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Historias de un alquimista
Comentarios sobre Alquimia, ¿una ciencia/arte olvidada? por el alquimista Vasilius
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Vasilius es una apasionado de la Filosofía Natural. En sus ratos libres se dedica a estudiarla y cuando puede a practicarla, es decir, indaga en el mundo de la Alquimia.
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Alquimia y alquimistas en el s. XXI
Alquimia y alquimistas en el s. XXI

No cabe duda que el término Alquimia y su objetivo, la piedra filosofal, están de moda. Películas como Harry Potter y la piedra filosofal y novelas como el alquimista, han rescatado el término. Invito al lector a introducir la palabra ‘Alquimia’ en cualquier servidor de Internet, descubrirá mediante numerosísimas referencias, su ámbito y alcance. Sin embargo, la Alquimia sigue siendo una gran desconocida.

El ámbito de estudio de los alquimistas era y es la Filosofía Natural. Filosofía deriva del griego Philo (amor, o que gusta de) Sophia, Diosa griega de la Sabiduría, referida en este caso a la Prisca Sapientia, a la Gnosis o Conocimiento auténtico y verdadero, al tradicionalmente oculto y sólo reservado a los elegidos. A nivel alquímico, la transmisión de este conocimiento se realizaba o bien mediante Tradición oral de maestro a discípulo o bien mediante la adquisición de las claves que permitían interpretar tanto los indescifrables textos alquímicos, como las típicas imágenes enigmáticas de la iconografía alquímica. Estas claves o eran reveladas por un Adepto (de Adeptus, el que ha conseguido), el filósofo que ha elaborado la piedra filosofal, o bien mediante una revelación divina. La Alquimia, dicen los alquimistas, es un Don de Dios que éste otorga al estudiante puro y sincero, al que vive según las normas de la Ética y que sigue la conocida máxima alquímica Ora, Lege, Lege, Lege, Relege, Labora et invenies, Ora, Lee, Lee, Lee, Relee, Trabaja y Encontrarás. El término ‘Natural’, se refiere a la Naturaleza, pero en el sentido de su concepción griega, es decir la Phycis, de cuyo estudio nació la antigua Physica, que trató de comprender el conjunto de todo lo que existe en el espacio y en el tiempo.

La antigua Physica formó parte de la Filosofía Natural. Hoy la Física tiene por objeto el estudio de las propiedades de los cuerpos y de las leyes que tienden a modificar su estado y su movimiento sin alterar su naturaleza (esta alteración es ámbito de la Química), los Antiguos, bajo el nombre de Filosofía Natural, le dieron una acepción mucho más amplia, abarcando el estudio completo de las propiedades de los cuerpos y de sus relaciones, tanto materiales como divinas. De esta Filosofía Natural se desprendieron las matemáticas, las ciencias naturales y las ciencias físicas. Estas últimas de dividieron en dos partes: la Física y la Química.

El alquimista es un filósofo natural, estudia el origen y la composición de la materia, el surgir y morir de las cosas y las fuerzas cósmicas, por ello es también un Físico, del griego physikos, relativo a la Naturaleza, y también un Químico. Durante el enciclopedismo se consideró a la Alquimia como alta Quymica, La primera enciclopedia, la de Diderot y Alembert, definía la Alquimia como “la Química más sutil mediante la que se hacen operaciones de química extraordinarias y que ejecutan más rápidamente las mismas cosas que la Naturaleza tarda muchos años en producir. La palabra Alquimia está compuesta de la preposición “al” que es árabe, que significa sublime o excelente, y de “química.” Así, Alquimia siguiendo la fuerza de la palabra, significa la Química sublime o la Química por excelencia”. Una definición similar utilizó el primer Diccionario de la Academia Francesa. Finalmente, otra de carácter anglosajón, procedente del diccionario universal de medicina de James Robert (París, 1.746), la define como “la Rama de la Química que se ocupa particularmente de la transmutación de los metales. Para distinguirla de esta parte de la Química en general y resaltar su excelencia, se le ha dado el nombre de Alquimia, que deriva de “Química” y de la partícula árabe “al”. Los orientales tuvieron durante mucho tiempo la costumbre de resaltar la excelencia de una cosa, atribuyéndosela a la divinidad. Así, Alquimia significa literalmente, “Química de Dios”, pues la palabra “al” significa el Ser Supremo”.

