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la vida, que da muchas vueltas
Acerca de
es difícil saber en qué punto de nuestra vida nos encontramos. pero lo más difícil es saber cómo hemos llegado hasta aquí.
Sindicación
 
Día 25
Empezar una nueva vida. O, como mínimo, empezar algo nuevo. Ahora viene la etapa más divertida, a saber... Ir a la peluquería. Comprarme los zapatos que tanto me gustaron el invierno pasado. Hacer, al fin, ese curso sobre El Relato. Acabarme el libro de Cèline (con paciencia). La licencia de la moto (pendiente desde que cumplí los 18 o algo así). Empezar a usar la crema hidratante, a comer sano y a beber más agua.

Ir al psicólogo para intentar arreglar mi linda cabecita.

Lo peor de todo es que alguien te ha dejado, alguien ha decidido que no quiere estar contigo, que el día libre que tiene no quiere pasarlo contigo, que la cena especial del viernes no quiere que sea contigo, que cuando se mete en la cama no quiere abrazarte, que ya no piensa en tí, ya no se muere de ganas de llegar a casa para acurrucarse sobre tu ombligo y cerrar los ojos. Lo peor es la sensación que tienes de quie no eres lo suficentemente buena. De que no has sabido estar a la altura. De que no has conseguido que se quede a tu lado. Y a mi todas esas cosas me desequilibran bastante, y cuando se van sumando, y se repiten año tras año, relación tras relación... Igual sí que soy depresiva, pero es que no tengo fuerza, no tengo más ganas, no se de donde sacarlas... No me ilusionan todos los cambios que puedo hacer ahora mismo, no tengo ganas de hacer nada en especial, ni de ver a nadie, ni de quedar con mi amiga del alma para contarle lo terriblemente sola, desubicada y pequeñita que me siento. Querría sentarme en cualquier rincón oscuro y llorar. Llorar tranquila, con todo el tiempo del mundo por delante, hasta desahogarme. Llorar de verdad de la buena.

Y el colmo es que te sustituye sin pestañear por páginas varias de contactos, chats con web y porno amateur.

Y yo me pregunto... cuándo?
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Día 24
Hoy necesitaba un respiro. Anoche tuvimos una de esas charlas intensas que tenemos siempre que, después de una semana sin dirigirnos la palabra, lo dejamos. Me dice lo harto que está de mi, me dice que ya no tiene ganas de volver a intentarlo, que no tenemos ningún futuro, que nunca seremos una de esas parejas felices... Y yo venga a llorar. Y él, como siempre, diciéndome que soy muy, muy dramática.

Una de esas conversaciones que acaban mal, pero al menos, se acerca a ti para dormir, te coge de la mano, y la aprieta fuerte de vez en cuando.

Solo que esta vez (parece que) lo dice en serio. Parece que realmente ya no tiene ganas de saber nada de mí.

Así que hoy me he levantado a las siete de la mañana, he cogido una muda y me he ido a la estación de tren. Y después de una hora y media estaba en una ciudad completamente diferente, nueva, haciendo fotos, subiendo escaleras, entrando en museos, tomando cafés, adelantando muchísimo mi última lectura y escribiendo una carta para una persona muy especial, que me conoce mucho, y siempre consigue arrancarme una sonrisa.

He decidido quedarme un tiempo aquí, con él (puede ignorarme sin ningún esfuerzo, dice) y ahorrar e irme sola a un piso.

He llorado cuando me ha llamado mi madre para invitarnos a comer migas el domingo, sentada en las escaleras del barrio judío, viendo el reflejo en el río. Me he comprado una cosa de color rosa, con cara de gato, que maulla.

Y he vuelto bastante contenta.

Pero aquí estaba él, con la cara que pone cuando quiere conseguir algo. Hemos visto la tele un rato, nos hemos reído, hemos comido juntos, y hemos acabado abrazados, dándonos algunos besos, en el sofá. Porque para mí, eso es lo que tenemos de especial: el día a día. Pero es que eso a él no le vale, me ha dicho. Es que no quiere estar conmigo.

