La vida perra de Juanita Narboni
Por justificarlo de alguna manera, digamos que, el destino es como un sobre sorpresa:
Nunca sabes que te vas a encontrar dentro hasta que no lo abres.
Eso mismo nos ocurrió cuando aceptamos la invitación que Youseff nos hizo en nuestra visita a Tánger para ver una película en el cine. ¿Una película marroquí? Sí, eso mismo. Pensé que no iba a enterarme de nada, sobre todo porque mis nociones de árabe son mínimas. Al fin y al cabo era una peli y aceptamos, pensando aquello de una imagen vale más que mil palabras, al menos veríamos imágenes del desconocido cine marroquí.
Imaginando lo expuesto, mientras unas -las más presumidas- se reparaban los pelos, otras -nosotras- ibamos allá ataviadas con cualquier cosa al punto de encuentro acordado, para ir con Juseff al cine. La supuesta película la proyectaban en el veterano cine Roxy.
De nuevo los vínculos familiares afloraban a mi cabeza y daban una forma especial al entorno: En este mismo cine una tía mía trabajó, de joven, en la taquilla.
Youseff es un personaje muy peculiar. Alto, de espalda ancha y fuerte, tez aceitunada clara, de cabello negro, corto, recio y ensortijado y con un gesto amable y duro a la vez. Youseff está vinculado al mundillo del cine, pero no sabíamos exactamente a qué se dedicaba. Según su prima, -la fabulosa intérprete en nuestros paseos por el zoco-, Youseff es un actor de segunda y hace pelis de risa.
Pelis de risa en árabe, menuda cosa rara pá mi mente, y es que el sonido del árabe no es precisamente aterciopelado, -como el francés, por citar un idioma agradable a mi oído- y menos sentirlo cómico.
No tengo ese chip por culpa de la prensa y los medios de comunicación. Este podría ser el motivo: No veo ni en prensa, ni en televisión un árabe riendo. Es rarísimo verlo. ¿Alguien me puede decir si salen? Porque aunque no lo creamos, ellos también ríen.
El asombro iba in crescendo, cerca del cine veíamos mucho movimiento de gente, mezcla fan cinéfilo con una sutil pincelada árabe, que confunde. Nuestro anfitrión, elegantemente vestido con un fino traje negro con diminutas líneas blancas, combinado a la talla del personaje, me recordaba a un guardaespaldas mafioso de los años 20 con cara de bueno y sin sombrero. No la hacía falta.
La gente se aglutinaba en las inmediaciones del cine, en la calle Fernando de Portugal, como si algo hubiera ocurrido. ¿Qué pasaría? ¿Porqué hay tanto lío?
No ibamos a ver una película, no. Estabamos, sin comerlo ni beberlo en la entrega de lo que podríamos llamar los Goya marroquíes.
Entrábamos de lleno al 8º Festival Nacional de Cine de Marruecos, pisando esa alfombra roja rodeada de policías y vallas que separaban el glamour magrebí del pueblo, y nosotras.... con estos pelos y esas pintas. A decir verdad, tanto Nosotras, con esas pintas de actrices postmodernas y Youseff, nuestro guardaespaldas particular, le echamos cara al asunto (él mucha más, porque nosotras eramos las invitadas) y nos colamos, entre tanta gente y tanta cámara de foto, con tres invitaciones de ese cine en el bolsillo. Cada vez más gente, más empujones y achuchones para poder abrirnos paso a pesar de la vigorosidad y corpulencia de Youseff, a duras penas logramos entrar.
El cine es de corte clásico, con un largo pasillo y al final a la derecha una escalera que se abría en dos, adornada con una barandilla lustrosa de dorado. Todo repleto de gente elegante. Hombres con ropa europea y mujeres, -algunas muy hermosas-, ataviadas de finas prendas, glamurosas y portando siempre un complemento que indicaba su origen árabe (pañuelo en la cabeza, kaftan largo, mucho dorado, mangas anchas, telas muy finas y caídas...), siempre llevaban algo. Por supuesto con la cara descubierta (no es tan usual aquí, al menos en ciudades grandes, hablo sólo de Marruecos ). Allí todos juntos: actores, productores, directores... incluso militares y dos ministros... Y nosotras con esos pelos y esas pintas.
