Costumbres.
Somos animales de costumbres dicen. Es curioso cómo nos acostumbramos a las cosas y no nos gusta que cambien. Nos fastidia que cierren nuestra cafetería habitual, que trasladen nuestro kiosco, que reorganicen las tiendas y supermercados a los que acudimos normalmente... Y si se trata de personas, peor todavía.
Últimamente se están yendo de mi vida, o alejando algo, bastantes personas. Algunas muy cercanas, a las que me está costando mucho decir adios.
Otras, son conocidos, pero con los que he conectado, que se han hecho parte de algunas de mis rutinas. A estos los echaré mucho de menos, aunque ellos no se den cuenta o no lo entiendan, porque nuestros contactos hayan sido esporádicos. Pero son personas que han hecho por mí algo muy importante, y no se han dado cuenta. Sólo por estar ahí y ser como son han contribuido bastante a mi reconciliación con el pasado, para hacer posible y más fácil mi presente.
La gran mayoría de ellos se han ido porque han encontrado algo mejor, para su vida personal, profesional o ambas, y me alegro muchísimo por ellos, pero eso no resta que sienta algo de pesar, porque sé que, aunque se queden cerca, no será lo mismo.
Además, a ellos se unirán pronto otros, no por su partida, si no por mi traslado. Y sé que algunos quedarán y seguiré viéndolos, pero el resto se perderá entre aquellos que un tiempo vi a diario...
No me gustan las despedidas y no me acostumbro nunca a que personas que aprecio desaparezcan de mi vida. Sé que cada uno debe tomar su camino, pero me resisto a convertir a personas en meras paradas de descanso, ojeadas al interior de la casa cerrada.
Sé que no puedo hacer nada, pero lo intento todo, a veces funciona, a veces consigues seguir la pista y que te la sigan a ti. Porque no me gusta poner fecha de caducidad a las amistades, porque amigos de verdad hay muy pocos, pero hay muchos que podrían llegar a serlo si nos diéramos mutuamente la oportunidad. Pero es duro arriesgar cuando sabes que te marchas.
Supongo que es la vida. Pero no por eso va a dejar de fastidiar. Supongo que no me acostumbraré nunca. Y, que no lo haga, será una buena noticia. El resto, el tiempo lo dirá.
Últimamente se están yendo de mi vida, o alejando algo, bastantes personas. Algunas muy cercanas, a las que me está costando mucho decir adios.
Otras, son conocidos, pero con los que he conectado, que se han hecho parte de algunas de mis rutinas. A estos los echaré mucho de menos, aunque ellos no se den cuenta o no lo entiendan, porque nuestros contactos hayan sido esporádicos. Pero son personas que han hecho por mí algo muy importante, y no se han dado cuenta. Sólo por estar ahí y ser como son han contribuido bastante a mi reconciliación con el pasado, para hacer posible y más fácil mi presente.
La gran mayoría de ellos se han ido porque han encontrado algo mejor, para su vida personal, profesional o ambas, y me alegro muchísimo por ellos, pero eso no resta que sienta algo de pesar, porque sé que, aunque se queden cerca, no será lo mismo.
Además, a ellos se unirán pronto otros, no por su partida, si no por mi traslado. Y sé que algunos quedarán y seguiré viéndolos, pero el resto se perderá entre aquellos que un tiempo vi a diario...
No me gustan las despedidas y no me acostumbro nunca a que personas que aprecio desaparezcan de mi vida. Sé que cada uno debe tomar su camino, pero me resisto a convertir a personas en meras paradas de descanso, ojeadas al interior de la casa cerrada.
Sé que no puedo hacer nada, pero lo intento todo, a veces funciona, a veces consigues seguir la pista y que te la sigan a ti. Porque no me gusta poner fecha de caducidad a las amistades, porque amigos de verdad hay muy pocos, pero hay muchos que podrían llegar a serlo si nos diéramos mutuamente la oportunidad. Pero es duro arriesgar cuando sabes que te marchas.
Supongo que es la vida. Pero no por eso va a dejar de fastidiar. Supongo que no me acostumbraré nunca. Y, que no lo haga, será una buena noticia. El resto, el tiempo lo dirá.





