<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.ya.com/allende/rss20.xml"><title><![CDATA[Allende]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/allende/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[&#32;]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_50.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_49.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_48.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_47.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_46.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_45.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_44.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_43.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_42.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/allende/c_41.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.ya.com/allende/c_50.htm"><title><![CDATA[La casa de los espiritus]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/allende/c_50.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/><br/>Isabel Allende  <br/>La Casa de los espíritus  <br/>  <br/>  <br/>Isabel Allende  nació en Lima en 1942, estudió Periodismo en <br/>Chile y tuvo que exiliarse a Venezuela tras el golpe militar contra <br/>su tío Salvador Allende. Desde la publicación en 1982 de  La casa <br/>de los espíritus, sus novelas y cuentos han alcanzado gran éxito de <br/>ventas, trascendiendo las fronteras del ámbito de la lengua <br/>castellana. Entre su obra narrativa destacan  Eva Luna, Paula y El <br/>plan infinito.  Su última novela public ada es  Retrato en sepia <br/>(2000). <br/>Con La casa de los espíritus  comienza el empeño de Isabel Allende por <br/>rescatar la memoria del pasado, mediante la historia de tres generaciones de <br/>chilenos desde comienzos del siglo XX hasta la década de los setenta. El eje de la <br/>saga lo cons tituye Esteban Txueba, un humilde minero que logra prosperar a <br/>base de tenacidad y se convierte en uno de los más poderosos terratenientes. Tras <br/>su matrimonio frustrado con Rosa, que muere envenenada por error, se casa con <br/>otra hermana, Clara, incompetente para las cosas de orden doméstico pero <br/>dotada de una extraña clarividencia: es capaz de interpretar los sueños y de <br/>predecir el futuro con sorprendente exactitud. La brutalidad de Esteban, hombre <br/>lujurioso y de mal carácter, irá minando un matrimonio difícilmente conciliable y <br/>los conflictos se extenderán también a sus hijos y nietos. <br/>La novela recorre, con el paso de los años, la evolución de los cambios sociales e <br/>ideológicos del país, sin perder de vista las peripecias personales -a menudo misteriosas- de la saga fam iliar. <br/>Entrarán en escena los avances tecnológicos, la mudanza en las costumbres, las «nuevas ideas» socialistas y <br/>de emancipación de la mujer, el espiritismo y los fantasmas comunistas, hasta desembocar en el triunfo <br/>socialista y el posterior golpe militar. Estas convulsiones afectarán a la familia de Esteban Trueba -cuyos <br/>miembros poseen siempre algún rasgo extravagante y desmedido- con distintos matices de dramatismo y <br/>violencia. EL viejo terrateniente envejece y, con él, una forma de ver el mundo basada en el dominio, el código <br/>de honor y la venganza.  La casa de los espíritus  fue llevada al cine por Bille August en  1993. Antonio <br/>Banderas, Meryl Streep, Glenn Close, Winona Ryder y Jeremy Irons encarnaron a los personajes principales.<br/><br/><br/>Page No 2<br/><br/>Prólogo  <br/>Zoé Valdés  <br/>  <br/>Demoré varios años después de su publicación antes de iniciar la lectura de la <br/>novela que consagró definitivamente a Isabel Allende. Es algo que hago siempre con <br/>los libros o películas que intuyo tendrán un valor importante para mí, pocas veces <br/>asista a un estreno sólo porque la crítica me obligue, y prefiero guardar un libro <br/>hasta tres meses o algunos años más tarde de la edición para sumergirme en su <br/>lectura. Salvo, por supuesto, cuando debo hacerlo por inminentes razones <br/>profesionales. La casa de los espíritus  la leí después que había pasado incluso el éxito <br/>de la película. La película aún no la he visto, aunque me apetece verla no sólo por la <br/>pléyade de actrices y actores que hicieron la novela aún más célebre, sobre todo <br/>porque resulta inevitable que nos pique la curiosidad de comprobar si la historia <br/>magistralmente narrada por su autora no ha sido traicionada en la gran pantalla, <br/>siendo la propia historia fruto creador de una protagonista directa, además de que <br/>la densidad filosófica y la belleza literaria son insuperables en el texto, y <br/>constituyen claves esenciales que seducirán, bordando delicadas y perdurables <br/>emociones en la sensibilidad y en el pensamiento del lector. <br/>Isabel Allende nos cuenta una gran saga familiar, la existencia de cuatro <br/>generaciones en la familia Trueba, deteniéndose con preferencia en los personajes <br/>femeninos: Nívea, Rosa y Clara, Blanca, y por último Alba; aunque a todo lo largo <br/>de la novela quien habla en los momentos trascendentales es el senador Trueba, eje <br/>central del cuerpo sustancial histórico-político en el aspecto cronológico, salvo en el <br/>final, que quien toma la palabra es Alba, en una suerte de relevo espiritual y social. <br/>Esteban Trueba, el patrón, representa el autoritarismo de las clases altas de ese <br/>país, que no es otro que Chile. Sin embargo, si bien el senador Trueba es el hilo <br/>conductor de varias generaciones; Clara, su mujer, es la sonoridad telúrica de la <br/>cultura, de la imaginación, la resonancia lírica de esas mismas-generaciones, en su <br/>diversidad mestiza. <br/>Insisto en hacer hincapié en el lenguaje, escrita con una limpieza excepcional, <br/>incorporando localismos que gracias a la nitidez con que la escritora asumió el tejido <br/>apretado de la obra se convierten de inmediato en universales. Creo que  La casa de <br/>los espíritus  es la novela por excelencia de la más reciente historia latinoamericana, <br/>donde se reflejan sin ambigüedades las hondas contradicciones entre el campo y la <br/>ciudad, la lucha de clases, las confusiones o certezas ideológicas, las diferencias. <br/>Aceptar las exageradas propuestas de esta multiplicidad de realidades en una <br/>novela es un riesgo que no cualquier escritor está dispuesto a asumir. Porque Isabel <br/>Allende expone los horrores de la junta militar, pero también los peligros no menos <br/>siniestros de una dictadura marxista; los personajes jamás deambularán con pasos <br/>extremistas y dislocados de un discurso a otro, viajarán por dentro de ellos con <br/>desplazamientos excesivos, eso sí, chocando con sus negaciones, trastabillando de <br/>un estado de ánimo a otro, acertando, equivocándose, viviendo el laberinto <br/>indisoluble de la duda o la verdad de los seres humanos. Así Pedro Tercero García, <br/>el cantautor con ideas izquierdistas irá aparar a un oscuro despacho totalitario <br/>donde para nada le valdrá la guitarra que siempre le acompañó y que le dio la<br/><br/><br/>Page No 3<br/><br/>celebridad en el corazón del pueblo, sin renunciar a su pasado terminará en el <br/>exilio. Miguel, el revolucionario, será el eterno esperado por Alba, quien a su vez <br/>significa el sacrificio, encarcelada por los militares, torturada en campos de <br/>concentración; pero lo más importante es que Albaes la redención a través de la <br/>escritura, de la palabra, es salvada por su abuelo, el anciano y desvalido senador <br/>Trueba, un lejano aunque sólido indicio de la fundación de la tierra, en combinación <br/>con Tránsito Soto, la antigua prostituta devenida nueva rica. Pero el personaje que <br/>sostiene de una punta a la otra el equilibrio de la fábula se llama Clara, <br/>clarividencia constante, horizonte latente, viva y extraordinariamente fantasmal, <br/>referencia indiscutible al realismo mágico.  <br/>La casa de los espíritus  es una de las grandes novelas del siglo veinte, por su <br/>sinceridad al traducir la complejidad de la vida en literatura, asociando <br/>espiritualidad y filosofía, realidad política y poética.<br/><br/><br/>Page No 4<br/><br/>A mi madre, mi abuela y las otras extraordinarias <br/>mujeres de esta historia.  <br/>  <br/>I. A.<br/><br/><br/>Page No 5<br/><br/>¿Cuánto vive el hombre, por fin? <br/>¿Vive mil años o uno solo? <br/>¿Vive una semana o varios siglos? <br/>¿Por cuánto tiempo muere el hombre? <br/>¿Qué quiere decir para siempre?  <br/>  <br/>PABLO NERUDA<br/><br/><br/>Page No 6<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 6 <br/><br/>  <br/>Rosa, la bella  <br/>Capítulo I  <br/>  <br/>Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Cl ara con su delicada <br/>caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde, <br/>cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta <br/>años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para <br/>sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó  Barrabás era jueves Santo. Venía en <br/>una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada <br/>extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba -por el porte real de <br/>su cabeza y el tamaño de su esqueleto- el gigante legendario que llegó a ser. Aquél <br/>era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña <br/>escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la <br/>parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia. En señal de duelo, los <br/>santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban <br/>anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial <br/>parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o <br/>los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían <br/>amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus <br/>rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de <br/>muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de <br/>nobles florentinos. El único favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san <br/>Sebastián, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectáculo de su <br/>cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas, <br/>chorreando sangre y lágrimas, como un homosexual sufriente, cuyas llagas, <br/>milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo, hacían estremecer de <br/>asco a Clara. <br/>Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se <br/>tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible, <br/>la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del <br/>demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en <br/>suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes <br/>quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor, <br/>cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de <br/>excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a <br/>desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para <br/>apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los <br/>sentimientos. <br/>-¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! -gritaba desde el púlpito señalando <br/>a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara-. <br/>¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! -y acusaba a doña Ester Trueba, <br/>inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos <br/>sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los <br/>muelles-. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro <br/>Señor! ¡Ayunad! ¡Haced penitencia!<br/><br/><br/>Page No 7<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 7  <br/><br/>Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para <br/>no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores <br/>eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la <br/>flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina <br/>de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de <br/>parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en <br/>el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos <br/>eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que <br/>se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en <br/>cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en <br/>sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este <br/>mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos. <br/>Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse <br/>el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que <br/>todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios, <br/>tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo, <br/>el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones <br/>parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella <br/>podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus <br/>numerosos embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo había <br/>llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea <br/>empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los <br/>lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los <br/>cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba <br/>acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía <br/>que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su <br/>malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a <br/>los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil, <br/>desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la <br/>misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese <br/>aspecto era muy precisa. Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera <br/>hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano <br/>con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los <br/>pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar <br/>aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas <br/>que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante <br/>imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna. La <br/>temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el <br/>incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la <br/>ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el <br/>corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los <br/>días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de <br/>domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de <br/>sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad <br/>perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al <br/>de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera, <br/>porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al <br/>verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el <br/>cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la <br/>tierra desde los tiempos del pecado original,, como dijo la comadrona santiguándose. <br/>Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la<br/><br/><br/>Page No 8<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 8  <br/><br/>virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al <br/>sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y <br/>de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos. <br/>Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la <br/>voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del <br/>crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por <br/>el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido <br/>granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves <br/>reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter <br/>silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una <br/>cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en <br/>un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la <br/>joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo <br/>cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos. Rosa inclinó la cabeza <br/>y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil. <br/>Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo <br/>ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad <br/>y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para <br/>bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes <br/>y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las <br/>leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban <br/>Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque <br/>dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del <br/>Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos <br/>copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa <br/>correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del <br/>oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas, <br/>pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un <br/>maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar p ara <br/>llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo, <br/>como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por <br/>casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y <br/>tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las <br/>novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas <br/>de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de <br/>tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea <br/>tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las <br/>piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de <br/>peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios, <br/>escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en <br/>la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo. <br/>Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su <br/>labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante <br/>los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija <br/>se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos <br/>oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa <br/>inquietud. Ella prefería no atormentar a su hija con exigencias terrenales, pues <br/>presentía que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo <br/>en el tráfico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos dé bordar y <br/>no objetaba aquel zoológico de pesadilla.<br/><br/><br/>Page No 9<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 9  <br/><br/>Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas. <br/>Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje <br/>demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se <br/>soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le <br/>acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas <br/>sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran <br/>las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar <br/>medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para <br/>hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la <br/>moda. Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba <br/>en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un <br/>silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos <br/>momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija <br/>Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el <br/>cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se <br/>atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo. <br/>Sus últimas frases todavía vibraban entre las columnas. <br/>Y en ese momento, como recordara años más tarde Nívea, en medio de la ansiedad <br/>y el silencio, se escuchó con toda nitidez la voz de su pequeña Clara. <br/>-¡Pst! ¡Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos chingamos <br/>todos... <br/>El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios, <br/>quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los <br/>que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en <br/>reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a <br/>agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa <br/>colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a <br/>Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros <br/>hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el <br/>sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el <br/>umbral escucharon su terrible voz de arcángel ofendido. <br/>-¡Endemoniada! ¡Soberbia endemoniada! <br/>Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la <br/>gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a <br/>menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a <br/>anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron <br/>ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la <br/>soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la <br/>maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían <br/>puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con <br/>influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera <br/>lo era de Luis o la belleza de Rosa. Los poderes mentales de Clara no molestaban a <br/>nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de <br/>poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la <br/>comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en <br/>estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se <br/>desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de <br/>energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y <br/>con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera <br/>la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se<br/><br/><br/>Page No 10<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 10  <br/><br/>habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca <br/>detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los <br/>extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo <br/>sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor. <br/>Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy <br/>conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla <br/>y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis <br/>años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y <br/>desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna <br/>izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una gran plataforma que él mismo se <br/>fabricaba. En esa ocasión Nívea se inquietó, pero la Nana le devolvió la tranquilidad <br/>diciendo que hay muchos niños que vuelan como las moscas, que adivinan los sueños <br/>y hablan con las ánimas, pero a todos se les pasa cuando pierden la inocencia. <br/>-Ninguno llega a grande en ese estado -explicó-. Espere que a la niña le venga la <br/>demostración y va a ver que se le quita la maña de andar moviendo los muebles y <br/>anunciando desgracias. <br/>Clara era la preferida de la Nana. La había ayudado a nacer y ella era la única que <br/>comprendía realmente la naturaleza estrafalaria de la niña. Cuando Clara salió del <br/>vientre de su madre, la Nana la acunó, la lavó y desde ese instante amó <br/>desesperadamente a esa criatura frágil, con los pulmones llenos de flema, siempre al <br/>borde de perder el aliento y ponerse morada, que había tenido que revivir muchas <br/>veces con el calor de sus grandes pechos cuando le faltaba el aire, pues ella sabía que <br/>ése era el único remedio para el asma, mucho más efectivo que los jarabes <br/>aguardentosos del doctor Cuevas. <br/>Ese Jueves Santo, Severo se paseaba por la sala preocupado por el escándalo que <br/>su hija había desatado en la misa. Argumentaba que sólo un fanático como el padre <br/>Restrepo podía creer en endemoniados en pleno siglo veinte, el siglo de las luces, de la <br/>ciencia y la técnica, en el cual el demonio había quedado definitivamente <br/>desprestigiado. Nívea lo interrumpió para decir que no era ése el punto. Lo grave era <br/>que si las proezas de su hija trascendían las paredes de la casa y el cura empezaba a <br/>indagar, todo el mundo iba a enterarse. <br/>-Va a empezar a llegar la gente para mirarla como si fuera un fenómeno -dijo Nívea. <br/>-Y el Partido Liberal se irá al carajo -agregó Severo, que veía el daño que podía <br/>hacer a su carrera política tener una hechizada en la familia. <br/>En eso estaban cuando llegó la Nana arrastrando sus alpargatas, con su frufrú de <br/>enaguas almidonadas, a anunciar que en el patio había unos hombres descargando a <br/>un muerto. Así era. Entraron en un carro con cuatro caballos, ocupando todo el primer <br/>patio, aplastando las camelias y ensuciando con bosta el reluciente empedrado, en un <br/>torbellino de polvo, un piafar de caballos y un maldecir de hombres supersticiosos que <br/>hacían gestos contra el mal de ojo. Traían el cadáver del tío Marcos con todo su <br/>equipaje. Dirigía aquel tumulto un hombrecillo melifluo, vestido de negro, con levita y <br/>un sombrero demasiado grande, que inició un discurso solemne para explicar las <br/>circunstancias del caso, pero fue brutalmente interrumpido por Nívea, que se lanzó <br/>sobre el polvoriento ataúd que contenía los restos de su hermano más querido. Nívea <br/>gritaba que abrieran la tapa, para verlo con sus propios ojos. Ya le había tocado <br/>enterrarlo en una ocasión anterior, y, por lo mismo, le cabía la duda de que tampoco <br/>esa vez fuera definitiva su muerte. Sus gritos atrajeron a la multitud de sirvientes de la <br/>casa y a todos los hijos, que acudieron corriendo al oír el nombre de su tío resonando <br/>con lamentos de duelo.<br/><br/><br/>Page No 11<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 11  <br/><br/>Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien. <br/>Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba <br/>consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en <br/>una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de <br/>un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la <br/>Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles <br/>pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido <br/>por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de <br/>filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía <br/>imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio. <br/>En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios <br/>meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta <br/>en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles, <br/>animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente <br/>andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que <br/>habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba <br/>implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran <br/>los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos <br/>incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a <br/>perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía <br/>experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y <br/>arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo. <br/>Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores, <br/>ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a <br/>un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una <br/>hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un <br/>taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque <br/>Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba <br/>perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío <br/>Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a <br/>quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de <br/>señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los <br/>apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de <br/>ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió <br/>a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso, <br/>alegrar al público con su música de manivela. La máquina no era más que un cajón <br/>roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa <br/>chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una <br/>marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro, <br/>que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía <br/>a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una <br/>caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules eran <br/>tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además <br/>de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y <br/>polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes <br/>afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado <br/>recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más <br/>convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía <br/>permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó <br/>debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento <br/>en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida<br/><br/><br/>Page No 12<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 12  <br/><br/>hasta que el loro comenzó a llamarla por su nombre de pila y entonces se asomó a la <br/>ventana. Su reacción no fue la que esperaba su enamorado. Sus amigas se encargaron <br/>de repartir la noticia por todos los salones de la ciudad y, al día siguiente, la gente <br/>empezó a pasear por las calles céntricas en la esperanza de ver con sus propios ojos al <br/>cuñado de Severo del Valle tocando el organillo y vendiendo pelotitas de aserrín con un <br/>loro apolillado, simplemente por el placer de comprobar que también en las mejores <br/>familias había buenas razones p ara avergonzarse. Ante el bochorno fam iliar, Marcos <br/>tuvo que desistir del organillo y elegir métodos menos conspicuos p ara atraer a la <br/>prima Antonieta, pero no renunció a asediarla. De todos modos, al final no tuvo éxito, <br/>porque la joven se casó de la noche a la mañana con un diplomático veinte años <br/>mayor, que se la llevó a vivir a un país tropical cuyo nombre nadie pudo recordar, pero <br/>que sugería negritud, bananas y palmeras, donde ella consiguió sobreponerse al <br/>recuerdo de aquel pretendiente que arruinó sus diecisiete años con su marcha militar y <br/>su vals. Marcos se hundió en la depresión durante dos o tres días, al cabo de los cuales <br/>anunció que jamás se casaría y que se iba a dar la vuelta al mundo. Vendió el organillo <br/>a un ciego y dejó el loro como herencia a Clara, pero la Nana lo envenenó <br/>secretamente con una sobredosis de aceite de hígado de bacalao, porque no podía <br/>soportar su mirada lujuriosa, sus pulgas y sus gritos destemplados ofreciendo papelitos <br/>para la suerte, pelotas de aserrín y polvos para la impotencia. <br/>Ése fue el viaje más largo de Marcos. Regresó con un cargamento de enormes cajas <br/>que se almacenaron en el último patio, entre el gallinero y la bodega de la leña, hasta <br/>que terminó el invierno. Al despuntar la primavera, las hizo trasladar al Parque de los <br/>Desfiles, un descampado enorme donde se juntaba el pueblo a ver marchar a los <br/>militares durante las Fiestas Patrias, con el paso de ganso que habían copiado de los <br/>prusianos. Al abrir las cajas, se vio que contenían piezas sueltas de madera, metal y <br/>tela pintada. Marcos pasó dos semanas armando las partes de acuerdo a las <br/>instrucciones de un manual en inglés, que descifró con su invencible imaginación y un <br/>pequeño diccionario. Cuando el trabajo estuvo listo, resultó ser un pájaro de <br/>dimensiones prehistóricas, con un rostro de águila furiosa pintado en su parte <br/>delantera, alas movibles y una hélice en el lomo. Causó conmoción. Las familias de la <br/>oligarquía olvidaron el organillo y Marcos se convirtió en la novedad de la temporada. <br/>La gente hacía paseos los domingos para ir a ver al pájaro y los vendedores de <br/>chucherías y fotógrafos ambulantes hicieron su agosto. Sin embargo, al poco tiempo <br/>comenzó a agotarse el interés del público. Entonces Marcos anunció que apenas se <br/>despejara el tiempo pensaba elevarse en el pájaro y cruzar la cord illera. La noticia se <br/>regó en pocas horas y se convirtió en el acontecimiento más comentado del año. La <br/>máquina yacía con la panza asentada en tierra firme, pesada y torpe, con más aspecto <br/>de pato herido, que de uno de esos modernos aeroplanos que empezaban a fabricarse <br/>en Norteamérica. Nada en su apariencia permitía suponer que podría moverse y mucho <br/>menos encumbrarse y atravesar las montañas nevadas. Los periodistas y curiosos <br/>acudieron en tropel. Marcos sonreía inmutable ante la avalancha de preguntas y <br/>posaba para los fotógrafos sin ofrecer ninguna explicación técnica o científica respecto <br/>a la forma en que pensaba realizar su empresa. Hubo gente que viajó de provincia <br/>para ver el espectáculo. Cuarenta años después, su sobrino nieto Nicolás, a quien <br/>Marcos no llegó a conocer, desenterró la iniciativa de volar que siempre estuvo <br/>presente en los hombres de su estirpe. Nicolás tuvo la idea de hacerlo con fines <br/>comerciales, en una salchicha gigantesca rellena con aire caliente, que llevaría impreso <br/>un aviso publicitario de bebidas gaseosas. Pero, en los tiempos en que Marcos anunció <br/>su viaje en aeroplano, nadie creía que ese invento pudiera servir para algo útil. Él lo <br/>hacía por espíritu aventurero. El día señalado para el vuelo amaneció nublado, pero <br/>había tanta expectación, que Marcos no quiso aplazar la fecha. Se presentó<br/><br/><br/>Page No 13<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 13  <br/><br/>puntualmente en el sitio y no dio ni una mirada al cielo que se cubría de grises <br/>nubarrones. La muchedumbre atónita, llenó todas las calles adyacentes, se encaramó <br/>en los techos y los balcones de las casas próximas y se apretujó en el parque. Ninguna <br/>concentración política pudo reunir a tanta gente hasta medio siglo después, cuando el <br/>primer candidato marxista aspiraba, por medios totalmente democráticos, a ocupar el <br/>sillón de los Presidentes. Clara recordaría toda su vida ese día de fiesta. La gente se <br/>vistió de primavera, adelantándose un poco a la inauguración oficial de la temporada, <br/>los hombres con trajes de lino blanco y las damas con los sombreros de pajilla italiana <br/>que hicieron furor ese año. Desfilaron grupos de escolares con sus maestros, llevando <br/>flores para el héroe. Marcos recibía las flores y bromeaba diciendo que esperaran que <br/>se estrellara para llevarle flores al entierro. El obispo en persona, sin que nadie se lo <br/>pidiera, apareció con dos turiferarios a bendecir el pájaro y el orfeón de la gendarmería <br/>tocó música alegre y sin pretensiones, para el gusto popular. La policía, a caballo y con <br/>lanzas, tuvo dificultad en mantener a la multitud alejada del centro del parque, donde <br/>estaba Marcos, vestido con una braga de mecánico, con grandes anteojos de <br/>automovilista y su cucalón de explorador. Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un <br/>catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado <br/>basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos australes de los <br/>incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y <br/>hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su <br/>motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de <br/>aplausos, silbatos, pañuelos, banderas, redobles musicales del orfeón y aspersiones de <br/>agua bendita. En tierra quedó el comentario de la marav illada concurrencia y de los <br/>hombres más instruidos, que intentaron dar una explicación razonable al milagro. Clara <br/>siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible. Creyó <br/>divisarlo diez minutos más tarde, pero sólo era un gorrión pasajero. Después de tres <br/>días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país, se desvaneció y <br/>nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las <br/>alturas. <br/>A la semana sin tener noticias del tío volador, se supuso que había subido hasta <br/>perderse en el espacio sideral y los más ignorantes especularon con la idea de que <br/>llegaría a la luna. Severo determinó, con una mezcla de tristeza y de alivio, que su <br/>cuñado se había caído con su máquina en algún resquicio de la cordillera, donde nunca <br/>sería encontrado. Nívea lloró desconsoladamente y prendió unas velas a san Antonio, <br/>patrono de las cosas perdidas. Severo se opuso a la idea de mandar a decir algunas <br/>misas, porque no creía en ese recurso para ganar el cielo y mucho menos para volver <br/>a la tierra, y sostenía que las misas y las mandas, así como las indulgencias y el tráfico <br/>de estampitas y escapularios, eran un negocio deshonesto. En vista de eso, Nívea y la <br/>Nana pusieron a todos los niños a rezar a escondidas el rosario durante nueve días. <br/>Mientras tanto, grupos de exploradores y andinistas voluntarios lo buscaron <br/>incansablemente por picos y quebradas de la cordillera, recorriendo uno por uno todos <br/>los vericuetos accesibles, hasta que por último regresaron triunfantes y entregaron a la <br/>familia los restos mortales en un negro y modesto féretro sellado. Ente rraron al <br/>intrépido viajero en un funeral grandioso. Su muerte lo convirtió en un héroe y su <br/>nombre estuvo varios días en los titulares de todos los periódicos. La misma <br/>muchedumbre que se juntó para despedirlo el día que se elevó en el pájaro, desfiló <br/>frente a su ataúd. Toda la familia lo lloró como se merecía, menos Cl ara, que siguió <br/>escrutando el cielo con paciencia de astrónomo. Una semana después del sepelio, <br/>apareció en el umbral de la puerta de la casa de Nívea y Severo del Valle, el propio tío <br/>Marcos, de cuerpo presente, con una alegre sonrisa entre sus bigotes de pirata. <br/>Gracias a los rosarios clandestinos de las mujeres y los niños, como él mismo lo<br/><br/><br/>Page No 14<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 14  <br/><br/>admitió, estaba vivo y en posesión de todas sus facultades, incluso la del buen humor. <br/>A pesar del noble origen de sus mapas aéreos, el vuelo había sido un fracaso, perdió el <br/>aeroplano y tuvo que regresar a pie, pero no traía ningún hueso roto y mantenía <br/>intacto su espíritu aventurero. Esto consolidó para siempre la devoción de la fam ilia <br/>por san Antonio y no sirvió de escarmiento a las generaciones futuras que también <br/>intentaron volar con diferentes medios. Legalmente, sin embargo, Marcos era un <br/>cadáver. Severo del Valle tuvo que poner todo su conocimiento de las leyes al servicio <br/>de devolver la vida y la condición de ciudadano a su cuñado. Al abrir el ataúd, delante <br/>de las autoridades correspondientes, se vio que habían enterrado una bolsa de arena. <br/>Este hecho manchó el prestigio, hasta entonces impoluto, de los exploradores y los <br/>andinistas voluntarios: desde ese día fueron considerados poco menos que <br/>malhechores. <br/>La heroica resurrección de Marcos acabó por hacer olvidar a todo el mundo el asunto <br/>del organillo. Volvieron a invitarlo a todos los salones de la ciudad y, al menos por un <br/>tiempo, su nombre se reivindicó. Marcos vivió en la casa de su hermana por unos <br/>meses. Una noche se fue sin despedirse de nadie, dejando sus baúles, sus libros, sus <br/>armas, sus botas y todos sus bártulos. Severo, y hasta la misma Nívea, respiraron <br/>aliviados. Su última visita había durado demasiado. Pero Clara se sintió tan afectada, <br/>que pasó una semana caminando sonámbula y chupándose el dedo. La niña, que <br/>entonces tenía siete años, había aprendido a leer los libros de cuentos de su tío y <br/>estaba más cerca de él que ningún otro miembro de la familia, debido a sus <br/>habilidades adivinatorias. Marcos sostenía que la rara virtud de su sobrina podía ser <br/>una fuente de ingresos y una buena oportunidad para desarrollar su propia <br/>clarividencia. Tenía la teoría de que esta condición estaba presente en todos los seres <br/>humanos, especialmente en los de su familia, y que si no funcionaba con eficiencia era <br/>sólo por falta de entrenamiento. Compró en el Mercado Persa una bola de vidrio que, <br/>según él, tenía propiedades mágicas y venía de Oriente, pero más tarde se supo que <br/>era sólo un flotador de bote pesquero, la puso sobre un paño de terciopelo negro y <br/>anunció que podía ver la suerte, curar el mal de ojo, leer el pasado y mejorar la <br/>calidad de los sueños, todo por cinco centavos. Sus primeros clientes fueron las <br/>sirvientas del vecindario. Una de ellas había sido acusada de ladrona, porque su <br/>patrona había extraviado una sortija. La bola de vidrio indicó el lugar donde se <br/>encontraba la joya: había rodado debajo de un ropero. Al día siguiente había una cola <br/>en la puerta de la casa. Llegaron los cocheros, los comerciantes, los repartidores de <br/>leche y agua y más tarde aparecieron discretamente algunos empleados municipales y <br/>señoras distinguidas, que se deslizaban discretamente a lo largo de las paredes, <br/>procurando no ser reconocidas. La clientela era recibida por la Nana, que los ordenaba <br/>en la antesala y cobraba los honorarios. Este trabajo la mantenía ocupada casi todo el <br/>día y llegó a absorberla tanto, que descuidó sus labores en la cocina y la familia <br/>empezó a quejarse de que lo único que había para la cena eran porotos añejos y dulce <br/>de membrillo. Marcos  arregló la cochera con unos cortinajes raídos que alguna vez <br/>pertenecieron al salón, pero que el abandono y la vejez habían convertido en <br/>polvorientas hilachas. Allí atendía al público con Clara. Los dos adivinos vestían túnicas <br/>«del color de los hombres de la luz», como llamaba Marcos al amarillo. La Nana tiñó <br/>las túnicas con polvos de azafrán, haciéndolas hervir en la olla destinada al manjar <br/>blanco. Marcos llevaba, además de la túnica, un turbante amarrado en la cabeza y un <br/>amuleto egipcio colgando al cuello. Se había dejado crecer la barba y el pelo y estaba <br/>más delgado que nunca. Marcos y Clara resultaban totalmente convincentes, sobre <br/>todo porque la niña no necesitaba mirar la bola de vidrio para adivinar lo que cada uno <br/>quería oír. Lo soplaba al oído al tío Marcos, quien transmitía el mensaje al cliente e <br/>improvisaba los consejos que le parecían atinados. Así se propagó su fama, porque los<br/><br/><br/>Page No 15<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 15  <br/><br/>que llegaban al consultorio alicaídos y tristes, salían llenos de esperanzas, los <br/>enamorados que no eran correspondidos obtenían orientación para cultivar el corazón <br/>indiferente y los pobres se llevaban infalibles martingalas para apostar en las carreras <br/>del canódromo. El negocio llegó a ser tan próspero, que la antesala estaba siempre <br/>atiborrada de gente y a la Nana empezaron a darle vahídos de tanto estar parada. En <br/>esa ocasión Severo no tuvo necesidad de intervenir para ponerle fin a la iniciativa <br/>empresarial de su cuñado, porque los dos adivinos, al darse cuenta de que sus aciertos <br/>podían modificar el destino de la clientela, que seguía al pie de la letra sus palabras, se <br/>atemorizaron y decidieron que ése era un oficio de tramposos. Abandonaron el oráculo <br/>de la cochera y se repartieron equitativamente las ganancias, aunque en realidad la <br/>única que estaba interesada en el aspecto material del negocio era la Nana. <br/>De todos los hermanos Del Valle, Clara era la que tenía más resistencia e interés <br/>para escuchar los cuentos de su tío. Podía repetir cada uno, sabía de memoria varias <br/>palabras en dialectos de indios extranjeros, conocía sus costumbres y podía describir la <br/>forma en que se atraviesan trozos de madera en los labios y en los lóbulos de las <br/>orejas, así como los ritos de iniciación y los nombres de las serpientes más venenosas <br/>y sus antídotos. Su tío era tan elocuente, que la niña podía sentir en su propia carne la <br/>quemante mordedura de las víboras, ver al reptil deslizarse sobre la alfombra entre las <br/>patas del arrimo de jacarandá y escuchar los gritos de las guacamayas entre las <br/>cortinas del salón. Se acordaba sin vacilaciones del recorrido de Lope de Aguirre en su <br/>búsqueda de El Dorado, de los nombres impronunciables de la flora y la fauna visitadas <br/>o inventadas por su tío maravilloso, sabía de los lamas que toman té salado con grasa <br/>de yac y podía describir con detalle a las opulentas nativas de la Polinesia, los <br/>arrozales de la China o las blancas planicies de los países del Norte, donde el hielo <br/>eterno mata a las bestias y a los hombres que se distraen, petrificándolos en pocos <br/>minutos. Marcos tenía varios diarios de viaje donde escribía sus recorridos y sus <br/>impresiones así como una colección de mapas y de libros de cuentos, de aventuras y <br/>hasta de hadas, que guardaba dentro de sus baúles en el cuarto de los cachivaches, al <br/>fondo del tercer patio de la casa. De allí salieron p ara poblar los sueños de sus <br/>descendientes hasta que fueron quemados por error medio siglo más tarde, en una <br/>pira infame. <br/>De su último viaje, Marcos regresó en un ataúd. Había muerto de una misteriosa <br/>peste africana que lo fue poniendo arrugado y amarillo como un pergamino. Al sentirse <br/>enfermo emprendió el viaje de vuelta con la esperanza de que los cuidados de su <br/>hermana y la sabiduría del doctor Cuevas le devolverían la salud y la juventud, pero no <br/>resistió los sesenta días de travesía en barco y a la altura de Guayaquil murió <br/>consumido por la fiebre y delirando sobre mujeres almizcladas y tesoros escondidos. El <br/>capitán del barco, un inglés de apellido Longfellow, estuvo a punto de lanzarlo al mar <br/>envuelto en una bandera, pero Marcos había hecho tantos amigos y enamorado a <br/>tantas mujeres a bordo del transatlántico, a pesar de su aspecto jibarizado y su delirio, <br/>que los pasajeros se lo impidieron y Longfellow tuvo que almacenarlo, junto a las <br/>verduras del cocinero chino, para preservarlo del calor y los mosquitos del trópico, <br/>hasta que el carpintero de a bordo le improvisó un cajón. En El Callao consiguieron un <br/>féretro apropiado y algunos días después el capitán, furioso por las molestias que ese <br/>pasajero le había causado a la Compañía de Navegación y a él personalmente, lo <br/>descargó sin miramientos en el muelle, extrañado de que nadie se presentara a <br/>reclamarlo ni a pagar los gastos extraordinarios. Más tarde se enteró de que el correo <br/>en esas latitudes no tenía la misma confiabilidad que en su lejana Inglaterra y que sus <br/>telegramas se volatilizaron por el camino. Afortunadamente para Longfellow, apareció <br/>un abogado de la aduana que conocía a la familia Del Valle y ofreció hacerse cargo del<br/><br/><br/>Page No 16<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 16  <br/><br/>asunto, metiendo a Marcos y su complejo equipaje en un coche de flete y llevándolo a <br/>la capital al único domicilio fijo que se le conocía: la casa de su hermana. <br/>Para Clara ése habría sido uno de los momentos más dolorosos de su vida, si  <br/>Barrabás  no hubiera llegado mezclado con los bártulos de su tío. Ignorando la <br/>perturbación que reinaba en el patio, su instinto la condujo directamente al rincón <br/>donde habían tirado la jaula. Adentro estaba  Barrabás. Era un montón de huesitos <br/>cubiertos con un pelaje de color indefinido, lleno de peladuras infectadas, un ojo <br/>cerrado y el otro supurando legañas, inmóvil como un cadáver en su propia porquería. <br/>A pesar de su apariencia, la niña no tuvo dificultad en identificarlo. <br/>-¡Un perrito! -chilló. <br/>Se hizo cargo del animal. Lo sacó de la jaula, lo acunó en su pecho y con cuidados <br/>de misionera consiguió darle agua en el hocico hinchado y reseco. Nadie se había <br/>preocupado de alimentarlo desde que el capitán Longfellow, quien como todos los <br/>ingleses trataba mucho mejor a los animales que a los humanos, lo depositó con el <br/>equipaje en el muelle. Mientras el perro estuvo a bordo junto a su amo moribundo, el <br/>capitán lo alimentó con su propia mano y lo paseó por la cubierta, prodigándole todas <br/>las atenciones que le escatimó a Marcos, pero una vez en tierra firme, fue tratado <br/>como parte del equipaje. Clara se convirtió en una madre para el animal, sin que nadie <br/>le disputara ese dudoso privilegio, y consiguió reanimarlo. Un par de días más tarde, <br/>una vez que se calmó la tempestad de la llegada del cadáver y del entierro del tío <br/>Marcos, Severo se fijó en el bicho peludo que su hija llevaba en los brazos. <br/>-¿Qué es eso? -preguntó. <br/>-Barrabás-dijo Clara. <br/>-Entrégueselo al jardinero, para que se deshaga de él. Puede contagiarnos alguna <br/>enfermedad -ordenó Severo. <br/>Pero Clara lo había adoptado. <br/>-Es mío, papá. Si me lo quita, le juro que dejo de respirar y me muero. <br/>Se quedó en la casa. Al poco tiempo corría por todas partes devorándose los flecos <br/>de las cortinas, las alfombras y las patas de los muebles. Se recuperó de su agonía con <br/>gran rapidez y empezó a crecer. Al bañarlo se supo que era negro, de cabeza <br/>cuadrada, patas muy largas y pelo corto. La Nana sugirió mocharle la cola, para que <br/>pareciera perro fino, pero Clara agarró un berrinche que degeneró en ataque de asma <br/>y nadie volvió a mencionar el asunto.  Barrabás se quedó con la cola entera y con el <br/>tiempo ésta llegó a tener el largo de un palo de golf, provista de movimientos <br/>incontrolables que barrían las porcelanas de las mesas y volcaban las lámparas. Era de <br/>raza desconocida. No tenía nada en común con los perros que vagabundeaban por la <br/>calle y mucho menos con las criaturas de pura raza que criaban algunas familias <br/>aristocráticas. El veterinario no supo decir cuál era su origen y Clara supuso que <br/>provenía de la China, porque gran parte del contenido del equipaje de su tío eran <br/>recuerdos de ese lejano país. Tenía una ilimitada capacidad de crecimiento. A los seis <br/>meses era del tamaño de una oveja y al año de las proporciones de un potrillo. La <br/>familia, desesperada, se preguntaba hasta dónde crecería y comenzaron a dudar de <br/>que fuera realmente un perro, especularon que podía tratarse de un animal exótico <br/>cazado por el tío explorador en alguna región remota del mundo y que tal vez en su <br/>estado primitivo era feroz. Nívea observaba sus pezuñas de cocodrilo y sus dientes <br/>afilados y su corazón de madre se estremecía pensando que la bestia podía arrancarle <br/>la cabeza a un adulto de un tarascón y con mayor razón a cualquiera de sus niños. <br/>Pero  Barrabás no daba muestras de ninguna ferocidad, por el contrario. Tenía los <br/>retozos de un gatito. Dormía abrazado a Clara, dentro de su cama, con la cabeza en el<br/><br/><br/>Page No 17<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 17  <br/><br/>almohadón de plumas y tapado hasta el cuello porque era friolento, pero después, <br/>cuando ya no cabía en la cama, se tendía en el suelo a su lado, con su hocico de <br/>caballo apoyado en la mano de la niña. Nunca se lo vio ladrar ni gruñir. Era negro y <br/>silencioso como una pantera, le gustaban el jamón y las frutas confitadas y cada vez <br/>que había visitas y olvidaban encerrarlo, entraba sigilosamente al comedor y daba una <br/>vuelta a la mesa retirando con delicadeza sus bocadillos preferidos de los platos sin <br/>que ninguno de los comensales se atreviera a impedírselo. A pesar de su <br/>mansedumbre de doncella,  Barrabás inspiraba terror. Los proveedores huían <br/>precipitadamente cuando se asomaba a la calle y en una oportunidad su presencia <br/>provocó pánico entre las mujeres que hacían fila frente al carretón que repartía la <br/>leche, espantando al percherón de tiro, que salió dispararlo en medio de un estropicio <br/>de cubos de leche desparramados en el empedrado.  Severo tuvo que pagar todos los <br/>destrozos y ordenó que el perro fuera amarrado en el patio, pero Clara tuvo otra de <br/>sus pataletas y la decisión fue aplazada por tiempo indefinido. La fantasía popular y la <br/>ignorancia respecto a su raza, atribuyeron a  Barrabás características mitológicas. <br/>Contaban que siguió creciendo y que si no hubiera puesto fin a su existencia la <br/>brutalidad de un carnicero, habría llegado a tener el tamaño de un camello. La gente lo <br/>creía una cruza de perro con yegua, suponían que podían aparecerle alas, cuernos y un <br/>aliento sulfuroso de dragón, como las bestias que bordaba Rosa en su interminable <br/>mantel. La Nana, harta de recoger porcelana rota y oír los chismes de que se convertía <br/>en lobo las noches de luna llena, usó con él el mismo sistema que con el loro, pero la <br/>sobredosis de aceite de hígado de bacalao no lo mató; sino que le provocó una <br/>cagantina de cuatro días que cubrió la casa de arriba abajo y que ella misma tuvo que <br/>limpiar. <br/>Eran tiempos difíciles. Yo tenía entonces alrededor de veinticinco años, pero me <br/>parecía que me quedaba poca vida por delante para labrarme un futuro y tener la <br/>posición que deseaba. Trabajaba como un animal y las pocas veces que me sentaba a <br/>descansar, obligado por el tedio de algún domingo, sentía que estaba perdiendo <br/>momentos preciosos y que cada minuto de ocio era un siglo más lejos de Rosa. Vivía <br/>en la mina, en una casucha de tablas con techo de zinc, que me fabriqué yo mismo con <br/>la ayuda de un par de peones. Era una sola pieza cuadrada donde acomodé mis <br/>pertenencias, con un ventanuco en cada pared, para que circulara el aire bochornoso <br/>del día, con postigos para cerrarlos en la noche, cuando corría el viento glacial. Todo <br/>mi mobiliario consistía en una silla, un catre de campaña, una mesa rústica, una <br/>máquina de escribir y una pesada caja fuerte que tuve que hacer llevar a lomo de mula <br/>a través del desierto, donde guardaba los jornales de los mineros, algunos documentos <br/>y una bolsita de lona donde brillaban los pequeños trozos de oro que representaban el <br/>fruto de tanto esfuerzo. No era cómoda, pero yo estaba acostumbrado a la <br/>incomodidad. Nunca me había bañado en agua caliente y los recuerdos que tenía de mi <br/>niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago. Allí comí, dormí y escribí <br/>durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos, <br/>una ruma de periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para <br/>aprender los rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba <br/>la correspondencia que mantenía con Rosa. Me había acostumbrado a escribirle a <br/>máquina, con una copia que guardaba para mí y que ordenaba por fechas junto a las <br/>pocas cartas que recibí de ella. Comía el mismo rancho que se cocinaba para los <br/>mineros y tenía prohibido que circulara licor en la mina. Tampoco lo tenía en mi casa, <br/>porque siempre he pensado que la soledad y el aburrimiento terminan por convertir al <br/>hombre en alcohólico. Tal vez el recuerdo de mi padre, con el cuello desabotonado, la <br/>corbata floja y manchada, los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano,<br/><br/><br/>Page No 18<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 18  <br/><br/>hicieron de mí un abstemio. No tengo buena cabeza para el trago, me emborracho con <br/>facilidad. Descubrí eso a los dieciséis años y  nunca lo he olvidado. Una vez me <br/>preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo <br/>sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy <br/>una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche, <br/>por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente. En <br/>aquella época todavía no había vivido con una mujer, así es que tampoco podía echar <br/>de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, nunca lo he sido, soy de naturaleza <br/>fiel, a pesar de que basta la sombra de un brazo, la curva de una cintura, el quiebre de <br/>una rodilla femenina, para que me vengan ideas a la cabeza aún hoy, cuando ya estoy <br/>tan viejo que al verme en el espejo no me reconozco. Parezco un árbol torcido. No <br/>estoy tratando de justificar mis pecados de juventud con el cuento de que no podía <br/>controlar el ímpetu de mis deseos, ni mucho menos. A esa edad yo estaba <br/>acostumbrado a la relación sin futuro con mujeres de vida ligera, puesto que no tenía <br/>posibilidad con otras. En mi generación hacíamos un distingo entre las mujeres <br/>decentes y las otras y también dividíamos a las decentes entre propias y ajenas. No <br/>había pensado en el amor antes de conocer a Rosa y el romanticismo me parecía <br/>peligroso e inútil y si alguna vez me gustó alguna jovencita, no me atreví a acercarme <br/>a ella por temor a ser rechazado y al ridículo. He sido muy orgulloso y por mi orgullo <br/>he sufrido más que otros. <br/>Ha pasado mucho más de medio siglo, pero aún tengo grabado en la memoria el <br/>momento preciso en que Rosa, la bella, entró en mi vida, como un ángel distraído que <br/>al pasar me robó el alma. Iba con la Nana y otra criatura, probablemente alguna <br/>hermana menor. Creo que llevaba un vestido color lila, pero no estoy seguro, porque <br/>no tengo ojo para la ropa de mujer y porque era tan hermosa, que aunque llevara una <br/>capa de armiño, no habría podido fijarme sino en su rostro.  