Día 36
Creo que lo que me da... fuerza (?) es pensar que me quiere. Que todavía me quiere y que, en realidad, le está costando tanto como a mí no cerrar los ojos y dejarse llevar.
Porque, en realidad, lo que me duele es pensar que alguien que ha estado contigo tanto tiempo, en tantas cosas (malas, buenas y regulares), alguien que tanto ha hecho, que tanto se ha preocupado... ya no siente nada.
Simplemente no me lo puedo creer. Simplemente, no puede ser verdad.
Pero de momento, calma absoluta. Cuando dice algo fuera de lugar, no le hago caso. Antes me sentía mal porque me echaba la culpa de las cosas. Ahora me da igual. Ahora, le digo, no tengo por qué aguantar tus tonterías. Ese es el trato, no? Ni en lo bueno ni en lo malo. Ni en la salud ni en la enfermedad... Aunque a veces me sale la tontería y le preparo el bocadillo para el trabajo, le espero para cenar o dejo que me toque con los pies cuando se duerme.
Pero, de momento, no es preocupante. De momento, al menos, estoy orgullosa del paso que he dado.
Y en una semana me voy a Amsterdam... a respirar.
Porque, en realidad, lo que me duele es pensar que alguien que ha estado contigo tanto tiempo, en tantas cosas (malas, buenas y regulares), alguien que tanto ha hecho, que tanto se ha preocupado... ya no siente nada.
Simplemente no me lo puedo creer. Simplemente, no puede ser verdad.
Pero de momento, calma absoluta. Cuando dice algo fuera de lugar, no le hago caso. Antes me sentía mal porque me echaba la culpa de las cosas. Ahora me da igual. Ahora, le digo, no tengo por qué aguantar tus tonterías. Ese es el trato, no? Ni en lo bueno ni en lo malo. Ni en la salud ni en la enfermedad... Aunque a veces me sale la tontería y le preparo el bocadillo para el trabajo, le espero para cenar o dejo que me toque con los pies cuando se duerme.
Pero, de momento, no es preocupante. De momento, al menos, estoy orgullosa del paso que he dado.
Y en una semana me voy a Amsterdam... a respirar.
Día 35
¿cómo dejas que alguien se marche? ¿cómo sabes que eso está bien, que todo cambia? ¿cómo encuentras la forma de sentirte a gusto en la vida sin que te parta el corazón? lo más difícil que puedes aprender, es a decir adiós.
Ayer decidí decirle adiós, después de unos días de tremenda armonía. Supongo que me he dado cuenta de que, por muy bien que estemos, por muy bien que nos vaya o por muchas cosas que nos apetezca hacer juntos, aunque nos encante dormir juntos y abrazados, o ir a dar paseos en bicicleta, o ir a hacer fotos un día de sol... no quiere estar conmigo, o no quiere arreglarlo. O como se quiera llamar. El caso es que aunque estemos estupendamente, no se lo plantea. Lo único que se pregunta es si estoy buscando piso.
De manera que ayer, cuando vino a buscarme al trabajo, le dije: creo que ha llegado el momento de dejarlo. Creo que ya estoy preparada. Sin odio, mal rollo, ni silencios incómodos.
No es lo que habíamos hablado, pero si es lo que quieres...
Evidentemente, llegar a esta conclusión ni ha sido fácil ni ha sido agradable. Y después de unos minutos, se me llenaron los ojos de lágrimas, irremediablemente, mientras miraba por la ventana.
Pero no estés triste, mujer, me dijo.
Es que me parece triste, le dije.
Ayer decidí decirle adiós, después de unos días de tremenda armonía. Supongo que me he dado cuenta de que, por muy bien que estemos, por muy bien que nos vaya o por muchas cosas que nos apetezca hacer juntos, aunque nos encante dormir juntos y abrazados, o ir a dar paseos en bicicleta, o ir a hacer fotos un día de sol... no quiere estar conmigo, o no quiere arreglarlo. O como se quiera llamar. El caso es que aunque estemos estupendamente, no se lo plantea. Lo único que se pregunta es si estoy buscando piso.
De manera que ayer, cuando vino a buscarme al trabajo, le dije: creo que ha llegado el momento de dejarlo. Creo que ya estoy preparada. Sin odio, mal rollo, ni silencios incómodos.
