<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><channel><title><![CDATA[Amanece en Vedia]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Pequeñas y medianas letras]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[http://amaneceenvedia.zoomblog.com/]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_20.htm]]></link><description><![CDATA[Os invito a un nuevo espacio, os dejo el enlace, aún está en construcción por lo que le faltan muchas cosas. La lástima es que no sé llevarme hasta allí los comentarios que me habéis dejado en los textos de este blog, regalo que aprecio mucho, no sabéis cuánto.<br/><br/><br/>Espero seguir viéndoos por allí. Muchos besos.]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[La madre]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_19.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Acaba de irse tu madre. En realidad, ella no se aparta de la sala de espera en ningún momento a pesar nuestra insistencia para que  vaya a casa y descanse un poco, mientras  nosotros cuidamos de ti. Pero siempre recibimos la misma respuesta: sus ojos sinceros de agradecimiento y su dolor. “Cómo podría irme de aquí si lo que más quiero en este mundo está ahí, en esa cama, luchando en su inmovilidad por seguir viviendo. No quiero que esté solo. Sé que si me alejo él notará que me he ido y entonces…”  Entonces ya no aguanta más y se deja llevar por las lágrimas-alivian, me dice. Ha derramado tantas desde que estás aquí que  podría beber de ellas. <br/><br/>Me ha contado muchas cosas de ti. Se le ilumina la cara cuando recuerda las anécdotas de cuando eras un crío, la emoción que sintió cuando obtuviste el premio al mejor estudiante del instituto, las horas que se pasó en la peluquería mientras hacían y deshacían el recogido que llevaría en la ceremonia de  entrega de insignias al terminar la facultad. Tenía que estar guapa, que te sintieras orgullosa de ella, como ella lo estaba de ti. Me ha contado también tus primeros devaneos con el amor, las primeras desilusiones, las primeras lágrimas de desamor, tus primeros silencios, la decoración de tu habitación donde pasabas casi todo tu tiempo hasta que ocurrió todo. Ella se siente culpable por lo que ha pasado, no lo puede evitar. Piensa que no fue capaz de ver en tus ojos cuando tenía que haber adivinado de sobra lo que estaba pasando. Ese sentimiento de culpa es normal, es mucho más fácil entender así cómo su hijo de apenas veinte años, con todo un futuro por delante, brillante estudiante y seductor de muchachas ha acabado en una cama esperando despertar algún día. <br/>¿Sabes? Ya llevas aquí casi dos meses. Las fracturas de tus piernas se han consolidado y se te está haciendo rehabilitación, parece que no te quedarán secuelas. Hemos tenido suerte porque no se han presentado muchas complicaciones contigo ¿Todo podía haber sido aún peor? También eres ya autónomo para respirar y estás estable. <br/><br/>Me pregunto qué sientes cuando tu familia te coge las manos, cuando te susurran al oído que te quieren, cuando tu madre pasea su mano por tu cara dibujando tus rasgos en sus dedos para llevárselos grabados en la memoria hasta que pueda pasar a verte de nuevo. <br/>Me pregunto también si tienes miedo y supongo que estarás aterrado. Cuando yo era pequeña no podía soportar la oscuridad, aún me cuesta conciliar el sueño cuando la habitación se queda totalmente a oscuras. Entonces solía correr hacia la habitación de mis padres para colarme en su cama…Su abrazo me devolvía la paz y hacían desaparecer todos mis fantasmas ¿Tienes fantasmas tú también?<br/><br/>Esto está mucho mejor, Pedro, la escara de tu espalda ya casi es inapreciable. Y después haremos los ejercicios para que no pierdas mucha masa muscular en las piernas y brazos. Sé que eso no te gusta mucho porque se acelera tu ritmo cardíaco y no vuelve a la normalidad hasta que terminamos, pero tenemos que hacerlos. Voy a darte la vuelta, así, muy despacio, si la grúa me deja que ya sabes lo delicados que son estos aparatos. Ahora voy a limpiarte los ojos, esos ojos tan lindos para que cuando vuelvan a ver estén perfectos. Tengo ganas de ponerle luz a tus ojos, a tu sonrisa, a tu expresión. Pronto, ya lo verás, muy pronto. Ya son casi las diez, la hora de la visita. Tu madre entrará a verte como todas las mañanas y se sentará a tu lado sin hablarte, sólo tocarte, acariciarte, respirarte. Me ha dicho que también ha venido hoy tu tío Luis, el que vive en Colombia. Imagínate, desde Colombia hasta aquí sólo para verte, debe quererte mucho. Bueno, casi estamos ya: un toque de peine- voy a ver si hablo con el barbero para que te corte el pelo, lo llevas ya demasiado largo- un poquito de colonia y te dejo con tu madre. <br/> <br/>-Buenos días, Estrella.