La última
Cierto día de primavera lo ví pasar y no me detuve más que lo necesario en prestarle la atención que pasados unos meses le dí.
Tímido, asustadizo y con una agilidad mermada por una leve cojera lo veía huyendo de fantasmas. Yo no lograba saber qué motivo ó motivos eran los que le llevaban a acelerar misteriosamente de pronto sus pasos, cada día más torpes.
No era guapo, ni feo, más bien del montón, por su geometría corporal bien dotado a simple vista. Poco a poco me acostumbré a cruzarme con él intentando no atravesarme en el camino de sus fantasmas.
Como es habitual en sociedad, se hizo amigo de los más afines a él, llegando a hacer migas con alguno de los míos.
No se porqué nunca terminó de parecerme simpático del todo, quizás por ese "miedo a flor de piel" con el que lo identifiqué cuando lo etiqueté. Y como las etiquetas son un error, y yo también lo soy en parte, pues cometí esa falta. Por el contrario, al otro lado de mi yo le caía bien. Le caía bien porque la debilidad y el miedo, muchas veces, es causa de un sufrimiento mal encajado y eso me hace sentir solidaria con lo anónimo de alguna manera.
Solía llevar su pelo rubio corto, supongo que por motivos genéticos.
El paso del tiempo iba marcando en progresión geométrica su decadencia y fuí permisiva al dejarle, con la conciencia de mi inconsciencia, las puertas abiertas.
Visitaba, cada vez más a menudo a mis amigos y en muchas ocasiones estuvo en casa, aunque nunca me dejó la oportunidad de invitarlo. Era raro, más que yo.
Este verano se mantuvo medio en forma y como buenamente pudo, huyendo, como era habitual de fantasmas ajenos a mi vista y de muchos chicos urbanitas asalvajados de los que no merecen la pena (ni la alegría) arrimarse.
Si Otoño pasa el Albarán y la Factura cae en Invierno, el cambio de estación no le ha sentado nada bien. Cada día que pasaba se encontraba más tristón y lentamente huidizo; conseguí apuntarme al lamentable pelotón, ya no fantasma, que lo alejaba de espacios que ocupaba sin invadirlos.
Él, truhán por necesidad, vive gracias a su picaresca y a más de una puerta abierta. Un golfo con cierta gracia.
Hoy, cuando regresaba a casa junto a mi compañero de aprendizaje, envueltos en una conversación para traducir mi confusión sobre los misterios de las enfilaciones y de las marcaciones, nos tropezamos con su cuerpo tendido en el suelo, inerte, muerto.
Debí darme cuenta del presagio de esta mañana cuando lo ví notablemente deteriorado, herido, roto en sus cuartos traseros y, como siempre, dando la espalda y alejándose de cualquier presencia humana, ocultándose bajo armaduras protectoras en forma de coches que le protegían de cualquier ataque vital.
En un arranque de solidaridad merecida por sus golferías gatunas, retiré su cuerpo rígido, postrado en el suelo húmedo de la noche mediterránea. Minutos antes, intenté cerciorarme de que su cuerpo inmóvil era consecuencia de lo fatal ó que su espíritu no se había evaporado aún de su maltrecho cuerpo. Con una linterna intenté ver vida en sus pupilas, en vano. Esta vez no pudo evitar que le acariciara el cuello. Luego, tras los guantes, y con ayuda de mi compañero progatuno le dimos, al menos un final menos triste que quedar postrado horas, quizás días en la calle, sin armadura que proteja lo que es ya, un trozo de carne con piel de gato.
Se evaporó la energía de su séptima vida que se puede ya grabar para siempre en nuestra memoria; la séptima y última vida del gato rubio pelón.
No merecía ese final, nunca fué maleducado, sí pillo pero son dos cosas diferentes.
Era amigo de Trodo y de Lola.
Mil respetos y un homenaje al amigo de mis gatos que marchó al otro mundo.
Vá por tí.