Los alquimistas siempre han entendido la Alquimia tanto como una Ciencia como un Arte. De hecho filósofo deriva del griego philo y sophos (amante o que gusta de un arte o ciencia). Efectivamente, la Alquimia es una Ciencia, en primer lugar porque en los inicios de la Philosophia, ambas, Filosofía y Ciencia se confunden, la Ciencia es un producto de la Filosofía que se integra en ella, será mucho después cuando se separe. En segundo lugar porque para los alquimistas, la Alquimia es una ciencia tan cierta, verdadera, objetiva y empírica como cualquier otra, pero la diferencia es que es Hermética. Su objetivo, la elaboración de la piedra filosofal, que permite la transmutación metálica, es para ellos una evidencia, la han fabricado y han definido tanto sus propiedades físicas como químicas. Pero la Alquimia también es un Arte pues éste al igual que aquélla, exige, de regla y método para hacer bien una obra. El alquimista debe ser un artista, un artesano, un Maestro del Arte, el que la primera edición del primer diccionario de la Academia Francesa (1.694), define como el que es excelente en cualquier Arte o Ciencia. La Alquimia siempre ha sido concebida y entendida como “el Gran Arte, el Arte Secreto, El Arte Sacerdotal, Arte Real o la Gran Obra, la Ciencia de las Ciencias o la auténtica Ciencia Hermética”.

Y así es como la Alquimia hace Físico lo Metafísico. El alquimista funde Física y Metafísica. Los principios de la Filosofía Natural son su Biblia, gracias a su fe en ellos consigue manifestarlos visiblemente en su matraz o vaso herméticamente cerrado. Es más, el alquimista va más lejos, afirma ver en el interior de su vasija ovalada un símil de cómo el Creador creó el mundo. “Vosotros, hijos del divino Hermes, imitadores de la Naturaleza, a quienes la Ciencia os ha mostrado la Naturaleza al descubierto, sólo vosotros sabéis de qué modo esa mano inmortal formó la Tierra y los Cielos a partir de la Masa informe del Caos, pues vuestra Gran Obra muestra claramente que, de la misma manera que se hace vuestro Elixir filosófico, ha hecho Dios todas las cosas. (Extracto de la luz surgiendo por sí misma de las tinieblas, de Marco Antonio Crasellame. 1.687).

El alquimista, con ayuda del Espíritu Universal o Alma del Mundo, su gran secreto retrograda la materia hasta sus primeros principios, sus raíces u origen, después los limpia de las heterogeneidades o impurezas que aquella adquirió durante su larga evolución, retiradas las imperfecciones y con nueva ayuda de la energía cósmica, creará un cuerpo nuevo mucho más glorioso, inexistente en la Naturaleza, la piedra filosofal. Por eso le dice la Naturaleza al alquimista, en un diálogo ficticio, “ayúdame y yo te ayudaré”. La Naturaleza no puede por sí misma elaborar la piedra filosofal, necesita de las manos del artista alquimista para mejorarse, y a cambio, la Naturaleza le ofrece las tres virtudes que encierra la lapis philosophorum, la riqueza, por ser capaz de transmutar los metales en oro. la salud, por ser tanto una panacea o remedio universal sanador de todas las enfermedades, como un poderoso reconstituyente que prolonga la vida, y la sabiduría, porque revela al alquimista los íntimos secretos de la Naturaleza.

Esta es la verdadera Alquimia, la que enamoró a grandes personajes de la historia como Isaac Newton, el autor de la “Philosophia Naturalis Principia Mathematica”, considerado el padre de la ciencia moderna, pero que en cuanto a su genio, dijo haber caminado sobre hombros de gigantes, a Goethe, que sanado en su infancia por un médico alquimista, se apasionó por ella, a Cyrano de Bergerac, que metafóricamente dedicó alguna de sus obras al proceso alquímico, y a tantos otros, conocidos y desconocidos.