Habitualmente no ando <br/>pendiente de las mujeres, pero habría tenido que ser tarado para no ver esa aparición <br/>que provocaba un tumulto a su paso y congestionaba el tráfico, con ese increíble pelo <br/>ver que le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte hada  y esa <br/>manera de moverse como si fuera volando. Pasó por delante de mí sin verme y <br/>penetró flotando a la confitería de la Plaza de Armas. Me quedé en la calle, <br/>estupefacto, mientras ella compraba caramelos de anís, eligiéndolos uno por uno, con <br/>su risa de cascabeles, echándose unos a la boca y dando otros a su hermana. No fui el <br/>único hipnotizado, en pocos minutos se formó un corrillo de hombres que atisbaban <br/>por la vitrina. Entonces reaccioné. No se me ocurrió que estaba muy lejos de ser el <br/>pretendiente ideal para aquella joven celestial, puesto que no tenía fortuna, distaba de <br/>ser buen mozo y tenía por delante un futuro incierto. ¡Y no la conocía! Pero estaba <br/>deslumbrado y decidí en ese mismo momento que era la única mujer digna de ser mi <br/>esposa y que si no podía tenerla, prefería el celibato. La seguí todo el camino de vuelta <br/>a su casa. Me subí en el mismo tranvía y me senté tras ella, sin poder quitar la vista de <br/>su nuca perfecta, su cuello redondo, sus hombros suaves acariciados por los rizos <br/>verdes que escapaban del peinado. No sentí el movimiento del tranvía, porque iba <br/>como en sueños. De pronto se deslizó por el pasillo, y al pasar por mi lado sus <br/>sorprendentes pupilas de oro se detuvieron un instante en las mías. Debí morir un <br/>poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. Cuando recuperé la compostura, tuve <br/>que saltar a la vereda, con riesgo de romperme algún hueso, y correr en dirección a la <br/>calle que ella había tomado. Adiviné donde vivía al divisar una mancha color lila que se <br/>esfumaba tras un portón. Desde ese día monté guardia frente a su casa, paseando la <br/>cuadra como perro huacho, espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación <br/>a las sirvientas, hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se <br/>compadeció de mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las<br/><br/><br/>Page No 19<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 19  <br/><br/>incontables cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón. También le <br/>enviaba acrósticos. No sé versificar, pero había un librero español que era un genio <br/>para la rima, donde mandaba a hacer poemas, canciones, cualquier cosa cuya materia <br/>prima fuera la tinta y el papel. Mi hermana Férula me ayudó a acercarme a la familia <br/>Del Valle, descubriendo remotos parentescos entre nuestros apellidos y buscando la <br/>oportunidad de saludarnos a la salida de misa. Así fue como pude visitar a Rosa. El día <br/>que entré a su casa y la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada para decirle. <br/>Me quedé mudo, con el sombrero en la mano y la boca abierta, hasta que sus padres, <br/>que conocían esos síntomas, me rescataron. No sé qué pudo ver Rosa en mí, ni por <br/>qué con el tiempo, me aceptó por esposo. Llegué a ser su novio oficial sin tener que <br/>realizar ninguna proeza sobrenatural, porque a pesar de su belleza inhumana y sus <br/>innumerables virtudes, Rosa no tenía pretendientes. Su madre me dio la explicación: <br/>dijo que ningún hombre se sentía lo bastante fuerte como para pasar la vida <br/>defendiendo a Rosa de las apetencias de los demás. Muchos la habían rondado, <br/>perdiendo la razón por ella, pero hasta que  yo aparecí en el horizonte, no se había <br/>decidido nadie. Su belleza atemorizaba, por eso la admiraban de lejos, pero no se <br/>acercaban. Yo trunca pensé en eso, en realidad. Mi problema era que no tenía ni un <br/>peso, pero me sentía capaz, por la fuerza del amor, de convertirme en un hombre rico. <br/>Miré a mi alrededor buscando un camino rápido, dentro de los límites de la honestidad <br/>en que me habían educado, y vi que para triunfar necesitaba tener padrinos, estudios <br/>especiales o un capital. No era suficiente tener un apellido respetable. Supongo que si <br/>hubiera tenido dinero para empezar, habría apostado al naipe o a los caballos, pero <br/>como no era el caso, tuve que pensar en trabajar en algo que, aunque fuera <br/>arriesgado, pudiera darme fortuna. Las minas de oro y de plata eran el sueño de los <br/>aventureros: podían hundirlos en la miseria, matarlos de tuberculosis o convertirlos en <br/>hombres poderosos. Era cuestión de suerte. Obtuve la concesión de una mina en el <br/>Norte con la ayuda del prestigio del apellido de mi madre, que sirvió para que el banco <br/>me diera una fianza. Me hice firme propósito de sacarle hasta el último gramo del <br/>precioso metal, aunque para ello tuviera que estrujar el cerro con mis propias manos y <br/>moler las rocas a patadas. Por Rosa estaba dispuesto a eso y mucho más. <br/>A fines del otoño, cuando la familia se había tranquilizado respecto a las intenciones <br/>del padre Restrepo, quien tuvo que apaciguar su vocación de inquisidor después que el <br/>obispo en persona le advirtió que dejara en paz a la pequeña Clara del Valle, y cuando <br/>todos se habían resignado a la idea de que el tío Marcos estaba realmente muerto, <br/>comenzaron a concretarse los planes políticos de Severo. Había trabajado durante <br/>años con ese fin. Fue un triunfo para él cuando lo invitaron a presentarse como <br/>candidato del Partido Liberal en las elecciones parlamentarias, en representación de <br/>una provincia del Sur donde nunca había estado y tampoco podía ubicar fácilmente en <br/>el mapa. El Partido estaba muy necesitado de gente y Severo muy ansioso de ocupar <br/>un escaño en el Congreso, de modo que no tuvieron dificultad en convencer a los <br/>humildes electores del Sur, que nombraran a Severo como su candidato. La invitación <br/>fue apoyada por un cerdo asado, rosado y monumental, que fue enviado por los <br/>electores a la casa de la familia Del Valle. Iba sobre una gran bandeja de madera, <br/>perfumado y brillante, con un perejil en el hocico y una zanahoria en el culo, <br/>reposando en un lecho de tomates. Tenía un costurón en la panza y adentro estaba <br/>relleno con perdices, que a su vez estaban rellenas con ciruelas. Llegó acompañado por <br/>una garrafa que contenía medio galón del mejor aguardiente del país. La idea de <br/>convertirse en diputado o, mejor aún, en senador, era un sueño largamente acariciado <br/>por Severo. Había ido llevando las cosas hasta esa meta con un minucioso trabajo de <br/>contactos, amistades, conciliábulos, apariciones públicas discretas pero eficaces, dinero<br/><br/><br/>Page No 20<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 20  <br/><br/>y favores que hacía a las personas adecuadas en el momento preciso. Aquella <br/>provincia sureña, aunque remota y desconocida, era lo que estaba esperando. <br/>Lo del cerdo fue un martes. El viernes, cuando ya del cerdo no quedaba más que los <br/>pellejos y los huesos que roía  Barrabás en el patio, Clara anunció que habría otro <br/>muerto en la casa. <br/>-Pero será un muerto por equivocación -dijo. <br/>El sábado pasó mala noche y despertó gritando. La Nana le dio una infusión de tilo y <br/>nadie le hizo caso, porque estaban ocupados con los preparativos del viaje del padre al <br/>Sur y porque la bella Rosa amaneció con fiebre. Nívea ordenó que dejaran a Rosa en <br/>cama y el doctor Cuevas dijo que no era nada grave, que le dieran una limonada tibia <br/>y bien azucarada, con un chorrillo de licor, para que sudara la calentura. Severo fue a <br/>ver a su hija y la encontró arrebolada y con los ojos br illantes, hundida en los encajes <br/>color mantequilla de sus sábanas. Le llevó de regalo un carnet de baile y autorizó a la <br/>Nana para abrir la garrafa de aguardiente y echarle a la limonada. Rosa se bebió la <br/>limonada, se arropó en su mantilla de lana y se durmió enseguida al lado de Clara, con <br/>quien compartía la habitación. <br/>En la mañana del domingo trágico, la Nana se levantó temprano, como siempre. <br/>Antes de ir a misa fue a la cocina a preparar el desayuno de la familia. La cocina a leña <br/>y carbón había quedado preparada desde el día anterior y ella encendió el fogón en el <br/>rescoldo de las brasas aún tibias. Mientras calentaba el agua y hervía la leche, fue <br/>acomodando los platos para llevarlos al comedor. Empezó a cocinar la avena, a colar el <br/>café, tostar el pan. Arregló dos bandejas, una para Nívea, que siempre tomaba su <br/>desayuno en la cama, y otra para Rosa, que por estar enferma tenía derecho a lo <br/>mismo. Cubrió la bandeja de Rosa con una servilleta de lino bordado por las monjas, <br/>para que no se enfriara el café y no le entraran moscas, y se asomó al patio para ver <br/>que Barrabás no estuviera cerca. Tenía el prurito de asaltarla cuando ella pasaba con <br/>el desayuno. Lo vio distraído jugando con una gallina y aprovechó p ara salir en su <br/>largo viaje por los patios y los corredores, desde la cocina, al fondo de la casa, hasta el <br/>cuarto de las niñas, al otro extremo. Frente a la puerta de Rosa vaciló, golpeada por la <br/>fuerza del presentimiento. Entró sin anunciarse a la habitación, como era su <br/>costumbre, y al punto notó que olía a rosas, a pesar de que no era la época de esas <br/>flores. Entonces la Nana supo que había ocurrido una desgracia irreparable. Depositó <br/>con cuidado la bandeja en la mesa de noche y caminó lentamente hasta la ventana. <br/>Abrió las pesadas cortinas y el pálido sol de la mañana entró en el cuarto. Se volvió <br/>acongojada y no le sorprendió ver sobre la cama a Rosa muerta, más bella que nunca, <br/>con el pelo definitivamente verde, la piel del tono del marfil nuevo y sus ojos amarillos <br/>como la miel, abiertos. A los pies de la cama estaba la pequeña Clara observando a su <br/>hermana. La Nana se arrod illó junto a la cama, tomó la mano a Rosa y comenzó a <br/>rezar. Siguió rezando hasta que se escuchó en toda la casa un terrible lamento de <br/>buque perdido. Fue la primera y última vez que Barrabás se hizo oír. Aulló a la muerta <br/>durante todo el día, hasta destrozarle los nervios a los habitantes de la casa y a los <br/>vecinos, que acudieron atraídos por ese gemido de naufragio. <br/>Al doctor Cuevas le bastó echar una mirada al cuerpo de Rosa para saber que la <br/>muerte se debió a algo mucho más grave que una fiebre de morondanga. Comenzó a <br/>husmear por todos lados, inspeccionó la cocina, pasó los dedos por las cacerolas, abrió <br/>los sacos de harina, las bolsas de azúcar, las cajas de frutas secas, revolvió todo y dejó <br/>a su paso un desparrame de huracán. Hurgó en los cajones de Rosa, interrogó a los <br/>sirvientes uno por uno, acosó a la Nana hasta que la puso fuera de sí y finalmente sus <br/>pesquisas lo condujeron a la garrafa de aguardiente que requisó sin miramientos. No le <br/>comunicó a nadie sus dudas, pero se llevó la botella a su laboratorio. Tres horas<br/><br/><br/>Page No 21<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 21  <br/><br/>después estaba de regreso con una expresión de horror que transformaba su <br/>rubicundo rostro de fauno en una máscara pálida que no le abandonó durante todo ese <br/>terrible asunto. Se dirigió a Severo, lo tomó de un brazo y lo llevó aparte. <br/>-En ese aguardiente había suficiente veneno como para reventar a un toro -le dijo a <br/>boca de jarro-. Pero para estar seguro de que eso fue lo que mató a la niña, tengo que <br/>hacer una autopsia. <br/>-¿Quiere decir que la va a abrir? -gimió Severo. <br/>-No completamente. La cabeza no se la voy a tocar, sólo el sistema digestivo <br/>-explicó el doctor Cuevas. <br/>Severo sufrió una fatiga. <br/>A esa hora Nívea estaba agotada de llorar, pero cuando se enteró de que pensaban <br/>llevarse a su hija a la morgue, recuperó de golpe la energía. Sólo se calmó con el <br/>juramento de que se llevarían a Rosa directamente de la casa al Cementerio Católico. <br/>Entonces aceptó tomarse el láudano que le dio el médico y se durmió durante veinte <br/>horas. <br/>Al anochecer, Severo dispuso los preparativos. Mandó a sus hijos a la cama y <br/>autorizó a los sirvientes para retirarse temprano. A Clara, que estaba demasiado <br/>impresionada por lo que había sucedido, le permitió pasar esa noche en el cuarto de <br/>otra hermana. Después que todas las luces se apagaron y la casa entró en reposo, <br/>llegó el ayudante del doctor Cuevas, un joven esmirriado y miope, que tartamudeaba <br/>al hablar. Ayudaron a Severo a transportar el cuerpo de Rosa a la cocina y lo colocaron <br/>con delicadeza sobre el mármol donde la Nana amasaba el pan y picaba las verduras. <br/>A pesar de la fortaleza de su carácter, Severo no pudo resistir el momento en que <br/>quitaron la camisa de dormir a su hija y apareció su esplendorosa desnudez de sirena. <br/>Salió trastabillando, borracho de dolor, y se desplomó en el salón llorando como una <br/>criatura. También el doctor Cuevas, que había visto nacer a Rosa y la conocía como la <br/>palma de su mano, tuvo un sobresalto al verla sin ropa. El joven ayudante, por su <br/>parte, comenzó a jadear de impresión y siguió jadeando en los años siguientes cada <br/>vez que recordaba la visión increíble de Rosa durmiendo desnuda sobre el mesón de la <br/>cocina, con su largo pelo cayendo como una cascada vegetal hasta el suelo. <br/>Mientras ellos trabajaban en su terrible oficio, la Nana, aburrida de llorar y rezar, y <br/>presintiendo que algo extraño estaba ocurriendo en sus territorios del tercer patio, se <br/>levantó, se arropó con un chal y salió a recorrer la casa. Vio luz en la cocina, pero la <br/>puerta y los postigos de las ventanas estaban cerrados. Siguió por los corredores <br/>silenciosos y helados, cruzando los tres cuerpos de la casa, hasta llegar al salón. Por la <br/>puerta entreabierta divisó a su patrón que se paseaba por la habitación con aire <br/>desolado. El fuego de la chimenea se había extinguido. La Nana entró. <br/>-¿Dónde está la niña Rosa? -preguntó. <br/>-El doctor Cuevas está con ella, Nana. Quédate aquí y tómate un trago conmigo <br/>-suplicó Severo. <br/>La Nana se quedó de pie, con los brazos cruzados sujetando el chal contra su pecho. <br/>Severo le señaló el sofá y ella se aproximó con timidez. Se sentó a su lado. Era la <br/>primera vez que estaba tan cerca del patrón desde que vivía en su casa. Severo sirvió <br/>una copa de jerez para cada uno y se bebió la suya de un trago. Hundió la cabeza <br/>entre sus dedos, mesándose los cabellos y mascullando entre dientes una <br/>incomprensible y triste letanía. La Nana, que estaba sentada rígidamente en la punta <br/>de la silla, se relajó al verlo llorar. Estiró su mano áspera y con un gesto automático le <br/>alisó el pelo con la misma caricia que durante veinte años había empleado para <br/>consolarle a los hijos.<br/><br/><br/>Page No 22<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 22  <br/><br/>El levantó la vista y observó el rostro sin edad, los pómulos indígenas, el moño <br/>negro, el amplio regazo donde había visto hipar y dormir a codos sus descendientes y <br/>sintió que esa mujer cálida y generosa como la tierra podía darle consuelo. Apoyó la <br/>frente en su falda, aspiró el suave olor de su delantal almidonado y rompió en sollozos <br/>como un niño, vertiendo todas las lágrimas que había aguantado en su vida de <br/>hombre. La Nana le rascó la espalda, le dio palmaditas de consuelo, le habló en la <br/>media lengua que empleaba para adormecer a los niños y le cantó en un susurro sus <br/>baladas campesinas, hasta que consiguió tranquilizarlo. Permanecieron sentados muy <br/>juntos, bebiendo jerez, llorando a intervalos y rememorando los tiempos dichosos en <br/>que Rosa corría por el jardín sorprendiendo a las mariposas con su belleza de fondo de <br/>mar. <br/>En la cocina, el doctor Cuevas y su ayudante prepararon sus siniestros utens ilios y <br/>sus frascos malolientes, se colocaron delantales de hule, se enrollaron las mangas y <br/>procedieron a hurgar en la intimidad de la bella Rosa, hasta comprobar, sin lugar a <br/>dudas, que la joven había ingerido una dosis superlativa de veneno para ratas. <br/>-Esto estaba destinado a Severo -concluyó el doctor lavándose las manos en el <br/>fregadero. <br/>El ayudante, demasiado emocionado por la hermosura de la muerta, no se resignaba <br/>a dejarla cosida como un saco y sugirió acomodarla un poco. Entonces se dieron <br/>ambos a la tarea de preservar el cuerpo con ungüentos y rellenarlo con emplastos de <br/>embalsamador. Trabajaron hasta las cuatro de la madrugada, hora en la que el doctor <br/>Cuevas se declaró vencido por el cansancio y la tristeza y salió. En la cocina quedó <br/>Rosa en manos del ayudante, que la lavó con una esponja, quitándole las manchas de <br/>sangre, le colocó su camisa bordada para tapar el costurón que tenía desde la <br/>garganta hasta el sexo y le acomodó el cabello. Después limpió los vestigios de su <br/>trabajo. <br/>El doctor Cuevas encontró en el salón a Severo acompañado por la Nana, ebrios de <br/>llanto y jerez. <br/>-Está lista-dijo-. Vamos a arreglarla un poco para que la vea su madre. <br/>Le explicó a Severo que sus sospechas eran fundadas y que en el estómago de su <br/>hija había encontrado la misma sustancia mortal que en el aguardiente regalado. <br/>Entonces Severo se acordó de la predicción de Clara y perdió el resto de compostura <br/>que le quedaba, incapaz de resignarse a la idea de que su hija había muerto en su <br/>lugar. Se desplomó gimiendo que él era el culpable, por ambicioso y fanfarrón, que <br/>nadie lo había mandado a meterse en política, que estaba mucho mejor cuando era un <br/>sencillo abogado y padre dé familia, que renunciaba en ese instante y para siempre a <br/>la maldita candidatura, al Partido Liberal, a sus pompas y sus obras, que esperaba que <br/>ninguno de sus descendientes volviera a mezclarse en política, que ése era un negocio <br/>de matarifes y bandidos, hasta que el doctor Cuevas se apiadó y terminó de <br/>emborracharlo. El jerez pudo más que la pena y la culpa. La Nana y el doctor se lo <br/>llevaron en vilo al dormitorio, lo desnudaron y lo metieron en su cama. Después fueron <br/>a la cocina, donde el ayudante estaba terminando de acomodar a Rosa. <br/>Nívea y Severo del Valle despertaron tarde en la mañana siguiente. Los parientes <br/>habían decorado la casa para los ritos de la muerte, las cortinas estaban cerradas y <br/>adornadas con crespones negros y a lo largo de las paredes se alineaban las coronas <br/>de flores y su aroma dulzón llenaba el aire. Habían hecho una capilla ardiente en el <br/>comedor. Sobre la gran mesa, cubierta con un paño negro de flecos dorados, estaba el <br/>blanco ataúd con remaches de plata de Rosa. Doce cirios amarillos en candelabros de <br/>bronce, iluminaban a la joven con un difuso resplandor. La habían vestido con su traje <br/>de novia y puesto la corona de azahares de cera que guardaba para el día de su boda.<br/><br/><br/>Page No 23<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 23  <br/><br/>A mediodía comenzó el desfile de familiares, amigos y conocidos a dar el pésame y <br/>acompañar a los Del Valle en su duelo. Se presentaron en la casa hasta sus más <br/>encarnizados enemigos políticos y a todos Severo del Valle los observó fijamente, <br/>procurando descubrir en cada par de ojos que veía, el secreto del asesino, pero en <br/>todos, incluso en el presidente del Partido Conservador, vio el mismo pesar y la misma <br/>inocencia. <br/>Durante el velorio, los caballeros circulaban por los salones y corredores de la casa, <br/>comentando en voz baja sus asuntos de negocios. Guardaban respetuoso silencio <br/>cuando se aproximaba alguien de la familia. En el momento de ent rar al comedor y <br/>acercarse al ataúd para dar una última mirada a Rosa, todos se estremecían, porque <br/>su belleza no había hecho más que aumentar en esas horas. Las señoras pasaban al <br/>salón, donde ordenaron las sillas de la casa formando un círculo. Allí había comodidad <br/>para llorar a gusto, desahogando con el buen pretexto de la muerte ajena, otras <br/>tristezas propias. El llanto era copioso, pero digno y callado. Algunas murmuraban <br/>oraciones en voz baja. Las empleadas de la casa circulaban por los salones y los <br/>corredores ofreciendo tazas de té, copas de coñac, pañuelos limpios para las mujeres, <br/>confites caseros y pequeñas compresas empapadas en amoníaco, para las señoras que <br/>sufrían mareos por el encierro, el olor de las velas y la pena. Todas las hermanas Del <br/>Valle, menos Clara, que era todavía muy joven, estaban vestidas de negro riguroso, <br/>sentadas alrededor de su madre como una ronda de cuervos. Nívea, que había llorado <br/>todas sus lágrimas, se mantenía rígida sobre su silla, sin un suspiro, sin una palabra y <br/>sin el alivio del amoníaco porque le daba alergia. Los visitantes que llegaban, pasaban <br/>a darle el pésame. Algunos la besaban en ambas mejillas, otros la abrazaban <br/>estrechamente por unos segundos, pero ella parecía no reconocer ni a los más íntimos. <br/>Había visto morir a otros hijos en la primera infancia o al nacer, pero ninguno le <br/>produjo la sensación de pérdida que tenía en ese momento. <br/>Cada hermano despidió a Rosa con un beso en su frente helada, menos Clara, que <br/>no quiso aproximarse al comedor. No insistieron, porque conocían su extrema <br/>sensibilidad y su tendencia a caminar sonámbula cuando se le alborotaba la <br/>imaginación. Se quedó en el jardín acurrucada al lado de  Barrabás, negándose a <br/>comer o a participar en el velorio. Sólo la Nana se fijó en ella y trató de consolarla, <br/>pero Clara la rechazó. <br/>A pesar de las precauciones que tomó Severo para acallar las murmuraciones, la <br/>muerte de Rosa fue un escándalo público. El doctor Cuevas ofreció, a quien quiso oírlo, <br/>la explicación perfectamente razonable de la muerte de la joven, debida, según él, a <br/>una neumonía fulminante. Pero se corrió la voz de que había sido envenenada por <br/>error, en vez de su padre. Los asesinatos políticos eran desconocidos en el país en <br/>esos tiempos y el veneno, en cualquier caso, era un recurso de mujerzuelas, algo <br/>desprestigiado y que no se usaba desde la época de la Colonia, porque incluso los <br/>crímenes pasionales se resolvían cara a cara. Se elevó un clamor de protesta por el <br/>atentado y antes que Severo pudiera evitarlo, salió la noticia publicada en un periódico <br/>de la oposición, acusando veladamente a la oligarquía y añadiendo que los <br/>conservadores eran capaces hasta de eso, porque no podían perdonar a Severo del <br/>Valle que, a pesar de su clase social, se pasara al bando liberal. La policía trató de <br/>seguir la pista a la garrafa de aguardiente, pero lo único que se aclaró fue que no tenía <br/>el mismo origen que el cerdo relleno con perdices y que los electores del Sur no tenían <br/>nada que ver en el asunto. La misteriosa garrafa  fue encontrada por casualidad en la <br/>puerta de servicio de la casa Del Valle el mismo día y a la misma hora de la llegada del <br/>cerdo asado. La cocinera supuso que era parte del mismo regalo. Ni el celo de la <br/>policía, ni las pesquisas que realizó Severo por su cuenta a través de un detective <br/>privado, pudieron descubrir a los asesinos y la sombra de esa venganza pendiente ha<br/><br/><br/>Page No 24<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 24  <br/><br/>quedado presente en las generaciones posteriores. Ése fue el primero de muchos actos <br/>de violencia que marcaron el destino de la familia. <br/>Me acuerdo perfectamente. Ése había sido un día muy feliz para mí, porque había <br/>aparecido una nueva veta, la gorda y marav illosa veta que había perseguido durante <br/>todo ese tiempo de sacrificio, de ausencia y de espera, y que podría representar la <br/>riqueza que yo deseaba. Estaba seguro que en seis meses tendría suficiente dinero <br/>para casarme y en un año podría empezar a considerarme un hombre rico. Tuve <br/>mucha suerte porque, en el negocio de las minas, eran más los que se arruinaban que <br/>los que triunfaban, como estaba diciendo, escribiendo, a Rosa esa tarde, tan eufórico, <br/>tan impaciente, que se me trababan los dedos en la vieja máquina y me salían las <br/>palabras pegadas. En eso estaba cuando oí los golpes en la puerta que me cortaron la <br/>inspiración para siempre. Era un arriero con un par de mu,as, que traía un telegrama <br/>del pueblo, enviado por mi hermana Férula, anunciándomela muerte de Rosa. <br/>Tuve que leer el trozo de papel tres veces hasta comprender la magnitud de mi <br/>desolación. La única idea que no se me había ocurrido era que Rosa fuese mortal. Sufrí <br/>mucho pensando que ella, aburrida de esperarme, decidiera casarse con otro, o que <br/>nunca aparecería el maldito filón que pusiera una fortuna en mis manos, o que se <br/>desmoronara la mina aplastándome como una cucaracha. Contemplé todas esas <br/>posibilidades y algunas más, pero nunca la muerte de Rosa, a pesar de mi proverbial <br/>pesimismo, que me hace siempre esperar lo peor. Sentí que sin Rosa la vida no tenía <br/>significado para mí. Me desinflé por dentro, como un globo pinchado, se me fue todo el <br/>entusiasmo. Me quedé sentado en la silla mirando el desierto por la ventana, quién <br/>sabe por cuánto rato, hasta que lentamente me volvió el alma al cuerpo. Mi primera <br/>reacción fue de ira. Arremetí a golpes contra los débiles tabiques de madera de la casa <br/>hasta que me sangraron, los nud illos, rompí en mil pedazos las cartas, los dibujos de <br/>Rosa y las copias de las cartas mías que había guardado, metí apresuradamente en <br/>mis maletas mi ropa, mis papeles y la bolsita de lona donde estaba el oro y luego fui a <br/>buscar al capataz para entregarle los jornales de los trabajadores y las llaves de la <br/>bodega. El arriero se ofreció para acompañarme hasta el tren. Tuvimos que viajar una <br/>buena parte de la noche a lomo de las bestias, con mantas de Castilla como único <br/>abrigo contra la camanchaca, avanzando con lentitud en aquellas interminables <br/>soledades donde sólo el instinto de mi guía garantizaba que llegaríamos a destino, <br/>porque no había ningún punto de referencia. La noche estaba clara y estrellada, sentía <br/>el frío traspasándome los huesos, agarrotándome las manos, metiéndoseme en el <br/>alma. Iba pensando en Rosa y deseando con una vehemencia irracional que no fuera <br/>verdad su muerte, pidiendo al cielo con desesperación que todo fuera un error o que, <br/>reanimada por la fuerza de mi amor, recuperara la vida y se levantara de su lecho de <br/>muerte, como Lázaro. Iba llorando por dentro, hundido en mi pena y en el hielo de la <br/>noche, escupiendo blasfemias contra la mula que andaba tan despacio, contra Férula, <br/>portadora de desgracias, contra Rosa por haberse muerto y contra Dios por haberlo <br/>permitido, hasta que empezó a aclarar el horizonte y vi desaparecer las estrellas y <br/>surgir los primeros colores del alba, tiñendo de rojo y naranja el paisaje del Norte y, <br/>con la luz, me volvió algo de cordura. Empecé a resignarme a mi desgracia y a pedir, <br/>no ya que resucitara, sino tan sólo que yo alcanzara a llegar a tiempo para verla antes <br/>que la enterraran. Apuramos el tranco y una hora más tarde el arriero se despidió de <br/>mí en la minúscula estación por donde pasaba el tren de trocha angosta que unía al <br/>mundo civilizado con ese desierto donde pasé dos años. <br/>Viajé más de treinta horas sin detenerme ni para comer, olvidado hasta de la sed, <br/>pero conseguí llegar a la casa de la familia Del Valle antes del funeral. Dicen que entré <br/>a la casa cubierto de polvo, sin sombrero, sucio y barbudo, sediento y furioso,<br/><br/><br/>Page No 25<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 25  <br/><br/>preguntando a gritos por mi novia. La pequeña Clara, que entonces era apenas una <br/>niña flaca y fea, me salió al encuentro cuando entré al patio, me tomó de la mano y <br/>me condujo en silencio al comedor. Allí estaba Rosa entre blancos pliegues de raso <br/>blanco en su blanco ataúd, que a los tres días de fallecida se conservaba intacta y era <br/>mil veces más bella de lo que yo recordaba, porque Rosa en la muerte se había <br/>transformado sutilmente en la sirena que siempre fue en secreto. <br/>-¡Maldita sea! ¡Se me fue de las manos! -dicen que dije, grité, cayendo de rodillas a <br/>su lado, escandalizando a los deudos, porque no podía nadie comprender mi <br/>frustración por haber pasado dos años rascando la tierra para hacerme rico, con el <br/>único propósito de llevar algún día a esa joven al altar y la muerte me la había birlado. <br/>Momentos después llegó la carroza, un coche enorme, negro y reluciente, tirado por <br/>seis corceles empenachados, como se usaba entonces, y conducida por dos cocheros <br/>de librea. Salió de la casa a media tarde, bajo una tenue llovizna, seguida por una <br/>procesión de coches que llevaban a los parientes, a los amigos y a las coronas de <br/>flores. Por costumbre, las mujeres y los niños no asistían a los entierros, ése era un <br/>oficio de hombres, pero Clara consiguió mezclarse a última hora con el cortejo, para <br/>acompañar a su hermana Rosa. Sentí su manita enguantada aferrada a la mía y <br/>durante todo el trayecto la tuve a mi lado, pequeña sombra silenciosa que removía una <br/>ternura desconocida en mi alma. En ese momento yo tampoco me di cuenta que Clara <br/>no había dicho ni una palabra en dos días y pasarían tres más antes de que la familia <br/>se alarmara por su silencio. <br/>Severo del Valle y sus hijos mayores llevaron en andas el ataúd blanco con <br/>remaches de plata de Rosa y ellos mismos lo colocaron en el nicho abierto del <br/>mausoleo. Iban de luto, silenciosos y sin lágrimas, como corresponde a las normas de <br/>tristeza en un país habituado a la dignidad del dolor. Después que se cerraron las rejas <br/>de la tumba y se retiraron los deudos, los amigos y los sepultureros, me quedé a llí, <br/>parado entre las flores que escaparon a las comilonas de  Barrabás y acompañaron a <br/>Rosa al cementerio. Debo de haber parecido un oscuro pájaro de invierno, con el <br/>faldón de la chaqueta bailando en la brisa, alto y flaco, como era yo entonces, antes <br/>que se cumpliera la maldición de Férula y empezara a achicarme. El cielo estaba gris y <br/>amenazaba lluvia, supongo que hacía frío, pero creo que no lo sentía, porque la rabia <br/>me estaba consumiendo. No podía despegar los ojos del pequeño rectángulo de <br/>mármol donde habían grabado el nombre de Rosa, la bella, y las fechas que limitaban <br/>su corto paso por este mundo, con altas letras góticas. Pensaba que había perdido dos <br/>años soñando con Rosa, trabajando para Rosa, escribiendo a Rosa, deseando a Rosa y <br/>que al final ni siquiera tendría el consuelo de ser enterrado a su lado. Medité en los <br/>años que me faltaban por vivir y llegué a la conclusión de que sin ella no valían la <br/>pena, porque nunca encontraría, en todo el universo, otra mujer con su pelo verde y <br/>su hermosura marina. Si me hubieran dicho que iba a vivir más de noventa años, me <br/>habría pegado un balazo. <br/>No oí los pasos del guardián del cementerio que se me acercó por detrás. Por eso <br/>me sorprendí cuando me tocó el hombro. <br/>-¿Cómo se atreve a tocarme? -rugí. <br/>Retrocedió asustado, pobre hombre. Algunas gotas de lluvia mojaron tristemente las <br/>flores de los muertos. <br/>-Disculpe, caballero, son las seis y tengo que cerrar -creo que me dijo. <br/>Trató de explicarme que el reglamento prohibía a las personas ajenas al personal <br/>permanecer en el recinto después de la puesta del sol, pero no lo dejé terminar, puse <br/>unos billetes en su mano y lo empujé p ara que se fuera y me dejara en paz. Lo vi<br/><br/><br/>Page No 26<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 26  <br/><br/>alejarse mirándome por encima del hombro. Debe de haber pensado que yo era un <br/>loco, uno de esos dementes necrofílicos que a veces rondan los cementerios. <br/>Fue una larga noche, tal vez la más larga de mi vida. La pasé sentado  junto a la <br/>tumba de Rosa, hablando con ella, acompañándola en la primera parte de su viaje al <br/>Más Allá, cuando es más difícil desprenderse de la tierra y se necesita el amor de los <br/>que quedan vivos, para irse al menos con el consuelo de haber sembrado algo en el <br/>corazón ajeno. Recordaba su rostro perfecto y maldecía mi suerte. Reproché a Rosa los <br/>años que pasé metido en un hoyo en la mina, soñando con ella. No le dije que no <br/>había visto más mujeres, en todo ese tiempo, que unas miserables prostitutas <br/>envejecidas y gastadas, que servían a todo el campamento con más buena voluntad <br/>que mérito. Pero sí le dije que había vivido entre hombres toscos y sin ley, comiendo <br/>garbanzos y bebiendo agua verde, lejos de la civilización, pensando en ella noche y <br/>día, llevando en el alma su imagen como un estandarte que me daba fuerzas para <br/>seguir picoteando la montaña, aunque se perdiera la veta, enfermo del estómago la <br/>mayor parte del año, helado de frío en las noches y alucinado por el calor del día, todo <br/>eso con el único fin de casarme con ella, pero va y se me muere a traición, antes que <br/>pudiera cumplir mis sueños, dejándome una incurable desolación. Le dije que se había <br/>burlado de mí, le saqué la cuenta de que nunca habíamos estado completamente <br/>solos, que la había podido besar una sola vez. Había tenido que tejer el amor con <br/>recuerdos y deseos apremiantes, pero imposibles de satisfacer, con cartas atrasadas y <br/>desteñidas que no podían reflejar la pasión de mis sentimientos ni el dolor de su <br/>ausencia, porque no tengo facilidad p ara el género epistolar y mucho menos para <br/>escribir sobre mis emociones. Le dije que esos años en la mina eran una irremediable <br/>pérdida, que si yo hubiera sabido que iba a durar tan poco en este mundo, habría <br/>robado el dinero necesario para casarme con ella y construir un palacio alhajado con <br/>tesoros del fondo del mar: corales, perlas, nácar, donde la habría mantenido <br/>secuestrada y donde sólo yo tuviera acceso. La habría amado ininterrumpidamente por <br/>un tiempo casi infinito, porque estaba seguro que si hubiera estado conmigo, no habría <br/>bebido el veneno destinado a su padre y habría durado mil años. Le hablé de las <br/>caricias que le tenía reservadas, los regalos con que iba a sorprenderla, la forma como <br/>la hubiera enamorado y hecho feliz. Le dije; en resumen, todas las locuras que nunca <br/>le hubiera dicho si pudiera oírme y que nunca he vuelto a decir a ninguna mujer. <br/>Esa noche creí que había perdido para siempre la capacidad de enamorarme, que <br/>nunca más podría reírme ni perseguir una ilusión. Pero nunca más es mucho tiempo. <br/>Así he podido comprobarlo en esta larga vida. <br/>Tuve la visión de la rabia creciendo dentro de mí como un tumor maligno, <br/>ensuciando las mejores horas de mi existencia, incapacitándome para la ternura o la <br/>clemencia. Pero, por encima de la confusión y la ira, el sentimiento más fuerte que <br/>recuerdo haber tenido esa noche, fue el deseo frustrado, porque jamás podría cumplir <br/>el anhelo de recorrer a Rosa con las manos, de penetrar sus secretos, de soltar el <br/>verde manantial de su cabello y hundirme en sus aguas más profundas. Evoqué con <br/>desesperación la última imagen que tenía de ella, recortada entre los pliegues de raso <br/>de su ataúd virginal, con sus azahares de novia coronando su cabeza y un rosario <br/>entre los dedos. No sabía que así mismo, con los azahares y el rosario, volvería a verla <br/>por un instante fugaz muchos años más tarde. <br/>Con las primeras luces del amanecer volvió el guardián. Debe haber sentido lástima <br/>por ese loco semicongelado, que había pasado la noche entre los lívidos fantasmas del <br/>cementerio. Me tendió su cantimplora. <br/>-Té caliente. Tome un poco, señor -me ofreció.<br/><br/><br/>Page No 27<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 27  <br/><br/>Pero lo rechacé con un manotazo y me alejé maldiciendo, a grandes zancadas <br/>rabiosas, entre las hileras de tumbas y cipreses. <br/>La noche que el doctor Cuevas y su ayudante destriparon el cadáver de Rosa en la <br/>cocina para encontrar la causa de su muerte, Clara estaba en su cama con los ojos <br/>abiertos, temblando en la oscuridad. Tenía la terrible duda de que su hermana había <br/>muerto porque ella lo había dicho. Creía que así como la fuerza de su mente podía <br/>mover el salero, igualmente podía ser la causa de las muertes, de los temblores de <br/>tierra y otras desgracias mayores. En vano le había explicado su madre que ella no <br/>podía provocar los acontecimientos, sólo verlos con alguna anticipación. Se sentía <br/>desolada y culpable y se le ocurrió que si pudiera estar con Rosa, se sentiría mejor. Se <br/>levantó descalza, en camisa, y se fue al dormitorio que había compartido con su <br/>hermana mayor, pero no la encontró en su cama, donde la había visto por última vez. <br/>Salió a buscarla por la casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Su madre dormía <br/>drogada por el doctor Cuevas y sus hermanos y los sirvientes se habían retirado <br/>temprano a sus habitaciones. Recorrió los salones, deslizándose pegada a los muros, <br/>asustada y helada. Los muebles pesados, las gruesas cortinas drapeadas, los cuadros <br/>de las paredes, el papel tapiz con sus flores pintadas sobre  tela oscura, las lámparas <br/>apagadas oscilando en los techos y las matas de helecho sobre sus columnas de loza, <br/>le parecieron amenazantes. Notó que en el salón brillaba algo de luz por una rendija <br/>debajo de la puerta y estuvo a punto de entrar, pero temió encontrar a su padre y que <br/>la mandara de regreso a la cama. Se dirigió entonces a la cocina, pensando que en el <br/>pecho de la Nana hallaría consuelo. Cruzó el patio principal, entre las camelias y los <br/>naranjos enanos, atravesó los salones del segundo cuerpo de la casa y los sombríos <br/>corredores abiertos donde las tenues luces de los faroles a gas quedaban encendidas <br/>toda la noche, para salir arrancando en los temblores y para espantar a los <br/>murciélagos y otros bichos nocturnos, y llegó al tercer patio, donde estaban las <br/>dependencias de servicio y las cocinas. Allí la casa perdía su señorial prestancia y <br/>empezaba el desorden de las perreras, los gallineros y los cuartos de los sirvientes. <br/>Más allá estaba la caballeriza, donde se guardaban los viejos caballos que Nívea <br/>todavía usaba, a pesar de que Severo del Valle había sido uno de los primeros en <br/>comprar un automóvil. La puerta y los postigos de la cocina y el repostero estaban <br/>cerrados. El instinto advirtió a Clara que algo anormal estaba ocurriendo adentro, trató <br/>de asomarse, pero su nariz no llegaba al alféizar de la ventana, tuvo que arrastrar un <br/>cajón y acercarlo al muro, se trepó y pudo mirar por un hueco entre el postigo de <br/>madera y el marco de la ventana que la humedad y el tiempo habían deformado. Y <br/>entonces vio el interior. <br/>El doctor Cuevas, ese hombronazo bonachón y dulce, de amplia barba y vientre <br/>opulento, que la ayudó a nacer y que la atendió en todas sus pequeñas enfermedades <br/>de la niñez y sus ataques de asma, se había transformado en un vampiro gordo y <br/>oscuro como los de las ilustraciones de los libros de su tío Marcos. Estaba inclinado <br/>sobre el mostrador donde la Nana preparaba la comida. A su lado había un joven <br/>desconocido, pálido como la luna, con la camisa manchada de sangre y los ojos <br/>perdidos de amor. Vio las piernas blanquísimas de su hermana y sus pies desnudos. <br/>Clara comenzó a temblar. En ese momento el doctor Cuevas se apartó y ella pudo ver <br/>el horrendo espectáculo de Rosa acostada sobre el mármol, abierta en canal por un <br/>tajo profundo, con los intestinos puestos a su lado, dentro de la fuente de la ensalada. <br/>Rosa tenía la cabeza torcida en dirección a la ventana donde ella estaba espiando, su <br/>larguísimo pelo verde colgaba como un helecho desde el mesón hasta las baldosas del <br/>suelo, manchadas de rojo. Tenía los ojos cerrados, pero la niña, por efecto de las <br/>sombras, la distancia o la imaginación, creyó ver una expresión suplicante y humillada.<br/><br/><br/>Page No 28<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 28  <br/><br/>Clara, inmóvil sobre el cajón, no pudo dejar de mirar hasta el final. Se quedó <br/>atisbando por la rendija mucho rato, helándose sin darse cuenta, hasta que los dos <br/>hombres terminaron de vaciar a Rosa, de inyectarle líquido por las venas y bañarla por <br/>dentro y por fuera con vinagre aromático y esencia de espliego. Se quedó hasta que la <br/>rellenaron con emplastos de embalsamador y la cosieron con una aguja curva de <br/>colchonero. Se quedó hasta que el doctor Cuevas se lavó en el fregadero y se enjugó <br/>las lágrimas, mientras el otro limpiaba la sangre y las vísceras. Se quedó hasta que el <br/>médico salió poniéndose su chaqueta negra con un gesto de mortal tristeza. Se quedó <br/>hasta que el joven desconocido besó a Rosa en los labios, en el cuello, en los senos, <br/>entre las piernas, la lavó con una esponja, le puso su camisa bordada y le acomodó el <br/>pelo, jadeando. Se quedó hasta que llegaron la Nana y el doctor Cuevas y hasta que la <br/>vistieron con su traje blanco y le pusieron la corona de azahares que tenía guardados <br/>en papel de seda para el día de su boda. Se quedó hasta que el ayudante la cargó en <br/>los brazos con la misma conmovedora ternura con que la hubiera levantado para <br/>cruzar por primera vez el umbral de su casa si hubiera sido su novia. Y no pudo <br/>moverse hasta que aparecieron las primeras luces. Entonces se deslizó hasta su cama, <br/>sintiendo por dentro todo el silencio del mundo. El silencio la ocupó enteramente y no <br/>volvió a hablar hasta nueve años después, cuando sacó la voz para anunciar que se iba <br/>a casar.<br/><br/><br/>Page No 29<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 29 <br/><br/>  <br/>Las Tres Marías  <br/>Capítulo II  <br/>  <br/>En el comedor de su casa, entre muebles anticuados y maltrechos que en un pasado <br/>lejano fueron buenas piezas victorianas, Esteban Trueba cenaba con su hermana <br/>Férula la misma sopa grasienta de todos los días y el mismo pescado desabrido de <br/>todos los viernes. Eran servidos por la empleada que los había atendido toda la vida, <br/>en la tradición de esclavos a sueldo de entonces. La vieja mujer iba y venía entre la <br/>cocina y el comedor, agachada y medio ciega, pero todavía enérgica, llevando y <br/>trayendo las fuentes con solemnidad. Doña Ester Trueba no acompañaba a sus hijos en <br/>la mesa. Pasaba las mañanas inmóvil en su silla mirando por la ventana el quehacer de <br/>la calle y viendo cómo el transcurso de los años iba deteriorando el barrio que en su <br/>juventud fue distinguido. Después del almuerzo la trasladaban a su cama, <br/>acomodándola para que pudiera estar medio sentada, única posición que le permitía la <br/>artritis, sin más compañía que las lecturas piadosas de sus libritos píos de vidas y <br/>milagros de los santos. Allí permanecía hasta el día siguiente, en que volvía a repetirse <br/>la misma rutina. Su única salida a la calle era para asistir a la misa del domingo en la <br/>iglesia de San Sebastián, a dos cuadras de la casa, donde la llevaban Férula y la <br/>empleada en su silla de ruedas. <br/>Esteban terminó de escarbar la carne blancuzca del pescado entre la maraña de <br/>espinas y dejó los cubiertos en el plato. Se sentaba rígidamente, igual como caminaba, <br/>muy erguido, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y un poco ladeada, <br/>mirando de reojo, con una mezcla de altanería, desconfianza y miopía. Ese gesto <br/>habría sido desagradable si sus ojos no hubieran sido sorprendentemente dulces y <br/>claros. Su postura, tan tiesa, era más propia de un hombre grueso y bajo que quisiera <br/>aparecer más alto, pero él medía un metro ochenta y era muy delgado. Todas las <br/>líneas de su cuerpo eran verticales y ascendentes, desde su afilada nariz aguileña y <br/>sus cejas en punta, hasta la alta frente coronada por una melena de león que peinaba <br/>hacia atrás. Era de huesos largos y manos de dedos espatulados. Caminaba a grandes <br/>trancos, se movía con energía y parecía muy fuerte, sin carecer, sin embargo, de <br/>cierta gracia en los gestos. Tenía un rostro muy armonioso, a pesar del gesto adusto y <br/>sombrío y su frecuente expresión de mal humor. Su rasgo predominante era el mal <br/>genio y la tendencia a ponerse violento y perder la cabeza, característica que tenía <br/>desde la niñez, cuando se tiraba al suelo, con la boca llena de espuma, sin poder <br/>respirar de rabia, pataleando como un endemoniado. Habla que zambu llirlo en agua <br/>helada para que recuperara el control. Más tarde aprendió a dominarse, pero le quedó <br/>a lo largo de la vida aquella ira siempre pronta, que requería muy poco estímulo para <br/>aflorar en ataques terribles. <br/>-No voy a volver a la mina -dijo. <br/>Era la primera frase que intercambiaba con su hermana en la mesa. Lo había <br/>decidido la noche anterior, al darse cuenta que no tenía sentido seguir haciendo vida <br/>de anacoreta en busca de una riqueza rápida. 'Iénía la concesión de la mina por dos <br/>años más, tiempo suficiente para explotar bien el marav illoso filón que había <br/>descubierto, pero pensaba que aunque el capataz le robara un poco, o no supiera <br/>trabajarla como lo haría él, no tenía ninguna razón para ir a enterrarse en el desierto.<br/><br/><br/>Page No 30<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 30  <br/><br/>No deseaba hacerse rico a costa de tantos sacrificios. Le quedaba la vida por delante <br/>para enriquecerse si podía, para aburrirse y esperar la muerte, sin Rosa. <br/>-En algo tendrás que trabajar, Esteban -replicó Férula-. Ya sabes que nosotras <br/>gastamos muy poco, casi nada, pero las medicinas de mamá son caras. <br/>Esteban miró a su hermana. Era todavía una bella mujer, de formas opulentas y <br/>rostro ovalado de madona romana, pero a través de su piel pálida con reflejos de <br/>durazno y sus ojos llenos de sombras, ya se adivinaba la fealdad de la resignación. <br/>Férula había aceptado el papel de enfermera de su madre. Dormía en la habitación <br/>contigua a la de doña Ester, dispuesta en todo momento a acudir corriendo a su lado a <br/>darle sus pócimas, ponerle la bacinilla, acomodarle las almohadas. Tenía un alma <br/>atormentada. Sentía gusto en la humillación y en las labores abyectas, creía que iba a <br/>obtener el cielo por el medio terrible de sufrir iniquidades, por eso se complacía <br/>limpiando las pústulas de las piernas enfermas de su madre, lavándola, hundiéndose <br/>en sus olores y en sus miserias, escrutando su orinal. Y tanto como se odiaba a sí <br/>misma por esos tortuosos e inconfesables placeres, odiaba a su madre por servirle de <br/>instrumento. La atendía sin quejarse, pero procuraba sutilmente hacerle pagar el <br/>precio de su invalidez. Sin decirlo abiertamente, estaba presente entre las dos el hecho <br/>de que la hija había sacrificado su vida por cuidar a la madre y se había quedado <br/>soltera por esa causa. Férula había rechazado a dos novios con el pretexto de la <br/>enfermedad de su madre. No hablaba de eso, pero todo el mundo lo sabía. Era de <br/>gestos bruscos y torpes, con el mismo mal carácter de su hermano, pero obligada por <br/>la vida, y por su condición de mujer, a dominarlo y a morder el freno. Parecía tan <br/>perfecta, que llegó a tener fama de santa. La citaban como ejemplo por la dedicación <br/>que le prodigaba a doña Ester y por la forma en que había criado a su único hermano <br/>cuando enfermó la madre y murió el padre dejándolos en la miseria. Férula había <br/>adorado a su hermano Esteban cuando era niño. Dormía con él, lo bañaba, lo llevaba <br/>de, paseo, trabajaba de sol a sol cosiendo ropa ajena para pagarle el colegio y había <br/>llorado de rabia y de impotencia el día que Esteban tuvo que entrar a trabajar en una <br/>notaría porque en su casa no alcanzaba lo que ella ganaba para comer. Lo había <br/>cuidado y servido como ahora lo hacía con la madre y también a él lo envolvió en la <br/>red invisible de la culpabilidad y de las deudas de gratitud impagas. El muchacho <br/>empezó a alejarse de ella apenas se puso pantalones largos. Esteban podía recordar el <br/>momento exacto en que se dio cuenta que su hermana era una sombra fatídica. Fue <br/>cuando ganó su primer sueldo. Decidió que se reservaría cincuenta centavos para <br/>cumplir un sueño que acariciaba desde la infancia: tomar un café vienés. Había visto, a <br/>través de las ventanas del Hotel Francés, a los mozos que pasaban con las bandejas <br/>suspendidas sobre sus cabezas, llevando unos tesoros: altas copas de cristal coronadas <br/>por torres de crema batida y decoradas con una hermosa guinda glaseada. El día de su <br/>primer sueldo pasó delante del establecimiento muchas veces antes de atreverse a <br/>entrar. Por último cruzó con timidez el umbral, con la boina en la mano, y avanzó hacia <br/>el lujoso comedor, entre las lámparas de lágrimas y muebles de estilo, con la <br/>sensación de que todo el mundo lo miraba, que mil ojos juzgaban su traje demasiado <br/>estrecho y sus zapatos viejos. Se sentó en la punta de la silla, las orejas calientes, y le <br/>hizo el pedido al mozo con un hilo de voz. Esperó con impaciencia, espiando por los <br/>espejos el ir y venir de la gente, saboreando de antemano aquel placer tantas veces <br/>imaginado. Y llegó su café vienés, mucho más impresionante de lo imaginado, <br/>soberbio, delicioso, acompañado por tres galletitas de miel. Lo contempló fascinado por <br/>un largo rato. Finalmente se atrevió a tomar la cucharilla de mango largo y con un <br/>suspiro de dicha, la hundió en la crema. Tenía la boca hecha agua. Estaba dispuesto a <br/>hacer durar ese instante lo más posible, estirarlo hasta el infinito. Comenzó a revolver <br/>viendo cómo se mezclaba el líquido oscuro del vaso con la  espuma de la crema.<br/><br/><br/>Page No 31<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 31  <br/><br/>Revolvió, revolvió, revolvió... Y, de pronto, la punta de la cucharilla golpeó el cristal, <br/>abriendo un orificio por donde saltó el café a presión. Le cayó en la ropa. Esteban, <br/>horrorizado, vio todo el contenido del vaso desparramarse sobre su único traje, ante la <br/>mirada divertida de los ocupantes de otras mesas. Se paró, pálido de frustración, y <br/>salió del Hotel Francés con cincuenta centavos menos, dejando a su paso un reguero <br/>de café vienés sobre las mullidas alfombras. Llegó a su casa chorreado, furioso, <br/>descompuesto. Cuando Férula se enteró de lo que había sucedido, comentó <br/>ácidamente: «eso te pasa por gastar el dinero de las medicinas de mamá en tus <br/>caprichos. Dios te castigó». En ese momento Esteban vio con claridad los mecanismos <br/>que usaba su hermana para dominarlo, la forma en que conseguía hacerlo sentirse <br/>culpable y comprendió que debía ponerse a salvo. En la medida en que él se fue <br/>alejando de su tutela, Férula le fue tomando antipatía. La libertad que él tenía, a ella le <br/>dolía como un reproche, como una injusticia. Cuando se enamoró de Rosa y lo vio <br/>desesperado, como un chiquillo, pidiéndole ayuda, necesitándola, persiguiéndola por la <br/>casa para suplicarle que se acercara a la fam ilia Del Valle, que habl ara a Rosa, que <br/>sobornara a la Nana, Férula volvió a sentirse importante para Esteban. Por un tiempo <br/>parecieron reconciliados. Pero aquel fugaz reencuentro no duró mucho y Férula no <br/>tardó en darse cuenta de que había sido utilizada. Se alegró cuando vio partir a su <br/>hermano a la mina. Desde que empezó a trabajar, a los quince años, Esteban mantuvo <br/>la casa y adquirió el compromiso de hacerlo siempre, pero para Férula eso no era <br/>suficiente. Le molestaba tener que quedarse encerrada entre esas paredes hediondas a <br/>vejez y a remedios, desvelada con los gemidos de la enferma, atenta al reloj para <br/>administrarle sus medicinas, aburrida, cansada, triste, mientras que su hermano <br/>ignoraba esas obligaciones. Él podría tener un destino luminoso, libre, lleno de éxitos. <br/>Podría casarse, tener hijos, conocer el amor. El día que puso el telegrama <br/>anunciándole la muerte de Rosa, experimentó un cosquilleo extraño, casi de alegría. <br/>-Tendrás que trabajar en algo -repitió Férula. <br/>-Nunca les faltará nada mientras yo viva -dijo él. <br/>-Es fácil decirlo -respondió Férula sacándose una espina de pescado entre los <br/>dientes. <br/>-Creo que me iré al campo, a Las Tres Marías. <br/>-Eso es una ruina, Esteban. Siempre te he dicho que es mejor vender esa tierra, <br/>pero tú eres testarudo como una mula. <br/>-Nunca hay que vender la tierra. Es lo único que queda cuando todo lo demás se <br/>acaba. <br/>-No estoy de acuerdo. La tierra es una idea romántica, lo que enriquece a los <br/>hombres es el buen ojo para los negocios -alegó Férula-. Pero tú siempre decías que <br/>algún día te ibas a ir a vivir al campo. <br/>Ahora ha llegado ese día. Odio esta ciudad. <br/>-¿Por qué no dices mejor que odias esta casa? <br/>-También -respondió él brutalmente. <br/>-Me habría gustado nacer hombre, para poder irme también -erijo ella llena de odio. <br/>-Y a mí no me habría gustado nacer mujer -dijo él. <br/>Terminaron de comer en silencio. <br/>Los hermanos estaban muy alejados y lo único que todavía los unía era la presencia <br/>de la madre y el recuerdo borroso del amor que se tuvieron en la niñez. Habían crecido <br/>en una casa arruinada, presenciando el deterioro moral y económico del padre y luego <br/>la lenta enfermedad de la madre. Doña Ester comenzó a padecer de artritis desde muy<br/><br/><br/>Page No 32<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 32  <br/><br/>joven, fue poniéndose rígida hasta llegar a moverse con gran dificultad, como <br/>amortajada en vida, y, por último, cuando ya no pudo doblar las rodillas, se instaló <br/>definitivamente en su silla de ruedas, en su viudez y en su desolación. Esteban <br/>recordaba su infancia y su juventud, sus trajes estrechos, el cordón de san Francisco <br/>que lo obligaban a usar en pago de quién sabe qué promesas de su madre o de su <br/>hermana, sus camisas remendadas con cuidado y su soledad. Férula, cinco años <br/>mayor, lavaba y almidonaba día por medio sus únicas dos camisas, para que estuviera <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/allende/c_49.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/allende/c_49.htm]]></link><description><![CDATA[siempre pulcro y bien presentado, y le recordaba que por el lado de la madre llevaba el <br/>apellido más noble y linajudo del Virreinato de Lima. Trueba no había sido más que un <br/>lamentable accidente en la vida de doña Ester, que estaba destinada a casarse con <br/>alguien de su clase, pero se había enamorado perdidamente de aquel tarambana, <br/>emigrante de primera generación, que en pocos años dilapidó su dote y después su <br/>herencia. Pero de nada servía a Esteban el pasado de sangre azul, si en su casa no <br/>había para pagar las cuentas del almacén y tenía que irse a pie al colegio, porque no <br/>tenía el centavo para el tranvía. Recordaba que lo mandaban a clase con el pecho y la <br/>espalda forrados en papel de periódicos, porque no tenía ropa interior de lana y su <br/>abrigo daba lástima, y que padecía imaginando que sus compañeros podían oír, como <br/>lo oía él, el crujido del papel al frotarse contra su piel. En invierno, la única fuente de <br/>calor era un brasero en la habitación de su madre, donde se reunían los tres para <br/>ahorrar las   velas y el carbón. Había sido una infancia de privaciones, de <br/>incomodidades, de asperezas, de interminables rosarios nocturnos, de miedos y de <br/>culpas. De todo eso no le había quedado más que la rabia y su desmesurado orgullo. <br/>Dos días después Esteban Trueba partió al campo. Férula lo acompañó a la estación. <br/>Al despedirse lo besó fríamente en la mejilla y esperó que subiera al tren, con sus dos <br/>maletas de cuero con cerraduras de bronce, las mismas que había comprado para irse <br/>a la mina y que debían durarle toda la vida, como le había prometido el vendedor. Le <br/>recomendó que se cuidara y tratara de visitarlas de vez en cuando, dijo que lo echaría <br/>de menos, pero ambos sabían que estaban destinados a no verse en muchos años y en <br/>el fondo sentían un cierto alivio. <br/>-¡Avísame si mamá empeora! -gritó Esteban por la ventanilla cuando el tren se puso <br/>en movimiento. <br/>-¡No te preocupes! -respondió Férula agitando su pañuelo desde el andén. <br/>Esteban Trueba se recostó en el respaldo tapizado en terciopelo rojo y agradeció la <br/>iniciativa de los ingleses de construir coches de primera clase, donde se podía viajar <br/>como un caballero, sin tener que soportar las gallinas, los canastos, los bultos de <br/>cartón amarrados con un cordel y los lloriqueos de los niños ajenos. Se felicitó por <br/>haberse decidido a gastar en un pasaje más costoso, por primera vez en su vida, y <br/>decidió que era en los detalles donde estaba la diferencia entre un caballero y un <br/>patán. Por eso, aunque estuviera en mala situación, de ese día en adelante iba a <br/>gastar en las pequeñas comodidades que lo hacían sentirse rico. <br/>-¡No pienso volver a ser pobre! -decidió, pensando en el filón de oro. <br/>Por la ventanilla del tren vio pasar el paisaje del valle central. Vastos campos <br/>tendidos al pie de la cordillera, fértiles campiñas de viñedos, de trigales, de alfalfa y de <br/>maravilla. Lo comparó con las yermas planicies del Norte, donde había pasado dos <br/>años metido en un hoyo, en medio de una naturaleza agreste y lunar cuya aterradora <br/>belleza no se cansaba de mirar, fascinado por los colores del desierto, por los azules, <br/>los morados, los amarillos, de los minerales a flor de tierra. <br/>-Me está cambiando la vida -murmuró. <br/>Cerró los ojos y se quedó dormido.