendo papelitos
para la suerte, pelotas de aserrín y polvos para la impotencia.
Ése fue el viaje más largo de Marcos. Regresó con un cargamento de enormes cajas
que se almacenaron en el último patio, entre el gallinero y la bodega de la leña, hasta
que terminó el invierno. Al despuntar la primavera, las hizo trasladar al Parque de los
Desfiles, un descampado enorme donde se juntaba el pueblo a ver marchar a los
militares durante las Fiestas Patrias, con el paso de ganso que habían copiado de los
prusianos. Al abrir las cajas, se vio que contenían piezas sueltas de madera, metal y
tela pintada. Marcos pasó dos semanas armando las partes de acuerdo a las
instrucciones de un manual en inglés, que descifró con su invencible imaginación y un
pequeño diccionario. Cuando el trabajo estuvo listo, resultó ser un pájaro de
dimensiones prehistóricas, con un rostro de águila furiosa pintado en su parte
delantera, alas movibles y una hélice en el lomo. Causó conmoción. Las familias de la
oligarquía olvidaron el organillo y Marcos se convirtió en la novedad de la temporada.
La gente hacía paseos los domingos para ir a ver al pájaro y los vendedores de
chucherías y fotógrafos ambulantes hicieron su agosto. Sin embargo, al poco tiempo
comenzó a agotarse el interés del público. Entonces Marcos anunció que apenas se
despejara el tiempo pensaba elevarse en el pájaro y cruzar la cord illera. La noticia se
regó en pocas horas y se convirtió en el acontecimiento más comentado del año. La
máquina yacía con la panza asentada en tierra firme, pesada y torpe, con más aspecto
de pato herido, que de uno de esos modernos aeroplanos que empezaban a fabricarse
en Norteamérica. Nada en su apariencia permitía suponer que podría moverse y mucho
menos encumbrarse y atravesar las montañas nevadas. Los periodistas y curiosos
acudieron en tropel. Marcos sonreía inmutable ante la avalancha de preguntas y
posaba para los fotógrafos sin ofrecer ninguna explicación técnica o científica respecto
a la forma en que pensaba realizar su empresa. Hubo gente que viajó de provincia
para ver el espectáculo. Cuarenta años después, su sobrino nieto Nicolás, a quien
Marcos no llegó a conocer, desenterró la iniciativa de volar que siempre estuvo
presente en los hombres de su estirpe. Nicolás tuvo la idea de hacerlo con fines
comerciales, en una salchicha gigantesca rellena con aire caliente, que llevaría impreso
un aviso publicitario de bebidas gaseosas. Pero, en los tiempos en que Marcos anunció
su viaje en aeroplano, nadie creía que ese invento pudiera servir para algo útil. Él lo
hacía por espíritu aventurero. El día señalado para el vuelo amaneció nublado, pero
había tanta expectación, que Marcos no quiso aplazar la fecha. Se presentó


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puntualmente en el sitio y no dio ni una mirada al cielo que se cubría de grises
nubarrones. La muchedumbre atónita, llenó todas las calles adyacentes, se encaramó
en los techos y los balcones de las casas próximas y se apretujó en el parque. Ninguna
concentración política pudo reunir a tanta gente hasta medio siglo después, cuando el
primer candidato marxista aspiraba, por medios totalmente democráticos, a ocupar el
sillón de los Presidentes. Clara recordaría toda su vida ese día de fiesta. La gente se
vistió de primavera, adelantándose un poco a la inauguración oficial de la temporada,
los hombres con trajes de lino blanco y las damas con los sombreros de pajilla italiana
que hicieron furor ese año. Desfilaron grupos de escolares con sus maestros, llevando
flores para el héroe. Marcos recibía las flores y bromeaba diciendo que esperaran que
se estrellara para llevarle flores al entierro. El obispo en persona, sin que nadie se lo
pidiera, apareció con dos turiferarios a bendecir el pájaro y el orfeón de la gendarmería
tocó música alegre y sin pretensiones, para el gusto popular. La policía, a caballo y con
lanzas, tuvo dificultad en mantener a la multitud alejada del centro del parque, donde
estaba Marcos, vestido con una braga de mecánico, con grandes anteojos de
automovilista y su cucalón de explorador. Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un
catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado
basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos australes de los
incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y
hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su
motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de
aplausos, silbatos, pañuelos, banderas, redobles musicales del orfeón y aspersiones de
agua bendita. En tierra quedó el comentario de la marav illada concurrencia y de los
hombres más instruidos, que intentaron dar una explicación razonable al milagro. Clara
siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible. Creyó
divisarlo diez minutos más tarde, pero sólo era un gorrión pasajero. Después de tres
días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país, se desvaneció y
nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las
alturas.
A la semana sin tener noticias del tío volador, se supuso que había subido hasta
perderse en el espacio sideral y los más ignorantes especularon con la idea de que
llegaría a la luna. Severo determinó, con una mezcla de tristeza y de alivio, que su
cuñado se había caído con su máquina en algún resquicio de la cordillera, donde nunca
sería encontrado. Nívea lloró desconsoladamente y prendió unas velas a san Antonio,
patrono de las cosas perdidas. Severo se opuso a la idea de mandar a decir algunas
misas, porque no creía en ese recurso para ganar el cielo y mucho menos para volver
a la tierra, y sostenía que las misas y las mandas, así como las indulgencias y el tráfico
de estampitas y escapularios, eran un negocio deshonesto. En vista de eso, Nívea y la
Nana pusieron a todos los niños a rezar a escondidas el rosario durante nueve días.
Mientras tanto, grupos de exploradores y andinistas voluntarios lo buscaron
incansablemente por picos y quebradas de la cordillera, recorriendo uno por uno todos
los vericuetos accesibles, hasta que por último regresaron triunfantes y entregaron a la
familia los restos mortales en un negro y modesto féretro sellado. Ente rraron al
intrépido viajero en un funeral grandioso. Su muerte lo convirtió en un héroe y su
nombre estuvo varios días en los titulares de todos los periódicos. La misma
muchedumbre que se juntó para despedirlo el día que se elevó en el pájaro, desfiló
frente a su ataúd. Toda la familia lo lloró como se merecía, menos Cl ara, que siguió
escrutando el cielo con paciencia de astrónomo. Una semana después del sepelio,
apareció en el umbral de la puerta de la casa de Nívea y Severo del Valle, el propio tío
Marcos, de cuerpo presente, con una alegre sonrisa entre sus bigotes de pirata.
Gracias a los rosarios clandestinos de las mujeres y los niños, como él mismo lo


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admitió, estaba vivo y en posesión de todas sus facultades, incluso la del buen humor.
A pesar del noble origen de sus mapas aéreos, el vuelo había sido un fracaso, perdió el
aeroplano y tuvo que regresar a pie, pero no traía ningún hueso roto y mantenía
intacto su espíritu aventurero. Esto consolidó para siempre la devoción de la fam ilia
por san Antonio y no sirvió de escarmiento a las generaciones futuras que también
intentaron volar con diferentes medios. Legalmente, sin embargo, Marcos era un
cadáver. Severo del Valle tuvo que poner todo su conocimiento de las leyes al servicio
de devolver la vida y la condición de ciudadano a su cuñado. Al abrir el ataúd, delante
de las autoridades correspondientes, se vio que habían enterrado una bolsa de arena.
Este hecho manchó el prestigio, hasta entonces impoluto, de los exploradores y los
andinistas voluntarios: desde ese día fueron considerados poco menos que
malhechores.
La heroica resurrección de Marcos acabó por hacer olvidar a todo el mundo el asunto
del organillo. Volvieron a invitarlo a todos los salones de la ciudad y, al menos por un
tiempo, su nombre se reivindicó. Marcos vivió en la casa de su hermana por unos
meses. Una noche se fue sin despedirse de nadie, dejando sus baúles, sus libros, sus
armas, sus botas y todos sus bártulos. Severo, y hasta la misma Nívea, respiraron
aliviados. Su última visita había durado demasiado. Pero Clara se sintió tan afectada,
que pasó una semana caminando sonámbula y chupándose el dedo. La niña, que
entonces tenía siete años, había aprendido a leer los libros de cuentos de su tío y
estaba más cerca de él que ningún otro miembro de la familia, debido a sus
habilidades adivinatorias. Marcos sostenía que la rara virtud de su sobrina podía ser
una fuente de ingresos y una buena oportunidad para desarrollar su propia
clarividencia. Tenía la teoría de que esta condición estaba presente en todos los seres
humanos, especialmente en los de su familia, y que si no funcionaba con eficiencia era
sólo por falta de entrenamiento. Compró en el Mercado Persa una bola de vidrio que,
según él, tenía propiedades mágicas y venía de Oriente, pero más tarde se supo que
era sólo un flotador de bote pesquero, la puso sobre un paño de terciopelo negro y
anunció que podía ver la suerte, curar el mal de ojo, leer el pasado y mejorar la
calidad de los sueños, todo por cinco centavos. Sus primeros clientes fueron las
sirvientas del vecindario. Una de ellas había sido acusada de ladrona, porque su
patrona había extraviado una sortija. La bola de vidrio indicó el lugar donde se
encontraba la joya: había rodado debajo de un ropero. Al día siguiente había una cola
en la puerta de la casa. Llegaron los cocheros, los comerciantes, los repartidores de
leche y agua y más tarde aparecieron discretamente algunos empleados municipales y
señoras distinguidas, que se deslizaban discretamente a lo largo de las paredes,
procurando no ser reconocidas. La clientela era recibida por la Nana, que los ordenaba
en la antesala y cobraba los honorarios. Este trabajo la mantenía ocupada casi todo el
día y llegó a absorberla tanto, que descuidó sus labores en la cocina y la familia
empezó a quejarse de que lo único que había para la cena eran porotos añejos y dulce
de membrillo. Marcos arregló la cochera con unos cortinajes raídos que alguna vez
pertenecieron al salón, pero que el abandono y la vejez habían convertido en
polvorientas hilachas. Allí atendía al público con Clara. Los dos adivinos vestían túnicas
«del color de los hombres de la luz», como llamaba Marcos al amarillo. La Nana tiñó
las túnicas con polvos de azafrán, haciéndolas hervir en la olla destinada al manjar
blanco. Marcos llevaba, además de la túnica, un turbante amarrado en la cabeza y un
amuleto egipcio colgando al cuello. Se había dejado crecer la barba y el pelo y estaba
más delgado que nunca. Marcos y Clara resultaban totalmente convincentes, sobre
todo porque la niña no necesitaba mirar la bola de vidrio para adivinar lo que cada uno
quería oír. Lo soplaba al oído al tío Marcos, quien transmitía el mensaje al cliente e
improvisaba los consejos que le parecían atinados. Así se propagó su fama, porque los