El acceso de la gente a la sala fué como si un enorme grupo de hooligans irlandeses entraran a la vez a través de una puerta, más estrecha que la de un servicio en un bar de Chueca, a lo bestia. La gente "esa" eran los actores, los distribuidores de películas, el jurado, los productores y demás, no el público. Y nosotras allí, sobrevivimos.
¿Dónde nos sentábamos? Youseff se encargó de ubicarnos en los asientos reservados para el equipo de filmación de la película "Marock" (sugerente y original título para una peli marroquí). Para comunicarme con Youseff me ví obligada a chapurrear mi olvidado francés. Por suerte el que tiene, retiene...Le pregunté si el pertenecía al equipo de la película, y la respuesta, a mi entender fué algo esquiva. Sobre todo cuando vimos anonadadas como arrancaba de "nuestros" asientos la leyenda de la película. No más de diez minutos permanecimos en los asientos. Apareció el equipo VIP de la película y Youseff nos pidió que nos levantaramos y acercaramos hacia las butacas más adelantadas. Así, de nuevo, nos vimos sentadas en otro equipo de filmación. Esta vez duramos menos y de nuevo, en pié, en busca de un lugar para sentarnos. Dando el cante por las pintas, y de asiento en asiento pirateando butacas libres. Al final terminamos sentadas en quinta fila, exactamente representando al Ministerio de Finanzas (toma ya, Economía nacional). El principal canal de televisión marroquí emitía la entrega de premios en directo y nosotras con esos pelos y ... esas pintas.
Entre la marabunta que nos aplastó literalmente en el momento de acceder a la sala de cine, ví un actor español conocido pero que en esos momentos no logré recordar su nombre (para los nombres artísticos soy un desastre) y casualmente ocupaba butaca en la única película con título en español:
. Y es que, como digo, el destino es muy curioso; El en cine Roxy, una pelicula con el nombre de mi tía la misma que había trabajado allí, de taquillera, hace más de cuarenta años y yo ahí, comiendome ese cúmulo de casualidades que sólo el destino puede dibujar.
Juanita de Tánger es una coproducción hispano-magrebí, que estará en la gran pantalla de cine la próxima primavera, dirigida por una directora de cine marroquí, Farida Benlyazid. Basada en el libro de Angel Vázquez titulado,
. En el se desarrolla la historia de una chica, hija de un inglés de Gibraltar y de una andaluza (casualmente igual que mis abuelos maternos) que se desenvuelve y crece en esa linda mezcla que significó la ciudad de Tánger internacional de los años 40. El libro, que estoy deseando leer, es precioso, según me dijo aquel actor español, Francisco Algora, con el tuve oportunidad de hablar posteriormente de regreso, en el Hotel donde estaban los acreditados del Festival de Cine.
El autor del libro es nacido en Tánger -también- y fué
premio Planeta en el año 1962 con otra publicación.
La película estuvo en el pasado Festival de San Sebastián y está protagonizada por Mariola Fuentes,
. En España el título es el mismo que el del libro, y no Juanita de Tánger, como se le conoce en Marruecos. Este largometraje logró varios premios en el Festival.
y nosotros lo vimos con esas pintas y esos pelos.
Como digo, el mundo está repleto de casualidades y sorpresas.
(Seguiré)
Nunca sabes que te vas a encontrar dentro hasta que no lo abres.
Eso mismo nos ocurrió cuando aceptamos la invitación que Youseff nos hizo en nuestra visita a Tánger para ver una película en el cine. ¿Una película marroquí? Sí, eso mismo. Pensé que no iba a enterarme de nada, sobre todo porque mis nociones de árabe son mínimas. Al fin y al cabo era una peli y aceptamos, pensando aquello de una imagen vale más que mil palabras, al menos veríamos imágenes del desconocido cine marroquí.
Imaginando lo expuesto, mientras unas -las más presumidas- se reparaban los pelos, otras -nosotras- ibamos allá ataviadas con cualquier cosa al punto de encuentro acordado, para ir con Juseff al cine. La supuesta película la proyectaban en el veterano cine Roxy.