<br/><br/><br/>Page No 33<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 33  <br/><br/>Bajó del tren en la estación San Lucas. Era un lugar miserable. A esa hora no se <br/>veía ni un alma en el andén de madera, con un techo arruinado por la intemperie y las <br/>hormigas. Desde allí se podía ver todo el valle a través de una bruma impalpable que <br/>se desprendía de la tierra mojada por la lluvia de la noche. Las montañas lejanas se <br/>perdían entre las nubes de un cielo encapotado y sólo la punta nevada del volcán se <br/>distinguía nítidamente, recortada contra el paisaje e iluminada por un tímido sol de <br/>invierno. Miró alrededor. En su infancia, en la única época feliz que podía recordar, <br/>antes que su padre terminara de arruinarse y se abandonara al licor y a su propia <br/>vergüenza, había cabalgado con él por esa región. Recordaba que en Las Tres Marías <br/>había jugado en los veranos, pero hacía tantos años de eso, que la memoria lo había <br/>casi borrado y no podía reconocer el lugar. Buscó con la vista el pueblo de San Lucas, <br/>pero sólo divisó un caserío lejano, desteñido en la humedad de la mañana. Recorrió la <br/>estación. Estaba cerrada con un candado la puerta de la única oficina. Había un aviso <br/>escrito con lápiz, pero estaba tan borroso que no pudo leerlo. Oyó que a sus espaldas <br/>el tren se ponía en marcha y comenzaba a alejarse dejando atrás una columna de <br/>humo blanco. Estaba solo en ese paraje silencioso. Tomó sus maletas y echó a andar <br/>por el barrizal y las piedras de un sendero que conducía al pueblo. Caminó más de diez <br/>minutos, agradecido de que no lloviera, porque a duras penas podía avanzar con sus <br/>pesadas maletas por ese camino y comprendió que la lluvia lo habría convertido en <br/>pocos segundos en un lodazal intransitable. Al acercarse al caserío vio humo en <br/>algunas chimeneas y suspiró aliviado, porque al comienzo tuvo la impresión de que era <br/>un villorrio abandonado, tal era su decrepitud y su soledad. <br/>Se detuvo a la entrada del pueblo, sin ver a nadie. En la única calle cercada de <br/>modestas casas de adobe, reinaba el silencio y tuvo la sensación de marchar en <br/>sueños. Se aproximó a la casa más cercana, que no tenía ninguna ventana y cuya <br/>puerta estaba abierta. Dejó sus maletas en la acera y entró llamando en alta voz. <br/>Adentro estaba oscuro, porque la luz sólo provenía de la puerta, de modo que necesitó <br/>algunos segundos para acomodar la vista y acostumbrarse a la penumbra. Entonces <br/>divisó a dos niños jugando en el suelo de tierra apisonada, que lo miraban con grandes <br/>ojos asustados, y en un patio posterior a una mujer que avanzaba secándose las <br/>manos con el borde del delantal. Al verlo, esbozó un gesto instintivo para arreglarse un <br/>mechón de pelo que le caía sobre la frente. La saludó y ella respondió tapándose la <br/>boca con la mano al hablar para ocultar sus encías sin dientes. Trueba le explicó que <br/>necesitaba alquilar un coche, pero ella pareció no comprender y se limitó a esconder a <br/>los niños en los pliegues de su delantal, con una mirada sin expresión. Él salió, tomó <br/>su equipaje y siguió su camino. <br/>Cuando había recorrido casi toda la aldea sin ver a nadie y empezaba a <br/>desesperarse, sintió a sus espaldas los cascos de un caballo. Era una destartalada <br/>carreta conducida por un leñador. Se paró delante y obligó al conductor a detenerse. <br/>-¿Puede llevarme a Las Tres Marías? ¡Le pagaré bien! -gritó. <br/>-¿Qué va a ir a hacer allá, caballero? -preguntó el hombre-. Ésa es una tierra de <br/>nadie, un roquerío sin ley. <br/>Pero aceptó llevarlo y lo ayudó a poner su equipaje entre los atados de leña. Trueba <br/>se sentó a su lado en el pescante. De algunas casas salieron niños corriendo tras la <br/>carreta. Trucha se sintió más solo que nunca. <br/>A once kilómetros del pueblo de San Lucas, por un camino devastado, invadido por <br/>la maleza y lleno de baches, apareció el aviso de madera con el nombre de la <br/>propiedad. Colgaba de una cadena rota y el viento lo golpeaba contra el poste con un <br/>sonido sordo que le sonó como un tambor de duelo. Le bastó una ojeada para <br/>comprender que se necesitaba un hércules para rescatar aquello de la desolación. La<br/><br/><br/>Page No 34<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 34  <br/><br/>mala yerba se había tragado el sendero y para donde mirara veía peñascos, matorrales <br/>y monte. No había ni la sugerencia de potreros, ni restos de los viñedos que él <br/>recordaba, nadie que saliera a recibirlo. La carreta avanzó lentamente, siguiendo una <br/>huella que el paso de las bestias y los hombres había trazado en los malezales. Al poco <br/>rato divisó la casa del fundo, que todavía se mantenía en pie, pero aparecía como una <br/>visión de pesadumbre, llena de escombros, de alambres de gallinero en el suelo, de <br/>basura. Tenía la mitad de las tejas rotas y había una enredadera salvaje que se metía <br/>por las ventanas y cubría casi todas las paredes. Alrededor de la casa vio algunos <br/>ranchos de adobe sin blanquear, sin ventanas y con techos de paja, negros de hollín. <br/>Dos perros peleaban con furia en el patio. <br/>La sonajera de las ruedas de la carreta y las maldiciones del leñador atrajeron a los <br/>ocupantes de los ranchos, que fueron apareciendo poco a poco. Miraban a los recién <br/>llegados con extrañeza y desconfianza. Habían pasado quince años sin ver ningún <br/>patrón y habían deducido que simplemente no lo tenían. No podían reconocer en ese <br/>hombre alto y autoritario al niño de rizos castaños que mucho tiempo atrás jugaba en <br/>ese mismo patio. Esteban los. miró y tampoco pudo recordar a ninguno. Formaban un <br/>grupo miserable. Vio varias mujeres de edad indefinida, con la piel agrietada y seca, <br/>algunas aparentemente embarazadas, todas vestidas con harapos descoloridos y <br/>descalzas. Calculó que había por lo menos una docena de niños de todas las edades. <br/>Los menores estaban desnudos. Otros rostros se asomaban en los umbrales de las <br/>puertas, sin atreverse a salir. Esteban esbozó un gesto de saludo, pero nadie <br/>respondió. Algunos niños corrieron a esconderse detrás de las mujeres. <br/>Esteban se bajó de la carreta, descargó sus dos maletas y pasó unas monedas al <br/>leñador. <br/>-Si quiere lo espero, patrón -dijo el hombre. <br/>-No. Aquí me quedo. <br/>Se dirigió a la casa, abrió la puerta de un empujón y entró. Adentro había suficiente <br/>luz, porque la mañana entraba por los postigos rotos y los huecos del techo, donde <br/>habían cedido las tejas. Estaba lleno de polvo y telarañas, con un aspecto de total <br/>abandono, y era evidente que en esos años ninguno de los campesinos se había <br/>atrevido a dejar su choza para ocupar la gran casa patronal vacía. No habían tocado <br/>los muebles; eran los mismos de su niñez, en los mismos sitios de siempre, pero más <br/>feos, lúgubres y desvencijados de lo que podía recordar. Toda la casa estaba <br/>alfombrada con una capa de yerba, polvo y hojas secas. Olía a tumba. Un perro <br/>esquelético le ladró furiosamente, pero Esteban Trueba no le hizo caso y finalmente el <br/>perro, cansado, se echó en un rincón a rascarse las pulgas. Dejó sus maletas sobre <br/>una mesa y salió a recorrer la casa, luchando contra la tristeza que comenzaba a <br/>invadirlo. Pasó de una habitación a otra, vio el deterioro que el tiempo había labrado <br/>en todas las cosas, la pobreza, la suciedad, y sintió que ése era un hoyo mucho peor <br/>que el de la mina. La cocina era una amplia habitación cochambrosa, techo alto y de <br/>paredes renegridas por el humo de la leña y el carbón, mohosa, en ruinas, todavía <br/>colgaban de unos clavos en las paredes las cacerolas y sartenes de cobre y de fierro <br/>que no se habían usado en quince años y que nadie había tocado en todo ese tiempo. <br/>Los dormitorios tenían las mismas camas y los grandes armarios con espejos de luna <br/>que compró su padre en otra época, pero los colchones eran un montón de lana <br/>podrida y bichos que habían anidado en ellos durante generaciones. Escuchó los <br/>pasitos discretos de las ratas en el artesonado del techo. No pudo descubrir si el piso <br/>era de madera o de baldosas, porque en ninguna parte aparecía a la vista y la mugre <br/>lo tapaba todo. La capa gris de polvo borraba el contorno de los muebles. En lo que <br/>había sido el salón, aún se veía el piano alemán con una pata rota y las teclas<br/><br/><br/>Page No 35<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 35  <br/><br/>amarillas, sonando como un clavecín desafinado. En los anaqueles quedaban algunos <br/>libros ilegibles con las páginas comidas por la humedad y en el suelo restos de revistas <br/>muy antiguas, que el viento desparramó. Los s illones tenían los resortes a la vista y <br/>había un nido de ratones en la poltrona donde su madre se sentaba a tejer antes que <br/>la enfermedad le pusiera las manos como garfios. <br/>Cuando terminó su recorrido, Esteban tenía las ideas más claras. Sabía que tenía <br/>por delante un trabajo titánico, porque si la casa estaba en ese estado de abandono, <br/>no podía esperar que el resto de la propiedad estuviera en mejores condiciones. Por un <br/>instante tuvo la tentación de cargar sus dos maletas en la carreta y volver por donde <br/>mismo había llegado, pero desechó ese pensamiento de una plumada y resolvió que si <br/>había algo que podía calmar la pena y la rabia de haber perdido a Rosa, era partirse el <br/>lomo trabajando en esa tierra arruinada. Se quitó el abrigo, respiró profundamente y <br/>salió al patio donde todavía estaba el leñador junto a los inquilinos reunidos a cierta <br/>distancia, con la timidez propia de la gente del campo. Se observaron mutuamente con <br/>curiosidad. Trueba dio un par de pasos hacia ellos y percibió un leve movimiento de <br/>retroceso en el grupo, paseó la vista por los zarrapastrosos campesinos y trató de <br/>esbozar una sonrisa amistosa a los niños sucios de mocos, a los viejos legañosos y a <br/>las mujeres sin esperanza, pero le salió como una mueca. <br/>-¿Dónde están los hombres? -preguntó. <br/>El único hombre joven dio un paso adelante. Probablemente tenía la misma edad de <br/>Esteban Trueba, pero se veía mayor. <br/>-Se fueron dijo. <br/>-¿Cómo te llamas? <br/>-Pedro Segundo García, señor -respondió el otro. <br/>-Yo soy el patrón ahora. Se acabó la fiesta. Vamos a trabajar. Al que no le guste la <br/>idea, que se vaya de inmediato. Al que se quede no le faltará de comer, pero tendrá <br/>que esforzarse. No quiero flojos ni gente insolente, ¿me oyeron? <br/>Se miraron asombrados. No habían comprendido ni la mitad del discurso, pero <br/>sabían reconocer la voz del amo cuando la escuchaban. <br/>-Entendimos, patrón -dijo Pedro Segundo García-. No tenemos donde ir, siempre <br/>hemos vivido aquí. Nos quedamos. <br/>Un niño se agachó y se puso a cagar y un perro sarnoso se acercó a olisquearlo. <br/>Esteban, asqueado, dio orden de guardar al niño, lavar el patio y matar al perro. Así <br/>comenzó la nueva vida que, con el tiempo, habría de hacerlo olvidar a Rosa. <br/>Nadie me va a quitar de la cabeza la idea de que he sido un buen patrón. Cualquiera <br/>que hubiera visto Las Tres Marías en los tiempos del abandono y la viera ahora, que es <br/>un fundo modelo, tendría que estar de acuerdo conmigo. Por eso no puedo aceptar que <br/>mi nieta me venga con el cuento de la lucha de clases, porque si vamos al grano, esos <br/>pobres campesinos están mucho peor ahora que hace cincuenta años. Yo era como un <br/>padre para ellos. Con la reforma agraria nos jodimos todos. <br/>Para sacar a Las Tres Marías de la miseria destiné todo el capital que había ahorrado <br/>para casarme con Rosa y todo lo que me enviaba el capataz de la mina, pero no fue el <br/>dinero el que salvó a esa tierra, sino el trabajo y la organización. Se corrió la voz de <br/>que había un nuevo patrón en Las Tres Marías y que estábamos quitando las piedras <br/>con bueyes y arando los potreros para sembrar. Pronto comenzaron a llegar algunos <br/>hombres a ofrecerse como braceros, porque yo pagaba bien y les daba abundante <br/>comida. Compré animales. Los animales eran sagrados para mí y aunque pasáramos el<br/><br/><br/>Page No 36<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 36  <br/><br/>año sin probar la carne, no se sacrificaban. Así creció el ganado. Organicé a los <br/>hombres en cuadrillas y después de trabajar en el campo, nos dedicábamos a <br/>reconstruir la casa patronal. No eran carpinteros ni albañiles, todo se lo tuve que <br/>enseñar yo con unos manuales que compré. Hasta plomería hicimos con ellos, <br/>arreglamos los techos, pintamos todo con cal, limpiamos hasta dejar la casa br illante <br/>por dentro y por fuera. Repartí los muebles entre los inquilinos, menos la mesa del <br/>comedor, que todavía estaba indemne a pesar de la polilla que había infectado todo, y <br/>la cama de fierro forjado que había sido de mis padres. Me quedé viviendo en la casa <br/>vacía, sin más mobiliario que esas dos cosas y unos cajones donde me sentaba, hasta <br/>que Férula me mandó de la capital los muebles nuevos que le encargué. Eran piezas <br/>grandes, pesadas, ostentosas, hechas para resistir muchas generaciones y adecuados <br/>para la vida de campo, la prueba es que se necesitó un terremoto para destruirlos. Los <br/>acomodé contra las paredes, pensando en la comodidad y no en la estética, y una vez <br/>que la casa estuvo confortable, me sentí contento y empecé a acostumbrarme a la idea <br/>de que iba a pasar muchos años, tal vez toda la vida, en Las Tres Marías. <br/>Las mujeres de los inquilinos hacían turnos para servir en la casa patronal y ellas se <br/>encargaron de mi huerta. Pronto vi las primeras flores en el jardín que tracé con mi <br/>propia mano y que, con muy pocas modificaciones, es el mismo que existe hoy día. En <br/>esa época la gente trabajaba sin chistar. Creo que mi presencia les devolvió la <br/>seguridad y vieron que poco a poco esa tierra se convertía en un lugar próspero. Eran <br/>gente buena y sencilla, no había revoltosos. También es cierto que eran muy pobres e <br/>ignorantes. Antes que yo llegara se limitaban a cultivar sus pequeñas chacras <br/>familiares que les daban lo indispensable para no morirse de hambre, siempre que no <br/>los golpeara alguna catástrofe, como sequía, helada, peste, hormiga o caracol, en cuyo <br/>caso las cosas se les ponían muy difíciles. Conmigo todo eso cambió. Fuimos <br/>recuperando los potreros uno por uno, reconstruimos el gallinero y los establos y <br/>comenzamos a trazar un sistema de riego para que las siembras no dependieran del <br/>clima, sino de algún mecanismo científico. Pero la vida no era fácil. Era muy dura. A <br/>veces yo iba al pueblo y volvía con un veterinario que revisaba a las vacas y a las <br/>gallinas y, de paso, echaba una mirada a los enfermos. No es cierto que yo partiera del <br/>principio de que si los conocimientos del veterinario alcanzaban para los animales, <br/>también servían para los pobres, como dice mi nieta cuando quiere ponerme furioso. <br/>Lo que pasaba era que no se conseguían médicos por esos andurriales. Los campesinos <br/>consultaban a una meica indígena que conocía el poder de las yerbas y de la sugestión, <br/>a quien le tenían una gran confianza. Mucha más que al veterinario. Las parturientas <br/>daban a luz con ayuda de las vecinas, de la oración y de una comadrona que casi <br/>nunca llegaba a tiempo, porque tenía que hacer el viaje en burro, pero que igual servía <br/>para hacer nacer a un niño, que para sacarle el ternero a una vaca atravesada. Los <br/>enfermos graves, esos que ningún encantamiento de la meica ni pócima del veterinario <br/>podían curar, eran llevados por Pedro Segundo García o por mí en una carreta al <br/>hospital de las monjas, donde a veces había algún médico de turno que los ayudaba a <br/>morir. Los muertos iban a parar con sus huesos a un pequeño camposanto junto a la <br/>parroquia abandonada, al pie del volcán, donde ahora hay un cementerio como Dios <br/>manda. Una o dos veces al año yo conseguía un sacerdote para que fuera a bendecir <br/>las uniones, los animales y las máquinas, bautizar a los niños y decir alguna oración <br/>atrasada a los difuntos. Las únicas diversiones eran capar a los cerdos y a los toros, las <br/>peleas de gallos, la rayuela y las increíbles historias de Pedro García, el viejo, que en <br/>paz descanse. Era el padre de Pedro Segundo y decía que su abuelo había combatido <br/>en las filas de los patriotas que echaron a los españoles de América. Enseñaba a los <br/>niños a dejarse picar por las arañas y tomar orina de mujer encinta para inmunizarse. <br/>Conocía casi tantas yerbas como la meica, pero se confundía en el momento de decidir<br/><br/><br/>Page No 37<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 37  <br/><br/>su aplicación y cometía algunos errores irreparables. Para sacar muelas, sin embargo, <br/>reconozco que tenía un sistema insuperable, que le había dado justa fama en toda la <br/>zona, era una combinación de vino tinto y padrenuestros, que sumía al paciente en <br/>trance hipnótico. A mí me sacó una muela sin dolor y si estuviera vivo, sería mi <br/>dentista. <br/>Muy pronto empecé a sentirme a gusto en el campo. Mis vecinos más próximos <br/>quedaban a una buena distancia a lomo de caballo, pero a mí no me interesaba la vida <br/>social, me complacía la soledad y además tenía mucho trabajo entre las manos. Me fui <br/>convirtiendo en un salvaje, se me olvidaron las palabras, se me acortó el vocabulario, <br/>me puse muy mandón. Como no tenía necesidad de aparentar ante nadie, se acentuó <br/>el mal carácter que siempre he tenido. Todo me daba rabia, me enojaba cuando veía a <br/>los niños rondando las cocinas para robarse el pan, cuando las ga llinas alborotaban en <br/>el patio, cuando los gorriones invadían los maizales. Cuando el mal humor empezaba a <br/>estorbarme y me sentía incómodo en mi propio pellejo, salía a cazar. Me levantaba <br/>mucho antes que amaneciera y partía con una escopeta al hombro, mi morral y mi <br/>perro perdiguero. Me gustaba la cabalgata en la oscuridad, el frío del amanecer, el <br/>largo acecho en la sombra, el silencio, el olor de la pólvora y la sangre, sentir contra el <br/>hombro recular el arma con un golpe seco y ver a la presa caer pataleando, eso me <br/>tranquilizaba y cuando regresaba de una cacería, con cuatro conejos miserables en el <br/>morral y unas perdices tan perforadas que no servían para cocinarlas, medio muerto <br/>de fatiga y lleno de barro, me sentía aliviado y feliz. <br/>Cuando pienso en esos tiempos, me da una gran tristeza. La vida se me pasó muy <br/>rápido. Si volviera a empezar hay algunos errores que no cometería, pero en general <br/>no me arrepiento de nada. Sí, he sido un buen patrón, de eso no hay duda. <br/>Los primeros meses Esteban Trueba estuvo tan ocupado canalizando el agua, <br/>cavando pozos, sacando piedras, limpiando potreros y reparando los ga llineros y los <br/>establos, que no tuvo tiempo de pensar en nada. Se acostaba rendido y se levantaba <br/>al alba, tomaba un magro desayuno en la cocina y partía a caballo a vigilar las labores <br/>del campo. No regresaba hasta el atardecer. A esa hora hacía la única comida <br/>completa del día, solo en el comedor de casa. Los primeros meses se hizo el propósito <br/>de bañarse y cambiarse ropa diariamente a la hora de cenar, como había oído que <br/>hacían los colonos ingleses en las más lejanas aldeas del Asia y del África, para no <br/>perder la dignidad y el señorío. Se vestía con su mejor ropa, se afeitaba y ponía en el <br/>gramófono las mismas arias de sus óperas preferidas todas las noches. Pero poco a <br/>poco se dejó vencer por la rusticidad y aceptó que no tenía vocación de petimetre, <br/>especialmente si no había nadie que pudiera apreciar, el esfuerzo. Dejó de afeitarse, se <br/>cortaba el pelo cuando le llegaba por los hombros, y siguió bañándose sólo porque <br/>tenía el hábito muy arraigado, pero se despreocupó de su ropa y de sus modales. Fue <br/>convirtiéndose en un bárbaro. Antes de dormir leía un rato o jugaba ajedrez, había <br/>desarrollado la habilidad de competir contra un libro sin hacer trampas y de perder las <br/>partidas sin enojarse. Sin embargo, la fatiga del trabajo no fue suficiente para sofocar <br/>su naturaleza fornida y sensual. Empezó a pasar malas noches, las frazadas le <br/>parecían muy pesadas, las sábanas demasiado suaves. Su caballo le jugaba malas <br/>pasadas y de repente se convertía en una hembra formidable, una montaña dura y <br/>salvaje de carne, sobre la cual cabalgaba hasta molerse los huesos. Los tibios y <br/>perfumados melones de la huerta le parecían descomunales pechos de mujer y se <br/>sorprendía enterrando la cara en la manta de su montura, buscando en el agrio olor <br/>del sudor de la bestia, la semejanza con aquel aroma lejano y prohibido de sus <br/>primeras prostitutas. En la noche se acaloraba con pesadillas de mariscos podridos, de <br/>trozos enormes de res descuartizada, de sangre, de semen, de lágrimas. Despertaba<br/><br/><br/>Page No 38<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 38  <br/><br/>tenso, con el sexo como un fierro entre las piernas, más rabioso que nunca. Para <br/>aliviarse, corría a zambullirse desnudo en el río y se hundía en las aguas heladas hasta <br/>perder la respiración, pero entonces creía sentir unas manos invisibles que le <br/>acariciaban las piernas. Vencido, se dejaba flotar a la deriva, sintiéndose abrazado por <br/>la corriente, besado por los guarisapos, fustigado por las cañas de la orilla. Al poco <br/>tiempo su apremiante necesidad era notoria, no se calmaba ni con inmersiones <br/>nocturnas en el río, ni con infusiones de canela, ni colocando piedra lumbre debajo del <br/>colchón, ni siquiera con los manipuleos vergonzantes que en el internado ponían locos <br/>a los muchachos, los dejaban ciegos y los sumían en la condenación eterna. Cuando <br/>comenzó a mirar con ojos de concupiscencia a las aves del corral, a los niños que <br/>jugaban desnudos en el huerto y hasta a la masa cruda del pan, comprendió que su <br/>virilidad no se iba a calmar con sustitutos de sacristán. Su sentido práctico le indicó <br/>que tenía que buscarse una mujer y, una vez tomada la decisión, la ansiedad que lo <br/>consumía se calmó y su rabia pareció aquietarse. Ese día amaneció sonriendo por <br/>primera vez en mucho tiempo. <br/>Pedro García, el viejo, lo vio salir silbando camino al establo y movió la cabeza <br/>inquieto. <br/>El patrón anduvo todo el día ocupado en el arado de un potrero que acababa de <br/>hacer limpiar y que había destinado a plantar maíz. Después se fue con Pedro Segundo <br/>García a ayudar a una vaca que a esas horas trataba de parir y tenía al ternero <br/>atravesado. Tuvo que introducirle el brazo hasta el codo para voltear al crío y ayudarlo <br/>a asomar la cabeza. La vaca se murió de todos modos, pero eso no le puso de mal <br/>humor. Ordenó que alimentaran al ternero con una botella, se lavó en un balde y <br/>volvió a montar. Normalmente era su hora de comida, pero no tenía hambre. No tenía <br/>ninguna prisa, porque ya había hecho su elección. <br/>Había visto a la muchacha muchas veces cargando en la cadera a su hermanito <br/>moquillento, con un saco en la espalda o un cántaro de agua del pozo en la cabeza. La <br/>había observado cuando lavaba la ropa, agachada en las piedras planas del río, con <br/>sus piernas morenas pulidas por el agua, refregando los trapos descoloridos con sus <br/>toscas manos de campesina. Era de huesos grandes y rostro aindiado, con las <br/>facciones anchas y la piel oscura, de expresión apacible y dulce, su amplia boca <br/>carnosa conservaba todavía todos los dientes y cuando sonreía se iluminaba, pero lo <br/>hacía muy poco. Tenía la belleza de la primera juventud, aunque él podía ver que se <br/>marchitaría muy pronto, como sucede a las mujeres nacidas para parir muchos hijos, <br/>trabajar sin descanso y enterrar a sus muertos. Se llamaba Pancha García y tenía <br/>quince años. <br/>Cuando Esteban Trueba salió a buscarla, ya había caído la tarde y estaba más <br/>fresco. Recorrió con su caballo al paso las largas alamedas que dividían los potreros <br/>preguntando por ella a los que pasaban, hasta que la vio por el camino que conducía a <br/>su rancho. Iba doblada por el peso de un haz de espino para el fogón de la cocina, sin <br/>zapatos, cabizbaja. La miró desde la altura del caballo y sintió al instante la urgencia <br/>del deseo que había estado molestándolo durante tantos meses. Se acercó al trote <br/>hasta colocarse a su lado, ella lo oyó, pero siguió caminando sin mirarlo, por la <br/>costumbre ancestral de todas las mujeres de su estirpe de bajar la cabeza ante el <br/>macho. Esteban se agachó y le quitó el fardo, lo sostuvo un momento en el aire y <br/>luego lo arrojó con violencia a la vera del camino, alcanzó a la muchacha con un brazo <br/>por la cintura y la levantó con un resoplido bestial, acomodándola delante de la <br/>montura, sin que ella opusiera ninguna resistencia. Espoleó el caballo y partieron al <br/>galope en dirección al río. Desmontaron sin intercambiar ni una palabra y se midieron <br/>con los ojos. Esteban se soltó el ancho cinturón de cuero y ella retrocedió, pero la <br/>atrapó de un manotazo. Cayeron abrazados entre las hojas de los eucaliptos.<br/><br/><br/>Page No 39<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 39  <br/><br/>Esteban no se quitó la ropa. La acometió con fiereza incrustándose en ella sin <br/>preámbulos, con una brutalidad inútil. Se dio cuenta demasiado tarde, por las <br/>salpicaduras sangrientas en su vestido, que la joven era virgen, pero ni la humilde <br/>condición de Pancha, ni las apremiantes exigencias de su apetito, le permitieron tener <br/>contemplaciones. Pancha García no se defendió, no se quejó, no cerró los ojos. Se <br/>quedó de espaldas, mirando el cielo con expresión despavorida, hasta que sintió que el <br/>hombre se desplomaba con un gemido a su lado. Entonces empezó a llorar <br/>suavemente. Antes que ella su madre, y antes que su madre su abuela, habían sufrido <br/>el mismo destino de perra. Esteban Trueba se acomodó los pantalones, se cerró el <br/>cinturón, la ayudó a ponerse en pie y la sentó en el anca de su caballo. Emprendieron <br/>el regreso. Él iba silbando. Ella seguía llorando. Antes de dejarla en su rancho, el <br/>patrón la besó en la boca. <br/>-Desde mañana quiero que trabajes en la casa -dijo. <br/>Pancha asintió sin levantar la vista. También su madre y su abuela habían servido <br/>en la casa patronal. <br/>Esa noche Esteban Trueba durmió como un bendito, sin soñar con Rosa. En la <br/>mañana se sentía pleno de energía, más grande y poderoso. Se fue al campo <br/>canturreando y a su regreso, Pancha estaba en la cocina, afanada revolviendo el <br/>manjar blanco en una gran olla de cobre. Esa noche la esperó con impaciencia y <br/>cuando se callaron los ruidos domésticos en la vieja casona de adobe y empezaron los <br/>trajines nocturnos de las ratas, sintió la presencia de la muchacha en el umbral de su <br/>puerta. <br/>-Ven, Pancha -la llamó. No era una orden, sino más bien una súplica. <br/>Esa vez Esteban se dio tiempo para gozarla y para hacerla gozar. La recorrió <br/>tranquilamente, aprendiendo de memoria el olor ahumado de su cuerpo y de su ropa <br/>lavada con ceniza y estirada con plancha a carbón, conoció la textura de su pelo negro <br/>y liso, de su piel suave en los sitios más recónditos y áspera y callosa en los demás, de <br/>sus labios frescos, de su sexo sereno y su vientre amplio. La deseó con calma y la <br/>inició en la ciencia más secreta y más antigua. Probablemente fue feliz esa noche y <br/>algunas noches más, retozando como dos cachorros en la gran cama de fierro forjado <br/>que había sido del primer Trucha y que ya estaba medio coja, pero aún podía resistir <br/>las embestidas del amor. <br/>A Pancha García le crecieron los senos y se le redondearon las caderas. A Esteban <br/>Trucha le mejoró por un tiempo el mal humor y comenzó a interesarse en sus <br/>inquilinos. Los visitó en sus ranchos de miseria. Descubrió en la penumbra de uno de <br/>ellos un cajón relleno con papel de periódico donde compartían el sueño un niño de <br/>pecho y una perra recién parida. En otro, vio a una anciana que estaba muriéndose <br/>desde hacía cuatro años y tenía los huesos asomados por las llagas de la espalda. En <br/>un patio conoció a un adolescente idiota, babeando, con una soga al cuello, atado a un <br/>poste, hablando cosas de otros mundos, desnudo y con un sexo de mulo que refregaba <br/>incansablemente contra el suelo. Se dio cuenta, por primera vez, que el peor abandono <br/>-no era el de las tierras y los animales, sino de los habitantes de Las Tres Marías, que <br/>habían vivido en el desamparo desde la época en que su padre se jugó la dote y la <br/>herencia de su madre. Decidió que era tiempo de llevar un poco de civilización a ese <br/>rincón perdido entre la cordillera y el mar. <br/>En Las Tres Marías comenzó una fiebre de actividad que sacudió la modorra. <br/>Esteban Trueba puso a trabajar a los campesinos como nunca lo habían hecho. Cada <br/>hombre, mujer, anciano y niño que pudiera tenerse en sus dos piernas, fue empleado<br/><br/><br/>Page No 40<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 40  <br/><br/>por el patrón, ansioso por recuperar en pocos meses los años de abandono. Hizo <br/>construir un granero y despensas para guardar alimentos para el invierno, hizo salar la <br/>carne de caballo y ahumar la de cerdo y puso a las mujeres a hacer dulces y conservas <br/>de frutas. Modernizó la lechería, que no era más que un galpón lleno de estiércol y <br/>moscas, y obligó a las vacas a producir suficiente leche. Inició la construcción de una <br/>escuela con seis aulas, porque tenía la ambición de que todos los niños y adultos de <br/>Las Tres Marías debían aprender a leer, escribir y sumar, aunque no era partidario de <br/>que adquirieran otros conocimientos, para que no se les llenara la cabeza con ideas <br/>inapropiadas a su estado y condición. Sin embargo, no pudo conseguir un maestro que <br/>quisiera trabajar en esas lejanías, y ante la dificultad para atrapar a los chiqu illos con <br/>promesas de azotes y de caramelos para alfabetizarlos él mismo, abandonó esa ilusión <br/>y dio otros usos a la escuela. Su hermana Férula le enviaba desde la capital los libros <br/>que le encargaba. Era literatura práctica. Con ellos aprendió a poner inyecciones <br/>colocándoselas en las piernas y fabricó una radio a galena. Gastó sus primeras <br/>ganancias en comprar telas rústicas, una máquina de coser, una caja de píldoras <br/>homeopáticas con su manual de instrucciones, una enciclopedia y un cargamento de <br/>silabarios, cuadernos y lápices. Acarició el proyecto de hacer un comedor donde todos <br/>los niños recibieran una comida completa al día, para que crecieran fuertes y sanos y <br/>pudieran trabajar desde pequeños, pero comprendió que era cosa de locos obligar a los <br/>niños a trasladarse desde cada extremo de la propiedad por un plato de comida, de <br/>modo que cambió el proyecto por un taller de costura. Pancha García fue la encargada <br/>de desentrañar los misterios de la máquina de coser. Al principio, creía que era un <br/>instrumento del diablo dotado de vida propia y se negaba a aproximársele, pero él fue <br/>inflexible y ella acabó por dominarla. Trucha organizó una pulpería. Era un modesto <br/>almacén donde los inquilinos podían comprar lo necesario sin tener que hacer el viaje <br/>en carreta hasta San Lucas. El patrón compraba las cosas al por mayor y lo revendía al <br/>mismo precio a sus trabajadores. Impuso un sistema de vales, que primero funcionó <br/>como una forma de crédito y con el tiempo llegó a reemplazar al dinero legal. Con sus <br/>papeles rosados se compraba todo en la pulpería y se pagaban los sueldos. Cada <br/>trabajador tenía derecho, además de los famosos papelitos, a un trozo de tierra para <br/>cultivar en su tiempo libre, seis gallinas por familia al año, una porción de semillas, <br/>una parte de la cosecha que cubriera sus necesidades, pan y leche para el día y <br/>cincuenta pesos que se repartían para Navidad y para las Fiestas Patrias entre los <br/>hombres. Las mujeres no tenían esa bonificación, aunque trabajaran con los hombres <br/>de igual a igual, porque no se las consideraba jefes de familia, excepto en el caso de <br/>las viudas. El jabón de lavar, la lana para tejer y el jarabe para fortalecer los pulmones <br/>eran distribuidos gratuitamente, porque Trueba no quería a su alrededor gente sucia, <br/>con frío o enferma. Un día leyó en la enciclopedia las ventajas de una dieta equilibrada <br/>y comenzó su manía de las vitaminas, que había de durarle por el resto de la vida. <br/>Sufría rabietas cada vez que comprobaba que los campesinos daban a los niños sólo el <br/>pan y alimentaban a los cerdos con la leche y los huevos. Empezó a hacer reuniones <br/>obligatorias en la escuela para hablarles de las vitaminas y, de paso, informarlos sobre <br/>las noticias que conseguía captar mediante los escarceos con la radio a galena. Pronto <br/>se aburrió de perseguir la onda con el alambre y encargó a la capital una radio <br/>transoceánica provista de dos enormes baterías. Con ella podía captar algunos <br/>mensajes coherentes, en medio de un ensordecedor barullo de sonidos de ultramar. <br/>Así se enteró de la guerra de Europa y siguió los avances de las tropas en un mapa <br/>que colgó en el pizarrón de la escuela y que iba marcando con alfileres. Los <br/>campesinos lo observaban estupefactos, sin comprender ni remotamente el propósito <br/>de clavar un alfiler en el color azul y al día siguiente correrlo al color verde. No podían <br/>imaginar el mundo del tamaño de un papel suspendido en el pizarrón, ni a los ejércitos <br/>reducidos a la cabeza de un alfiler. En realidad, la guerra, los inventos de la ciencia, el<br/><br/><br/>Page No 41<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 41  <br/><br/>progreso de la industria, el precio del oro y las extravagancias de la moda, los tenían  <br/>sin cuidado. Eran cuentos de hadas que en nada modificaban la estrechez de su <br/>existencia. Para aquel impávido auditorio, las noticias de la radio eran lejanas y ajenas <br/>y el aparato se desprestigió rápidamente cuando fue evidente que no podía pronosticar <br/>el estado del tiempo. El único que demostraba interés por los mensajes venidos del <br/>aire, era Pedro Segundo García. <br/>Esteban Trucha compartió con él muchas horas, primero junto a la radio a galena, y <br/>después con la de batería, esperando el milagro de una voz anónima y remota que los <br/>pusiera en contacto con la civilización. Esto, sin embargo, no consiguió acercarlos. <br/>Trueba sabía que ese rudo campesino era más inteligente que los demás. Era el único <br/>que sabía leer y era capaz de mantener una conversación de más de tres frases. Era lo <br/>más parecido a un amigo que tenía en cien kilómetros a la redonda, pero su <br/>monumental orgullo le impedía reconocerle ninguna virtud, excepto aquellas propias de <br/>su condición de buen peón de campo. Tampoco era partidario de las familiaridades con <br/>los subalternos. Por su parte, Pedro Segundo lo odiaba, aunque jamás había puesto <br/>nombre a ese sentimiento tormentoso que le abrasaba el alma y lo llenaba de <br/>confusión. Era una mezcla de miedo y de rencorosa admiración. Presentía que nunca <br/>se atrevería a hacerle frente, porque era el patrón. Tendría que soportar sus rabietas, <br/>sus órdenes desconsideradas y su prepotencia durante el resto de su vida. En los años <br/>en que Las Tres Marías estuvo abandonada, él había asumido en forma natural el <br/>mando de la pequeña tribu que sobrevivió en esas tierras olvidadas. Se había <br/>acostumbrado a ser respetado, a mandar, a tomar decisiones y a no tener más que el <br/>cielo sobre su cabeza. La llegada del patrón le cambió la vida, pero no podía dejar de <br/>admitir que ahora vivían mejor, que no pasaban hambre y que estaban más protegidos <br/>y seguros. Algunas veces Trueba creyó verle en los ojos un destello asesino, pero <br/>nunca pudo reprocharle una insolencia. Pedro Segundo obedecía sin chistar, trabajaba <br/>sin quejarse, era honesto y parecía leal. Si veía pasar a su hermana Pancha por el <br/>corredor de la casa patronal, con el vaivén pesado de la hembra satisfecha, agachaba <br/>la cabeza y callaba. <br/>Pancha García era joven y el patrón era fuerte. El resultado predecible de su alianza <br/>comenzó a notarse a los pocos meses. Las venas de las piernas de la muchacha <br/>aparecieron como lombrices en su piel morena, se hizo más lento su gesto y lejana su <br/>mirada, perdió interés en los retozos descarados de la cama de fierro forjado y <br/>rápidamente se le engrosó la cintura y se le cayeron los senos con el peso de una <br/>nueva vida que crecía en su interior. Esteban tardó bastante en darse cuenta, porque <br/>casi nunca la miraba y, pasado el entusiasmo del primer momento, tampoco la <br/>acariciaba. Se limitaba a utilizarla como una medida higiénica que aliviaba la tensión <br/>del día y le brindaba una noche sin sueños. Pero llegó un momento en que la gravidez <br/>de Pancha fue evidente incluso para él. Le tomó repulsión. Empezó a verla corno un <br/>enorme envase que contenía una sustancia informe y gelatinosa, que no podía <br/>reconocer como un hijo suyo. Pancha abandonó la casa del patrón y regresó al rancho <br/>de sus padres, donde no le hicieron preguntas. Siguió trabajando en la cocina patronal, <br/>amasando el pan y cosiendo a máquina, cada día más deformada por la maternidad. <br/>Dejó de servir la mesa a Esteban y evitó encontrarse con él, puesto que ya nada tenían <br/>que compartir. Una semana después que ella salió de su cama, él volvió a soñar con <br/>Rosa y despertó con las sábanas húmedas. Miró por la ventana y vio a una niña <br/>delgada que estaba colgando en un alambre la ropa recién lavada. No parecía tener <br/>más de trece o catorce años, pero estaba completamente desarrollada. En ese <br/>momento se volvió y lo miró: tenía la mirada de una mujer. <br/>Pedro García vio al patrón salir silbando camino al establo y movió la cabeza <br/>inquieto.<br/><br/><br/>Page No 42<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 42  <br/><br/>En el transcurso de los diez años siguientes, Esteban Trueba se convirtió en el <br/>patrón más respetado de la región, construyó casas de ladrillo para sus trabajadores, <br/>consiguió un maestro para la escuela y subió el nivel de vida de todo el mundo en sus <br/>tierras. Las Tres Marías era un buen negocio que no requería ayuda del filón de oro, <br/>sino, por el contrario, sirvió de garantía para prorrogar la concesión de la mina. El mal <br/>carácter de Trueba se convirtió en una leyenda y se acentuó hasta llegar a incomodarlo <br/>a él mismo. No aceptaba que nadie le replicara y no toleraba ninguna contradicción, <br/>consideraba que el menor desacuerdo era una provocación. También se acrecentó su <br/>concupiscencia. No pasaba ninguna muchacha de la pubertad a la edad adulta sin que <br/>la hiciera probar el bosque, la orilla del río o la cama de fierro forjado. Cuando no <br/>quedaron mujeres disponibles en Las Tres Marías, se dedicó a perseguir a las de otras <br/>haciendas, violándolas en un abrir y cerrar de ojos, en cualquier lugar del campo, <br/>generalmente al atardecer. No se preocupaba de hacerlo a escondidas, porque no le <br/>temía a nadie. En algunas ocasiones llegaron hasta Las Tres Marías un hermano, un <br/>padre, un marido o un patrón a pedirle cuentas, pero ante su violencia descontrolada, <br/>estas visitas de justicia o de venganza fueron cada vez menos frecuentes. La fama de <br/>su brutalidad se extendió por toda la zona y causaba envidiosa admiración entre los <br/>machos de su clase. Los campesinos escondían a las muchachas y apretaban los puños <br/>inútilmente, pues no podían hacerle frente. Esteban Trueba era más fuerte y tenía <br/>impunidad. Dos veces aparecieron cadáveres de campesinos de otras haciendas <br/>acribillados a tiros de escopeta y a nadie le cupo duda que había que buscar al culpable <br/>en Las Tres Marías, pero los gendarmes rurales se limitaron a anotar el hecho en su <br/>libro de actas, con la trabajosa caligrafía de los semianalfabetos, agregando que <br/>habían sido sorprendidos robando. La cosa no pasó de allí. Trueba siguió labrando su <br/>prestigio de rajadiablos, sembrando la región de bastardos, cosechando el odio y <br/>almacenando culpas que no le hacían mella, porque se le había curtido el alma y <br/>acallado la conciencia con el pretexto del progreso. En vano Pedro Segundo García y el <br/>viejo cura del hospital de las monjas trataron de sugerirle que no eran las casitas de <br/>ladrillo ni los litros de leche los que hacían a un buen patrón, o a un buen cristiano, <br/>sino dar a la gente un sueldo decente en vez de papelitos rosados, un horario de <br/>trabajo que no les moliera los riñones y un poco de respeto y dignidad. Trueba no <br/>quería oír hablar de esas cosas que, según él, olían a comunismo. <br/>-Son ideas degeneradas -mascullaba-. Ideas bolcheviques para soliviantarme a los <br/>inquilinos. No se dan cuenta que esta pobre gente no tiene cultura ni educación, no <br/>pueden asumir responsabilidades, son niños. ¿Cómo van a saber lo que les conviene? <br/>Sin mí estarían perdidos, la prueba es que cuando doy vuelta la cara, se va todo al <br/>diablo y empiezan a hacer burradas. Son muy ignorantes. Mi gente está muy bien, <br/>¿qué más quieren? No les falta nada. Si se quejan, es de puro mal agradecidos. Tienen <br/>casas de ladrillo, me preocupo de sonar los mocos y quitar los p arásitos a sus <br/>chiquillos, de llevarles vacunas y enseñarles a leer. ¿Hay otro fundo por aquí que tenga <br/>su propia escuela? ¡No! Siempre que puedo, les llevo al cura para que les diga unas <br/>misas, así es que no sé por qué viene el cura a hablarme de justicia. No tiene que <br/>meterse en lo que no sabe y no es de su incumbencia. ¡Quisiera verlo a cargo de esta <br/>propiedad! A ver si iba a andar con remilgos. Con estos pobres diablos hay que tener <br/>mano dura, es el único lenguaje que entienden. Si uno se ablanda, no lo respetan. No <br/>niego que muchas veces he sido muy severo, pero siempre he sido justo. He tenido <br/>que enseñarles de todo, hasta a comer, porque si fuera por ellos, se alimentaban de <br/>puro pan. Si me descuido les dan la leche y los huevos a los chanchos. ¡No saben <br/>limpiarse el traste y quieren derecho a voto! Si no saben donde están parados, ¿cómo <br/>van a saber de política? Son capaces de votar por los comunistas, como los mineros<br/><br/><br/>Page No 43<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 43  <br/><br/>del Norte, que con sus huelgas perjudican a todo el país, justamente cuando el precio <br/>del mineral está en su punto máximo. Mandar a la tropa es lo que haría yo en el Norte, <br/>para que les corra bala, a ver si aprenden de una vez por todas. Por desgracia el <br/>garrote es lo único que funciona en estos países. No estamos en Europa. Aquí lo que se <br/>necesita es un gobierno fuerte, un patrón fuerte. Sería muy lindo que fuéramos todos <br/>iguales, pero no lo somos. Eso salta a la vista. Aquí el único que sabe trabajar soy yo y <br/>los desafío a que me prueben lo contrario. Me levanto el primero y me acuesto el <br/>último en esta maldita tierra. Si fuera por mí, mandaba todo al carajo y me iba a vivir <br/>como un príncipe a la capital, pero tengo que estar aquí, porque si me ausento aunque <br/>sea por una semana, esto se viene al suelo y estos infelices empiezan a morirse de <br/>hambre. Acuérdense cómo era cuando yo llegué hace nueve o diez años: una <br/>desolación. Era una ruina de piedras y buitres. Una tierra de nadie. Estaban todos los <br/>potreros abandonados. A nadie se le había ocurrido canalizar el agua. Se contentaban <br/>con plantar cuatro lechugas mugrientas en sus patios y dejaron que todo lo demás se <br/>hundiera en la miseria. Fue necesario que yo llegara para que aquí hubiera orden, ley, <br/>trabajo. ¿Cómo no voy a estar orgulloso? He trabajado tan bien, que ya compré los dos <br/>fundos vecinos y esta propiedad es la más grande y la más rica de toda la zona, la <br/>envidia de todo el mundo, un ejemplo, un fundo modelo. Y ahora que la carretera pasa <br/>por el lado, se ha duplicado su valor, si quisiera venderlo podría irme a Europa a vivir <br/>de mis rentas, pero no me voy, me quedo aquí, machucándome. Lo hago por esta <br/>gente. Sin mí estarían perdidos. Si vamos al fondo de las cosas, no sirven ni para <br/>hacer los mandados, siempre lo he dicho: son como niños. No hay uno que pueda <br/>hacer lo que tiene que hacer sin que tenga que estar yo detrás azuzándolo. ¡Y después <br/>me vienen con el cuento de que somos todos iguales! Para morirse de la risa, carajo... <br/>A su madre y hermana enviaba cajones con frutas, carnes saladas, jamones, huevos <br/>frescos, gallinas vivas y en escabeche, harina,  arroz y granos por sacos, quesos del <br/>campo y todo el dinero que podían necesitar, porque eso no le faltaba. Las Tres Marías <br/>y la mina producían como era debido por primera vez desde que Dios puso aquello en <br/>el planeta, como le gustaba decir a quien quisiera oírlo. A doña Ester y a Férula daba lo <br/>que nunca ambicionaron, pero no tuvo tiempo, en todos esos años, para irlas a visitar, <br/>aunque fuera de paso en alguno de sus viajes al Norte. Estaba tan ocupado en el <br/>campo, en las nuevas tierras que había comprado y en otros negocios a los que <br/>empezaba a echar el guante, que no podía perder su tiempo junto al lecho de una <br/>enferma. Además existía el correo que los mantenía en contacto y el tren que le <br/>permitía mandar todo lo que quisiera. No tenía necesidad de verlas. Todo se podía <br/>decir por carta. Todo menos lo que no quería que supieran, como la recua de <br/>bastardos que iban naciendo como por arte de magia. Bastaba tumbar a una <br/>muchacha en el potrero y quedaba preñada inmediatamente, era cosa del demonio, <br/>tanta fertilidad era insólita, estaba seguro que la mitad de los críos no eran suyos. Por <br/>eso decidió que aparte del hijo de Pancha García, que se llamaba Esteban como él y <br/>que no había duda de que su madre era virgen cuando la poseyó, los demás podían ser <br/>sus hijos y podían no serlo y siempre era mejor pensar que no lo eran. Cuando llegaba <br/>a su casa alguna mujer con un niño en los brazos para reclamar el ape llido o alguna <br/>ayuda, la ponía en el camino con un par de billetes en la mano y la amenaza de que si <br/>volvía a importunarlo, la sacaría a rebencazos, para que no le quedaran ganas de <br/>andar meneando el rabo al primer hombre que viera y después acusarlo a él. Así fue <br/>como nunca se enteró del número exacto de sus hijos y en realidad el asunto no le <br/>interesaba. Pensaba que cuando quisiera tener hijos, buscaría una esposa de su clase, <br/>con bendición de la Iglesia, porque los únicos que contaban eran los que llevaban el <br/>apellido del padre, los otros era como si no existieran. Que no le fueran con la <br/>monstruosidad de que todos nacen con los mismos derechos y heredan igual, porque<br/><br/><br/>Page No 44<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 44  <br/><br/>en ese caso se iba todo al carajo y la civ ilización regresaba a la Edad de Piedra. Se <br/>acordaba de Nívea, la madre de Rosa, quien después que su marido renunció a la <br/>política, aterrado por el aguardiente envenenado, inició su propia campaña política. Se <br/>encadenaba con otras damas en las rejas del Congreso y de la Corte Suprema, <br/>provocando un bochornoso espectáculo que ponía en ridículo a sus maridos. Sabía que <br/>Nívea salía en la noche a pegar pancartas sufragistas en los muros de la ciudad y era <br/>capaz de pasear por el centro a plena luz del mediodía de un domingo, con una escoba <br/>en la mano y un birrete en la cabeza, pidiendo que las mujeres tuvieran los derechos <br/>de los hombres, que pudieran votar y entrar a la universidad, pidiendo también que <br/>todos los niños gozaran de la protección de la ley, aunque fueran bastardos. <br/>-¡Esa señora está mal de la cabeza! -decía Trueba-. Eso sería ir contra la naturaleza. <br/>Si las mujeres no saben sumar dos más dos, menos podrán tomar un bisturí. Su <br/>función es la maternidad, el hogar. Al paso que van, cualquier día van a querer ser <br/>diputados, jueces, ¡hasta Presidente de la República! Y mientras tanto están <br/>produciendo una confusión y un desorden que puede terminar en un desastre. Andan <br/>publicando panfletos indecentes, hablan por la radio, se encadenan en lugares públicos <br/>y tiene que ir la policía con un herrero para que corte los candados y puedan <br/>llevárselas presas, que es como deben estar. Lástima que siempre hay un marido <br/>influyente, un juez de pocos bríos o un parlamentario con ideas revoltosas que las <br/>pone en libertad... ¡Mano dura es lo que hace falta también en este caso! <br/>La guerra en Europa había terminado y los vagones llenos de muertos eran un <br/>clamor lejano, pero que aún no se apagaba. De allí estaban llegando las ideas <br/>subversivas traídas por los vientos incontrolables de la radio, el telégrafo y los buques <br/>cargados de emigrantes que llegaban como un tropel atónito, escapando al hambre de <br/>su tierra, asolados por el rugido de las bombas y por los muertos pudriéndose en los <br/>surcos del arado. Era año de elecciones presidenciales y de preocuparse por el vuelco <br/>que estaban tomando los acontecimientos. El país despertaba. La oleada de <br/>descontento que agitaba al pueblo estaba golpeando la sólida estructura de aquella <br/>sociedad oligárquica. En los campos hubo de todo: sequía, caracol, fiebre aftosa. En el <br/>Norte había cesantía y en la capital se sentía el efecto de la guerra lejana. Fue un año <br/>de miseria en el que lo único que faltó para rematar el desastre fue un terremoto. <br/>La clase alta, sin embargo, dueña del poder y de la riqueza, no se dio cuenta del <br/>peligro que amenazaba el frágil equilibrio de su posición. Los ricos se divertían <br/>bailando el charlestón y los nuevos ritmos del jazz, el fox-trot y unas cumbias de <br/>negros que eran una marav illosa indecencia. Se renovaron los viajes en barco a <br/>Europa, que se habían suspendido durante los cuatro años de guerra y se pusieron de <br/>moda otros a Norteamérica. Llegó la novedad del golf, que reunía a la mejor sociedad <br/>para golpear una pelotita con un palo, tal como doscientos años antes hacían los indios <br/>en esos mismos lugares. Las damas se ponían collares de perlas falsas hasta las <br/>rodillas y sombreros de bacinilla  hundidos hasta las cejas, se habían cortado el pelo <br/>como hombres y se pintaban como meretrices, habían suprimido el corsé y fumaban <br/>pierna arriba. Los caballeros andaban deslumbrados por el invento de los coches <br/>norteamericanos, que llegaban al país por la mañana y se vendían el mismo día por la <br/>tarde, a pesar de que costaban una pequeña fortuna y no eran más que un estrépito <br/>de humo y tuercas sueltas corriendo a velocidad suicida por unos caminos que fueron <br/>hechos para los caballos y otras bestias naturales, pero en ningún caso para máquinas <br/>de fantasía. En las mesas de juego se jugaban las herencias y las riquezas fáciles de la <br/>posguerra, destapaban el champán, y llegó la novedad de la cocaína para los más <br/>refinados y viciosos. La locura colectiva parecía no tener fin. <br/>Pero en el campo los nuevos automóviles eran una realidad tan lejana como los <br/>vestidos cortos y los que se libraron del caracol y la fiebre aftosa lo anotaron como un<br/><br/><br/>Page No 45<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 45  <br/><br/>buen año. Esteban Trueba y otros terratenientes de la región se juntaban en el club del <br/>pueblo para planear la acción política antes de las elecciones. Los campesinos todavía <br/>vivían igual que en tiempos de la Colonia y no habían oído hablar de sindicatos, ni de <br/>domingos festivos, ni de un salario mínimo, pero ya comenzaban a infiltrarse en los <br/>fundos los delegados de los nuevos partidos de izquierda, que entraban disfrazados de <br/>evangélicos, con una Biblia en un sobaco y sus panfletos marxistas en el otro, <br/>predicando simultáneamente la vida abstemia y la muerte por la revolución. Estos <br/>almuerzos de confabulación de los patrones terminaban en borracheras romanas o en <br/>peleas de gallos y al anochecer tomaban por asalto el Farolito Rojo, donde las <br/>prostitutas de doce años y Carmelo, el único marica del burdel y del pueblo, bailaban <br/>al son de una vitrola antediluviana, bajo la mirada alerta de la Sofía, que ya no estaba <br/>para esos trotes, pero que todavía tenía energía para regentarlo con mano de hierro y <br/>para impedir que se metieran los gendarmes a fregar la paciencia y los patrones a <br/>propasarse con las muchachas, jodiendo sin pagar. Entre todas, Tránsito Soto era la <br/>que mejor bailaba y la que más resistía los embistes de los borrachos, era incansable y <br/>nunca se quejaba de nada, como si tuviera la virtud tibetana de dejar su mísero <br/>esqueleto de adolescente en manos del cliente y trasladar su alma a una región lejana. <br/>A Esteban Trueba le gustaba, porque no tenía remilgos para las innovaciones y las <br/>brutalidades del amor, sabía cantar con voz de pájaro ronco, y porque una vez le dijo <br/>que ella iba a llegar muy lejos y eso le hizo gracia. <br/>-No me voy a quedar en el Farolito Rojo toda la vida, patrón. Me voy a ir a la <br/>capital, porque quiero ser rica y famosa -dijo. <br/>Esteban iba al lupanar porque era el único lugar de diversión del pueblo, pero no era <br/>hombre de prostitutas. No le gustaba pagar por lo que podía obtener por otros medios. <br/>A Tránsito Soto, sin embargo, la apreciaba. La joven lo hacía reír. <br/>Un día, después de hacer el amor, se sintió generoso, lo que no le ocurría casi <br/>nunca, y preguntó a Tránsito Soto si le gustaría que le hiciera un regalo. <br/>-¡Préstame cincuenta pesos, patrón! -pidió ella al punto. <br/>-Es mucha plata. ¿Para qué la quieres? <br/>-Para un pasaje en tren, un vestido rojo, unos zapatos con tacón, un frasco de <br/>perfume y para hacerme la permanente. Es todo lo que necesito para empezar. Se los <br/>voy a devolver algún día, patrón. Con intereses. <br/>Esteban le dio los cincuenta pesos porque ese día había vendido cinco novillos y <br/>andaba con los bolsillos repletos de billetes, y también porque la fatiga del placer <br/>satisfecho lo ponía algo sentimental. <br/>-Lo único que siento es que no te voy a volver a ver, Tránsito. Me había <br/>acostumbrado a ti. <br/>-Sí nos vamos a ver, patrón. La vida es larga y tiene muchas vueltas. <br/>Esas comilonas en el club, las riñas de gallos y las tardes en el burdel, culminaron <br/>en un plan inteligente, aunque no del todo original, para hacer votar a los campesinos. <br/>Les dieron una fiesta con empanadas y mucho vino, se sacrificaron algunas reses para <br/>asarlas, les tocaron canciones en la guitarra, les endilgaron algunas arengas patrióticas <br/>y les prometieron que si salía el candidato conservador tendrían una bonificación, pero <br/>si salía cualquier otro, se quedaban sin trabajo. Además, controlaron las urnas y <br/>sobornaron a la policía. A los campesinos, después de la fiesta, los echaron dentro de <br/>unas carretas y los llevaron a votar, bien vigilados, entre bromas y risas, la única <br/>oportunidad en que tenían familiaridades con ellos, compadre para acá, compadre para <br/>allá, cuente conmigo, que yo no le fallo, patroncito, así me gusta, hombre, que tengas<br/><br/><br/>Page No 46<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 46  <br/><br/>conciencia patriótica, mira que los liberales y los radicales son todos unos pendejos y <br/>los comunistas son unos ateos, hijos de puta, que se comen a los niños. <br/>El día de la elección todo ocurrió como estaba previsto, en perfecto orden. Las <br/>Fuerzas Armadas garantizaron el proceso democrático, todo en paz, un día de <br/>primavera más alegre y asoleado que otros. <br/>-Un ejemplo para este continente de indios y de negros, que se lo pasan en <br/>revoluciones para tumbar a un dictador y poner a otro. Éste es un país diferente, una <br/>verdadera república, tenemos orgullo cívico, aquí el Partido Conservador gana <br/>limpiamente y no se necesita a un general para que haya orden y tranqu ilidad, no es <br/>como esas dictaduras regionales donde se matan unos a otros, mientras los gringos se <br/>llevan todas las materias primas -expresó Trueba en el comedor del club, brindando <br/>con una copa en la mano, en el momento en que se enteró de los resultados de la <br/>votación. <br/>Tres días después, cuando se había vuelto a la rutina, llegó la carta de Férula a Las <br/>Tres Marías. Esteban Trueba había soñado esa noche con Rosa. Hacía mucho tiempo <br/>que eso no le ocurría. En el sueño la vio con su pelo de sauce suelto en la espalda, <br/>como un manto vegetal que la cubría hasta la cintura, tenía la piel dura y helada, del <br/>color y textura del alabastro. Iba desnuda y llevaba un bulto en los brazos, caminaba <br/>como se camina en los sueños, aureolada por el verde resplandor que flotaba <br/>alrededor de su cuerpo. La vio acercarse lentamente y cuando quiso tocarla, ella lanzó <br/>el bulto al suelo, estrellándolo a sus pies. Él se agachó, lo recogió, y vio a una niña sin <br/>ojos que lo llamaba papá. Se despertó angustiado y anduvo de mal humor toda la <br/>mañana. A causa del sueño, se sintió inquieto, mucho antes de recibir la carta de <br/>Férula. Entró a tomar su desayuno en la cocina, como todos los días, y vio una gallina <br/>que andaba picoteando las migas en el suelo. Le mandó un puntapié que le abrió la <br/>barriga, dejándola agónica en un charco de tripas y plumas, aleteando en medio de la <br/>cocina. Eso no lo calmó, por el contrario, aumentó su rabia y sintió que comenzaba a <br/>ahogarse. Se montó en el caballo y se fue al galope a vigilar el ganado que estaban <br/>marcando. En eso llegó a la casa Pedro Segundo García, que había ido a la estación <br/>San Lucas a dejar una encomienda y había pasado por el pueblo a recoger el correo. <br/>Traía la carta de Férula. <br/>El sobre aguardó toda la mañana sobre la mesa de la entrada. Cuando Esteban <br/>Trueba llegó, pasó directamente a bañarse, porque iba cubierto de sudor y de polvo, <br/>impregnado del olor inconfundible de las bestias aterrorizadas. Después se sentó en su <br/>escritorio a sacar cuentas y ordenó que le sirvieran la comida en una bandeja. No vio <br/>la carta de su hermana hasta la noche, cuando recorrió la casa como hacía siempre <br/>antes de acostarse, para ver que los faroles estuvieran apagados y las puertas <br/>cerradas. La carta de Férula era igual a todas las que había recibido de ella, pero al <br/>tenerla en la mano, supo, aun antes de abrirla, que su contenido le cambiaría la vida. <br/>Tuvo la misma sensación que cuando sostenía el telegrama de su hermana que le <br/>anunció la muerte de Rosa, años atrás. <br/>La abrió, sintiendo que le latían las sienes a causa del presentimiento. La carta decía <br/>brevemente que doña Ester Trucha se estaba muriendo y que, después de tantos años <br/>de cuidarla y servirla como una esclava, Férula tenía que aguantar que su madre ni <br/>siquiera la reconociera, sino que clamaba día y noche por su hijo Esteban, porque no <br/>quería morirse sin verlo. Esteban nunca había querido realmente a su madre, ni se <br/>sentía cómodo en su presencia, pero la noticia lo dejó tembloroso. Comprendió que ya <br/>no le servirían los pretextos siempre novedosos que inventaba para no visitarla, y que <br/>había llegado el momento de hacer el camino de vuelta a la capital y enfrentar por <br/>última vez a esa mujer que estaba presente en sus pesadillas, con su rancio olor a<br/><br/><br/>Page No 47<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 47  <br/><br/>medicamentos, sus quejidos tenues, sus interminables oraciones, esa mujer sufriente <br/>que había poblado de prohibiciones y terrores su infancia y cargado de <br/>responsabilidades y culpas su vida de hombre. <br/>Llamó a Pedro Segundo García y le explicó la situación. Lo llevó al escritorio y le <br/>mostró el libro de contabilidad y las cuentas de la pulpería. Le entregó un manojo con <br/>todas las llaves, menos la de la bodega de los vinos, y le anunció que a partir de ese <br/>momento y hasta su regreso, él era responsable de todo lo que había en Las Tres <br/>Marías y que cualquier estupidez que cometiera la pagaría muy cara. Pedro Segundo <br/>García recibió las llaves, se metió el libro de cuentas debajo del brazo y sonrió sin <br/>alegría. <br/>-Uno hace lo que puede, no más, patrón -dijo encogiéndose de hombros. <br/>Al día siguiente Esteban Trueba rehizo por primera vez en años el camino que lo <br/>había llevado de la casa de su madre al campo. Se fue en una carreta con sus dos <br/>maletas de, cuero hasta la estación San Lucas, ton ió el coche de primera clase de los <br/>tiempos de la compañía inglesa de fi:rrocarriles y volvió a recorrer los vastos campos <br/>tendidos al pie de la cordillera. <br/>Cerró los ojos e intentó dormir, pero la imagen de su madre le espantó el sueño.<br/><br/><br/>Page No 48<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 48  <br/><br/>  <br/>Clara, clarividente  <br/>Capítulo III  <br/>  <br/>Clara tenía diez años cuando decidió que no valía la pena hablar y se encerró en el <br/>mutismo. Su vida cambió notablemente. El médico de la familia, el gordo y afable <br/>doctor Cuevas, intentó curarle el silencio con píldoras de su invención, con vitaminas <br/>en jarabe y tocaciones de miel de bórax en la garganta, pero sin ningún resultado <br/>aparente. Se dio cuenta de que sus medicamentos eran ineficaces y que su presencia <br/>ponía a la niña en estado de terror. Al verlo, Clara comenzaba a ch illar y se refugiaba <br/>en el rincón más lejano, encogida como un animal acosado, de modo que abandonó <br/>sus curaciones y recomendó a Severo y Nívea que la llevaran donde un rumano de <br/>apellido Rostipov, que estaba causando sensación esa temporada. Rostipov se ganaba <br/>la vida haciendo trucos de ilusionista en los teatros de variedades y había realizado la <br/>increíble hazaña de tensar un alambre desde la punta de la catedral hasta la cúpula de <br/>la Hermandad Gallega, al otro lado de la plaza para cruzar caminando por el aire con <br/>una pértiga como único sostén. A pesar de su lado frívolo, Rostipov estaba provocando <br/>una batahola en los círculos científicos, porque en sus horas libres mejoraba la histeria <br/>con varillas magnéticas y trances hipnóticos. Nívea y Severo llevaron a Cl ara al <br/>consultorio que el rumano había improvisado en su hotel. Rostipov la examinó <br/>cuidadosamente y por último declaró que el caso no era de su incumbencia, puesto <br/>que la pequeña no hablaba porque no le daba la gana, y no porque no pudiera. De <br/>todos modos, ante la insistencia de los padres, fabricó unas píldoras de azúcar <br/>pintadas de color violeta y las recetó advirtiendo que eran un remedio siberiano para <br/>curar sordomudos. Pero la sugestión no funcionó en este caso y el segundo frasco fue <br/>devorado por  Barrabás en un descuido sin que ello provocara en la bestia ninguna <br/>reacción apreciable. Severo y Nívea intentaron hacerla hablar con métodos caseros, <br/>con amenazas y súplicas y hasta dejándola sin comer, a ver si el hambre la obligaba a <br/>abrir la boca para pedir su cena, pero tampoco eso resultó. <br/>La Nana tenía la idea de que un buen susto podía conseguir que la niña hablara y se <br/>pasó nueve años inventando recursos desesperados para aterrorizar a Clara, con lo <br/>cual sólo consiguió inmunizarla contra la sorpresa y el espanto. Al poco tiempo Clara <br/>no tenía miedo de nada, no la conmovían las apariciones de monstruos lívidos y <br/>desnutridos en su habitación, ni los golpes de los vampiros y demonios en su ventana. <br/>La Nana se disfrazaba de filibustero sin cabeza, de verdugo de la Torre de Londres, de <br/>perro lobo y de diablo cornudo, según la inspiración del momento y las ideas que <br/>sacaba de unos folletos terroríficos que compraba para ese fin y aunque no era capaz <br/>de leerlos, copiaba las ilustraciones. Adquirió la costumbre de deslizarse sigilosamente <br/>por los corredores para asaltar a la niña en la oscuridad, de aullar detrás de las <br/>puertas y esconder bichos vivos en la cama, pero nada de eso logró sacarle ni una <br/>palabra. A veces Clara perdía la paciencia, se tiraba al suelo, pataleaba y gritaba, pero <br/>sin articular ningún sonido en idioma conocido, o bien anotaba en la pizarrita que <br/>siempre llevaba consigo los peores insultos para la pobre mujer, que se iba a la cocina <br/>a llorar la incomprensión, <br/>-¡Lo hago por tu bien, angelito! -sollozaba la Nana envuelta en una sábana <br/>ensangrentada y con la cara tiznada con corcho quemado.<br/><br/><br/>Page No 49<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 49  <br/><br/>Nívea le prohibió que siguiera asustando a su hija. Se dio cuenta que el estado de <br/>turbación aumentaba sus poderes mentales y producía desorden entre los aparecidos <br/>que rondaban a la niña. Además, aquel desfile de personajes truculentos estaba <br/>destrozando el sistema nervioso a Barrabás, que nunca tuvo buen olfato y era incapaz <br/>de reconocer a la Nana debajo de sus disfraces. El perro comenzó a orinarse sentado, <br/>dejando a su alrededor un inmenso charco y con frecuencia le crujían los dientes. Pero <br/>la Nana aprovechaba cualquier descuido de la madre para persistir en sus intentos de <br/>curar la mudez con el mismo remedio con que se quita el hipo. <br/>Retiraron a Clara del colegio de monjas donde se habían educado todas las <br/>hermanas Del Valle y le pusieron profesores en la casa. Severo hizo traer de Inglaterra <br/>a una institutriz, miss Agatha, alta, toda ella de color ámbar y con grandes manos de <br/>albañil, pero no resistió el cambio de clima, la comida picante y el vuelo autónomo del <br/>salero desplazándose sobre la mesa del comedor, y tuvo que regresar a Liverpool. La <br/>siguiente fue una suiza que no tuvo mejor suerte y la francesa, que llegó gracias a los <br/>contactos del embajador de ese país con la familia, resultó ser tan rosada, redonda y <br/>dulce, que quedó encinta a los pocos meses y, al hacer las averiguaciones del caso, se <br/>supo que el padre era Luis, hermano mayor de Clara. Severo los casó sin preguntarles <br/>su opinión y, contra todos los pronósticos de Nívea y sus amigas, fueron muy felices. <br/>En vista de estas experiencias, Nívea convenció a su marido de que aprender idiomas <br/>extranjeros no era importante para una criatura con hab ilidades telepáticas y que era <br/>mucho mejor insistir con las clases de piano y enseñarle a bordar. <br/>La pequeña Clara leía mucho. Su interés por la lectura era indiscriminado y le daban <br/>lo mismo los libros mágicos de los baúles encantados de su tío Marcos, que los <br/>documentos del Partido Liberal que su padre guardaba en su estudio. Llenaba <br/>incontables cuadernos con sus anotaciones privadas, donde fueron quedando <br/>registrados los acontecimientos de ese tiempo, que gracias a eso no se perdieron <br/>borrados por la neblina del olvido, y ahora yo puedo usarlos para rescatar su memoria. <br/>Clara clarividente conocía el significado de los sueños. Esta hab ilidad era natural en <br/>ella y no requería los engorrosos estudios cabalísticos que usaba el tío Marcos con más <br/>esfuerzo y menos acierto. El primero en darse cuenta de eso fue Honorio, el jardinero <br/>de la casa, que soñó un día con culebras que andaban entre sus pies y que, para <br/>quitárselas de encima, les daba de patadas hasta que conseguía aplastar a diecinueve. <br/>Se lo contó a la niña mientras podaba las rosas, sólo para entretenerla, porque la <br/>quería mucho y le daba lástima que fuera muda. Clara sacó la pizarrita del bols illo de <br/>su delantal y escribió la interpretación del sueño de Honorio: tendrás mucho dinero, te <br/>durará poco, lo ganarás sin esfuerzo, juega al diecinueve. Honorio no sabía leer, pero <br/>Nívea le leyó el mensaje entre burlas y risas. El jardinero hizo lo que le decían y se <br/>ganó ochenta pesos en una timba clandestina que había detrás de una bodega de <br/>carbón. Se los gastó en un traje nuevo, una borrachera memorable con todos sus <br/>amigos y una muñeca de loza para Clara. A partir de entonces la niña tuvo mucho <br/>trabajo descifrando sueños a escondidas de su madre, porque cuando se supo la <br/>historia de Honorio iban a preguntarle qué quería decir volar sobre una torre con alas <br/>de cisne; ir en una barca a la deriva y que cante una sirena con voz de viuda; que <br/>nazcan dos gemelos pegados por la espalda, cada uno con una espada en la mano, y <br/>Clara anotaba sin vacilar en la pizarrita que la torre es la muerte y el que vuela por <br/>encima se salvará de morir en un accidente, el que naufraga y escucha a la sirena <br/>perderá su trabajo y pasará penurias, pero lo ayudará una mujer con la que hará un <br/>negocio; los gemelos son marido y mujer forzados en un mismo destino, hiriéndose <br/>mutuamente con golpes de espada.