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Diario de un Alma Hipotecada
¿Alguno de vosotros tenía sueños y esperanzas?, yo también, los dejé al otro lado.
Acerca de
Tengo 32(+1) años, que se le va hacer, y todo lo que soñé o pensé acerca de la vida que me esperaba se quedó en la esquina de no se que año, por que, estoy seguro, yo no lo dejé pasar. Tengo mis sueños incumplidos por ahí, en cualquier cajón, pero me temo que van a caducar si no les presto la atención que se merecen.
Ahora estoy leyendo:

El hijo del acordeonista

De Bernardo Atxaga

Sindicación
 
Me traslado
Después de un par de meses debajo de la manta me traslado. He vuelto a activar mi antiguo dominio y me he puesto allí un blog más sencillito y más rápido, además de colgar de nuevo todos mis cuentos y demás historias por si alguien gusta.

La nueva dirección es http://www.garvidal.com/blog . Además en www.garvidal.com podréis encontrar cuentos, poemas y demás historias.

Espero veros por allí. Muchos saludos, nos leemos.

Bribón de Sombras.
 
Eva
A Eva se le marchitaban las mañanas como melocotones al sol, sin dar más razón que el lacerante abandono al tiempo, la lánguida rampa en la que dejaba resbalar sus momentos de vida sin intensidad con sonrisas prendidas de alfileres y pieles insensibles al frío de la aurora, caricias ya olvidadas y tercos despertares llenos de ecos en las esquinas de su cama, perdidos sus sueños entre los pliegues de las sábanas que eran las únicas manos que la abrazaban desde hacía un millón de suspiros. Se dejaba llevar entre una multitud de cuerpos sin rostros, sudorosos sauces que plantaban sus ramas a lo largo de los vagones del metro, y, cuando los túneles voraces bamboleaban su cuerpo contra la fría pared de latón y acero, tan solo el crujir de su propia alma rota despertaba a Eva de su ensoñación para ser vomitada entre otros mil a un andén donde los silencios de la masa la arropaban dándole un espacio no vació para no soñar, a remolque de las escaleras mecanizadas, y luego, deslumbrada por un sol traidor, se dejaba acariciar por el frío viento que regaba las calles de hojarasca otoñal. La sensación de sentirse perdida desaparecía al acostumbrase su mirada a la cegadora luz, como una mentira aprendida, se dejaba empujar de nuevo hasta un edificio gris en el que, tras escalar sus entrañas, la arrojaba a una mesa inválida e inundada de mil asuntos pendientes de abandono y otros cientos escondidos en los cajones junto a fotos ya amarillentas de otros momentos que le fueron más propicios que los vientos de otoño. Eva tomaba el agrio café de la tristeza con dos terrones de azúcar y algo de leche, junto a la soledad del zumbido de la máquina expendedora de bocadillos y el grifo de agua sabor yeso que se anunciaba en los pasillos vigorosos de su empresa. Con voz de contestador dibujaba las llamadas que el teléfono le regalaba, hasta dejarse perder entre sus recuerdos y sus deseos, alentando a su alma a seguir despierta una mañana mas, aunque, finalmente, a Eva se le marchitaban las mañanas.

Cuando el reloj se dejaba vencer por el tiempo, levantaba su mirada a la tarde incipiente y virgen, y gustaba de imaginar citas, llamadas, reuniones, encuentros, pero, como cada tarde, dejaba las mondas marchitas de la mañana sobre su mesa, se calzaba su vida y su abrigo, y salía a respirar el viciado aire de la ciudad que la exhortaba a marcharse a vivir si quería vivir, retornaba a la madriguera del metro y se dejaba, otra vez, violar en su espacio mínimo por otros seres para poder llegar cansada a casa, donde la esperaba un oscuro silencio que impregnaba las paredes con sombras húmedas y solitarias. La televisión gritaba mentiras estudiadas al salón en el que ella abandonaba su cuerpo sobre el sofá, la música asíncrona de la calle se poblaba de motores y enloquecidos rumores que florecían en las esquinas, y las persianas de los comercios al topar con el suelo, componían una sinfonía que le impedía abandonarse al silencio. Finalmente el sueño la encontraba encogida sobre el sofá, con una breve manta de viaje acosando su plegado cuerpo y abrazada a un cojín de plumas que se transformaba en un amante silencioso y fiel, ciego y mudo, pero dulce y amable.

Eva se despertaba entrada la noche en las ventanas, pintando de negro las persianas que la tarde había enrojecido. Se desperezaba y, arrastrando la manta y el cojín, reptaba hasta la cama donde la esperaba una nueva noche llena de secretos intangibles, y Eva se preguntaba donde estaba la vida que le prometieron cuando era niña, con la boca llena de azúcar y miel, y los abrazos de una madre que marchitó, como los melocotones al sol, como marchitaban sus mañanas.
 