<br/>-Buenos días, mi niña ¿cómo ha pasado la noche Pedro?<br/>-Bien ¿qué tal está usted?<br/>-Mientras que él esté bien yo estoy bien.<br/><br/>Es precioso ver cómo tu madre se acerca a tu cama con sigilo, como si tuviese miedo a despertarte de tu sueño, acaricia tu rostro milímetro a milímetro, dibujándolo en la yema de sus dedos, añadiendo pinceladas de amor a los pliegues de tu cara, mientras duermes y duermes en un sueño profundo del que no quieres o no puedes despertar.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Al olvido]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_18.htm]]></link><description><![CDATA[Te regalo las noches eternas, los minutos perezosos, la humedad de mi rostro, la esterilidad de mis manos sin ti.<br/><br/>Te regalo las pesadillas, los recuerdos mutilados, mis deseos más íntimos, el asfalto destrozado de mi cuerpo.<br/><br/>Te regalo mi amor caduco, llenito de hojas secas y frutos de otoño. El frío, la sed, el hambre y este dolor pesado que dice ser mi dueño.<br/><br/>Te regalo todo cuanto guardo de ti: la imagen de tu sonrisa, la penumbra de tu boca, la oscuridad de tu alma, la verdad de tus mentiras, la hipocresía de tu piel, tus ojos esquivos.<br/><br/>Te regalo mi caja de recuerdos, con su lazo azul y todo, los recortes de un amor superlativo que quedaron viejos, las esquinas dobladas de mi alma, la idiotez de mi memoria, la desmemoria cansada de tu presencia en cada paso del camino.<br/><br/>Te regalo cada minuto de nuestro tiempo, ajado y maltrecho, que nunca fue nuestro. <br/> No más viento huracanado, no  más palabras, no más desencuentros.<br/><br/>Y ahora, por favor, regálame tú el olvido…<br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[La decimotercera piedra]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_17.htm]]></link><description><![CDATA[<b>"Trece son las piedras que han de cerrar el círculo"</b><br/><img src="http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/files/luna.jpg" alt=left"" border="1" width="400" height="300"/><br/><br/>Era la criatura más hermosa que había visto jamás...<br/>La observaba embelesado escondido tras el escaso ramaje, a la orilla del río, donde ella danzaba al ritmo de notas de canciones extrañas, sones que no contenían palabras. Extraños y bellos ecos surgían de aquella garganta divina o de aquel cuerpo omnipotente.<br/><br/>La luna llena reflejada en las calmas aguas, su estela plateada interrumpida por aquella figura ondulante.<br/>La quietud de la noche, el sonido de su cuerpo adentrándose en el agua…de nuevo la danza…y esa larga cabellera que se hundía en el río mojándose de estrellas.<br/><br/>Ella miró hacia donde él se encontraba y sus ojos se cruzaron por un segundo. Salió del agua, lentamente. Su cuerpo desnudo avanzó hacia los arbustos, deslumbrante, sensual, eterno…<br/>Se acercó. Sus ígneos ojos brillaban. La noche, el río, el fuego…Puso los dedos tibios en sus labios, mientras murmuraba en un lenguaje incomprensible bellas palabras de amor al alma.<br/>Enlazados, cayeron al suelo rodando. <br/>Las pieles se unieron en un poema, meticulosa estrofa de sueños.<br/>Las bocas susurraron promesas eternas, las caricias marcaron la desnudez de sus cuerpos.<br/>Él cayó rendido en el abismo de sus pechos.<br/>Los sexos se saludaron con avidez dolorosa, mientras  intentaba nuevamente mirarla a los ojos, sin éxito.<br/><br/>El agua, el río, la luna, su pelo…<br/><br/>Despertó en medio de un claro del bosque. No recordaba cómo había llegado hasta allí. A su lado, restos de un fuego extinguido y sus ropas desgarradas. Agotado, miró en derredor y se encontró en el centro  de un círculo formado por doce piedras, perfectamente colocadas. Se miró el pecho y observó una marca roja parecido a un pétalo de rosa.<br/>Sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, de arriba abajo, de abajo arriba, de dentro a fuera, de fuera a dentro…y salió corriendo.