<br/><br/><br/>Page No 50<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 50  <br/><br/>Los sueños no eran lo único que Clara adivinaba. También veía el futuro y conocía la <br/>intención de la gente, virtudes que mantuvo  a lo largo de su vida y acrecentó con el <br/>tiempo. Anunció la muerte de su padrino, don Salomón Valdés, que era corredor de la <br/>Bolsa de Comercio y que creyendo haberlo perdido todo, se colgó de la lámpara en su <br/>elegante oficina. Allí lo encont raron, por insistencia de Clara, con el aspecto de un <br/>carnero mustio, tal como ella lo describió en la pizarra. Predijo la hernia de su padre, <br/>todos los temblores de tierra y otras alteraciones de la naturaleza, la única vez que <br/>cayó nieve en la capital matando de frío a los pobres en las poblaciones y a los rosales <br/>en. los jardines de los ricos, y la identidad del asesino de las colegialas, mucho antes <br/>que la policía descubriera el segundo cadáver, pero nadie la creyó y Severo no quiso <br/>que su hija opinara sobre cosas de criminales que no tenían parentesco con la fam ilia. <br/>Clara se dio cuenta a la primera mirada que Getulio Armando iba a estafar a su padre <br/>con el negocio de las ovejas australianas, porque se lo leyó en el color del aura. Se lo <br/>escribió a su padre, pero éste no le hizo caso y cuando vino a acordarse de las <br/>predicciones de su hija menor, había perdido la mitad de su fortuna y su socio andaba <br/>por el Caribe, convertido en hombre rico, con un serrallo de negras culonas y un barco <br/>propio para tomar el sol. <br/>La habilidad de Cl ara para mover objetos sin tocarlos no se pasó con la <br/>menstruación, como vaticinaba la Nana, sino que se fue acentuando hasta tener tanta <br/>práctica, que podía mover las teclas del piano con la tapa cerrada, aunque nunca pudo <br/>desplazar el instrumento por la sala, como era su deseo. En esas extravagancias <br/>ocupaba la mayor parte de su energía y de su tiempo. Desarrolló la capacidad de <br/>adivinar un asombroso porcentaje de las cartas de la baraja e inventó juegos de <br/>irrealidad para divertir a sus hermanos. Su padre le prohibió escrutar el futuro en los <br/>naipes e invocar fantasmas y espíritus traviesos que molestaban al resto de la familia y <br/>aterrorizaban a la servidumbre, pero Nívea comprendió que mientras más limitaciones <br/>y sustos tenía que soportar su hija menor, más lunática se ponía, de modo que decidió <br/>dejarla en paz con sus trucos de espiritista, sus juegos de pitonisa y su silencio de <br/>caverna, tratando de amarla sin condiciones y aceptarla tal cual era. Clara creció como <br/>una planta salvaje, a pesar de las recomendaciones del doctor Cuevas, que había <br/>traído de Europa la novedad de los baños de agua fría y los golpes de electricidad para <br/>curar a los locos.  <br/>Barrabás  acompañaba a la niña de día y de noche, excepto en los períodos <br/>normales de su actividad sexual. Estaba siempre rondándola como una gigantesca <br/>sombra tan silenciosa como la misma niña, se echaba a sus pies cuando ella se <br/>sentaba y en la noche dormía a su lado con resoplidos de locomotora. Llegó a <br/>compenetrarse tan bien con su ama, que cuando ésta salía a caminar sonámbula por la <br/>casa, el perro la seguía en la misma actitud. Las noches de luna llena era común verlos <br/>paseando por los corredores, como dos fantasmas flotando en la pálida luz. A medida <br/>que el perro fue creciendo, se hicieron evidentes sus distracciones. Nunca comprendió <br/>la naturaleza translúcida del cristal y en sus momentos de emoción solía embestir las <br/>ventanas al trote, con la inocente intención de atrapar alguna mosca. Caía al otro lado <br/>en un estrépito de vidrios rotos, sorprendido y triste. En aquellos tiempos los cristales <br/>venían de Francia por barco y la manía del animal de lanzarse contra ellos llegó a ser <br/>un problema, hasta que Clara ideó el recurso extremo de pintar gatos en los vidrios. Al <br/>convertirse en adulto, Barrabás dejó de fornicar con las patas del piano, como lo hacía <br/>en su infancia, y su instinto reproductor se ponía de manifiesto sólo cuando olía alguna <br/>perra en celo en la proximidad. En esas ocasiones no había cadena ti¡ puerta que <br/>pudiera retenerlo, se lanzaba a la calle venciendo todos los obstáculos que se le ponían <br/>por delante y se perdía por dos o tres días. Volvía siempre con la pobre perra colgando <br/>atrás suspendida en el aire, atravesada por su enorme masculinidad. Había que<br/><br/><br/>Page No 51<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 51  <br/><br/>esconder a los niños para que no vieran el horrendo espectáculo del jardinero <br/>mojándolos con agua fría hasta que, después de mucha agua, patadas y otras <br/>ignominias, Barrabás se desprendía de su enamorada, dejándola agónica en el patio <br/>de la casa, donde Severo tenía que rematarla con un tiro de misericordia. <br/>La adolescencia de Clara transcurrió suavemente en la gran casa de tres patios de <br/>sus padres, mimada por sus hermanos mayores, por Severo que la prefería entre <br/>todos sus hijos, por Nívea y por la Nana, que alternaba sus siniestras excursiones <br/>disfrazada de cuco, con los más tiernos cuidados. Casi todos sus hermanos se habían <br/>casado o partido, unos de viaje, otros a trabajar a provincia, y la gran casa, que había <br/>albergado a una familia numerosa, estaba casi vacía, con muchos cuartos cerrados. La <br/>niña ocupaba el tiempo que le dejaban sus preceptores en leer, mover sin tocar los <br/>objetos más diversos, corretear a  Barrabás,  practicar juegos de adivinación y <br/>aprender a tejer que, de todas las artes domésticas, fue la única que pudo dominar. <br/>Desde aquel Jueves Santo en que el padre Restrepo la acusó de endemoniada, hubo <br/>una sombra sobre su cabeza que el amor de sus padres y la discreción de sus <br/>hermanos consiguió controlar, pero la fama de sus extrañas habilidades circuló en voz <br/>baja en las tertulias de señoras. Nívea se dio cuenta que a su hija nadie la invitaba y <br/>hasta sus propios primos la eludían. Procuró compensar la falta de amigos con su <br/>dedicación total, con tanto éxito, que Clara creció alegremente y en los años <br/>posteriores recordaría su infancia como un período luminoso de su existencia, a pesar <br/>de su soledad y de su mudez. Toda su vida guardaría en la memoria las tardes <br/>compartidas con su madre en la salita de costura, donde Nívea cosía a máquina ropa <br/>para los pobres y le contaba cuentos y anécdotas fam iliares. Le mostraba los <br/>daguerrotipos de la pared y le narraba el pasado. <br/>-¿Ve este señor tan serio, con barba de bucanero? Es el tío Mateo, que se fue al <br/>Brasil por un negocio de esmeraldas, pero una mulata de fuego le hizo mal de ojo. Se <br/>le cayó el pelo, se le desprendieron las uñas, se le soltaron los dientes. Tuvo que ir a <br/>ver a un hechicero, un brujo vudú, un negro retinto, que le dio un amuleto y se le <br/>afirmaron los dientes, le salieron uñas nuevas y recuperó el pelo. Mírelo, hijita, tiene <br/>más pelo que un indio: es el único calvo en el mundo que volvió a echar pelo. <br/>Clara sonreía sin decir nada y Nívea seguía hablando porque se había acostumbrado <br/>al silencio de su hija. Por otra parte, tenía la esperanza que de tanto meterle ideas en <br/>la cabeza, tarde o temprano haría una pregunta y recuperaría el habla. <br/>-Y éste decía- es el tío Juan. Yo lo quería mucho. Una vez se tiró un pedo y fue su <br/>condena a muerte, una gran desgracia. Sucedió en un almuerzo campestre. Estábamos <br/>todas las primas un fragante día de primavera, con nuestros vestidos de muselina y <br/>nuestros sombreros con flores y cintas, y los muchachos lucían su mejor ropa <br/>dominguera. Juan se quitó su chaqueta blanca, ¡parece que lo estoy viendo! Se <br/>arremangó la camisa y se colgó airoso de la rama de un árbol para provocar, con sus <br/>proezas de trapecista, la admiración de Constanza Andrade, que fue Reina de la <br/>Vendimia, y que desde la primera vez que la vio, perdió la tranquilidad, devorado por <br/>el amor. Juan hizo dos flexiones impecables, una vuelta completa y al siguiente <br/>movimiento lanzó una sonora ventosidad. ¡No se ría, Clarita! Fue terrible. Se produjo <br/>un silencio confundido y la Reina de la Vendimia empezó a reír descontroladamente. <br/>Juan se puso su chaqueta, estaba muy pálido, se alejó del grupo sin prisa y no lo <br/>volvimos a ver más. Lo buscaron hasta en la Legión Extranjera, preguntaron por él en <br/>todos los consulados, pero nunca más se supo de su existencia. Yo creo que se metió a <br/>misionero y se fue a cuidar leprosos ala Isla de Pascua, que es lo más lejos que se <br/>puede llegar para olvidar y para que lo olviden, porque queda fuera de las rutas de<br/><br/><br/>Page No 52<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 52  <br/><br/>navegación y ni siquiera figura en los mapas de los holandeses. Desde entonces la <br/>gente lo recuerda como Juan del Pedo. <br/>Nívea llevaba a su hija a la ventana y le mostraba el tronco seco del álamo. <br/>-Era un árbol enorme -decía-. Lo hice cortar antes que naciera mi hijo mayor. Dicen <br/>que era tan alto, que desde la punta se podía ver toda la ciudad, pero el único que <br/>llegó tan arriba, no tenía ojos para verla. Cada hombre de la fam ilia Del Valle, cuando <br/>quiso ponerse pantalones largos, tuvo que treparlo para probar su valor. Era algo así <br/>como un rito de iniciación. El árbol estaba lleno de marcas. Yo misma pude <br/>comprobarlo cuando lo cortaron. Desde las primeras ramas intermedias, gruesas como <br/>chimeneas, ya se podían ver la marcas dejadas por los abuelos que hicieron su <br/>ascenso en su época. Por las iniciales grabadas en el tronco se sabía de los que habían <br/>subido más alto, de los más valientes, y también de los que se habían detenido, <br/>asustados. Un día le tocó a jerónimo, el primo ciego. Subió tanteando las ramas sin <br/>vacilar, porque no veía la altura y no presentía el vacío. Llegó a la cima, pero no pudo <br/>terminar la jota de su inicial, porque se desprendió como una gárgola y se fue de <br/>cabeza al suelo, a los pies de su padre y sus hermanos. Tenía quince años. Llevaron el <br/>cuerpo envuelto en una sábana a su madre, la pobre mujer los escupió a todos en la <br/>cara, les gritó insultos de marinero y maldijo a la raza de hombres que había incitado a <br/>su hijo a subir al árbol, hasta que se la llevaron las monjas de la Caridad envuelta en <br/>una camisa de fuerza. Yo sabía que algún día mis hijos tendrían que continuar esa <br/>bárbara tradición. Por eso lo hice cortar. No quería que Luis y los otros niños crecieran <br/>con la sombra de ese patíbulo en la ventana. <br/>A veces Clara acompañaba a su madre y a dos o tres de sus amigas sufragistas a <br/>visitar fábricas, donde se subían en unos cajones para arengar a las obreras, mientras <br/>desde una prudente distancia, los capataces y los patrones las observaban burlones y <br/>agresivos. A pesar de su corta edad y su completa ignorancia de las cosas del mundo, <br/>Clara podía percibir el absurdo de la situación y describía en sus cuadernos el contraste <br/>entre su madre y sus amigas, con abrigos de piel y botas de gamuza, hablando de <br/>opresión, de igualdad y de derechos, a un grupo triste y resignado de trabajadoras, <br/>con sus toscos delantales de dril y las manos rojas por los sabañones. De la fábrica, las <br/>sufragistas se iban a la confitería de la Plaza de Armas a tomar té con pastelitos y <br/>comentar los progresos de la campaña, sin que esta distracción frívola las apartara ni <br/>un ápice de sus inflamados ideales. Otras veces su madre la llevaba a las poblaciones <br/>marginales y a los conventillos, donde llegaban con el coche cargado de alimentos y <br/>ropa que Nívea y sus amigas cosían para los pobres. También en esas ocasiones, la <br/>niña escribía con asombrosa intuición que las obras de caridad no podían mitigar la <br/>monumental injusticia. La relación con su madre era alegre e íntima, y Nívea, a pesar <br/>de haber tenido quince hijos, la trataba como si fuera la única, estableciendo un <br/>vínculo tan fuerte, que se prolongó en las generaciones posteriores como una tradición <br/>familiar. <br/>La Nana se había convertido en una mujer sin edad, que conservaba intacta la <br/>fortaleza de su juventud y podía andar a brincos por los rincones asustando la mudez, <br/>igual como podía pasar el día revolviendo con un palo la marmita de cobre, en un <br/>fuego de infierno al centro del tercer patio, donde gorgoriteaba el dulce de membrillo, <br/>un líquido espeso de color del topacio, que al enfriarse se convertía en moldes de todos <br/>tamaños que Nívea repartía entre sus pobres. Acostumbrada a vivir rodeada de niños, <br/>cuando los demás crecieron y se fueron, la Nana volcó en Clara todas sus ternuras. <br/>Aunque la niña ya no tenía edad para eso, la bañaba como si fuera un crío, <br/>remojándola en la bañera esmaltada con agua perfumada de albahaca y jazmín, la <br/>frotaba con una esponja, la enjabonaba meticulosamente sin olvidar ningún resquicio <br/>de las orejas a los pies, la friccionaba con agua de colonia, la empolvaba con un hisopo<br/><br/><br/>Page No 53<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 53  <br/><br/>de plumas de cisne y le cepillaba el pelo con infinita paciencia, hasta dejárselo brillante <br/>y dócil como una planta de mar. La vestía, le abría la cama, le llevaba el desayuno en <br/>bandeja, la obligaba a tomar infusión de tilo para los nervios, de manzan illa para el <br/>estómago, de limón para la transparencia de la piel, de ruda para la mala b ilis y de <br/>menta para la frescura del aliento, hasta que la niña se convirtió en un ser angélico y <br/>hermoso que deambulaba por los patios y los corredores envuelta en un aroma de <br/>flores, un rumor de enaguas almidonadas y un halo de rizos y cintas. <br/>Clara pasó la infancia y entró en la juventud dentro de las paredes de su casa, en un <br/>mundo de historias asombrosas, de silencios tranquilos, donde el tiempo no se <br/>marcaba con relojes ni calendarios y donde los objetos tenían vida propia, los <br/>aparecidos se sentaban en la mesa y hablaban con los humanos, el pasado y el futuro <br/>eran parte de la misma cosa y la realidad del presente era un caleidoscopio de espejos <br/>desordenados donde todo podía ocurrir. Es una delicia, para mi, leer los cuadernos de <br/>esa época, donde se describe un mundo mágico que se acabó. Clara habitaba un <br/>universo inventado para ella, protegida de las inclemencias de la vida, donde se <br/>confundían la verdad prosaica de las cosas materiales con la verdad tumultosa de los <br/>sueños, donde no siempre funcionaban las leyes de la física o la lógica. Clara vivió ese <br/>período ocupada en sus fantasías, acompañada por los espíritus del aire, del agua y de <br/>la tierra, tan feliz, que no sintió la necesidad de hablar en nueve años. Todos habían <br/>perdido la esperanza de volver a oírle la voz, cuando el día de su cumpleaños, después <br/>que sopló las diecinueve velas de su pastel de chocolate, estrenó una voz que había <br/>estado guardada durante todo aquel tiempo y que tenía resonancia de instrumento <br/>desafinado. <br/>-Pronto me voy a casar -dijo. <br/>-¿Con quién? -preguntó Severo. <br/>-Con el novio de Rosa -respondió ella. <br/>Y entonces se dieron cuenta que había hablado por primera vez en todos esos años <br/>y el prodigio removió la casa en sus cimientos y provocó el llanto de toda la familia. Se <br/>llamaron unos a otros, se desparramó la noticia por la ciudad, consultaron al doctor <br/>Cuevas, que no podía creerlo, y en el alboroto de que Clara había hablado, a todos se <br/>les olvidó lo que dijo y no se acordaron hasta dos meses más tarde, cuando apareció <br/>Esteban Trueba, a quien no habían visto desde el entierro de Rosa, a pedir la mano de <br/>Clara. <br/>Esteban Trueba se bajó en la estación y cargó él mismo sus dos maletas. La cúpula <br/>de fierro que habían construido los ingleses imitando la Estación Victoria, en los <br/>tiempos en que tenían la concesión de los ferrocarriles nacionales, no había cambiado <br/>nada desde la última vez que estuvo allí años antes, los mismos cristales sucios, los <br/>niños lustrabotas, las vendedoras de pan de huevo y dulces criollos y los cargadores <br/>con sus gorras oscuras con la insignia de la corona británica, que a nadie se le había <br/>ocurrido sustituir por otra con los colores de la bandera. Tomó un coche y le dio la <br/>dirección de la casa de su madre. La ciudad le pareció desconocida, había un desorden <br/>de modernismo, un prodigio de mujeres mostrando las pantorrillas, de hombres con <br/>chaleco y pantalones con pliegues, un estropicio de obreros haciendo hoyos en el <br/>pavimento, quitando árboles para poner postes, quitando postes para poner edificios, <br/>quitando edificios para plantar árboles, un estorbo de pregoneros ambulantes gritando <br/>las maravillas del afilador de cuchillos, del maní tostado, del muñequito que baila solo, <br/>sin alambre, sin hilos, compruébelo usted mismo, pásele la mano, un viento de <br/>basurales, de fritangas, de fábricas, de automóviles tropezando con los coches y los <br/>tranvías de tracción a sangre, como llamaban a los caballos viejos que tiraban la<br/><br/><br/>Page No 54<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 54  <br/><br/>movilización colectiva, un resuello de muchedumbre, un rumor de c arreras, de ir y <br/>venir con prisa, de impaciencia y horario fijo. Esteban se sintió oprimido. Odiaba esa <br/>ciudad mucho más de lo que recordaba, evocó las alamedas del campo, el tiempo <br/>medido por las lluvias, la vasta soledad de sus potreros, la fresca quietud del río y de <br/>su casa silenciosa. <br/>-Ésta es una ciudad de mierda -concluyó. <br/>El coche lo llevó al trote a la casa donde se había criado. Se estremeció al ver cómo <br/>se había deteriorado el barrio en esos años, desde que los ricos quisieron vivir más <br/>arriba que los demás y la ciudad creció hacia los faldeos de la cord illera. De la plaza <br/>donde jugaba de niño, no quedaba nada, era un sitio baldío lleno de carretas del <br/>mercado estacionadas entre la basura donde escarbaban los perros vagos. Su casa <br/>estaba devastada. Vio todos los signos del paso del tiempo. En la puerta vidriada, con <br/>motivos de pájaros exóticos en el cristal tallado, pasada de moda y desvencijada, <br/>había un llamador de bronce con la forma de una mano femenina sujetando una bola. <br/>Tocó y tuvo que esperar un tiempo que le pareció interminable hasta que la puerta se <br/>abrió con el tirón de una cuerda que iba del picaporte hasta la parte superior de la <br/>escalera. Su madre habitaba el segundo piso y alquilaba la planta baja a una fábrica de <br/>botones. Esteban comenzó a subir los peldaños crujientes que no habían sido <br/>encerados en mucho tiempo. Una viejísima sirvienta, cuya existencia había olvidado <br/>por completo, lo esperaba arriba y lo recibió con lacrimosas muestras de afecto, igual <br/>como lo recibía a los quince años, cuando volvía de la Notaría donde se ganaba la vida <br/>copiando traspasos de propiedades y poderes de desconocidos. Nada había cambiado, <br/>ni siquiera la ubicación de los muebles, pero todo le pareció diferente a Esteban, el <br/>corredor con los pisos de madera gastada, algunos vidrios rotos, mal remendados con <br/>pedazos de cartón, unos helechos polvorientos languideciendo en tarros oxidados y <br/>maceteros de loza descascarada, una fetidez de comida y de orines que encogía el <br/>estómago: «¡Qué pobreza!», pensó Esteban sin explicarse a dónde iba a parar todo el <br/>dinero que le enviaba a su hermana para vivir con decencia. <br/>Férula salió a recibirlo con una triste mueca de bienvenida. Había cambiado mucho, <br/>ya no era la mujer opulenta que había dejado años atrás, había adelgazado y la nariz <br/>parecía enorme en su rostro anguloso, tenía un aire de melancolía y ofuscación, olor <br/>intenso a lavanda y ropa anticuada. Se abrazaron en silencio. <br/>-¿Cómo está mamá? -preguntó Esteban. <br/>-Ven a verla, te espera -dijo ella. <br/>Pasaron por un corredor de cuartos comunicados entre sí, todos iguales, oscuros, de <br/>paredes mortuorias, techos altos y ventanas estrechas, con papeles murales de flores <br/>desteñidas y doncellas lánguidas, manchados por el hollín de los braseros y por la <br/>pátina del tiempo y la pobreza. Desde muy lejos llegaba la voz de un locutor de radio <br/>anunciando las pildoritas del doctor Ross, chiquitas pero cumplidoras, que combaten el <br/>estreñimiento, el insomnio y el mal aliento. Se detuvieron ante la puerta cerrada del <br/>dormitorio de doña Ester Trueba. <br/>Aquí está -dijo Férula. <br/>Esteban abrió la puerta y necesitó algunos segundos para ver en la oscuridad. El <br/>olor a medicamentos y podredumbre le golpeó la cara, un olor dulzón de sudor, <br/>humedad, encierro y algo que al principio no identificó, pero que pronto se le adhirió <br/>como una peste: el olor de la carne en descomposición. La luz entraba en un hilo por la <br/>ventana entreabierta, vio la cama ancha donde murió su padre y donde durmió su <br/>madre desde el día de su boda, de negra madera tallada, con un dosel de ángeles en <br/>altorrelieve y unas piltrafas de brocado rojo marchitas por el uso. Su madre estaba<br/><br/><br/>Page No 55<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 55  <br/><br/>semisentada. Era un bloque de carne compacta, una monstruosa pirámide de grasa y <br/>trapos, terminada en una pequeña cabecita calva con los ojos dulces, <br/>sorprendentemente vivos, azules e inocentes. La artritis la había convertido en un ser <br/>monolítico, no podía doblar las articulaciones ni girar la cabeza, tenía los dedos <br/>engarfiados como las patas de un fósil, y para mantener la posición en la cama <br/>necesitaba el apoyo de un cajón en la espalda, sostenido por una viga de madera que <br/>a su vez se asentaba en la pared. Se notaba el paso de los años por las marcas que la <br/>viga dejó en el muro, una huella de sufrimiento, un sendero de dolor. <br/>-Mamá... -murmuró Esteban y la voz se le quebró en el pecho en un llanto <br/>contenido, borrando de una plumada los recuerdos tristes, la infancia pobre, los olores <br/>rancios, las mañanas heladas y la sopa grasienta de su niñez, la madre enferma, el <br/>padre ausente y esa rabia comiéndole las entrañas desde el día en que tuvo uso de <br/>razón, olvidando todo menos los únicos momentos luminosos en que esa mujer <br/>desconocida que yacía en la cama lo había acunado en sus brazos, había tocado su <br/>frente buscando la fiebre, le había cantado una canción de cuna, se había inclinado con <br/>él sobre las páginas de un libro, había sollozado de pena al verlo levantarse al alba <br/>para ir a trabajar cuando aún era un niño, había sollozado de alegría al verlo regresar <br/>en la noche, había sollozado, madre, por mí. <br/>Doña Ester extendió la mano, pero no era un saludo, sino un gesto para detenerlo. <br/>-Hijo, no se acerque -y tenía la voz entera, tal como él la recordaba, la voz <br/>cantarina y sana de una jovencita. <br/>-Es por el olor -aclaró Férula secamente-. Se pega. <br/>Esteban quitó la colcha de damasco deshilachada y vio las piernas de su madre. <br/>Eran dos columnas amoratadas, elefantiásicas, cubiertas de llagas donde las larvas de <br/>moscas y los gusanos hacían nidos y cavaban túneles, dos piernas pudriéndose en <br/>vida, con unos pies descomunales de un pálido color azul, sin uñas en los dedos, <br/>reventándose en su propia pus, en la sangre negra, en la fauna abominable que se <br/>alimentaba de su carne, madre, por Dios, de mi carne. <br/>-El doctor me las quiere cortar, hijo -dijo doña Ester con su voz tranquila de <br/>muchacha-,pero yo estoy muy vieja para eso y estoy muy cansada de sufrir, así es que <br/>mejor me muero. Pero no quería morirme sin verlo, porque en todos estos años llegué <br/>a pensar que usted estaba muerto y que sus cartas las escribía su hermana, para no <br/>darme ese dolor. Póngase a la luz, hijo, para verlo bien visto. ¡Por Dios! ¡Parece un <br/>salvaje! <br/>-Es la vida del campo, mamá -murmuró él. <br/>-¡Enfín! Se ve fuerte todavía. ¿Cuántos años tiene? <br/>-Treinta y cinco. <br/>-Buena edad para casarse y asentar cabeza, para que yo me pueda morir en paz. <br/>-¡Usted no se va a morir, mamá! -suplicó Esteban. <br/>-Quiero estar segura de que tendré nietos, alguien que lleve mi sangre, que tenga <br/>nuestro apellido. Férula perdió las esperanzas de casarse, pero usted tiene que <br/>buscarse una esposa. Una mujer decente y cristiana. Pero antes tiene que cortarse <br/>esos pelos y esa barba, ¿me oye? <br/>Esteban asintió. Se arrod illó junto a su madre y  hundió la cara en su mano <br/>hinchada, pero el olor lo tiró hacia atrás. Férula lo tomó del brazo y lo sacó de esa <br/>habitación de pesadumbre. Afuera respiró profundamente, con el olor pegado en las <br/>narices y entonces sintió la rabia, su rabia tan conocida subirle como una oleada <br/>caliente a la cabeza, inyectarle los ojos, poner blasfemias de bucanero en sus labios,<br/><br/><br/>Page No 56<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 56  <br/><br/>rabia por el tiempo pasado sin pensar en usted madre, rabia por haberla descuidado, <br/>por no haberla querido y cuidado lo suficiente, rabia por ser un miserable hijo de puta, <br/>no, perdone, madre, no quise decir eso, carajo, se está muriendo, vieja, y yo no puedo <br/>hacer nada, ni siquiera calmarle el dolor, aliviarle la podredumbre, quitarle ese olor de <br/>espanto, ese caldo de muerte en el que se está cocinando, madre. <br/>Dos días después, doña Ester Trueba murió en el lecho de los suplicios donde había <br/>padecido los últimos años de su vida. Estaba sola, porque su hija Férula había ido, <br/>como todos los viernes, a los conventillos de los pobres, en el barrio de la Misericordia, <br/>a rezar el rosario a los indigentes, a los ateos, a las prostitutas y a los huérfanos, que <br/>le tiraban basura, le vaciaban bacinillas y la escupían, mientras ella, de rodillas en el <br/>callejón del conventillo, gritaba padrenuestros y avemarías en incansable letanía, <br/>chorreada de porquería de indigente, de escupo de ateo, de desperdicio de prostituta y <br/>basura de huérfano, llorando, ay, de humillación, clamando perdón p ara los que no <br/>saben lo que hacen y sintiendo que los huesos se le ablandaban, que una languidez <br/>mortal le convertía las piernas en algodón, que un calor de verano le infundía pecado <br/>entre los muslos, aparta de mí este cáliz, Señor, que el vientre le estallaba en llamas <br/>de infierno, ay; de santidad, de miedo, padrenuestro, no me dejes caer en la <br/>tentación, Jesús. <br/>Esteban tampoco estaba con doña Ester cuando murió calladamente en el lecho de <br/>los suplicios. Había ido a visitar a la familia Del Valle p ara ver si les quedaba alguna <br/>hija soltera, porque con tantos años de ausencia y tantos de barbarie, no sabía por <br/>donde comenzar a cumplir la promesa hecha a su madre de darle nietos legítimos y <br/>concluyó que si Severo y Nívea lo aceptaron como yerno en los tiempos de Rosa la <br/>bella, no había ninguna razón para que no lo aceptaran de nuevo, especialmente ahora <br/>que era un hombre rico y no tenía que escarbar la tierra para arrancarle su oro, sino <br/>que tenía todo el necesario en su cuenta en el banco. <br/>Esteban y Férula encontraron esa noche a su madre muerta en la cama. Tenía una <br/>sonrisa apacible, como si en el último instante de su vida la enfermedad hubiera <br/>querido ahorrarle su cotidiana tortura. <br/>El día que Esteban Trueba pidió ser recibido, Severo y Nívea del Valle recordaron las <br/>palabras con que Clara había roto su larga mudez, de modo que no manifestaron <br/>ninguna extrañeza cuando el visitante les preguntó si tenían alguna hija en edad y <br/>condición de casarse. Sacaron sus cuentas y le informaron que Ana se había metido a <br/>monja, Teresa estaba muy enferma y todas las demás estaban casadas, menos Clara, <br/>la menor, que aún estaba disponible, pero era una criatura algo estrafalaria, poco apta <br/>para las responsabilidades matrimoniales y la vida doméstica. Con toda honestidad, le <br/>contaron las rarezas de su hija menor, sin omitir el hecho de que había permanecido <br/>sin hablar durante la mitad de su existencia, porque no le daba la gana hacerlo y no <br/>porque no pudiera, como había aclarado muy bien el rumano Rostipov y confirmado el <br/>doctor Cuevas con innumerables exámenes. Pero Esteban Trucha no era hombre de <br/>dejarse amedrentar por historias de fantasmas que deambulan por los corredores, por <br/>objetos que se mueven a la distancia con el poder de la mente o por presagios de mala <br/>suerte, y mucho menos por el prolongado silencio, que consideraba una virtud. <br/>Concluyó que ninguna de esas cosas eran inconvenientes para echar hijos sanos y <br/>legítimos al mundo y pidió conocer a Clara. Nívea salió a buscar a su hija y los dos <br/>hombres quedaron solos en el salón, ocasión que Trucha, con su franqueza habitual, <br/>aprovechó para plantear sin preámbulos su solvencia económica.<br/><br/><br/>Page No 57<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 57  <br/><br/>-¡Por favor, no se adelante, Esteban! -le interrumpió Severo-. Primero tiene que ver <br/>a la niña, conocerla mejor, y también tenemos que considerar los deseos de Clara. ¿No <br/>le parece? <br/>Nívea regresó con Clara. La joven entró al salón con las mej illas arreboladas y las <br/>uñas negras, porque había estado ayudando al jardinero a plantar papas de dalias y en <br/>esa ocasión le falló la clarividencia para esperar al futuro novio con un arreglo más <br/>esmerado. Al verla, Esteban se puso de pie asombrado. La recordaba como una <br/>criatura flaca y asmática, sin la menor gracia, pero la joven que tenía al frente era un <br/>delicado medallón de marfil, con un rostro dulce y una mata de cabello castaño, crespo <br/>y desordenado escapándose en rizos del peinado, ojos melancólicos, que se <br/>transformaban en una expresión burlona y chispeante cuando se reía, con una risa <br/>franca y abierta, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Ella lo saludó con un <br/>apretón de manos, sin dar muestras de timidez. <br/>-Lo estaba esperando -dijo sencillamente. <br/>Transcurrieron un par de horas en visita de cortesía, hablando de la temporada <br/>lírica, los viajes a Europa, la situación política y los resfríos de invierno, bebiendo <br/>mistela y comiendo pasteles de hojaldre. Esteban observaba a Clara con toda la <br/>discreción de que era capaz, sintiéndose paulatinamente seducido por la muchacha. No <br/>recordaba haber estado tan interesado en alguien desde el día glorioso en que vio a <br/>Rosa, la bella, comprando caramelos de anís en la confitería de la Plaza de Armas. <br/>Comparó a las dos hermanas y llegó a la conclusión de que Clara aventajaba en <br/>simpatía, aunque Rosa, sin duda, había sido mucho más hermosa. Cayó la noche y <br/>entraron dos empleadas a correr las cortinas y encender las luces, entonces Esteban se <br/>dio cuenta que su visita había durado demasiado. Sus modales dejaban mucho que <br/>desear. Saludó rígidamente a Severo y Nívea y pidió autorización para visitar a Clara <br/>de nuevo. <br/>-Espero no aburrirla, Clara -dijo sonrojándose-. Soy un hombre rudo, de campo, y <br/>soy por lo menos quince años mayor. No sé tratar a una joven como usted... <br/>-¿Usted quiere casarse conmigo? -preguntó Clara y él notó un br illo irónico en sus <br/>pupilas de avellana. <br/>-¡Clara, por Dios! -exclamó su madre horrorizada-. Disculpe, Esteban, esta niña <br/>siempre ha sido muy impertinente. <br/>-Quiero saberlo, mamá, para no perder tiempo -dijo Clara. <br/>-A mí también me gustan las cosas directas -sonrió feliz Esteban-. Sí, Clara, a eso <br/>he venido. <br/>Clara lo tomó del brazo y lo acompañó hasta la salida. En la última mirada que <br/>intercambiaron Esteban comprendió que lo había aceptado y lo invadió la alegría. Al <br/>tomar el coche, iba sonriendo sin poder creer en su buena suerte y sin saber por qué <br/>una joven tan encantadora como Clara lo había aceptado sin conocerlo. No sabía que <br/>ella había visto su propio destino, por eso lo había llamado con el pensamiento y <br/>estaba dispuesta a casarse sin amor. <br/>Dejaron pasar algunos meses por respeto al duelo de Esteban Trueba, durante los <br/>cuales él la cortejó a la antigua, en la misma forma en que lo había hecho con su <br/>hermana Rosa, sin saber que Clara detestaba los caramelos de anís y los acrósticos le <br/>daban risa. A fin de año, cerca de Navidad, anunciaron oficialmente su noviazgo por el <br/>periódico y se colocaron las argollas en presencia de sus parientes y amigos íntimos, <br/>más de cien personas en total, en un banquete pantagruélico, donde desfilaron las <br/>bandejas con pavos rellenos, los cerdos acaramelados, los congrios de agua fría, las <br/>langostas gratinadas, las ostras vivas, las tortas de naranja y limón de las Carmelitas,<br/><br/><br/>Page No 58<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 58  <br/><br/>de almendra y nuez de las Dominicas, de chocolate y huevomol de las Clarisas, y cajas <br/>de champán traídas de Francia a través del cónsul, que hacía contrabando con sus <br/>privilegios diplomáticos, pero todo servido y presentado con gran sencillez por las <br/>antiguas empleadas de la casa, con sus delantales negros de todos los días, para darle <br/>al festín la apariencia de una modesta reunión familiar, porque toda extravagancia era <br/>una prueba de chabacanería y condenada como un pecado de vanidad mundana y un <br/>signo de mal gusto, debido al ancestro austero y algo lúgubre de aquella sociedad <br/>descendiente de los más esforzados emigrantes castellanos y vascos. Clara era una <br/>aparición de encaje de Chantilly blanco y camelias naturales, desquitándose como una <br/>cotorra feliz de los nueve años de silencio, bailando con su novio bajo los toldos y los <br/>faroles, ajena por completo a las advertencias de los espíritus que le hacían señales <br/>desesperadas desde las cortinas, pero que en la turbamulta y el bochinche, ella no <br/>veía. La ceremonia de las argollas se mantenía igual desde los tiempos de la Colonia. A <br/>las diez de la noche, un sirviente circuló entre los invitados tocando una campanita de <br/>cristal, se calló la música, se paró el baile y los invitados se reunieron en el salón <br/>principal. Un sacerdote pequeño e inocente, adornado con sus paramentos de misa <br/>mayor, leyó el enmarañado sermón que había preparado, exaltando confusas e <br/>impracticables virtudes. Clara no le escuchó, porque cuando se apagó el estrépito de la <br/>música y la pelotera de los bailarines, prestó atención a los susurros de los espíritus <br/>entre las cortinas y se dio cuenta que hacía muchas horas que no veía a  Barrabás. Lo <br/>buscó con la mirada, alertando los sentidos, pero un codazo de su madre la devolvió a <br/>las urgencias de la ceremonia. El sacerdote terminó su discurso, bendijo los anillos de <br/>oro y en seguida Esteban puso uno a su novia y se colocó el otro en su dedo. <br/>En ese momento un grito de horror sacudió a la concurrencia. La gente se apartó, <br/>abriendo un camino por donde entró  Barrabás, más negro y grande que nunca, con <br/>un cuchillo de carnicero metido en el lomo hasta la cacha, desangrándose como un <br/>buey, las largas patas de potrillo temblando, el hocico babeando en un hilo de sangre, <br/>los ojos nublados por la agonía, paso a paso, arrastrando una pata detrás de la otra, <br/>en un zigzagueante avance de dinosaurio herido. Clara cayó sentada en el sofá de seda <br/>francesa. El perrazo se acercó a ella, le colocó la gran cabeza de fiera milenaria en la <br/>falda y se quedó mirándola con sus ojos enamorados, que se fueron empañando y <br/>quedando ciegos, mientras el blanco encaje de Chantilly, la seda francesa del sofá, la <br/>alfombra persa y el parquet se ensopaban de sangre.  Barrabás se fue muriendo sin <br/>ninguna prisa, con los ojos prendidos en Clara, que le acariciaba las orejas y <br/>murmuraba palabras de consuelo, hasta que finalmente cayó y en un único estertor se <br/>quedó tieso. Entonces todos parecieron despertar de una pesadilla y un rumor de <br/>espanto recorrió el salón, los invitados comenzaron a despedirse apresurados, a <br/>escapar sorteando los charcos de sangre, recogiendo al vuelo sus estolas de piel, sus <br/>sombreros de copa, sus bastones, sus paraguas, sus bolsos de mostacillas. En el salón <br/>de la fiesta quedaron solamente Clara con la bestia en el regazo, sus padres, que se <br/>abrazaban paralizados por el mal presagio, y el novio, que no entendía la causa de <br/>tanto alboroto por un simple perro muerto, mas cuando se dio cuenta que Clara <br/>parecía traspuesta, la levantó en brazos y se la llevó medio inconsciente hasta su <br/>dormitorio, donde los cuidados de la Nana y las sales del doctor Cuevas impidieron que <br/>volviera a caer en el estupor y la mudez. Esteban Trueba pidió ayuda al jardinero y <br/>entre los dos echaron al coche el cadáver de Barrabás; que con la muerte aumentó de <br/>peso hasta ser casi imposible levantarlo. <br/>El año transcurrió en los preparativos de la boda. Nívea se ocupó del ajuar de Clara, <br/>quien no demostraba el menor interés en el contenido de los baúles de sándalo y <br/>seguía experimentando con la mesa de tres patas y sus naipes de adivinación. Las<br/><br/><br/>Page No 59<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 59  <br/><br/>sábanas bordadas con primor, los manteles de hilo y la ropa interior que diez años <br/>atrás habían hecho las monjas para Rosa con las iniciales entrelazadas de Trueba y Del <br/>Valle, sirvieron para el ajuar de Clara. Nívea encargó a Buenos Aires, a París y a <br/>Londres vestidos de viaje, ropa para el campo, trajes de fiesta, sombreros a la moda, <br/>zapatos y carteras de cuero de lagarto y gamuza, y otras cosas que se guardaron <br/>envueltas en papel de seda y se preservaron con lavanda y alcanfor, sin que la novia <br/>les diera más que una mirada distraída. <br/>Esteban Trueba se puso al mando de una cuadrilla de albañiles, carpinteros y <br/>plomeros, para construir la casa más sólida, amplia y asoleada que se pudiera <br/>concebir, destinada a durar mil años y a albergar varias generaciones de una fam ilia <br/>numerosa de Truebas legítimos. Encargó los planos a un arquitecto francés e hizo traer <br/>parte de los materiales del extranjero para que su casa fuera la única con vitrales <br/>alemanes, con zócalos tallados en Austria, con grifería de bronce inglesa, con <br/>mármoles italianos en los pisos y cerraduras pedidas por catálogo a los Estados <br/>Unidos, que llegaron con las instrucciones cambiadas y sin llaves. Férula, horrorizada <br/>por el gasto, procuró evitar que siguiera haciendo locuras, comprando muebles <br/>franceses, lámparas de lágrimas y alfombras turcas, con el argumento de que se iban <br/>a arruinar y volverían a repetir la historia del Trueba extravagante que los había <br/>engendrado, pero Esteban le demostró que era bastante rico como para darse esos <br/>lujos y la amenazó con forrar las puertas de plata si seguía molestándolo. Entonces <br/>ella alegó que tanto despilfarro era seguramente pecado mortal y Dios los iba a <br/>castigar a todos por gastar en chabacanerías de nuevo rico lo que estaría mejor <br/>empleado ayudando a los pobres. <br/>A pesar de que Esteban Trueba no era amante de las innovaciones, sino, por el <br/>contrario, tenía gran desconfianza por los trastornos del modernismo, decidió que su <br/>casa debía ser construida como los nuevos palacetes de Europa y Norteamérica, con <br/>todas las comodidades aunque guardando un estilo clásico. Deseaba que fuera lo más <br/>alejada posible de la arquitectura aborigen. No quería tres patios, corredores, fuentes <br/>roñosas, cuartos oscuros, paredes de adobe blanqueadas a la cal ni tejas polvorientas, <br/>sino dos o tres pisos heroicos, hileras de blancas columnas, una escalera señorial que <br/>diera media vuelta sobre sí misma y aterrizara en un  hall de mármol blanco, ventanas <br/>grandes e iluminadas y, en general, un aspecto de orden y concierto, de pulcritud y <br/>civilización, propio de los pueblos extranjeros y acorde con su nueva vida. Su casa <br/>debía ser el reflejo de él, de su familia y del prestigio que pensaba darle al apellido que <br/>su padre había manchado. Deseaba que el esplendor se notara desde la calle, por eso <br/>hizo diseñar un jardín francés con macrocarpa versallesca, macizos de flores, un prado <br/>liso y perfecto, surtidores de agua y algunas estatuas representando a los dioses del <br/>Olimpo y tal vez. algún indio bravo de la historia americana, desnudo y coronado de <br/>plumas, como una concesión al patriotismo. No podía saber que aquella mansión <br/>solemne, cúbica, compacta y oronda, colocada como un sombrero en su verde y <br/>geométrico contorno, acabaría llenándose de protuberancias y adherencias, de <br/>múltiples escaleras torcidas que conducían a lugares vagos, de torreones, de <br/>ventanucos que no se abrían, de puertas suspendidas en el vacío, de corredores <br/>torcidos y ojos de buey que comunicaban los cuartos para hablarse a la hora de la <br/>siesta, de acuerdo a la inspiración de Clara, que cada vez que necesitara instalar un <br/>nuevo huésped, mandaría fabricar otra habitación en cualquier parte y si los espíritus <br/>le indicaban que había un tesoro oculto o un cadáver insepulto en las fundaciones, <br/>echaría abajo un muro, hasta dejar la mansión convertida en un laberinto encantado <br/>imposible de limpiar, que desafiaba numerosas leyes urbanísticas y municipales. Pero <br/>cuando Trueba construyó lo que todos llamaron «la gran casa de la esquina», tenía el <br/>sello solemne, que procuraba imponer a todo lo que le rodeaba, en recuerdo de las<br/><br/><br/>Page No 60<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 60  <br/><br/>privaciones de su infancia. Clara nunca fue a ver la casa durante el proceso de <br/>construcción. Parecía interesarle tan poco como su propio ajuar, y depositó las <br/>decisiones en su novio y en su futura cuñada. <br/>Al morir su madre, Férula se encontró sola y sin nada útil a lo cual dedicar su vida, a <br/>una edad en que no tenía ilusión de casarse. Por un tiempo estuvo visitando  <br/>conventillos todos los días, en una frenética obra piadosa que le provocó una <br/>bronquitis crónica y no llevó nada de paz a su alma atormentada. Esteban quiso que <br/>viajara, se comprara ropa y se divirtiera por primera vez en su melancólica existencia, <br/>pero ella tenía el hábito de la austeridad y llevaba demasiado tiempo encerrada en su <br/>casa. Tenía miedo de todo. El matrimonio de su hermano la sumía en la incertidumbre, <br/>porque pensaba que ése sería un motivo más de alejamiento para Esteban, que era su <br/>único sustento. Temía terminar sus días haciendo ganchillo en un asilo para solteronas <br/>de buena familia, por eso se sintió muy feliz al descubrir que Cl ara era incompetente <br/>para todas las cosas de orden doméstico y cada vez que tenía que enfrentar una <br/>decisión, adoptaba un aire distraído y vago. «Es un poco idiota», concluyó Férula <br/>encantada. Era evidente que Clara sería incapaz de administrar el caserón que su <br/>hermano estaba construyendo y que necesitaría mucha ayuda. De maneras sutiles <br/>procuró hacer saber a Esteban que su futura mujer era una inútil y que ella, con su <br/>espíritu de sacrificio tan ampliamente demostrado, podría ayudarla y estaba dispuesta <br/>a hacerlo. Esteban no seguía la conversación cuando tomaba por esos rumbos. A <br/>medida que se acercaba la fecha del matrimonio y se veía en la necesidad de decidir su <br/>destino, Férula empezó a desesperarse. Convencida de que con su hermano no iba a <br/>conseguir nada, buscó la oportunidad de hablar a solas con Clara y la encontró un <br/>sábado a las cinco de la tarde en que la vio paseando por la calle. La invitó al Hotel <br/>Francés a tomar el té. Las dos mujeres se sentaron rodeadas de pastelillos con crema <br/>y porcelana de Bavaria, mientras al fondo del salón una orquesta de señoritas <br/>interpretaba un melancólico cuarteto de cuerdas. Férula observaba con disimulo a su <br/>futura cuñada, que parecía de quince años y todavía tenía la voz desafinada, producto <br/>de los años de silencio, sin saber cómo abordar el tema. Después de una pausa <br/>larguísima en la que se comieron una bandeja de masitas y se bebieron dos tazas de <br/>té de jazmín cada una, Clara se acomodó un mechón de pelo que le caía sobre los <br/>ojos, sonrió y dio una palmadita cariñosa en la mano de Férula. <br/>-No te preocupes. Vas a vivir con nosotros y las dos seremos como hermanas -dijo <br/>la muchacha. <br/>Férula se sobresaltó, preguntándose si serían ciertos los chismes sobre la habilidad <br/>de Clara para leer el pensamiento ajeno. Su primera reacción fue de orgullo y hubiera <br/>rechazado la oferta nada más que por la belleza del gesto, pero Clara no le dio tiempo. <br/>Se inclinó y la besó en la mejilla con tal candor, que Férula perdió el control y rompió a <br/>llorar. Hacía mucho tiempo que no derramaba una lágrima y comprobó asombrada <br/>cuánta falta le hacía un gesto de ternura. No recordaba la última vez que alguien la <br/>había tocado espontáneamente. Lloró largo rato, desahogándose de muchas tristezas y <br/>soledades pasadas, de la mano de Clara, que la ayudaba a sonarse y entre sollozo y <br/>sollozo le daba más pedazos de pastel y sorbos de té. Se quedaron llorando y hablando <br/>hasta las ocho de la noche y esa tarde en el Hotel Francés sellaron un pacto de <br/>amistad que duró muchos años. <br/>Apenas terminó el duelo por la muerte de doña Ester y estuvo lista la gran casa de <br/>la esquina, Esteban Trueba y Clara del Valle se casaron en una discreta ceremonia. <br/>Esteban regaló a su novia un aderezo de brillantes, que ella encontró muy bonito, lo <br/>guardó en una caja de zapatos y enseguida olvidó dónde lo había puesto. Se fueron de<br/><br/><br/>Page No 61<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 61  <br/><br/>viaje a Italia y a los dos días de embarcarse, Esteban se sentía enamorado como un <br/>adolescente, a pesar de que el movimiento del buque sumió a Clara en un mareo <br/>incontrolable y el encierro le produjo asma. Sentado a su lado en el estrecho camarote, <br/>poniéndole paños mojados en la frente y sosteniéndola cuando vomitaba, se sentía <br/>profundamente feliz y la deseaba con una intensidad injustificada, teniendo en <br/>consideración su lamentable estado. Al cuarto día ella amaneció mejor y salieron a <br/>cubierta a mirar el mar. Al verla con la nariz colorada por el viento y riéndose con <br/>cualquier pretexto, Esteban se juró que tarde o temprano ella llegaría a amarlo en la <br/>forma en que necesitaba ser querido, aunque para lograrlo tuviera que emplear los <br/>recursos más extremos. Se daba cuenta que Clara no le pertenecía y que si ella <br/>continuaba habitando un mundo de aparecidos, de mesas de tres patas que se mueven <br/>solas y barajas que escrutan el futuro, lo más probable era que no llegara a <br/>pertenecerle nunca. La despreocupada e impúdica sensualidad de Clara tampoco le <br/>bastaba. Deseaba mucho más que su cuerpo, quería apoderarse de esa materia <br/>imprecisa y luminosa que había en su interior y que se le escapaba aun en los <br/>momentos en que ella parecía agonizar de placer. Sentía que sus manos eran muy <br/>pesadas, sus pies muy grandes, su voz muy dura, su barba muy áspera, su costumbre <br/>de violaciones y de prostitutas muy arraigada, pero aunque tuviera que darse vuelta al <br/>revés como un guante, estaba dispuesto a seducirla. <br/>Regresaron de la luna de miel tres meses después. Férula los esperaba con la casa <br/>nueva, que todavía olía a pintura y cemento fresco, llena de flores y fuentes con <br/>frutas, tal como Esteban le había ordenado. Al cruzar el umbral por primera vez, <br/>Esteban levantó a su mujer en brazos. Su hermana se sorprendió de no sentir celos y <br/>observó que Esteban parecía haber rejuvenecido. <br/>-Te ha hecho bien el matrimonio -dijo. <br/>Llevó a Clara a recorrer la casa. Ella paseaba la vista y encontraba todo muy bonito, <br/>con la misma cortesía con que celebraba una puesta de sol en alta mar, la Plaza San <br/>Marcos o el aderezo de brillantes. En la puerta de la habitación destinada a ella, <br/>Esteban le pidió que cerrara los ojos y la condujo de la mano hasta el centro. <br/>-Ya puedes abrirlos -le dijo encantado. <br/>Clara miró a su alrededor. Era una pieza grande con las paredes tapizadas en seda <br/>azul, muebles ingleses, grandes ventanas con balcones abiertos al jardín y una cama <br/>con dosel y cortinas de gasa que parecía un velero navegando en el agua mansa de la <br/>seda azul. <br/>-Muy bonito -dijo Clara. <br/>Entonces Esteban le señaló el lugar donde estaba parada. Era la marav illosa <br/>sorpresa que había preparado para ella. Clara bajó los ojos y dio un grito pavoroso; <br/>estaba de pie sobre el lomo negro de Barrabás, que yacía abierto de patas, convertido <br/>en alfombra, con la cabeza intacta y dos ojos de vidrio mirándola con la expresión de <br/>desamparo propia de la taxidermia. Su marido alcanzó a sostenerla antes que cayera <br/>desmayada al suelo. <br/>-Ya te dije que no le iba a gustar, Esteban -dijo Férula. <br/>El cuero curtido de  Barrabás fue rápidamente sacado de la habitación y lo tiraron <br/>en un rincón del sótano, junto con los libros mágicos de los baúles encantados del tío <br/>Marcos y otros tesoros, donde se defendió de las polillas y del abandono con una <br/>tenacidad digna de mejor causa, hasta que otras generaciones lo rescataron. <br/>Muy pronto fue evidente que Clara estaba embarazada. El cariño que Férula sentía <br/>por su cuñada se transformó en una pasión por cuidarla, una dedicación para servirla y <br/>una tolerancia ilimitada para resistir sus distracciones y excentricidades. Para Férula,<br/><br/><br/>Page No 62<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 62  <br/><br/>que había dedicado su vida a cuidar a una anciana que iba pudriéndose <br/>irremisiblemente, atender a Clara fue como entrar en la gloria. La bañaba en agua <br/>perfumada de albahaca y jazmín, la frotaba con una esponja, la enjabonaba, la <br/>friccionaba con agua de colonia, la empolvaba con un hisopo de plumas de cisne y le <br/>cepillaba el pelo hasta dejárselo brillante y dócil como una planta de mar, tal como <br/>antes lo había hecho la Nana. <br/>Mucho antes de que se apaciguara su impaciencia de marido reciente, Esteban <br/>Trueba tuvo que regresar a Las Tres Marías, donde no había puesto los pies desde <br/>hacía más de un año y que, a pesar de los esmeros de Pedro Segundo García, <br/>reclamaba la presencia del patrón. La propiedad, que antes le parecía un paraíso y era <br/>todo su orgullo, ahora le resultaba un fastidio. Miraba las vacas inexpresivas rumiando <br/>en los potreros, la lenta faena de los campesinos repitiendo los mismos gestos cada día <br/>a lo largo de sus vidas, el inmutable marco de la cordillera nevada y la frágil columna <br/>de humo del volcán y se sentía como un preso. <br/>Mientras él estaba en el campo, la vida en la gran casa de la esquina cambiaba para <br/>acomodarse a una suave rutina sin hombres. Férula era la primera en despertar, <br/>porque le había quedado el hábito de madrugar desde la época en que velaba junto a <br/>su madre enferma, pero dejaba dormir a su cuñada hasta tarde. A media mañana le <br/>llevaba personalmente el desayuno a la cama, abría las cortinas de seda azul para que <br/>entrara el sol entre los cristales, llenaba la bañera de porcelana francesa pintada con <br/>nenúfares, dándole tiempo a Clara para sacudirse la modorra saludando por turno a los <br/>espíritus presentes, atraer la bandeja y mojar las tostadas en el chocolate espeso. <br/>Luego la sacaba de la cama acariciándola con cuidados de madre y comentándole las <br/>noticias agradables del periódico, que cada día eran menos, así es que debía llenar las <br/>lagunas con chismes sobre los vecinos, pormenores domésticos y anécdotas <br/>inventadas que Clara encontraba muy bonitas y a los cinco minutos ya no recordaba, <br/>de modo que era posible volver a contarle lo mismo varias veces y ella se divertía <br/>como si fuera la primera. <br/>Férula la llevaba a pasear para que tomara el sol, le hace bien a la criatura; de <br/>compras, para que cuando nazca no le falte nada y tenga la ropa más fina del mundo; <br/>a almorzar al Club de Golf, para que todos vean lo bonita que te has puesto desde que <br/>te casaste con mi hermano; a visitar a tus padres, para que no crean que los has <br/>olvidado; al teatro, para que no pases todo el día encerrada en la casa. Clara se dejaba <br/>conducir con una dulzura que no era imbecilidad, sino distracción y gastaba toda su <br/>capacidad de concentración en inútiles intentos de comunicarse telepáticamente con <br/>Esteban, que no recibía los mensajes, y en perfeccionar su propia clarividencia. <br/>Por primera vez desde que podía recordar, Férula se sentía feliz. Estaba más cerca <br/>de Clara de lo que nunca estuvo de nadie, ni siquiera de su madre. Una persona menos <br/>original que Clara, habría terminado por molestarse con los mimos excesivos y la <br/>constante preocupación de su cuñada, o habría sucumbido a su carácter dominante y <br/>meticuloso. Pero Clara vivía en otro mundo. Férula detestaba el momento en que su <br/>hermano regresaba del campo y su presencia llenaba toda la casa, rompiendo la <br/>armonía que se establecía en su ausencia. Con él en la casa, ella debía ponerse a la <br/>sombra y ser más prudente en la forma de dirigirse a los sirvientes, tanto como en las <br/>atenciones que prodigaba a Clara. Cada noche, en el momento en que los esposos se <br/>retiraban a sus habitaciones, se sentía invadida por un odio desconocido, que no podía <br/>explicar y que llenaba su alma de funestos sentimientos. Para distraerse retomaba el <br/>vicio de rezar el rosario en los conventillos y de confesarse con el padre Antonio. <br/>-Ave María Purísima.<br/><br/><br/>Page No 63<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 63  <br/><br/>-Sin pecado concebida. <br/>-Te escucho, hija. <br/>-Padre, no sé cómo comenzar. Creo que lo que hice es pecado... -¿De la carne, hija? <br/>-¡Ay! La carne está seca, padre, pero el espíritu no. Me atormenta el demonio. <br/>-La misericordia de Dios es infinita. <br/>-Usted no conoce los pensamientos que pueden haber en la mente de una mujer <br/>sola, padre, una virgen que no ha conocido varón, y no por falta de oportunidades, <br/>sino porque Dios le mandó a mi madre una larga enfermedad y tuve que cuidarla. <br/>-Ese sacrificio está registrado en el Cielo, hija mía. <br/>-¿Aunque haya pecado de pensamiento, padre? <br/>-Bueno, depende del pensamiento... <br/>-En la noche no puedo dormir, me sofoco. Para calmarme me levanto y camino por <br/>el jardín, vago por la casa, voy al cuarto de mi cuñada, pego el oído a la puerta, a <br/>veces entro de puntillas para verla cuando duerme, parece un ángel, tengo la tentación <br/>de meterme en su cama para sentir la tibieza de su piel y su aliento. <br/>-Reza, hija. La oración ayuda. <br/>-Espere, no se lo he dicho todo. Me avergüenzo. <br/>-No debes avergonzarte de mí, porque no soy más que un instrumento de Dios. <br/>-Cuando mi hermano viene del campo es mucho peor, padre. De nada me sirve la <br/>oración, no puedo dormir, transpiro, tiemblo, por último me levanto y cruzo toda la <br/>casa a oscuras, deslizándome por los pasillos con mucho cuidado para que no cruja el <br/>piso. Los oigo a través de la puerta de su dormitorio y una vez pude verlos, porque se <br/>había quedado la puerta entreabierta. No le puedo contar lo que vi, padre, pero debe <br/>ser un pecado terrible. No es culpa de Clara, ella es inocente como un niño. Es mi <br/>hermano el que la induce. Él se condenará con seguridad. <br/>-Sólo Dios puede juzgar y condenar, hija mía. ¿Qué hacían? <br/>Y entonces Férula podía tardar media hora en dar los detalles. Era una narradora <br/>virtuosa, sabía colocar la pausa, medir la entonación, explicar sin gestos, pintando un <br/>cuadro tan vívido, que el oyente parecía estarlo viviendo, era increíble cómo podía <br/>percibir desde la puerta entreabierta la calidad de los estremecimientos, la abundancia <br/>de los jugos, las palabras murmuradas al oído, los olores más secretos, un prodigio, en <br/>verdad. Desahogada de aquellos tumultuosos estados de ánimo, regresaba a la casa <br/>con su máscara de ídolo, impasible y severa, y vamos, dando órdenes, contando los <br/>cubiertos, disponiendo la comida, echando llave, exigiendo póngame esto aquí, se lo <br/>ponían, cambien las flores de los jarrones, las cambiaban, laven los vidrios, hagan <br/>callar a esos pájaros del diablo, que la bullaranga no deja dormir a la señora Clara y <br/>con tanto cacareo se le va a espantar la criatura y capaz que nazca alelada. Nada <br/>escapaba a sus ojos vigilantes y estaba siempre en actividad, en contraste con Clara, <br/>que todo lo encontraba muy bonito y le daba lo mismo comer trufas rellenas o sopa de <br/>sobras, dormir en colchón de plumas o sentada en una silla, bañarse en aguas <br/>perfumadas o no bañarse. A medida que avanzaba su estado de gravidez, parecía irse <br/>despegando irremisiblemente de la realidad y volcándose hacia el interior de sí misma, <br/>en un diálogo secreto y constante con la criatura. <br/>Esteban quería un hijo que llevara su nombre y le pasara a su descendencia el <br/>apellido de los Trueba. <br/>-Es una niña y se llama Blanca -dijo Clara desde el primer día que anunció su <br/>embarazo.<br/><br/><br/>Page No 64<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 64  <br/><br/>Y así fue. <br/>El doctor Cuevas, a quien Clara le había finalmente perdido el miedo, calculaba que <br/>e1 alumbramiento debía producirse a mediados de octubre, pero a principios de <br/>noviembre Clara seguía bamboleando una panza enorme, en estado semisonámbulo, <br/>cada vez más distraída y cansada, asmática, indiferente a todo lo que la rodeaba, <br/>incluso su marido, a quien a veces ni siquiera reconocía y le preguntaba ¿qué se le <br/>ofrece? cuando lo veía a su lado. Una vez que el médico descartó cualquier posible <br/>error en sus matemáticas y fue evidente que Clara no tenía ninguna intención de parir <br/>por la vía natural, procedió a abrir la barriga a la madre y sustraer a Blanca, que <br/>resultó ser una niña más peluda y fea que lo usual. Esteban sufrió un escalofrío cuando <br/>la vio, convencido de que había sido burlado por el destino y en vez del Trueba <br/>legítimo que le prometió a su madre en el lecho de muerte, había engendrado un <br/>monstruo y, para colmo, de sexo femenino. Revisó a la niña personalmente y <br/>comprobó que tenía todas sus partes en el sitio correspondiente, al menos aquellas <br/>visibles al ojo humano. El doctor Cuevas lo consoló con la explicación de que el aspecto <br/>repugnante de la criatura se debía a que había pasado más tiempo que lo normal <br/>dentro de su madre, al sufrimiento de la cesárea y a su constitución pequeña, delgada, <br/>morena y algo peluda. Clara, en cambio, estaba encantada con su hija. Pareció <br/>despertar de un largo sopor y descubrir la alegría de estar viva. Tomó a la niña en los <br/>brazos y no la soltó más, andaba con ella prendida al pecho, dándole de mamar en <br/>todo momento, sin horario fijo y sin contemplaciones con las buenas maneras o el <br/>pudor, como una indígena. No quiso fajarla, cortarle el pelo, perforarle las orejas o <br/>contratarle una aya para que la criara y mucho menos recurrir a la leche de algún <br/>laboratorio, como hacían todas las señoras que podían pagar ese lujo. Tampoco aceptó <br/>la receta de la Nana de darle leche de vaca diluida en agua de arroz, porque concluyó <br/>que si la naturaleza hubiera querido que los humanos se criaran así, habría hecho que <br/>los senos femeninos secretaran ese tipo de producto. Clara le hablaba a la niña todo el <br/>tiempo, sin usar medias lenguas ni diminutivos, en correcto español, como si dialogara <br/>con una adulta, en la misma forma pausada y razonable en que le hablaba a los <br/>animales y a las plantas, convencida de que si le había dado resultado con la flora y la <br/>fauna, no había ninguna razón para que no fuera lo indicado también con la niña. La <br/>combinación de leche materna y conversación tuvo la virtud de transformar a Blanca <br/>en una niña saludable y casi hermosa, que no se parecía en nada al armadillo que era <br/>cuando nació. <br/>Pocas semanas después del nacimiento de Blanca, Esteban Trueba pudo comprobar, <br/>mediante los retozos en el velero del agua mansa de la seda azul, que su esposa no <br/>había perdido con la maternidad el encanto o la buena disposición para hacer el amor, <br/>sino todo lo contrario. Por su parte Férula, demasiado ocupada con la crianza de la <br/>niña, que tenía pulmones formidables, carácter impulsivo y apetito voraz, no tenía <br/>tiempo para ir a rezar a los conventillos, para confesarse con el padre Antonio y mucho <br/>menos para espiar por la puerta entreabierta.