La Alquimia siempre tuvo altos y bajos, etapas de esplendor y decadencia. De esplendor como en el Renacimiento, donde se practicaba entre la Realeza, la Nobleza, en el interior de los monasterios y entre químicos, médicos y farmacéuticos, hasta que los descubrimientos de Lavoisier iniciaron un período decadente. Pero la Alquimia nunca muere, siempre resurge de sus cenizas como el ave Fénix y escoge a los suyos, tal es su máxima constante. Aún así, la Alquimia no es proselitista, no busca a cualquier seguidor, es más, los suele rechazar mediante la oscuridad de su método. A la Alquimia se llega sólo mediante el profundo estudio y el amor a la Naturaleza, es así como nos escoge.

Hubo un resurgir de alquimistas durante el siglo XIX, especialmente en Francia, personajes como Albert Poisson, Marcelin Berthelot, Tiffereau, Jollivet Castellot y Marc Haven entre otros, la avivaron, y el fruto surgió a principios del s. XX con la figura de una gran alquimista anónimo, al Adepto Fulcanelli (de Vulcan, volcán y Helios, Sol), el autor de las dos obras alquímicas más importantes del siglo XX, ‘El Misterio de las Catedrales’ y ‘Las Moradas Filosofales’, su discípulo Eugène Canseliet le fue a la zaga y aunque no consiguió elaborar la piedra fue sin duda un filósofo alquimista de primer orden y un gran difusor de esta Cienciartis.

Siempre han existido alquimistas, pero la mayoría permanecen ocultos en el interior de sus laboratorios. Tradicionalmente se han mostrado dos tipos diferentes, los llamados caritativos, que han ofrecido algunas explicaciones ciertas de las operaciones alquímicas, ayudando con ello tanto a los neófitos como a los discípulos alquimistas (llamados hijos de la ciencia), y los envidiosos o codiciosos, entre estos están los que se esconden y trabajan anónimamente, sin ofrecer pistas de sus descubrimientos, y otros que más abiertos, ofrecen afirmaciones, que aún ser ciertas, no hacen más que despistar.

Este siglo, el de la globalización, nos permite conocer muchos alquimistas, sólo hay que consultar en Internet. Pero pocos son los verdaderos. Nuestra Ciencia llama a los falsos alquimistas con el adjetivo de sopladores, eran los que avivaban con los fuelles el fuego del carbón sólo buscando el codiciado oro metal, objetivo totalmente alejado de la Alquimia, la transmutación metálica sólo es un medio, el auténtico alquimista persigue su evolución tanto a nivel físico (materia), como espiritual, en definitiva, transmutarse en un ser superior.

Los alquimistas que conozco, verdaderos escrutadores de la Naturaleza, son en general intelectuales y reservados. Versados especialmente en conocimientos filosóficos, químicos y metalúrgicos, la mayoría usa pseudónimo, en eso siguen fielmente a la Tradición. Los más abiertos comparten entre ellos los éxitos y los fracasos de sus experiencias. Algunos desaparecen, deciden en algún momento dejar de compartir para dedicarse íntimamente a la Gran Obra. Otros llegan y entran en el círculo. Muchos se desmotivan y la abandonan. Otros conservando anonimato se han mostrado con nosotros como auténticos maestros. Otros han sido todo lo contrario, han querido aparentar lo que no son. Es éste un breve perfil de los alquimistas del siglo XXI.

Finalmente, respecto a la actual producción editorial sobre la Alquimia, utilizaré las palabras de un buen amigo alquimista, “ésta se ha mostrado sensiblemente más generosa de lo habitual abriéndose sobre todo en tres frentes: En primer lugar, aquellas obras que amparándose en la reputación y el misterio de la vieja Alquimia secuestran el sustantivo que la define para aplicarlo a toda suerte de doctrinas místicas y a variopintas técnicas de desarrollo espiritual de evidente obediencia oriental. Otro frente lo ocupa la publicación de textos clásicos de nuestra ciencia, ya en ediciones “de Arte” para bibliófilos, ya en colecciones comerciales en las que el criterio de selección es bastante discutible. El tercer frente es aquél que se dedica a los alquimistas modernos o a monografías sobre el Arte Real hechas desde los campos siempre resbaladizos que marcara Jung, o desde los complejos historicistas de los ambientes universitarios, pero en cualquier caso siempre desde lejos del humilde laboratorio del alquimista sincero”.