De nuevo los vínculos familiares afloraban a mi cabeza y daban una forma especial al entorno: En este mismo cine una tía mía trabajó, de joven, en la taquilla.
Youseff es un personaje muy peculiar. Alto, de espalda ancha y fuerte, tez aceitunada clara, de cabello negro, corto, recio y ensortijado y con un gesto amable y duro a la vez. Youseff está vinculado al mundillo del cine, pero no sabíamos exactamente a qué se dedicaba. Según su prima, -la fabulosa intérprete en nuestros paseos por el zoco-, Youseff es un actor de segunda y hace pelis de risa.
Pelis de risa en árabe, menuda cosa rara pá mi mente, y es que el sonido del árabe no es precisamente aterciopelado, -como el francés, por citar un idioma agradable a mi oído- y menos sentirlo cómico.
No tengo ese chip por culpa de la prensa y los medios de comunicación. Este podría ser el motivo: No veo ni en prensa, ni en televisión un árabe riendo. Es rarísimo verlo. ¿Alguien me puede decir si salen? Porque aunque no lo creamos, ellos también ríen.
El asombro iba in crescendo, cerca del cine veíamos mucho movimiento de gente, mezcla fan cinéfilo con una sutil pincelada árabe, que confunde. Nuestro anfitrión, elegantemente vestido con un fino traje negro con diminutas líneas blancas, combinado a la talla del personaje, me recordaba a un guardaespaldas mafioso de los años 20 con cara de bueno y sin sombrero. No la hacía falta.
La gente se aglutinaba en las inmediaciones del cine, en la calle Fernando de Portugal, como si algo hubiera ocurrido. ¿Qué pasaría? ¿Porqué hay tanto lío?
No ibamos a ver una película, no. Estabamos, sin comerlo ni beberlo en la entrega de lo que podríamos llamar los Goya marroquíes.

Entrábamos de lleno al 8º Festival Nacional de Cine de Marruecos, pisando esa alfombra roja rodeada de policías y vallas que separaban el glamour magrebí del pueblo, y nosotras.... con estos pelos y esas pintas. A decir verdad, tanto Nosotras, con esas pintas de actrices postmodernas y Youseff, nuestro guardaespaldas particular, le echamos cara al asunto (él mucha más, porque nosotras eramos las invitadas) y nos colamos, entre tanta gente y tanta cámara de foto, con tres invitaciones de ese cine en el bolsillo. Cada vez más gente, más empujones y achuchones para poder abrirnos paso a pesar de la vigorosidad y corpulencia de Youseff, a duras penas logramos entrar.
El cine es de corte clásico, con un largo pasillo y al final a la derecha una escalera que se abría en dos, adornada con una barandilla lustrosa de dorado. Todo repleto de gente elegante. Hombres con ropa europea y mujeres, -algunas muy hermosas-, ataviadas de finas prendas, glamurosas y portando siempre un complemento que indicaba su origen árabe (pañuelo en la cabeza, kaftan largo, mucho dorado, mangas anchas, telas muy finas y caídas...), siempre llevaban algo. Por supuesto con la cara descubierta (no es tan usual aquí, al menos en ciudades grandes, hablo sólo de Marruecos ). Allí todos juntos: actores, productores, directores... incluso militares y dos ministros... Y nosotras con esos pelos y esas pintas.
El acceso de la gente a la sala fué como si un enorme grupo de hooligans irlandeses entraran a la vez a través de una puerta, más estrecha que la de un servicio en un bar de Chueca, a lo bestia. La gente "esa" eran los actores, los distribuidores de películas, el jurado, los productores y demás, no el público. Y nosotras allí, sobrevivimos.