<br/><br/><br/>Page No 65<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 65  <br/><br/>  <br/>El tiempo de los espíritus  <br/>Capítulo IV  <br/>  <br/>A una edad en que la mayoría de los niños anda con pañales y a cuatro patas, <br/>balbuceando incoherencias y chorreando baba, Blanca parecía una enana razonable, <br/>caminaba a tropezones, pero en sus dos piernas, hablaba correctamente y comía sola, <br/>debido al sistema de su madre de tratarla como persona mayor. Tenía todos sus <br/>dientes y empezaba a abrir los armarios para alborotar su contenido, cuando la fam ilia <br/>decidió ir a pasar el verano a Las Tres Marías, que Clara no conocía más que de <br/>referencia. En ese período de la vida de Blanca, la curiosidad era más fuerte que el <br/>instinto de supervivencia y Férula pasaba apuros corriendo detrás de ella para evitar <br/>que se precipitara del segundo piso, se metiera en el horno o se tragara el jabón. La <br/>idea de ir al campo con la niña le parecía peligrosa, agobiante e inútil, <br/><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16646874">Descarga 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#000000">Magdalena</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://virgenesnegras-virgenesnegras.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Virgenes</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://diosamadre.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Diosa</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.com/"><span style="color: #000000">Pueblo rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://contaminacioninvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">la Contaminacion</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://electrosmog-movil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Que es Electrosmog</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://lacontaminaciondelmovil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Contamina el Movil</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeandeenlaces.blogspot.com/"><span style="color: #000000">enlaces mágicos</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://caballodetroya100.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://personal.telefonica.terra.es/web/valdeandemagico/"><span style="color: #000000">Magia</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.blogspot.com/"><span style="color: #000000">rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://superviaje.blog.com/"><span style="color: #000000">Viajes</span></a> <a href="http://superhotel.blog.com/"><span style="color: #000000">Hoteles</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a><br/> <br/></p><br/><div><br/><span style="font-size: 9pt; font-family: Verdana"><span></span></span><br/></div><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/allende/c_48.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/allende/c_48.htm]]></link><description><![CDATA[puesto que <br/>Esteban podía arreglarse solo en Las Tres Marías, mientras ellas disfrutaban de tina <br/>existencia civilizada en la capital. Pero Clara estaba entusiasmada. El campo le parecía <br/>una idea romántica, porque nunca había estado dentro de un establo, como decía <br/>Férula. Los preparativos del viaje ocuparon a toda la fam ilia durante más de dos <br/>semanas y la casa se atiborró de baúles, canastos y maletas. Alquilaron un vagón <br/>especial en el tren para desplazarse con el increíble equipaje y los sirvientes que Férula <br/>consideró necesario llevar, además de las jaulas de los pájaros, que Clara no quiso <br/>abandonar y las cajas de juguetes de Blanca, llenas de arlequines mecánicos, figuritas <br/>de loza, animales de trapo, bailarinas de cuerda y muñecas con pelo de gente y <br/>articulaciones humanas, que viajaban con sus propios vestidos, coches y vajillas. Al ver <br/>aquella multitud desconcertada y nerviosa y aquel tumulto de bártulos, Esteban se <br/>sintió derrotado por primera vez en su vida, especialmente cuando descubrió entre el <br/>equipaje un san Antonio de tamaño natural, con ojos estrábicos y sandalias repujadas. <br/>Miraba el caos que lo rodeaba, arrepentido de la decisión de viajar con su mujer y su <br/>hija, preguntándose cómo era posible que él sólo necesitara de sus dos maletas para ir <br/>por el mundo y ellas, en cambio, llevaran ese cargamento de trastos y esa procesión <br/>de sirvientes que nada tenían que ver con el propósito del viaje. <br/>En San Lucas tomaron tres coches que los condujeron a Las Tres Marías envueltos <br/>en una nube de polvo, como gitanos. En el patio del fundo esperaban para darle la <br/>bienvenida todos los inquilinos encabezados por el administrador, Pedro Segundo <br/>García. Al ver aquel circo ambulante, quedaron atónitos. Bajo las órdenes de Férula <br/>empezaron a descargar los coches y meter las cosas en la casa. Nadie prestó atención <br/>a un niño que tenía aproximadamente la misma edad de Blanca, desnudo, moquillento, <br/>con la barriga inflada por los parásitos, provisto de hermosos ojos negros con <br/>expresión de anciano. Era el hijo del administrador y se llamaba, para diferenciarlo del <br/>padre y del abuelo, Pedro Tercero García. En el tumulto de instalarse, conocer la casa, <br/>husmear la huerta, saludar a todo el mundo, armar el altar de san Antonio y espantar <br/>a las gallinas de las camas y a los ratones de los roperos, Blanca se quitó la ropa y <br/>salió corriendo desnuda con Pedro Tercero. Jugaron entre los bultos, se metieron <br/>debajo de los muebles, se mojaron con besos babosos, masticaron el mismo pan, <br/>sorbieron los mismos mocos, y se embetunaron con la misma caca, hasta que, por <br/>último, se durmieron abrazados bajo la mesa del comedor. Allí los encontró Clara a las<br/><br/><br/>Page No 66<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 66  <br/><br/>diez de la noche. Los habían buscado durante horas con antorchas, los inquilinos en <br/>cuadrillas habían recorrido la orilla del río, los graneros, los potreros y los establos, <br/>Férula había clamado de rodillas a san Antonio, Esteban estaba agotado de llamarlos y <br/>la misma Clara había invocado inútilmente sus dotes de vidente. Cuando los <br/>encontraron, el niño estaba de espaldas en el suelo y Blanca se acurrucaba con la <br/>cabeza apoyada en el vientre panzudo de su nuevo amigo. En esa misma posición <br/>serían sorprendidos muchos años después, para desdicha de los dos, y no les <br/>alcanzaría la vida para pagarlo. <br/>Desde el primer día, Clara comprendió que había un lugar para ella en Las Tres <br/>Marías y, tal como apuntó en sus cuadernos de anotar la vida, sintió que por fin había <br/>encontrado su misión en este mundo. No le impresionaron las casas de ladrillos, la <br/>escuela y la abundancia de comida, porque su capacidad para ver lo invisible detectó <br/>inmediatamente el recelo, el miedo y el rencor de los trabajadores y el imperceptible <br/>rumor que se acallaba cuando volvía la cara, que le permitieron adivinar algunas cosas <br/>sobre el carácter y el pasado de su marido. El patrón había cambiado, sin embargo. <br/>Todos pudieron apreciar que dejó de ir al Farolito Rojo, se acabaron sus tardes de <br/>parranda, de peleas de gallos, de apuestas, sus violentas rabietas y, sobre todo, el mal <br/>hábito de tumbar muchachas en los trigales. Se lo atribuyeron a Clara. Por su parte, <br/>ella también cambió. Abandonó de la noche a la mañana su languidez, dejó de <br/>encontrarlo todo muy bonito y pareció curada del vicio de hablar con los seres <br/>invisibles y mover los muebles con recursos sobrenaturales. Se levantaba al amanecer <br/>con su marido, compartían el desayuno vestidos, él se iba a vigilar los trabajos y <br/>afanes del campo, mientras Férula se hacía cargo de la casa, de los sirvientes de la <br/>capital, que no se acostumbraban a las incomodidades y las moscas del campo, y de <br/>Blanca. Clara repartía su tiempo entre el taller de costura, la pulpería y la escuela, <br/>donde hizo su cuartel general para aplicar remedios contra la sarna y parafina contra <br/>los piojos, desentrañar los misterios del silabario, enseñar a los niños a cantar rengo <br/>una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, a las mujeres a hervir la leche, curar la <br/>diarrea y blanquear la ropa. Al atardecer, antes que regresaran los hombres del <br/>campo, Férula reunía a las campesinas y a los niños para rezar el rosario. Acudían por <br/>simpatía, más que por fe, y daban a la solterona la oportunidad de recordar los buenos <br/>tiempos de sus conventillos. Cl ara esperaba que su cuñada terminara las místicas <br/>letanías de padrenuestros y avemarías y aprovechaba la reunión para repetir las <br/>consignas que había oído a su madre cuando se encadenaba en las rejas del Congreso <br/>en su presencia. Las mujeres la escuchaban risueñas y avergonzadas, por la misma <br/>razón por la cual rezaban con Férula: para no disgustar a la patrona. Pero aquellas <br/>frases inflamadas les parecían cuentos de locos. «Nunca se ha visto que un hombre no <br/>pueda golpear a su propia mujer, si no le pega es que no la quiere o que no es bien <br/>hombre; dónde se ha visto que lo que gana un hombre o lo que produce la tierra o <br/>ponen las gallinas, sea de los dos, si el que manda es él; dónde se ha visto que una <br/>mujer pueda hacer las mismas cosas que un hombre, si ella nació con marraqueta y <br/>sin cojones, pues doña Clarita», alegaban. Clara desesperaba. Ellas se codeaban y <br/>sonreían tímidas, con sus bocas desdentadas y sus ojos llenos de arrugas, curtidas por <br/>el sol y la mala vida, sabiendo de antemano que si tenían la peregrina idea de poner <br/>en práctica los consejos de la patrona, sus maridos les daban una zurra. Y merecida, <br/>por cierto, como la misma Férula sostenía. Al poco tiempo Esteban se enteró de la <br/>segunda parte de las reuniones para rezar y montó en cólera. Era la primera vez que <br/>se enojaba con Clara y la primera que ella lo veía en uno de sus famosos ataques de <br/>rabia. Esteban gritaba como un enajenado, paseándose por la sala a grandes trancos y <br/>dando puñetazos a los muebles, argumentando que si Clara pensaba seguir los pasos <br/>de su madre, se iba a encontrar con un macho bien plantado que le bajaría los<br/><br/><br/>Page No 67<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 67  <br/><br/>calzones y le daría una azotaina para que se le quitaran las malditas ganas de andar <br/>arengando a la gente, que le prohibía terminantemente las reuniones para rezar o para <br/>cualquier otro fin y que él no era ningún pelele a quien su mujer pudiera poner en <br/>ridículo. Clara lo dejó ch illar y darle golpes a los muebles hasta que se cansó y <br/>después, distraída como siempre estaba, le preguntó si sabía mover las orejas. <br/>Las vacaciones se alargaron y las reuniones en la escuela continuaron. Terminó el <br/>verano y el otoño cubrió de fuego y oro el campo, cambiando el paisaje. Comenzaron <br/>los primeros días fríos, las lluvias y el barro, sin que Clara diera señales de querer <br/>regresar a la capital, a pesar de la presión sostenida de Férula, que detestaba el <br/>campo. En el verano se había quejado de las tardes acaloradas espantando moscas, <br/>del tierra] del patio, que empolvaba la casa como si vivieran en el pozo de una mina, <br/>del agua sucia de la bañera, donde las sales perfumadas se convertían en una sopa de <br/>chinos, las cucarachas voladoras que se metían entre las sábanas, los caminos de <br/>ratones y de hormigas, las arañas que amanecían pataleando en el vaso de agua sobre <br/>la mesita de noche, las gallinas insolentes que ponían huevos en los zapatos y se <br/>cagaban en la ropa blanca del armario. Cuando cambió el clima, tuvo nuevas <br/>calamidades que lamentar, el lodazal del patio, los días más cortos, a las cinco estaba <br/>oscuro y no había nada más que hacer, aparte de enfrentar la larga noche solitaria, el <br/>viento y el resfrío, que ella combatía con cataplasmas de eucalipto, sin poder evitar <br/>que se contagiaran unos a otros en una cadena sin fin. Estaba harta de luchar contra <br/>los elementos sin más distracción que ver crecer a Blanca, que parecía un antropófago, <br/>como decía jugando con ese chiquillo sucio, Pedro Tercero, que era el colmo que la <br/>niña no tuviera alguien de su clase con quien mezclarse, estaba adquiriendo malos <br/>modales, andaba con las mejillas chapatozas y costrones secos en las rodillas, «miren <br/>como habla, parece un indio, estoy cansada de quitarle piojos de la cabeza y ponerle <br/>azul de metileno en la sarna». A pesar de sus murmuraciones, conservaba su rígida <br/>dignidad, su moño inalterable, su blusa almidonada y el manojo de llaves colgando de <br/>la cintura, nunca sudaba, no se rascaba y mantenía siempre su tenue aroma de <br/>lavanda y limón. Nadie pensaba que algo pudiera alterar su autocontrol, hasta un día <br/>en que sintió picor en la  espalda. Era un picazón tan fuerte, que no pudo evitar <br/>rascarse con disimulo pero nada podía aliviarla. Por último fue al baño y se quitó el <br/>corsé, que aun en los días de mayor trabajo, llevaba puesto. Al soltar las tiras cayó al <br/>suelo un ratón aturdido que había estado allí toda la mañana procurando inútilmente <br/>reptar hacia la salida, entre las barbas duras de la faja y la carne oprimida de su <br/>dueña. Férula tuvo la primera crisis de nervios de su vida. A sus gritos acudieron todos <br/>y la encontraron metida dentro de la bañera, lívida de terror y todavía medio desnuda, <br/>dando alaridos de maníaca y señalando con un dedo trémulo al pequeño roedor, que <br/>se ponía trabajosamente en pie y procuraba avanzar hacia un lugar seguro. Esteban <br/>dijo que era la menopausia y que no había que hacerle caso. Tampoco le hicieron caso <br/>cuando tuvo el segundo ataque. Era el cumpleaños de Esteban. Amaneció un domingo <br/>asoleado y había mucha agitación en la casa, porque por primera vez iban a dar una <br/>fiesta en Las Tres Marías, desde los días olvidados en que doña Ester era una <br/>muchachita. Invitaron a varios parientes y amigos, que hicieron el viaje en tren desde <br/>la capital, y a todos los terratenientes de la zona, sin olvidar a los notables del pueblo. <br/>Con una semana de anticipación prepararon el banquete: media res asada en el patio, <br/>pastel de riñones, cazuela de gallina, guisos de maíz, torta de manjar blanco y lúcumas <br/>y los mejores vinos de la cosecha. A mediodía comenzaron a llegar los invitados en <br/>coche o a caballo y la gran casa de adobe se llenó de conversaciones y risas. Férula se <br/>distrajo un momento para correr al baño, uno de esos inmensos baños de la casa <br/>donde el excusado quedaba al medio de la pieza, rodeado de un desierto de cerámicas <br/>blancas. Estaba instalada en aquel asiento solitario como un trono, cuando se abrió la<br/><br/><br/>Page No 68<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 68  <br/><br/>puerta y entró uno de los invitados, nada menos que el alcalde del pueblo, <br/>desabrochándose la bragueta y algo achispado con el aperitivo. Al ver a la señorita se <br/>quedó paralizado de confusión y sorpresa y cuando pudo reaccionar, lo único que se le <br/>ocurrió fue avanzar con una sonrisa torcida, cruzar toda la habitación, extender la <br/>mano y saludarla con una venia. <br/>-Zorobabel Blanco Jamasmié, a sus gratas órdenes -se presentó. <br/>«¡Por Dios! Nadie puede vivir entre gentes tan rústicas. Si quieren se quedan <br/>ustedes en este purgatorio de incivilizados, lo que es yo, me vuelvo a la ciudad, quiero <br/>vivir como cristiana, como he vivido siempre», exclamó Férula cuando pudo hablar del <br/>asunto sin ponerse a llorar. Pero no se fue. No quería separarse de Clara, había llegado <br/>a adorar hasta el aire que ella exhalaba y aunque ya no tenía ocasión de bañarla y <br/>dormir con ella, procuraba demostrarle su ternura con mil pequeños detalles a los <br/>cuales dedicaba su existencia. Aquella mujer severa y tan poco complaciente consigo <br/>misma y con los demás, podía ser dulce y risueña con Clara y a veces, por extensión, <br/>también con Blanca. Sólo con ella se permitía el lujo de ceder ante su desbordante <br/>deseo de servir y de ser amada, con ella podía manifestar, aunque fuera <br/>solapadamente, los más secretos y delicados anhelos de su alma. A lo largo de tantos <br/>años de soledad y tristeza había ido decantando las emociones y limpiando los <br/>sentimientos, hasta reducirlos a unas pocas terribles y magníficas pasiones, que la <br/>ocupaban por completo. No tenía capacidad para las pequeñas turbaciones, para los <br/>rencores mezquinos, las envidias disimuladas, las obras de caridad, los cariños <br/>desteñidos, la cortesía amable o las consideraciones cotidianas. Era uno de esos seres <br/>nacidos para la grandeza de un solo amor, para el odio exagerado, para la venganza <br/>apocalíptica y para el heroísmo más sublime, pero no pudo realizar su destino a la <br/>medida de su romántica vocación, y éste transcurrió chato y gris, entre las paredes de <br/>un cuarto de enferma, en míseros conventillos, en tortuosas confesiones, donde esa <br/>mujer grande, opulenta, de sangre ardiente, hecha para la maternidad, para la <br/>abundancia, la acción y el ardor, se fue consumiendo. En esa época tenía alrededor de <br/>cuarenta y cinco años, su espléndida raza y sus lejanos antepasados moriscos, la <br/>mantenían tersa, con el pelo todavía negro y sedoso, con un solo mechón blanco en la <br/>frente, el cuerpo fuerte y delgado y el andar resuelto de la gente sana, sin embargo, el <br/>desierto de su vida le daba un aspecto mucho mayor. Tengo un retrato de Férula <br/>tomado en esos años, durante un cumpleaños de Blanca. Es una vieja fotografía color <br/>sepia, desteñida por el tiempo, donde, sin embargo, aún se la puede ver con claridad. <br/>Era una regia matrona, pero tenía un rictus amargo en el rostro que delataba su <br/>tragedia interior. Probablemente esos años junto a Clara fueron los únicos felices para <br/>ella, porque sólo con Clara pudo intimar. Ella fue la depositaria de sus más sutiles <br/>emociones y a ella pudo dedicar su enorme capacidad de sacrificio y veneración. Una <br/>vez se atrevió a decírselo y Clara escribió en su cuaderno de anotar la vida, que Férula <br/>la amaba mucho más de lo que ella merecía o podía retribuir. Por ese amor <br/>desmesurado, Férula no quiso irse de Las Tres Marías ni siquiera cuando cayó la plaga <br/>de las hormigas, que empezó con un ronroneo en los potreros, una sombra oscura que <br/>se deslizaba con rapidez comiéndose todo, las mazorcas, los trigales, la alfalfa y la <br/>maravilla. Las rociaban con gasolina y les prendían fuego, pero reaparecían con nuevos <br/>bríos. Pintaban con cal viva los troncos de los árboles, pero ellas subían sin detenerse <br/>y no respetaban peras, manzanas ni naranjas, se metían en la huerta y acababan con <br/>los melones, entraban en la lechería y la leche amanecía agria y llena de minúsculos <br/>cadáveres, se introducían en los gallineros y se devoraban a los pollos vivos, dejando <br/>un desperdicio de plumas y unos huesitos de lástima. Hacían caminos dentro de la <br/>casa, entraban por las cañerías, se apoderaban de la despensa, todo lo que se <br/>cocinaba había que comérselo al instante, porque si quedaba unos minutos sobre la<br/><br/><br/>Page No 69<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 69  <br/><br/>mesa, llegaban en procesión y se lo zampaban. Pedro Segundo García las combatió <br/>con agua y fuego y enterró esponjas empapadas en miel de abejas, para que se <br/>juntaran atraídas por el dulce y poderlas matar a mansalva, pero todo fue inútil. <br/>Esteban Trueba se fue al pueblo y regresó cargado con pesticidas de todas las marcas <br/>conocidas, en polvo, en líquido y en píldoras y echó tanto por todos lados, que no se <br/>podían comer las verduras porque daban retorcijones de barriga. Pero las hormigas <br/>siguieron apareciendo y multiplicándose, cada día más insolentes y decididas. Esteban <br/>se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital. Tres días después <br/>desembarcó en la estación míster Brown, un gringo enano, provisto de una maleta <br/>misteriosa, que Esteban presentó como técnico agrícola experto en insecticidas. <br/>Después de refrescarse con una jarra de vino con frutas, desplegó su maleta sobre la <br/>mesa. Extrajo un arsenal de instrumentos nunca vistos y procedió a coger una hormiga <br/>y observarla detenidamente con un microscopio. <br/>-¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales? -dijo Pedro Segundo García. <br/>El gringo no le contestó. Cuando acabó de identificar la raza, el estilo de vida, la <br/>ubicación de sus madrigueras, sus hábitos y hasta sus más secretas intenciones, había <br/>pasado una semana y las hormigas se estaban metiendo en las camas de los niños, se <br/>habían comido las reservas de alimento para el invierno y comenzaban a atacar a los <br/>caballos y a las vacas. Entonces míster Brown explicó que había que fumigarlas con un <br/>producto de su invención que volvía estériles a los machos, con lo cual dejaban de <br/>multiplicarse y luego debían rociarlas con otro veneno, también de su invención, que <br/>provocaba una enfermedad mortal en las hembras, y eso, aseguró, acabaría con el <br/>problema. <br/>-¿En cuánto tiempo? -preguntó Esteban Trueba que de la impaciencia estaba <br/>pasando a la furia. <br/>-Un mes -dijo míster Brown. <br/>-Para entonces ya se habrán comido hasta los humanos, míster <br/>-dijo Pedro Segundo García-. Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre. <br/>Hace tres semanas que me está diciendo que él conoce un remedio para la plaga. Yo <br/>creo que son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar. <br/>Llamaron al viejo Pedro García, que llegó arrastrando sus pies, tan oscuro, <br/>empequeñecido y desdentado, que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso del <br/>tiempo. El viejo escuchó con el sombrero en la mano, mirando el suelo y masticando el <br/>aire con sus encías desnudas. Después pidió un pañuelo blanco, que Férula le trajo del <br/>armario de Esteban, y salió de la casa, cruzó el patio y se fue derecho al huerto, <br/>seguido por todos los habitantes de la casa y por el enano extranjero, que sonreía con <br/>desprecio, ¡estos bárbaros, oh God! El anciano se encuclilló con dificultad y comenzó a <br/>juntar hormigas. Cuando tuvo un puñado, las puso dentro del pañuelo, anudó las <br/>cuatro puntas y metió el atadito en su sombrero. <br/>-Les voy a mostrar el camino, para que se vayan, hormigas, y para que se lleven a <br/>las demás -dijo. <br/>El viejo se subió en un caballo y se fue al paso murmurando consejos y <br/>recomendaciones para las hormigas, oraciones de sabiduría y fórmulas de <br/>encantamiento. Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad. El gringo se sentó <br/>en el suelo a reírse como un enajenado, hasta que Pedro Segundo García lo sacudió. <br/>-Vaya a reírse de su abuela, míster, mire que el viejo es mi padre -le advirtió. <br/>Al atardecer regresó Pedro García. Desmontó lentamente, dijo al patrón que había <br/>puesto a las hormigas en la carretera y se fue a su casa. Estaba cansado. A la mañana<br/><br/><br/>Page No 70<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 70  <br/><br/>siguiente vieron que no había hormigas en la cocina, tampoco en la despensa, <br/>buscaron en el granero, en el establo, en los gallineros, salieron a los potreros, fueron <br/>hasta el río, revisaron todo y no encontraron una sola, ni para muestra. El técnico se <br/>puso frenético. <br/>-¡Tener que decirme cómo hacer eso! -clamaba. <br/>-Hablándoles, pues, míster. Dígales que se vayan, que aquí están molestando y ellas <br/>entienden -explicó Pedro García, el viejo. <br/>Clara fue la única que consideró natural el procedimiento. Férula se aferró a eso <br/>para decir que se encontraban en un hoyo, en una región inhumana, donde no <br/>funcionaban las leyes de Dios ni el progreso de la ciencia, que cualquier día iban a <br/>empezar a volar en escobas, pero Esteban Trueba la hizo callar: no quería que le <br/>metieran nuevas ideas en la cabeza a su mujer. En los últimos días Clara había vuelto <br/>a sus quehaceres lunáticos, a hablar con los aparecidos y a pasar horas escribiendo en <br/>los cuadernos de anotar la vida. Cuando perdió interés por la escuela, el taller de <br/>costura o los mítines feministas y volvió a opinar que todo era muy bonito, <br/>comprendieron que otra vez estaba encinta. <br/>-¡Por culpa tuya! -gritó Férula a su hermano. <br/>-Eso espero -contestó él. <br/>Pronto fue evidente que Clara no estaba en condiciones de pasar el embarazo en el <br/>campo y parir en el pueblo, así es que organizaron el regreso a la capital. Eso consoló <br/>un poco a Férula, que sentía la preñez de Clara como una afrenta personal. Ella viajó <br/>antes con la mayor parte del equipaje y los sirvientes, para abrir la gran casa de la <br/>esquina y preparar la llegada de Clara. Esteban acompañó días después a su mujer y a <br/>su hija de vuelta a la ciudad y nuevamente dejó a Las Tres Marías en manos de Pedro <br/>Segundo García, que se había convertido en el administrador, aunque no por ello <br/>ganaba más privilegio, sólo más trabajo. <br/>El viaje de Las Tres Marías a la capital terminó de agotar las fuerzas de Clara. Yo la <br/>veía cada vez más pálida, asmática, ojerosa. Con el bamboleo de los caballos y <br/>después con el del tren, el polvo del camino y su natural tendencia al mareo, iba <br/>perdiendo las energías a ojos vistas y yo no podía hacer mucho por ayudarla, porque <br/>cuando estaba mal prefería que no le hablaran. Al bajarnos en la estación tuve que <br/>sostenerla, porque le flaqueaban las piernas. <br/>-Creo que me voy a elevar -dijo. <br/>-¡Aquí no! -le grité espantado ante la idea de que saliera volando por encima de las <br/>cabezas de los pasajeros en el andén. <br/>Pero ella no se refería concretamente a la levitación, sino a subir a un nivel que le <br/>permitiera desprenderse de la incomodidad, del peso de su embarazo y de la profunda <br/>fatiga que se le estaba metiendo en los huesos. Entró en otro de sus largos períodos <br/>de silencio, creo que le duró varios meses, durante los cuales se servía de la pizarrita, <br/>como en los tiempos de la mudez. En esa ocasión no me alarmé, porque supuse que <br/>recuperaría la normalidad como había ocurrido después del nacimiento de Blanca y, <br/>por otra parte, había llegado a comprender que el silencio era el último inviolable <br/>refugio de mi mujer, y no una enfermedad mental, como sostenía el doctor Cuevas. <br/>Férula la cuidaba de la misma forma obsesiva como antes cuidaba a nuestra madre, la <br/>trataba como si fuera una inválida, no quería dejarla nunca sola y había descuidado a <br/>Blanca, que lloraba todo el día porque quería regresar a Las Tres Marías. Clara <br/>deambulaba como una sombra gorda y callada por la casa, con un desinterés budista<br/><br/><br/>Page No 71<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 71  <br/><br/>por todo lo que la rodeaba. A mí ni siquiera me miraba, pasaba por mi lado como si yo <br/>fuera un mueble y cuando le dirigía la palabra  se quedaba en la luna, como si no me <br/>oyera o no me conociera. No habíamos vuelto a dormir juntos. Los días ociosos en la <br/>ciudad y la atmósfera irracional que se respiraba en la casa me ponían los nervios de <br/>punta. Procuraba mantenerme ocupado, pero no era suficiente: estaba siempre de mal <br/>humor. Salía todos los días a vigilar mis negocios. En esa época empecé a especular en <br/>la Bolsa de Comercio y pasaba horas estudiando los altibajos de los valores <br/>internacionales, me dediqué a invertir plata, a armar sociedades, a las importaciones. <br/>Pasaba muchas horas en el Club. También comencé a interesarme en la política y <br/>hasta entré en un gimnasio, donde un gigantesco entrenador me obligaba a ejercitar <br/>unos músculos que no sospechaba que tenía en el cuerpo. Me habían recomendado <br/>que me diera masajes, pero nunca me gustó eso: detesto que me toquen manos <br/>mercenarias. Pero nada de todo aquello podía llenarme el día, estaba incómodo y <br/>aburrido, quería volver al campo, pero no me atrevía a dejar la casa, donde a todas <br/>luces se necesitaba la presencia de un hombre razonable entre esas mujeres <br/>histéricas. Además, Clara estaba engordando demasiado. Tenía una barriga <br/>descomunal que apenas podía sostener en su frágil esqueleto. Le daba pudor que la <br/>viera desnuda, pero era mi mujer y yo no iba a permitir que me tuviera vergüenza. La <br/>ayudaba a bañarse, a vestirse, cuando Férula no se me adelantaba, y sentía una pena <br/>infinita por ella, tan pequeña y delgada, con esa monstruosa panza, acercándose <br/>peligrosamente al momento del parto. Muchas veces me desvelé pensando que se <br/>podía morir al dar a luz y me encerraba con el doctor Cuevas a discutir la mejor forma <br/>de ayudarla. Habíamos acordado que si las cosas no se presentaban bien, era mejor <br/>hacerle otra cesárea, pero yo no quería que la llevaran a una clínica y él se negaba a <br/>practicarle otra operación como la primera en el comedor de la casa. Decía que no <br/>había comodidades, pero en esos tiempos las clínicas eran un foco de infecciones y allí <br/>eran más los que morían que los que salvaban. <br/>Un día, faltando poco para la fecha del parto, Clara descendió sin previo aviso de su <br/>refugio brahamánico y volvió a hablar. Quiso una taza de chocolate y me pidió que la <br/>llevara a pasear. El corazón medio un vuelco. Toda la casa se llenó de alegría, abrimos <br/>champán, hice poner flores frescas en todos los jarrones, le encargué camelias, sus <br/>flores preferidas y tapicé con ellas su cuarto, hasta que le empezó a dar asma y <br/>tuvimos que sacarlas rápidamente. Corrí a comprarle un broche de diamantes a la calle <br/>de los joyeros judíos. Clara me lo agradeció efusivamente, lo encontró muy bonito, <br/>pero nunca se lo vi puesto. Supongo que habrá ido a parar a algún lugar impensado <br/>donde lo puso y luego lo olvidó, como casi todas las alhajas que le compré a lo largo <br/>de nuestra vida en común. Llamé al doctor Cuevas, quien se presentó con el pretexto <br/>de tomar el té, pero en realidad venía a examinar a Clara. Se la llevó a su habitación y <br/>después nos dijo a Férula y a mí que si bien parecía curada de su crisis mental, había <br/>que prepararse para un alumbramiento difícil, porque el niño era muy grande. En ese <br/>momento entró Clara al salón y debe de haber oído la última frase. <br/>-Todo saldrá bien, no se preocupen -dijo. <br/>-Espero que esta vez sea hombre, para que lleve mi nombre -bromeé. <br/>-No es uno, son dos -replicó Clara-. Los me llizos se llam arán Jaime y Nicolás <br/>respectivamente -agregó. <br/>Eso fue demasiado para mí. Supongo que estallé por la presión acumulada en los <br/>últimos meses. Me puse furioso, alegué que ésos eran nombres de comerciantes <br/>extranjeros, que nadie se llamaba así en mi familia ni en la suya, que por lo menos <br/>uno debía llamarse Esteban como yo y como mi padre, pero Clara explicó que los <br/>nombres repetidos crean confusión en los cuadernos de anotar la vida y se mantuvo<br/><br/><br/>Page No 72<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 72  <br/><br/>inflexible en su decisión. Para asustarla rompí de un manotazo un jarrón de porcelana <br/>que, me parece, era el último vestigio de los tiempos esplendorosos de mi bisabuelo, <br/>pero ella no se conmovió y el doctor Cuevas sonrió detrás de su taza de té, lo cual me <br/>indignó más. Salí dando un portazo y me fui al Club. <br/>Esa noche me emborraché. En parte porque lo necesitaba y en parte por venganza, <br/>me fui al burdel más conocido de la ciudad, que tenía un nombre histórico. Quiero <br/>aclarar que no soy hombre de prostitutas y que sólo en los períodos en que me ha <br/>tocado vivir solo por un tiempo largo, he recurrido a ellas. No sé lo que me pasó ese <br/>día, estaba picado con Clara, andaba enojado, me sobraban energías, me tenté. En <br/>esos años el negocio del Cristóbal Colón era floreciente, pero no había adquirido aún el <br/>prestigio internacional que llegó a tener cuando aparecía en las cartas de navegación <br/>de las compañías inglesas y en las guías turísticas, y lo filmaron para la televisión. <br/>Entré a un salón de muebles franceses, de ésos con patas torcidas, donde me recibió <br/>una matrona nacional que imitaba a la perfección el acento de París, y que comenzó <br/>por darme a conocer la lista de los precios y enseguida procedió a preguntarme si yo <br/>tenía a alguien especial en mente. Le dije que mi experiencia se limitaba al Farolito <br/>Rojo y a algunos miserables lupanares de mineros en el Norte, de modo que cualquier <br/>mujer joven y limpia me vendría bien. <br/>-Usted me cae simpático, mesiú -dijo ella-. Le voy a traer lo mejor de la casa. <br/>A su llamado acudió una mujer enfundada en un vestido de raso negro demasiado <br/>estrecho, que apenas podía contener la exuberancia de su feminidad. Llevaba el pelo <br/>ladeado sobre una oreja, un peinado que nunca me ha gustado, y a su paso se <br/>desprendía un terrible perfume almizclado que quedaba flotando en el aire, tan <br/>persistente como un gemido. <br/>-Me alegro de verlo, patrón -saludó y entonces la reconocí, porque la voz era lo <br/>único que no le había cambiado a Tránsito Soto. <br/>Me llevó de la mano a un cuarto cerrado como una tumba, con las ventanas <br/>cubiertas de cortinajes oscuros, donde no había penetrado un rayo de luz natural <br/>desde tiempos ignotos, pero que, de todos modos parecía un palacio comparado con <br/>las sórdidas instalaciones del Farolito Rojo. Allí quité personalmente el vestido de raso <br/>negro a Tránsito, desarmé su horrendo peinado y pude ver que en esos años había <br/>crecido, engordado y embellecido. <br/>Veo que has progresado mucho -le dije. <br/>-Gracias a sus cincuenta pesos, patrón. Me sirvieron para comenzar -me respondió-. <br/>Ahora puedo devolvérselos reajustados, porque con la inflación ya no valen lo que <br/>antes. <br/>-¡Prefiero que me debas un favor, Tránsito! -me reí. <br/>Terminé de quitarle las enaguas y comprobé que no quedaba casi nada de la <br/>muchacha delgada, con los codos y las rodillas salientes, que trabajaba en el Farolito <br/>Rojo, excepto su incansable disposición para la sensualidad y su voz de pájaro ronco. <br/>Tenía el cuerpo depilado y su piel había sido frotada con limón y miel de hamamelis, <br/>como me explicó hasta dejarla suave y blanca como la de una criatura. Tenía las uñas <br/>teñidas de rojo y una serpiente tatuada alrededor del ombligo, que podía mover en <br/>círculos mientras mantenía en perfecta inmovilidad el resto de su cuerpo. <br/>Simultáneamente con demostrarme su hab ilidad para ondular la serpiente, me contó <br/>su vida. <br/>-Si me hubiera quedado en el Farolito Rojo ¿qué habría sido de mí, patrón? Ya no <br/>tendría dientes, sería una vieja. En esta profesión una se desgasta mucho, hay que <br/>cuidarse. ¡Y eso que yo no ando por la calle! Nunca me ha gustado eso, es muy<br/><br/><br/>Page No 73<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 73  <br/><br/>peligroso. En la calle hay que tener un cafiche, porque si no se arriesga mucho. Nadie <br/>la respeta a una. Pero ¿por qué darle a un hombre lo que cuesta tanto ganar? <br/>En ese sentido las mujeres son muy brutas. Son hijas del rigor. Necesitan a un <br/>hombre para sentirse seguras y no se dan cuenta que lo único que hay que temer es a <br/>los mismos hombres. No saben administrarse, necesitan sacrificarse por alguien. Las <br/>putas son las peores, patrón, créamelo. Dejan la vida trabajando para un cafiche, se <br/>alegran cuando él les pega, se sienten orgullosas de verlo bien vestido, con dientes de <br/>oro, con anillos y cuando las deja y se va con otra más joven, se lo perdonan porque <br/>«es hombre». No, patrón, yo no soy así. A mí nadie me ha mantenido, por eso ni loca <br/>me pondría a mantener a otro. Trabajo para mí, lo que gano me lo gasto como quiero. <br/>Me ha costado mucho, no crea que ha sido fácil, porque a las dueñas de prostíbulo no <br/>les gusta tratar con mujeres, prefieren entenderse con los cafiches. No la ayudan a <br/>una. No tienen consideración. <br/>-Pero parece que aquí te aprecian, Tránsito. Me dijeron que eras lo mejor de la casa. <br/>-Lo soy. Pero este negocio se iría al suelo si no fuera por mí, que trabajo como un <br/>burro -dijo ella-. Las demás ya están como estropajos, patrón. Aquí vienen puros <br/>viejos, ya no es lo que era antes. Hay que modernizar esta cuestión, para atraer a los <br/>empleados públicos, que no tienen nada que hacer a mediodía, a la juventud, a los <br/>estudiantes. Hay que ampliar las instalaciones, darle más alegría al local y limpiar. <br/>¡Limpiar a fondo! Así la clientela tendría confianza y no estaría pensando que puede <br/>agarrarse una venérea ¿verdad? Esto es una cochinada. No limpian nunca. Mire, <br/>levante la almohada y seguro le salta una chinche. Se lo he dicho a la madame, pero <br/>no me hace caso. No tiene ojo para el negocio. <br/>-¿Y tú lo tienes? <br/>-¡Claro pues, patrón! A mí se me ocurren un millón de cosas p ara mejorar al <br/>Cristóbal Colón. Yo le pongo entusiasmo a esta profesión. No soy como esas que andan <br/>puro quejándose y echándole la culpa a la mala suerte cuando les va mal. ¿No ve <br/>donde he llegado? Ya soy la mejor. Si me empeño, puedo tener la mejor casa del país, <br/>se lo juro. <br/>Me estaba divirtiendo mucho. Sabía apreciarla, porque de tanto ver la ambición en <br/>el espejo cuando me afeitaba en las mañanas, había terminado por aprender a <br/>reconocerla cuando la veía en los demás. <br/>-Me parece una excelente idea, Tránsito. ¿Por qué no montas tu propio negocio? Yo <br/>te pongo el capital -le ofrecí fascinado con la idea de ampliar mis intereses comerciales <br/>en esa dirección, ¡cómo estaría de borracho! <br/>-No, gracias, patrón -respondió Tránsito acariciando su serpiente con una uña <br/>pintada de laca china-. No me conviene salir de un capitalista para caer en otro. Lo que <br/>hay que hacer es una cooperativa y mandar a la madame al carajo. ¿No ha oído hablar <br/>de eso? Váyase con cuidado, mire que si sus inquilinos le forman una cooperativa en el <br/>campo, usted se jodió. Lo que yo quiero es una cooperativa de putas. Pueden ser <br/>putas y maricones, para darle más amplitud al negocio. Nosotros ponemos todo, el <br/>capital y el trabajo. ¿Para qué queremos un patrón? <br/>Hicimos el amor en la forma violenta y feroz que yo casi había olvidado de tanto <br/>navegar en el velero de aguas mansas de la seda azul. En aquel desorden de <br/>almohadas y sábanas, apretados en el nudo vivo del deseo, atornillándonos hasta <br/>desfallecer, volví a sentirme de veinte años, contento de tener en los brazos a esa <br/>hembra brava y prieta que no se deshacía en hilachas cuando la montaban, una yegua <br/>fuerte a quien cabalgar sin contemplaciones, sin que a uno las manos le queden muy <br/>pesadas, la voz muy dura, los pies muy grandes o la barba muy áspera, alguien como<br/><br/><br/>Page No 74<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 74  <br/><br/>uno, que resiste un sartal de palabrotas al oído y no necesitaba ser acunado con <br/>ternuras ni engañado con galanteos. Después, adormecido y feliz, descansé un rato a <br/>su lado, admirando la curva sólida de su cadera y el temblor de su serpiente. <br/>-Nos volveremos a ver, Tránsito -dije al darle la propina. <br/>-Eso mismo le dije yo antes, patrón tse acuerda? -me contestó con un último vaivén <br/>de su serpiente. <br/>En realidad, no tenía intención de volver a verla. Más bien prefería olvidarla. <br/>No habría mencionado este episodio si Tránsito Soto no hubiera jugado un papel tan <br/>importante para mí mucho tiempo después, porque, como ya dije, no soy hombre de <br/>prostitutas. Pero esta historia no habría podido escribirse si ella no hubiera intervenido <br/>para salvarnos y salvar, de paso, nuestros recuerdos. <br/>Pocos días después, cuando el doctor Cuevas estaba preparándoles el ánimo para <br/>volver a abrir la barriga a Clara, murieron Severo y Nívea del Valle, dejando varios <br/>hijos y cuarenta y siete nietos vivos. Clara se enteró antes que los demás a través de <br/>un sueño, pero no se lo dijo más que a Férula, quien procuró tranquilizarla <br/>explicándole que el embarazo produce un estado de sobresalto en el que los malos <br/>sueños son frecuentes. Duplicó sus cuidados, la friccionaba con  aceite de almendras <br/>dulces para evitar las estrías en la piel del vientre, le ponía miel de abejas en los <br/>pezones para que no se le agrietaran, le daba de comer cáscara molida de huevo para <br/>que tuviera buena leche y no se le picaran los dientes y le rezaba oraciones de Belén <br/>para el buen parto. Dos días después del sueño, llegó Esteban Trueba más temprano <br/>que de costumbre a la casa, pálido y descompuesto, agarró a su hermana Férula de un <br/>brazo y se encerró con ella en la biblioteca. <br/>-Mis suegros se mataron en un accidente -le dijo brevemente-. No quiero que Clara <br/>se entere hasta después del parto. Hay que hacer un muro de censura a su alrededor, <br/>ni periódicos, ni radio, ni visitas, ¡nada! Vigila a los sirvientes para que nadie se lo <br/>diga. <br/>Pero sus buenas intenciones se estrellaron contra la fuerza de las premoniciones de <br/>Clara. Esa noche volvió a soñar que sus padres caminaban por un campo de cebollas y <br/>que Nívea iba sin cabeza, de modo que así supo todo lo ocurrido sin necesidad de <br/>leerlo en el periódico ni de escucharlo por la radio. Despertó muy excitada y pidió a <br/>Férula que la ayudara a vestirse, porque debía salir en busca de la cabeza de su <br/>madre. Férula corrió donde Esteban y éste llamó al doctor Cuevas, quien, aun a riesgo <br/>de dañar a los mellizos, le dio una pócima p ara locos destinada a hacerla dormir dos <br/>días, pero que no tuvo ni el menor efecto en ella. <br/>Los esposos Del Valle murieron tal como Clara lo soñó y tal como, en broma, Nívea <br/>había anunciado a menudo que morirían. <br/>-Cualquier día nos vamos a matar en esta máquina infernal -decía Nívea señalando <br/>al viejo automóvil de su marido. <br/>Severo del Valle tuvo desde joven debilidad por los inventos modernos. El automóvil <br/>no fue una excepción. En los tiempos en que todo el mundo se movilizaba a pie, en <br/>coche de caballos o en velocípedos, él compró el primer automóvil que llegó al país y <br/>que estaba expuesto como una curiosidad en una vitrina del centro. Era un prodigio <br/>mecánico que se desplazaba a la velocidad suicida de quince y hasta veinte kilómetros <br/>por hora, en medio del asombro de los peatones y las maldiciones de quienes a su <br/>paso quedaban salpicados de barro o cubiertos de polvo. Al principio fue combatido <br/>como un peligro público. Eminentes científicos explicaron por la prensa que el<br/><br/><br/>Page No 75<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 75  <br/><br/>organismo humano no estaba hecho para resistir un desplazamiento a veinte <br/>kilómetros por hora y que el nuevo ingrediente que llamaban gasolina podía inflamarse <br/>y producir una reacción en cadena que acabaría con la ciudad. Hasta la Iglesia se <br/>metió en el asunto. El padre Restrepo, que tenía a la familia Del Valle en la mira desde <br/>el enojoso asunto de Clara en la misa del Jueves Santo, se constituyó en guardián de <br/>las buenas costumbres e hizo oír su voz de Galicia contra los «amicis rerum novarum», <br/>amigos de las cosas nuevas, como esos aparatos satánicos que comparó con el carro <br/>de fuego en que el profeta Elías desapareció en dirección al cielo. Pero Severo ignoró el <br/>escándalo y al poco tiempo otros caballeros siguieron su ejemplo, hasta que el <br/>espectáculo de los automóviles dejó de ser una novedad. Lo usó por más de diez años, <br/>negándose a cambiar el modelo cuando la ciudad se llenó de carros modernos que <br/>eran más eficientes y seguros, por la misma razón que su esposa no quiso eliminar a <br/>los caballos de tiro hasta que murieron tranquilamente de vejez. El Sunbeam tenía <br/>cortinas de encaje y dos floreros de cristal en los costados, donde Nívea mantenía <br/>flores frescas, era todo forrado en madera pulida y en cuero ruso y sus piezas de <br/>bronce eran brillantes como el oro. A pesar de su origen británico, fue bautizado con <br/>un nombre indígena,  Covadonga. Era perfecto, en verdad, excepto porque nunca le <br/>funcionaron bien los frenos. Severo se enorgullecía de sus habilidades mecánicas. Lo <br/>desarmó varias veces intentando arreglarlo y otras tantas se lo confió al Gran Cornudo, <br/>un mecánico italiano que era el mejor del país. Le debía su apodo a una tragedia que <br/>había ensombrecido su vida. Decían que su mujer, hastiada de ponerle cuernos sin que <br/>él se diera por aludido, lo abandonó una noche tormentosa, pero antes de marcharse <br/>ató unos cuernos de carnero que consiguió en la carnicería, en las puntas de la reja del <br/>taller mecánico. Al día siguiente, cuando el italiano llegó a su trabajo, encontró un <br/>corrillo de niños y vecinos burlándose de él. Aquel drama, sin embargo, no mermó en <br/>nada su prestigio profesional, pero él tampoco pudo componer los frenos del <br/>Covadonga. Severo optó por llevar una piedra grande en el automóvil y cuando <br/>estacionaba en pendiente, un pasajero apretaba el freno de pie y el otro descendía <br/>rápidamente y ponía la piedra por delante de las ruedas. El sistema en general daba <br/>buen resultado, pero ese domingo fatal, señalado por el destino como el último de sus <br/>vidas, no fue así. Los esposos Del Valle salieron a pasear a las afueras de la ciudad <br/>como hacían siempre que había un día asoleado. De pronto los frenos dejaron de <br/>funcionar por completo y antes que Nívea alcanzara a saltar del coche para colocar la <br/>piedra, o Severo a maniobrar, el automóvil se fue rodando cerro abajo. Severo trató de <br/>desviarlo o de detenerlo, pero el diablo se había apoderado de la máquina que voló <br/>descontrolada hasta estrellarse contra una carretela cargada de fierro de construcción. <br/>Una de las láminas entró por el parabrisas y decapitó a Nívea limpiamente. Su cabeza <br/>salió disparada y a pesar de la búsqueda de la policía, los guardabosques y los vecinos <br/>voluntarios que salieron a rastrearla con perros, fue imposible dar con ella en dos días. <br/>Al tercero los cuerpos comenzaban a heder y tuvieron que enterrarlos incompletos en <br/>un funeral magnífico al cual asistió la tribu Del Valle y un número increíble de amigos y <br/>conocidos, además de las delegaciones de mujeres que fueron a despedir los restos <br/>mortales de Nívea, considerada para entonces la primera feminista del país y de quien <br/>sus enemigos ideológicos dijeron que si había perdido la cabeza en vida, no había <br/>razón para que la conservara en la muerte. Clara, recluida en su casa, rodeada de <br/>sirvientes que la cuidaban, con Férula como guardián y dopada por el doctor Cuevas, <br/>no asistió al sepelio. No hizo ningún comentario que indicara que sabía el espeluznante <br/>asunto de la cabeza perdida, por consideración a todos los que habían intentado <br/>ahorrarle ese último dolor, sin embargo, cuando terminaron los funerales y la vida <br/>pareció retornar a la normalidad, Clara convenció a Férula de que la acompañara a <br/>buscarla y fue inútil que su cuñada le diera más pócimas y píldoras, porque no desistió <br/>en su empeño. Vencida, Férula comprendió que no era posible seguir alegando que lo<br/><br/><br/>Page No 76<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 76  <br/><br/>de la cabeza era un mal sueño y que lo mejor era ayudarla en sus planes, antes que la <br/>ansiedad terminara de desquiciarla. Esperaron que Esteban Trueba saliera. Férula la <br/>ayudó a vestirse y llamó a un coche de alquiler. Las instrucciones que Clara le dio al <br/>chofer fueron algo imprecisas. <br/>-Usted dele para adelante, que yo le voy diciendo el camino -le dijo, guiada por su <br/>instinto para ver lo invisible. <br/>Salieron de la ciudad y entraron al espacio abierto donde las casas se distanciaban y <br/>empezaban las colinas y los suaves valles, doblaron a indicación de Clara por un <br/>camino lateral y siguieron entre abedules y campos de cebollas hasta que ordenó al <br/>chofer que se detuviera junto a unos matorrales. <br/>-Aquí es -dijo. <br/>-¡No puede ser!, ¡estamos lejísimos del lugar del accidente! -dudó Férula. <br/>-¡Te digo que es aquí! -insistió Clara, bajándose del coche con dificultad, <br/>balanceando su enorme vientre, seguida por su cuñada, que mascullaba oraciones y <br/>por el hombre, que no tenía la menor idea del objetivo del viaje. Trató de reptar entre <br/>las matas, pero se lo impidió el volumen de los mellizos. <br/>-Hágame el favor, señor, métase allí y páseme una cabeza de señora que va a <br/>encontrar -pidió al chofer. <br/>Él se arrastró debajo de los espinos y encontró la cabeza de Nívea que parecía un <br/>melón solitario. La tomó del pelo y salió con ella gateando a cuatro patas. Mientras el <br/>hombre vomitaba apoyado en un árbol cercano, Férula y Clara le limpiaron a Nívea la <br/>tierra y los guijarros  que se le habían metido por las orejas, la nariz y la boca y le <br/>acomodaron el pelo, que se le había desbaratado un poco, pero no pudieron cerrarle <br/>los ojos. La envolvieron en un chal y regresaron al coche. <br/>-¡Apúrese, señor, porque creo que voy a dar a luz! -dijo Clara al chofer. <br/>Llegaron justo a tiempo para acomodar a la madre en su cama. Férula se afanó con <br/>los preparativos mientras iba un sirviente a buscar al doctor Cuevas y a la comadrona. <br/>Clara, que con el vapuleo del coche, las emociones de los últimos días y las pócimas <br/>del médico había adquirido la facilidad para dar a luz que no tuvo con su primera hija, <br/>apretó los dientes, se sujetó del palo de mesana y del trinquete del velero y se dio a la <br/>tarea de echar al mundo en el agua mansa de la seda azul, a Jaime y Nicolás, que <br/>nacieron precipitadamente, ante la mirada atenta de su abuela, cuyos ojos <br/>continuaban abiertos observándolos desde la cómoda. Férula los agarró por turnos del <br/>mechón de pelo húmedo que les coronaba la nuca y los ayudó a salir a tirones con la <br/>experiencia adquirida viendo nacer potrillos y terneros en Las Tres Marías. Antes que <br/>llegaran el médico y la comadrona, ocultó debajo de la cama la cabeza de Nívea, para <br/>evitar engorrosas explicaciones. Cuando éstos llegaron, tuvieron muy poco que hacer, <br/>porque la madre descansaba tranquila y los niños, minúsculos como sietemesinos, <br/>pero con todas sus partes enteras y en buen estado, dormían en brazos de su <br/>extenuada tía. <br/>La cabeza de Nívea se convirtió en un problema, porque no había donde ponerla <br/>para no estar viéndola. Por fin Férula la colocó dentro de una sombrerera de cuero <br/>envuelta en unos trapos. Discutieron la posibilidad de ente rrarla como Dios manda, <br/>pero habría sido un papeleo interminable conseguir que abrieran la tumba para incluir <br/>lo que faltaba y, por otra parte, temían el escándalo si se hacía pública la forma en que <br/>Clara la había encontrado donde los sabuesos fracasaron. Esteban Trueba, temeroso <br/>del ridículo como siempre fue, optó por una solución que no diera argumentos a las <br/>malas lenguas, porque sabía que el extraño comportamiento de su mujer era el blanco <br/>de los chismes. Había trascendido la habilidad de Clara para mover objetos sin tocarlos<br/><br/><br/>Page No 77<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 77  <br/><br/>y para adivinar lo imposible. Alguien desenterró la historia de la mudez de Clara <br/>durante su infancia y la acusación del padre Restrepo, aquel santo varón que la Iglesia <br/>pretendía convertir en el primer beato del país. El par de años en Las Tres Marías sirvió <br/>para acallar las murmuraciones y que la gente olvidara, pero Trueba sabía que bastaba <br/>una insignificancia, como el asunto de la cabeza de su suegra, para que volvieran las <br/>habladurías. Por eso, y no por desidia, como se dijo años más tarde, la sombrerera se <br/>guardó en el sótano a la espera de una ocasión adecuada para darle cristiana <br/>sepultura. <br/>Clara se repuso del doble parto con rapidez. Le entregó la crianza de los niños a su <br/>cuñada y a la Nana, que después de la muerte de sus antiguos patrones, se empleó en <br/>la casa de los Trueba para seguir sirviendo a la misma sangre, como decía. Había <br/>nacido para acunar hijos ajenos, para usar la ropa que otros desechaban, para comer <br/>sus sobras, para vivir de sentimientos y tristezas prestadas, para envejecer bajo el <br/>techo de otros, para morir un día en su cuartucho del último patio, en una cama que <br/>no era suya y ser enterrada en una tumba común del Cementerio General. Tenía cerca <br/>de setenta años, pero se mantenía inconmovible en su afán, incansable en los trajines, <br/>intocada por el tiempo, con agilidad para disfrazarse de cuco y asaltar a Clara en los <br/>rincones cuando le bajaba la manía de la mudez y la pizarrita, con fortaleza para lidiar <br/>con los mellizos y ternura p ara consentir a Blanca, igual como antes lo hizo con su <br/>madre y su abuela. Había adquirido el hábito de murmurar oraciones constantemente, <br/>porque cuando se dio cuenta que nadie en la casa era creyente, asumió la <br/>responsabilidad de orar por los vivos de la fam ilia, y, por cierto, también por sus <br/>muertos, como una prolongación de los servicios que les había prestado en vida. En su <br/>vejez llegó a olvidar para quién rezaba, pero mantuvo la costumbre con la certeza de <br/>que a alguien le serviría. La devoción era lo único que compartía con Férula. En todo lo <br/>demás fueron rivales. <br/>Un viernes por la tarde tocaron a la puerta de la gran casa de la esquina tres damas <br/>translúcidas de manos tenues y ojos de bruma, tocadas con unos sombreros con flores <br/>pasados de moda y bañadas en un intenso perfume a violetas silvestres, que se infiltró <br/>por todos los cuartos y dejó la casa oliendo a flores por varios días. Eran las tres <br/>hermanas Mora. Clara estaba en el jardín y parecía haberlas esperado toda la tarde, <br/>las recibió con un niño en cada pecho y con Blanca jugueteando a sus pies. Se <br/>miraron, se reconocieron, se sonrieron. Fue el comienzo de una apasionada relación <br/>espiritual que les duró toda la vida y, si se cumplieron sus previsiones, continúa en el <br/>Más Allá. <br/>Las tres hermanas Mora eran estudiosas del espiritismo y de los fenómenos <br/>sobrenaturales, eran las únicas que tenían la prueba irrefutable de  que las ánimas <br/>pueden materializarse, gracias a una fotografía que las mostraba alrededor de una <br/>mesa y volando por encima de sus cabezas a un ectoplasma difuso y alado, que <br/>algunos descreídos atribuían a una mancha en el revelado del retrato y otros a un <br/>simple engaño del fotógrafo. Se enteraron, por conductos misteriosos al alcance de los <br/>iniciados, de la existencia de Clara, se pusieron en contacto telepático con ella y de <br/>inmediato comprendieron que eran hermanas astrales. Mediante discretas <br/>averiguaciones dieron con su dirección terrenal y se presentaron con sus propias <br/>barajas impregnadas de fluidos benéficos, unos juegos de figuras geométricas y <br/>números cabalísticos de su invención, para desenmascarar a los falsos parapsicólogos, <br/>y una bandeja de pastelitos comunes y corrientes de regalo para Clara. Se hicieron <br/>íntimas amigas y a partir de ese día, procuraron juntarse todos los viernes para <br/>invocar a los espíritus e intercambiar cábalas y recetas de cocina. Descubrieron la <br/>forma de enviarse energía mental desde la gran casa de la esquina hasta el otro<br/><br/><br/>Page No 78<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 78  <br/><br/>extremo de la ciudad, donde vivían las Mora, en un viejo molino que habían convertido <br/>en su extraordinaria morada, y también en sentido inverso, con lo cual podían darse <br/>apoyo en las circunstancias difíciles de la vida cotidiana. Las Mora conocían a muchas <br/>personas, casi todas interesadas en esos asuntos, que empezaron a llegar a las <br/>reuniones de los viernes y aportaron sus conocimientos y sus fluidos magnéticos. <br/>Esteban Trueba las veía desfilar por su casa y puso como únicas condiciones que <br/>respetaran su biblioteca, que no usaran a los niños para experimentos psíquicos y que <br/>fueran discretas, porque no quería escándalo público. Férula desaprobaba estas <br/>actividades de Clara, porque le parecían reñidas con la religión y las buenas <br/>costumbres. Observaba las sesiones desde una distancia prudente, sin participar, pero <br/>vigilando con el rabillo del ojo mientras tejía, dispuesta a intervenir apenas Cl ara se <br/>sobrepasara en algún trance. Había comprobado que su cuñada quedaba exhausta <br/>después de algunas sesiones en las que servía de médium y comenzaba a hablar en <br/>idiomas paganos con una voz que no era la suya. La Nana también vigilaba con el <br/>pretexto de ofrecer tacitas de café, espantando a las ánimas con sus enaguas <br/>almidonadas y su cloqueo de oraciones murmuradas y de dientes sueltos, pero no lo <br/>hacía para cuidar a Clara de sus propios excesos, sino para verificar que nadie robara <br/>los ceniceros. Era inútil que Clara le explicara que sus visitas no tenían ni el menor <br/>interés en ellos; principalmente porque ninguno fumaba, pues la Nana había calificado <br/>a todos, excepto a las tres encantadoras señoritas Mora, como una banda de rufianes <br/>evangélicos. La Nana y Férula se detestaban. Se disputaban el cariño de los niños y se <br/>peleaban por cuidar a Clara en sus extravagancias y desvaríos, en un sordo y <br/>permanente combate que se desarrollaba en las cocinas, en los patios, en los <br/>corredores, pero jamás cerca de Clara, porque las dos estaban de acuerdo en evitarle <br/>esa molestia. Férula había llegado a querer a Clara con una pasión celosa que se <br/>parecía más a la de un marido exigente que a la de una cuñada. Con el tiempo perdió <br/>la prudencia y empezó a dejar traslucir su adoración en muchos detalles que no <br/>pasaban inadvertidos para Esteban. Cuando él regresaba del campo, Férula procuraba <br/>convencerlo de que Clara estaba en lo que llamaba «uno de sus malos momentos», <br/>para que él no durmiera en su cama y no estuviera con ella más que en contadas <br/>ocasiones y por tiempo limitado. Argüía recomendaciones del doctor Cuevas que <br/>después, al ser confrontadas con el médico, resultaban inventadas. Se interponía de <br/>mil maneras entre los esposos y si todo le fallaba, azuzaba a los tres niños para que <br/>reclamaran ir a pasear con su padre, leer con la madre, que los velaran porque tenían <br/>fiebre, que jugaran con ellos: «pobrecitos, necesitan a su papá y a su mamá, pasan <br/>todo el día en manos de esa vieja ignorante que les pone ideas atrasadas en la cabeza, <br/>los está poniendo imbéciles con sus supersticiones, lo que hay que hacer con la Nana <br/>es internarla, dicen que las Siervas de Dios tienen un asilo para empleadas viejas que <br/>es una maravilla, las tratan como señoras, no tienen que trabajar, hay buena comida, <br/>eso sería lo más humano, pobre Nana, ya no da para más», decía. Sin poder detectar <br/>la causa, Esteban comenzó a sentirse incómodo en su propia casa. Sentía a su mujer <br/>cada vez más alejada, más rara e inaccesible, no podía alcanzarla ni con regalos, ni <br/>con sus tímidas muestras de ternura, ni con la pasión desenfrenada que lo conmovía <br/>siempre en su presencia. En todo ese tiempo su amor había aumentado hasta <br/>convertirse en una obsesión. Quería que Clara no pensara más que en él, que no <br/>tuviera más vida que la que