Es sobre todo desde éste último punto de vista donde la edición es prácticamente nula, faltan obras destinadas a desgranar tanto la Filosofía alquímica como la praxis consecuente, es decir, los trabajos de laboratorio. En eso estamos, acabamos de traducir y comentar una de las obras de cabecera del Adepto Fulcanelli, editada en 1745, que aún siguiendo un evidente lenguaje alquímico, permite una comprensión mucho más asequible a los neófitos, y para los ya iniciados, ofrece una base sólida. Muestra tanto los fundamentos físicos, el trabajo de laboratorio, como los filosóficos mediante un fabuloso discurso hermético. Es por estos motivos, y otro de importancia capital, que Fulcanelli, pese a las numerosa referencias bibliográficas utilizadas en sus dos libros, nunca lo citó. Esperamos que vea pronto la luz editorial, pues en palabras de un buen amigo, “muchos ejemplares se verán con toda seguridad honorablemente manchados por el hollín del laboratorio”.

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Vasilius

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Mi primera andadura editorial


Mi andadura editorial se inició con la traducción de las “teorías y símbolos de los alquimistas. La Gran Obra”. Un libro francés editado por primera vez en 1891. Desgraciadamente, su autor, Albert Poisson, murió muy joven, un año después de la edición de este libro, sin llegar ni tan siquiera a los 30 años de edad.

Me decidí a traducir el texto por dos motivos, el primero para dar un reconocimiento a su autor, que a los 13 años ya andaba buscando libros de alquimia en los mercadillos de libros viejos de París. También a mí, a los 13 años de edad, un libro de alquimia me eligió. Sí, tal como suena. Los hechos se remontan en más de 30 años, recuerdo que en el área de servicio de una autopista fui atraído por un libro de bolsillo que se encontraba junto con otros en uno de esos rodillos metálicos. El libro tenía una fea portada y un título extraño para mi edad, “las moradas filosofales”, el libro me llamó a distancia y les dije a mis padres que me lo compraran.

Poisson, enamorado de la Alquimia, pasó muchas noches interpretando los textos alquímicos y trabajando con su pequeño atanor. Su andanza editorial se inició con artículos y traducciones. Después, hizo con estas “teorías y símbolos de los alquimistas”, un muy buen resumen de la Gran Obra alquímica, muy alabada por los esoteristas fanceses de finales del XIX, años de proliferación de Sociedades Secretas, cuyos directores le rindieron homenaje de reconocimiento tras su muerte considerándolo el mejor alquimista de ese siglo. Me remito a lo que sobre ella comentaron a finales del s. XIX tanto Jollivet Castellot (fundador y secretario de la Sociedad alquímica Francesa), como Tripied, autor del “Vitriolo filosófico” (1898). El primero la definió con el adjetivo de soberbia. El segundo, inició el primer párrafo de su libro con las siguientes palabras: “No iniciaré este estudio sin rendir un justo homenaje a la memoria del desaparecido Albert Poisson, pues su tratado “Teorías y símbolos de los alquimistas”, es de una claridad sin precedentes en todos los libros de alquimia de la antigüedad. Gracias a él, hoy se puede abrir con osadía no importa qué viejo manuscrito hermético para entrar de lleno en los secretos que nuestros ancestros han guardado siempre celosamente, penetrar en el pensamiento que los guió y procurar comprender lo que pretendieron explicar en sus escritos”.

¡Que pena!, pretendió escribir una biblioteca sobre la Alquimia, tratando su historia, su filosofía, los utensilios necesarios, incluso la manera de operar, pero desgraciadamente su muerte nos impidió recibir este legado.

El segundo motivo que me animó a realizar la traducción, fue el propio contenido del texto. Se trata de una obra clara, alejada de la oscuridad típica de los textos alquímicos. Poisson resume los principios y las teorías básicas que envuelven a la Alquimia, para después, centrarse en la Gran Obra, la que analiza concienzudamente y de la que saqué muy buen provecho, pues muchas lagunas se disiparon de mi mente.

Debo a la editorial mra de Barcelona, la edición de esta traducción en el 2004, que hice más que como traductor, como alquimista, intentando ahondar en los sentimientos del autor.