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que llegaban al consultorio alicaídos y tristes, salían llenos de esperanzas, los
enamorados que no eran correspondidos obtenían orientación para cultivar el corazón
indiferente y los pobres se llevaban infalibles martingalas para apostar en las carreras
del canódromo. El negocio llegó a ser tan próspero, que la antesala estaba siempre
atiborrada de gente y a la Nana empezaron a darle vahídos de tanto estar parada. En
esa ocasión Severo no tuvo necesidad de intervenir para ponerle fin a la iniciativa
empresarial de su cuñado, porque los dos adivinos, al darse cuenta de que sus aciertos
podían modificar el destino de la clientela, que seguía al pie de la letra sus palabras, se
atemorizaron y decidieron que ése era un oficio de tramposos. Abandonaron el oráculo
de la cochera y se repartieron equitativamente las ganancias, aunque en realidad la
única que estaba interesada en el aspecto material del negocio era la Nana.
De todos los hermanos Del Valle, Clara era la que tenía más resistencia e interés
para escuchar los cuentos de su tío. Podía repetir cada uno, sabía de memoria varias
palabras en dialectos de indios extranjeros, conocía sus costumbres y podía describir la
forma en que se atraviesan trozos de madera en los labios y en los lóbulos de las
orejas, así como los ritos de iniciación y los nombres de las serpientes más venenosas
y sus antídotos. Su tío era tan elocuente, que la niña podía sentir en su propia carne la
quemante mordedura de las víboras, ver al reptil deslizarse sobre la alfombra entre las
patas del arrimo de jacarandá y escuchar los gritos de las guacamayas entre las
cortinas del salón. Se acordaba sin vacilaciones del recorrido de Lope de Aguirre en su
búsqueda de El Dorado, de los nombres impronunciables de la flora y la fauna visitadas
o inventadas por su tío maravilloso, sabía de los lamas que toman té salado con grasa
de yac y podía describir con detalle a las opulentas nativas de la Polinesia, los
arrozales de la China o las blancas planicies de los países del Norte, donde el hielo
eterno mata a las bestias y a los hombres que se distraen, petrificándolos en pocos
minutos. Marcos tenía varios diarios de viaje donde escribía sus recorridos y sus
impresiones así como una colección de mapas y de libros de cuentos, de aventuras y
hasta de hadas, que guardaba dentro de sus baúles en el cuarto de los cachivaches, al
fondo del tercer patio de la casa. De allí salieron p ara poblar los sueños de sus
descendientes hasta que fueron quemados por error medio siglo más tarde, en una
pira infame.
De su último viaje, Marcos regresó en un ataúd. Había muerto de una misteriosa
peste africana que lo fue poniendo arrugado y amarillo como un pergamino. Al sentirse
enfermo emprendió el viaje de vuelta con la esperanza de que los cuidados de su
hermana y la sabiduría del doctor Cuevas le devolverían la salud y la juventud, pero no
resistió los sesenta días de travesía en barco y a la altura de Guayaquil murió
consumido por la fiebre y delirando sobre mujeres almizcladas y tesoros escondidos. El
capitán del barco, un inglés de apellido Longfellow, estuvo a punto de lanzarlo al mar
envuelto en una bandera, pero Marcos había hecho tantos amigos y enamorado a
tantas mujeres a bordo del transatlántico, a pesar de su aspecto jibarizado y su delirio,
que los pasajeros se lo impidieron y Longfellow tuvo que almacenarlo, junto a las
verduras del cocinero chino, para preservarlo del calor y los mosquitos del trópico,
hasta que el carpintero de a bordo le improvisó un cajón. En El Callao consiguieron un
féretro apropiado y algunos días después el capitán, furioso por las molestias que ese
pasajero le había causado a la Compañía de Navegación y a él personalmente, lo
descargó sin miramientos en el muelle, extrañado de que nadie se presentara a
reclamarlo ni a pagar los gastos extraordinarios. Más tarde se enteró de que el correo
en esas latitudes no tenía la misma confiabilidad que en su lejana Inglaterra y que sus
telegramas se volatilizaron por el camino. Afortunadamente para Longfellow, apareció
un abogado de la aduana que conocía a la familia Del Valle y ofreció hacerse cargo del


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asunto, metiendo a Marcos y su complejo equipaje en un coche de flete y llevándolo a
la capital al único domicilio fijo que se le conocía: la casa de su hermana.
Para Clara ése habría sido uno de los momentos más dolorosos de su vida, si
Barrabás no hubiera llegado mezclado con los bártulos de su tío. Ignorando la
perturbación que reinaba en el patio, su instinto la condujo directamente al rincón
donde habían tirado la jaula. Adentro estaba Barrabás. Era un montón de huesitos
cubiertos con un pelaje de color indefinido, lleno de peladuras infectadas, un ojo
cerrado y el otro supurando legañas, inmóvil como un cadáver en su propia porquería.
A pesar de su apariencia, la niña no tuvo dificultad en identificarlo.
-¡Un perrito! -chilló.
Se hizo cargo del animal. Lo sacó de la jaula, lo acunó en su pecho y con cuidados
de misionera consiguió darle agua en el hocico hinchado y reseco. Nadie se había
preocupado de alimentarlo desde que el capitán Longfellow, quien como todos los
ingleses trataba mucho mejor a los animales que a los humanos, lo depositó con el
equipaje en el muelle. Mientras el perro estuvo a bordo junto a su amo moribundo, el
capitán lo alimentó con su propia mano y lo paseó por la cubierta, prodigándole todas
las atenciones que le escatimó a Marcos, pero una vez en tierra firme, fue tratado
como parte del equipaje. Clara se convirtió en una madre para el animal, sin que nadie
le disputara ese dudoso privilegio, y consiguió reanimarlo. Un par de días más tarde,
una vez que se calmó la tempestad de la llegada del cadáver y del entierro del tío
Marcos, Severo se fijó en el bicho peludo que su hija llevaba en los brazos.
-¿Qué es eso? -preguntó.
-Barrabás-dijo Clara.
-Entrégueselo al jardinero, para que se deshaga de él. Puede contagiarnos alguna
enfermedad -ordenó Severo.
Pero Clara lo había adoptado.
-Es mío, papá. Si me lo quita, le juro que dejo de respirar y me muero.
Se quedó en la casa. Al poco tiempo corría por todas partes devorándose los flecos
de las cortinas, las alfombras y las patas de los muebles. Se recuperó de su agonía con
gran rapidez y empezó a crecer. Al bañarlo se supo que era negro, de cabeza
cuadrada, patas muy largas y pelo corto. La Nana sugirió mocharle la cola, para que
pareciera perro fino, pero Clara agarró un berrinche que degeneró en ataque de asma
y nadie volvió a mencionar el asunto. Barrabás se quedó con la cola entera y con el
tiempo ésta llegó a tener el largo de un palo de golf, provista de movimientos
incontrolables que barrían las porcelanas de las mesas y volcaban las lámparas. Era de
raza desconocida. No tenía nada en común con los perros que vagabundeaban por la
calle y mucho menos con las criaturas de pura raza que criaban algunas familias
aristocráticas. El veterinario no supo decir cuál era su origen y Clara supuso que
provenía de la China, porque gran parte del contenido del equipaje de su tío eran
recuerdos de ese lejano país. Tenía una ilimitada capacidad de crecimiento. A los seis
meses era del tamaño de una oveja y al año de las proporciones de un potrillo. La
familia, desesperada, se preguntaba hasta dónde crecería y comenzaron a dudar de
que fuera realmente un perro, especularon que podía tratarse de un animal exótico
cazado por el tío explorador en alguna región remota del mundo y que tal vez en su
estado primitivo era feroz. Nívea observaba sus pezuñas de cocodrilo y sus dientes
afilados y su corazón de madre se estremecía pensando que la bestia podía arrancarle
la cabeza a un adulto de un tarascón y con mayor razón a cualquiera de sus niños.
Pero Barrabás no daba muestras de ninguna ferocidad, por el contrario. Tenía los
retozos de un gatito. Dormía abrazado a Clara, dentro de su cama, con la cabeza en el