No es lo que habíamos hablado, pero si es lo que quieres...
Evidentemente, llegar a esta conclusión ni ha sido fácil ni ha sido agradable. Y después de unos minutos, se me llenaron los ojos de lágrimas, irremediablemente, mientras miraba por la ventana.
Pero no estés triste, mujer, me dijo.
Es que me parece triste, le dije.
Día 34
Ikea, definitivamente, redecora tu vida.
Tengo 351 libros. 12 de Charles Bukowski (una de mis debilidades). 12 de Truman Capote y 12 de Milan Kundera. Tabucchi, Nabokov y Allan Poe le siguen de cerca. Y todos están subrayados (a lápiz) con las frases que más me gustan. O las que más me gustaron en su día. Además, cuando los empiezo, además de la fecha escribo el libro que me he leído antes (para contextualizar, deformación profesional, supongo).
Anoche me dijo que no le gusta dormir completamente a oscuras porque no puede verme. No sabe donde tengo las manos, ni hacia donde estoy mirando. Y he comprado uno de esos enchufes que se le ponen a los niños que tienen miedo a la oscuridad, porque es una especie de vaca azul de lo más... Esta noche lo pondremos para dormir.
En definitiva, ha sido un día genial. Me ha encantado (re)encontrarme con la persona que leyó, hace 8 años, La Insoportable Levedad del Ser.
A todo esto, no se acuerda de la conversación que tuvimos la otra noche. Se acuerda de cosas, pero no del hilo conductor, para entendernos. De manera que nos hemos acostado tres veces desde entonces, y parece que jugamos a ser novios. De todas formas, ya hablaremos, que para esas cosas supongo que siempre hay tiempo.
Tengo 351 libros. 12 de Charles Bukowski (una de mis debilidades). 12 de Truman Capote y 12 de Milan Kundera. Tabucchi, Nabokov y Allan Poe le siguen de cerca. Y todos están subrayados (a lápiz) con las frases que más me gustan. O las que más me gustaron en su día. Además, cuando los empiezo, además de la fecha escribo el libro que me he leído antes (para contextualizar, deformación profesional, supongo).
Anoche me dijo que no le gusta dormir completamente a oscuras porque no puede verme. No sabe donde tengo las manos, ni hacia donde estoy mirando. Y he comprado uno de esos enchufes que se le ponen a los niños que tienen miedo a la oscuridad, porque es una especie de vaca azul de lo más... Esta noche lo pondremos para dormir.
En definitiva, ha sido un día genial. Me ha encantado (re)encontrarme con la persona que leyó, hace 8 años, La Insoportable Levedad del Ser.
A todo esto, no se acuerda de la conversación que tuvimos la otra noche. Se acuerda de cosas, pero no del hilo conductor, para entendernos. De manera que nos hemos acostado tres veces desde entonces, y parece que jugamos a ser novios. De todas formas, ya hablaremos, que para esas cosas supongo que siempre hay tiempo.
Día 33
Ayer llegó su madre. Y tengo que reconocer dos cosas: primero, que es un amor de mujer, y enseguida me preguntó que qué había pasado, me dijo que teníamos que hablarlo e intentar arreglarlo (hay cosas que, al fin y al cabo, valen la pena, me dijo). Porque su hijo, pasara lo que pasara, me quería mucho. Muchísimo. Porque se lo ha dicho y porque ella es su madre, y esas cosas se saben.
La segunda es que no le ha dicho a nadie que lo hemos dejado. Solamente lo ha hablado con tres personas (de mucha confianza) a las que les ha dicho que lo estamos dejando.
De manera que anoche salimos por ahí. Salimos con una pareja de amigos y sus compañeros de trabajo. Tuvimos una pequeña pelea al salir de casa (que tuvo que ver con el sillin de mi bici: nada de lo que yo tuviera la culpa, aunque se puso borde conmigo, no con quien lo hizo). Le dije, al rato, que yo no tenía que aguantar esas cosas. Tienes razón, perdóname. Perdóname...
Y hablé con la tercera persona durante la noche. Y me dio una serie de consejos. Me dijo, ante todo, él te adora y quiere estar contigo por encima de todas las cosas. Pero se ha dado cuenta de que no funciona, de que discutís todo el tiempo, y no puede seguir así. Mi consejo: compórtate. Intenta ser normal con él (nada de rabia contenida, nada de seguir durmiendo juntos), y todo se relajará.