Necesidades.
El otro día, sin otra cosa más interesante que hacer, o quizá con miles de cosas más interesantes pero menos apetecibles que hacer, me senté, en silencio, para precisar cuales son, realmente, mis necesidades. Y es que a lo largo de estos años de vida itinerante he ido almacenando una centena de objetos que, en su día, me parecieron total y absolutamente precisos y que, ahora, no se donde meterlos... bueno, se me ocurre un buen sitio, la basura. Y es que, de repente, me he dado cuenta de que lo guardo todo, que locura, entradas de cine, panfletos publicitarios, revistas a medio leer, todo eso que se hace provisionalmente definitivo cuando dices "mañana" o "después". Me di cuenta del ansia por almacenar que tenemos los humanos, por ejemplo los libros, a veces un amigo te deja un libro, lo lees, te gusta y lo compras... aunque quizá ya lo hayas leído, pero te gusta tenerlo en la estantería... y que decir del cine, es una perdición, películas que te gustaron y que sin dudar compras en DVD... aunque bueno, alguna noche de total inapetencia televisiva (las más) siempre puedes volver a tu colección de "clásicos". Y la inapelable tiranía de los regalos, te gusten o no, hay que tener a la vista del regalador para su propio disfrute... y aquellos que pueden caerse "accidentalmente" tienen una solución a corto plazo, pero los irrompibles... y no hablemos de los regalos de madrina de las bodas, al menos al ser hombre y me libro en un 90%, un puro y para casa. Juegos de Café, cuberterías, mantelerías, sábanas, cristalerías... ¿de donde diablos he sacado yo para poner una tienda?.

Bien pues, al final, siempre uso la misma vajilla, la más normal, los vasos son, como en toda españa, los que regalaba Nocilla (me refiero al modelo, claro, ja ja ja), las sábanas las más cómodas y me paso la vida sin abrir los armarios llenos de loza y demás enseres que ni siquiera recuerdo, me siento rodeado por cosas que no preciso, que no necesito, y, al final, he decidido que, lo único que realmente requiero para vivir es una casa luminosa, una cama cómoda, un sofá agradable, un sitio para leer o para escuchar música, una librería bien surtida cerca, un videoclub del mismo modo, un cine, alguien con quien hablar tomando un café (ojalá la vida fuese un anuncio de Nescafé) y despertarme cinco minutos antes de que suene el despertador, una conexión a internet y poder viajar unas cuantas veces al año a cualquier sitio.

Y poco más, no creaís, no necesito de un coche caro, ni vivir en el centro, no preciso ropa de marca ni el último modelo de viceroy en mi muñeca, me da igual como vistan los ídolos del futbol (y el futbol) incluso (con lo que yo he sido, que lástima) no quiero un Pentium mil a diez mil, ni bajarme todas las películas de internet del mundo para tenerlas almacenadas como si fuesen galletas. Quizá la vida, cada día, sea más complicada por que nos empeñamos nosotros en complicarla, ¿quién necesitaba un teléfono con quince años?, ahora hay teléfonos móviles que llevan personas colgando, a cualquier hora, de cualquier edad, nos crean necesidades y entramos en su juego. Buscaré mis necesidades reales, las que me dan paz, tranquilidad y sabiduría, y las demás, las que pueda, las dejaré, ahi al borde del plato, por que nunca se sabe cuando vas a querer probar otros sabores, ¿no?.

En realidad, al final, lo único que todos necesitamos es una brisa fuerte que nos de empuje, para que las velas de nuestros barcos nos lleven hacia delante, entre las olas.
 
Dos semanas.
Llevo dos semanas debajo de las sábanas, lo se, pero no puedo evitarlo. A veces, sin venir a cuento, me pierdo. Quizá sea una mera excusa para tener que encontrarme y reorganizar un poco este desastre de vida que me llevo, pero, sea como sea, el caso es que de vez en cuando, sin ningúna causa en particular, no me apetece escribir, ni leer, ni casi respirar, como si la vida le pesara a uno demasiado. Y, si cabe, te es más dificil reincorporarte al ocio activo después de esta época. Por que, de repente, te enquistas frente al televisor y te vacías la mente con programas que, en épocas normales ni te llamarían la anteción. Será la primavera.