Tímido, asustadizo y con una agilidad mermada por una leve cojera lo veía huyendo de fantasmas. Yo no lograba saber qué motivo ó motivos eran los que le llevaban a acelerar misteriosamente de pronto sus pasos, cada día más torpes.
No era guapo, ni feo, más bien del montón, por su geometría corporal bien dotado a simple vista. Poco a poco me acostumbré a cruzarme con él intentando no atravesarme en el camino de sus fantasmas.
Como es habitual en sociedad, se hizo amigo de los más afines a él, llegando a hacer migas con alguno de los míos.
No se porqué nunca terminó de parecerme simpático del todo, quizás por ese "miedo a flor de piel" con el que lo identifiqué cuando lo etiqueté. Y como las etiquetas son un error, y yo también lo soy en parte, pues cometí esa falta. Por el contrario, al otro lado de mi yo le caía bien. Le caía bien porque la debilidad y el miedo, muchas veces, es causa de un sufrimiento mal encajado y eso me hace sentir solidaria con lo anónimo de alguna manera.
Solía llevar su pelo rubio corto, supongo que por motivos genéticos.
El paso del tiempo iba marcando en progresión geométrica su decadencia y fuí permisiva al dejarle, con la conciencia de mi inconsciencia, las puertas abiertas.
Visitaba, cada vez más a menudo a mis amigos y en muchas ocasiones estuvo en casa, aunque nunca me dejó la oportunidad de invitarlo. Era raro, más que yo.
Este verano se mantuvo medio en forma y como buenamente pudo, huyendo, como era habitual de fantasmas ajenos a mi vista y de muchos chicos urbanitas asalvajados de los que no merecen la pena (ni la alegría) arrimarse.
Si Otoño pasa el Albarán y la Factura cae en Invierno, el cambio de estación no le ha sentado nada bien. Cada día que pasaba se encontraba más tristón y lentamente huidizo; conseguí apuntarme al lamentable pelotón, ya no fantasma, que lo alejaba de espacios que ocupaba sin invadirlos.
Él, truhán por necesidad, vive gracias a su picaresca y a más de una puerta abierta. Un golfo con cierta gracia.
Hoy, cuando regresaba a casa junto a mi compañero de aprendizaje, envueltos en una conversación para traducir mi confusión sobre los misterios de las enfilaciones y de las marcaciones, nos tropezamos con su cuerpo tendido en el suelo, inerte, muerto.
Debí darme cuenta del presagio de esta mañana cuando lo ví notablemente deteriorado, herido, roto en sus cuartos traseros y, como siempre, dando la espalda y alejándose de cualquier presencia humana, ocultándose bajo armaduras protectoras en forma de coches que le protegían de cualquier ataque vital.
En un arranque de solidaridad merecida por sus golferías gatunas, retiré su cuerpo rígido, postrado en el suelo húmedo de la noche mediterránea. Minutos antes, intenté cerciorarme de que su cuerpo inmóvil era consecuencia de lo fatal ó que su espíritu no se había evaporado aún de su maltrecho cuerpo. Con una linterna intenté ver vida en sus pupilas, en vano. Esta vez no pudo evitar que le acariciara el cuello. Luego, tras los guantes, y con ayuda de mi compañero progatuno le dimos, al menos un final menos triste que quedar postrado horas, quizás días en la calle, sin armadura que proteja lo que es ya, un trozo de carne con piel de gato.
Se evaporó la energía de su séptima vida que se puede ya grabar para siempre en nuestra memoria; la séptima y última vida del gato rubio pelón.
No merecía ese final, nunca fué maleducado, sí pillo pero son dos cosas diferentes.
Era amigo de Trodo y de Lola.
Mil respetos y un homenaje al amigo de mis gatos que marchó al otro mundo.
Vá por tí.
Comentario:
la gata Hada y yo nos sumamos también
Un beso Alo
Un beso Alo
Comentario:
:( de gato a gato...
Comentario:
Un precioso homenaje al que me uno.
Besitos
Besitos
Comentario:
vaya.... me has dejajo impresionada... nada ni nadie merece un final así tan triste...tan solo.
un beso niña.
un beso niña.