<br/><br/><br/><br/><br/>Todo estaba preparado.<br/>La muchedumbre se agolpaba en la plaza de la aldea dispuesta a presenciar el espectáculo. <br/><br/>  Lo que sería después la gran pira presidía el centro de la plaza. El jurado, a la derecha, en un improvisado palco, esperaba el gran momento.<br/>La muchacha fue conducida hacia  su hoguera mortal. Llevaba la cabeza tapada con una capucha negra. No se atrevieron a descubrirle el rostro desde su captura nocturna. Sabían que las brujas, a la luz del día, se convertían en una visión terrorífica imposible de olvidar para los ojos humanos. Annia apenas podía andar. Su cuerpo maltratado agotaba los últimos momentos de cordura en un paso lento, arrastrado, intentando mantener la cabeza encapuchada erguida, como si sus ojos adivinasen a través del oscuro paño las miradas que la seguían.<br/>Su cabello rojizo y ondulado se dejaba caer sobre los pechos pequeños, desafiando ese sol magnífico de aquella primavera de 1394. Había llegado el momento:  La bruja iba a ser quemada.<br/>El juicio fue rápido. Demasiados testigos juraron ante Dios ofreciendo su testimonio.<br/><br/>Hubo quien la vio preparar sus ungüentos para volar, mezclando corteza con unto de caballo y culebra, para después impregnarse las corvas y las ingles al tiempo que decía las palabras prohibidas.<br/><br/>Otros tantos oyeron sus cánticos sin palabras, mientras ofrecía  su cuerpo al diablo que,  unas veces con apariencia humana y otras de macho cabrío, se acercaba al claro del bosque para deleitarse en su cuerpo, tras una serie de danzas más allá del Serc , hasta completar el círculo de trece. Juraron llegar  a ver  cómo las uñas de la muchacha se clavaban en la espalda de la bestia y afirmaban que aquellos gemidos les perseguían en sueños, terribles ensoñaciones que no cesaban desde entonces.<br/>La vieron quitarse la piel y ponerla en remojo en una tinaja antes de subirse a la escoba, maldecir a Dios, beber la sangre de niños pequeños muertos en sus propias manos…<br/>    Aunque la prueba definitiva, la que tuvo más peso, fue la marca de Annia en su pecho: Una mancha rosada con forma de pétalo de rosa, insensible a los castigos, según sus torturadores.  Sólo las brujas eran marcadas por el diablo, para ser reconocidas. Definitivamente era una de ellas. Y hoy se haría justicia.<br/>   Se hizo un silencio expectante en la plaza de la aldea cuando la muchacha fue maniatada en el centro junto a los matorrales que habrían de arder poco después.<br/>Thomas se hizo un hueco entre la multitud, empujado por un sentimiento extraño que lo conducía hacia las proximidades de la mujer. Iba como hipnotizado, guiado a su destino con paso firme y con voz callada.<br/>   El silencio se prolongó durante unos minutos. No se oían las aves. No se oía el viento. Silencio infernal. O silencio divino.<br/>Sólo la respiración profunda de la muchacha que hacía mecer sus rizos anaranjados en un suave compás. Sólo el sonido del miedo de la gente que purgaba sus culpas en la hoguera ajena.<br/>El muchacho se adelantó y se dirigió a los miembros de los hombres sabios, aquellos que habían sentenciado a muerte a la muchacha y pidió ver el rostro de la condenada.<br/><br/>Continuó el silencio. La muchacha murmuró algo ininteligible y su verdugo le quitó la capucha dejando su semblante al descubierto.   Dirigió sus ojos hacia Thomas y se quedaron en los de él. No tenía miedo. Antes de morir quemada, tenía que decirle algo…                                                                                                                                 <br/>Thomas sintió su mirada como una puñalada…Un vértigo que casi le  hizo perder el equilibrio se apoderó de él. El tiempo pareció detenerse, sólo por un instante. Entonces, escuchó su voz…<br/><br/>Oyó la voz de su cuerpo en el río, noche tras noche, durante doce ciclos de luna. Sintió su calor, su olor y su pecho chocando con el suyo. Entendió en un segundo el por qué de su apatía, su sonambulismo y su sueño perenne: Era ella.<br/>Nunca consiguió mirarla a los ojos…hasta ahora.