pudiera compartir con él, que le contara todo, que no <br/>poseyera nada que no proviniera de sus manos, que dependiera completamente. <br/>Pero la realidad era diferente, Clara parecía andar volando en aeroplano, como su <br/>tío Marcos, desprendida del suelo firme, buscando a Dios en disciplinas tibetanas, <br/>consultando a los espíritus con mesas de tres patas que daban golpecitos, dos para sí, <br/>tres para no, descifrando mensajes de otros mundos que podían indicarle hasta el<br/><br/><br/>Page No 79<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 79  <br/><br/>estado de las lluvias. Una vez anunciaron que había un tesoro escondido debajo de la <br/>chimenea y ella hizo primero tumbar el muro, pero no apareció, luego la escalera, <br/>tampoco, enseguida la mitad del salón principal, nada. Por último resultó que el <br/>espíritu, confundido con las modificaciones arquitectónicas que ella había hecho en la <br/>casa, no reparó en que el escondite de los doblones de oro no estaba en la mansión de <br/>los Trueba, sino al otro lado de la calle, en la casa de los Ugarte, quienes se negaron a <br/>echar abajo el comedor, porque no creyeron el cuento del fantasma español. Clara no <br/>era capaz de hacer las trenzas a Blanca para ir al colegio, de eso se encargaban Férula <br/>o la Nana, pero tenía con ella una estupenda relación basada en los mismos principios <br/>de la que ella había tenido con Nívea, se contaban cuentos, leían los libros mágicos de <br/>los baúles encantados, consultaban los retratos de familia, se pasaban anécdotas de <br/>los tíos a los que se les escapan ventosidades y los ciegos que se caen como gárgolas <br/>de los álamos, salían a mirar la cord illera y a contar las nubes, se comunicaban en un <br/>idioma inventado que suprimía la te al castellano y la reemplazaba por ene y la erre <br/>por ele, de modo que quedaban hablando igual que el chino de la tintorería. Entretanto <br/>Jaime y Nicolás crecían separados del binomio femenino, de acuerdo con el principio de <br/>aquellos tiempos de que «hay que hacerse hombres». Las mujeres, en cambio, nacían <br/>con su condición incorporada genéticamente y no tenían necesidad de adquirirla con <br/>los avatares de la vida. Los mellizos se hacían fuertes y brutales en los juegos propios <br/>de su edad, primero cazando lagartijas para rebanarles la cola, ratones para hacerlos <br/>correr carreras y mariposas para quitarles el polvo de las alas y, más tarde, dándose <br/>puñetazos y patadas de acuerdo a las instrucciones del mismo chino de la tintorería, <br/>que era un adelantado para su época y que fue el primero en llevar al país el <br/>conocimiento milenario de las artes marciales, pero nadie le hizo caso cuando <br/>demostró que podía partir ladrillos con la mano y quiso poner su propia academia, por <br/>eso terminó lavando ropa ajena. Años más tarde, los mellizos terminaron de hacerse <br/>hombres escapando del colegio para meterse en el sitio baldío del basural, donde <br/>cambiaban los cubiertos de plata de su madre por unos minutos de amor prohibido con <br/>una mujerona inmensa que podía acunarlos a los dos en sus pechos de vaca <br/>holandesa, ahogarlos a los dos en la pulposa humedad de sus axilas, aplastarlos a los <br/>dos con sus muslos de elefante y elevarlos a los dos a la gloria con la cavidad oscura, <br/>jugosa, caliente, de su sexo. Pero eso no fue hasta mucho más tarde y Clara nunca lo <br/>supo, de modo que no pudo anotarlo en sus cuadernos para que yo lo leyera algún día. <br/>Me enteré por otros conductos. <br/>A Clara no le interesaban los asuntos domésticos. Vagaba por las habitaciones sin <br/>extrañarse de que todo estuviera en perfecto estado de orden y de limpieza. Se <br/>sentaba a la mesa sin preguntarse quién preparaba la comida o dónde se compraban <br/>los alimentos, le daba igual quién la sirviera, olvidaba los nombres de los empleados y <br/>a veces hasta de sus propios hijos, sin embargo, parecía estar siempre presente, como <br/>un espíritu benéfico y alegre, a cuyo paso echaban a andar los relojes. Se vestía de <br/>blanco, porque decidió que era el único color que no alteraba su aura, con los trajes <br/>sencillos que le hacía Férula en la máquina de coser y que prefería a los atuendos con <br/>volantes y pedrerías que le regalaba su marido, con el propósito de deslumbrarla y <br/>verla a la moda. <br/>Esteban sufría arrebatos de desesperación, porque ella lo trataba con la misma <br/>simpatía con que trataba a todo el mundo, le hablaba en el tono mimoso con que <br/>acariciaba a los gatos, era incapaz de darse cuenta si estaba cansado, triste, eufórico o <br/>con ganas de hacer el amor, en cambio le adivinaba por el color de sus irradiaciones <br/>cuándo estaba tramando alguna bellaquería y podía desarmarle una rabieta con un par <br/>de frases burlonas. Lo exasperaba que Clara nunca parecía estar realmente agradecida <br/>de nada y nunca necesitaba algo que él pudiera darle. En el lecho era distraída y<br/><br/><br/>Page No 80<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 80  <br/><br/>risueña como en todo lo demás, relajada y simple, pero ausente. Sabía que tenía su <br/>cuerpo para hacer todas las gimnasias aprendidas en los libros que escondía en un <br/>compartimiento de la biblioteca, pero hasta los pecados más abominables con Clara <br/>parecían retozos de recién nacido, porque era imposible salpicarlos con la sal de un <br/>mal pensamiento o la pimienta de la sumisión. Enfurecido, en algunas ocasiones <br/>Trueba volvió a sus antiguos pecados y tumbaba a una campesina robusta entre los <br/>matorrales durante las forzadas separaciones en que Clara se quedaba con los niños <br/>en la capital y él tenía que hacerse cargo del campo, pero el asunto, lejos de aliviarlo, <br/>le dejaba un mal sabor en la boca y no le daba ningún placer durable, especialmente <br/>porque si se lo hubiera contado a su mujer, sabía que se habría escandalizado por el <br/>maltrato a la otra, pero en ningún caso por su infidelidad. Los celos, como muchos <br/>otros sentimientos propiamente humanos, a Clara no le incumbían. También fue al <br/>Farolito Rojo dos o tres veces, pero dejó de hacerlo porque ya no funcionaba con las <br/>prostitutas y tenía que tragarse la humillación con pretextos mascullados de que había <br/>tomado mucho vino, de que le cayó mal el almuerzo, de que hacía varios días que <br/>andaba resfriado. No volvió, sin embargo, a visitar a Tránsito Soto, porque presentía <br/>que ella contenía en sí misma el peligro de la adicción. Sentía un deseo insatisfecho <br/>bulléndole en las entrañas, un fuego imposible de apagar, una sed de Clara que nunca, <br/>ni aun en las noches más fogosas y prolongadas, conseguía saciar. Se dormía <br/>extenuado, con el -corazón-a punto de estallarle en el pecho, pero hasta en sus sueños <br/>estaba consciente de que la mujer que reposaba a su lado no estaba allí, sino en una <br/>dimensión desconocida a la que él jamás podría llegar. A veces perdía la paciencia y <br/>sacudía furioso a Clara, le gritaba los peores reclamos y terminaba llorando  en su <br/>regazo y pidiendo perdón por su brutalidad. Clara comprendía, pero no podía <br/>remediarlo. El amor desmedido de Esteban Trueba por Clara fue sin duda el <br/>sentimiento más poderoso de su vida, mayor incluso que la rabia y el orgullo y medio <br/>siglo más tarde seguía invocándolo con el mismo estremecimiento y la misma <br/>urgencia. En su lecho de anciano la llamaría hasta el fin de sus días. <br/>Las intervenciones de Férula agravaron el estado de ansiedad en que se debatía <br/>Esteban. Cada obstáculo que su hermana atravesaba entre Clara y él, lo ponía fuera de <br/>sí. Llegó a detestar a sus propios hijos porque absorbían la atención de la madre, se <br/>llevó a Clara a una segunda luna de miel en los mismos sitios de la primera, se <br/>escapaban a hoteles por el fin de semana, pero todo era inútil. Se convenció de que la <br/>culpa de todo la tenía Férula, que había sembrado en su mujer un germen maléfico <br/>que le impedía amarlo y que, en cambio, robaba con caricias prohibidas lo que le <br/>pertenecía como marido. Se ponía lívido cuando sorprendía a Férula bañando a Clara, <br/>le quitaba la esponja de las manos, la despedía con violencia y sacaba a Clara del agua <br/>prácticamente en vilo, la zarandeaba, le prohibía que volviera a dejarse bañar, porque <br/>a su edad eso era un vicio, y terminaba secándola él, arropándola en su bata y <br/>llevándola a la cama con la sensación de que hacía el ridículo. Si Férula servía a su <br/>mujer una taza de chocolate, se la arrebataba de las manos con el pretexto de que la <br/>trataba como a una inválida, si le daba un beso de buenas noches, la apartaba de un <br/>manotazo diciendo que no era bueno besuquearse, si le elegía los mejores trozos de la <br/>bandeja, se separaba de la mesa enfurecido. Los dos hermanos llegaron a ser rivales <br/>declarados, se medían con miradas de odio, inventaban argucias para descalificarse <br/>mutuamente a los ojos de Clara, se espiaban; se celaban. Esteban descuidó de ir al <br/>campo y puso a Pedro Segundo García a cargo de todo, incluso de las vacas <br/>importadas, dejó de salir con sus amigos, de ir a jugar al golf, de trabajar, para vigilar <br/>día y noche los pasos de su hermana y plantársele al frente cada vez que se acercaba <br/>a Clara. La atmósfera de la casa se hizo irrespirable, densa y sombría y hasta la Nana<br/><br/><br/>Page No 81<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 81  <br/><br/>andaba como espirituada. La única que permanecía ajena por completo a lo que estaba <br/>sucediendo, era Clara, que en su distracción e inocencia, no se daba cuenta de nada. <br/>El odio de Esteban y Férula demoró mucho tiempo en estallar. Empezó como un <br/>malestar disimulado y un deseo de ofenderse en los pequeños detalles, pero fue <br/>creciendo hasta que ocupó toda la casa. Ese verano Esteban tuvo que ir a Las Tres <br/>Marías porque justamente en el momento de la cosecha, Pedro Segundo García se <br/>cayó del caballo y fue a parar con la cabeza rota al hospital de las monjas. Apenas se <br/>recuperó su administrador, Esteban regresó a la capital sin avisar. En el tren iba con <br/>un presentimiento atroz, con un deseo inconfesado de que ocurriera algún drama, sin <br/>saber que el drama ya había comenzado cuando él lo deseó. Llegó a la ciudad a media <br/>tarde, pero se fue directamente al Club, donde jugó unas partidas de brisca y cenó, sin <br/>conseguir calmar su inquietud y su impaciencia, aunque no sabía lo que estaba <br/>esperando. Durante la cena hubo un ligero temblor de tierra, las lámparas de lágrimas <br/>se bambolearon con el usual campanilleo del cristal, pero nadie levantó la vista, todos <br/>siguieron comiendo y los músicos tocando sin perder ni una nota, excepto Esteban <br/>Trueba, que se sobresaltó como si aquello hubiera sido un aviso. Terminó de comer <br/>aprisa, pidió la cuenta y salió. <br/>Férula, que en general tenía sus nervios bajo control, nunca había podido habituarse <br/>a los temblores. Llegó a perder el miedo a los fantasmas que Clara invocaba y a los <br/>ratones en el campo, pero los temblores la conmovían hasta los huesos y mucho <br/>después que habían pasado ella seguía estremecida. Esa noche todavía no se había <br/>acostado y corrió a la pieza de Clara, que había tomado su infusión de tilo y estaba <br/>durmiendo plácidamente. Buscando un poco de compañía y calor, se acostó a su lado <br/>procurando no despertarla y murmurando oraciones silenciosas para que aquello no <br/>fuera a degenerar en un terremoto. Allí la encontró Esteban Trueba. Entró a la casa tan <br/>sigiloso como un bandido, subió al dormitorio de Clara sin encender las luces y <br/>apareció como una tromba ante las dos mujeres amodorradas, que lo creían en Las <br/>Tres Marías. Se abalanzó sobre su hermana con la misma rabia con que lo hubiera <br/>hecho si fuera el seductor de su esposa y la sacó de la cama a tirones, la arrastró por <br/>el pasillo, la bajó a empujones por la escalera y la introdujo a viva fuerza en la <br/>biblioteca mientras Clara, desde la puerta de su habitación clamaba sin comprender lo <br/>que había ocurrido. A solas con Férula, Esteban descargó su furia de marido <br/>insatisfecho y gritó a su hermana lo que nunca debió decirle, desde marimacho hasta <br/>meretriz, acusándola de pervertir a su mujer, de desviarla con caricias de solterona, de <br/>volverla lunática, distraída, muda y espiritista con artes de lesbiana, de refocilarse  con <br/>ella en su ausencia, de manchar hasta el nombre de los hijos, el honor de la casa y la <br/>memoria de su santa madre, que ya estaba harto de tanta maldad y que la echaba de <br/>su casa, que se fuera inmediatamente, que no quería volver a verla nunca más y le <br/>prohibía que se acercara a su mujer y a sus hijos, que no le faltaría dinero para <br/>subsistir con decencia mientras él viviera, tal como se lo había prometido una vez, <br/>pero que si volvía a verla rondando a su familia, la iba a matar, que se lo metiera <br/>adentro de la cabeza. ¡Te juro por nuestra madre que te mato! <br/>-¡Te maldigo, Esteban! -le gritó Férula-. ¡Siempre estarás solo, se te encogerá el <br/>alma y el cuerpo y te morirás como un perro! <br/>Y salió para siempre de la gran casa de la esquina, en camisa de dormir y sin llevar <br/>nada consigo. <br/>Al día siguiente Esteban Trueba se fue a ver al padre Antonio y le contó lo que había <br/>pasado, sin dar detalles. El sacerdote le escuchó blandamente con la impasible mirada <br/>de quien ya había oído antes el cuento. <br/>-¿Qué deseas de mí, hijo mío? -preguntó cuando Esteban terminó de hablar.<br/><br/><br/>Page No 82<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 82  <br/><br/>-Que le haga llegar a mi hermana todos los meses un sobre que yo le entregaré. No <br/>quiero que tenga necesidades económicas. Y le aclaro que no lo hago por cariño sino <br/>por cumplir una promesa. <br/>El padre Antonio recibió el primer sobre con un suspiro y esbozó el gesto de dar la <br/>bendición, pero Esteban ya había dado media vuelta y salía. No dio ninguna explicación <br/>a Clara de lo que había ocurrido entre su hermana y él. Le anunció que la había echado <br/>de la casa, que le prohibía volver a mencionarla en su presencia y le sugirió que si <br/>tenía algo de decencia, tampoco la mencionara a sus espaldas. Hizo sacar su ropa y <br/>todos los objetos que pudieran recordarla y se hizo el ánimo de que había muerto. <br/>Clara comprendió que era inútil hacerle preguntas. Fue al costurero a buscar su <br/>péndulo, que le servía para comunicarse con los fantasmas y que usaba como <br/>instrumento de concentración. Extendió un mapa de la ciudad en el suelo y sostuvo el <br/>péndulo a medio metro y esperó que las oscilaciones le indicaran la dirección de su <br/>cuñada, pero después de intentarlo durante toda la tarde, se dio cuenta que el sistema <br/>no resultaría si Férula no tenía un domicilio fijo. Ante la ineficacia del péndulo p ara <br/>ubicarla, salió a vagar en coche, esperando que su instinto la guiara, pero tampoco <br/>esto dio resultado. <br/>Consultó la mesa de tres patas sin que ningún espíritu baqueano apareciera para <br/>conducirla donde Férula a través de los vericuetos de la ciudad, la llamó con el <br/>pensamiento y no obtuvo respuesta y tampoco las cartas del Tarot la iluminaron. <br/>Entonces decidió recurrir a los métodos tradicionales y comenzó a buscarla entre las <br/>amigas, interrogó a los proveedores y a todos los que tenían tratos con ella, pero nadie <br/>la había vuelto a ver. Sus averiguaciones la llevaron por último donde el padre <br/>Antonio. <br/>-No la busque más, señora dijo el sacerdote-. Ella no quiere verla. <br/>Clara comprendió que ésa era la causa por la cual no habían funcionado ninguno de <br/>sus infalibles sistemas de adivinación. <br/>-Las hermanas Mora tenían razón -se dijo-. No se puede encontrar a quien no quiere <br/>ser encontrado. <br/>Esteban Trueba entró en un período muy próspero. Sus negocios parecían tocados <br/>por una varilla mágica. Se sentía satisfecho de la vida. Era rico, tal como se lo había <br/>propuesto una vez. Tenía la concesión de otras minas, estaba exportando fruta al <br/>extranjero, formó una empresa constructora y Las Tres Marías, que había crecido <br/>mucho en tamaño, estaba convertida en el mejor fundo de la zona. No lo afectó la <br/>crisis económica que convulsionó al resto del país. En las provincias del Norte la <br/>quiebra de las salitreras había dejado en la miseria a miles de trabajadores. Las <br/>famélicas tribus de cesantes, que arrastraban a sus mujeres, sus hijos, sus viejos, <br/>buscando trabajo por los caminos, habían terminado por acercarse a la capital y <br/>lentamente formaron un cordón de miseria alrededor de la ciudad, instalándose de <br/>cualquier manera, entre tablas y pedazos de cartón, en medio de la basura y el <br/>abandono. Vagaban por las calles pidiendo una oportunidad para trabajar, pero no <br/>había trabajo para todos y poco a poco los rudos obreros, adelgazados por el hambre, <br/>encogidos por el frío, harapientos, desolados, dejaron de pedir trabajo y pidieron <br/>simplemente una limosna. Se llenó de mendigos. Y después de ladrones. Nunca se <br/>habían visto heladas más terribles que las de ese año. Hubo nieve en la capital, un <br/>espectáculo inusitado que se mantuvo en primera plana de los periódicos, celebrado <br/>como una noticia festiva, mientras en las poblaciones marginales amanecían los niños <br/>azules, congelados. Tampoco alcanzaba la caridad para tantos desamparados.<br/><br/><br/>Page No 83<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 83  <br/><br/>Ese fue el año del tifus exantemático. Comenzó como otra calamidad de los pobres y <br/>pronto adquirió características de castigo divino. Nació en los barrios de los indigentes, <br/>por culpa del invierno, de la desnutrición, del agua sucia de las acequias. Se juntó con <br/>la cesantía y se repartió por todas partes. Los hospitales no daban abasto. Los <br/>enfermos deambulaban por las calles con los ojos perdidos, se sacaban los piojos y se <br/>los tiraban a la gente sana. Se regó la plaga, entró a todos los  hogares, infectó los <br/>colegios y las fábricas, nadie podía sentirse seguro. Todos vivían con miedo, <br/>escrutando los signos que anunciaban la terrible enfermedad. Los contagiados <br/>empezaban a tiritar con un frío de lápida en los huesos y a poco eran presas del <br/>estupor. Se quedaban como imbéciles, consumiéndose en la fiebre, llenos de manchas, <br/>cagando sangre, con delirios de fuego y de naufragio, cayéndose al suelo, los huesos <br/>de lana, las piernas de trapo y un gusto de bilis en la boca, el cuerpo en carne viva, <br/>una pústula roja al lado de otra azul y otra amarilla y otra negra, vomitando hasta las <br/>tripas y clamando a Dios que se apiade y que los deje morir de una vez, que no <br/>aguantan más, que la cabeza les revienta y el alma se les va en mierda y espanto. <br/>Esteban propuso llevar a toda la familia al campo, p ara preservarla del contagio, <br/>pero Clara no quiso oír hablar del asunto. Estaba muy ocupada socorriendo a los <br/>pobres en una tarea que no tenía principio ni fin. Salía muy temprano y a veces <br/>llegaba cerca de la medianoche. Vació los armarios de la casa, quitó la ropa a los <br/>niños, las frazadas de las camas, las chaquetas a su marido. Sacaba la comida de la <br/>despensa y estableció un sistema de envíos con Pedro Segundo García, quien mandaba <br/>desde Las Tres Marías quesos, huevos, cecinas, frutas, gallinas, que ella distribuía <br/>entre sus necesitados. Adelgazó y se veía demacrada. En las noches volvió a caminar <br/>sonámbula. <br/>La ausencia de Férula se sintió como un cataclismo en la casa y hasta la Nana, que <br/>siempre había deseado que ese momento llegara algún día, se conmovió. Cuando <br/>comenzó la primavera y Clara pudo descansar un poco, aumentó su tendencia a evadir <br/>la realidad y perderse en el ensueño. Aunque ya no contaba con la impecable <br/>organización de su cuñada para barajar el caos de la gran casa de la esquina, se <br/>despreocupó de las cosas domésticas. Delegó todo en manos de la Nana y de los otros <br/>empleados y se sumió en el mundo de los aparecidos y de los experimentos psíquicos. <br/>Los cuadernos de anotar la vida se embrollaron, su caligrafía perdió la elegancia de <br/>convento, que siempre tuvo, y degeneró en unos trazos despachurrados que a veces <br/>eran tan minúsculos que no se podían leer y otras tan grandes que tres palabras <br/>llenaban la página.  <br/>En los años siguientes se juntó alrededor de Clara y las tres hermanas Mora un <br/>grupo de estudiosos de Gourdieff, de rosacruces, de espiritistas y de bohemios <br/>trasnochados que hacían tres comidas diarias en la casa y que alternaban su tiempo <br/>entre consultas perentorias a los espíritus de la mesa de tres patas y la lectura de los <br/>versos del último poeta iluminado que aterrizaba en el regazo de Clara. Esteban <br/>permitía esa invasión de estrafalarios; porque hacía mucho tiempo que se dio cuenta <br/>que era inútil interferir en la vida de su mujer. Decidió que por lo menos los niños <br/>varones debían estar al margen de la magia, de modo que Jaime y Nicolás fueron <br/>internos a un colegio inglés victoriano, donde cualquier pretexto era bueno para <br/>bajarles los pantalones y darles varillazos por el trasero, especialmente a Jaime, que <br/>se burlaba de la familia real británica y a los doce años estaba interesado en leer a <br/>Marx, un judío que provocaba revoluciones en todo el mundo. Nicolás heredó el <br/>espíritu aventurero del tío abuelo Marcos y la propensión de fabricar horóscopos y <br/>descifrar el futuro de su madre, pero eso no constituía un delito grave en la rígida <br/>formación del colegio, sino sólo una excentricidad, así es que el joven fue mucho <br/>menos castigado que su hermano.<br/><br/><br/>Page No 84<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 84  <br/><br/>El caso de Blanca era diferente, porque su padre no intervenía en su educación. <br/>Consideraba que su destino era casarse y brillar en sociedad, donde la facultad de <br/>comunicarse con los muertos, si se mantenía en un tono frívolo, podría ser una <br/>atracción. Sostenía que la magia, como la religión y la cocina, era un asunto <br/>propiamente femenino y tal vez por eso era capaz de sentir simpatía por las tres <br/>hermanas Mora, en cambio detestaba a los espirituados de sexo masculino casi tanto <br/>como a los curas. Por su parte, Clara andaba para todos lados con su hija pegada a sus <br/>faldas, la incitaba a las sesiones de los viernes y la crió en estrecha familiaridad con las <br/>ánimas, con los miembros de las sociedades secretas y con los artistas misérrimos a <br/>quienes hacía de mecenas. Igual corno ella lo había hecho con su madre en tiempos de <br/>la mudez, llevaba ahora a Blanca a ver a los pobres, cargada de regalos y consuelos. <br/>-Esto sirve para tranqu ilizarnos la conciencia, hija-explicaba a Blanca-. Pero no <br/>ayuda a los pobres. No necesitan caridad, sino justicia. <br/>Era en ese punto donde tenía las peores discusiones con Esteban, que tenía otra <br/>opinión al respecto. <br/>-¡Justicia! ¿Es justo que todos tengan lo mismo? ¿Los flojos lo mismo que los <br/>trabajadores? ¿Los tontos lo mismo que los inteligentes? ¡Eso no pasa ni con los <br/>animales! No es cuestión de ricos y pobres, sino de fuertes y débiles. Estoy de acuerdo <br/>en que todos debemos tener las mismas oportunidades, pero esa gente no hace <br/>ningún esfuerzo. ¡Es muy fácil estirar la mano y pedir limosna! Yo creo en el esfuerzo y <br/>en la recompensa. Gracias a esa filosofía he llegado a tener lo que tengo. Nunca he <br/>pedido un favor a nadie y no he cometido ninguna deshonestidad, lo que prueba que <br/>cualquiera puede hacerlo. Yo estaba destinado a ser un pobre infeliz escribiente de <br/>notaría. Por eso no aceptaré ideas bolcheviques en mi casa. ¡Vayan a hacer caridad en <br/>los conventillos, si quieren! Eso está muy bien: es bueno p ara la formación de las <br/>señoritas. ¡Pero no me vengan con las mismas estupideces de Pedro Tercero García, <br/>porque no lo voy a aguantar! <br/>Era verdad, Pedro Tercero García estaba hablando de justicia en Las Tres Marías. <br/>Era el único que se atrevía a desafiar al patrón, a pesar de las zurras que le había dado <br/>su padre, Pedro Segundo García, cada vez que lo sorprendía. Desde muy joven el <br/>muchacho hacía viajes sin permiso al pueblo para conseguir libros prestados, leer los <br/>periódicos y conversar con el maestro de la escuela, un comunista ardiente a quien <br/>años más tarde lo matarían de un balazo entre los ojos. También se escapaba en las <br/>noches al bar de San Lucas donde se reunía con unos sindicalistas que tenían la manía <br/>de componer el mundo entre sorbo y sorbo de cerveza, o con el gigantesco y magnífico <br/>padre José Dulce María, un sacerdote español con la cabeza llena de ideas <br/>revolucionarias que le valieron ser relegado por la Compañía de Jesús a aquel perdido <br/>rincón del mundo, pero ni por eso renunció a transformar las parábolas bíblicas en <br/>panfletos socialistas. El día que Esteban Trueba descubrió que el hijo de su <br/>administrador estaba introduciendo literatura subversiva entre sus inquilinos, lo llamó <br/>a su despacho y delante de su padre le dio una tunda de azotes con su fusta de cuero <br/>de culebra. <br/>-¡Éste es el primer aviso, mocoso de mierda! -le dijo sin levantar la voz y mirándolo <br/>con ojos de fuego-. La próxima vez que te encuentre molestándome a la gente, te <br/>meto preso. En mi propiedad no quiero revoltosos, porque aquí mando yo y tengo <br/>derecho a rodearme de la gente que me gusta. Tú no me gustas, así es que ya sabes. <br/>Te aguanto por tu padre, que me ha servido lealmente durante muchos años, pero <br/>anda con cuidado, porque puedes acabar muy mal. ¡Retírate! <br/>Pedro Tercero García era parecido a su padre, moreno, de facciones duras, <br/>esculpidas en piedra, con grandes ojos tristes, pelo negro y tieso cortado  como un<br/><br/><br/>Page No 85<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 85  <br/><br/>cepillo. Tenía sólo dos amores, su padre y la hija del patrón, a quien amó desde el día <br/>en que durmieron desnudos debajo de la mesa del comedor, en su tierna infancia. Y <br/>Blanca no se libró de la misma fatalidad. Cada vez que iba de vacaciones al campo y <br/>llegaba a Las Tres Marías en medio de la polvareda provocada por los coches cargados <br/>con el tumultoso equipaje, sentía el corazón batiéndole como un tambor africano de <br/>impaciencia y de ansiedad. Ella era la primera en saltar del vehículo y echar a correr <br/>hacia la casa, y siempre encontraba a Pedro Tercero García en el mismo sitio donde se <br/>vieron por primera vez, de pie en el umbral, medio oculto por la sombra de la puerta, <br/>tímido y hosco, con sus pantalones raídos, descalzo, sus ojos de viejo escrutando el <br/>camino para verla llegar. Los dos corrían, se abrazaban, se besaban, se reían, se <br/>daban trompadas cariñosas y rodaban por el suelo tirándose de los pelos y gritando de <br/>alegría. <br/>-¡Párate, chiquilla! ¡Deja a ese rotoso! -chillaba la Nana procurando separarlos. <br/>-Déjalos, Nana, son niños y se quieren -decía Clara, que sabía más. <br/>Los niños escapaban corriendo, iban a esconderse para contarse todo lo que habían <br/>acumulado durante esos meses de separación. Pedro le entregaba, avergonzado, unos <br/>animalitos tallados que había hecho para ella en trozos de madera y a cambio Blanca <br/>le daba los regalos que había juntado para él: un cortaplumas que se abría como una <br/>flor, un pequeño imán que atraía por obra de magia los clavos roñosos del suelo. El <br/>verano que ella llegó con parte del contenido del baúl de los libros mágicos del tío <br/>Marcos, tenía alrededor de diez años y todavía Pedro Tercero leía con dificultad, pero la <br/>curiosidad y el anhelo consiguieron lo que no había podido obtener la maestra a <br/>varillazos. Pasaron el verano leyendo acostados entre las cañas del río, entre los pinos <br/>del bosque, entre las espigas de los trigales, discutiendo las virtudes de Sandokan y <br/>Robin Hood, la mala suerte del Pirata Negro, las historias verídicas y edificantes del <br/>Tesoro de la juventud, el malicioso significado de las palabras prohibidas en el <br/>diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el sistema cardiovascular en <br/>láminas, donde podían ver a un tipo sin pellejo, con todas sus venas y el corazón <br/>expuestos a la vista, pero con calzones. En pocas semanas el niño aprendió a leer con <br/>voracidad. Entraron en el mundo ancho y profundo de las historias imposibles, los <br/>duendes, las hadas, los náufragos que se comen unos a otros después de echarlo a la <br/>suerte, los tigres que se dejan amaestrar por amor, los inventos fascinantes, las <br/>curiosidades geográficas y zoológicas, los países orientales donde hay genios en las <br/>botellas, dragones en las cuevas y princesas prisioneras en las torres. A menudo iban a <br/>visitar a Pedro García, el viejo, a quien el tiempo había gastado los sentidos. Se fue <br/>quedando ciego paulatinamente, una película celeste le cubría las pupilas, «son las <br/>nubes, que me están entrando por la vista», decía. Agradecía mucho las visitas de <br/>Blanca y Pedro Tercero, que era su nieto, pero él ya lo había olvidado. Escuchaba los <br/>cuentos que ellos seleccionaban de los libros mágicos y que tenían que gritarle al oído, <br/>porque también decía que el viento le estaba entrando por las orejas y por eso estaba <br/>sordo. A cambio, les enseñaba a inmunizarse contra las picadas de bichos malignos y <br/>les demostraba la eficacia de su antídoto, poniéndose un alacrán vivo en el brazo. Les <br/>enseñaba a buscar agua. Había que sujetar un palo seco con las dos manos y caminar <br/>tocando el suelo, en silencio, pensando en el agua y la sed que tiene el palo, hasta que <br/>de pronto, al sentir la humedad, el palo comenzaba a temblar. Allí había que cavar, les <br/>decía el viejo, pero aclaraba que ése no era el sistema que él empleaba para ubicar los <br/>pozos en el suelo de Las Tres Marías, porque él no necesitaba el palo. Sus huesos <br/>tenían tanta sed, que al pasar por el agua subterránea, aunque fuera profunda, su <br/>esqueleto se lo advertía. Les mostraba las yerbas del campo y los hacía olerlas, <br/>gustarlas, acariciarlas, para conocer su perfume natural, su sabor y su textura y así <br/>poder identificar a cada una según sus propiedades curativas: calmar la mente,<br/><br/><br/>Page No 86<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 86  <br/><br/>expulsar los influjos diabólicos, pulir los ojos, fortificar el vientre, estimular la sangre. <br/>En ese terreno su sabiduría era tan grande, que el médico del hospital de las monjas <br/>iba a visitarlo para pedirle consejo. Sin embargo, toda su sabiduría no pudo curar la <br/>lipiria calambre de su hija Pancha, que la despachó al otro mundo. Le dio de comer <br/>boñiga de vaca y como eso no resultó, le dio bosta de caballo, la envolvió en mantas y <br/>la hizo sudar el mal hasta que la dejó en los huesos, le dio fricciones de aguardiente <br/>con pólvora por todo el cuerpo, pero fue inútil; Pancha se fue en una diarrea <br/>interminable que le estrujó las carnes y la hizo padecer una sed insaciable. Vencido, <br/>Pedro García pidió permiso al patrón para llevarla al pueblo en una carreta. Los dos <br/>niños lo acompañaron. El médico del hospital de las monjas examinó cuidadosamente <br/>a Pancha y dijo al viejo que estaba perdida, que si se la hubiera llevado antes y no le <br/>hubiera provocado esa sudadera, habría podido hacer algo por ella, pero que ya su <br/>cuerpo no podía retener ningún líquido y era igual que una planta con las raíces secas. <br/>Pedro García se ofendió y siguió negando su fracaso aun cuando regresó  con el <br/>cadáver dé su hija envuelto en una manta, acompañado por los dos niños asustados, y <br/>lo desembarcó en el patio de Las Tres Marías refunfuñando contra la ignorancia del <br/>doctor. La enterraron en un sitio privilegiado en el pequeño cementerio junto a la <br/>iglesia abandonada, al pie del volcán, porque ella había sido, en cierta forma, mujer <br/>del patrón, pues le había dado el único hijo que llevó su nombre, aunque nunca llevó <br/>su apellido, y un nieto, el extraño Esteban García, que estaba destinado a cumplir un <br/>terrible papel en la historia de la familia. <br/>Un día el viejo Pedro García les contó a Blanca y a Pedro Tercero el cuento de las <br/>gallinas que se pusieron de acuerdo para enfrentar a un zorro que se metía todas las <br/>noches en el gallinero p ara robar los huevos y devorarse los po llitos. Las gallinas <br/>decidieron que ya estaban hartas de aguantar la prepotencia del zorro, lo esperaron <br/>organizadas y cuando entró al gallinero, le cerraron el paso, lo rodearon y se le fueron <br/>encima a picotazos hasta que lo dejaron más muerto que vivo. <br/>-Y entonces se vio que el zorro escapaba con la cola entre las piernas, perseguido <br/>por las gallinas -terminó el viejo. <br/>Blanca se rió con la historia y dijo que eso era imposible, porque las gallinas nacen <br/>estúpidas y débiles y los zorros nacen astutos y fuertes, pero Pedro Tercero no se rió. <br/>Se quedó toda la tarde pensativo, rumiando el cuento del zorro y las gallinas, y tal vez <br/>ése fue el instante en que el niño comenzó a hacerse hombre.<br/><br/><br/>Page No 87<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 87  <br/><br/>  <br/>Los amantes  <br/>Capítulo V  <br/>  <br/>La infancia de Blanca transcurrió sin grandes sobresaltos, alternando aquellos <br/>calientes veranos en Las Tres Marías, donde descubría la fuerza de un sentimiento que <br/>crecía con ella, y la rutina de la capital, similar a la de otras niñas de su edad y su <br/>medio, a pesar de que la presencia de Clara ponía una nota extravagante en su vida. <br/>Todas las mañanas aparecía la Nana con el desayuno a sacudirle la modorra y vigilarle <br/>el uniforme, estirarle los calcetines, ponerle el sombrero, los guantes y el pañuelo, <br/>ordenar los libros en el bolsón, mientras intercalaba oraciones murmuradas por el alma <br/>de los muertos, con recomendaciones en voz alta para que Blanca no se dejara <br/>embaucar por las monjas. <br/>-Esas mujeres son todas unas depravadas -le advertía- que eligen a las alumnas <br/>más bonitas, más inteligentes y de buena familia, para meterlas al convento, afeitan la <br/>cabeza a las novicias, pobrecitas, y las destinan a perder su vida haciendo tortas para <br/>vender y cuidando viejitos ajenos. <br/>El chofer llevaba a la niña al colegio, donde la primera actividad del día era la misa y <br/>la comunión obligatoria. Arrodillada en su banco, Blanca aspiraba el intenso olor del <br/>incienso y las azucenas de María, y padecía el suplicio combinado de las náuseas, la <br/>culpa y el aburrimiento. Era lo único que no le gustaba del colegio. Amaba los altos <br/>corredores de piedra, la limpieza inmaculada de los pisos de mármol, los blancos <br/>muros desnudos, el Cristo de fierro que vigilaba la entrada. Era una criatura romántica <br/>y sentimental, con tendencia a la soledad, de pocas amigas, capaz de emocionarse <br/>hasta las lágrimas cuando florecían las rosas en el jardín, cuando aspiraba el tenue <br/>olor a trapo y jabón de las monjas que se inclinaban sobre sus tareas,  cuando se <br/>quedaba rezagada para sentir el silencio triste de las aulas vacías. Pasaba por tímida y <br/>melancólica. Sólo en el campo, con la piel dorada por el sol y la barriga llena de fruta <br/>tibia, corriendocon Pedro Tercero por los potreros,  era risueña y alegre. Su madre <br/>decía que ésa era la verdadera Blanca y que la otra, la de la ciudad, era una Blanca en <br/>hibernación. <br/>Debido a la agitación constante que reinaba en la gran casa de la esquina, nadie, <br/>excepto la Nana, se dio cuenta de que Blanca estaba convirtiéndose en una mujer. <br/>Entró en la adolescencia de golpe. Había heredado de los Trueba la sangre española y <br/>árabe, el porte señorial, el rictus soberbio, la piel aceitunada y los ojos oscuros de sus <br/>genes mediterráneos, pero teñidos por la herencia de la madre, de quien sacó la <br/>dulzura que ningún Trucha tuvo jamás. Era una criatura tranquila que se entretenía <br/>sola, estudiaba, jugaba con sus muñecas y no manifestaba la menor inclinación natural <br/>por el espiritismo de su madre o por las rabietas de su padre. La familia decía en tono <br/>de chanza que ella era la única persona normal en varias generaciones y, en verdad, <br/>parecía ser un prodigio de equilibrio y serenidad. Alrededor de los trece años comenzó <br/>a desarrollársele el pecho, afinársele la cintura, adelgazó y estiró como una planta <br/>abonada. La Nana le recogió el pelo en un moño, la acompañó a comprar su primer <br/>corpiño, su primer par de medias de seda, su primer vestido de mujer y una colección <br/>de toallas enanas para lo que ella llamaba la demostración. Entretanto su madre <br/>seguía haciendo bailar las sillas por toda la casa, tocando Chopin con el piano cerrado<br/><br/><br/>Page No 88<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 88  <br/><br/>y declamando los bellísimos versos sin rima, argumento ni lógica, de un poeta joven <br/>que había acogido en la casa, de quien se comenzaba a hablar por todas partes, sin <br/>enterarse de los cambios que se producían en su hija, sin ver el uniforme del colegio <br/>con las costuras reventadas, ni darse cuenta que la cara de fruta se le había sutilmente <br/>transformado en un rostro de mujer, porque Clara vivía tnás atenta del aura y los <br/>fluidos, que de los kilos o los centímetros. Un día la vio entrar al costurero con su <br/>vestido de salir y se extrañó de que aquella señorita alta y morena fuera su pequeña <br/>Blanca. La abrazó, la llenó de besos y le. advirtió que pronto tendría la menstruación. <br/>-Siéntese y le explico lo que es eso -dijo Clara. <br/>-No se moleste, mamá, ya va a hacer un año que me viene todos los meses -se rió <br/>Blanca. <br/>La relación de ambas no sufrió grandes cambios con el desarrollo de la muchacha, <br/>porque estaba basada en los sólidos principios de la total aceptación mutua y la <br/>capacidad para burlarse juntas de casi todas las cosas de la vida. <br/>Ese año el verano se anunció temprano con un calor seco y bochornoso que cubrió <br/>la ciudad con una reverberación de mal sueño, por eso adelantaron en un par de <br/>semanas el viaje a Las Tres Marías. Como todos los años, Blanca esperó ansiosamente <br/>el momento de ver a Pedro Tercero y como todos los años, al bajarse del coche lo <br/>primero que hizo fue buscarlo con la vista en el lugar de siempre. Descubrió su sombra <br/>escondida en el umbral de la puerta y saltó del vehículo, precipitándose a su encuentro <br/>con el ansia de tantos meses de soñar con él, pero vio, sorprendida, que el niño daba <br/>media vuelta y escapaba. <br/>Blanca anduvo toda la tarde recorriendo los lugares donde se reunían, preguntó por <br/>él, lo llamó a gritos, lo buscó en la casa de Pedro García, el viejo, y; por último, al caer <br/>la noche se acostó vencida, sin comer. En su enorme cama de bronce, dolida v <br/>extrañada, hundió la cara en la almohada y lloró con desconsuelo. La Nana le llevó un <br/>vaso de leche con miel y adivinó al instante la causa de su congoja. <br/>-¡Me alegro! -dijo con una sonrisa torcida-. ¡Ya no tienes edad para jugar con ese <br/>mocoso pulguiento! <br/>Media hora más tarde entró su madre a besarla v la encontró sollozando los últimos <br/>estertores de un llanto melodramático. Por un instante Clara dejó de ser un ángel <br/>distraído y se colocó a la altura de los simples mortales que a los catorce años sufren <br/>su primera pena de amor. Quiso indagar, pero Blanca era muy orgullosa o demasiado <br/>mujer ya y no le dio explicaciones, de modo que Clara se limitó a sentarse un rato en <br/>la cama y acariciarla hasta que se calmó. <br/>Esa noche Blanca durmió mal y despertó al amanecer, rodeada por las sombras de <br/>la amplia habitación. Se quedó mirando el artesonado del techo hasta que escuchó el <br/>canto del gallo Y entonces se levantó, abrió las cortinas y dejó que entrara la suave luz <br/>del alba v los primeros ruidos del mundo. Se acercó al espejo del armar¡o y se miró <br/>detenidamente. Se quitó la camisa y observó su cuerpo por primera vez en detalle, <br/>comprendiendo que todos esos cambios eran la causa de que su amigo hubiera huido. <br/>Sonrió con urna nuera v delicada sonrisa de mujer. Se puso la ropa vieja del verano <br/>pasado, que casi no le cruzaba, se arropó con una manta y salió de punt illas para no <br/>despertar a la familia. Afuera el campo se sacudía la modo rra de la noche y los <br/>primeros rayos del sol cruzaban cono sablazos los picos de la cordillera, calentando la <br/>tierra y evaporando el rocío en una fina espuma blanca que borraba los contornos de <br/>las cosas y convertía el paisaje en una visión de ensueño. Blanca echó a andar en <br/>dirección al río. Todo estaba todavía en calma, sus pisadas aplastaban las hojas caídas <br/>y las ramas secas, produciendo un leve crepitar, único sonido en aquel vasto espacio<br/><br/><br/>Page No 89<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 89  <br/><br/>dormido. Sintió que las alamedas imprecisas, los trigales dorados y los lejanos cerros <br/>morados perdiéndose en el cielo translúcido de la mañana, eran un recuerdo antiguo <br/>en su memoria, algo que había visto antes exactamente así y que ese instante ya lo <br/>había vivido. La finísima llovizna de la noche había empapado la tierra y los árboles, <br/>sintió la ropa ligeramente húmeda y los zapatos fríos. Respiró el perfume de la tierra <br/>mojada, de las hojas podridas, del humus, que despertaba un placer desconocido en <br/>sus sentidos. <br/>Blanca llegó hasta el río y vio a su amigo de la infancia sentado en el sitio donde <br/>tantas veces se habían dado cita. En ese año, Pedro Tercero no había crecido como <br/>ella, sino que seguía siendo el mismo niño delgado, panzudo y moreno, con una sabia <br/>expresión de anciano en sus ojos negros. Al verla, se puso de pie y ella calculó que <br/>medía media cabeza más que él. Se miraron desconcertados, sintiendo por primera <br/>vez que eran casi dos extraños. Por un tiempo que pareció infinito, se quedaron <br/>inmóviles, acostumbrándose a los cambios y a las nuevas distancias, pero entonces <br/>trinó un gorrión y todo volvió a ser como el verano anterior. Volvieron a ser dos niños <br/>que corren, se abrazan y ríen, caen al suelo, se revuelcan, se estrellan contra los <br/>guijarros murmurando sus nombres incansablemente, dichosos de estar juntos una vez <br/>más. Por fin se calmaron. Ella tenía el pelo lleno de hojas secas, que él quitó una por <br/>una. <br/>-Ven, quiero mostrarte algo -dijo Pedro Tercero. <br/>La llevó de la mano. Caminaron, saboreando aquel amanecer del mundo, <br/>arrastrando los pies en el barro, recogiendo tallos tiernos para chuparles la savia <br/>mirándose y sonriendo, sin hablar, hasta que llegaron a un potrero lejano. El sol <br/>aparecía por encima del volcán, pero el día aún no terminaba de instalarse y la tierra <br/>bostezaba. Pedro le indicó que se tirara al suelo y guardara silencio. Reptaron <br/>acercándose a unos matorrales, dieron un corto rodeo y entonces Blanca la vio. Era <br/>una hermosa yegua baya, dando a luz, sola en la colina. Los niños inmóviles, <br/>procurando que no se oyera ni su respiración, la vieron jadear y esforzarse hasta que <br/>apareció la cabeza del potrillo y luego, después de un largo tiempo, el resto del cuerpo. <br/>El animalito cayó a tierra y la madre comenzó a lamerlo, dejándolo limpio y br illante <br/>como madera encerada, animándolo con el hocico para que intentara pararse. El <br/>potrillo trató de ponerse en pie, pero se le doblaban sus frágiles patas de recién nacido <br/>y se quedó echado, mirando a su madre con aire desvalido, mientras ella relinchaba <br/>saludando al sol de la mañana. Blanca sintió la felicidad estallando en su pecho y <br/>brotando en lágrimas de sus ojos. <br/>-Cuando sea grande, me voy a casar contigo y vamos a vivir aquí, en Las Tres <br/>Marías -dijo en un susurro. <br/>Pedro se la quedó mirando con expresión de viejo triste y negó con la cabeza. Era <br/>todavía mucho más niño que ella, pero ya conocía su lugar en el mundo. También <br/>sabía que amaría a aquella niña durante toda su existencia, que ese amanecer <br/>perduraría en su recuerdo y que sería lo último que vería en el momento de morir. <br/>Ese verano lo pasaron oscilando entre la infancia, que aún los retenía, y el despertar <br/>del hombre y de la mujer. Por momentos corrían como criaturas, soliviantando gallinas <br/>y alborotando vacas, se hartaban de leche tibia recién ordeñada y les quedaban <br/>bigotes de espuma, se robaban el pan salido del horno, trepaban a los árboles para <br/>construir casitas arbóreas. Otras veces se escondían en los lugares más secretos y <br/>tupidos del bosque, hacían lechos de hoja y jugaban a que estaban casados, <br/>acariciándose hasta la extenuación. No habían perdido la inocencia para quitarse la <br/>ropa sin curiosidad y bañarse desnudos en el río, como lo habían hecho siempre, <br/>zambulléndose en el agua fría y dejando que la corriente los arrastrara sobre las<br/><br/><br/>Page No 90<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 90  <br/><br/>piedras lustrosas del fondo. Pero había cosas que ya no compartían como antes. <br/>Aprendieron a tenerse vergüenza. Ya no competían para ver quién era capaz de hacer <br/>el charco más grande de orina y Blanca no le habló de aquella materia oscura que le <br/>manchaba los calzones una vez al mes. Sin que nadie se lo dijera, se dieron cuenta de <br/>que no podían tener familiaridades delante de los demás. Cuando Blanca se ponía su <br/>ropa de señorita y se sentaba en las tardes en la terraza a beber limonada con su <br/>familia, Pedro Tercero la observaba de lejos, sin acercarse. Comenzaron a ocultarse <br/>para sus juegos. Dejaron de andar tomados de la mano a la vista de los adultos y se <br/>ignoraban para no atraer su atención. La Nana respiró más tranquila, pero Clara <br/>empezó a observarlos más cuidadosamente. <br/>Terminaron las vacaciones y los Trueba regresaron a la capital cargados de frascos <br/>de dulces, compotas, cajones de fruta, quesos, gallinas y conejos en escabeche, cestos <br/>con huevos. Mientras acomodaban todo en los coches que los llevarían al tren, Blanca <br/>y Pedro Tercero se escondieron en el granero para despedirse. En esos tres meses <br/>habían llegado a amarse con aquella pasión arrebatada que los trastornó durante el <br/>resto de sus vidas. Con el tiempo ese amor se hizo más invulnerable y persistente, <br/>pero ya entonces tenía la misma profundidad y certeza que lo caracterizó después. <br/>Sobre una pila de grano, aspirando el aromático polvillo del granero en la luz dorada y <br/>difusa de la mañana que se colaba entre las tablas, se besaron por todos lados, se <br/>lamieron, se mordieron, se chuparon, sollozaron y bebieron las lágrimas de los dos, se <br/>juraron eternidad y se pusieron de acuerdo en un código secreto que les serviría para <br/>comunicarse durante los meses de separación. <br/>Todos los que vivieron aquel momento, coinciden en que eran alrededor de las ocho <br/>de la noche cuando apareció Férula, sin que nada presagiara su llegada. Todos <br/>pudieron verla con su blusa almidonada, su manojo de llaves en la cintura y su moño <br/>de solterona, tal como la habían visto siempre en la casa. Entró por la puerta del <br/>comedor en el momento en que Esteban comenzaba a trinchar el asado y la <br/>reconocieron inmediatamente, a pesar de que hacía seis años que no la veían y estaba <br/>muy pálida y mucho más anciana. Era un sábado y los mellizos, Jaime y Nicolás, <br/>habían salido del internado a pasar el fin de semana con su familia, de modo que <br/>también estaban allí. Su testimonio es muy importante, porque eran los únicos <br/>miembros de la familia que vivían alejados por completo de la mesa de tres patas, <br/>preservados de la magia y el espiritismo por su rígido colegio inglés. Primero sintieron <br/>un frío súbito en el comedor y Clara ordenó que cerraran las ventanas, porque pensó <br/>que era una corriente de aire. Luego oyeron el tintineo de las llaves y casi enseguida <br/>se abrió la puerta y apareció Férula, silenciosa y con una expresión lejana, en el mismo <br/>instante en que entraba la Nana por la puerta de la cocina, con la fuente de la <br/>ensalada. Esteban Trueba se quedó con el cuchillo y el tenedor de trinchar en el aire, <br/>paralizado por la sorpresa, y los tres niños gritaron ¡tía Férula! casi al unísono. Blanca <br/>alcanzó a pararse para ir a su encuentro, pero Clara, que se sentaba a su lado, estiró <br/>la mano y la sujetó de un brazo. En realidad Clara fue la única que se dio cuenta a la <br/>primera mirada de lo que estaba ocurriendo, debido a su larga familiaridad con los <br/>asuntos sobrenaturales, a pesar de que nada en el aspecto de su cuñada delataba su <br/>verdadero estado. Férula se detuvo a un metro de la mesa, los miró a todos con ojos <br/>vacíos e indiferentes y luego avanzó hacia Clara, que se puso de pie, pero no hizo <br/>ningún ademán de acercarse, sino que cerró los ojos y comenzó a respirar <br/>agitadamente, como si estuviera incubando uno de sus ataques de asma. Férula se <br/>acercó a ella, le puso una mano en cada hombro y la besó en la frente con un beso <br/>breve. Lo único que se escuchaba en el comedor era la respiración jadeante de Clara y <br/>el campanilleo metálico de las llaves en la cintura de Férula. Después de besar a su<br/><br/><br/>Page No 91<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 91  <br/><br/>cuñada, Férula pasó por su lado y salió por donde mismo había entrado, cerrando la <br/>puerta a sus espaldas con suavidad. En el comedor quedó la familia inmóvil, como en <br/>una pesadilla. De pronto la Nana comenzó a temblar tan fuerte, que se le cayeron los <br/>cucharones de la ensalada y el ruido de la plata al chocar contra el parquet los <br/>sobresaltó a todos. Clara abrió los ojos. Seguía respirando con dificultad y le caían <br/>lágrimas silenciosas por las mejillas y el cuello, manchándole la blusa. <br/>-Férula ha muerto -anunció. <br/>Esteban Trueba soltó los cubiertos de trinchar el asado sobre el mantel y salió <br/>corriendo del comedor. Llegó hasta la calle llamando a su hermana, pero no encontró <br/>ni rastro de ella. Entretanto Clara ordenó a un sirviente que fuera a buscar los abrigos <br/>y cuando su esposo regresó, estaba colocándose el suyo y tenía las llaves del <br/>automóvil en la mano. <br/>-Vamos donde el padre Antonio -le dijo. <br/>Hicieron el camino en silencio. Esteban conducía con el corazón oprimido, buscando <br/>la antigua parroquia del padre Antonio en esos barrios de pobres donde hacía muchos <br/>años que no ponía los pies. El sacerdote estaba pegando un botón a su raída sotana <br/>cuando llegaron con la noticia de que Férula había muerto. <br/>-¡No puede ser! -exclamó-. Yo estuve con ella hace dos días y estaba en buena <br/>salud y con buen ánimo. <br/>-Llévenos a su casa, padre, por favor -suplicó Clara-. Yo sé por qué se lo digo. Está <br/>muerta. <br/>Ante la insistencia de Clara, el padre Antonio los acompañó. Guió a Esteban por <br/>unas calles estrechas hasta el domicilio de Férula. Durante esos años de soledad, ella <br/>había vivido en uno de aquellos conventillos donde iba a rezar el rosario contra la <br/>voluntad de los beneficiados en los tiempos de su juventud. Tuvieron que dejar el <br/>coche a varias cuadras de distancia, porque las calles fueron haciéndose más y más <br/>estrechas, hasta que comprendieron que estaban hechas para andar sólo a pie o en <br/>bicicleta. Se internaron caminando, evitando los charcos de agua sucia que desbordaba <br/>de las acequias, sorteando la basura apilada en montones donde los gatos escarbaban <br/>como sombras sigilosas. El conventillo era un largo pasaje de casas ruinosas, todas <br/>iguales, pequeñas y humildes viviendas de cemento, con una sola puerta y dos <br/>ventanas, pintadas de parduzcos colores, desvencijadas, comidas por la humedad, con <br/>alambres tendidos a través del pasaje, donde en el día se colgaba la ropa al sol, pero a <br/>esa hora de la noche, vacíos, se mecían imperceptiblemente. En el centro de la <br/>callejuela había un único pilón de agua para abastecer a todas las fam ilias que vivían <br/>allí y sólo dos faroles alumbraban el corredor entre las casas. El padre Antonio saludó a <br/>una vieja que se hallaba junto al pilón de agua esperando que se llenara un balde con <br/>el chorro miserable que salía del grifo. <br/>-¿Ha visto a la señorita Férula? -preguntó. <br/>-Debe estar en su casa, padre. No la he visto en los últimos días -dijo la vieja. <br/>El padre Antonio señaló una de las viviendas, igual a las demás, triste, descascarada <br/>y sucia, pero la única que tenía dos tarros colgando junto a la puerta donde crecían <br/>unas pequeñas matas de cardenales, la flor del pobre. El sacerdote golpeó la puerta. <br/>-¡Entren, no más! -gritó la vieja desde el pilón-. La señorita nunca pone llave en la <br/>puerta. ¡Ahí no hay nada que robar! <br/>Esteban Trueba abrió llamando a su hermana, pero no se atrevió a entrar. Clara fue <br/>la primera en cruzar el umbral. Adentro estaba oscuro y les salió al encuentro el <br/>inconfundible aroma de lavanda y de limón. El padre Antonio encendió un fósforo. La<br/><br/><br/>Page No 92<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 92  <br/><br/>débil llama abrió un círculo de luz en la penumbra, pero antes que pudieran avanzar o <br/>darse cuenta de qué los rodeaba, se apagó. <br/>-Esperen aquí -dijo el cura-. Yo conozco la casa. <br/>Avanzó a tientas y al rato encendió una vela. Su figura se destacó grotescamente y <br/>vieron su rostro deformado por la luz que le daba desde abajo flotando a media altura, <br/>mientras su gigantesca sombra bailoteaba contra las paredes. Clara describió esta <br/>escena con minuciosidad en su diario, detallando con cuidado las dos habitaciones <br/>oscuras, cuyos muros estaban manchados por la humedad, el pequeño baño sucio y <br/>sin agua corriente, la cocina donde sólo quedaban sobras de pan viejo y un tarro con <br/>un poco de té. El resto de la vivienda de Férula pareció a Clara congruente con la <br/>pesadilla que había comenzado cuando su cuñada apareció en el comedor de la gran <br/>casa de la esquina para despedirse. Le dio la impresión de ser la trastienda de un <br/>vendedor de ropa usada o las bambalinas de una mísera compañía de teatro en gira. <br/>De unos clavos en los muros colgaban trajes anticuados, boas de plumas, escuálidos <br/>pedazos de piel, collares de piedras falsas, sombreros que habían dejado de usarse <br/>hacía medio siglo, enaguas desteñidas con sus encajes raídos, vestidos que fueron <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/allende/c_47.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/allende/c_47.htm]]></link><description><![CDATA[ostentosos y cuyo brillo ya no existía, inexplicables chaquetas de almirantes y casullas <br/>de obispos, todo revuelto en una hermandad grotesca, donde anidaba el polvo de <br/>años. Por el suelo había un trastorno de zapatos de raso, bolsos de debutante, <br/>cinturones de bisutería, suspensores y hasta una flamante espada de cadete militar. <br/>Vio pelucas tristes, potiches con afeites, frascos vacíos y un descomedimiento de <br/>artículos imposibles sembrados por todos lados. <br/>Una puerta estrecha separaba las únicas dos habitaciones. En el otro cuarto, yacía <br/>Férula en su cama. Engalanada como reina austríaca, vestía un traje de terciopelo <br/>apolillado, enaguas de tafetán amarillo y sobre su cabeza, firmemente encasquetada, <br/>brillaba una increíble peluca rizada de cantante de ópera. Nadie estaba con ella, nadie <br/>supo de su agonía y calcularon que hacía muchas horas que había muerto, porque los <br/>ratones comenzaban ya a mordisquearle los pies y a devorarle los dedos. Estaba <br/>magnífica en su desolación de reina y tenía en el rostro la expresión dulce y serena <br/>que nunca tuvo en su existencia de pesadumbre. <br/>-Le gustaba vestirse con ropa usada que conseguía de segunda mano o recogía en <br/>los basurales, se pintaba y se ponía esas pelucas, pero nunca le hizo mal a nadie, por <br/>el contrario, hasta el final de sus días rezaba el rosario para la salvación de los <br/>pecadores -explicó el padre Antonio. <br/>-Déjeme sola con ella -dijo Clara con firmeza. <br/>Los dos hombres salieron al pasaje, donde ya comenzaban a juntarse los vecinos. <br/>Clara se sacó el abrigo de lana blanca y se subió las mangas, se acercó a su cuñada, le <br/>quitó con suavidad la peluca y vio que estaba casi calva, anciana y desvalida. La besó <br/>en la frente tal como ella la había besado pocas horas antes en el comedor de su casa <br/>y enseguida procedió, con toda calma, a improvisar los ritos de la muerte. La desnudó, <br/>la lavó, la jabonó meticulosamente sin olvidar ningún resquicio, la friccionó con agua <br/>de colonia, la empolvó, cepilló sus cuatro pelos amorosamente, la vistió con los más <br/>estrafalarios y elegantes andrajos que encontró, le puso su peluca de soprano, <br/>devolviéndole en la muerte esos infinitos servicios que le había prestado Férula en la <br/>vida. Mientras trabajaba, luchando contra el asma, le iba contando de Blanca, que ya <br/>era una señorita, de los mellizos, de la gran casa de la esquina, del campo «y si vieras <br/>cómo te echamos de menos, cuñada, la falta que me haces para cuidar a esa fam ilia, <br/>ya sabes que yo no sirvo para las tareas de la casa, los muchachos están <br/>insoportables, en cambio Blanca es una niña adorable, y las hortensias que tú <br/>plantaste con tu propia mano en Las Tres Marías se han puesto marav illosas, hay<br/><br/><br/>Page No 93<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 93  <br/><br/>algunas azules, porque puse monedas de cobre en la tierra de abono, para que <br/>brotaran de ese color, es un secreto de la naturaleza, y cada vez que las coloco en los <br/>floreros me acuerdo de ti, pero también me acuerdo de ti cuando no hay hortensias, <br/>me acuerdo siempre, Férula, porque la verdad es que desde que te fuiste de mi lado <br/>nunca más nadie me ha dado tanto amor». <br/>Terminó de acomodarla, se quedó un rato hablándole y acariciándola y después <br/>llamó a su marido y al padre Antonio, para que se ocuparan del entierro. En una caja <br/>de galletas encontraron intactos los sobres con el dinero que Esteban había enviado <br/>mensualmente a su hermana durante esos años. Clara se los dio al sacerdote para sus <br/>obras piadosas, segura de que ése era el destino que Férula pensaba darles de todos <br/>modos. <br/>El cura se quedó con la muerta para que los ratones no le faltaran el respeto. Era <br/>cerca de la medianoche cuando salieron. En la puerta se habían aglomerado los <br/>vecinos del conventillo para comentar la noticia. Tuvieron que abrirse paso apartando a <br/>los curiosos y espantando a los perros que olisqueaban entre la gente. Esteban se alejó <br/>a grandes zancadas llevando a Clara del brazo casi a rastras, sin fijarse en el agua <br/>sucia que salpicaba sus impecables pantalones grises del sastre inglés. Estaba furioso <br/>porque su hermana, aún después de muerta, conseguía hacerlo sentirse culpable, igual <br/>como cuando era un niño. Recordó su infancia, cuando lo rodeaba de sus oscuras <br/>solicitudes, envolviéndolo en deudas de gratitud tan grandes, que en todos los días de <br/>su vida no alcanzaría a pagarlas. Volvió a sufrir el sentimiento de indignidad que a <br/>menudo lo atormentaba en su presencia y a detestar su espíritu de sacrificio, su <br/>severidad, su vocación de pobreza y su inconmovible castidad, que él sentía como un <br/>reproche de su naturaleza egoísta, sensual y ansiosa de poder. ¡Que te lleve el diablo, <br/>maldita!, masculló, negándose a admitir, ni en lo más íntimo de su corazón, que su <br/>mujer tampoco llegó a pertenecerle después que él echó a Férula de la casa. <br/>-;Por qué vivía así, si le sobraba el dinero? -gritó Esteban. <br/>-Porque le faltaba todo lo demás -replicó Clara dulcemente. <br/>Durante los meses que estuvieron separados, Blanca y Pedro Tercero <br/>intercambiaron por correo misivas inflamadas que él firmaba con nombre de mujer y <br/>ella ocultaba apenas llegaban. La Nana logró interceptar una o dos, pero no sabía leer <br/>y aunque hubiera sabido, el código secreto le impedía enterarse del contenido, <br/>afortunadamente para ella, porque su corazón no lo hubiera resistido. Blanca pasó el <br/>invierno tejiendo un chaleco de punto con lana de Escocia en la clase de labores del <br/>colegio, pensando en las medidas del muchacho. En la noche dormía abrazada al <br/>chaleco, aspirando el olor de la lana y soñando que era él quien dormía en su cama. <br/>Pedro Tercero, a su vez, pasó el invierno componiendo canciones en la guitarra para <br/>cantar a Blanca y tallando su imagen en cuanto trocito de madera caía en sus manos, <br/>sin poder separar el recuerdo angélico de la muchacha con aquellas tormentas que le <br/>hervían en la sangre, le ablandaban los huesos, le estaban haciendo cambiar la voz y <br/>salir pelos en la cara. Se debatía inquieto entre las exigencias de su cuerpo, que se <br/>estaba transformando en el de un hombre, y la dulzura de un sentimiento que todavía <br/>estaba teñido por los juegos inocentes de la infancia. Ambos esperaron la llegada del <br/>verano con una impaciencia dolorosa y finalmente, cuando éste llegó y volvieron a <br/>encontrarse, el chaleco que había tejido Blanca no le entraba a Pedro Tercero por la <br/>cabeza, porque en esos meses había dejado atrás la niñez y alcanzado sus <br/>proporciones de hombre adulto, y las tiernas canciones de flores y amaneceres que él <br/>había compuesto para ella, le sonaron ridículas, porque tenía el porte de una mujer y <br/>sus urgencias.