¿Dónde nos sentábamos? Youseff se encargó de ubicarnos en los asientos reservados para el equipo de filmación de la película "Marock" (sugerente y original título para una peli marroquí). Para comunicarme con Youseff me ví obligada a chapurrear mi olvidado francés. Por suerte el que tiene, retiene...Le pregunté si el pertenecía al equipo de la película, y la respuesta, a mi entender fué algo esquiva. Sobre todo cuando vimos anonadadas como arrancaba de "nuestros" asientos la leyenda de la película. No más de diez minutos permanecimos en los asientos. Apareció el equipo VIP de la película y Youseff nos pidió que nos levantaramos y acercaramos hacia las butacas más adelantadas. Así, de nuevo, nos vimos sentadas en otro equipo de filmación. Esta vez duramos menos y de nuevo, en pié, en busca de un lugar para sentarnos. Dando el cante por las pintas, y de asiento en asiento pirateando butacas libres. Al final terminamos sentadas en quinta fila, exactamente representando al Ministerio de Finanzas (toma ya, Economía nacional). El principal canal de televisión marroquí emitía la entrega de premios en directo y nosotras con esos pelos y ... esas pintas.
Entre la marabunta que nos aplastó literalmente en el momento de acceder a la sala de cine, ví un actor español conocido pero que en esos momentos no logré recordar su nombre (para los nombres artísticos soy un desastre) y casualmente ocupaba butaca en la única película con título en español:
. Y es que, como digo, el destino es muy curioso; El en cine Roxy, una pelicula con el nombre de mi tía la misma que había trabajado allí, de taquillera, hace más de cuarenta años y yo ahí, comiendome ese cúmulo de casualidades que sólo el destino puede dibujar.Juanita de Tánger es una coproducción hispano-magrebí, que estará en la gran pantalla de cine la próxima primavera, dirigida por una directora de cine marroquí, Farida Benlyazid. Basada en el libro de Angel Vázquez titulado,
. En el se desarrolla la historia de una chica, hija de un inglés de Gibraltar y de una andaluza (casualmente igual que mis abuelos maternos) que se desenvuelve y crece en esa linda mezcla que significó la ciudad de Tánger internacional de los años 40. El libro, que estoy deseando leer, es precioso, según me dijo aquel actor español, Francisco Algora, con el tuve oportunidad de hablar posteriormente de regreso, en el Hotel donde estaban los acreditados del Festival de Cine. El autor del libro es nacido en Tánger -también- y fué
premio Planeta en el año 1962 con otra publicación.
La película estuvo en el pasado Festival de San Sebastián y está protagonizada por Mariola Fuentes,
. En España el título es el mismo que el del libro, y no Juanita de Tánger, como se le conoce en Marruecos. Este largometraje logró varios premios en el Festival.
y nosotros lo vimos con esas pintas y esos pelos.Como digo, el mundo está repleto de casualidades y sorpresas.
(Seguiré)
Quedan más mañanas por vivir que ayeres por recordar
Hace sol y decido levantarme cuando alguien canta el angelus (no yo, ni cerca, pero alguien lo hará), también canta Maribel en la casa de al lado.
Más tarde, nos incorporamos a la ciudad y unas cervezas juegan a hacer un círculo en una mesa.
Cincos estados de ánimo, uno de ellos desolado.
-¿Cómo reconfortar un amor enamorado si tus baterías están bajas?-
Plantea mi mente mientras escucho y oigo palabras de una voz nueva.
-¿Cómo decirle que hay tiempos mejores?-
Antes tengo que saberlo; ambos sabemos que existen.

Busco mi tabaco y no llevo. Piden tabaco, no llevo.
Voy a por tabaco y en los bares las máquinas están castigadas contra la pared sin corriente. Y lo corriente es que tengan corriente y te miren.
Ya no dicen: Su tabaco, gracias.
Salgo del lugar en busca del paquete perdido y a la de tres encuentro una máquina luminosa a la que penetro con monedas. Pido suerte, pido Fortuna, aunque sea una Fortuna ligera. Llega a pares. Miro como si de una ladrona se tratara a todos lados, intentando ser invisible. Milagro!! Aunque más bien creo que robo y es que me ha caído, no del cielo sino de una máquina.
¡Qué suerte! Han caído dos. La gravedad ayuda y caen dos al precio de uno. ¿Qué querrá decir esto?
Con cuarenta cigarros y sin fuego. Sin fuego en los bolsillos, sin fuego en el alma. La gente está sin fuego. Pidiendo fuego y el fuego está en el sol y en una calle luminosa un mes Enero.
Cervezas, ruido, tapas de pescaíto andaluz y una pena desconocida pero con letra conocida: Desamor.