De manera que, cuando llevabábamos tres gin-tonics cada uno, salimos a hablar. Y hemos hecho una tregua y vamos a llevarnos bien. Nada de hacernos daño, nada de decir cosas que duelen, nada de sexo ni de cariñitos ni de tonterías.
Pero me pidió que no me fuera del piso, que no quiere que me vaya, que quiere tenerme cerca. Quiere verme y oírme y saber de mí.
Pero me dijo que, si puediera elegir estar con alguien, elegiría estar conmigo cuando estamos (tan) bien.
De momento, mañana me lleva al Ikea. Y luego nos iremos a ver la exposición de Bodies que llevamos siglos queriendo ir a ver. De buen rollo.
A ver cuánto nos dura.
La segunda es que no le ha dicho a nadie que lo hemos dejado. Solamente lo ha hablado con tres personas (de mucha confianza) a las que les ha dicho que lo estamos dejando.
De manera que anoche salimos por ahí. Salimos con una pareja de amigos y sus compañeros de trabajo. Tuvimos una pequeña pelea al salir de casa (que tuvo que ver con el sillin de mi bici: nada de lo que yo tuviera la culpa, aunque se puso borde conmigo, no con quien lo hizo). Le dije, al rato, que yo no tenía que aguantar esas cosas. Tienes razón, perdóname. Perdóname...
Y hablé con la tercera persona durante la noche. Y me dio una serie de consejos. Me dijo, ante todo, él te adora y quiere estar contigo por encima de todas las cosas. Pero se ha dado cuenta de que no funciona, de que discutís todo el tiempo, y no puede seguir así. Mi consejo: compórtate. Intenta ser normal con él (nada de rabia contenida, nada de seguir durmiendo juntos), y todo se relajará.
De manera que, cuando llevabábamos tres gin-tonics cada uno, salimos a hablar. Y hemos hecho una tregua y vamos a llevarnos bien. Nada de hacernos daño, nada de decir cosas que duelen, nada de sexo ni de cariñitos ni de tonterías.
Pero me pidió que no me fuera del piso, que no quiere que me vaya, que quiere tenerme cerca. Quiere verme y oírme y saber de mí.
Pero me dijo que, si puediera elegir estar con alguien, elegiría estar conmigo cuando estamos (tan) bien.
De momento, mañana me lleva al Ikea. Y luego nos iremos a ver la exposición de Bodies que llevamos siglos queriendo ir a ver. De buen rollo.
A ver cuánto nos dura.
Día 32
Ayer fue un día maravilloso. Llegué del trabajo y vino a sentarse conmigo. Merendamos, me contó qué tal le había ido el día, le conté qué tal me había ido a mí... Hicimos la cena y nos fuimos al ordenador a ver House.
Y antes de dormirnos, me empezó a besar. A besar dulce e infinitamente. Me tocaba, me besaba y me día cosas al oído. Fue increíble. Después me dijo que, ya que viene su madre, podíamos hacer algo. Salir o or a hacer fotos a cualquier parte con su objetivo nuevo. Claro, pensé. Me encantaría.
Pero hoy... hoy ha estado hablando con su padre, de irse un fin de semana a verle (sin mí, claro), Ha estado hablando con un amigo de la despedida de soltero de VC, sin mí, claro. Y mañana va a salir por la noche con su "amigo del alma". No quiero que vengas, pero no te lo voy a decir. Y no sé por qué te pones tan seria. Podrías sonreir, me dice, haciéndome cosquillas con los pies.
Podría, claro. Supongo que sería capaz de hacerlo.
Y antes de dormirnos, me empezó a besar. A besar dulce e infinitamente. Me tocaba, me besaba y me día cosas al oído. Fue increíble. Después me dijo que, ya que viene su madre, podíamos hacer algo. Salir o or a hacer fotos a cualquier parte con su objetivo nuevo. Claro, pensé. Me encantaría.
Pero hoy... hoy ha estado hablando con su padre, de irse un fin de semana a verle (sin mí, claro), Ha estado hablando con un amigo de la despedida de soltero de VC, sin mí, claro. Y mañana va a salir por la noche con su "amigo del alma". No quiero que vengas, pero no te lo voy a decir. Y no sé por qué te pones tan seria. Podrías sonreir, me dice, haciéndome cosquillas con los pies.