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almohadón de plumas y tapado hasta el cuello porque era friolento, pero después,
cuando ya no cabía en la cama, se tendía en el suelo a su lado, con su hocico de
caballo apoyado en la mano de la niña. Nunca se lo vio ladrar ni gruñir. Era negro y
silencioso como una pantera, le gustaban el jamón y las frutas confitadas y cada vez
que había visitas y olvidaban encerrarlo, entraba sigilosamente al comedor y daba una
vuelta a la mesa retirando con delicadeza sus bocadillos preferidos de los platos sin
que ninguno de los comensales se atreviera a impedírselo. A pesar de su
mansedumbre de doncella, Barrabás inspiraba terror. Los proveedores huían
precipitadamente cuando se asomaba a la calle y en una oportunidad su presencia
provocó pánico entre las mujeres que hacían fila frente al carretón que repartía la
leche, espantando al percherón de tiro, que salió dispararlo en medio de un estropicio
de cubos de leche desparramados en el empedrado. Severo tuvo que pagar todos los
destrozos y ordenó que el perro fuera amarrado en el patio, pero Clara tuvo otra de
sus pataletas y la decisión fue aplazada por tiempo indefinido. La fantasía popular y la
ignorancia respecto a su raza, atribuyeron a Barrabás características mitológicas.
Contaban que siguió creciendo y que si no hubiera puesto fin a su existencia la
brutalidad de un carnicero, habría llegado a tener el tamaño de un camello. La gente lo
creía una cruza de perro con yegua, suponían que podían aparecerle alas, cuernos y un
aliento sulfuroso de dragón, como las bestias que bordaba Rosa en su interminable
mantel. La Nana, harta de recoger porcelana rota y oír los chismes de que se convertía
en lobo las noches de luna llena, usó con él el mismo sistema que con el loro, pero la
sobredosis de aceite de hígado de bacalao no lo mató; sino que le provocó una
cagantina de cuatro días que cubrió la casa de arriba abajo y que ella misma tuvo que
limpiar.
Eran tiempos difíciles. Yo tenía entonces alrededor de veinticinco años, pero me
parecía que me quedaba poca vida por delante para labrarme un futuro y tener la
posición que deseaba. Trabajaba como un animal y las pocas veces que me sentaba a
descansar, obligado por el tedio de algún domingo, sentía que estaba perdiendo
momentos preciosos y que cada minuto de ocio era un siglo más lejos de Rosa. Vivía
en la mina, en una casucha de tablas con techo de zinc, que me fabriqué yo mismo con
la ayuda de un par de peones. Era una sola pieza cuadrada donde acomodé mis
pertenencias, con un ventanuco en cada pared, para que circulara el aire bochornoso
del día, con postigos para cerrarlos en la noche, cuando corría el viento glacial. Todo
mi mobiliario consistía en una silla, un catre de campaña, una mesa rústica, una
máquina de escribir y una pesada caja fuerte que tuve que hacer llevar a lomo de mula
a través del desierto, donde guardaba los jornales de los mineros, algunos documentos
y una bolsita de lona donde brillaban los pequeños trozos de oro que representaban el
fruto de tanto esfuerzo. No era cómoda, pero yo estaba acostumbrado a la
incomodidad. Nunca me había bañado en agua caliente y los recuerdos que tenía de mi
niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago. Allí comí, dormí y escribí
durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos,
una ruma de periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para
aprender los rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba
la correspondencia que mantenía con Rosa. Me había acostumbrado a escribirle a
máquina, con una copia que guardaba para mí y que ordenaba por fechas junto a las
pocas cartas que recibí de ella. Comía el mismo rancho que se cocinaba para los
mineros y tenía prohibido que circulara licor en la mina. Tampoco lo tenía en mi casa,
porque siempre he pensado que la soledad y el aburrimiento terminan por convertir al
hombre en alcohólico. Tal vez el recuerdo de mi padre, con el cuello desabotonado, la
corbata floja y manchada, los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano,


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hicieron de mí un abstemio. No tengo buena cabeza para el trago, me emborracho con
facilidad. Descubrí eso a los dieciséis años y nunca lo he olvidado. Una vez me
preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo
sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy
una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche,
por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente. En
aquella época todavía no había vivido con una mujer, así es que tampoco podía echar
de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, nunca lo he sido, soy de naturaleza
fiel, a pesar de que basta la sombra de un brazo, la curva de una cintura, el quiebre de
una rodilla femenina, para que me vengan ideas a la cabeza aún hoy, cuando ya estoy
tan viejo que al verme en el espejo no me reconozco. Parezco un árbol torcido. No
estoy tratando de justificar mis pecados de juventud con el cuento de que no podía
controlar el ímpetu de mis deseos, ni mucho menos. A esa edad yo estaba
acostumbrado a la relación sin futuro con mujeres de vida ligera, puesto que no tenía
posibilidad con otras. En mi generación hacíamos un distingo entre las mujeres
decentes y las otras y también dividíamos a las decentes entre propias y ajenas. No
había pensado en el amor antes de conocer a Rosa y el romanticismo me parecía
peligroso e inútil y si alguna vez me gustó alguna jovencita, no me atreví a acercarme
a ella por temor a ser rechazado y al ridículo. He sido muy orgulloso y por mi orgullo
he sufrido más que otros.
Ha pasado mucho más de medio siglo, pero aún tengo grabado en la memoria el
momento preciso en que Rosa, la bella, entró en mi vida, como un ángel distraído que
al pasar me robó el alma. Iba con la Nana y otra criatura, probablemente alguna
hermana menor. Creo que llevaba un vestido color lila, pero no estoy seguro, porque
no tengo ojo para la ropa de mujer y porque era tan hermosa, que aunque llevara una
capa de armiño, no habría podido fijarme sino en su rostro. Habitualmente no ando
pendiente de las mujeres, pero habría tenido que ser tarado para no ver esa aparición
que provocaba un tumulto a su paso y congestionaba el tráfico, con ese increíble pelo
ver que le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte hada y esa
manera de moverse como si fuera volando. Pasó por delante de mí sin verme y
penetró flotando a la confitería de la Plaza de Armas. Me quedé en la calle,
estupefacto, mientras ella compraba caramelos de anís, eligiéndolos uno por uno, con
su risa de cascabeles, echándose unos a la boca y dando otros a su hermana. No fui el
único hipnotizado, en pocos minutos se formó un corrillo de hombres que atisbaban
por la vitrina. Entonces reaccioné. No se me ocurrió que estaba muy lejos de ser el
pretendiente ideal para aquella joven celestial, puesto que no tenía fortuna, distaba de
ser buen mozo y tenía por delante un futuro incierto. ¡Y no la conocía! Pero estaba
deslumbrado y decidí en ese mismo momento que era la única mujer digna de ser mi
esposa y que si no podía tenerla, prefería el celibato. La seguí todo el camino de vuelta
a su casa. Me subí en el mismo tranvía y me senté tras ella, sin poder quitar la vista de
su nuca perfecta, su cuello redondo, sus hombros suaves acariciados por los rizos
verdes que escapaban del peinado. No sentí el movimiento del tranvía, porque iba
como en sueños. De pronto se deslizó por el pasillo, y al pasar por mi lado sus
sorprendentes pupilas de oro se detuvieron un instante en las mías. Debí morir un
poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. Cuando recuperé la compostura, tuve
que saltar a la vereda, con riesgo de romperme algún hueso, y correr en dirección a la
calle que ella había tomado. Adiviné donde vivía al divisar una mancha color lila que se
esfumaba tras un portón. Desde ese día monté guardia frente a su casa, paseando la
cuadra como perro huacho, espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación
a las sirvientas, hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se
compadeció de mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las


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incontables cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón. También le
enviaba acrósticos. No sé versificar, pero había un librero español que era un genio
para la rima, donde mandaba a hacer poemas, canciones, cualquier cosa cuya materia
prima fuera la tinta y el papel. Mi hermana Férula me ayudó a acercarme a la familia
Del Valle, descubriendo remotos parentescos entre nuestros apellidos y buscando la
oportunidad de saludarnos a la salida de misa. Así fue como pude visitar a Rosa. El día
que entré a su casa y la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada para decirle.
Me quedé mudo, con el sombrero en la mano y la boca abierta, hasta que sus padres,
que conocían esos síntomas, me rescataron. No sé qué pudo ver Rosa en mí, ni por
qué con el tiempo, me aceptó por esposo. Llegué a ser su novio oficial sin tener que
realizar ninguna proeza sobrenatural, porque a pesar de su belleza inhumana y sus
innumerables virtudes, Rosa no tenía pretendientes. Su madre me dio la explicación:
dijo que ningún hombre se sentía lo bastante fuerte como para pasar la vida
defendiendo a Rosa de las apetencias de los demás. Muchos la habían rondado,
perdiendo la razón por ella, pero hasta que yo aparecí en el horizonte, no se había
decidido nadie. Su belleza atemorizaba, por eso la admiraban de lejos, pero no se
acercaban. Yo trunca pensé en eso, en realidad. Mi problema era que no tenía ni un
peso, pero me sentía capaz, por la fuerza del amor, de convertirme en un hombre rico.
Miré a mi alrededor buscando un camino rápido, dentro de los límites de la honestidad
en que me habían educado, y vi que para triunfar necesitaba tener padrinos, estudios
especiales o un capital. No era suficiente tener un apellido respetable. Supongo que si
hubiera tenido dinero para empezar, habría apostado al naipe o a los caballos, pero
como no era el caso, tuve que pensar en trabajar en algo que, aunque fuera
arriesgado, pudiera darme fortuna. Las minas de oro y de plata eran el sueño de los
aventureros: podían hundirlos en la miseria, matarlos de tuberculosis o convertirlos en
hombres poderosos. Era cuestión de suerte. Obtuve la concesión de una mina en el
Norte con la ayuda del prestigio del apellido de mi madre, que sirvió para que el banco
me diera una fianza. Me hice firme propósito de sacarle hasta el último gramo del
precioso metal, aunque para ello tuviera que estrujar el cerro con mis propias manos y
moler las rocas a patadas. Por Rosa estaba dispuesto a eso y mucho más.
A fines del otoño, cuando la familia se había tranquilizado respecto a las intenciones
del padre Restrepo, quien tuvo que apaciguar su vocación de inquisidor después que el
obispo en persona le advirtió que dejara en paz a la pequeña Clara del Valle, y cuando
todos se habían resignado a la idea de que el tío Marcos estaba realmente muerto,
comenzaron a concretarse los planes políticos de Severo. Había trabajado durante
años con ese fin. Fue un triunfo para él cuando lo invitaron a presentarse como
candidato del Partido Liberal en las elecciones parlamentarias, en representación de
una provincia del Sur donde nunca había estado y tampoco podía ubicar fácilmente en
el mapa. El Partido estaba muy necesitado de gente y Severo muy ansioso de ocupar
un escaño en el Congreso, de modo que no tuvieron dificultad en convencer a los
humildes electores del Sur, que nombraran a Severo como su candidato. La invitación
fue apoyada por un cerdo asado, rosado y monumental, que fue enviado por los
electores a la casa de la familia Del Valle. Iba sobre una gran bandeja de madera,
perfumado y brillante, con un perejil en el hocico y una zanahoria en el culo,
reposando en un lecho de tomates. Tenía un costurón en la panza y adentro estaba
relleno con perdices, que a su vez estaban rellenas con ciruelas. Llegó acompañado por
una garrafa que contenía medio galón del mejor aguardiente del país. La idea de
convertirse en diputado o, mejor aún, en senador, era un sueño largamente acariciado
por Severo. Había ido llevando las cosas hasta esa meta con un minucioso trabajo de
contactos, amistades, conciliábulos, apariciones públicas discretas pero eficaces, dinero