Y es que, esta obligación de ser feliz en primavera la llevo fatal, todo el mundo con una cara como la fotocopia de un joker y yo con una pinta de ajo tierno que no tiene nombre, pero claro, acostumbrado a las ciudades con dos estaciones (si contamos la de tren y la de autobus, el invierno y el verano) ahora esto de encontrarme en un sitio con primavera me desorienta totalmente. Yo antes pasaba del gorro de lana al pantalón corto sin dilación, ahora me encuentro con tardes a temperatura perfecta, noches fresquitas y mañanas agradables... y no se donde meterme. En un par de años me acostumbro, seguro. Y, aparte, la distancia.

Antes yo vivía solo a cuatrocientos kilómetros de mi Hada de ojos verdes, ahora vivo mucho más lejos, a cuatrocientos kilómetros, y es que conforme pasa el tiempo se alarga la distancia y se empalaga más la soledad. No sabía yo que mi cama era tan grande y que, durante la noche, hubiera tanto eco entre las sábanas. Y es que los duendes no somos nada sin las hadas, los piratas sin las princesas, las marionetas sin los mascarones de proa, y cada vez, cada instante, los kilómetros tienen más metros y el tiempo pasa más despacio.

Por lo demás me he reencontrado. Estaba en un cajón, junto a un montón de historias sin terminar, como siempre, las cosas están en el último lugar donde se buscan.

Ahora a programar. Este fin de semana un concierto de REM en Torrevieja, el fin de semana siguiente una escapada a Málaga con los Amigos, la siguiente a enterrarme entre los labios de mi hada... parece que ya amanece, es cuestión, tan solo, de esperar a que salga el sol.

Ahora a trabajar, que me despisto. Besos.
 
Sonriendo
Verónica camina despacio. Siempre lo hace. Le gusta ver como el suelo pasa bajo sus pies, como si el mundo entero girase bajo ella. A Verónica le gusta pensar que el mundo participa de todos los pasos de la gente que camina sobre él, y que, finalmente, gira empujado por miles de personas que, como ella, caminan despacio. A Verónica le gusta caminar. Le horroriza viajar amontonada en autobuses sudorosos, prefiere poder oler el jazmín que se le presenta en primavera, el azahar que la rodea al pasar por los jardines cargados de naranjos, le gusta caminar despacio para no dañar con su tic tac el ritmo al que el mundo gira bajo sus pies, Verónica no sabe que alguien la observa cada mañana, mientras ella camina despacio atravesando la plaza del Salvador, no siente los ojos de piedra que, día tras día, se cruzan con ella, al caminar, al mover el mundo, despacio, tic, tac, bajo sus tacones, bajo sus pies. Ella no cree que nadie detenga su vida ni un momento para mirarla, se piensa a si misma como un ser transparente de miradas, que camina despacio, cada mañana, hasta llegar a su pequeña herboristería junto a la Catedral. Se piensa invisible, etérea, a veces, incluso, tienen miedo a evaporarse del mundo y que nadie note su ausencia, por eso Verónica camina despacio, para evitar que un tropiezo la transforme en humo y desaparezca sin un recuerdo. Siempre sonríe mientras camina, por si alguien la mirara algún día la viera sonreír, piensa que la gente que sonríe es más hermosa, otros pueden parecer misteriosos, serios, aburridos, pero si sonríes eres hermoso, le gusta la gente que sonríe cuando camina, los que llevan la mirada entre recuerdos, los que sonríen al azar cuando ven algo hermoso, pero, sobre todo, la sonrisa de la gente que camina despacio para mover el mundo bajo sus pies y sonríe. A Verónica le gustan las sonrisas.

A Sergio le gusta escuchar los pasos de la gente por la mañana, cuando caminan cerca de su puesto de Flores, en la plaza del Salvador. Le gusta el ritmo que marcan sobre el empedrado, los diferentes tonos según la suela del calzado, el rebote sobre las plantas de los pies de las chicas que calzan sandalias, el andar sigiloso de los tímidos, y el ruidoso de los necios, el fuerte chirrido de los tacones de aguja que arañan la tierra, y el amable martilleo de los tacones de Verónica. Sergio no sabe como se llama, no se atrevería a preguntárselo ni en un millón de años, de echo, para él, solo existe mientras, cada mañana, sonriendo, ella atraviesa la plaza del salvador, siempre con el mismo ritmo, caminando despacio, hasta que la pierde de vista más allá de la calle platerías. Él también le sonríe, pero para ella es como si no existiera, como si solo mirase a los que caminan, como si, aquel rostro inserto dentro del puesto de flores no fuera más que una estatua, con la mirada fija sobre ella, una mirada fría, de piedra, que se pierde tras su caminar tranquilo, cada mañana, hasta la calle platería. A Sergio le gusta escuchar los pasos de la gente, cada mañana, hasta que la vida se hace brusca y el ruido del día tapa y oculta los de los pasos, de la gente, que, tranquila, camina sonriendo y moviendo el mundo bajo sus pies.