Podría, claro. Supongo que sería capaz de hacerlo.
Día 31
No puedo con lo que se me viene encima. O es la sensación que tengo.
Llevábamos una semana con tensión en casa. Ni me mira, ni le hablo. El ambiente no es agradable, pero es que no puedo dar más de sí, de verdad. No sé cómo no lo entiende... Pero me acaba de dejar. Acaba de decidir que no quiere estar conmigo, no quiere tenerme cerca... Y yo no puedo fingir que no pasa nada para que el ambiente sea normal. El ambiente no puede ser normal, y cualquiera podría entenderlo. No me lo pueden pedir... lo siento, pero es que no puedo.
El domingo, pese a todo, me senté en la esquina de la cama. Para hablar. Es cierto que él dio uno de sus (tímidos) primeros pasos de por qué me odias, o por qué actúas como si me odiaras. Por qué no podemos estar bien, por qué pasa esto... si podríamos ser tan amigos, y llevarlo tan bien...
Pues yo no puedo, de verdad. No puedo llevarme tan normal con alguien que me está haciendo daño, continuamente, que quiere que me vaya, que me está echando de su vida. Que llega un día en el que decide que no quiere compartirlo conmigo... pues me duele, la verdad. Me duele mucho.
De manera que podemos actuar casi normalmente y ver qué pasa. Ver qué pasa no significa que yo quiera dejarlo (es algo que tiene bastante metido en la cabeza). Ver qué pasa significa simplemente eso, ver hacia donde evolucionamos. Yo necesito cierta estabilidad (o normalidad, o tranquilidad), y estando bien lo consigo. Ya me plantearé qué es lo que va a pasar, o qué hay que hacer. De momento necesito estabilizarme. Luego, cuando ya tenga ganas, cuando todo vaya mejor, me propondré lo que sea. Pero ahora, de momento, no puedo. No tengo ni ganas, ni fuerzas, ni recursos, ni ilusión, ni...
Seguir normalmente significa que viene a buscarme al trabajo. Que me hace la comida, compra el postre, me da un beso cuando se va a la cama. Me pregunta que dónde he estado, con quien, y qué es lo que he hecho. Significa meternos en la cama juntos, desnudos, y abrazarnos. Abrazarnos toda la noche, dando vueltas, sintiendo todas las cosas que, pese a todo, ninguno de los dos hemos dejado de sentir. Las cosquillas que tenemos continuamente. El cerrar los ojos cuando nos besamos hasta el infinito. El cogerme la mano antes de dormir. El millón de cosas inexplicables que no deberías sentir por alguien que no quieres que esté a tu lado. Alguien que ya no te importa.
Pero seguir normalmente significa que el fin de semana no nos vemos. Que sale y entra y no permite ninguna pregunta. Que no vamos al cine. Que no nos vamos a cenar más lejos de la esquina. Que todo el mundo sabe que lo hemos dejado (y a nadie parece importarle) y no nos deben ver ni juntos ni bien. Significa que su madre llega el jueves. Y sabe que no estamos juntos. Pero dormiremos juntos. Pero es que lo nuestro, cariño, no puede ser. No te das cuenta?
Pues no me doy cuenta. No consigo metérmelo en la cabeza. No puedo verlo. No lo entiendo, no lo quiero aceptar, no le veo la lógica... porque, en el fondo, estaríamos tan bien... significamos tanto el uno para el otro...
Sólo que esta vez hay una pequeña norma, porque yo puedo aguantar ciertas cosas. Puedo no hacer planes con él. Puedo intentar desvincularme, no salir, no hacer preguntas, no decirle que le quiero, no tocarle la cara cuando llevamos horas dando vueltas en la cama, sin poder dormir... Pero no puede estar cada tres días recordándome que quiere dejarme. Que cree que la relación ha terminado. Que no quiere saber nada, ni intentar nada, ni hacer nada. Porque no me parece justo.
Llevábamos una semana con tensión en casa. Ni me mira, ni le hablo. El ambiente no es agradable, pero es que no puedo dar más de sí, de verdad. No sé cómo no lo entiende... Pero me acaba de dejar. Acaba de decidir que no quiere estar conmigo, no quiere tenerme cerca... Y yo no puedo fingir que no pasa nada para que el ambiente sea normal. El ambiente no puede ser normal, y cualquiera podría entenderlo. No me lo pueden pedir... lo siento, pero es que no puedo.