¿Cómo ayudar? Estamos en tiempos difíciles, el sol nos vitamina.
Lágrimas masculinas no enternecen, ni estremecen mi alma. No quiero ser insensible, sin embargo entiendo el motivo y sólo soy capaz de decir:
-No pretendo que con esto te olvides de lo que sientes, tan sólo que te animes un poco: Piensa bien que nos quedan más mañanas por vivir que ayeres por recordar... y lamentarse.
Ahora, llueve y me lo recuerdo. Me recuerdo que los tiempos difíciles son menos cuando oyes que los tuyos, tus amigos, tienen planes de futuro y tienes la suerte de oirlos.
Al menos existes. Si existes, eres, y si eres haz algo por tí y contágiate del futuro. Mañana será otro día.
Si esto pienso es que siento. Si siento, vivo. Y si vivo viviendo, es gerundio.
Bienvenida a la Península, Hester. Esto de veras me alegra.
Más tarde, nos incorporamos a la ciudad y unas cervezas juegan a hacer un círculo en una mesa.
Cincos estados de ánimo, uno de ellos desolado.
-¿Cómo reconfortar un amor enamorado si tus baterías están bajas?-
Plantea mi mente mientras escucho y oigo palabras de una voz nueva.
-¿Cómo decirle que hay tiempos mejores?-
Antes tengo que saberlo; ambos sabemos que existen.

Busco mi tabaco y no llevo. Piden tabaco, no llevo.
Voy a por tabaco y en los bares las máquinas están castigadas contra la pared sin corriente. Y lo corriente es que tengan corriente y te miren.
Ya no dicen: Su tabaco, gracias.
Salgo del lugar en busca del paquete perdido y a la de tres encuentro una máquina luminosa a la que penetro con monedas. Pido suerte, pido Fortuna, aunque sea una Fortuna ligera. Llega a pares. Miro como si de una ladrona se tratara a todos lados, intentando ser invisible. Milagro!! Aunque más bien creo que robo y es que me ha caído, no del cielo sino de una máquina.
¡Qué suerte! Han caído dos. La gravedad ayuda y caen dos al precio de uno. ¿Qué querrá decir esto?
Con cuarenta cigarros y sin fuego. Sin fuego en los bolsillos, sin fuego en el alma. La gente está sin fuego. Pidiendo fuego y el fuego está en el sol y en una calle luminosa un mes Enero.
Cervezas, ruido, tapas de pescaíto andaluz y una pena desconocida pero con letra conocida: Desamor.
¿Cómo ayudar? Estamos en tiempos difíciles, el sol nos vitamina.
Lágrimas masculinas no enternecen, ni estremecen mi alma. No quiero ser insensible, sin embargo entiendo el motivo y sólo soy capaz de decir:
-No pretendo que con esto te olvides de lo que sientes, tan sólo que te animes un poco: Piensa bien que nos quedan más mañanas por vivir que ayeres por recordar... y lamentarse.
Ahora, llueve y me lo recuerdo. Me recuerdo que los tiempos difíciles son menos cuando oyes que los tuyos, tus amigos, tienen planes de futuro y tienes la suerte de oirlos.
Al menos existes. Si existes, eres, y si eres haz algo por tí y contágiate del futuro. Mañana será otro día.
Si esto pienso es que siento. Si siento, vivo. Y si vivo viviendo, es gerundio.
Bienvenida a la Península, Hester. Esto de veras me alegra.
Tánger (continuación)
Como si de una etapa prólogo de cara a las fiestas de navidades europeas se tratara, y sin darnos cuenta casi, nos vimos en el puerto de Tarifa haciendo tiempo para tomar el catamarán, que nos llevaría al otro lado del estrecho, rumbo al Sur. Rumbo a mi pasado, a mis veranos tangerinos, al olor a especias, a carne a la brasa, a té verde con hierbabuena, a café tostado, al olor de la casa de mi abuela. Sonidos de violines árabes en la radio, otro idioma, a la máquina de coser de mi abuela. Recuerdos que fluyen espontáneos y disparatados a cada paso.