Y bueno.
 
Día 23
El problema, me digo, es que ahora mismo no tengo nada más.

No tengo a mis dos amigas de la toooda la vida porque, por circunstancias que no vienen al caso, nos enfadamos hace uno o dos años. Y los amigos que tengo ahora o están demasiado lejos o no me pueden/saben entender (y si alguien no me puede entender, suelo no contarle lo que me atormenta a no ser que sea una emergencia). Pero a mi lo de las medias tintas no me ayuda demasiado, la verdad.

Porque vivimos juntos y tenemos una dinámica de pareja (feliz) del año, hacemos la cena y la comida juntos, intentamos ahorrar todos los meses pero siempre acabamos cenando en el japonés que tanto nos gusta. Jugamos a la Play (y nos hemos pasado un juego!!!), nos compramos chocolatinas que nos dejmos el uno al otro en la bolsa de la comida para animarnos el día, me hace la comida y le doblo la ropa. Me hace la cena y le plancho las camisas con las que está tan guapo. Y los domingos, limpiamos a fondo para luego pasarnos la tarde en el sofá, disfrutando del esfuerzo, viendo las horribles películas de sobremesa entre siesta y siesta. Porque cuando intentas ahorrar pasas mucho tiempo en casa. Ahora pasamos el mismo tiempo, pero sin mirarnos a la cara, sin hacer juntos el rosco de Pasapalabra, sin cenar, ni poner velas ni abrir el vino porque ha hecho una cena estupenda. Sin pensar en lo que vamos a hacer el sábado por la tarde. Nos limitamos, como digo, a no hablar, a mirarnos lo menos posible y a no tocarnos cuando nos damos la vuelta en la cama. Si hay algo más deprimente, por favor, que alguien me lo diga.

Y las veces que hemos tenido una crisis y yo no he cedido a la primera de cambio, es decir, las veces que la cosa se ha puesto seria y he hecho la maleta dirección Casa de Mi Madre... esas veces he acabado llamándole para decirle que, por favor, se lo piense, que mi madre me vuelve loca, no para de hablar, aunque sea sola, todo el tiempo, tardo tres veces más en ir y volver del trabajo, mi hermano me deja despierta hasta las tantas porque tiene esa etapa de incertidumbre típica de la adolescencia... En fin, que no me siento bien en casa. En casa de mi madre, quiero decir. Y acabo volviendo, nos acostamos rápidamente sobre el mármol de la cocina, se nos vuelve a poner cara de idiotas, y todos tan contentos.

Porque si hay algo más triste que dejarlo con tu novio cuando más falta te hace alguien que te anime, te escuche, te apoye y te mime, es ponerte a buscar piso al tiempo que intentas superarlo, porque todo es tan caro y está tan lejos... te piden tantas cosas y cuesta tanto trabajo (a saber: llevo unas nueve mudanzas en mi vida...y cada vez me cuesta más, me hace menos ilusión, me da más miedo, me supone más esfuerzo, etc.) y busca coche, mete en cajas, que las cosas te quepan allí, donde quiera que vayas... bueno, en fin, que también se me hace muy cuesta arriba y acabao pensando: si nos queremos: solamente tenemos que poner un poquito de nuestra parte para que esto funcione, no?

Pero se ve que no.
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Día 22
Hoy me siento desanimada. Ya no tengo ganas de jugar más. Tenemos otra de nuestras crisis, pero esta vez no me apetece seguir con la tontería. No te enfades más, no te enfades, hoy no, por favor, mañana si quieres... pero no hoy.

Pero el niño está triste. Está triste porque le he dicho una verdad como un templo... y así desde el domingo. Por eso ya no tengo ganas de abrazarte, por eso te doy la espalda cuando duermo y por eso ya no me despido por las mañanas con un beso, cariño, nos vemos mañana.