<br/><br/><br/>Page No 94<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 94  <br/><br/>Pedro Tercero seguía siendo delgado, con cabello tieso y los ojos tristes, pero al <br/>cambiar la voz adquirió una tonalidad ronca y apasionada con la que sería conocido <br/>más tarde, cuando cantara a la revolución. Hablaba poco y era hosco y torpe en el <br/>trato, pero tierno y delicado con las manos, tenía largos dedos de artista con los que <br/>tallaba, arrancaba lamentos a las cuerdas de la guitarra y dibujaba con la misma <br/>facilidad con que sujetaba las riendas de un caballo, blandía el hacha p ara cortar la <br/>leña o guiaba el arado. Era el único en Las Tres Marías que hacía frente al patrón. Su <br/>padre, Pedro Segundo, le dijo mil veces que no mirara al patrón a los ojos, que no le <br/>contestara, que no se metiera con él y en su deseo de protegerlo llegó a darle <br/>rotundas palizas para agacharle el moño. Pero el hijo era rebelde. A los diez años ya <br/>sabía tanto como la maestra de la escuela de Las Tres Marías y a los doce insistía en <br/>hacer el viaje al liceo del pueblo, a caballo o a pie, saliendo de su casita de ladrillos a <br/>las cinco de la mañana, lloviera o tronara. Leyó y releyó mil veces los libros mágicos <br/>de los baúles encantados del tío Marcos, y siguió alimentándose con otros que le <br/>prestaban los sindicalistas del bar y el padre José Dulce María, quien también le <br/>enseñó a cultivar su habilidad natural p ara versificar y a traducir en canciones sus <br/>ideas. <br/>-Hijo mío, la Santa Madre Iglesia está a la derecha, pero Jesucristo siempre estuvo a <br/>la izquierda -le decía enigmáticamente, entre sorbo y sorbo de vino de misa con que <br/>celebraba las visitas de Pedro Tercero. <br/>Así fue como un día Esteban Trucha, que estaba descansando en la terraza después <br/>del almuerzo, lo escuchó cantar algo de unas gallinas organizadas que se unían p ara <br/>enfrentar al zorro y lo vencían. Lo llamó. <br/>-Quiero oírte. ¡Canta, a ver! -le ordenó. <br/>Pedro Tercero cogió la guitarra con gesto amoroso, acomodó la pierna en una silla y <br/>rasgueó las cuerdas. Se quedó mirando fijamente al patrón mientras su voz de <br/>terciopelo se elevaba apasionada en el sopor de la siesta. Esteban Trueba no era tonto <br/>y comprendió el desafío. <br/>-¡Ajá! Veo que la cosa más estúpida se puede decir cantando -gruñó-. ¡Aprende <br/>mejor a cantar canciones de amor! <br/>A mí me gusta, patrón. La unión hace la fuerza, como dice el padre José Dulce <br/>María. Si las gallinas pueden hacerle frente al zorro, ¿qué queda para los humanos? <br/>Y tomó su guitarra y salió arrastrando los pies sin que el otro discurriera qué decirle, <br/>a pesar de que ya tenía la rabia a flor de labios y empezaba a subirle la tensión. Desde <br/>ese día, Esteban Trueba lo tuvo en la mira, lo observaba, desconfiaba. Trató de <br/>impedir que fuera al liceo inventándole tareas de hombre grande, pero el muchacho se <br/>levantaba más temprano y se acostaba más tarde, para cumplirlas. Fue ese año que <br/>Esteban lo azotó con la fusta delante de su padre porque llevó a los inquilinos las <br/>novedades que andaban circulando entre los sindicalistas del pueblo, ideas de domingo <br/>de asueto, de sueldo mínimo, de jubilación y servicio médico, de permiso maternal <br/>para las mujeres preñadas, de votar sin presiones, y, lo más grave, la idea de una <br/>organización campesina que pudiera enfrentarse a los patrones. <br/>Ese verano, cuando Blanca  fue a pasar las vacaciones a Las Tres Marías, estuvo a <br/>punto de no reconocerlo, porque medía quince centímetros más y había dejado muy <br/>atrás al niño vientrudo que compartió con ella todos los veranos de la infancia. Ella se <br/>bajó del coche, se estiró la falda y por primera vez no corrió a abrazarlo, sino que le <br/>hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo, aunque con los ojos le dijo lo que los <br/>demás no debían escuchar y que, por otra parte, ya le había dicho en su impúdica<br/><br/><br/>Page No 95<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 95  <br/><br/>correspondencia en clave. La Nana observó la escena con el rabillo del ojo y sonrió <br/>burlona. Al pasar frente a Pedro Tercero le hizo una mueca. <br/>-Aprende, mocoso, a meterte con los de tu clase y no con señoritas -se burló entre <br/>dientes. <br/>Esa noche Blanca cenó con toda la familia en el comedor la cazuela de gallina con <br/>que siempre los recibían en Las Tres Marías, sin que se vislumbrara en ella ninguna <br/>ansiedad durante la prolongada sobremesa en que su padre bebía coñac y hablaba <br/>sobre vacas importadas y minas de oro. Esperó que su madre diera la señal de <br/>retirarse, luego se paró calmadamente, deseó las buenas noches a cada uno y se fue a <br/>su habitación. Por primera vez en su vida, le puso llave a la puerta. Se sentó en la <br/>cama sin quitarse la ropa y esperó en la oscuridad hasta que se acallaron las voces de <br/>los mellizos alborotando en el cuarto del lado, los pasos de los sirvientes, las puertas, <br/>los cerrojos, y la casa se acomodó, en el sueño. Entonces abrió la ventana y saltó, <br/>cayendo sobre las matas de hortensias que mucho tiempo atrás había plantado su tía <br/>Férula. La noche estaba clara, se oían los grillos y los sapos. Respiró profundamente y <br/>el aire le llevó el olor dulzón de los duraznos que se secaban en el patio para las <br/>conservas. Esperó que se acostumbraran sus ojos a la oscuridad y luego comenzó a <br/>avanzar, pero no pudo seguir más lejos, porque oyó los ladridos furibundos de los <br/>perros guardianes que soltaban en la noche. Eran cuatro mastines que se habían <br/>criado amarrados con cadenas y que pasaban el día encerrados, a quienes ella nunca <br/>había visto de cerca y sabía que no podrían reconocerla. Por un instante sintió que el <br/>pánico la hacía perder la cabeza y estuvo a punto de echarse a gritar, pero entonces se <br/>acordó que Pedro García, el viejo, le había dicho que los ladrones andan desnudos, <br/>para que no los ataquen los perros. Sin vacilar se despojó de su ropa con toda la <br/>rapidez que le permitieron sus nervios, se la puso bajo el brazo y siguió caminando con <br/>paso tranquilo, rezando para que las bestias no le olieran el miedo. Los vio abalanzarse <br/>ladrando y siguió adelante sin perder el ritmo de la marcha. Los perros se <br/>aproximaron, gruñendo desconcertados, pero ella no se detuvo. Uno, más audaz que <br/>los otros, se acercó a olerla. Recibió el vaho tibio de su aliento en la mitad de la <br/>espalda, pero no le hizo caso. Siguieron gruñendo y ladrando por un tiempo, la <br/>acompañaron un trecho y, por último, fastidiados, dieron media vuelta. Blanca suspiró <br/>aliviada y se dio cuenta que estaba temblando y cubierta de sudor, tuvo que apoyarse <br/>en un árbol y esperar hasta que pasara la fatiga que había puesto sus rod illas de lana. <br/>Después se vistió a toda prisa y echó a correr en dirección al río. <br/>Pedro Tercero la esperaba en el mismo sitio donde se habían juntado el verano <br/>anterior y donde muchos años antes Esteban Trueba se había apoderado de la humilde <br/>virginidad de Pancha García. Al ver al muchacho, Blanca enrojeció violentamente. <br/>Durante los meses que habían estado separados, él se curtió en el duro oficio de <br/>hacerse hombre y ella, en cambio, estuvo recluida entre las paredes de su hogar y del <br/>colegio de monjas, preservada del roce de la vida, alimentando sueños románticos con <br/>palillos de tejer y lana de Escocia, pero la imagen de sus sueños no coincidía con ese <br/>joven alto que se acercaba murmurando su nombre. Pedro Tercero estiró la mano y le <br/>tocó el cuello a la altura de la oreja. Blanca sintió algo caliente que le recorría los <br/>huesos y le ablandaba las piernas, cerró los ojos y se abandonó. La atrajo con <br/>suavidad y la rodeó con sus brazos, ella hundió la nariz en el pecho de ese hombre que <br/>no conocía, tan diferente al niño flaco con quien se acariciaba hasta la extenuación <br/>pocos meses antes. Aspiró su nuevo olor, se frotó contra su piel áspera, palpó ese <br/>cuerpo enjuto y fuerte y sintió una grandiosa y completa paz que en nada se parecía a <br/>la agitación que se había apoderado de él. Se buscaron con las lenguas, como lo <br/>hacían antes, aunque parecía una caricia recién inventada, cayeron hincados <br/>besándose con desesperación y luego rodaron sobre el blando lecho de tierra húmeda.<br/><br/><br/>Page No 96<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 96  <br/><br/>Se descubrían por vez primera y no tenían nada que decirse. La luna recorrió todo el <br/>horizonte, pero ellos no la vieron, porque estaban ocupados en explorar su más <br/>profunda intimidad, metiéndose cada uno en el pellejo del otro, insaciablemente. <br/>A partir de esa noche, Blanca y Pedro Tercero se encontraban siempre en el mismo <br/>lugar a la misma hora. En el día ella bordaba, leía y pintaba insípidas acuarelas en los <br/>alrededores de la casa, ante la mirada feliz de la Nana, que por fin podía dormir <br/>tranquila. Clara, en cambio, presentía que algo extraño estaba ocurriendo, porque <br/>podía ver un nuevo color en el aura de su hija y creía adivinar la causa. Pedro Tercero <br/>hacía sus faenas habituales en el campo y no dejó de ir al pueblo a ver a sus amigos. <br/>Al caer la noche estaba muerto de fatiga, pero la perspectiva de encontrarse con <br/>Blanca le devolvía la fuerza. No en vano tenía quince años. Así pasaron todo el verano <br/>y muchos años más tarde los dos recordarían esas noches vehementes como la mejor <br/>época de sus vidas. <br/>Entretanto, Jaime y Nicolás aprovechaban las vacaciones haciendo todas aquellas <br/>cosas que estaban prohibidas en el internado británico, gritando hasta desgañitarse, <br/>peleando con cualquier pretexto, convertidos en dos mocosos mugrientos, <br/>zarrapastrosos, con las rodillas llenas de costras y la cabeza de piojos, hartos de fruta <br/>tibia recién cosechada, de sol y de libertad. Salían al alba y no volvían a la casa hasta <br/>el anochecer, ocupados en cazar conejos a pedradas, correr a caballo hasta perder el <br/>aliento y espiar a las mujeres que jabonaban la ropa en el río. <br/>Así transcurrieron =res años, hasta que el terremoto cambió las cosas. Al final de <br/>esas vacaciones, los mellizos regresaron a la capital antes que el resto de la familia, <br/>acompañados por la Nana, los sirvientes de la ciudad y gran parte del equipaje. Los <br/>muchachos iban directamente al colegio mientras la Nana y los otros empleados <br/>arreglaban la gran casa de la esquina para la llegada de los patrones. <br/>Blanca se quedó con sus padres en el campo unos días más. Fue entonces cuando <br/>Clara comenzó a tener pesadillas, a caminar sonámbula por los corredores y despertar <br/>gritando. En el día andaba como idiotizada, viendo signos premonitorios en el <br/>comportamiento de las bestias: que las gallinas no ponen su huevo diario, que las <br/>vacas andan espantadas, que los perros aúllan a la muerte y salen las ratas, las arañas <br/>y los gusanos de sus escondrijos, que los pájaros han abandonado los nidos y están <br/>alejándose en bandadas, mientras sus pichones gritan de hambre en los árboles. <br/>Miraba obsesivamente la tenue columna de humo blanco del volcán, escrutando los <br/>cambios en el color del cielo. Blanca le preparó infusiones calientes y baños tibios y <br/>Esteban recurrió a la antigua cajita de píldoras homeopáticas para tranqu ilizarla, pero <br/>los sueños continuaron. <br/>-¡La tierra va a temblar! -decía Clara, cada vez más pálida y agitada. <br/>-¡Siempre tiembla, Clara, por Dios! -respondía Esteban. <br/>-Esta vez será diferente. Habrá diez mil muertos. <br/>-No hay tanta gente en todo el país -se burlaba él. <br/>Comenzó el cataclismo a las cuatro de la madrugada. Clara despertó poco antes con <br/>una pesadilla apocalíptica de caballos reventados, vacas arrebatadas por el mar, gente <br/>reptando debajo de las piedras y cavernas abiertas en el suelo donde se hundían casas <br/>enteras. Se levantó lívida de terror y corrió a la habitación de Blanca. Pero Blanca, <br/>como todas las noches, había cerrado con llave su puerta y se había deslizado por la <br/>ventana en dirección al río. Los últimas días antes de volver a la ciudad, la pasión del <br/>verano adquiría características dramáticas, porque ante la inminencia de una nueva <br/>separación, los jóvenes aprovechaban todos los momentos posibles para amarse con<br/><br/><br/>Page No 97<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 97  <br/><br/>desenfreno. Pasaban la noche en el río, inmunes al frío o el cansancio, retozando con <br/>la fuerza de la desesperación, y sólo al vislumbrar los primeros rayos del amanecer, <br/>Blanca regresaba a la casa y entraba por la ventana a su cuarto, donde llegaba justo a <br/>tiempo para oír cantar a los gallos. Clara llegó hasta la puerta de su hija y trató de <br/>abrirla, pero estaba atrancada. Golpeó y como nadie respondió, salió corriendo, dio <br/>media vuelta a la casa y entonces vio la ventana abierta de par en par y las hortensias <br/>plantadas por Férula pisoteadas. En un instante comprendió la causa del color del aura <br/>de Blanca, sus ojeras, su desgano y su silencio, su somnolencia matinal y sus <br/>acuarelas vespertinas. En ese mismo momento comenzó el terremoto. <br/>Clara sintió que el suelo se sacudía y no pudo sostenerse en pie. Cayó de rod illas. <br/>Las tejas del techo se desprendieron y llovieron a su alrededor con un estrépito <br/>ensordecedor. Vio la pared de adobe de la casa quebrarse como si un hachazo le <br/>hubiera dado de frente, la tierra se abrió, tal como lo había visto en sus sueños, y una <br/>enorme grieta fue apareciendo ante ella, sumergiendo a su paso los gallineros, las <br/>artesas del lavado y parte del establo. El estanque de agua se ladeó y cayó al suelo <br/>desparramando mil litros de agua sobre las ga llinas sobrevivientes que aleteaban <br/>desesperadas. A lo lejos, el volcán echaba fuego y humo como un dragón furioso. Los <br/>perros se soltaron de las cadenas y corrieron enloquecidos, los caballos que escaparon <br/>al derrumbe del establo, husmeaban el aire y relinchaban de terror antes de salir <br/>desbocados a campo abierto, los álamos se tambalearon como borrachos y algunos <br/>cayeron con las raíces al aire, despachurrando los nidos de los gorriones. Y lo <br/>tremendo fue aquel rugido del fondo de la tierra, aquel resuello de gigante que se <br/>sintió largamente, llenando el aire de espanto. Clara trató de arrastrarse hacia la casa <br/>llamando a Blanca, pero los estertores del suelo se lo impidieron. Vio a los campesinos <br/>que salían despavoridos de sus casas, clamando al cielo, abrazándose unos con otros, <br/>a tirones con los niños, a patadas con los perros, a empujones con los viejos, tratando <br/>de poner a salvo sus pobres pertenencias en ese estruendo de ladrillos y tejas que <br/>salían de las entrañas mismas de la tierra, como un interminable rumor de fin de <br/>mundo. <br/>Esteban Trueba apareció en el umbral de la puerta en el mismo momento en que la <br/>casa se partió como una cáscara de huevo y se derrumbó en una nube de polvo, <br/>aplastándolo bajo una montaña de escombros. Clara reptó hasta allá llamándolo a <br/>gritos, pero nadie respondió. <br/>La primera sacudida del terremoto duró casi un minuto y fue la más fuerte que se <br/>había registrado hasta esa fecha en ese país de catástrofes. Tiró al suelo casi todo lo <br/>que estaba en pie y el resto terminó de desmoronarse con el rosario de temblores <br/>menores que siguió estremeciendo el mundo hasta que amaneció. En Las Tres Marías <br/>esperaron que saliera el sol para contar a los muertos y desenterrar a los sepultados <br/>que aún gemían bajo los derrumbes, entre ellos a Esteban Trueba, que todos sabían <br/>dónde estaba, pero nadie tenía esperanza de encontrar con vida. Se necesitaron cuatro <br/>hombres al mando de Pedro Segundo, para remover el cerro de polvo, tejas y adobes <br/>que lo cubría. Clara había abandonado su distracción angélica y ayudaba a quitar las <br/>piedras con fuerza de hombre. <br/>-¡Hay que sacarlo! ¡Está vivo y nos escucha! -aseguraba Clara y eso les daba ánimo <br/>para continuar. <br/>Con las primeras luces aparecieron Blanca y Pedro Tercero, intactos. Clara se fue <br/>encima de su hija y le dio un par de bofetadas, pero luego la abrazó llorando, aliviada <br/>por saberla a salvo y tenerla a su lado. <br/>-¡Su padre está allí! -señaló Clara.<br/><br/><br/>Page No 98<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 98  <br/><br/>Los muchachos se pusieron a la tarea con los demás y al cabo de una hora, cuando <br/>ya había salido el sol en aquel universo de congoja, sacaron al patrón de su tumba. <br/>Eran tantos sus huesos rotos, que no se podían contar, pero estaba vivo y tenía los <br/>ojos abiertos. <br/>-Hay que llevarlo al pueblo para que lo vean los médicos -dijo Pedro Segundo. <br/>Estaban discutiendo cómo trasladarlo sin que los huesos se le salieran por todos <br/>lados como de un saco roto, cuando llegó Pedro García, el viejo, que gracias a su <br/>ceguera y su ancianidad, había soportado el terremoto sin conmoverse. Se agachó al <br/>lado del herido y con gran cautela le recorrió el cuerpo, tanteándolo con sus manos, <br/>mirando con sus dedos antiguos, hasta que no dejó resquicio sin contabilizar ni rotura <br/>sin tener en cuenta. <br/>-Si lo mueven, se muere -dictaminó. <br/>Esteban Trueba no estaba inconsciente y lo oyó con toda claridad, se acordó de la <br/>plaga de hormigas y decidió que el viejo era su única esperanza. <br/>-Déjenlo, él sabe lo que hace-balbuceó. <br/>Pedro García hizo traer una manta y entre su hijo y su nieto colocaron al patrón <br/>sobre ella, lo alzaron con cuidado y lo acomodaron sobre una improvisada mesa que <br/>habían armado al centro de lo que antes era el patio, pero ya no era más que un <br/>pequeño claro en esa pesadilla de cascotes, de cadáveres de animales, de llantos de <br/>niños, de gemidos de perros y oraciones de mujeres. Entre las ruinas rescataron un <br/>odre de vino, que Pedro García distribuyó en tres partes, una para lavar el cuerpo del <br/>herido, otra para dársela a tomar y otra que se bebió él parsimoniosamente antes de <br/>comenzar a componerle los huesos, uno por uno, con paciencia y calma, estirando por <br/>aquí, ajustando por allá, colocando cada uno en su sitio, entablillándolos, <br/>envolviéndolos en tiras de sábanas para inmovilizarlos, mascullando letanías de santos <br/>curanderos, invocando a la buena suerte y a la Virgen María, y soportando los gritos y <br/>blasfemias de Esteban Trueba, sin cambiar para nada su beatífica expresión de ciego. <br/>A tientas le reconstituyó el cuerpo tan bien, que los médicos que lo revisaron después <br/>no podían creer que eso fuera posible. <br/>-Yo ni siquiera lo habría intentado -reconoció el doctor Cuevas al enterarse. <br/>Los destrozos del terremoto sumieron al país en un largo luto. No bastó a la tierra <br/>con sacudirse hasta echarlo todo por el suelo, sino que el mar se retiró varias millas y <br/>regresó en una sola gigantesca ola que puso barcos sobre las colinas, muy lejos de la <br/>costa, se llevó caseríos, caminos y bestias y hundió más de un metro bajo el nivel del <br/>agua a varias islas del Sur. Hubo edificios que cayeron como dinosaurios heridos, otros <br/>se deshicieron como castillos de naipes, los muertos se contaban por millares y no <br/>quedó familia que no tuviera alguien a quien llorar. El agua salada del mar arruinó las <br/>cosechas, los incendios abatieron zonas enteras de ciudades y pueblos y por último <br/>corrió la lava y cayó la ceniza como coronación del castigo, sobre las aldeas cercanas a <br/>los volcanes. La gente dejó de dormir en sus casas, aterrorizada con la posibilidad de <br/>que el cataclismo se repitiera, improvisaban carpas en lugares desiertos, dormían en <br/>las plazas y en las calles. Los soldados tuvieron que hacerse cargo del desorden y <br/>fusilaban sin más trámites a quien sorprendían robando, porque mientras los más <br/>cristianos atestaban las iglesias clamando perdón por sus pecados y rogando a Dios <br/>para que aplacara su ira, los ladrones recorrían los escombros y donde aparecía una <br/>oreja con un zarcillo o un dedo con un anillo, los volaban de una cuchillada, sin <br/>considerar que la víctima estuviera muerta o solamente aprisionada en el derrumbe. <br/>Se desató un zafarrancho de gérmenes que provocó diversas pestes en todo el país. El <br/>resto del mundo, demasiado ocupado en otra guerra, apenas se enteró de que la<br/><br/><br/>Page No 99<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 99  <br/><br/>naturaleza se había vuelto loca en ese lejano lugar del planeta, pero así y todo llegaron <br/>cargamentos de medicinas, frazadas, alimentos y materiales de construcción, que se <br/>perdieron en los misteriosos vericuetos de la administración pública, hasta el punto de <br/>que años después, todavía se podían comprar los guisos enlatados de Norteamérica y <br/>la leche en polvo de Europa al precio de refinados manjares en los almacenes <br/>exclusivos. <br/>Esteban Trueba pasó cuatro meses envuelto en vendas, tieso de tablillas, parches y <br/>garfios, en un atroz suplicio de picores e inmovilidad, devorado por la impaciencia. Su <br/>carácter empeoró hasta que nadie lo pudo soportar. Clara se quedó en el campo para <br/>cuidarlo y cuando se normalizaron las comunicaciones y se restauró el orden,  enviaron <br/>a Blanca interna a su colegio, porque su madre no podía hacerse cargo de ella. <br/>En la capital, el terremoto sorprendió a la Nana en su cama y a pesar de que allí se <br/>sintió menos que en el Sur, igual la mató el susto. La gran casa de la esquina crujió <br/>como una nuez, se agrietaron sus paredes y la gran lámpara de lágrimas de cristal del <br/>comedor cayó con un clamor de mil campanas, haciéndose añicos. Aparte de eso, lo <br/>único grave fue la muerte de la Nana. Cuando pasó el terror del primer momento, los <br/>sirvientes se dieron cuenta que la anciana no había salido huyendo a la calle con los <br/>demás. Entraron a buscarla y la encontraron en su camastro, con los ojos desorbitados <br/>y el poco pelo que le quedaba erizado de pavor. En el caos de esos días, no pudieron <br/>darle un sepelio digno, como ella hubiera deseado, sino que tuvieron que enterrarla a <br/>toda prisa, sin discursos ni lágrimas. No asistió a su funeral ninguno de los numerosos <br/>hijos ajenos que ella con tanto amor crió. <br/>El terremoto marcó un cambio tan importante en la vida de la familia Trueba, que a <br/>partir de entonces dividieron los acontecimientos en antes y después de esa fecha. En <br/>Las Tres Marías, Pedro Segundo García volvió a asumir el cargo de administrador, ante <br/>la imposibilidad del patrón de moverse de su cama. Le tocó la tarea de organizar a los <br/>trabajadores, devolver la calma y reconstruir la ruina en que se había convertido la <br/>propiedad. Comenzaron por enterrar a sus muertos en el cementerio al pie del volcán, <br/>que milagrosamente se había salvado del río de lava que descendió por las laderas del <br/>cerro maldito. Las muevas tumbas dieron un aire festivo al humilde camposanto y <br/>plantaron hileras de abedules para que dieran sombra a los que visitaban a sus <br/>muertos. Reconstruyeron las casitas de ladrillo una por una, exactamente como eran <br/>antes, los establos, la lechería y el granero y volvieron a preparar 1a tierra para las <br/>siembras, agradecidos de que la lava y la ceniza hubieran caído para el otro lado, <br/>salvando la propiedad. Pedro Tercero tuvo que renunciar a sus paseos al pueblo, <br/>porque su padre lo requería a su lado. Lo secundaba de mal humor, haciéndole notar <br/>que se partían el lomo por volver a poner en pie la riqueza del patrón, pero que ellos <br/>seguían siendo tan pobres corno antes. <br/>-Siempre ha sido así, hijo. Usted no puede cambiar la ley de Dios -le replicaba su <br/>padre. <br/>-Sí se puede cambiar, padre. Hay gente que lo está haciendo, pero aquí ni siquiera <br/>sabemos las noticias. En el mundo están pasando cosas importantes -argüía Pedro <br/>Tercero y le soltaba sin pausas el discurso del maestro comunista o del padre José <br/>Dulce María. Pedro Segundo no respondía y continuaba trabajando sin vacilaciones. <br/>Hacía la vista gorda cuando su hijo, aprovechando que la enfermedad del patrón había <br/>relajado la vigilancia, rompía el cerco de censura e introducía en Las Tres Marías los <br/>folletos prohibidos de los sindicalistas, los periódicos políticos del maestro y las <br/>extrañas versiones bíblicas del cura español. <br/>Por orden de Esteban Trucha, el administrador comenzó la reconstrucción de la casa <br/>patronal siguiendo el mismo plano que tenía originalmente. Ni siquiera cambiaron los<br/><br/><br/>Page No 100<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 100  <br/><br/>adobes de paja y barro cocido por modernos ladr illos, o modificaron el ancho de las <br/>ventanas demasiado estrechas. La única mejora fue incorporar agua caliente en los <br/>baños y cambiar la antigua cocina de leña por un artefacto a parafina al cual, sin <br/>embargo, ninguna cocinera llegó a habituarse y terminó sus días relegado en el patio <br/>para uso indiscriminado de las gallinas. Mientras se construía la casa, improvisaron un <br/>refugio de tablas con techo de zinc, donde acomodaron a Esteban en su lecho de <br/>inválido y desde allí, a través de una ventana, él podía observar los progresos de la <br/>obra y gritar sus instrucciones, hirviendo de rabia por su forzada inmovilidad. <br/>Clara cambió mucho en esos meses. Debió ponerse junto a Pedro Segundo García a <br/>la tarea de salvar lo que pudiera ser salvado. Por primera vez en su vida se hizo cargo, <br/>sin ninguna ayuda, de los asuntos materiales, porque ya no contaba con su marido, <br/>con Férula o con la Nana. Despertó al fin de una larga infancia en la que había estado <br/>siempre protegida, rodeada de cuidados, de comodidades y sin obligaciones. Esteban <br/>Trucha adquirió la maña de que todo lo que comía le caía mal, excepto lo que cocinaba <br/>ella, de modo que pasaba una buena parte del día metida en la cocina desplumando <br/>gallinas para hacer sopitas de enfermo y amasando pan. Tuvo que hacer de enfermera, <br/>lavarlo con una esponja, cambiarle los vendajes, quitarle la bacinilla. Él se puso cada <br/>día más furibundo y despótico, le exigía ponme una almohada aquí, no, más arriba, <br/>tráeme vino, no, te dije que quería vino blanco, abre la ventana, ciérrala, me duele <br/>aquí, tengo hambre, tengo calor, ráscame la espalda, más abajo. Clara llegó a temerlo <br/>mucho más que cuando era el hombre sano y fuerte que se introducía en la paz de su <br/>vida con un olor a macho ansioso, su vozarrón de huracán, su guerra sin cuartel, su <br/>prepotencia de gran señor, imponiendo su voluntad y estrellando sus caprichos contra <br/>el delicado equilibrio que ella mantenía entre los espíritus del Más Allá y las almas <br/>necesitadas del Más Acá. Llegó a detestarlo. Apenas soldaron los huesos y pudo <br/>moverse un poco, le volvió a Esteban el deseo tormentoso de abrazarla y cada vez que <br/>ella pasaba por su lado, le lanzaba un manotazo, confundiéndola en su perturbación de <br/>enfermo con las robustas campesinas que en sus años mozos lo servían en la cocina y <br/>en la cama. Clara sentía que ya no estaba para esos trotes. Las desgracias la habían <br/>espiritualizado y la edad y la falta de amor por su marido, la habían llevado a <br/>considerar el sexo como un pasatiempo algo brutal, que le dejaba adoloridas las <br/>coyunturas y producía desorden en el mobiliario. En pocas horas, el terremoto la hizo <br/>aterrizar en la violencia, la muerte y la vulgaridad y la puso en contacto con las <br/>necesidades básicas, que antes había ignorado. De nada le sirvieron la mesa de tres <br/>patas o la capacidad de adivinar el porvenir en las hojas del té, frente a la urgencia de <br/>defender a los inquilinos de la peste y el desconcierto, a la tie rra de la sequía y el <br/>caracol, a las vacas de la fiebre aftosa, a las ga llinas del moquillo, a la ropa de la <br/>polilla, a sus hijos del abandono y a su esposo de la muerte y de su propia incontenible <br/>ira. Clara estaba muy cansada. Se sentía sola y confundida y en los momentos de las <br/>decisiones, al único que podía recurrir en busca de ayuda, era a Pedro Segundo García. <br/>Ese hombre leal y silencioso, estaba siempre presente, al alcance de su voz, dando <br/>algo de estabilidad al bamboleo borrascoso que había entrado en su vida. A menudo, al <br/>final del día, Clara lo buscaba para ofrecerle una taza de té. Se sentaban en s illas de <br/>mimbres bajo un alero, a esperar que llegara la noche a aliviar la tensión del día. <br/>Miraban la oscuridad que caía suavemente y las primeras estrellas que comenzaban a <br/>brillar en el cielo, oían croar a las ranas y se quedaban callados. Tenían muchas cosas <br/>que hablar, muchos problemas que resolver, muchos acuerdos pendientes, pero ambos <br/>comprendían que esta media hora en silencio era un premio merecido, sorbían su té <br/>sin apurarse, para hacerlo durar, y cada uno pensaba en la vida del otro. Se conocían <br/>desde hacía más de quince años, estaban cerca todos los veranos, pero en total habían <br/>intercambiado muy pocas frases. Él había visto a la patrona como una luminosa<br/><br/><br/>Page No 101<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 101  <br/><br/>aparición estival, ajena a los afanes brutales de la vida, de una especie diferente a las <br/>demás mujeres que había conocido. Incluso entonces, con las manos hundidas en la <br/>masa o el delantal ensangrentado por la gallina del almuerzo, le parecía un espejismo <br/>en la reverberación del día. Sólo al atardecer, en la calma de esos momentos que <br/>compartían con sus tazas de té, podía verla en su dimensión humana. Secretamente le <br/>había jurado lealtad y, como un adolescente, a veces fantaseaba con la idea de dar la <br/>vida por ella. La apreciaba tanto como odiaba a Esteban Trueba. <br/>Cuando fueron a colocarles el teléfono, a la casa le faltaba mucho para estar <br/>habitable. Hacía cuatro años que Esteban Trucha luchaba por conseguirlo y se lo <br/>fueron a poner justamente cuando no tenía ni un techo para protegerlo de la <br/>intemperie. El artefacto no duró mucho, pero sirvió para llamar a los me llizos y <br/>escucharles la voz como si estuvieran en otra galaxia, en medio de un ensordecedor <br/>ronroneo y las interrupciones de la operadora del pueblo, que participaba en la <br/>conversación. Por teléfono se enteraron de que Blanca estaba enferma y las monjas no <br/>querían hacerse cargo de ella. La niña tenía una tos persistente y le daba fiebre con <br/>frecuencia. El terror de la tuberculosis estaba presente en todos los hogares, porque <br/>no había familia que no tuviera un tísico que lamentar, de modo que Clara decidió ir a <br/>buscarla. El mismo día que Clara viajaba, Esteban Trueba destrozó el teléfono a <br/>bastonazos, porque empezó a repicar y le gritó que ya iba, que se callara, pero el <br/>aparato siguió sonando y él, en un arrebato de furia, le cayó encima a golpes, <br/>dislocándose, de paso, la clavícula que a Pedro García, el viejo, tanto le había costado <br/>remendar. <br/>Era la primera vez que Clara viajaba sola. Había hecho el mismo trayecto por años, <br/>pero siempre distraída, porque contaba con alguien que se hiciera cargo de los detalles <br/>prosaicos, mientras ella soñaba observando el paisaje por la ventanilla. Pedro Segundo <br/>García la llevó hasta la estación y la acomodó en el asiento del tren. Al despedirse, ella <br/>se inclinó, lo besó ligeramente en una mejilla y sonrió. Él se llevó la mano a la c ara <br/>para proteger del viento aquel beso fugaz y no sonrió, porque lo había invadido la <br/>tristeza. <br/>Guiada por la intuición, más que por el conocimiento de las cosas o por la lógica, <br/>Clara consiguió llegar hasta el colegio de su hija sin contratiempos. La Madre Superiora <br/>la recibió en su escritorio espartano, con un Cristo enorme y sangrante en el muro y <br/>un incongruente ramo de rosas rojas sobre la mesa. <br/>-Hemos llamado al médico, señora Trueba -le dijo--. La niña no tiene nada en los <br/>pulmones, pero es mejor que se la lleve, el campo le sentará bien. Nosotras no <br/>podemos asumir esa responsabilidad, comprenda. <br/>La monja tocó una campanilla y entró Blanca. Se veía más delgada y pálida, con <br/>sombras violáceas bajo los ojos que habrían impresionado a cualquier madre, pero <br/>Clara comprendió de inmediato que la enfermedad de su hija no era del cuerpo, sino <br/>del alma. El horrendo uniforme gris la hacía ver mucho menor de lo que era, a pesar <br/>de que sus formas de mujer rebasaban por las costuras. Blanca se sorprendió al ver a <br/>su madre, a quien recordaba como un ángel vestido de blanco, alegre y distraído y que <br/>en pocos meses se había convertido en una mujer eficiente, con las manos callosas y <br/>dos profundas arrugas en las comisuras de la boca. <br/>Fueron a ver a los mellizos al colegio. Era la primera vez que se encontraban <br/>después del terremoto y tuvieron la sorpresa de comprobar que el único lugar del <br/>territorio nacional que no había sido tocado por el cataclismo fue el viejo colegio, <br/>donde lo ignoraron por completo. A llí los diez mil muertos pasaron sin pena ni gloria, <br/>mientras ellos seguían cantando en inglés y jugando al cricket, conmovidos solamente<br/><br/><br/>Page No 102<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 102  <br/><br/>por las noticias que llegaban de Gran Bretaña con tres semanas de atraso. Extrañadas, <br/>vieron que esos dos muchachos que llevaban sangre de moros y españoles en las <br/>venas y que habían nacido en el último rincón de América, hablaban el castellano con <br/>acento de Oxford y la única emoción que eran capaces de manifestar era la sorpresa, <br/>levantando la ceja izquierda. No tenían nada en común con los dos rapaces <br/>exuberantes y piojosos que pasaban el verano en el campo. «Espero que tanta flema <br/>sajona no me los ponga idiotas», balbuceó Clara al despedirse de sus hijos. <br/>La muerte de la Nana, que a pesar de sus años era la responsable de la gran casa <br/>de la esquina en ausencia de los patrones, produjo el desbande de los sirvientes. Sin <br/>vigilancia, abandonaron sus tareas y pasaban el día en una orgía de siesta y chismes, <br/>mientras se secaban las plantas por falta de riego y se paseaban las arañas por los <br/>rincones. El deterioro era tan evidente, que Clara decidió cerrar la casa y despedirlos a <br/>todos. Después se dio con Blanca a la tarea de cubrir los muebles con sábanas y poner <br/>naftalina por todos lados. Abrieron una por una las jaulas de los pájaros y el cielo se <br/>llenó de caturras, canarios, jilgueros y cristofué, que revolotearon enceguecidos por la <br/>libertad y finalmente emprendieron el vuelo en todas direcciones. Blanca notó que en <br/>todos esos afanes, no apareció fantasma alguno detrás de las cortinas, no llegó ningún <br/>rosacruz advertido por su sexto sentido, ni poeta hambriento llamado por la necesidad. <br/>Su madre parecía haberse convertido en una señora común y silvestre. <br/>-Usted ha cambiado mucho, mamá -observó Blanca. <br/>-No soy yo, hija. Es el mundo que ha cambiado -respondió Clara. <br/>Antes de irse fueron al cuarto de la Nana en el patio de los sirvientes. Clara abrió <br/>sus cajones, sacó la maleta de cartón que usó la buena mujer durante medio siglo y <br/>revisó su ropero. No había más que un poco de ropa, unas viejas alpargatas y cajas de <br/>todos los tamaños, atadas con cintas y elásticos, donde ella guardaba estampitas de <br/>primera comunión y de bautizo, mechones de pelo, uñas cortadas, retratos desteñidos <br/>y algunos zapatitos de bebé gastados por el uso. Eran los recuerdos de todos los hijos <br/>de la familia Del Valle y después de los Trueba, que pasaron por sus brazos y que ella <br/>acunó en su pecho. Debajo de la cama encontró un atado con los disfraces que la Nana <br/>usaba para espantarle la mudez. Sentada en el camastro, con esos tesoros en el <br/>regazo, Clara lloró largamente a esa mujer que había dedicado su existencia a hacer <br/>más cómoda la de otros y que murió sola. <br/>-Después de tanto intentar asustarme a mí, fue ella la que se murió de susto <br/>--observó Clara. <br/>Hizo trasladar el cuerpo al mausoleo de los Del Valle, en el Cementerio Católico, <br/>porque supuso que a ella no le gustaría estar enterrada con los evangélicos y los judíos <br/>y hubiera preferido seguir en la muerte junto a aquellos que había servido en la vida. <br/>Colocó un ramo de flores junto a la lápida y se fue con Blanca a la estación, para <br/>regresar a Las Tres Marías. <br/>Durante el viaje en el tren, Clara puso al día a su hija sobre las novedades de la <br/>familia y la salud de su padre, esperando que Blanca le hiciera la única pregunta que <br/>sabía que su hija deseaba hacer, pero Blanca no mencionó a Pedro Tercero García y <br/>Clara tampoco se atrevió a hacerlo. Tenía la idea de que al poner nombre a los <br/>problemas, éstos se materializan y ya no es posible ignorarlos; en cambio, si se <br/>mantienen en el limbo de las palabras no dichas, pueden desaparecer solos, con el <br/>transcurso del tiempo. En la estación las esperaba Pedro Segundo con el coche y <br/>Blanca se sorprendió al oírlo silbar durante todo el trayecto hasta Las Tres Marías, <br/>pues el administrador tenía faena de taciturno.<br/><br/><br/>Page No 103<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 103  <br/><br/>Encontraron a Esteban Trueba sentado en un sillón tapizado en felpa azul, al cual le <br/>habían acomodado ruedas de bicicleta, en espera que llegara de la capital la s illa de <br/>ruedas que había encargado y que Clara traía en el equipaje. Dirigía con enérgicos <br/>bastonazos e improperios los progresos de la casa, tan absorto, que las recibió con un <br/>beso distraído y olvidó preguntar por la salud de su hija. <br/>Esa noche comieron en una rústica mesa de tablas, alumbrados por una lámpara de <br/>petróleo. Blanca vio a su madre servir la comida en platos de arcilla hechos <br/>artesanalmente, tal como hacían los ladrillos, porque en el terremoto había perecido <br/>toda la vajilla. Sin la Nana para dirigir los asuntos en la cocina, se habían simplificado <br/>hasta la frugalidad y sólo compartieron una espesa sopa de lentejas, pan, queso y <br/>dulce de membrillo, que era menos que lo que ella comía en el internado los viernes de <br/>ayuno. Esteban decía que apenas pudiera pararse en sus dos piernas, iba a ir en <br/>persona a la capital a comprar las cosas más finas y costosas para alhajar su casa, <br/>porque ya estaba harto de vivir como un patán por culpa de la maldita naturaleza <br/>histérica de ese país del carajo. De todo lo que se habló en la mesa, lo único que <br/>Blanca retuvo fue que había despedido a Pedro Tercero García con orden de no volver <br/>a pisar la propiedad, porque lo sorprendió llevando ideas comunistas a los campesinos. <br/>La muchacha palideció al oírlo y se le cayó el contenido de la cuchara sobre el mantel. <br/>Sólo Clara percibió su alteración, porque Esteban estaba enfrascado en su monólogo <br/>de siempre sobre los mal nacidos que muerden la mano que les da de comer «¡y todo <br/>por culpa de esos politicastros del demonio! Como ese nuevo candidato socialista, un <br/>fantoche que se atreve a cruzar el país de Norte a Sur en su tren de pacotilla, <br/>soliviantando a la gente de paz con su fanfarria bolchevique, pero más le vale que aquí <br/>no se acerque, porque si se baja del tren, nosotros lo hacemos puré, ya estamos <br/>preparados, no hay un solo patrón en toda la zona que no esté de acuerdo, no vamos <br/>a permitir que vengan a predicar contra el trabajo honrado, el premio justo para el que <br/>se esfuerza, la recompensa de los que salen adelante en la vida, no es posible que los <br/>flojos tengan lo mismo que nosotros, que laboramos de sol a sol y sabemos invertir <br/>nuestro capital, correr los riesgos, asumir las responsabilidades, porque si vamos al <br/>grano, el cuento de que la tierra es de quien la trabaja, se les va a dar vuelta, porque <br/>aquí el único que sabe trabajar soy yo, sin mí esto era una ruina y seguiría siéndolo, ni <br/>Cristo dijo que hay que repartir el fruto de nuestro esfuerzo con los flojos y ese <br/>mocoso de mierda, Pedro Tercero, se atreve a decirlo en mi propiedad, no le metí una <br/>bala en la cabeza porque estimo mucho a su padre y en cierta forma le debo la vida a <br/>su abuelo, pero ya le advertí que si lo veo merodeando por aquí lo hago papilla a <br/>escopetazos». <br/>Clara no había participado en la conversación. Estaba ocupada en poner y sacar las <br/>cosas de la mesa y vigilar a su hija con el rabillo del ojo, pero al quitar la sopera con el <br/>resto de las lentejas oyó las últimas palabras de la cantinela de su marido. <br/>-No puedes impedir que el mundo cambie, Esteban. Si no es Pedro Tercero García, <br/>será otro el que traiga las nuevas ideas a Las Tres Marías -dijo. <br/>Esteban Trueba dio un bastonazo a .la sopera que su mujer tenía en las manos y la <br/>lanzó lejos, desparramando su contenido por el suelo. Blanca se puso de pie <br/>horrorizada. Era la primera vez que  veía el mal humor de su padre dirigido contra <br/>Clara y pensó que ella entraría en uno de sus trances lunáticos y echaría a volar por la <br/>ventana, pero nada de eso ocurrió. Clara recogió los restos de la sopera rota con su <br/>calma habitual, sin dar muestras de escuchar las palabrotas de marinero que escupía <br/>Esteban. Esperó que terminara de rezongar, le dio las buenas noches con un beso tibio <br/>en la mejilla y salió llevándose a Blanca de la mano.<br/><br/><br/>Page No 104<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 104  <br/><br/>Blanca no perdió la tranquilidad por la ausencia de Pedro Tercero. Iba todos los días <br/>al río y esperaba. Sabía que la noticia de su regreso al campo llegaría al muchacho <br/>tarde o temprano y el llamado del amor lo alcanzaría dondequiera que estuviera. Así <br/>fue, en efecto. Al quinto día vio llegar a un tipo zarrapastroso, cubierto con una manta <br/>invernal y un sombrero de ala ancha, arrastrando un burro cargado de utens ilios de <br/>cocina, ollas de peltre, teteras de cobre, grandes marmitas de fierro esmaltado, <br/>cucharones de todos los tamaños, con una sonajera de latas que anunciaba su paso <br/>con diez minutos de anticipación. No lo reconoció. Parecía un anciano miserable, uno <br/>de esos tristes viajeros que van por la provincia con su mercadería de puerta en <br/>puerta. Se le paró al frente, se quitó el sombrero y entonces ella vio los hermosos ojos <br/>negros brillando en el centro de una melena y una barba hirsutas. El burro se quedó <br/>mordisqueando la yerba con su fastidio de ollas ruidosas, mientras Blanca y Pedro <br/>Tercero saciaban el hambre y la sed acumulados en tantos meses de silencio y de <br/>separación, rodando por las piedras y los matorrales y gimiendo como desesperados. <br/>Después se quedaron abrazados entre las cañas de la orilla. Entre el zumzum de los <br/>matapiojos y el croar de las ranas, ella le contó que se había puesto cáscaras de <br/>plátano y papel secante en los zapatos para que le diera fiebre y había tragado tiza <br/>molida hasta que le dio tos de verdad, para convencer a las monjas de que su <br/>inapetencia y su palidez eran síntomas seguros de la tisis. <br/>-¡Quería estar contigo! -dijo, besándolo en el cuello. <br/>Pedro Tercero le habló de lo que estaba sucediendo en el mundo y en el país, de la <br/>guerra lejana que tenía a media humanidad sumida en un destripadero de metralla, <br/>una agonía de campo de concentración y un regadero de viudas y huérfanos, le habló <br/>de los trabajadores en Europa y en Norteamérica, cuyos derechos eran respetados, <br/>porque la mortandad de sindicalistas y socialistas de las décadas anteriores había <br/>producido leyes más justas y repúblicas como Dios manda, donde los gobernantes no <br/>roban la leche en polvo de los damnificados. <br/>-Los últimos en darse cuenta de las cosas, somos siempre los campesinos, no nos <br/>enteramos de lo que pasa en otros lados. A tu padre aquí lo odian. Pero le tienen tanto <br/>miedo que no son capaces de organizarse para hacerle frente. ¿Entiendes, Blanca? <br/>Ella entendía, pero en ese momento su único interés era aspirar su olor a grano <br/>fresco, lamerle las orejas, hundir los dedos en esa barba tupida, oír sus gemidos <br/>enamorados. También tenía miedo por él. Sabía que no solamente su padre le metería <br/>la bala prometida en la cabeza, sino que cualquiera de los patrones de la región haría <br/>lo mismo con gusto. Blanca le recordó a Pedro Tercero la historia del dirigente <br/>socialista, que un par de años antes andaba recorriendo la región en bicicleta, <br/>introduciendo panfletos en los fundos y organizando a los inquilinos, hasta que lo <br/>atraparon los hermanos Sánchez, lo mataron a palos y lo colgaron de un poste del <br/>telégrafo en el cruce de dos caminos, para que todos pudieran verlo. A llí estuvo un día <br/>y una noche columpiándose contra el cielo, hasta que llegaron los gendarmes a caballo <br/>y lo descolgaron. Para disimular, echaron la culpa a los indios de la reservación, a <br/>pesar de que todo el mundo sabía que eran pacíficos y que si tenían miedo de matar <br/>una gallina, con mayor razón lo tenían de matar a un hombre. Pero los hermanos <br/>Sánchez lo desenterraron del cementerio y volvieron a exhibir el cadáver y esto ya era <br/>demasiado para atribuir a los indios. Ni por eso la justicia se atrevió a intervenir y la <br/>muerte del socialista fue rápidamente olvidada. <br/>-Te pueden matar -suplicó Blanca abrazándolo. <br/>-Me cuidaré -la tranquilizó Pedro Tercero-. No me quedaré mucho tiempo en el <br/>mismo sitio. Por lo mismo no podré verte todos los días. Espérame en este mismo <br/>lugar. Yo vendré cada vez que pueda.<br/><br/><br/>Page No 105<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 105  <br/><br/>-Te quiero -dijo ella sollozando. <br/>-Yo también. <br/>Volvieron a abrazarse con el ardor insaciable propio de su edad, mientras el burro <br/>seguía masticando la yerba. <br/>Blanca se las arregló para no regresar al colegio, provocándose vómitos con <br/>salmuera caliente, diarrea con ciruelas verdes y fatigas apretándose la cintura con una <br/>cincha de caballo, hasta que adquirió fama de mala salud, que era justamente lo que <br/>andaba buscando. Tan bien imitaba los síntomas de las más diversas enfermedades, <br/>que hubiera podido engañar a una junta de médicos y ella misma llegó a convencerse <br/>de que era muy enfermiza. Todas las mañanas, al despertar, hacía una revisión mental <br/>de su organismo, para ver dónde le dolía y qué nuevo mal la aquejaba. Aprendió a <br/>aprovechar cualquier circunstancia para sentirse enferma, desde un cambio en la <br/>temperatura hasta el polen de las flores, y a convertir todo malestar menor en una <br/>agonía. Clara era de opinión que lo mejor para la salud era tener las manos ocupadas, <br/>así es que mantuvo a raya los malestares de su hija dándole trabajo. La muchacha <br/>tenía que levantarse temprano, como todos los demás, bañarse en agua fría y <br/>dedicarse a sus quehaceres, que incluían enseñar en la escuela, coser en el taller y <br/>hacer todos los oficios de la enfermería, desde poner encinas hasta suturar heridas con <br/>aguja e hilo del costurero, sin que le valieran de nada los desmayos a la vista de la <br/>sangre, ni los sudores fríos cuando había que limpiar un vómito. Pedro García, el viejo, <br/>que ya tenía cerca de noventa años y apenas arrastraba sus huesos, compartía la idea <br/>de Clara de que las manos son para usarlas. Así fue como un día que Blanca andaba <br/>lamentándose de una terrible jaqueca, la llamó y sin preámbulos le colocó una bola de <br/>barro en la falda. Pasó la tarde enseñándole a moldear la arc illa para hacer cacharros <br/>de cocina, sin que la muchacha se acordara de sus dolencias. El viejo no sabía que le <br/>estaba dando a Blanca lo que más tarde sería su único medio de vida y su consuelo en <br/>las horas más tristes. Le enseñó a mover el torno con el pie mientras hacía volar las <br/>manos sobre el barro blando, para fabricar vasijas y cántaros. Pero muy pronto Blanca <br/>descubrió que lo utilitario la aburría y que era mucho más entretenido hacer figuras de <br/>animales y de personas. Con el tiempo se dedicó a fabricar un mundo en miniatura de <br/>bestias domésticas y personajes dedicados a todos los oficios, carpinteros, lavanderas, <br/>cocineras, todos con sus pequeñas herramientas y muebles. <br/>-¡Eso no sirve para nada! -dijo Esteban Trucha cuando vio la obra de su hija. <br/>-Busquémosle la utilidad -sugirió Clara. <br/>Así surgió la idea de los Nacimientos. Blanca empezó a producir figuritas para el <br/>pesebre navideño, no sólo los reyes magos y los pastores, sino una muchedumbre de <br/>personas de la más diversa calaña y toda clase de animales, camellos y cebras del <br/>África, iguanas de América y tigres del Asia, sin considerar para nada la zoología <br/>propia de Belén. Después agregó animales que inventaba, pegando medio elefante con <br/>la mitad de un cocodrilo, sin saber que estaba haciendo con barro lo mismo que su tía <br/>Rosa, a quien no conoció, hacía con hilos de bordar en su gigantesco mantel, mientras <br/>Clara especulaba <br/>que si las locuras se repiten en la familia, debe ser que existe una memoria genética <br/>que impide que se pierdan en el olvido. Los multitudinarios Nacimientos de Blanca se <br/>convirtieron en una. curiosidad. Tuvo que entrenar a dos muchachas para que la <br/>ayudaran, porque no daba abasto con los pedidos, ese año todo el mundo quería tener <br/>uno para la noche de Navidad, especialmente porque eran gratis. Esteban Trucha <br/>determinó que la manía del barro estaba bien como diversión de señorita, pero que si<br/><br/><br/>Page No 106<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 106  <br/><br/>se convertía en un negocio, el nombre de los Trucha sería colocado junto a los de los <br/>comerciantes que vendían clavos en las ferreterías y pescado frito en el mercado. <br/>Los encuentros de Blanca y Pedro Tercero eran distanciados e irregulares, pero por <br/>lo mismo más intensos. En esos años, ella se acostumbró al sobresalto y a la espera, <br/>se resignó a la idea de que siempre se amarían a escondidas y dejó de alimentar el <br/>sueño de casarse y vivir en una de las casitas de ladrillo de su padre. A menudo <br/>pasaban semanas sin que supiera de él, pero de repente aparecía por el fundo un <br/>cartero en bicicleta, un evangélico predicando con una Biblia en el sobaco, o un gitano <br/>hablando en media lengua pagana, todos ellos tan inofensivos, que pasaban sin <br/>levantar sospechas al ojo vigilante del patrón. Lo reconocía por sus negras pupilas. No <br/>era la única: todos los inquilinos de Las Tres Marías y muchos campesinos de otros <br/>fundos lo esperaban también. Desde que el joven era perseguido por los patrones, <br/>ganó fama de héroe. Todos querían esconderlo por una noche, las mujeres le tejían <br/>ponchos y calcetines para el invierno y los hombres le guardaban el mejor aguardiente <br/>y el mejor charqui de la estación. Su padre, Pedro Segundo García, sospechaba que su <br/>hijo violaba la prohibición de Trueba y adivinaba las huellas que dejaba a su paso. <br/>Estaba dividido entre el amor por su hijo y su papel de guardián de la propiedad. <br/>Además temía reconocerlo y que Esteban 7 rueba se lo leyera en la cara, pero sentía <br/>una secreta alegría al atribuirle algunas de las cosas extrañas que estaban sucediendo <br/>en el campo. Lo único que no se le pasó por la imaginación, fue que las visitas de su <br/>hijo tuvieran algo que ver con los paseos de Blanca Trueba al río, porque esa <br/>posibilidad no estaba en el orden natural del mundo. Nunca hablaba de su hijo, <br/>excepto en el seno de su familia, pero se sentía orgulloso de él y prefería verlo <br/>convertido en prófugo que uno más del montón, sembrando papas y cosechando <br/>pobrezas como todos los demás. Cuando escuchaba canturrear algunas de las <br/>canciones de gallinas y zorros, sonreía pensando que su hijo había conseguido más <br/>adeptos con sus baladas subversivas que con los panfletos del Partido Socialista que <br/>repartía incansablemente.<br/><br/><br/>Page No 107<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 107  <br/><br/>  <br/>La venganza  <br/>Capítulo VI  <br/>  <br/>Año y medio después del terremoto, Las Tres Marías había vuelto a ser el fundo <br/>modelo de antes. Estaba en pie la gran casa patronal igual a la original, pero más <br/>sólida y con una instalación de agua caliente en los baños. El agua era como chocolate <br/>claro y a veces hasta guarisapos aparecían, pero salía en un alegre y fuerte chorro. La <br/>bomba alemana era tina maravilla. Yo circulaba por todas partes sin más apoyo que un <br/>grueso bastón de plata, el mismo que tengo ahora y que mi nieta dice que no lo uso <br/>por la cofera, sino para dar fuerza a mis palabras, blandiéndolo como un contundente <br/>argumento. La larga enfermedad tnelló mi organismo y empeoró mi carácter. <br/>Reconozco que al final ni Clara podía frenarme las rabietas. Otra persona habría <br/>quedado inválida para siempre a raíz del accidente, pero a mí me ayudó la fuerza de la <br/>desesperación. Pensaba en ini madre, sentada en su silla de ruedas pudriéndose en <br/>vida, y eso me daba tenacidad para pararme y echar a andar, aunque fuera a punta de <br/>maldiciones. Creo que la gente me tenía miedo. Hasta la misma Clara, que nunca <br/>había temido mi mal genio, en parte porque yo me cuidaba mucho de dirigirlo contra <br/>ella, andaba asustada. Verla temerosa de mí me ponía frenético. <br/>Poco a poco Clara fue cambiando. Se veía cansada y noté que se alejaba de mí. Ya <br/>no me tenía simpatía, mis dolores no le daban compasión sino fastidio, me di cuenta <br/>que eludía mi presencia. Me atrevería a decir que en esa época se sentía más a gusto <br/>ordeñando las vacas con Pedro Segundo que haciéndome compañía en el salón. <br/>Mientras más distante estaba Clara, más grande era la necesidad que yo sentía de su <br/>amor. No había disminuido el deseo que tuve de ella al casarme, quería poseerla <br/>completamente, hasta su último pensamiento, pero aquella mujer diáfana pasaba por <br/>mi lado como un soplo y aunque la sujetara a dos manos y la abrazara con brutalidad, <br/>no podía aprisionarla. Su espíritu no estaba conmigo. Cuando me tuvo miedo, la vida  <br/>se nos convirtió en un purgatorio. En el día cada uno andaba ocupado en lo suyo. Los <br/>dos teníamos mucho que hacer. Sólo nos encontrábamos a la hora de la comida y <br/>entonces era yo el que hacía toda la conversación, porque ella parecía vagar en las <br/>nubes. Hablaba muy poco y había perdido esa risa fresca y atrevida que fue lo primero <br/>que me gustó en ella, ya no echaba para atrás la cabeza, riéndose con todos los <br/>dientes. Apenas sonreía. Pensé que la edad y mi accidente nos estaban separando, que <br/>estaba aburrida de la vida matrimonial, esas cosas ocurren en todas las parejas y yo <br/>no era un amante delicado, de esos que regalan flores a cada rato y dicen cosas <br/>bonitas. Pero intenté acercarme a ella. ¡Cómo lo intenté, Dios mío! Me aparecía en su <br/>cuarto cuando estaba afanada en sus cuadernos de anotar la vida o en la mesa de tres <br/>patas. Traté inclusive de compartir esos aspectos de su existencia, pero a ella no le <br/>gustaba que leyeran sus cuadernos y mi presencia le cortaba la inspiración cuando <br/>conversaba con sus espíritus, de modo que tuve que desistir. También abandoné el <br/>propósito de establecer una buena relación con Blanca. Mi hija desde chica era rara y <br/>nunca fue la niña cariñosa tierna que yo habría deseado. En realidad parecía un <br/>quirquincho. Desde que me acuerdo fue arisca conmigo y no tuvo que superar el <br/>complejo de Edipo, porque nunca lo tuvo. Pero ya era una señorita, parecía inteligente <br/>y madura para su edad, estaba muy unida a su madre. Pensé que podría ayudarme y<br/><br/><br/>Page No 108<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 108  <br/><br/>traté de conquistarla como aliada, le hacía regalos, trataba de bromear con ella, pero <br/>también me eludía. Ahora, que ya estoy muy viejo y puedo hablar de eso sin perder la <br/>cabeza de rabia, creo que la culpa de todo la tuvo su amor por Pedro Tercero García. <br/>Blanca era insobornable. Nunca pedía nada, hablaba menos que su madre y si yo la <br/>obligaba a darme un beso de saludo, lo hacía de tan mala gana, que me dolía como <br/>una bofetada. «Todo cambiará cuando regresemos a la capital y hagamos una vida <br/>civilizada», decía yo entonces, pero ni Cl ara ni blanca demostraban el menor interés <br/>por dejar Las Tres Marías, por el contrario, cada vez que yo mencionaba el asunto, <br/>Blanca decía que la vida en el campo le había devuelto la salud, pero todavía no se <br/>sentía fuerte, y Clara me recordaba que había mucho que hacer en el campo, que las <br/>cosas no estaban como para dejarlas a medio hacer. Mi mujer no echaba de menos los <br/>refinamientos a que había estado acostumbrada y el día que llegó a Las Tres Marías el <br/>cargamento de muebles y artículos domésticos que encargué para sorprenderla, se <br/>limitó a encontrarlo todo muy bonito. Yo mismo tuve que disponer dónde se colocarían <br/>las cosas, porque a ella parecía no importarle en lo más mínimo. La nueva casa se <br/>vistió con un lujo que nunca había tenido, ni siquiera en los esplendorosos días previos <br/>a mi padre, que la arruinó. Llegaron grandes muebles coloniales de encina rubia y <br/>nogal, tallados a mano, pesados tapices de lana, lámparas de fierro y cobre martillado. <br/>Encargué a la capital una vajilla de porcelana inglesa pintada a mano, digna de una <br/>embajada, cristalería, cuatro cajones atiborrados de adornos, sábanas y manteles de <br/>hilo, una colección de discos de música clásica y frívola, con su moderna vitrola. <br/>Cualquier mujer se habría encantado con todo eso y habría tenido ocupación para <br/>varios meses organizando su casa, menos Clara, que era impermeable a esas cosas. <br/>Se limitó a adiestrar un par de cocineras y a entrenar a unas muchachas, hijas de los <br/>inquilinos, para que sirvieran en la casa, y apenas se vio libre de las cacerolas y la <br/>escoba, regresó a sus cuadernos de anotar la vida y a sus cartas del tarot en los <br/>momentos de ocio. Pasaba la mayor parte del día ocupada en el taller de costura, la <br/>enfermería y la escuela. Yo la dejaba tranquila, porque esos quehaceres justificaban su <br/>vida. Era una mujer caritativa y generosa, ansiosa por hacer felices a los que la <br/>rodeaban, a todos menos a mí. Después del derrumbe reconstruimos la pulpería y por <br/>darle gusto, suprimí el sistema de papelitos rosados y empecé a pagar a la gente con <br/>billetes, porque. Clara decía que eso les permitía comprar en el pueblo y ahorrar. No <br/>era cierto. Sólo servía para que los hombres hieran a emborracharse a la taberna de <br/>San Lucas v las mujeres y los niños pasaran necesidades. Por ese tipo de cosas <br/>peleábamos mucho. Los inquilinos eran la causa de todas nuestras discusiones. Bueno, <br/>no todas. También discutíamos por la guerra mundial. Y> seguía los progresos de las <br/>tropas nazis en un mapa que había puesto en la pared del salón, mientras Clara tejía <br/>calcetines para los soldados aliados. Blanca se agarraba la cabeza a dos manos, sin <br/>comprender la causa de nuestra pasión por una guerra que no tenía nada que ver con <br/>nosotros y que estaba ocurriendo al otro lado del océano. Supongo que también <br/>teníamos malentendidos por otros motivos. En realidad, muy pocas veces estábamos <br/>de acuerdo en algo. No creo que la culpa de todo fuera mi mal genio, porque yo era un <br/>buen marido, ni sombra del tarambana que había sido de soltero. Ella era la única <br/>mujer para mí. Todavía lo es. <br/>Un día Clara hizo poner un pest illo a la puerta de su habitación y no volvió a <br/>aceptarme en su cama, excepto en aquellas ocasiones en que yo forzaba tanto la <br/>situación, que negarse habría significado una ruptura definitiva. Primero pensé que <br/>tenía alguno de esos misteriosos malestares que dan a las mujeres de vez en cuando, <br/>o bien la menopausia, pero cuando el asunto se prolongó por varias semanas, decidí <br/>hablar con ella. Me explicó con calma que nuestra relación matrimonial se había <br/>deteriorado y por eso había perdido su buena disposición para los retozos carnales.