Muchos de vosotros sabéis que significaba para mí estudiar Magisterio.
Hoy ha sido el último día de prácticas en un colegio y mi visión de esta profesión no podría haber cambiado más. Han sido casi 4 meses con 19 niños de 5 años, compartiendo con ellos 30 horas a la semana pero ahora miro hacia atrás y se me antojan 2 minutos. Es maravilloso ver como poco a poco los niños te van respetando, no porque les gritas o regañas, sino porque te vas convirtiendo en esa persona de la que aprenden tanto. Como todo lo que tú les enseñas lo absorben, como se motivan con un poco de ilusión que tú le eches al asunto o piensan que eres la mejor sólo porque sabes escribir más rápido que ellos.
Me encanta la inocencia que gastan, llegan a creerse que sus narices se ponen rojas cuando mientes pero que los demás no lo ven porque sólo los vemos las seños y algunas niñas se te acercan a decirte al oído que quieren ser seño como tú para poder verlo ellas también.
Envidio como son capaces de llorar a moco tendido porque el de enfrente les ha soplado y luego reírse a carcajadas cuando tú les soplas en el cuello para hacerles cosquillas. Pueden ser los más desdichados del mundo un minuto y al siguiente no tener ni un atisbo de tristeza en sus caras.
Me conmueve como, con sólo 5 años, ya saben lo que es que sus padres se separen, incluso la diferencia entre esto y el divorcio, y tener que dibujar sólo a su madre y su hermana cuando les pides que hagan un dibujo de su familia.
Debe ser increíble la sensación de conocer a un niño con 3 años, moldearle, enseñarle, instaurarle valores y dejarlo ir con 6 años y viendo como son más mayores, más inteligentes y saber que has sido tú la que le has dado las primeras herramientas que necesitarán para defenderse en la vida. Quiero sentir esa sensación.
Empecé las prácticas temerosa, presionada y embriagada por la responsabilidad que suponía tener en tus manos el principio del futuro de una personita y las acabo con una nueva vocación, ilusionada y convencida de que puedo hacerlo y bien.
Gracias a mis 19 renacuajos por hacerme descubrir mi vocación.

Gracias a
Hayar (la sorprendente),
Laura (la inteligente, mi prefe),
Diana (la cotilla),
Hiusra (la habilidosa),
Soraya (la risueña),
Hamsa (el tontorrón),
Francis (el picón),
Nadir (el matón),
Lorena (la pijita),
Rauda (mi Rauda…),
Mané (el pequeñito),
Dina (la pesada),
Mohamed (el machote),
Javier (los ojos azules),
Shayla (la resabidilla),
Adrián (el chulito),
Dikra (la tiquismiquis),
Fátima (la cariñosa) y
María (la reservada).
Y por supuesto Gracias
Ana, sin ti no hubiese aprendido todo lo que sé ahora.