Pisar de nuevo Tánger fue emotivo. Lástima que íbamos en fila, pero ganas me dieron de saltar para por fin tocar la tierra de mís raíces, de nuevo, ese lugar mágico, vivido, soñado e inventado con el trazo infantil de un recuerdo de tantas historias que nos contaron mis padres y mis tíos sobre Tánger, a mis primos y hermanos.

El puerto de Tánger sigue igual, poca cosa moderna.
Los taxis siguen esperando con ese desorden aparente, aún sin taxímetro. Los taxistas cobran a ojímetro multiplicado por dos: uno, la pinta de turista que tengas y otra, la distancia que recorre hasta tu punto de destino. Mis taxis tangerinos eran verdes, como aquellos mil quinientos de la Seat, pero más diminutos y de la Peugeot. Los taxis de más “calidad” eran Mercedes, con aquel sillón trasero de scay en color rojo y esos pespuntes formando canalillos que lo hacía cómodo y acolchado. Hoy los taxis son Fiat Tipo -los pequeños-, en un verde tornando suavemente a azul celeste y los Mercedes -los grandes- en beige claro.
La antigüedad media de estos automóviles a disposición del público tienen, al menos, dieciséis años y lo genial es que funciona y divierte. Funciona, por que sí, porque tiene que funcionar... la edad para ellos no importa. Divierte, porque los ves con humildad y ni conductor ni auto van enfadados con el tráfico que es un caos, sino, que ambos se toman la profesión como si estuvieran en la videoconsola de Atari del taxista.
Al final gracias a una chica de las del grupo, nacida en Casablanca, logramos subirnos en un taxi, y allí, las cinco más el equipaje entramos en el Mercedes. Aquel automóvil lo era por arte de magia, sonaba a Mercedes con gripe aviar. Tenía problemas en las puertas, (tenía las gomas gastadas) el aire entraba por un lugar, era poco pero suficiente para sentir ese silbido frío en la pierna (la mía), y es que el chasis ya iba sintiendo los achaques de la edad. Me encantó ver el embellecedor de la puerta, gastadísimo, de buen cuero marrón con esa manivela brillante niquel sobreviviendo con una manecilla... y piensas... es hermoso y a la vez me doy pena y me dan pena
Hermoso porque es historia viva y ves que si lo intentas el valor de las cosas no es siempre el económico. Me doy pena por ser consciente de que alguna vez he actuado, prevaleciendo antes el " valor económico" que, lo util sin marca (ejemplo Levis, por otro vaquero). Tenemos muy alterado ya el valor real de las cosas, son sólo unos pantalones de algodón. Quizás, ellos se agarren a esta afirmación, puede que ya no crean que es posible aspirar a más y sin embargo se conforman, por eso me dan pena pero yo soy aún más miserable.
Por eso los respeto, creo que lo merecen.
(Continuará)
Pisar de nuevo Tánger fue emotivo. Lástima que íbamos en fila, pero ganas me dieron de saltar para por fin tocar la tierra de mís raíces, de nuevo, ese lugar mágico, vivido, soñado e inventado con el trazo infantil de un recuerdo de tantas historias que nos contaron mis padres y mis tíos sobre Tánger, a mis primos y hermanos.

El puerto de Tánger sigue igual, poca cosa moderna.
Los taxis siguen esperando con ese desorden aparente, aún sin taxímetro. Los taxistas cobran a ojímetro multiplicado por dos: uno, la pinta de turista que tengas y otra, la distancia que recorre hasta tu punto de destino. Mis taxis tangerinos eran verdes, como aquellos mil quinientos de la Seat, pero más diminutos y de la Peugeot. Los taxis de más “calidad” eran Mercedes, con aquel sillón trasero de scay en color rojo y esos pespuntes formando canalillos que lo hacía cómodo y acolchado. Hoy los taxis son Fiat Tipo -los pequeños-, en un verde tornando suavemente a azul celeste y los Mercedes -los grandes- en beige claro.
La antigüedad media de estos automóviles a disposición del público tienen, al menos, dieciséis años y lo genial es que funciona y divierte. Funciona, por que sí, porque tiene que funcionar... la edad para ellos no importa. Divierte, porque los ves con humildad y ni conductor ni auto van enfadados con el tráfico que es un caos, sino, que ambos se toman la profesión como si estuvieran en la videoconsola de Atari del taxista.