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Mi segunda andadura editorial



Mi segunda andadura editorial se la debo a ediciones Atlantis de Madrid, con ella coedité mi "Tratado de Philosoteria. Alquimia Real Desvelada". El texto se divide en tres artículos. El primero, que se titula "desvelando las claves de la obra Fulcanelli", pretende desvelar algunas de las claves necesarias para entender mejor las dos obras de Fulcanelli (su Misterio de las catedrales y sus Moradas filosofales). El segundo, "Alquimia en la corte del Rey Arturo", pretende un pequeño análisis etimológico de algunos de los protagonistas de esta serie de poemas griálicos y su relación con la Alquimia. Finalmente, el "Ars Emblemata", trata brevemente del Arte del Emblema, que tuvo un importante desarrollo durante el Renacimiento, pretendo con él mostrar como se utilizaba el emblema para ocultar trabajos alquímicos.

La creación de este libro fue para mí un divertimento, una forma de abstraerme de mi absorvente trabajo.

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Mi tercera y reciente andadura editorial

En este caso he decidido autoeditar una traducción de un texto francés de 1745. Se trata de las "Obras póstumas de M. de Grimaldy". Denis de Copponay de Grimaldy fue un excelente médico del s. XVII, que con sus medicinas espagíricas sanó a más de 20.000 enfermos. A mediados del siglo XVI, diferentes ciudades francesas solicitaron sus servicios para que erradicara graves enfermedades. Fue así un médico errante. Durante 12 años se estableció en la ciudad de Chambéry donde creó una Academia de Medicina. Allí fabricó y enseñó a elaborar sus excelentes medicinas, tanto vegetales como métálicas. Los cursos duraban un año.
Pero lo importante del texto, lo que me animó a a traducirlo fueron los comentarios que E. Canseliet, el discípulo del Adepto Fulcanelli hizo sobre el libro, en palabras textuales: "El maestro poseía, entre los libros de su riquísima biblioteca, el del médico Denis de Copponay de Grimaldy, que estuvo ligado a la persona del Rey de Cerdeña, como había sido un espagirista, especialmente iatroquímico , y se había mostrado sobre todo de una extrema imprudencia, el filósofo del Misterio de las Catedrales y de las Moradas Filosofales no lo citó, no más que a su volumen, por otra parte tan raro como poco más o menos desconocido”.
Efectivamente, este texto que aún su rareza y desconocimiento, localicé hace ya sus buenos años en la Biblioteca Nacional Francesa, se muestra descaradamente abierto, especialmente en lo referente a la Alquimia operativa. Es un libro completo. Reúne ampliamente los principios de la Filosofía Natural o Hermética, que traduce después en praxis operativa, demostrando la certeza de aquéllos. Es decir, aúna tanto la Sabiduría que debe conocer todo aquél que desee entrar en el templo de la Filosofía Natural, como la forma de operar la Obra, especialmente en la vía seca.
La traducción fue compleja dada la antigüedad del texto, lo que me obligó a consultar los primeros diccionarios de la Academia francesa y otros textos antiguos, y a escribir más de 170 notas a pie de página para aclarar conceptos sobre términos hoy en desuso o con significado diferente.
Si os interesa podéis consultar la sinopsis del libro en la web de la editorial bubok. www.bubok.es para localizarlo buscar en materia "filosofía"