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y favores que hacía a las personas adecuadas en el momento preciso. Aquella
provincia sureña, aunque remota y desconocida, era lo que estaba esperando.
Lo del cerdo fue un martes. El viernes, cuando ya del cerdo no quedaba más que los
pellejos y los huesos que roía Barrabás en el patio, Clara anunció que habría otro
muerto en la casa.
-Pero será un muerto por equivocación -dijo.
El sábado pasó mala noche y despertó gritando. La Nana le dio una infusión de tilo y
nadie le hizo caso, porque estaban ocupados con los preparativos del viaje del padre al
Sur y porque la bella Rosa amaneció con fiebre. Nívea ordenó que dejaran a Rosa en
cama y el doctor Cuevas dijo que no era nada grave, que le dieran una limonada tibia
y bien azucarada, con un chorrillo de licor, para que sudara la calentura. Severo fue a
ver a su hija y la encontró arrebolada y con los ojos br illantes, hundida en los encajes
color mantequilla de sus sábanas. Le llevó de regalo un carnet de baile y autorizó a la
Nana para abrir la garrafa de aguardiente y echarle a la limonada. Rosa se bebió la
limonada, se arropó en su mantilla de lana y se durmió enseguida al lado de Clara, con
quien compartía la habitación.
En la mañana del domingo trágico, la Nana se levantó temprano, como siempre.
Antes de ir a misa fue a la cocina a preparar el desayuno de la familia. La cocina a leña
y carbón había quedado preparada desde el día anterior y ella encendió el fogón en el
rescoldo de las brasas aún tibias. Mientras calentaba el agua y hervía la leche, fue
acomodando los platos para llevarlos al comedor. Empezó a cocinar la avena, a colar el
café, tostar el pan. Arregló dos bandejas, una para Nívea, que siempre tomaba su
desayuno en la cama, y otra para Rosa, que por estar enferma tenía derecho a lo
mismo. Cubrió la bandeja de Rosa con una servilleta de lino bordado por las monjas,
para que no se enfriara el café y no le entraran moscas, y se asomó al patio para ver
que Barrabás no estuviera cerca. Tenía el prurito de asaltarla cuando ella pasaba con
el desayuno. Lo vio distraído jugando con una gallina y aprovechó p ara salir en su
largo viaje por los patios y los corredores, desde la cocina, al fondo de la casa, hasta el
cuarto de las niñas, al otro extremo. Frente a la puerta de Rosa vaciló, golpeada por la
fuerza del presentimiento. Entró sin anunciarse a la habitación, como era su
costumbre, y al punto notó que olía a rosas, a pesar de que no era la época de esas
flores. Entonces la Nana supo que había ocurrido una desgracia irreparable. Depositó
con cuidado la bandeja en la mesa de noche y caminó lentamente hasta la ventana.
Abrió las pesadas cortinas y el pálido sol de la mañana entró en el cuarto. Se volvió
acongojada y no le sorprendió ver sobre la cama a Rosa muerta, más bella que nunca,
con el pelo definitivamente verde, la piel del tono del marfil nuevo y sus ojos amarillos
como la miel, abiertos. A los pies de la cama estaba la pequeña Clara observando a su
hermana. La Nana se arrod illó junto a la cama, tomó la mano a Rosa y comenzó a
rezar. Siguió rezando hasta que se escuchó en toda la casa un terrible lamento de
buque perdido. Fue la primera y última vez que Barrabás se hizo oír. Aulló a la muerta
durante todo el día, hasta destrozarle los nervios a los habitantes de la casa y a los
vecinos, que acudieron atraídos por ese gemido de naufragio.
Al doctor Cuevas le bastó echar una mirada al cuerpo de Rosa para saber que la
muerte se debió a algo mucho más grave que una fiebre de morondanga. Comenzó a
husmear por todos lados, inspeccionó la cocina, pasó los dedos por las cacerolas, abrió
los sacos de harina, las bolsas de azúcar, las cajas de frutas secas, revolvió todo y dejó
a su paso un desparrame de huracán. Hurgó en los cajones de Rosa, interrogó a los
sirvientes uno por uno, acosó a la Nana hasta que la puso fuera de sí y finalmente sus
pesquisas lo condujeron a la garrafa de aguardiente que requisó sin miramientos. No le
comunicó a nadie sus dudas, pero se llevó la botella a su laboratorio. Tres horas


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después estaba de regreso con una expresión de horror que transformaba su
rubicundo rostro de fauno en una máscara pálida que no le abandonó durante todo ese
terrible asunto. Se dirigió a Severo, lo tomó de un brazo y lo llevó aparte.
-En ese aguardiente había suficiente veneno como para reventar a un toro -le dijo a
boca de jarro-. Pero para estar seguro de que eso fue lo que mató a la niña, tengo que
hacer una autopsia.
-¿Quiere decir que la va a abrir? -gimió Severo.
-No completamente. La cabeza no se la voy a tocar, sólo el sistema digestivo
-explicó el doctor Cuevas.
Severo sufrió una fatiga.
A esa hora Nívea estaba agotada de llorar, pero cuando se enteró de que pensaban
llevarse a su hija a la morgue, recuperó de golpe la energía. Sólo se calmó con el
juramento de que se llevarían a Rosa directamente de la casa al Cementerio Católico.
Entonces aceptó tomarse el láudano que le dio el médico y se durmió durante veinte
horas.
Al anochecer, Severo dispuso los preparativos. Mandó a sus hijos a la cama y
autorizó a los sirvientes para retirarse temprano. A Clara, que estaba demasiado
impresionada por lo que había sucedido, le permitió pasar esa noche en el cuarto de
otra hermana. Después que todas las luces se apagaron y la casa entró en reposo,
llegó el ayudante del doctor Cuevas, un joven esmirriado y miope, que tartamudeaba
al hablar. Ayudaron a Severo a transportar el cuerpo de Rosa a la cocina y lo colocaron
con delicadeza sobre el mármol donde la Nana amasaba el pan y picaba las verduras.
A pesar de la fortaleza de su carácter, Severo no pudo resistir el momento en que
quitaron la camisa de dormir a su hija y apareció su esplendorosa desnudez de sirena.
Salió trastabillando, borracho de dolor, y se desplomó en el salón llorando como una
criatura. También el doctor Cuevas, que había visto nacer a Rosa y la conocía como la
palma de su mano, tuvo un sobresalto al verla sin ropa. El joven ayudante, por su
parte, comenzó a jadear de impresión y siguió jadeando en los años siguientes cada
vez que recordaba la visión increíble de Rosa durmiendo desnuda sobre el mesón de la
cocina, con su largo pelo cayendo como una cascada vegetal hasta el suelo.
Mientras ellos trabajaban en su terrible oficio, la Nana, aburrida de llorar y rezar, y
presintiendo que algo extraño estaba ocurriendo en sus territorios del tercer patio, se
levantó, se arropó con un chal y salió a recorrer la casa. Vio luz en la cocina, pero la
puerta y los postigos de las ventanas estaban cerrados. Siguió por los corredores
silenciosos y helados, cruzando los tres cuerpos de la casa, hasta llegar al salón. Por la
puerta entreabierta divisó a su patrón que se paseaba por la habitación con aire
desolado. El fuego de la chimenea se había extinguido. La Nana entró.
-¿Dónde está la niña Rosa? -preguntó.
-El doctor Cuevas está con ella, Nana. Quédate aquí y tómate un trago conmigo
-suplicó Severo.
La Nana se quedó de pie, con los brazos cruzados sujetando el chal contra su pecho.
Severo le señaló el sofá y ella se aproximó con timidez. Se sentó a su lado. Era la
primera vez que estaba tan cerca del patrón desde que vivía en su casa. Severo sirvió
una copa de jerez para cada uno y se bebió la suya de un trago. Hundió la cabeza
entre sus dedos, mesándose los cabellos y mascullando entre dientes una
incomprensible y triste letanía. La Nana, que estaba sentada rígidamente en la punta
de la silla, se relajó al verlo llorar. Estiró su mano áspera y con un gesto automático le
alisó el pelo con la misma caricia que durante veinte años había empleado para
consolarle a los hijos.