Al final gracias a una chica de las del grupo, nacida en Casablanca, logramos subirnos en un taxi, y allí, las cinco más el equipaje entramos en el Mercedes. Aquel automóvil lo era por arte de magia, sonaba a Mercedes con gripe aviar. Tenía problemas en las puertas, (tenía las gomas gastadas) el aire entraba por un lugar, era poco pero suficiente para sentir ese silbido frío en la pierna (la mía), y es que el chasis ya iba sintiendo los achaques de la edad. Me encantó ver el embellecedor de la puerta, gastadísimo, de buen cuero marrón con esa manivela brillante niquel sobreviviendo con una manecilla... y piensas... es hermoso y a la vez me doy pena y me dan pena
Hermoso porque es historia viva y ves que si lo intentas el valor de las cosas no es siempre el económico. Me doy pena por ser consciente de que alguna vez he actuado, prevaleciendo antes el " valor económico" que, lo util sin marca (ejemplo Levis, por otro vaquero). Tenemos muy alterado ya el valor real de las cosas, son sólo unos pantalones de algodón. Quizás, ellos se agarren a esta afirmación, puede que ya no crean que es posible aspirar a más y sin embargo se conforman, por eso me dan pena pero yo soy aún más miserable.
Por eso los respeto, creo que lo merecen.
(Continuará)
Aqui
Para plantearme la manera en que iba a dar comienzo a este lienzo, se ha creado en mí una confusión interna. Quiere decir: yo intentaba por un lado, disculparme y decirles mil cosas y de pronto me fluye esta escena.... ups!!
Aqui están mis "yo" discutiendo: Observo la situación. Mi cuerpo permanece cómodamente estático y la mirada, imagino, perdida. Unos de mis yo le preguntaba a su opuesto:
¿Tienes algo que justificar?
¿Porqué?
Ante la posible picaresca de la pregunta, mi otro yo dirige la mirada a la arrogante interrogadora, que tiene pinta y sonrisa de duendecilla.
Amablemente, sin nervios y un temple tipo Zen, contesta:
Creo que no es necesario justificar nada, no creo haber causado daño a nadie. Disculparme sería rogar por nada y rogar es infravalorar el perdón. "Ruegos a cambio de perdón".
¿Pero cómo te atreves? ¡Qué falta de respeto hacia ellos, eres una insolente!
Exclama mi otro yo enfurecido dando saltos en el aire.
A lo que el otro yo añade:
-No no creo, que ellos sean así, perdona pero no se trata de ese estrato, su dimensión está en otro lugar. Su dimensión es como una imaginaria mirada desde y hacia la persona, a través de las letras, y lo que tras ellas escondemos. Además, la balanza está encantada y armoniosa, repleta de grandes tesoros que desescondemos y de grandes dudas que canalizamos para que vuelvan a su lecho.
Es como una magia buena.
Se diluyó, de pronto, la conversación en mi mente y al instante percibí esa extraña y fugaz sensación que te hace ser consciente de haber permanecido, al menos durante un par de segundos, estática. Incluído el suave tirón del músculo del cuello, que a veces, te hace sonar con un crujido tu cabeza.
Y a fin de cuentas nadie le había preguntado a mis yo la opinión y encima, como siempre "ya madao una destas "paranoyas" mías",
que forman parte de mí, son parte de mi yo, y mi yo es todo.
Y Trodo mi gato.
Como así lo siento, me siento mejor regalando gracias de todas clases a todos.
Estos días he sentido un curiosa la sensación. En ausencia vuestra he percibido cierta preocupación por lo que me estaba perdiendo de vosotros, con curiosidad. Sentí ganas de leeros y pena saber que no era posible, dadas las circunstacias. Lo he sentido varios días.
A cambio de eso, he visto a mucha gente, he diversificado sensaciones, alegrías, realidades, sorpresas. He hablado, reído, olido, pensado, recordado, comido, besado, entristecida, abrazado, a mucha gente que tenía ganas de ver con la ventaja que une a todos y nos separa en esta pantalla: Son tocables.