<br/>Aquellos ojos que invitaban al deseo, brillantes y eternos. Aquella mirada que tantas veces quiso encontrar, emborrachado de deseo. Ahora, frente a la hoguera supo el significado de todo lo vivido. Entendió  por qué su cuerpo caminaba sin saberlo las noches de luna llena. Comprendió  por qué amanecía desnudo en el claro del bosque, desmemoriado y cansado. Incluso pudo ver cómo cada ciclo lunar se añadía una piedra más al círculo…<br/><br/>Una brisa ligera le trajo el olor de la muchacha y lo aspiró. Dejó de mirarla a los ojos y descendió lentamente por su cuello, los prominentes pechos, la  cintura, la delgadas piernas…y quiso morir de nuevo en ese cuerpo, como otras tantas veces.<br/>Alguien prendió la hoguera, el tiempo se acababa. La muchacha, lejos de gritar  ni se inmutó. Todo cuanto quería ver estaba frente a ella.  Se llevó las manos blancas a la incipiente curva de su ombligo y sonrió. Allí estaba la decimotercera piedra, la que cerraba el círculo.<br/>      Nadie pudo evitar que el joven se precipitara en la hoguera.<br/><br/>Cuentan en la aldea que, más allá del Serc, cuando la noche es calma y las estrellas brillan reflejadas en el río, la bruja y el diablo siguen amándose con ese deseo brutal que sobrepasa los deseos humanos. <br/><br/>El agua, el río, la luna, su pelo, sus cuerpos entrelazados…por toda la eternidad<br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Para Patricia.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_16.htm]]></link><description><![CDATA[<i>Porque confío en que despiertes de tu sueño no eterno y seas más fuerte que nunca</i>.<br/><br/><br/><br/><br/>Soy yo ¿me recuerdas? La frágil princesa de la mirada triste. La misma que se asomaba al espejo una y otra vez para distorsionar tu imagen. Aquella que empeñó su sonrisa a cambio de veinte kilos menos, la que dejó de tener amigos, la que vomitaba cuando los demás dormían. Soy yo, la aniquiladora de sueños, la que desayunaba mañanas, almorzaba medios días y cenaba noches. Aquella que quedó sorda, la que enmudeció para los demás. La misma que desapareció ayer tarde sin que nadie se percatara de ello. La que negó su estado una y otra vez, la reina de las mentiras y las fabulaciones, la hija rebelde e indomable, la estatua frente al amor. ¡Sigo siendo yo! <br/><br/>Y tengo tanto , tanto miedo...<br/><br/><br/> <br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Tres cartas]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_15.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/files/vela.jpg" alt="" border derecha="0" width="150" height="150"/><br/>Todo empezó por una apuesta. Tonterías de una tarde de aburrimiento cuando no sobra el trabajo y quedan aún cuatro horas de jornada. Entre risas, bromas y miradas esquivas el tiempo se detuvo entre aquellas paredes y se abrió la puerta hacia una cuarta dimensión. <br/>Sentada ante la  improvisada echadora de cartas vestida de blanco, observaba divertida los gestos de la bruja de alquiler, muy seria ella y muy puesta en su papel de adivinadora, barajando las cartas que había sacado de un paño negro con la mano izquierda, encendiendo la vela con movimientos lentos, respirando hondo y cerrando las persianas para que no se oyeran los ladridos de los perros en la calle.<br/><br/>         -Elige tres cartas del montón con la mano izquierda.<br/><br/> Alargó la mano y escogió dos cartas sin pensar. <br/><br/>           -Una tercera, vamos,  no tenemos toda la tarde<br/><br/>Una carta sobresalía sobre las demás. Señaló esa.<br/>         <br/>          -Ahora pon tu mente en blanco…¿Ya?<br/>          -No puedo poner mi mente en blanco si me miras con esa cara. Me das risa… <br/>          -Oye, que esto es serio ¿Quieres que te eche las cartas o no?<br/>          -Sí, pero dime todo lo que veas. No te guardes nada ¿Lo prometes?<br/>          -No puedo hacer promesas de ese tipo. Te diré lo que crea conveniente, que para eso soy la bruja-le comentó entre risas a su amiga-.Voy a hacerte una tirada simple, sólo tres cartas.<br/><br/>Lentamente fue dándole la vuelta a la primera carta: el pasado .<br/>          -Veamos…El Sol, tu pasado: has tenido una vida feliz, llena de ilusiones. Eres una persona justa y equilibrada, punto de encuentro para los demás, que confían en ti porque les has demostrado que pueden hacerlo. Eres alguien querida y admirada. Buen comienzo.