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El levantó la vista y observó el rostro sin edad, los pómulos indígenas, el moño
negro, el amplio regazo donde había visto hipar y dormir a codos sus descendientes y
sintió que esa mujer cálida y generosa como la tierra podía darle consuelo. Apoyó la
frente en su falda, aspiró el suave olor de su delantal almidonado y rompió en sollozos
como un niño, vertiendo todas las lágrimas que había aguantado en su vida de
hombre. La Nana le rascó la espalda, le dio palmaditas de consuelo, le habló en la
media lengua que empleaba para adormecer a los niños y le cantó en un susurro sus
baladas campesinas, hasta que consiguió tranquilizarlo. Permanecieron sentados muy
juntos, bebiendo jerez, llorando a intervalos y rememorando los tiempos dichosos en
que Rosa corría por el jardín sorprendiendo a las mariposas con su belleza de fondo de
mar.
En la cocina, el doctor Cuevas y su ayudante prepararon sus siniestros utens ilios y
sus frascos malolientes, se colocaron delantales de hule, se enrollaron las mangas y
procedieron a hurgar en la intimidad de la bella Rosa, hasta comprobar, sin lugar a
dudas, que la joven había ingerido una dosis superlativa de veneno para ratas.
-Esto estaba destinado a Severo -concluyó el doctor lavándose las manos en el
fregadero.
El ayudante, demasiado emocionado por la hermosura de la muerta, no se resignaba
a dejarla cosida como un saco y sugirió acomodarla un poco. Entonces se dieron
ambos a la tarea de preservar el cuerpo con ungüentos y rellenarlo con emplastos de
embalsamador. Trabajaron hasta las cuatro de la madrugada, hora en la que el doctor
Cuevas se declaró vencido por el cansancio y la tristeza y salió. En la cocina quedó
Rosa en manos del ayudante, que la lavó con una esponja, quitándole las manchas de
sangre, le colocó su camisa bordada para tapar el costurón que tenía desde la
garganta hasta el sexo y le acomodó el cabello. Después limpió los vestigios de su
trabajo.
El doctor Cuevas encontró en el salón a Severo acompañado por la Nana, ebrios de
llanto y jerez.
-Está lista-dijo-. Vamos a arreglarla un poco para que la vea su madre.
Le explicó a Severo que sus sospechas eran fundadas y que en el estómago de su
hija había encontrado la misma sustancia mortal que en el aguardiente regalado.
Entonces Severo se acordó de la predicción de Clara y perdió el resto de compostura
que le quedaba, incapaz de resignarse a la idea de que su hija había muerto en su
lugar. Se desplomó gimiendo que él era el culpable, por ambicioso y fanfarrón, que
nadie lo había mandado a meterse en política, que estaba mucho mejor cuando era un
sencillo abogado y padre dé familia, que renunciaba en ese instante y para siempre a
la maldita candidatura, al Partido Liberal, a sus pompas y sus obras, que esperaba que
ninguno de sus descendientes volviera a mezclarse en política, que ése era un negocio
de matarifes y bandidos, hasta que el doctor Cuevas se apiadó y terminó de
emborracharlo. El jerez pudo más que la pena y la culpa. La Nana y el doctor se lo
llevaron en vilo al dormitorio, lo desnudaron y lo metieron en su cama. Después fueron
a la cocina, donde el ayudante estaba terminando de acomodar a Rosa.
Nívea y Severo del Valle despertaron tarde en la mañana siguiente. Los parientes
habían decorado la casa para los ritos de la muerte, las cortinas estaban cerradas y
adornadas con crespones negros y a lo largo de las paredes se alineaban las coronas
de flores y su aroma dulzón llenaba el aire. Habían hecho una capilla ardiente en el
comedor. Sobre la gran mesa, cubierta con un paño negro de flecos dorados, estaba el
blanco ataúd con remaches de plata de Rosa. Doce cirios amarillos en candelabros de
bronce, iluminaban a la joven con un difuso resplandor. La habían vestido con su traje
de novia y puesto la corona de azahares de cera que guardaba para el día de su boda.


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A mediodía comenzó el desfile de familiares, amigos y conocidos a dar el pésame y
acompañar a los Del Valle en su duelo. Se presentaron en la casa hasta sus más
encarnizados enemigos políticos y a todos Severo del Valle los observó fijamente,
procurando descubrir en cada par de ojos que veía, el secreto del asesino, pero en
todos, incluso en el presidente del Partido Conservador, vio el mismo pesar y la misma
inocencia.
Durante el velorio, los caballeros circulaban por los salones y corredores de la casa,
comentando en voz baja sus asuntos de negocios. Guardaban respetuoso silencio
cuando se aproximaba alguien de la familia. En el momento de ent rar al comedor y
acercarse al ataúd para dar una última mirada a Rosa, todos se estremecían, porque
su belleza no había hecho más que aumentar en esas horas. Las señoras pasaban al
salón, donde ordenaron las sillas de la casa formando un círculo. Allí había comodidad
para llorar a gusto, desahogando con el buen pretexto de la muerte ajena, otras
tristezas propias. El llanto era copioso, pero digno y callado. Algunas murmuraban
oraciones en voz baja. Las empleadas de la casa circulaban por los salones y los
corredores ofreciendo tazas de té, copas de coñac, pañuelos limpios para las mujeres,
confites caseros y pequeñas compresas empapadas en amoníaco, para las señoras que
sufrían mareos por el encierro, el olor de las velas y la pena. Todas las hermanas Del
Valle, menos Clara, que era todavía muy joven, estaban vestidas de negro riguroso,
sentadas alrededor de su madre como una ronda de cuervos. Nívea, que había llorado
todas sus lágrimas, se mantenía rígida sobre su silla, sin un suspiro, sin una palabra y
sin el alivio del amoníaco porque le daba alergia. Los visitantes que llegaban, pasaban
a darle el pésame. Algunos la besaban en ambas mejillas, otros la abrazaban
estrechamente por unos segundos, pero ella parecía no reconocer ni a los más íntimos.
Había visto morir a otros hijos en la primera infancia o al nacer, pero ninguno le
produjo la sensación de pérdida que tenía en ese momento.
Cada hermano despidió a Rosa con un beso en su frente helada, menos Clara, que
no quiso aproximarse al comedor. No insistieron, porque conocían su extrema
sensibilidad y su tendencia a caminar sonámbula cuando se le alborotaba la
imaginación. Se quedó en el jardín acurrucada al lado de Barrabás, negándose a
comer o a participar en el velorio. Sólo la Nana se fijó en ella y trató de consolarla,
pero Clara la rechazó.
A pesar de las precauciones que tomó Severo para acallar las murmuraciones, la
muerte de Rosa fue un escándalo público. El doctor Cuevas ofreció, a quien quiso oírlo,
la explicación perfectamente razonable de la muerte de la joven, debida, según él, a
una neumonía fulminante. Pero se corrió la voz de que había sido envenenada por
error, en vez de su padre. Los asesinatos políticos eran desconocidos en el país en
esos tiempos y el veneno, en cualquier caso, era un recurso de mujerzuelas, algo
desprestigiado y que no se usaba desde la época de la Colonia, porque incluso los
crímenes pasionales se resolvían cara a cara. Se elevó un clamor de protesta por el
atentado y antes que Severo pudiera evitarlo, salió la noticia publicada en un periódico
de la oposición, acusando veladamente a la oligarquía y añadiendo que los
conservadores eran capaces hasta de eso, porque no podían perdonar a Severo del
Valle que, a pesar de su clase social, se pasara al bando liberal. La policía trató de
seguir la pista a la garrafa de aguardiente, pero lo único que se aclaró fue que no tenía
el mismo origen que el cerdo relleno con perdices y que los electores del Sur no tenían
nada que ver en el asunto. La misteriosa garrafa fue encontrada por casualidad en la
puerta de servicio de la casa Del Valle el mismo día y a la misma hora de la llegada del
cerdo asado. La cocinera supuso que era parte del mismo regalo. Ni el celo de la
policía, ni las pesquisas que realizó Severo por su cuenta a través de un detective
privado, pudieron descubrir a los asesinos y la sombra de esa venganza pendiente ha