Mientras,desde aquí, reforzamos todos los demás sentidos para suplir ese cariz. Vuestra presencia en mi vida se ha convertido, en gran parte, en la ausencia de la gente que acabo de disfrutar y así vuestra ausencia se disfraza en la presencia de los que hoy están ausentes y presentes en la mente. Nos une algo: todos somos gente.
Este agridulce constante sabor de toda la gente, me hace vibrar más, porque lo aprecio con más intensidad.
Si me asombra cualquier cosa todos los días es que estoy Alobada, dispuesta a continuar con la vida, que todos los dias nos trae cosas nuevas y no sólo cada 365 días, pero me entristece cuando la predisposición a algunos les dura poco.
Qué le vamos ha hacer. Aminos que somos muchos y vamos por la misma senda!!
Mil besos todos los días.
(Menudo gazpacho para empezar el año)
Aqui están mis "yo" discutiendo: Observo la situación. Mi cuerpo permanece cómodamente estático y la mirada, imagino, perdida. Unos de mis yo le preguntaba a su opuesto:

¿Tienes algo que justificar?
¿Porqué?
Ante la posible picaresca de la pregunta, mi otro yo dirige la mirada a la arrogante interrogadora, que tiene pinta y sonrisa de duendecilla.
Amablemente, sin nervios y un temple tipo Zen, contesta:
Creo que no es necesario justificar nada, no creo haber causado daño a nadie. Disculparme sería rogar por nada y rogar es infravalorar el perdón. "Ruegos a cambio de perdón".
¿Pero cómo te atreves? ¡Qué falta de respeto hacia ellos, eres una insolente!
Exclama mi otro yo enfurecido dando saltos en el aire.
A lo que el otro yo añade:
-No no creo, que ellos sean así, perdona pero no se trata de ese estrato, su dimensión está en otro lugar. Su dimensión es como una imaginaria mirada desde y hacia la persona, a través de las letras, y lo que tras ellas escondemos. Además, la balanza está encantada y armoniosa, repleta de grandes tesoros que desescondemos y de grandes dudas que canalizamos para que vuelvan a su lecho.
Es como una magia buena.

Se diluyó, de pronto, la conversación en mi mente y al instante percibí esa extraña y fugaz sensación que te hace ser consciente de haber permanecido, al menos durante un par de segundos, estática. Incluído el suave tirón del músculo del cuello, que a veces, te hace sonar con un crujido tu cabeza.
Y a fin de cuentas nadie le había preguntado a mis yo la opinión y encima, como siempre "ya madao una destas "paranoyas" mías",
que forman parte de mí, son parte de mi yo, y mi yo es todo.
Y Trodo mi gato.
Como así lo siento, me siento mejor regalando gracias de todas clases a todos.
Estos días he sentido un curiosa la sensación. En ausencia vuestra he percibido cierta preocupación por lo que me estaba perdiendo de vosotros, con curiosidad. Sentí ganas de leeros y pena saber que no era posible, dadas las circunstacias. Lo he sentido varios días.
A cambio de eso, he visto a mucha gente, he diversificado sensaciones, alegrías, realidades, sorpresas. He hablado, reído, olido, pensado, recordado, comido, besado, entristecida, abrazado, a mucha gente que tenía ganas de ver con la ventaja que une a todos y nos separa en esta pantalla: Son tocables.
Mientras,desde aquí, reforzamos todos los demás sentidos para suplir ese cariz. Vuestra presencia en mi vida se ha convertido, en gran parte, en la ausencia de la gente que acabo de disfrutar y así vuestra ausencia se disfraza en la presencia de los que hoy están ausentes y presentes en la mente. Nos une algo: todos somos gente.
Este agridulce constante sabor de toda la gente, me hace vibrar más, porque lo aprecio con más intensidad.
Si me asombra cualquier cosa todos los días es que estoy Alobada, dispuesta a continuar con la vida, que todos los dias nos trae cosas nuevas y no sólo cada 365 días, pero me entristece cuando la predisposición a algunos les dura poco.
Qué le vamos ha hacer. Aminos que somos muchos y vamos por la misma senda!!
Mil besos todos los días.
(Menudo gazpacho para empezar el año)