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Mis inicios en en el mundo de la Alquimia. 1ª parte
Mi primer libro de alquimia me llamó a los 13 años de edad. Recuerdo que en un área de servicio de una autopista catalana, mientras subía por una rampa, ví al fondo un rodillo metálico lleno de libros de bolsillo. Uno de ellos me llamó la atención, quizás era el más feo, con una portada poco agraciada pero con un título sugerente 'Las moradas filosofales', de un autor que me era totalmente desconocido. Fulcanelli era su nombre. Le pedí a mis padres que me lo compraran. Creo sinceramente que el libro me llamó.
No acabé de leerlo, me resultaron incomprensibles algunos capítulos, pero supe que trataba de alquimia, de la existencia de una piedra llamada filosofal que al parecer transmutaba los metales innobles en nobles y que otorgaba una fuente de salud a quien la tomara en forma de elixir.
No obstante me quedó un inquietud, tenía que entender algo más de esta ciencia, arte o filosofía. Poco después me compré dos libros más didácticos, sus títulos "El tesoro de los alquimistas" y el "Gran Arte de de la Alquimia", ambos de Jacques Sadoul, ellos me dieron una idea más general y comprensible.
A los 19 años me incliné por la filosofía oriental, mi despacho se llenó de libros sobre esta materia, y me puse a practicar. Durante unos dos años meditaba más de dos horas al día, al tiempo, era casi vegetariano. Algo pasó, mi mente se abrió y me volví más intuitivo. Hago esta observación ajena a la Alquimia porque sin esta práctica seguramente no entendería la Alquimia como la entiendo ahora. Después llegó el servicio militar, donde acabaron la vida vegetariana y las prácticas meditativas.
Tras el servicio militar continué con las lecturas orientalistas y me introduje también en la filosofía hermética. Pero llegó un momento en que la lectura dejó de satisfacerme, las nuevas lecturas no parecían alimentarme, me daba la sensación de que estaba agotado, que ya no aprendía nada. Entonces con 30 años de edad cayó a mis manos un libro sobre Gaudí, se titulaba "el misterio Gaudí" de Ernesto Milá. Uno de sus capítulos relacionaba a Gaudí con la alquimia. Su efecto fue llevarme a releer de nuevo las "moradas filosofales", a partír de ahí volví a aficionarme por la lectura. La alquimia se convirtió en un reto para mí, en un puzzle que tenía que resolver. Desde entonces no he parado de leer libros tanto clásicos como modernos y todavía no me he saciado.
También llegaron las prácticas alquímicas.... pero eso lo trataré más adelante. De momento os dejo una foto que os explicaré más adelante.



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Mis inicios en el mundo de la alquimia 2ª parte
Lo primero que percibí en mis primeras lecturas era la importancia que parecía tener el Rocío de primavera en la Obra alquímica. El Rocío es un meteoro, un fenómeno de la Naturaleza. Sin embargo, para muchos alquimistas clásicos era una materia de vital importancia en sus trabajos. Para ellos, con la llegada de la primavera, época en que despierta la Naturaleza, gracias al sol y al cambio de temperatura, la humedad de la tierra procedente del otoño y del invierno, se desprende de la tierra (y del mar) y se eleva hacia el cielo, pero esta humedad se lleva consigo las sales más sutiles que encontró en la tierra o en el mar. En la atmósfera, estas sales se impregnan de la luz y de gases como el Nitrógeno. Con la llegada del frescor nocturno, la humedad se hace pesada y cae sobre la tierra y las plantas se sacian de esta humedad hasta emborracharse. Sí, los clásicos afirmaban que el rocío primaveral era un agua impregnada de virtudes terrestres y celestes.

Así que puse mis esfuerzos en aprender a recoger rocío, en cantidades suficientes para poder trabarlo. Pero eso será tema para otro comentario.

Sobre la foto anterior os comento lo siguiente: Nació de un sueño. Al comentárselo a un amigo alquimista ya avezado en estas lides, se ofreció a ayudarme, lo cierto es que la base de mi sueño estaba dibujado en un texto clásico como él mismo me mostró.

Lo que veís decidimos llamarlo "tren de destilación solar". La imagen habla por sí misma. La idea era que una parte del rocío recogido, se destilara al sol del verano dos veces seguidas, pasando de un matraz a otro. ¿Qué pretendíamos?, hacer una destilación natural (del sol) y lenta para intentar dejar visibles las sales de las que hablamos y al tiempo tener un rocío destilado muy puro.

Quien me ayudó es un alquimista consumado, S. J., con seguridad el alquimista español que más ha difundido la alquimia en nuestro país, gracias a las numerosas traducciones de textos clásicos que puso a nuestro alcance y de las que rondan las 40 ediciones.

Previamente a colocar el rocío en el matraz, S.J. leyó una misa alquímica (fotos superiores). solicitando al Eterno su bencición en la obra que se iniciaba. Curiosamente y para nuestro asombro, tras colocar el rocío en el 1er. matraz apareció dentro del 1er. capitel (bola superior del matraz) un arco iris, justo en ese mismo momento sonó la campana de la iglesia, era la una del mediodía. Lamentablemente, en la fotografía (la inferior izquierda), no se aprecia el arco iris que nosotros vimos perfectamente.

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