<br/>             Segunda carta, el presente: La torre, del revés. A ver la tercera…El diablo…Bueno, mejor lo dejamos para otro día…me duele la cabeza-comenzó a decir la bruja vestida de blanco<br/>   -¿Cómo que lo dejamos para otro día? ¿Qué has visto? Has visto algo malo, te ha cambiado la cara. No quiero dejarlo para otro día…<br/>   -Pero si yo echo las cartas con mi chuleta a cuestas, tonta. No tengo ni idea de esto, en serio. Es una chorrada. Vámonos de aquí.-<br/><br/>Comenzó a recoger la baraja y a doblar la chuleta que, efectivamente, llevaba y había desplegado en la mesa junto a la vela que amenazaba con extinguirse. Se la notaba nerviosa.<br/>    -Además , los perros no paran de ladrar, mal augurio. No es buen momento para hacerlo. Y es sábado, no se pueden echar las cartas un sábado ¿lo sabías? Trae mala suerte.<br/>  -De aquí no nos vamos hasta que no me sueltes lo que dicen estas dos puñeteras cartas, me estás asustando. Por favor...<br/> -Te esperan malos tiempos: Desilusiones, caídas desde tu cielo, eso simboliza la torre. Todo aquello en que creíste se desmoronará. Sufrirás decepciones, miserias, antes de lo que tú piensas. El futuro no aparece mejor. Pero bueno, no les hagas caso, son sólo cartas y yo, sólo una bruja de pacotilla…<br/>      <br/>      -¿Qué has visto realmente? Háblame claro ¿Y el Diablo?¿Qué significa?<br/>      -No he sentido  nada más, en serio, olvídalo- mintió<br/>Volvieron a entrar en la oficina. La bruja dejó de ser bruja y ella dejó de ser consultante. Aunque ninguna de las dos podía dejar de pensar en los momentos previos. La bruja porque quería a su amiga.<br/>Ella, porque acababa de descubrir que su vida tenía vacíos a partir de ese momento en que se cruzó con aquellas cartas y con aquellos ojos que se clavaron en los suyos en la entrada. Si él era el diablo del que hablaban las cartas no era ella nadie para llevarle la contraria a su destino, aunque después se arrepintiera de haber pasado tan sólo un minuto de su vida en aquel fuego que quemaba sin dejar cicatrices externas que curar.                                        <br/>                                                                                    <br/><br/><br/>“Yo conocí al diablo. Puedes pensar que estoy loca, zumbada, como decís hoy o que se me ha ido la pinza. Puedes pensar lo que quieras. Pero yo tengo mi historia y quiero que la sepas antes de esto.<br/><br/>Le conocí una tarde aburrida matando el tiempo que pasaba despacio. Lo peor de todo es que me avisaron y no quise hacer caso, imbécil de mí. Aunque sé que hoy volvería a hacer lo mismo.<br/>Es curioso cómo intentamos dar explicaciones a todo cuanto nos sucede. Parece que así las cosas hacen menos daño o, al menos, no las sentimos como elementos adversos.<br/>Todo tiene una explicación, un por qué,  una razón de ser, me decía. Todo…menos él<br/><br/>Me enredé en sus dedos, me dejé llevar, no opuse resistencia. <br/>Ciega, sorda, muda, vacía de ideas, embelesada, borracha de amor, preñada de magia y de carne. <br/>Dejé de lado a mis amigos, a mi familia, a todos cuantos me querían y observaban mi cambio. Aquellos que me conocían y se percataban de que ya no era la misma, intentaron por todos los medios tenderme sus manos, sus ojos, sus palabras.<br/><br/>No quise ver nada. No quise oír nada. No quise pronunciar palabra<br/><br/>Mi presente tardó en desplomarse lo que tardan las mañanas en pasar, como la torre atravesada por el rayo. Me volví huraña, introvertida, inaccesible, blindada y egoísta.<br/>Mi futuro se quedó tan pegado a él que dejó de ser mi futuro<br/><br/>Sufrí. Sufrí mucho. Sé que no fui la única. <br/><br/>Ahora que mis manos tiemblan cuando acarician y mi cuerpo anida mil restos de días vividos y sólo me quedan recuerdos, le sigo esperando.<br/>Él vuelve cada noche. Mi piel vuelve a tener veintitantos años,   mi boca vuelve a tener sed y el fuego se apodera de mí y me entrego a él. Olvido mi odio. Olvido mis rencores. Olvido hasta mi nombre y le regalaría mi alma una y otra vez, como hice siempre. Todo por tenerlo una vez más.<br/><br/> Le conocí, él me dejó su marca: la maldición de desearlo en cuanto cierro los ojos y de soñarle todas las noches de mi vida. Sólo a él. Vivo con ella. Moriré con ella”<br/><br/><br/>-No me pidas ahora que te eche las cartas. Yo arruiné mi vida…<br/>-Sí, por favor. Dicen que aciertas en todo lo que auguras. Me muero de ganas por saber qué me depara el futuro. Adelante.<br/>-No es buen día, ladran los perros, es sábado y he oído a un niño llorar…<br/>-No importa asumo el riesgo.