El domingo, pese a todo, me senté en la esquina de la cama. Para hablar. Es cierto que él dio uno de sus (tímidos) primeros pasos de por qué me odias, o por qué actúas como si me odiaras. Por qué no podemos estar bien, por qué pasa esto... si podríamos ser tan amigos, y llevarlo tan bien...
Pues yo no puedo, de verdad. No puedo llevarme tan normal con alguien que me está haciendo daño, continuamente, que quiere que me vaya, que me está echando de su vida. Que llega un día en el que decide que no quiere compartirlo conmigo... pues me duele, la verdad. Me duele mucho.
De manera que podemos actuar casi normalmente y ver qué pasa. Ver qué pasa no significa que yo quiera dejarlo (es algo que tiene bastante metido en la cabeza). Ver qué pasa significa simplemente eso, ver hacia donde evolucionamos. Yo necesito cierta estabilidad (o normalidad, o tranquilidad), y estando bien lo consigo. Ya me plantearé qué es lo que va a pasar, o qué hay que hacer. De momento necesito estabilizarme. Luego, cuando ya tenga ganas, cuando todo vaya mejor, me propondré lo que sea. Pero ahora, de momento, no puedo. No tengo ni ganas, ni fuerzas, ni recursos, ni ilusión, ni...
Seguir normalmente significa que viene a buscarme al trabajo. Que me hace la comida, compra el postre, me da un beso cuando se va a la cama. Me pregunta que dónde he estado, con quien, y qué es lo que he hecho. Significa meternos en la cama juntos, desnudos, y abrazarnos. Abrazarnos toda la noche, dando vueltas, sintiendo todas las cosas que, pese a todo, ninguno de los dos hemos dejado de sentir. Las cosquillas que tenemos continuamente. El cerrar los ojos cuando nos besamos hasta el infinito. El cogerme la mano antes de dormir. El millón de cosas inexplicables que no deberías sentir por alguien que no quieres que esté a tu lado. Alguien que ya no te importa.
Pero seguir normalmente significa que el fin de semana no nos vemos. Que sale y entra y no permite ninguna pregunta. Que no vamos al cine. Que no nos vamos a cenar más lejos de la esquina. Que todo el mundo sabe que lo hemos dejado (y a nadie parece importarle) y no nos deben ver ni juntos ni bien. Significa que su madre llega el jueves. Y sabe que no estamos juntos. Pero dormiremos juntos. Pero es que lo nuestro, cariño, no puede ser. No te das cuenta?
Pues no me doy cuenta. No consigo metérmelo en la cabeza. No puedo verlo. No lo entiendo, no lo quiero aceptar, no le veo la lógica... porque, en el fondo, estaríamos tan bien... significamos tanto el uno para el otro...
Sólo que esta vez hay una pequeña norma, porque yo puedo aguantar ciertas cosas. Puedo no hacer planes con él. Puedo intentar desvincularme, no salir, no hacer preguntas, no decirle que le quiero, no tocarle la cara cuando llevamos horas dando vueltas en la cama, sin poder dormir... Pero no puede estar cada tres días recordándome que quiere dejarme. Que cree que la relación ha terminado. Que no quiere saber nada, ni intentar nada, ni hacer nada. Porque no me parece justo.
Día 30
Ciertamente, no soy una persona estable. No soy una persona que se cierre en banda, ni soy una persona a la que le guste discutir.
Pero, sinceramente, el tema se pasa de castaño oscuro.
El martes, gran pelea: me dice que si no me voy en Semana Santa se irá él, porque no aguantaría estar en la misma casa que yo cuatro días. Tras la lindeza de turno, sofocón monumental (de por qué no quieres volver, de vamos a hablar, de no aguanto más esta situación, de no puedo seguir adelante, de no entiendo porqué me lo tienes que poner tan difícil...). Y él, tumbado en la cama, diciéndome que hiciera el favor de dejarle dormir. Que no le molestara. Que me callara. Que dejara de llorar. Que le dejara tranquilo de una vez, que no me acercara a él, que no le tocara, que le estaba hartando.