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quedado presente en las generaciones posteriores. Ése fue el primero de muchos actos
de violencia que marcaron el destino de la familia.
Me acuerdo perfectamente. Ése había sido un día muy feliz para mí, porque había
aparecido una nueva veta, la gorda y marav illosa veta que había perseguido durante
todo ese tiempo de sacrificio, de ausencia y de espera, y que podría representar la
riqueza que yo deseaba. Estaba seguro que en seis meses tendría suficiente dinero
para casarme y en un año podría empezar a considerarme un hombre rico. Tuve
mucha suerte porque, en el negocio de las minas, eran más los que se arruinaban que
los que triunfaban, como estaba diciendo, escribiendo, a Rosa esa tarde, tan eufórico,
tan impaciente, que se me trababan los dedos en la vieja máquina y me salían las
palabras pegadas. En eso estaba cuando oí los golpes en la puerta que me cortaron la
inspiración para siempre. Era un arriero con un par de mu,as, que traía un telegrama
del pueblo, enviado por mi hermana Férula, anunciándomela muerte de Rosa.
Tuve que leer el trozo de papel tres veces hasta comprender la magnitud de mi
desolación. La única idea que no se me había ocurrido era que Rosa fuese mortal. Sufrí
mucho pensando que ella, aburrida de esperarme, decidiera casarse con otro, o que
nunca aparecería el maldito filón que pusiera una fortuna en mis manos, o que se
desmoronara la mina aplastándome como una cucaracha. Contemplé todas esas
posibilidades y algunas más, pero nunca la muerte de Rosa, a pesar de mi proverbial
pesimismo, que me hace siempre esperar lo peor. Sentí que sin Rosa la vida no tenía
significado para mí. Me desinflé por dentro, como un globo pinchado, se me fue todo el
entusiasmo. Me quedé sentado en la silla mirando el desierto por la ventana, quién
sabe por cuánto rato, hasta que lentamente me volvió el alma al cuerpo. Mi primera
reacción fue de ira. Arremetí a golpes contra los débiles tabiques de madera de la casa
hasta que me sangraron, los nud illos, rompí en mil pedazos las cartas, los dibujos de
Rosa y las copias de las cartas mías que había guardado, metí apresuradamente en
mis maletas mi ropa, mis papeles y la bolsita de lona donde estaba el oro y luego fui a
buscar al capataz para entregarle los jornales de los trabajadores y las llaves de la
bodega. El arriero se ofreció para acompañarme hasta el tren. Tuvimos que viajar una
buena parte de la noche a lomo de las bestias, con mantas de Castilla como único
abrigo contra la camanchaca, avanzando con lentitud en aquellas interminables
soledades donde sólo el instinto de mi guía garantizaba que llegaríamos a destino,
porque no había ningún punto de referencia. La noche estaba clara y estrellada, sentía
el frío traspasándome los huesos, agarrotándome las manos, metiéndoseme en el
alma. Iba pensando en Rosa y deseando con una vehemencia irracional que no fuera
verdad su muerte, pidiendo al cielo con desesperación que todo fuera un error o que,
reanimada por la fuerza de mi amor, recuperara la vida y se levantara de su lecho de
muerte, como Lázaro. Iba llorando por dentro, hundido en mi pena y en el hielo de la
noche, escupiendo blasfemias contra la mula que andaba tan despacio, contra Férula,
portadora de desgracias, contra Rosa por haberse muerto y contra Dios por haberlo
permitido, hasta que empezó a aclarar el horizonte y vi desaparecer las estrellas y
surgir los primeros colores del alba, tiñendo de rojo y naranja el paisaje del Norte y,
con la luz, me volvió algo de cordura. Empecé a resignarme a mi desgracia y a pedir,
no ya que resucitara, sino tan sólo que yo alcanzara a llegar a tiempo para verla antes
que la enterraran. Apuramos el tranco y una hora más tarde el arriero se despidió de
mí en la minúscula estación por donde pasaba el tren de trocha angosta que unía al
mundo civilizado con ese desierto donde pasé dos años.
Viajé más de treinta horas sin detenerme ni para comer, olvidado hasta de la sed,
pero conseguí llegar a la casa de la familia Del Valle antes del funeral. Dicen que entré
a la casa cubierto de polvo, sin sombrero, sucio y barbudo, sediento y furioso,


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preguntando a gritos por mi novia. La pequeña Clara, que entonces era apenas una
niña flaca y fea, me salió al encuentro cuando entré al patio, me tomó de la mano y
me condujo en silencio al comedor. Allí estaba Rosa entre blancos pliegues de raso
blanco en su blanco ataúd, que a los tres días de fallecida se conservaba intacta y era
mil veces más bella de lo que yo recordaba, porque Rosa en la muerte se había
transformado sutilmente en la sirena que siempre fue en secreto.
-¡Maldita sea! ¡Se me fue de las manos! -dicen que dije, grité, cayendo de rodillas a
su lado, escandalizando a los deudos, porque no podía nadie comprender mi
frustración por haber pasado dos años rascando la tierra para hacerme rico, con el
único propósito de llevar algún día a esa joven al altar y la muerte me la había birlado.
Momentos después llegó la carroza, un coche enorme, negro y reluciente, tirado por
seis corceles empenachados, como se usaba entonces, y conducida por dos cocheros
de librea. Salió de la casa a media tarde, bajo una tenue llovizna, seguida por una
procesión de coches que llevaban a los parientes, a los amigos y a las coronas de
flores. Por costumbre, las mujeres y los niños no asistían a los entierros, ése era un
oficio de hombres, pero Clara consiguió mezclarse a última hora con el cortejo, para
acompañar a su hermana Rosa. Sentí su manita enguantada aferrada a la mía y
durante todo el trayecto la tuve a mi lado, pequeña sombra silenciosa que removía una
ternura desconocida en mi alma. En ese momento yo tampoco me di cuenta que Clara
no había dicho ni una palabra en dos días y pasarían tres más antes de que la familia
se alarmara por su silencio.
Severo del Valle y sus hijos mayores llevaron en andas el ataúd blanco con
remaches de plata de Rosa y ellos mismos lo colocaron en el nicho abierto del
mausoleo. Iban de luto, silenciosos y sin lágrimas, como corresponde a las normas de
tristeza en un país habituado a la dignidad del dolor. Después que se cerraron las rejas
de la tumba y se retiraron los deudos, los amigos y los sepultureros, me quedé a llí,
parado entre las flores que escaparon a las comilonas de Barrabás y acompañaron a
Rosa al cementerio. Debo de haber parecido un oscuro pájaro de invierno, con el
faldón de la chaqueta bailando en la brisa, alto y flaco, como era yo entonces, antes
que se cumpliera la maldición de Férula y empezara a achicarme. El cielo estaba gris y
amenazaba lluvia, supongo que hacía frío, pero creo que no lo sentía, porque la rabia
me estaba consumiendo. No podía despegar los ojos del pequeño rectángulo de
mármol donde habían grabado el nombre de Rosa, la bella, y las fechas que limitaban
su corto paso por este mundo, con altas letras góticas. Pensaba que había perdido dos
años soñando con Rosa, trabajando para Rosa, escribiendo a Rosa, deseando a Rosa y
que al final ni siquiera tendría el consuelo de ser enterrado a su lado. Medité en los
años que me faltaban por vivir y llegué a la conclusión de que sin ella no valían la
pena, porque nunca encontraría, en todo el universo, otra mujer con su pelo verde y
su hermosura marina. Si me hubieran dicho que iba a vivir más de noventa años, me
habría pegado un balazo.
No oí los pasos del guardián del cementerio que se me acercó por detrás. Por eso
me sorprendí cuando me tocó el hombro.
-¿Cómo se atreve a tocarme? -rugí.
Retrocedió asustado, pobre hombre. Algunas gotas de lluvia mojaron tristemente las
flores de los muertos.
-Disculpe, caballero, son las seis y tengo que cerrar -creo que me dijo.
Trató de explicarme que el reglamento prohibía a las personas ajenas al personal
permanecer en el recinto después de la puesta del sol, pero no lo dejé terminar, puse
unos billetes en su mano y lo empujé p ara que se fuera y me dejara en paz. Lo vi


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alejarse mirándome por encima del hombro. Debe de haber pensado que yo era un
loco, uno de esos dementes necrofílicos que a veces rondan los cementerios.
Fue una larga noche, tal vez la más larga de mi vida. La pasé sentado junto a la
tumba de Rosa, hablando con ella, acompañándola en la primera parte de su viaje al
Más Allá, cuando es más difícil desprenderse de la tierra y se necesita el amor de los
que quedan vivos, para irse al menos con el consuelo de haber sembrado algo en el
corazón ajeno. Recordaba su rostro perfecto y maldecía mi suerte. Reproché a Rosa los
años que pasé metido en un hoyo en la mina, soñando con ella. No le dije que no
había visto más mujeres, en todo ese tiempo, que unas miserables prostitutas
envejecidas y gastadas, que servían a todo el campamento con más buena voluntad
que mérito. Pero sí le dije que había vivido entre hombres toscos y sin ley, comiendo
garbanzos y bebiendo agua verde, lejos de la civilización, pensando en ella noche y
día, llevando en el alma su imagen como un estandarte que me daba fuerzas para
seguir picoteando la montaña, aunque se perdiera la veta, enfermo del estómago la
mayor parte del año, helado de frío en las noches y alucinado por el calor del día, todo
eso con el único fin de casarme con ella, pero va y se me muere a traición, antes que
pudiera cumplir mis sueños, dejándome una incurable desolación. Le dije que se había
burlado de mí, le saqué la cuenta de que nunca habíamos estado completamente
solos, que la había podido besar una sola vez. Había tenido que tejer el amor con
recuerdos y deseos apremiantes, pero imposibles de satisfacer, con cartas atrasadas y
desteñidas que no podían reflejar la pasión de mis sentimientos ni el dolor de su
ausencia, porque no tengo facilidad p ara el género epistolar y mucho menos para
escribir sobre mis emociones. Le dije que esos años en la mina eran una irremediable
pérdida, que si yo hubiera sabido que iba a durar tan poco en este mundo, habría
robado el dinero necesario para casarme con ella y construir un palacio alhajado con
tesoros del fondo del mar: corales, perlas, nácar, donde la habría mantenido
secuestrada y donde sólo yo tuviera acceso. La habría amado ininterrumpidamente por
un tiempo casi infinito, porque estaba seguro que si hubiera estado conmigo, no habría
bebido el veneno destinado a su padre y habría durado mil años. Le hablé de las
caricias que le tenía reservadas, los regalos con que iba a sorprenderla, la forma como
la hubiera enamorado y hecho feliz. Le dije; en resumen, todas las locuras que nunca
le hubiera dicho si pudiera oírme y que nunca he vuelto a decir a ninguna mujer.
Esa noche creí que había perdido para siempre la capacidad de enamorarme, que
nunca más podría reírme ni perseguir una ilusión. Pero nunca más es mucho tiempo.
Así he podido comprobarlo en esta larga vida.
Tuve la visión de la rabia creciendo dentro de mí como un tumor maligno,
ensuciando las mejores horas de mi existencia, incapacitándome para la ternura o la
clemencia. Pero, por encima de la confusión y la ira, el sentimiento más fuerte que
recuerdo haber tenido esa noche, fue el deseo frustrado, porque jamás podría cumplir
el anhelo de recorrer a Rosa con las manos, de penetrar sus secretos, de soltar el
verde manantial de su cabello y hundirme en sus aguas más profundas. Evoqué con
desesperación la última imagen que tenía de ella, recortada entre los pliegues de raso
de su ataúd virginal, con sus azahares de novia coronando su cabeza y un rosario
entre los dedos. No sabía que así mismo, con los azahares y el rosario, volvería a verla
por un instante fugaz muchos años más tarde.
Con las primeras luces del amanecer volvió el guardián. Debe haber sentido lástima
por ese loco semicongelado, que había pasado la noche entre los lívidos fantasmas del
cementerio. Me tendió su cantimplora.
-Té caliente. Tome un poco, señor -me ofreció.