<br/>Observé la belleza de aquella muchacha intrigada. Me recordó a mí con cuarenta años menos. Comencé a barajar las cartas, sabiendo que con ello, probablemente, destrozaría su vida. Pero ya era tarde:Ya no era yo quien barajaba<br/><br/>- Una tirada simple: tres cartas. La primera, el pasado. La segunda, el presente. La tercera, el futuro. Corta con la mano izquierda. Bien. Veamos…<br/><br/><br/>                 El Sol, la Torre, el Diablo…<br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Un alto en el camino]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_14.htm]]></link><description><![CDATA[Para Isabel<br/><br/>                <img src="http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/files/bosque.jpg" alt="" border="0" width="340"     height="250"/><br/><br/><br/><br/>Me preguntas cómo estoy casi sin mirarme a los ojos, los esquivas de soslayo.<br/><br/>-Estoy bien- miento. <br/><br/>Entretanto, sin querer, rozas mis dedos al cambiar la marcha, mientras yo intento dejar de oír esa canción que suena en la radio y que me trae tantos recuerdos.<br/>Tú quieres adivinar, lo sé, qué pasa por mi cabeza, como si a través de mis dedos pudieses acceder a mis más íntimos pensamientos…Me hago la fuerte y retiro la mano. Sé que, si me tocas, todo volverá a caer…<br/>La autovía está vacía, no vamos a ninguna parte. Tomas la primera salida que encuentras y nos alejamos de la ciudad. La música sigue sonando. La misma que oía cuando viajaba hacia ti, en aquella locura en la que casi pierdo el control de mi alma. No la oigo desde entonces- lo sabes bien- y se apodera de mis sentidos y no puedo hablar. Alargas tu mano hacia mi cuello mientras me dices: “Estás muy callada…” “No tengo nada que decir”, contesto deprisa, aunque mi voz suena a mentira, una vez más.<br/>El coche se detiene en un camino de tierra. “¿Damos una vuelta?”-preguntas insinuando caricias con tu voz. Escondo mi mochila bajo el asiento y salgo del coche.<br/>Nos adentramos en el bosque, cuesta abajo, hacia la vereda del río. Vas delante de mí.<br/>Los espinos se clavan en mi abrigo, sujetándome, pidiéndome que no avance más. Y por un momento deseo irme de allí, salir corriendo, robarte el coche y dejarte allí tirado.  Esta vez sí has oído mis pensamientos y te vuelves a besarme, sin darme opción.<br/>Tu lengua inunda mi boca, la he echado tanto de menos. Tus manos se deslizan por mi espalda, bajo el pantalón y ya nada me importa…Sólo seguir allí contigo es motivo de supervivencia para mí. Recoges un poco de nieve que resbala de una mata, tu mirada cómplice busca mi aprobación sin esperarla y la introduces bajo mis bragas.<br/>La sensación de frío es sólo momentánea. Me desdoblo en sensaciones. Acaricias y pierdo el sentido. Desaparecen los miedos, las noches a solas, mis reproches hacia tí. Todo se borra…Y me enfado conmigo por ser tan frágil, por olvidar tan pronto las promesas que me hice, por no recordar mi dolor y seguir besándote, abriéndome hacia ti, como estoy haciendo ahora<br/><br/>Desabrochas mi pantalón con sabiduría, lo conoces bien. Me duele pensar cuántos botones ajenos habrás desabrochado pero me recreo en mis celos y me digo: “Ahora estás aquí, conmigo, qué mas dan los botones y los demás besos. Qué importa si para ti no soy nada cuando todo esto acabe…”<br/>Y consciente de mi caída, me dejo llevar por tus dedos, por tu boca, por tu lengua que barre cada rincón de mi cuello avivando este deseo que gime cada vez más en mis adentros. <br/><br/>Abandono a mi alma al otro lado del río, o tal vez, mi alma se queda conmigo, no lo sé. <br/><br/>El hielo de derrite pronto, ya no lo siento, ahora son tus dedos los que exploran recuerdos, deshaciendo uno a uno cada minuto de olvido, sin piedad.<br/>Y retornan las sensaciones, todo aquello que he perdido tantas veces y que ahora, me devuelves con tu aliento.<br/> Cuando penetras en mí me quedo sin respiración. Me miras. Eso aumenta el dolor de la pérdida, reaviva los sueños y me devuelve a la realidad. Comienzo a llorar, no lo notas, mis lágrimas no llegan a tus oídos ni resbalan en tu pecho. Son gotas de silencio, sólo mías, yo las entiendo…Intento retener cada movimiento, cada gesto tuyo, la fuerza de tus brazos mientras me sujetas las caderas empujándolas hacia las tuyas, amasando mis nalgas con delicadeza, atrayéndome hacia ti, muy lentamente. Silencio. Ahora nada existe, sólo el tiempo <br/><br/><i>Tus manos fueron creadas para mi cuerpo, mi cuerpo fue creado para tus manos, para tu sed, para tu sexo…</i><br/>  <br/>  Sé que el momento se acaba y estiro lo que puedo cada instante. Abarco con mis piernas tu espalda y detengo el movimiento para tallar en mi memoria, una vez más, la sensación de tenerte dentro.