Y creo que aquel fue uno de los peores momentos de la relación- ruptura. Creo que jamás me había sentido tan despreciada. Tan pequeña. Tan dolida. Tan indefensa...
En dos días tenía una convención en el trabajo (oragnizada enteramente por nuestro departamento). Nervios, y horas y horas de trabajo. Al final, salió estupendamente. Llegué a casa, me duché, y nos fuimos a cenar (los del departamento). Y al llegar a casa me encuentro un mensaje en el móvil (porque dormimos en habitaciones separadas) diciéndome que por qué no me iba a dormir con él. Y no pude ni contestarle.
Y hoy me dice que qué puede hacer para que nos llevemos bien. Nada, le digo. Me odias y ya está? (me ha preguntado). No es que te odie, es que me das asco, es que eres la persona más desagradable que he conocido en mi vida, he pensado. Sí, le he dicho.
Pero fuera de casa las cosas van bien. Empieza a hacer sol. Los días son infinitamente más largos. Todo el mundo sale. Leo. Voy al cine (he descubierto las maravillosas sesiones matinales del domingo). Comemos helado. Llega el cumpleaños de una buena amiga mía. En verano tengo casa para desconectar. Y en el trabajo están tan contentos, que han hablado de aumento.
Y es que igual existen los finales felices, incluso para los que no creen en ellos, no?
Pero, sinceramente, el tema se pasa de castaño oscuro.
El martes, gran pelea: me dice que si no me voy en Semana Santa se irá él, porque no aguantaría estar en la misma casa que yo cuatro días. Tras la lindeza de turno, sofocón monumental (de por qué no quieres volver, de vamos a hablar, de no aguanto más esta situación, de no puedo seguir adelante, de no entiendo porqué me lo tienes que poner tan difícil...). Y él, tumbado en la cama, diciéndome que hiciera el favor de dejarle dormir. Que no le molestara. Que me callara. Que dejara de llorar. Que le dejara tranquilo de una vez, que no me acercara a él, que no le tocara, que le estaba hartando.
Y creo que aquel fue uno de los peores momentos de la relación- ruptura. Creo que jamás me había sentido tan despreciada. Tan pequeña. Tan dolida. Tan indefensa...
En dos días tenía una convención en el trabajo (oragnizada enteramente por nuestro departamento). Nervios, y horas y horas de trabajo. Al final, salió estupendamente. Llegué a casa, me duché, y nos fuimos a cenar (los del departamento). Y al llegar a casa me encuentro un mensaje en el móvil (porque dormimos en habitaciones separadas) diciéndome que por qué no me iba a dormir con él. Y no pude ni contestarle.
Y hoy me dice que qué puede hacer para que nos llevemos bien. Nada, le digo. Me odias y ya está? (me ha preguntado). No es que te odie, es que me das asco, es que eres la persona más desagradable que he conocido en mi vida, he pensado. Sí, le he dicho.
Pero fuera de casa las cosas van bien. Empieza a hacer sol. Los días son infinitamente más largos. Todo el mundo sale. Leo. Voy al cine (he descubierto las maravillosas sesiones matinales del domingo). Comemos helado. Llega el cumpleaños de una buena amiga mía. En verano tengo casa para desconectar. Y en el trabajo están tan contentos, que han hablado de aumento.
Y es que igual existen los finales felices, incluso para los que no creen en ellos, no?
Día 29
Anoche se nos ocurrió ver "París, Texas".
Impresionante.

Impresionante.

Día 28
Es difícil de explicar.
El martes hubo una gran pelea en Casa de mi Madre, y acabé con la maleta en la puerta, esperando un taxi. Yo soy una persona con mucha paciencia y muy (muy) conciliadora, y no entiendo porqué la gente no lo es conmigo.
El martes hacía un frío terrible, que me helaba las manos mientras fumaba, una y otra vez, esperando un (maldito) taxi que nunca vino. Y lloré. Lloré de desesperación, porque me veía, a saber, como desamparada. Como perdida.
Y tuve que volver a la casa de, llamémosle, VN.
Al llegar no había nadie. Habían cambiado los muebles de sitio. Mi habitación ahora estaba ocupada por una serie de aparatos que sacaron del mueble haciendo limpieza. Dejé la maleta, dejé la bolsa, hice recuento de lo que había dejado atrás (un libro, una bufanda, una cafetera) y me puse a fumar.