<br/><br/><br/>Page No 109<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 109  <br/><br/>Dedujo naturalmente que sí no teníamos nada que decirnos, tampoco podíamos <br/>compartir la cama, y pareció sorprendida de que yo pasara todo el día rabiando contra <br/>ella y en la noche quisiera sus caricias. Traté de hacerle ver que en ese sentido los <br/>hombres y las mujeres somos algo diferentes y que la adoraba, a pesar de todas mis <br/>mañas, pero fue inútil. En ese tiempo me mantenía más sano y más fuerte que ella, a <br/>pesar de mi accidente y de que Clara era mucho menor. Con la edad yo había <br/>adelgazado. No tenía ni un gramo de grasa en el cuerpo y guardaba la misma <br/>resistencia y fortaleza de mi juventud. Podía pasarme todo el día cabalgando, dormir <br/>tirado en cualquier parte, comer lo que fuera sin sentir la vesícula, el hígado y otros <br/>órganos internos de los cuales la gente habla constantemente. Eso sí, me dolían los <br/>huesos. En las tardes frías o en las noches húmedas el dolor de los huesos aplastados <br/>en el terremoto era tan intenso, que mordía la almohada para que no se oyeran mis <br/>gemidos. Cuando ya no podía más, me echaba un largo trago de aguardiente y dos <br/>aspirinas al gaznate, pero eso no me aliviaba. Lo extraño es que mi sensualidad se <br/>había hecho más selectiva con la edad, pero era casi tan inflamable como en mi <br/>juventud. Me gustaba mirar a las mujeres, todavía me gusta. Es un placer estético, <br/>casi espiritual. Pero sólo Clara despertaba en mí un deseo concreto e inmediato, <br/>porque en nuestra larga vida en común habíamos aprendido a conocernos y cada uno <br/>tenía en la punta de los dedos la geografía precisa del otro. Ella sabía dónde estaban <br/>mis puntos más sensibles, podía decirme exactamente lo que necesitaba oír. A una <br/>edad en la que la mayoría de los hombres está hastiado de su mujer y necesita el <br/>estímulo de otras para encontrar la chispa del deseo, yo estaba convencido que sólo <br/>con Clara podía hacer el amor como en los tiempos de la luna de miel, <br/>incansablemente. No tenía la tentación de buscar a otras. <br/>Recuerdo que empezaba a asediarla al caer la noche. En las tardes se sentaba a <br/>escribir y yo fingía saborear mi pipa, pero en realidad la estaba espiando de reojo. <br/>Apenas calculaba que iba a retirarse -porque empezaba a limpiar la pluma y cerrar los <br/>cuadernos- me adelantaba. Me iba cojeando al baño, me acicalaba, me ponía una bata <br/>de felpa episcopal que había comprado para seducirla, pero que ella nunca pareció <br/>darse cuenta de su existencia, pegaba la oreja a la puerta y la esperaba. Cuando la <br/>escuchaba avanzar por el corredor, le salía al asalto. Lo intenté todo, desde colmarla <br/>de halagos y regalos, hasta amenazarla con echar la puerta abajo y molerla a <br/>bastonazos, pero ninguna de esas alternativas resolvía el abismo que nos separaba. <br/>Supongo que era inútil que yo tratara de hacerle olvidar con mis apremios amorosos <br/>en la noche, el mal humor con que la agobiaba durante el día. Clara me eludía con ese <br/>aire distraído que acabé por detestar. No puedo comprender lo que me atraía tanto de <br/>ella. Era una mujer madura, sin ninguna coquetería, que arrastraba ligeramente los <br/>pies y había perdido la alegría injustificada que la hacía tan atrayente en su juventud. <br/>Clara no era seductora ni tierna conmigo. Estoy seguro que no me amaba. No había <br/>razón para desearla en esa forma descomedida y brutal que me sumía en la <br/>desesperación y el ridículo. Pero no podía evitarlo. Sus gestos menudos, su tenue olor <br/>a ropa limpia y jabón, la luz de sus ojos, la gracia de su nuca delgada coronada por sus <br/>rizos rebeldes, todo en ella me gustaba. Su fragilidad me producía una ternura <br/>insoportable. Quería protegerla, abrazarla, hacerla reír como en los viejos tiempos, <br/>volver a dormir con ella a mi lado, su cabeza en mi hombro, las piernas recogidas <br/>debajo de las mías, tan pequeña y tibia, su mano en mi pecho, vulnerable y preciosa. <br/>A veces me hacía el propósito de castigarla con una fingida indiferencia, pero al cabo <br/>de unos días me daba por vencido, porque parecía mucho más tranquila y feliz cuando <br/>yo la ignoraba. Taladré un agujero en la pared del baño para verla desnuda, pero eso <br/>me ponía en tal estado de turbación, que preferí volver a tapiarlo con argamasa. Para <br/>herirla, hice ostentación de ir al Farolito Rojo, pero su único comentario fue que eso<br/><br/><br/>Page No 110<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 110  <br/><br/>era mejor que forzar a las campesinas, lo cual me sorprendió, porque no imaginé que <br/>supiera de eso. En vista de su comentario, volví a intentar las violaciones, nada más <br/>que para molestarla. Pude comprobar que el tiempo y el terremoto hicieron estragos <br/>en mi virilidad y que ya no tenía fuerzas p ara rodear la cintura de una robusta <br/>muchacha y alzarla sobre la grupa de mi caballo, y, mucho menos, quitarle la ropa a <br/>zarpazos y penetrarla contra su voluntad. Estaba en la edad en que se necesita ayuda <br/>y ternura para hacer el amor. Me había puesto viejo, carajo. <br/>Él fue el único que se dio cuenta que se estaba achicando. Lo notó por la ropa. No <br/>era simplemente que le sobrara en las costuras, sino que le quedaban largas las <br/>mangas y las piernas de los pantalones. Pidió a Blanca que se la acomodara en la <br/>máquina de coser, con el pretexto de que estaba adelgazando, pero se preguntaba <br/>inquieto si Pedro García, el viejo, no le habría puesto al revés los huesos y por eso se <br/>estaba encogiendo. No se lo dijo a nadie, igual como no habló nunca de sus dolores, <br/>por una cuestión de orgullo. <br/>Por esos días se preparaban las elecciones presidenciales. En una cena de políticos <br/>conservadores en el pueblo, Esteban Trueba conoció al conde Jean de Satigny. Usaba <br/>zapatos de cabritilla y chaquetas de lino crudo, no sudaba como los demás mortales y <br/>olía a colonia inglesa, estaba siempre tostado por el hábito de meter una pelota a <br/>través de un pequeño arco con un palo, a plena luz del mediodía y hablaba arrastrando <br/>las últimas sílabas de las palabras y comiéndose las erres. Era el único hombre que <br/>Esteban conocía, que se pusiera esmalte brillante en las uñas y se ech ara colirio azul <br/>en los ojos. Tenía tarjetas de presentación con escudo de armas de su familia y <br/>observaba todas las reglas conocidas de urbanidad y otras inventadas por él, como <br/>comer las alcachofas con pinzas, lo cual provocaba estupefacción general. Los hombres <br/>se burlaban a sus espaldas, pero pronto se vio que trataban de imitar su elegancia, sus <br/>zapatos de cabritilla, su indiferencia y su aire civilizado. El título de conde lo colocaba <br/>en un nivel diferente al de los otros emigrantes que habían llegado de Europa Central <br/>huyendo de las pestes del siglo pasado, de España escapando de la guerra, del Medio <br/>Oriente con sus negocios de turcos y armenios del Asia a vender su comida típica y sus <br/>baratijas. El conde De Satigny no necesitaba ganarse la vida, como lo hizo saber a <br/>todo el mundo. El negocio de las chinchillas era sólo un pasatiempo para él. <br/>Esteban Trueba había visto las chinchillas merodeando por su propiedad. Las cazaba <br/>a tiros, para que no le devoraran las siembras, pero no se le había ocurrido que esos <br/>roedores insignificantes pudieran convertirse en abrigos de señora. Jean de Satigny <br/>buscaba un socio que pusiera el capital, el trabajo, los criaderos y corriera con todos <br/>los riesgos, para dividir las ganancias en un cincuenta por ciento. Esteban Trueba no <br/>era aventurero en ningún aspecto de la vida, pero el conde francés tenía la gracia <br/>alada y el ingenio que podían cautivarlo, por eso perdió muchas noches desvelado <br/>estudiando la proposición de las chinchillas y sacando cuentas. Entretanto, monsieur <br/>De Satigny, pasaba largas temporadas en Las Tres Marías, como invitado de honor. <br/>Jugaba con su pelotita a pleno sol, bebía cantidades exorbitantes de jugo de melón sin <br/>azúcar y rondaba delicadamente las cerámicas de Blanca. Llegó, incluso, a proponer a <br/>la muchacha exportarlas a otros lugares donde había un mercado seguro para las <br/>artesanías indígenas. Blanca trató de sacarlo de su error, explicándole que ella no tenía <br/>nada de indio y que su obra tampoco, pero la barrera del lenguaje impidió que él <br/>comprendiera su punto de vista. El conde fue una adquisición  social para la fam ilia <br/>Trueba, porque desde el momento en que se instaló en su propiedad, les llovieron las <br/>invitaciones de los fundos vecinos, a las reuniones con las autoridades políticas del <br/>pueblo y a todos los acontecimientos culturales y sociales de la región. Todos querían <br/>estar cerca del francés, con la esperanza de que algo de su distinción se contagiara,<br/><br/><br/>Page No 111<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 111  <br/><br/>las jovencitas suspiraban al verlo y las madres lo anhelaban como yerno, disputándose <br/>el honor de invitarlo. Los caballeros envidiaban la suerte de Esteban Trueba, que había <br/>sido elegido para el negocio de las chinch illas. La única persona que no se deslumbró <br/>por los encantos del francés y ni se marav illó por su forma de pelar una n aranja con <br/>cubiertos, sin tocarla con los dedos, dejando las cáscaras en forma de flor, o su <br/>habilidad para citar a los poetas y filósofos franceses en su lengua natal, era Clara, que <br/>cada vez que lo veía tenía que preguntarle su nombre y se desconcertaba cuando lo <br/>encontraba en bata de seda camino al baño de su propia casa. Blanca, en cambio, se <br/>divertía con él y agradecía la oportunidad de lucir sus mejores vestidos, peinarse con <br/>esmero y arreglar la mesa con la vajilla inglesa y los candelabros de plata. <br/>-Por lo menos nos saca de la barbarie -decía. <br/>Esteban Trueba estaba menos impresionado por la burumballa del noble, que por las <br/>chinchillas. Pensaba cómo diablos no se le había ocurrido la idea de curtirles el pellejo, <br/>en vez de perder tantos años criando esas malditas gallinas que se morían de cualquier <br/>diarrea de morondanga y esas vacas que por cada litro de leche que se les ordeñaba, <br/>consumían una hectárea de forraje y una caja de vitaminas y además llenaban todo de <br/>moscas y de mierda. Clara y Pedro Segundo García, en cambio, no compartían su <br/>entusiasmo por los roedores, ella por razones humanitarias, puesto que le parecía <br/>atroz criarlos para arrancarles el cuero, y él porque nunca había oído hablar de <br/>criaderos de ratones. <br/>Una noche el conde salió a fumar uno de sus cigarrillos orientales, especialmente <br/>traídos del Líbano ¡vaya uno a saber dónde queda eso!, como decía Trueba, y a <br/>respirar el perfume de las flores que subía en grandes bocanadas desde el jardín e <br/>inundaba los cuartos. Paseó un poco por la terraza y midió con la vista la extensión de <br/>parque que se extendía alrededor de la casa patronal. Suspiró, conmovido por aquella <br/>naturaleza pródiga que podía reunir en el más olvidado país de la tierra todos los <br/>climas de su invención, la cordillera y el mar, los valles y las cumbres más altas, ríos <br/>de agua cristalina y una benigna fauna que permitía pasear con toda confianza, con la <br/>certeza de que no aparecerían víboras venenosas o fieras hambrientas, y, para total <br/>perfección, tampoco había negros rencorosos o indios salvajes. Estaba harto de <br/>recorrer países exóticos detrás de negocios de aletas de tiburón para afrodisíacos, <br/>ginseng para todos los males, figuras talladas por los esquimales,   pirañas <br/>embalsamadas del Amazonas y chinchillas para hacer abrigos de señora. Tenía treinta <br/>y ocho años, al menos ésos confesaba, y sentía que por fin había encontrado el paraíso <br/>en la tierra, donde podía montar empresas tranquilas con socios ingenuos. Se sentó en <br/>un tronco a fumar en la oscuridad. De pronto vio una sombra agitarse y tuvo la idea <br/>fugaz de que podía ser un ladrón, pero enseguida la desechó, porque los bandidos en <br/>esas tierras estaban tan fuera de lugar como las bestias malignas. Se aproximó con <br/>prudencia y entonces divisó a Blanca, que asomaba las piernas por la ventana y se <br/>deslizaba como un gato por la pared, cayendo entre las hortensias sin el menor ruido. <br/>Vestía de hombre, porque los perros ya la conocían y no necesitaba andar en cueros. <br/>Jean de Satigny la vio alejarse buscando las sombras del alero de la casa y de los <br/>árboles, pensó seguirla, pero tuvo miedo de los mastines y pensó que no había <br/>necesidad de eso para saber dónde iba una muchacha que salta por una ventana en la <br/>noche. Se sintió preocupado, porque lo que acababa de ver ponía en peligro sus <br/>planes. <br/>Al día siguiente, el conde pidió a Blanca Trueba en matrimonio. Esteban, que no <br/>había tenido tiempo para conocer bien a su hija, confundió su plácida amab ilidad y su <br/>entusiasmo por colocar los candelabros de plata en la mesa, con amor. Se sintió muy <br/>satisfecho de que su hija, tan aburrida y de mala salud, hubiera atrapado al galán más <br/>solicitado de la región. «¿Qué habrá visto en ella?», se preguntó, extrañado. Manifestó<br/><br/><br/>Page No 112<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 112  <br/><br/>al pretendiente que debía consultarlo con Blanca, pero que estaba seguro de que no <br/>habría ningún inconveniente y que, por su parte, se adelantaba a darle la bienvenida a <br/>la familia. Hizo llamar a su hija, que en ese momento estaba enseñando geografía en <br/>la escuela, y se encerró con ella en su despacho. Cinco minutos después se abrió la <br/>puerta violentamente y el conde vio salir a la joven con las mejillas  arreboladas. Al <br/>pasar por su lado le lanzó una mirada asesina y volteó la cara. Otro menos tenaz, <br/>habría cogido sus valijas y se habría ido al único hotel del pueblo, pero el conde dijo a <br/>Esteban que estaba seguro de conseguir el amor de la joven, siempre que le dieran <br/>tiempo para ello. Esteban Trueba le ofreció que se quedara como huésped en Las Tres <br/>Marías mientras lo considerara necesario. Blanca nada dijo, pero desde ese día dejó de <br/>comer en la mesa con ellos y no perdió oportunidad de hacer sentir al francés que era <br/>indeseable. Guardó sus vestidos de fiesta y los candelabros de plata y lo evitó <br/>cuidadosamente. Anunció a su padre que si volvía a mencionar el asunto del <br/>matrimonio regresaba a la capital en el primer tren que pasara por la estación y se iba <br/>de novicia a su colegio. <br/>-¡Ya cambiará de opinión! -rugió Esteban Trueba. <br/>-Lo dudo -respondió ella. <br/>Ese año la llegada de los mellizos a Las Tres Marías, fue un gran alivio. Llevaron una <br/>ráfaga de frescura y bullicio al clima oprimente de la casa. Ninguno de los dos <br/>hermanos supo apreciar los encantos del noble francés, a pesar de que él hizo <br/>discretos esfuerzos por ganar la simpatía de los jóvenes. Jaime y Nicolás se burlaban <br/>de sus modales, de sus zapatos de marica y su apellido extranjero, pero Jean de <br/>Satigny nunca se molestó. Su buen humor terminó por desarmarlos y convivieron el <br/>resto del verano amigablemente, llegando incluso a aliarse para sacar a Blanca del <br/>emperramiento en que se había hundido. <br/>-Ya tienes veinticuatro años, hermana. ¿Quieres quedarte para vestir santos? <br/>-decían. <br/>Procuraban entusiasmarla paras que se cortara el pelo y copiara los vestidos que <br/>hacían furor en las revistas, pero ella no tenía ningún interés en esa moda exótica, que <br/>no tenía la menor oportunidad de sobrevivir en la polvareda del campo. <br/>Los mellizos eran tan diferentes entre sí, que no parecían hermanos. Jaime era alto, <br/>fornido, tímido y estudioso. Obligado por la educación del internado, llegó a desarrollar <br/>con los deportes una musculatura de atleta, pero en realidad consideraba que ésa era <br/>una actividad agotadora e inútil. No podía comprender el entusiasmo de Jean de <br/>Satigny por pasar la mañana persiguiendo una bola con un palo para meterla en un <br/>hoyo, cuando era tanto más fácil colocarla con la mano. Tenía extrañas manías que <br/>empezaron a manifestarse en esa época y que fueron acentuándose a lo largo de su <br/>vida. No le gustaba que le respiraran cerca, que le dieran la mano, que le hicieran <br/>preguntas personales, le pidieran libros prestados o le escribieran cartas. Esto <br/>dificultaba su trato con la gente, pero no consiguió aislarlo, porque a los cinco minutos <br/>de conocerlo saltaba a la vista que, a pesar de su actitud atrabiliaria, era generoso, <br/>cándido y tenía una gran capacidad de ternura, que él procuraba inútilmente disimular, <br/>porque lo avergonzaba. Se interesaba por los demás mucho más de lo que quería <br/>admitir, era fácil conmoverlo. En Las Tres Marías los inquilinos lo llamaban «el <br/>patroncito» y acudían a él cada vez que necesitaban algo. Jaime los escuchaba sin <br/>comentarios, contestaba con monosílabos y terminaba dándoles la espalda, pero no <br/>descansaba hasta solucionar el problema. Era huraño y su madre decía que ni siquiera <br/>cuando era pequeño se dejaba acariciar. Desde niño tenía gestos extravagantes, era <br/>capaz de quitarse la ropa que llevaba puesta para dársela  a otro, como lo hizo en <br/>varias oportunidades. El afecto y las emociones le parecían signos de inferioridad y<br/><br/><br/>Page No 113<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 113  <br/><br/>sólo con los animales perdía las barreras de su exagerado pudor, se revolcaba por el <br/>suelo con ellos, los acariciaba, les daba de comer en la boca y dormía abrazado con los <br/>perros. Podía hacer lo mismo con los niños de muy corta edad, siempre que nadie <br/>estuviera observando, porque frente a la gente prefería el papel de hombre recio y <br/>solitario. La formación británica de doce años de colegio, no pudo desarrollar en él <br/>spleen, que se consideraba el mejor atributo de un caballero. Era un sentimental <br/>incorregible. Por eso se interesó en la política y decidió que no sería abogado, como su <br/>padre le exigía, sino médico, para ayudar a los necesitados, como le sugirió su madre, <br/>que le conocía mejor. Jaime había jugado con Pedro Tercero García durante toda su <br/>infancia, pero fue ese año que aprendió a admirarlo. Blanca tuvo que sacrificar un par <br/>dé encuentros en el río, para que los dos jóvenes se reunieran. Hablaban de justicia, <br/>de igualdad, del movimiento campesino, del socialismo, mientras Blanca los escuchaba <br/>con impaciencia, deseando que acabaran pronto para quedarse sola con su amante. <br/>Esa amistad unió a los dos muchachos hasta la muerte, sin que Esteban Trueba lo <br/>sospechara. <br/>Nicolás era hermoso como una doncella. Heredó la delicadeza y la transparencia de <br/>la piel de su madre, era pequeño, delgado, astuto y rápido como un zorro. De <br/>inteligencia brillante, sin hacer ningún esfuerzo sobrepasaba a su hermano en todo lo <br/>que emprendían juntos. Había inventado un juego para atormentarlo: le llevaba la <br/>contra en cualquier tema y argumentaba con tanta habilidad y certeza, que terminaba <br/>por convencer a Jaime que estaba equivocado, obligándolo a admitir su error. <br/>-¿Estás seguro de que yo tengo la razón? -decía finalmente Nicolás a su hermano. <br/>-Sí, tienes razón -gruñía Jaime, cuya rectitud le impedía discutir de mala fe. <br/>-¡Ah! Me alegro -exclamaba Nicolás-. Ahora yo te voy a demostrar que el que tiene <br/>la razón eres tú y el equivocado soy yo. Te voy a dar los argumentos que tú tenías que <br/>haberme dado, si fueras inteligente. <br/>Jaime perdía la paciencia y le caía a golpes, pero enseguida se arrepentía, porque <br/>era mucho más fuerte que su hermano y su propia fuerza lo hacía sentirse culpable. En <br/>el colegio, Nicolás usaba su ingenio para molestar a los demás y cuando se veía <br/>obligado a enfrentar una situación de violencia, llamaba a su hermano para que lo <br/>defendiera mientras él lo animaba desde atrás. Jaime se acostumbró a dar la cara por <br/>Nicolás y llegó a parecerle natural ser castigado en su lugar, hacer sus tareas y tapar <br/>sus mentiras. El principal interés de Nicolás en ese período de su juventud aparte de <br/>las mujeres, fue desarrollar la hab ilidad de Clara para adivinar el futuro. Compraba <br/>libros sobre sociedades secretas, de horóscopos y de todo lo que tuviera características <br/>sobrenaturales. Ese año le dio por desenmascarar milagros, se compró  Las Vidas de <br/>Los Santos en edición popular y pasó el verano buscando explicaciones pedestres a las <br/>más fantásticas proezas de orden espiritual. Su madre se burlaba de él. <br/>-Si no puedes entender cómo funciona el teléfono, hijo -decía Clara-, ¿cómo quieres <br/>comprender los milagros? <br/>El interés de Nicolás por los asuntos sobrenaturales comenzó a manifestarse un par <br/>de años antes. Los Fines de semana que podía salir del internado, iba a visitar a las <br/>tres hermanas Mora en su viejo molino, para aprender ciencias ocultas. Pero pronto se <br/>vio que no tenía ninguna disposición natural para la clarividencia o la telequinesia, de <br/>modo que tuvo que conformarse con la mecánica de las cartas astrológicas, el tarot y <br/>los palitos chinos. Como una cosa trae a la otra, conoció en casa de las Mora a una <br/>hermosa joven de nombre Amanda, algo mayor que él, que lo inició en la meditación <br/>yoga y en la acupuntura, ciencias con las cuales Nicolás llegó a curar el reuma y otras <br/>dolencias menores, que era más de lo que conseguiría su hermano con la medicina <br/>tradicional, después de siete años de estudio. Pero todo eso fue mucho después. Ese<br/><br/><br/>Page No 114<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 114  <br/><br/>verano tenía veintiún años y se aburría en el campo. Su hermano lo vigilaba <br/>estrechamente, para que no molestara a las muchachas, porque se había <br/>autodesignado defensor de la virtud de las doncellas de Las Tres Marías, a pesar de lo <br/>cual Nicolás se las arregló para seducir a casi todas las adolescentes de la zona, con <br/>artes de galantería que jamás se habían visto por aquellos lugares. El resto del tiempo <br/>lo pasaba investigando milagros, tratando de aprender los trucos de su madre para <br/>mover el salero con la fuerza de la mente, y escribiendo versos apasionados a <br/>Amanda, que se los devolvía por correo, corregidos y mejorados, sin que ello lograra <br/>desanimar al joven. <br/>Pedro García, el viejo, murió poco antes de las elecciones presidenciales. El país <br/>estaba convulsionado por las campañas políticas, los trenes de triunfo cruzaban de <br/>Norte a Sur llevando a los candidatos asomados en la cola, con su corte de <br/>proselitistas, saludando todos del mismo modo, prometiendo todos las mismas cosas, <br/>embanderados y con una sonajera de orfeón y altoparlantes que espantaba la quietud <br/>del paisaje y pasmaba al ganado. El viejo había vivido tanto, que ya no era más que <br/>un montón de huesitos de cristal cubiertos por un pellejo amarillo. Su rostro era un <br/>encaje de arrugas. Cloqueaba al caminar, con un tintineo de castañuelas, no tenía <br/>dientes y sólo podía comer papilla de bebé, además de ciego se había quedado sordo, <br/>pero nunca le falló el reconocimiento de las cosas y la memoria del pasado y de lo <br/>inmediato. Murió sentado en su silla de mimbre al atardecer. Le gustaba colocarse en <br/>el umbral de su rancho a sentir caer la tarde, que la adivinaba por el cambio sutil de la <br/>temperatura, por los sonidos del patio, el afán de las cocinas, el silencio de las gallinas. <br/>Allí lo encontró la muerte. A sus pies, estaba su bisnieto Esteban García, que ya tenía <br/>alrededor de diez años, ocupado en ensartar los ojos a un pollo con un clavo. Era hijo <br/>de Esteban García, el único bastardo del patrón que llevó su nombre, aunque no su <br/>apellido. Nadie recordaba su origen ni la razón por la cual llevaba ese nombre, excepto <br/>él mismo, porque su abuela, Pancha García, antes de morir alcanzó a envenenar su <br/>infancia con el cuento de que si su padre hubiera nacido en el lugar de Blanca, Jaime o <br/>Nicolás, habría heredado Las Tres Marías y podría haber llegado a Presidente de la <br/>República, de haberlo querido. En aquella región sembrada de hijos ilegítimos y de <br/>otros legítimos que no conocían a su padre, él fue probablemente el único que creció <br/>odiando su apellido. Vivió castigado por el rencor contra el patrón, contra su abuela <br/>seducida, contra su padre bastardo y contra su propio inexorable destino de patán. <br/>Esteban Trueba no lo distinguía entre los demás chiquillos de la propiedad, era uno <br/>más del montón de criaturas que cantaban el himno nacional en la escuela y hacían <br/>cola para su regalo de Navidad. No se acordaba de Pancha García ni de haber tenido <br/>un hijo con ella, y mucho menos de aquel nieto taimado que lo odiaba, pero que lo <br/>observaba de lejos para imitar sus gestos y copiar su voz. El niño se desvelaba en la <br/>noche imaginando horribles enfermedades o accidentes que ponían fin a la existencia <br/>del patrón y todos sus hijos, para que él pudiera heredar la propiedad. Entonces <br/>transformaba Las Tres Marías en su reino. Esas fantasías las acarició toda su vida, aun <br/>después de saber que jamás obtendría nada por vía de la herencia. Siempre reprochó <br/>a Trueba la existencia oscura que forjó para él y se sintió castigado, inclusive en los <br/>días en que llegó a la cima del poder y los tuvo a todos en su puño. <br/>El niño se dio cuenta que algo había cambiado en el anciano. Sé acercó, lo tocó y el <br/>cuerpo se tambaleó. Pedro García cayó al suelo como una bolsa de huesos. Tenía las <br/>pupilas cubiertas por la película lechosa que las fue dejando sin luz a lo largo de un <br/>cuarto de siglo. Esteban García tomó el clavo y se disponía a pincharle los ojos, cuando <br/>llegó Blanca y lo apartó de un empujón, sin sospechar que esa criatura hosca y<br/><br/><br/>Page No 115<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 115  <br/><br/>malvada era su sobrino y que dentro de algunos años sería el instrumento de una <br/>tragedia para su familia. <br/>-Dios mío, se murió el viejecito -sollozó inclinándose sobre el cuerpo jibarizado del <br/>anciano que pobló su infancia de cuentos y protegió sus amores clandestinos. <br/>A Pedro García, el viejo, lo enterraron con un velorio de tres días en el que Esteban <br/>Trucha ordenó que no se escatimara el gasto. Acomodaron su cuerpo en un cajón de <br/>pino rústico, con su traje dominguero, el mismo que usó cuando se casó y que se <br/>ponía para votar y recibir sus cincuenta pesos en Navidad. Le pusieron su única camisa <br/>blanca, que le quedaba muy holgada en el cuello, porque la edad lo había encogido, su <br/>corbata de luto y un clavel rojo en el ojal, como siempre que se enfiestaba. Le <br/>sujetaron la mandíbula con un pañuelo y le colocaron su sombrero negro, porque había <br/>dicho muchas veces, que quería quitárselo para saludar a Dios. No tenía zapatos, pero <br/>Clara sustrajo unos de Esteban Trucha, para que todos vieran que no iba descalzo al <br/>Paraíso. <br/>Jean de Satigny se entusiasmó con el funeral, extrajo de su equipaje una máquina <br/>fotográfica con trípode y tomó tantos retratos al muerto, que sus familiares pensaron <br/>que le podía robar el alma ,v, por precaución, destrozaron las placas. Al velatorio <br/>acudieron campesinos de toda la región, porque Pedro García, en su siglo de vida <br/>estaba emparentado con muchos paisanos de provincia. Llegó la meica, que era aún <br/>más anciana que él, con varios indios de su tribu, que a una orden suya comenzaron a <br/>llorar al finado y no dejaron de hacerlo hasta que terminó la parranda tres días <br/>después. La gente se juntó alrededor del rancho del viejo a beber vino, tocar la <br/>guitarra y vigilar los asados. También llegaron dos curas en bicicleta, a bendecir los <br/>restos mortales de Pedro García y a dirigir los ritos fúnebres. Uno de ellos era un <br/>gigante rubicundo con fuerte acento español, el padre José Dulce María, a quien <br/>Esteban Trucha conocía de nombre. Estuvo a punto de impedirle la entrada a su <br/>propiedad, pero Clara lo convenció de que no era el momento de anteponer sus odios <br/>políticos al fervor cristiano de los campesinos. «Por lo menos pondrá algo de orden en <br/>los asuntos del alma», dijo ella. De modo que Esteban Trueba terminó por darle la <br/>bienvenida e invitarlo a que se quedara en su casa con el hermano lego, que no abría <br/>la boca y miraba siempre al suelo, con la cabeza ladeada y las manos juntas. El patrón <br/>estaba conmovido por la muerte del viejo que le había salvado las siembras de las <br/>hormigas y la vida de yapa, y quería que todos recordaran ese entierro como un <br/>acontecimiento. <br/>Los curas reunieron a los inquilinos y visitantes en la escuela, p ara repasar los <br/>olvidados evangelios y decir una misa por el descanso del alma de Pedro García. <br/>Después se retiraron a la habitación que se les había destinado en la casa patronal, <br/>mientras los demás continuaban la juerga que había sido interrumpida por su llegada. <br/>Esa noche Blanca esperó que se callaran las guitarras y el llanto de los indios y que <br/>todos se fueran a la cama, para saltar por la ventana de su habitación y enfilar en la <br/>dirección habitual, amparada por las sombras. Volvió a hacerlo durante las tres noches <br/>siguientes, hasta que los sacerdotes se fueron. 'Iodos, menos sus padres, se enteraron <br/>de que Blanca se juntaba con uno de ellos en el río. Era Pedro Tercero García, que no <br/>quiso perderse el funeral de su abuelo y aprovechó la sotana prestada para arengar a <br/>los trabajadores casa por casa, explicándoles que las próximas elecciones eran su <br/>oportunidad de sacudir el yugo en que habían vivido siempre. Lo escuchaban <br/>sorprendidos y confusos. Su tiempo se medía por estaciones, sus pensamientos por <br/>generaciones, eran lentos y prudentes. Sólo los más jóvenes, los que tenían radio y <br/>oían las noticias, los que a veces iban al pueblo y conversaban con los sindicalistas, <br/>podían seguir el hilo de sus ideas. Los demás lo escuchaban porque el muchacho era el<br/><br/><br/>Page No 116<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 116  <br/><br/>héroe perseguido por los patrones, pero en el fondo estaban convencidos de que <br/>hablaba tonterías. <br/>-Si el patrón descubre que vamos a votar por los socialistas, nos jodimos -dijeron. <br/>-¡No puede saberlo! El voto es secreto -alegó el falso cura. <br/>-Eso cree usted, hijo -respondió Pedro Segundo, su padre-. Dicen que es secreto, <br/>pero después siempre saben por quién votamos. Además, si ganan los de su partido, <br/>nos van a echar a la calle, no tendremos trabajo. Yo he vivido siempre aquí. ¿Qué <br/>haría? <br/>-¡No pueden echarlos a todos, porque el patrón pierde más que ustedes si se van! <br/>-arguyó Pedro Tercero. <br/>-No importa por quién votemos, siempre ganan ellos. <br/>-Cambian los votos -dijo Blanca, que asistía a la reunión sentada entre los <br/>campesinos. <br/>-Esta vez no podrán -dijo Pedro Tercero-. Mandaremos gente del partido para <br/>controlar las mesas de votación y ver que sellen las urnas. <br/>Pero los campesinos desconfiaban. La experiencia les había enseñado que el zorro <br/>siempre acaba por comerse a las gallinas, a pesar de las baladas subversivas que <br/>andaban de boca en boca cantando lo contrario. Por eso, cuando pasó el tren del <br/>nuevo candidato del Partido Socialista, un doctor miope y carismático que movía a las <br/>muchedumbres con su discurso inflamado, ellos lo observaron desde la estación, <br/>vigilados por los patrones que montaron un cerco a su alrededor, armados con <br/>escopetas de caza y garrotes. Escucharon respetuosamente las palabras del candidato, <br/>pero no se atrevieron a hacerle ni un gesto de saludo, excepto unos pocos braceros <br/>que acudieron en pandilla, provistos de palos y picotas, y lo vitorearon hasta <br/>desgañitarse, porque ellos no tenían nada que perder, eran nómadas del campo, <br/>vagaban por la región sin trabajo fijo, sin familia, sin amo y sin miedo. <br/>Poco después de la muerte y el memorable entierro de Pedro García, el viejo, Blanca <br/>comenzó a perder sus colores de manzana y a sufrir fatigas naturales que no eran <br/>producidas por dejar de respirar y vómitos matinales que no eran provocados por <br/>salmuera caliente. Pensó que la causa estaba en el exceso de comida, era la época de <br/>los duraznos dorados, los damascos, el maíz tierno preparado en cazuelas de barro y <br/>perfumado con albahaca, era el tiempo de hacer las mermeladas y las conservas para <br/>el invierno. Pero el ayuno, la manzanilla, los purgantes y el reposo no la cu raron. <br/>Perdió el entusiasmo por la escuela, la enfermería y hasta por sus Nacimientos de <br/>barro, se puso floja y somnolienta, podía pasar horas echada en la sombra mirando el <br/>cielo, sin interesarse por nada. La única actividad que mantuvo fueron sus escapadas <br/>nocturnas por la ventana cuando tenía cita con Pedro Tercero en el río. <br/>Jean de Satigny, que no se había dado por vencido en su asedio romántico, la <br/>observaba. Por discreción, pasaba unas temporadas en el hotel del pueblo y hacía <br/>algunos viajes cortos a la capital, de donde regresaba cargado de literatura sobre las <br/>chinchillas, sus jaulas, su alimento, sus enfermedades, sus métodos reproductivos, la <br/>forma de curtirles el cuero y, en general, todo lo referente a esas pequeñas bestias <br/>cuyo destino era convertirse en estolas. La mayor parte del verano el conde fue <br/>huésped en Las Tres Marías. Era un visitante encantador, bien educado, tranquilo y <br/>alegre. Siempre tenía una frase amable en la punta de los labios, celebraba la comida, <br/>los divertía en las tardes tocando el piano del salón, donde competía con Clara en los <br/>nocturnos de Chopin y era una fuente inagotable de anécdotas. Se levantaba tarde y <br/>pasaba una o dos horas dedicado a su arreglo personal,  hacía gimnasia, trotaba <br/>alrededor de la casa sin importarle las burlas de los toscos campesinos, se remojaba<br/><br/><br/>Page No 117<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 117  <br/><br/>en la bañera con agua caliente y se demoraba mucho en elegir la ropa para cada <br/>ocasión. Era un esfuerzo perdido, puesto que nadie apreciaba su elegancia y a menudo <br/>lo único que conseguía con sus trajes ingleses de montar, sus chaquetas de terciopelo <br/>y sus sombreros tiroleses con pluma de faisán, era que Clara, con la mejor intención, <br/>le ofreciera ropa más apropiada para el campo. Jean no perdía el buen humor, <br/>aceptaba las sonrisas irónicas del dueño de casa, las malas caras de Blanca y la <br/>perenne distracción de Clara, que al cabo de un año seguía preguntándole su nombre. <br/>Sabía cocinar algunas recetas francesas, muy aliñadas y magníficamente presentadas, <br/>con las que contribuía cuando tenían invitados. Era la primera vez que veían a un <br/>hombre interesado en la cocina, pero supusieron que eran costumbres europeas y no <br/>se atrevieron a hacerle bromas, para no pasar por ignorantes. De sus viajes a la <br/>capital traía, además de lo concerniente a las chinchillas, las revistas de moda, los <br/>folletines de guerra que se habían popularizado para crear el mito del soldado heroico <br/>y novelas románticas para Blanca. En la conversación de sobremesa, a veces se refería <br/>con tono de mortal aburrimiento, a sus veranos con la nobleza europea en los castillos <br/>de Liechtenstein o en la Costa Azul. Nunca dejaba de decir que estaba feliz de haber <br/>cambiado todo eso por el encanto de América. Blanca le preguntaba por qué no había <br/>elegido el Caribe, o por lo menos un país con mulatas, cocoteros y tambores, si lo que <br/>buscaba era exotismo, pero él sostenía que no había en la tierra otro sitio más <br/>agradable que ese olvidado país al final del mundo. El francés no hablaba de su vida <br/>personal, excepto para deslizar algunas claves imperceptibles que permitían al <br/>interlocutor astuto darse cuenta de su esplendoroso pasado, su fortuna incalculable y <br/>su noble origen. No se conocía con certeza su estado civil, su edad, su familia o de qué <br/>parte de Francia provenía. Clara era de opinión que tanto misterio era peligroso y trató <br/>de desentrañarlo con las cartas del tarot, pero Jean no permitía que le echaran la <br/>suerte ni que se escrutaran las líneas de su mano. Tampoco se sabía su signo zodiacal. <br/>A Esteban Trueba todo eso le tenía sin cuidado. Para él era suficiente que el conde <br/>estuviera dispuesto a entretenerlo con una partida de ajedrez o de dominó, que fuera <br/>ingenioso y simpático y nunca pidiera dinero prestado. Desde que Jean de Satigny <br/>visitaba la casa, era mucho más soportable el aburrimiento del campo, donde a las <br/>cinco de la tarde no había nada más que hacer. Además le gustaba que los vecinos lo <br/>envidiaran por tener a ese huésped distinguido en Las Tres Marías. <br/>Se había corrido la voz de que Jean pretendía a Blanca Trueba, pero no por eso dejó <br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" 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href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/allende/c_46.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/allende/c_46.htm]]></link><description><![CDATA[de ser el galán predilecto de las madres casamenteras. Clara también lo estimaba, <br/>aunque en ella no había ningún cálculo matrimonial. Por su parte, Blanca acabó <br/>acostumbrándose a su presencia. Era tan discreto y suave en el trato, que poco a poco <br/>Blanca olvidó su proposición matrimonial. Llegó a pensar que había sido algo así como <br/>una broma del conde. Volvió a sacar del armario los candelabros de plata, a poner la <br/>mesa con la vajilla inglesa y a usar sus vestidos de ciudad en las tertulias de la tarde. <br/>A menudo Jean la invitaba al pueblo o le pedía que lo acompañara a sus numerosas <br/>invitaciones sociales. En esas oportunidades Clara tenía que ir con ellos, porque <br/>Esteban Trueba era inflexible en ese punto: no quería que vieran a su hija sola con el <br/>francés. En cambio, les permitía pasear sin chaperona por la propiedad, siempre que <br/>no se alejaran demasiado y que regresaran antes que oscureciera. Clara decía que si <br/>se trataba de cuidar la virginidad a la joven eso era mucho más peligroso que ir a <br/>tomar té al fundo de los Uzcátegui, pero Esteban estaba seguro de que no había nada <br/>que temer de Jean, puesto que sus intenciones eran nobles, pero había que cuidarse <br/>de las malas lenguas, que podían destrozar la honra a su hija. Los paseos campestres <br/>de Jean y de' Blanca consolidaron una buena amistad. Se llevaban bien. A los dos les <br/>gustaba salir a media mañana a caballo, con la merienda en un canasto y varios <br/>maletines de lona y cuero con el equipo de Jean. El conde aprovechaba todas las<br/><br/><br/>Page No 118<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 118  <br/><br/>paradas para colocar a Blanca contra el paisaje y fotografiarla, a pesar de que se <br/>resistía un poco, porque se sentía vagamente ridícula. Ese sentimiento se justificaba al <br/>ver los retratos revelados, donde aparecía con una sonrisa que no era la suya, en una <br/>postura incómoda y con un aire de infelicidad, debido, según Jean, a que no era capaz <br/>de posar con naturalidad y, según ella, a que la obligaba a ponerse torcida y aguantar <br/>la respiración durante largos segundos, hasta que se imprimiera la placa. Por lo <br/>general escogían un lugar sombrío debajo de los árboles, colocaban una manta sobre <br/>la yerba y se acomodaban para pasar algunas horas. Hablaban de Europa, de libros, de <br/>anécdotas familiares de Blanca o de los viajes de Jean. Ella le regaló un libro del Poeta <br/>y él se entusiasmó tanto, que aprendió largos pasajes de memoria y podía recitar los <br/>versos sin vacilar. Decía que era lo mejor que se había escrito en materia de poesía y <br/>que ni siquiera en francés, el idioma de las artes, había nada que pudiera compararse. <br/>No hablaban de sus sentimientos. Jean era solícito, pero no era suplicante o insistente, <br/>sino más bien hermanable y burlón. Si le besaba la mano para despedirse, lo hacía con <br/>una mirada de escolar que restaba todo romanticismo al gesto. Si le admiraba un <br/>vestido, un guiso o una figura del Nacimiento, su tono tenía un dejo irónico que <br/>permitía interpretar la frase de muchas maneras. Si cortaba flores para ella o la <br/>ayudaba a desmontar del caballo, lo hacía con un desenfado que convertía la <br/>galantería en una atención de amigo. De todos modos, para prevenir, Blanca le hizo <br/>saber, cada vez que se presentó la ocasión, que no se casaría ni muerta con él. Jean <br/>de Satigny sonreía con su brillante sonrisa de seductor, sin decir nada, y Blanca no <br/>podía menos que notar que era mucho más apuesto que Pedro Tercero. <br/>Blanca no sabía que Jean la espiaba. La había visto saltar por la ventana vestida de <br/>hombre en muchas ocasiones. La seguía un trecho, pero se revolvía, temeroso de que <br/>lo sorprendieran los perros en la oscuridad. Pero, por la dirección que ella tomaba, <br/>había podido determinar que siempre iba rumbo al río. <br/>Entretanto, Trueba no terminaba de decidirse respecto a las chinchillas. A modo de <br/>prueba, accedió a instalar una jaula con algunas parejas de esos roedores, imitando en <br/>pequeña escala la gran industria modelo. Fue la única vez que se vio a Jean de Satigny <br/>arremangado trabajando. Sin embargo, las chinch illas se contagiaron de una <br/>enfermedad privativa de las ratas y se fueron muriendo todas en menos de dos <br/>semanas. Ni siquiera pudieron curtir las pieles, porque el pelo se les puso opaco y se <br/>les desprendía del cuero como plumas de un ave remojada en agua hirviendo. Jean vio <br/>horrorizado aquellos cadáveres despelucados, con las patas tiesas y los ojos en blanco, <br/>que echaban por tierra las esperanzas de convencer a Esteban Trucha, quien perdió <br/>todo entusiasmo por la peletería al ver esa mortandad. <br/>-Si la peste le hubiera dado a la industria modelo, estaría totalmente arruinado <br/>-concluyó Trucha. <br/>Entre la peste de las chinchillas y las escapadas de Blanca, el conde pasó varios <br/>meses perdiendo su tiempo. Empezaba a estar cansado de aquellas tramitaciones y <br/>pensaba que Blanca jamás se iba a fijar en sus encantos. Vio que el criadero de <br/>roedores no tenía para cuándo concretarse y decidió que era mejor precipitar las <br/>cosas, antes que otro más avispado se quedara con la heredera. Además, Blanca <br/>comenzaba a gustarle, ahora que estaba más robusta y con esa languidez que había <br/>atenuado sus modales de campesina. Prefería a las mujeres plácidas y opulentas y la <br/>visión de Blanca echada sobre almohadones observando el cielo a la hora de la siesta, <br/>le recordaba a su madre. A veces conseguía conmoverlo. Jean aprendió a adivinar, por <br/>pequeños detalles imperceptibles para los demás, cuándo Blanca tenía planeada una <br/>excursión nocturna al río. En esas ocasiones, la joven se quedaba sin cenar, <br/>pretextando dolor de cabeza, se despedía temprano y había un brillo extraño en sus <br/>pupilas, una impaciencia y un anhelo en sus gestos que él reconocía. Una noche<br/><br/><br/>Page No 119<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 119  <br/><br/>decidió seguirla hasta el final, para terminar con esa situación que amenazaba con <br/>prolongarse indefinidamente. Estaba seguro que Blanca tenía un amante, pero creía <br/>que no podía ser nada serio. Personalmente, Jean de Satigny no tenía ninguna fijación <br/>con la virginidad y no se había planteado ese asunto cuando decidió pedirla en <br/>matrimonio. Lo que le interesaba de ella eran otras cosas, que no se perderían por un <br/>momento de placer en el lecho del río. <br/>Después que Blanca se retiró a su habitación y el resto de la familia también, Jean <br/>de Satigny se quedó sentado en el salón a oscuras, atento a los ruidos de la casa, <br/>hasta la hora que calculó que ella saltaría por la ventana. Entonces salió al patio y se <br/>plantó entre los árboles a esperarla. Estuvo agazapado en la sombra más de media <br/>hora, sin que nada anormal turbara la paz de la noche. Aburrido de esperar, se <br/>disponía a retirarse, cuando se fijó que la ventana de Blanca estaba abierta. Se dio <br/>cuenta que había saltado antes que él se apostara en el jardín a vigilarla. <br/>-Merde -masculló en francés. <br/>Rogando que los perros no alertaran a toda la casa con sus ladridos y que no le <br/>saltaran encima, se dirigió hacia el río, por el camino que otras veces había visto tomar <br/>a Blanca. No estaba acostumbrado a andar con su fino calzado por la tierra arada, ni a <br/>saltar piedras y sortear charcos, pero la noche estaba muy clara, con una hermosa <br/>luna llena iluminando el cielo en un resplandor fantasmagórico y apenas se le pasó el <br/>temor de que aparecieran los perros, pudo apreciar la belleza del momento. Anduvo un <br/>buen cuarto de hora antes de avistar los primeros cañaverales de la orilla y entonces <br/>duplicó su prudencia y se acercó con más sigilo, cuidando sus pisadas para que no <br/>aplastaran ramas que pudieran delatarlo. La luna se reflejaba en el agua con un br illo <br/>de cristal y la brisa mecía suavemente las cañas y las copas de los árboles. Reinaba el <br/>más completo silencio y por un instante tuvo la fantasía de que estaba viviendo un <br/>sueño de sonámbulo, en el cual caminaba y caminaba, sin avanzar, siempre en el <br/>mismo sitio encantado, donde el tiempo se había detenido y donde trataba de tocar los <br/>árboles, que parecían al alcance de la mano, y se encontraba con el vacío. Tuvo que <br/>hacer un esfuerzo para recuperar su habitual estado de ánimo, realista y pragmático. <br/>En un recodo del paisaje, entre grandes piedras grises iluminadas por la luz de la luna, <br/>los vio tan cerca, que casi podía tocarlos. Estaban desnudos. El hombre estaba de <br/>espaldas, cara al cielo, con los ojos cerrados, pero no tuvo dificultad en reconocer al <br/>sacerdote jesuita que había ayudado la misa del funeral de Pedro García, el viejo. Eso <br/>le sorprendió. Blanca dormía con la cabeza apoyada en el vientre liso y moreno de su <br/>amante. La tenue luz lunar ponía reflejos metálicos en sus cuerpos y Jean de Satigny <br/>se estremeció al ver la armonía de Blanca, que en ese momento le pareció perfecta. <br/>Tomó casi un mimito al elegante conde francés abandonar el estado de ensueño en <br/>que lo sumió la vista de los enamorados, la placidez de la noche, la luna y el silencio <br/>del campo, y darse cuenta de que la situación era más grave de lo que había <br/>imaginado. En la actitud de los amantes reconoció el abandono propio de quienes se <br/>conocen de muy largo tiempo. Aquello no tenía el aspecto de una aventura erótica de <br/>verano, como había supuesto, sino más bien de un matrimonio de la carne y el <br/>espíritu. Jean de Satigny no podía saber que Blanca y Pedro Tercero habían dormido <br/>así el primer día que se conocieron y que continuaron haciéndolo cada vez que <br/>pudieron a lo largo de esos años, sin embargo, lo intuyó por instinto. <br/>Procurando no hacer ni el menor ruido que pudiera alertarlos, dio media vuelta y <br/>emprendió el regreso, pensando cómo enfrentar el asunto. Al llegar a la casa, ya había <br/>tomado la decisión de contárselo al padre de Blanca, porque la ira siempre pronta de <br/>Esteban Trueba le pareció el mejor medio para resolver el problema. «Que se las <br/>arreglen entre los nativos», pensó.<br/><br/><br/>Page No 120<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 120  <br/><br/>Jean de Satigny no esperó la mañana. Golpeó la puerta de la habitación de su <br/>anfitrión y antes que éste alcanzara a despabilarse completamente del sueño, le zampó <br/>su versión. Dijo que no podía dormir por el calor y que, para tomar aire, había <br/>caminado distraídamente en dirección al río y se había encontrado con el deprimente <br/>espectáculo de su futura novia durmiendo en brazos del jesuita barbudo, desnudos a la <br/>luz de la luna. Por un momento, eso despistó a Esteban Trueba, que no podía imaginar <br/>a su hija acostada con el padre José Dulce María, pero enseguida se dio cuentas de lo <br/>que había pasado, de la burla de que había sido objeto durante el entierro del viejo y <br/>de que el seductor no podía ser otro que Pedro Tercero García, ese maldito hijo de <br/>perra que lo tendría que pagar con su vida. Se puso los pantalones a toda prisa, se <br/>calzó las botas, se echó la escopeta al hombro y descolgó de la pared su fusta de <br/>jinete. <br/>-Usted me espera aquí, don -ordenó al francés, quien de todos modos no tenía <br/>ninguna intención de acompañarlo. <br/>Esteban Trueba corrió al establo y se montó en su caballo sin ensillarlo. Iba <br/>resoplando de indignación, con los huesos soldados reclamando por el esfuerzo y el <br/>corazón galopándole en el pecho. «Los voy a matar a los dos» rezongaba como una <br/>letanía. Salió a la carrera en la dirección que había señalado el francés, pero no tuvo <br/>necesidad de llegar hasta el río, porque a medio camino se encontró con Blanca que <br/>regresaba a la casa canturreando, con el pelo desordenado, la ropa sucia, y ese aire <br/>feliz de quien no tiene nada que pedirle a la vida. Al ver a su hija, Esteban Trueba no <br/>pudo contener su mal carácter y se le fue encima con el caballo y la fusta en el aire, la <br/>golpeó sin piedad, propinándole un azote tras otro, hasta que la muchacha cayó y <br/>quedó tendida inmóvil en el barro. Su padre saltó del caballo, la sacudió hasta que la <br/>hizo volver en sí y le gritó todos los insultos conocidos y otros inventados en el <br/>arrebato del momento. <br/>-¡Quién es! ¡Dígame su nombre o la mato! -le exigió. <br/>-No se lo diré nunca -sollozó ella. <br/>Esteban Trueba comprendió que ése no era el sistema para obtener algo de esa hija <br/>suya que había heredado su propia testarudez. Vio que se había sobrepasado en el <br/>castigo, como siempre. La subió al caballo y volvieron a la casa. El instinto o el <br/>alboroto de los perros, advirtieron a Clara y a los sirvientes, que esperaban en la <br/>puerta con todas las luces encendidas. El único que no se veía por ninguna parte, era <br/>el conde, que en el tumulto aprovechó para hacer sus maletas, enganchó los caballos <br/>al coche y se fue discretamente al hotel del pueblo. <br/>-¡Qué has hecho, Esteban, por Dios! -exclamó Clara al ver a su hija cubierta de <br/>barro y sangre. <br/>Clara y Pedro Segundo García llevaron a Blanca en brazos a su cama. El <br/>administrador había empalidecido mortalmente, pero no dijo ni una sola palabra. Clara <br/>lavó a su hija, le aplicó compresas frías en los moretones y la arrulló hasta que <br/>consiguió tranquilizarla. Después que la dejó dormitando, fue a enfrentarse con su <br/>marido, que se había encerrado en su despacho y a llí paseaba furioso dando golpes <br/>con la fusta a las paredes, maldiciendo y pateando los muebles. Al verla, Esteban <br/>dirigió toda su furia contra ella, la culpó de haber criado a Blanca sin moral, sin <br/>religión, sin principios, como una atea libertina, peor aún, sin sentido de clase, porque <br/>se podía entender que lo  hiciera con alguien bien nacido, pero no con un patán, un <br/>gaznápiro, un cerebro caliente, ocioso, bueno para nada.<br/><br/><br/>Page No 121<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 121  <br/><br/>-¡Debí haberlo matado cuando se lo prometí! ¡Acostándose con mi propia hija! ¡Juro <br/>que lo voy a encontrar y cuando lo agarre lo capo, le corto las bolas, aunque sea lo <br/>último que haga en mi vida, juro por mi madre que se va a arrepentir de haber nacido! <br/>-Pedro Tercero García no ha hecho nada que no hayas hecho tú -dijo Clara, cuando <br/>pudo interrumpirlo-. Tú también te has acostado con mujeres solteras que no son de <br/>tu clase. La diferencia es que él lo ha hecho por amor. Y Blanca también. <br/>Trueba la miró, inmovilizado por la sorpresa. Por un instante su ira pareció <br/>desinflarse y se sintió burlado, pero inmediatamente una oleada de sangre le subió a la <br/>cabeza. Perdió el control y descargó un puñetazo en la cara a su mujer, tirándola <br/>contra la pared: Clara se desplomó sin un grito. Esteban pareció despertar de un <br/>trance, se hincó a su lado, llorando, balbuciendo disculpas y explicaciones, llamándola <br/>por los nombres tiernos que sólo usaba en la intimidad, sin comprender cómo había <br/>podido levantar la mano a ella, que era el único ser que realmente le importaba v a <br/>quien jamás, ni aun en los peores momentos de tu vida en común, había dejado de <br/>respetar. La alzó en brazos, la sentó amorosamente en un sillón, mojó un pañuelo para <br/>ponerle en la frente y trató de hacerla beber un poco de agua. Por último, Clara abrió <br/>los ojos. Echaba sangre por la nariz. Cuando abrió la boca, escupió varios dientes, que <br/>cayeron al suelo y un hilo de saliva sanguinolenta le corrió por la barbilla y el cuello. <br/>Apenas Clara pudo enderezarse, apartó a Esteban de un empujón, se puso de pie <br/>con dificultad y salió del despacho, tratando de caminar erguida. Al otro lado de la <br/>puerta estaba Pedro Segundo García, que alcanzó a sujetarla en el momento que <br/>trastabillaba. Al sentirlo a su lado, Clara se abandonó. Apoyó la cara tumefacta en el <br/>pecho de ese hombre que había estado a su lado durante los momentos más difíciles <br/>de su vida, y se puso a llorar. La camisa de Pedro Segundo García se tiñó de sangre. <br/>Clara no volvió a hablar a su marido nunca más en su vida. Dejó de usar su ape llido <br/>de casada y se quitó del dedo la fina alianza de oro que él le había colocado más de <br/>veinte años atrás, aquella noche memorable en que  Barrabás murió asesinado por un <br/>cuchillo de carnicero. <br/>Dos días después, Clara y Blanca abandonaron Las Tres Marías y regresaron a la <br/>capital. Esteban quedó humillado y furioso, con la sensación de que algo se había roto <br/>para siempre en su vida. <br/>Pedro Segundo fue a dejar a la patrona y a su hija a la estación. Desde la noche <br/>aquella, no había vuelto a verlas y permanecía silencioso y huraño. Las acomodó en el <br/>tren y después se quedó con el sombrero en la mano, los ojos bajos, sin saber cómo <br/>despedirse. Clara lo abrazó. Al principio él se mantuvo rígido y desconcertado, pero <br/>pronto lo vencieron sus propios sentimientos y se atrevió a rodearla tímidamente con <br/>los brazos y depositar un beso imperceptible en su pelo. Se miraron por última vez a <br/>través de la ventanilla y los dos tenían los ojos llenos de lágrimas. El fiel administrador <br/>llegó a su casa de ladrillos, hizo un bulto con sus escasas pertenencias, envolvió en un <br/>pañuelo el poco dinero que había podido ahorrar en todos esos años de servicio y <br/>partió. Trucha lo vio despedirse de los inquilinos y montar en su caballo. Trató de <br/>detenerlo explicándole que lo que había ocurrido no tenía nada que ver con él, que no <br/>era justo que por las culpas de su hijo perdiera el trabajo, los amigos, la casa y su <br/>seguridad. <br/>-No quiero estar aquí cuando encuentre a mi hijo, patrón -fueron las últimas <br/>palabras de Pedro Segundo García antes de partir al trote hacia la carretera. <br/>¡Qué solo me sentí entonces! Ignoraba que la soledad no me abandonaría nunca <br/>más y que la única persona que volvería a tener cerca de mí en el resto de mi vida,<br/><br/><br/>Page No 122<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 122  <br/><br/>sería una nieta bohemia y estrafalaria, con el pelo verde como Rosa. Pero eso sería <br/>varios años más tarde. <br/>Después de la partida de Clara, miré a mi alrededor y vi muchas caras nuevas en <br/>Las Tres Marías. Los antiguos compañeros de ruta estaban muertos o se habían <br/>alejado. Ya no tenía a mi mujer ni a mi hija. El contacto con mis hijos era mínimo. <br/>Habían fallecido mi madre, mi hermana, la buena Nana, Pedro García, el viejo. Y <br/>también Rosa me vino a la memoria como un inolvidable dolor. Ya no podía contar con <br/>Pedro Segundo García, que estuvo a mi lado durante treinta y cinco años. Me dio por <br/>llorar. Se me caían solas las lágrimas y me las sacudía a manotazos, pero venían otras. <br/>¡Váyanse todos al carajo!, bramaba yo por los rincones de la casa. Me paseaba por los <br/>cuartos vacíos, entraba al dormitorio de Clara y buscaba en su ropero y en su cómoda <br/>algo que ella hubiera usado, para acercármelo a la nariz y recuperar, aunque fuera por <br/>un momento fugaz, su tenue olor a limpieza. Me tendía en su cama, hundía la cara en <br/>su almohada, acariciaba los objetos que había dejado sobre el tocador y me sentía <br/>profundamente desolado. <br/>Pedro Tercero García tenía toda la culpa de lo que había pasado.  Por él se había <br/>alejado Blanca de mi lado, por él yo había discutido con Clara, por él se había ido del <br/>fundo Pedro Segundo, por él los inquilinos me miraban con recelo y cuchicheaban a <br/>mis espaldas. Siempre había sido un revoltoso y lo que yo debí hacer desde el principio <br/>era echarlo a patadas. Dejé pasar el tiempo por respeto a su padre y a su abuelo y el <br/>resultado fue que ese mocoso de porquería me quitó lo que más amaba en el mundo. <br/>Fui al retén del pueblo y soborné a los carabineros para que me ayudaran a buscarlo. <br/>Les di orden de no meterlo preso, sino de entregármelo sin alboroto. En el bar, en la <br/>peluquería, en el club y en el Farolito Rojo, eché a correr la voz de que había una <br/>recompensa para quien me entregara al muchacho. <br/>-Cuidado, patrón. No se ponga a hacer justicia por su propia mano, mire que las <br/>cosas han cambiado mucho desde los tiempos de los hermanos Sánchez -me <br/>advirtieron. Pero yo no quise escucharlos. ¿Qué habría hecho la justicia en ese caso? <br/>Nada. <br/>Pasaron como quince días sin ninguna novedad. Salía a recorrer el fundo, entraba en <br/>las propiedades vecinas, espiaba a los inquilinos. Estaba convencido que me escondían <br/>al muchacho. Subí la recompensa y amenacé a los carabineros con hacerlos destituir, <br/>por incapaces, pero todo fue inútil. Con cada hora que pasaba me aumentaba la rabia. <br/>Comencé a beber como nunca lo había hecho, ni en mis años de soltería. Dormía mal y <br/>volví a soñar con Rosa. Una noche soñé que la golpeaba como a 'Clara y que sus <br/>dientes también rodaban por el suelo, desperté gritando, pero estaba solo y nadie me <br/>podía oír. Estaba tan deprimido, que dejé de afeitarme, no me cambiaba ropa, creo <br/>que tampoco me bañaba. La comida me parecía agria, tenía un sabor de bilis en la <br/>boca. Me rompí los nudillos golpeando las paredes y reventé un caballo galopando para <br/>espantar la furia que me estaba consumiendo las entrañas. En esos días nadie se me <br/>acercaba, las empleadas me servían la mesa temblando, lo cual me ponía peor. <br/>Un día estaba en el corredor, fumando un cigarro antes de la siesta, cuando se <br/>acercó un niño moreno y se me plantó al frente en silencio. Se llamaba Esteban García. <br/>Era mi nieto, pero yo no lo sabía y sólo ahora, debido a las terribles cosas que han <br/>ocurrido por obra suya, me he enterado del parentesco que nos une. Era también nieto <br/>de Pancha García, una hermana de Pedro Segundo, a quien en realidad no recuerdo. <br/>-¿Qué es lo que quieres, mocoso? -pregunté al niño. <br/>-Yo sé dónde está Pedro Tercero García -me respondió.<br/><br/><br/>Page No 123<br/><br/>La casa de los espíritus  <br/>Isabel Allende  <br/><br/> 123  <br/><br/>Di un salto tan brusco que se volteó el sillón de mimbre donde estaba  sentado, <br/>agarré al muchacho por los hombros y lo zarandeé. <br/>-¿Dónde? ¿Dónde está ese maldito? -le grité. <br/>-¿Me va a dar la recompensa, patrón? -balbuceó el niño aterrorizado. <br/>-¡La tendrás! Pero primero quiero estar seguro de que no me mientes. ¡Vamos, <br/>llévame donde está ese desgraciado! <br/>Fui a buscar mi escopeta y salimos. El niño me indicó que teníamos que ir a caballo, <br/>porque Pedro Tercero estaba escondido en el aserradero de los Lebus, a varias m illas <br/>de Las Tres Marías. ¿Cómo no se me ocurrió que estaría allí: Era un 