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Pero lo rechacé con un manotazo y me alejé maldiciendo, a grandes zancadas
rabiosas, entre las hileras de tumbas y cipreses.
La noche que el doctor Cuevas y su ayudante destriparon el cadáver de Rosa en la
cocina para encontrar la causa de su muerte, Clara estaba en su cama con los ojos
abiertos, temblando en la oscuridad. Tenía la terrible duda de que su hermana había
muerto porque ella lo había dicho. Creía que así como la fuerza de su mente podía
mover el salero, igualmente podía ser la causa de las muertes, de los temblores de
tierra y otras desgracias mayores. En vano le había explicado su madre que ella no
podía provocar los acontecimientos, sólo verlos con alguna anticipación. Se sentía
desolada y culpable y se le ocurrió que si pudiera estar con Rosa, se sentiría mejor. Se
levantó descalza, en camisa, y se fue al dormitorio que había compartido con su
hermana mayor, pero no la encontró en su cama, donde la había visto por última vez.
Salió a buscarla por la casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Su madre dormía
drogada por el doctor Cuevas y sus hermanos y los sirvientes se habían retirado
temprano a sus habitaciones. Recorrió los salones, deslizándose pegada a los muros,
asustada y helada. Los muebles pesados, las gruesas cortinas drapeadas, los cuadros
de las paredes, el papel tapiz con sus flores pintadas sobre tela oscura, las lámparas
apagadas oscilando en los techos y las matas de helecho sobre sus columnas de loza,
le parecieron amenazantes. Notó que en el salón brillaba algo de luz por una rendija
debajo de la puerta y estuvo a punto de entrar, pero temió encontrar a su padre y que
la mandara de regreso a la cama. Se dirigió entonces a la cocina, pensando que en el
pecho de la Nana hallaría consuelo. Cruzó el patio principal, entre las camelias y los
naranjos enanos, atravesó los salones del segundo cuerpo de la casa y los sombríos
corredores abiertos donde las tenues luces de los faroles a gas quedaban encendidas
toda la noche, para salir arrancando en los temblores y para espantar a los
murciélagos y otros bichos nocturnos, y llegó al tercer patio, donde estaban las
dependencias de servicio y las cocinas. Allí la casa perdía su señorial prestancia y
empezaba el desorden de las perreras, los gallineros y los cuartos de los sirvientes.
Más allá estaba la caballeriza, donde se guardaban los viejos caballos que Nívea
todavía usaba, a pesar de que Severo del Valle había sido uno de los primeros en
comprar un automóvil. La puerta y los postigos de la cocina y el repostero estaban
cerrados. El instinto advirtió a Clara que algo anormal estaba ocurriendo adentro, trató
de asomarse, pero su nariz no llegaba al alféizar de la ventana, tuvo que arrastrar un
cajón y acercarlo al muro, se trepó y pudo mirar por un hueco entre el postigo de
madera y el marco de la ventana que la humedad y el tiempo habían deformado. Y
entonces vio el interior.
El doctor Cuevas, ese hombronazo bonachón y dulce, de amplia barba y vientre
opulento, que la ayudó a nacer y que la atendió en todas sus pequeñas enfermedades
de la niñez y sus ataques de asma, se había transformado en un vampiro gordo y
oscuro como los de las ilustraciones de los libros de su tío Marcos. Estaba inclinado
sobre el mostrador donde la Nana preparaba la comida. A su lado había un joven
desconocido, pálido como la luna, con la camisa manchada de sangre y los ojos
perdidos de amor. Vio las piernas blanquísimas de su hermana y sus pies desnudos.
Clara comenzó a temblar. En ese momento el doctor Cuevas se apartó y ella pudo ver
el horrendo espectáculo de Rosa acostada sobre el mármol, abierta en canal por un
tajo profundo, con los intestinos puestos a su lado, dentro de la fuente de la ensalada.
Rosa tenía la cabeza torcida en dirección a la ventana donde ella estaba espiando, su
larguísimo pelo verde colgaba como un helecho desde el mesón hasta las baldosas del
suelo, manchadas de rojo. Tenía los ojos cerrados, pero la niña, por efecto de las
sombras, la distancia o la imaginación, creyó ver una expresión suplicante y humillada.


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Clara, inmóvil sobre el cajón, no pudo dejar de mirar hasta el final. Se quedó
atisbando por la rendija mucho rato, helándose sin darse cuenta, hasta que los dos
hombres terminaron de vaciar a Rosa, de inyectarle líquido por las venas y bañarla por
dentro y por fuera con vinagre aromático y esencia de espliego. Se quedó hasta que la
rellenaron con emplastos de embalsamador y la cosieron con una aguja curva de
colchonero. Se quedó hasta que el doctor Cuevas se lavó en el fregadero y se enjugó
las lágrimas, mientras el otro limpiaba la sangre y las vísceras. Se quedó hasta que el
médico salió poniéndose su chaqueta negra con un gesto de mortal tristeza. Se quedó
hasta que el joven desconocido besó a Rosa en los labios, en el cuello, en los senos,
entre las piernas, la lavó con una esponja, le puso su camisa bordada y le acomodó el
pelo, jadeando. Se quedó hasta que llegaron la Nana y el doctor Cuevas y hasta que la
vistieron con su traje blanco y le pusieron la corona de azahares que tenía guardados
en papel de seda para el día de su boda. Se quedó hasta que el ayudante la cargó en
los brazos con la misma conmovedora ternura con que la hubiera levantado para
cruzar por primera vez el umbral de su casa si hubiera sido su novia. Y no pudo
moverse hasta que aparecieron las primeras luces. Entonces se deslizó hasta su cama,
sintiendo por dentro todo el silencio del mundo. El silencio la ocupó enteramente y no
volvió a hablar hasta nueve años después, cuando sacó la voz para anunciar que se iba
a casar.


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Las Tres Marías
Capítulo II

En el comedor de su casa, entre muebles anticuados y maltrechos que en un pasado
lejano fueron buenas piezas victorianas, Esteban Trueba cenaba con su hermana
Férula la misma sopa grasienta de todos los días y el mismo pescado desabrido de
todos los viernes. Eran servidos por la empleada que los había atendido toda la vida,
en la tradición de esclavos a sueldo de entonces. La vieja mujer iba y venía entre la
cocina y el comedor, agachada y medio ciega, pero todavía enérgica, llevando y
trayendo las fuentes con solemnidad. Doña Ester Trueba no acompañaba a sus hijos en
la mesa. Pasaba las mañanas inmóvil en su silla mirando por la ventana el quehacer de
la calle y viendo cómo el transcurso de los años iba deteriorando el barrio que en su
juventud fue distinguido. Después del almuerzo la trasladaban a su cama,
acomodándola para que pudiera estar medio sentada, única posición que le permitía la
artritis, sin más compañía que las lecturas piadosas de sus libritos píos de vidas y
milagros de los santos. Allí permanecía hasta el día siguiente, en que volvía a repetirse
la misma rutina. Su única salida a la calle era para asistir a la misa del domingo en la
iglesia de San Sebastián, a dos cuadras de la casa, donde la llevaban Férula y la
empleada en su silla de ruedas.
Esteban terminó de escarbar la carne blancuzca del pescado entre la maraña de
espinas y dejó los cubiertos en el plato. Se sentaba rígidamente, igual como caminaba,
muy erguido, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y un poco ladeada,
mirando de reojo, con una mezcla de altanería, desconfianza y miopía. Ese gesto
habría sido desagradable si sus ojos no hubieran sido sorprendentemente dulces y
claros. Su postura, tan tiesa, era más propia de un hombre grueso y bajo que quisiera
aparecer más alto, pero él medía un metro ochenta y era muy delgado. Todas las
líneas de su cuerpo eran verticales y ascendentes, desde su afilada nariz aguileña y
sus cejas en punta, hasta la alta frente coronada por una melena de león que peinaba
hacia atrás. Era de huesos largos y manos de dedos espatulados. Caminaba a grandes
trancos, se movía con energía y parecía muy fuerte, sin carecer, sin embargo, de
cierta gracia en los gestos. Tenía un rostro muy armonioso, a pesar del gesto adusto y
sombrío y su frecuente expresión de mal humor. Su rasgo predominante era el mal
genio y la tendencia a ponerse violento y perder la cabeza, característica que tenía
desde la niñez, cuando se tiraba al suelo, con la boca llena de espuma, sin poder
respirar de rabia, pataleando como un endemoniado. Habla que zambu llirlo en agua
helada para que recuperara el control. Más tarde aprendió a dominarse, pero le quedó
a lo largo de la vida aquella ira siempre pronta, que requería muy poco estímulo para
aflorar en ataques terribles.
-No voy a volver a la mina -dijo.
Era la primera frase que intercambiaba con su hermana en la mesa. Lo había
decidido la noche anterior, al darse cuenta que no tenía sentido seguir haciendo vida
de anacoreta en busca de una riqueza rápida. 'Iénía la concesión de la mina por dos
años más, tiempo suficiente para explotar bien el marav illoso filón que había
descubierto, pero pensaba que aunque el capataz le robara un poco, o no supiera
trabajarla como lo haría él, no tenía ninguna razón para ir a enterrarse en el desierto.