Pero es que yo ahora no puedo, no puedo aguantarlo más. Porque cuando todo va regularmente mal, y las cosas se tuercen, y en el trabajo te caen broncas hoy si y mañana también porque nos estamos retrasando en la planificación (como si yo controlara el mundo, vamos), porque ahora el jefe se ha empeñado en sacar adelante (con planning incluido, también, debe ser el mes de cumplir cosas) los proyectos que llevan años siendo proyectos, porque tenemos que reorganizar una convención que llevabamos semanas preparando, porque llego a la oficina a las 7.45 y me voy a las 19.45... Porque ahora es cuando necesito a ese novio maravilloso que me abraza y me da calor y me da mimos y me coge fuerte de la mano cuando llego del trabajo y me quedo dormida, porque por fin mi cabecita pensante descansa... Pues ahora (como siempre), es cuando él se enfada, porque se siente ofendido, por algo que dije pero no recuerda el domingo, al entrar en casa.

Porque esta, cariño, es la gota que colma el vaso. Porque estoy harta de que seas una preocupación más dentro de todo en lugar de ser un apoyo y ayudarme a sacar adelante estas pequeñas cosas.

Por eso esta mañana me he ido. Porque no puedo aguantarte más.


 
Día 21
Hoy hemos ido a dar un paseo con la bicicleta. A medio camino, ha decidido darse la vuelta para casa porque yo le he dicho no sé qué rollos y ha visto en mi cara no sé qué cosas...

Yo he seguido y he acabado viendo Juno, en VOSE, y llorando como una idiota.

Pero por el camino, he tenido tiempo de pensar. Pensar en por qué salgo con él, y en por qué le quiero. En por qué tiene esa manía de ver solamente lo que ve, sin mirar más allá, sin pensar que el resto de personas tenemos nuestras ideas, que también se basan en nuestra experiencia y también creemos que son las mejores.

Pensando en por qué tendrá esa manía de castigarme cuando hago algo que no le gusta, como en la guardería, cuando te ponen mirando a la pared, o como cuando tienes 8 años y tu madre hace que te comas las espinacas como si le fuera la vida en ello (aunque tú te pases tres días sin comer).

En por qué le cuesta tanto, o por qué le gusta tan poco decirme que está enamorado de mí, que a los tres días de no dormir conmigo me echa tanto de menos que no puede aguantarlo. Que me quiere más de lo que quiere a nadie, y que esta relación, en el fondo funciona. O podría funcionar, al menos.

O, en definitiva, por qué me siento como la madre de un niño adolescente (aunque ya haya pasado los 30), que se rebota, te contesta mal, ahora no te habla y hace las cosas que más te fastidian. Un niño que te quiere, al que quieres más que nada en este mundo, pero eso no quita que a veces se te olvide.
 
Día 20
Hoy estaba esperando el metro y me he encontrado con alguien. Alguien que trabajó conmigo durante algunos años, que ha compartido, a saber, críticas despiadadas a los jefes, a las compañeras que llevan escote (es un decir), a la sale con el de contabilidad, al camarero cascarrabias del bar... Cenas de empresa interminables (con litros de alcohol, para acabar un martes en el Arena a las cuatro de la mañana, bailando como poseídas), esas jornadas de 12 horas trabajando porque hay algo urgente, qué urgente, urgentísimo, y risas, y llantos (más unos que otros, para que mentir).

Y un día, cambias. Cambias y dejas atrás toda esa vida, todas esas personas estupendas, maravillosas, que salen de trabajar tres horas tarde porque tienes una crisis, porque tu novio te ha dejado, o tu madre tiene una de sus neuras, o tu hermano deja los estudios. Y te escuchan, y te miran mientras les cuentas y... y un día, se acabó. Un día te la encuentras en el metro y te das cuenta de que ahora son otras personas las que tienes alrededor. Que has cambiado, que tu escenario ha cambiado también... tu novio te sigue dejando, tu madre sigue teniendo neuras y tu hermano ha vuelto a dejar los estudios. Pero ahora, de las dos paradas de metro que tenéis en común, te sobra una.