<br/>De camino a la ciudad, apenas hablamos. Sólo la música, armonía nueva que retienen mis sentidos y que no podré volver a oír sin recordar cómo te quiero.<br/>Nos despedimos sin mirarnos. Me dices: “ Siempre es un placer verte…” mientras me robas un beso. Te pregunto si me has echado de menos…Sonríes, y la magia de la tarde se convierte en agua y la luz de mis ojos en más agua. Y pienso que ésta será la última vez.<br/><br/>Ahora conduzco despacio, está anocheciendo, huele el aire a hiel y deseo viejo. Me aborrezco por ser tan imbécil, por volver hacia ti una y otra vez. Me consuelo pensando en que tu alma no sabe mentir, ni tu cuerpo, ni tus manos… Así, al menos, la sensación de desencanto no es tan grande.<br/>De vuelta a mi mundo. Allí donde no existes, donde no eres real, donde no puedo tenerte, ni tan siquiera recordarte, poco a poco irás desapareciendo…<br/><br/>Antes de llegar a casa te entierro en el camino, cavo un agujero muy hondo para que no consigas salir… Hasta la próxima vez, hasta la próxima canción, hasta la próxima ocasión en que mis lágrimas de silencio fluyan dentro de mí por no poder entregarme a nadie más.<br/> No sabes cuánto te odio…<br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Historias de adioses]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_13.htm]]></link><description><![CDATA[Me parece verte aún, los cabellos meciéndose en tus pechos pequeños, la figura menuda y esbelta-frágil perfil-los brazos caídos a los lados, en espera. La boca fina y lívida, apretada en una mueca, cerrándose al paso de las palabras y esos ojos perdidos de bruma donde pude adivinar el desengaño y la muerte de todo lo vivido. Aspirabas el aire envuelta en aromas de adioses. Me miraste y supiste que yo, te dejaría marchar.]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Crónicas matinales]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_12.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><img src="http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/files/bancoparque.jpg" alt="" border="0" width="500" height="375"/><br/><br/><br/><br/>Afortunadamente, el día promete ser soleado y agradable- piensa-mientras se dirige al trabajo. Un día de nubarrones oscuros muy ventoso, típico de otoño, hubiera sido más acorde con su estado de ánimo. Camina cabizbajo. Como tiene tiempo de sobra   decide no coger el coche para ir a trabajar, irá dando un paseo, a ver si así desocupa su mente aunque sea sólo por unos minutos y respira aire puro. A pesar del largo trayecto que separa su hogar del trabajo, llega a éste con suficiente antelación como para tomarse un café en el bar de la esquina, comprar el periódico e incluso ojearlo en un banco de la plaza que hay frente a las oficinas. Comienza a pasar las hojas en blanco y negro, sin prestar demasiada atención a las noticias. En realidad no tiene ganas de concentrarse, es sólo por hacer tiempo. Lee por encima los titulares que le parecen los mismos que la semana pasada, las necrológicas, de las que sólo enfoca la edad del muerto, una costumbre que arrastra desde hace años. Esta vez ojea hasta el horóscopo, a sabiendas de que eso va en contra de su religión, como dice tan a menudo, porque piensa que la brujilla de pacotilla- a la que imagina escribiendo lo primero que se le pasa por la cabeza, con sus cascos escuchando una música fortísima, mascando chicle a ritmo de hip-hop-, no tiene ni idea de adivinación futuróloga, si es que es posible tener artes adivinatorias para adelantarse al futuro y así poderse anticipar de antemano en él, disolviendo la casualidad.