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No deseaba hacerse rico a costa de tantos sacrificios. Le quedaba la vida por delante
para enriquecerse si podía, para aburrirse y esperar la muerte, sin Rosa.
-En algo tendrás que trabajar, Esteban -replicó Férula-. Ya sabes que nosotras
gastamos muy poco, casi nada, pero las medicinas de mamá son caras.
Esteban miró a su hermana. Era todavía una bella mujer, de formas opulentas y
rostro ovalado de madona romana, pero a través de su piel pálida con reflejos de
durazno y sus ojos llenos de sombras, ya se adivinaba la fealdad de la resignación.
Férula había aceptado el papel de enfermera de su madre. Dormía en la habitación
contigua a la de doña Ester, dispuesta en todo momento a acudir corriendo a su lado a
darle sus pócimas, ponerle la bacinilla, acomodarle las almohadas. Tenía un alma
atormentada. Sentía gusto en la humillación y en las labores abyectas, creía que iba a
obtener el cielo por el medio terrible de sufrir iniquidades, por eso se complacía
limpiando las pústulas de las piernas enfermas de su madre, lavándola, hundiéndose
en sus olores y en sus miserias, escrutando su orinal. Y tanto como se odiaba a sí
misma por esos tortuosos e inconfesables placeres, odiaba a su madre por servirle de
instrumento. La atendía sin quejarse, pero procuraba sutilmente hacerle pagar el
precio de su invalidez. Sin decirlo abiertamente, estaba presente entre las dos el hecho
de que la hija había sacrificado su vida por cuidar a la madre y se había quedado
soltera por esa causa. Férula había rechazado a dos novios con el pretexto de la
enfermedad de su madre. No hablaba de eso, pero todo el mundo lo sabía. Era de
gestos bruscos y torpes, con el mismo mal carácter de su hermano, pero obligada por
la vida, y por su condición de mujer, a dominarlo y a morder el freno. Parecía tan
perfecta, que llegó a tener fama de santa. La citaban como ejemplo por la dedicación
que le prodigaba a doña Ester y por la forma en que había criado a su único hermano
cuando enfermó la madre y murió el padre dejándolos en la miseria. Férula había
adorado a su hermano Esteban cuando era niño. Dormía con él, lo bañaba, lo llevaba
de, paseo, trabajaba de sol a sol cosiendo ropa ajena para pagarle el colegio y había
llorado de rabia y de impotencia el día que Esteban tuvo que entrar a trabajar en una
notaría porque en su casa no alcanzaba lo que ella ganaba para comer. Lo había
cuidado y servido como ahora lo hacía con la madre y también a él lo envolvió en la
red invisible de la culpabilidad y de las deudas de gratitud impagas. El muchacho
empezó a alejarse de ella apenas se puso pantalones largos. Esteban podía recordar el
momento exacto en que se dio cuenta que su hermana era una sombra fatídica. Fue
cuando ganó su primer sueldo. Decidió que se reservaría cincuenta centavos para
cumplir un sueño que acariciaba desde la infancia: tomar un café vienés. Había visto, a
través de las ventanas del Hotel Francés, a los mozos que pasaban con las bandejas
suspendidas sobre sus cabezas, llevando unos tesoros: altas copas de cristal coronadas
por torres de crema batida y decoradas con una hermosa guinda glaseada. El día de su
primer sueldo pasó delante del establecimiento muchas veces antes de atreverse a
entrar. Por último cruzó con timidez el umbral, con la boina en la mano, y avanzó hacia
el lujoso comedor, entre las lámparas de lágrimas y muebles de estilo, con la
sensación de que todo el mundo lo miraba, que mil ojos juzgaban su traje demasiado
estrecho y sus zapatos viejos. Se sentó en la punta de la silla, las orejas calientes, y le
hizo el pedido al mozo con un hilo de voz. Esperó con impaciencia, espiando por los
espejos el ir y venir de la gente, saboreando de antemano aquel placer tantas veces
imaginado. Y llegó su café vienés, mucho más impresionante de lo imaginado,
soberbio, delicioso, acompañado por tres galletitas de miel. Lo contempló fascinado por
un largo rato. Finalmente se atrevió a tomar la cucharilla de mango largo y con un
suspiro de dicha, la hundió en la crema. Tenía la boca hecha agua. Estaba dispuesto a
hacer durar ese instante lo más posible, estirarlo hasta el infinito. Comenzó a revolver
viendo cómo se mezclaba el líquido oscuro del vaso con la espuma de la crema.


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Revolvió, revolvió, revolvió... Y, de pronto, la punta de la cucharilla golpeó el cristal,
abriendo un orificio por donde saltó el café a presión. Le cayó en la ropa. Esteban,
horrorizado, vio todo el contenido del vaso desparramarse sobre su único traje, ante la
mirada divertida de los ocupantes de otras mesas. Se paró, pálido de frustración, y
salió del Hotel Francés con cincuenta centavos menos, dejando a su paso un reguero
de café vienés sobre las mullidas alfombras. Llegó a su casa chorreado, furioso,
descompuesto. Cuando Férula se enteró de lo que había sucedido, comentó
ácidamente: «eso te pasa por gastar el dinero de las medicinas de mamá en tus
caprichos. Dios te castigó». En ese momento Esteban vio con claridad los mecanismos
que usaba su hermana para dominarlo, la forma en que conseguía hacerlo sentirse
culpable y comprendió que debía ponerse a salvo. En la medida en que él se fue
alejando de su tutela, Férula le fue tomando antipatía. La libertad que él tenía, a ella le
dolía como un reproche, como una injusticia. Cuando se enamoró de Rosa y lo vio
desesperado, como un chiquillo, pidiéndole ayuda, necesitándola, persiguiéndola por la
casa para suplicarle que se acercara a la fam ilia Del Valle, que habl ara a Rosa, que
sobornara a la Nana, Férula volvió a sentirse importante para Esteban. Por un tiempo
parecieron reconciliados. Pero aquel fugaz reencuentro no duró mucho y Férula no
tardó en darse cuenta de que había sido utilizada. Se alegró cuando vio partir a su
hermano a la mina. Desde que empezó a trabajar, a los quince años, Esteban mantuvo
la casa y adquirió el compromiso de hacerlo siempre, pero para Férula eso no era
suficiente. Le molestaba tener que quedarse encerrada entre esas paredes hediondas a
vejez y a remedios, desvelada con los gemidos de la enferma, atenta al reloj para
administrarle sus medicinas, aburrida, cansada, triste, mientras que su hermano
ignoraba esas obligaciones. Él podría tener un destino luminoso, libre, lleno de éxitos.
Podría casarse, tener hijos, conocer el amor. El día que puso el telegrama
anunciándole la muerte de Rosa, experimentó un cosquilleo extraño, casi de alegría.
-Tendrás que trabajar en algo -repitió Férula.
-Nunca les faltará nada mientras yo viva -dijo él.
-Es fácil decirlo -respondió Férula sacándose una espina de pescado entre los
dientes.
-Creo que me iré al campo, a Las Tres Marías.
-Eso es una ruina, Esteban. Siempre te he dicho que es mejor vender esa tierra,
pero tú eres testarudo como una mula.
-Nunca hay que vender la tierra. Es lo único que queda cuando todo lo demás se
acaba.
-No estoy de acuerdo. La tierra es una idea romántica, lo que enriquece a los
hombres es el buen ojo para los negocios -alegó Férula-. Pero tú siempre decías que
algún día te ibas a ir a vivir al campo.
Ahora ha llegado ese día. Odio esta ciudad.
-¿Por qué no dices mejor que odias esta casa?
-También -respondió él brutalmente.
-Me habría gustado nacer hombre, para poder irme también -erijo ella llena de odio.
-Y a mí no me habría gustado nacer mujer -dijo él.
Terminaron de comer en silencio.
Los hermanos estaban muy alejados y lo único que todavía los unía era la presencia
de la madre y el recuerdo borroso del amor que se tuvieron en la niñez. Habían crecido
en una casa arruinada, presenciando el deterioro moral y económico del padre y luego
la lenta enfermedad de la madre. Doña Ester comenzó a padecer de artritis desde muy


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joven, fue poniéndose rígida hasta llegar a moverse con gran dificultad, como
amortajada en vida, y, por último, cuando ya no pudo doblar las rodillas, se instaló
definitivamente en su silla de ruedas, en su viudez y en su desolación. Esteban
recordaba su infancia y su juventud, sus trajes estrechos, el cordón de san Francisco
que lo obligaban a usar en pago de quién sabe qué promesas de su madre o de su
hermana, sus camisas remendadas con cuidado y su soledad. Férula, cinco años
mayor, lavaba y almidonaba día por medio sus únicas dos camisas, para que estuviera
No