<br/> Pero Carlos no está esta mañana en uno de sus mejores momentos y se traga no sólo su horóscopo, sino lo que es peor: lee primero el de Yolanda: “Por fin tus problemas verán la luz y sabrás salir de ellos con la inteligencia que te caracteriza”. ¡Vaya gilipollez!, piensa mientras sonríe. Algo tan abstracto y a la vez tan adulador le puede venir bien a cualquiera. Continúa leyendo esta vez el suyo: “Hoy será un buen día para tomar una decisión importante: Deja a un lado el corazón y guíate  por la razón” Esta vez la brujilla se ha retorcido los sesos hasta el punto de parecer hasta poetisa, piensa divertido. <br/><br/>En el banco, a su lado,  acaba de sentarse una joven pareja que por su aspecto, se puede adivinar que aún no se han acostado tras una noche de marcha. Se están comiendo a besos, como si no existiera nadie más que ellos en el mundo y piensa sin querer en Yolanda. No podrá verla hasta el jueves, aún falta una eternidad. <br/><br/>Ahora Carlos observa por encima del periódico el amanecer de las personas “normales”, aquellas en las que él se encontraba hasta no hace mucho, cuando llevaba una vida “normal”, descansaba por las noches, disfrutaba de las cosas más simples y en definitiva, se encontraba bien. Aunque ahora no concibe su vida sin ese sentimiento que lo está destruyendo a la vez que lo hace  sentirse más vivo, más vulnerable también, y por qué no, más idiota. Porque…¿cuándo se ha fijado él en los adolescentes enamorados o en las parejas de abuelitos que pasean de la mano? Jamás en la vida. Y ahora, sin embargo, se entretiene en observar a la gente de un modo inusual, como si sus comportamientos “estereotipados”pudieran devolverle el recuerdo de la lucidez  que tuvo alguna vez y que ahora no encuentra por ningún sitio. Lo siento, Carlos, te has enamorado como un tonto, estás perdido-se dice- y estás ciego, totalmente ciego, peor aún, te niegas a ver.<br/><br/><br/><br/><i>“¿Qué te niegas a ver, Carlos? Vamos, dímelo. No mires el reloj, aún tienes tiempo. Pasa la página del periódico mientras que yo le doy la vuelta al folio y sigo escribiendo. ¡Vaya! Está cerrando el periódico y decidido a irse. Tendré que imaginar su secreto, aunque imaginarlo no es vivirlo, ¿o sí?.<br/> Quizá mañana, sea Irene, Luis, Inmaculada, María o Laura quienes se sienten en ese banco.  Y quizá a ellos sí les de tiempo a dejarme escribir mientras los observo sin que se den cuenta”</i>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item><item><title><![CDATA[Historias de adioses]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/amaneceenvedia/c_11.htm]]></link><description><![CDATA[Se levantó  y buscó su ropa desperdigada por el suelo. Comenzó a vestirse despacio, dándole la espalda a Juan que se volvió a tumbar en la cama mientras seguía sus movimientos, lentos, pequeños como ella, conocidos y previsibles, ordenados y metódicos: primero deslizó la falda por su cadera y la abrochó, después las medias subiendo por sus piernas como una caricia, le siguieron el sujetador y ese gesto de ella recolocando los pechos dentro de su armadura, que aún de espaldas a él pudo reconocer. Reina del silencio mientras se abrochaba la camisa y  pasaba sus manos por el pelo, terminando así la recomposición de esa mujer que él amaba en su desnudez. <br/>   Le esperaban días duros, muchos momentos vacíos desde el mismo instante en que ella se fuese de allí. Sabía que se sentiría solo, pero no acertaba a adivinar cuánta soledad cabría en él, ni cuánto espacio tendría Silvia en su interior hasta el momento en que la perdiera para siempre: En ese mismo momento.<br/><br/>Silvia se volvió hacia él y buscó su mirada. Juan recordó aquel rostro que vio a través del cristal de su coche el día del accidente, el día en que la encontró: quería huir. Los mismos ojos enormes que lo miraron fijamente envueltos en una tristeza profunda y a la vez tan vivos, con vida propia, chispeantes. El mismo gesto que lo invadió, desbordándolo de un sentimiento que aún no era capaz de explicar <br/>         -Quédate conmigo…  <br/>  Silvia no dijo nada. Se llevaba consigo mil palabras viejas, le arrebataba la magia, la pasión, los besos aún por despertar, los amaneceres rotos y descosidos…Y  el dolor. Ese dolor con nombre propio, su nombre. Se acercó lentamente y le regaló el último beso, lento, suave, en los labios. Juan cerró los ojos, aspirando el olor de su interior  e intuyó cómo se iba, acelerando los pasos por el pasillo, corriendo hacia la puerta que se cerró despacio, amortiguando los sonidos de su despedida.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Vedia]]></author></item></channel></rss>