Me di una ducha, tranquila, a oscuras, escuchando la radio. Una ducha caliente y larga. Me sentó bastante bien. Y me fui a dormir.
Pero al llegar, vino a verme, y me dijo que me fuera a dormir con él.
Y desde entonces todo es desconcierto. Estamos solos, y estamos bien. Me quiere, dice. Me toca, me besa, me abraza y se acurruca al lado de mi cabeza para dormir, ver la tele, o escuchar las noticias. Me viene a buscar al trabajo, me cuenta, le cuento, y todo es silencio, y paz, y tranquilidad, me digo. Justo lo que necesito, pienso.
Pero lo hemos dejado, tenlo en cuenta. Es decir, delante de nuestro compañero de piso (que el pobre se ha ganado un pequeño sitio en el cielo, porque intenta actuar como si tal cosa...) que sabe que lo hemos dejado, no se acerca, no me da besos ni se acurruca. Pero cuando estoy poniendo la mesa, me abraza en la cocina. Y cuando nos vamos a la cama me encierra entre él y la pared.
Solamente necesito un poco de tiempo. Y si bien no será para hacerme a la idea de que me estás dejando (aunque estemos tan bien, aunque nos queramos, aunque...), necesito un poco de tiempo para encontrar qué es lo que me falta.
Aunque no sepa por donde empezar a buscar...
Aunque no sepa si me va a valer lo que me encuentre.
El martes hubo una gran pelea en Casa de mi Madre, y acabé con la maleta en la puerta, esperando un taxi. Yo soy una persona con mucha paciencia y muy (muy) conciliadora, y no entiendo porqué la gente no lo es conmigo.
El martes hacía un frío terrible, que me helaba las manos mientras fumaba, una y otra vez, esperando un (maldito) taxi que nunca vino. Y lloré. Lloré de desesperación, porque me veía, a saber, como desamparada. Como perdida.
Y tuve que volver a la casa de, llamémosle, VN.
Al llegar no había nadie. Habían cambiado los muebles de sitio. Mi habitación ahora estaba ocupada por una serie de aparatos que sacaron del mueble haciendo limpieza. Dejé la maleta, dejé la bolsa, hice recuento de lo que había dejado atrás (un libro, una bufanda, una cafetera) y me puse a fumar.
Me di una ducha, tranquila, a oscuras, escuchando la radio. Una ducha caliente y larga. Me sentó bastante bien. Y me fui a dormir.
Pero al llegar, vino a verme, y me dijo que me fuera a dormir con él.
Y desde entonces todo es desconcierto. Estamos solos, y estamos bien. Me quiere, dice. Me toca, me besa, me abraza y se acurruca al lado de mi cabeza para dormir, ver la tele, o escuchar las noticias. Me viene a buscar al trabajo, me cuenta, le cuento, y todo es silencio, y paz, y tranquilidad, me digo. Justo lo que necesito, pienso.
Pero lo hemos dejado, tenlo en cuenta. Es decir, delante de nuestro compañero de piso (que el pobre se ha ganado un pequeño sitio en el cielo, porque intenta actuar como si tal cosa...) que sabe que lo hemos dejado, no se acerca, no me da besos ni se acurruca. Pero cuando estoy poniendo la mesa, me abraza en la cocina. Y cuando nos vamos a la cama me encierra entre él y la pared.
Solamente necesito un poco de tiempo. Y si bien no será para hacerme a la idea de que me estás dejando (aunque estemos tan bien, aunque nos queramos, aunque...), necesito un poco de tiempo para encontrar qué es lo que me falta.
Aunque no sepa por donde empezar a buscar...
Aunque no sepa si me va a valer lo que me encuentre.
Día 27
Todo ha dado una especie de giro.
En mi vida, como supongo que pasa en la de todo el mundo, hay una persona especial. Es una persona que cada vez que aparece hace que todo se pare, todo se tambalee, todo brille con una luz especial, todo se vuelva maravilloso, estupendo, genial... Es una persona, en definitiva, que hace que se me acelere el corazón.
Y esa persona me llamó ayer para decirme dos cosas:
- Mi novia me ha dejado, pero estoy bien.
- Te parece que vaya a verte en Semana Santa.
Y, a partir de entonces, todo adquiere una dimensión diferente. Ya no me importa (prácticamente) que el que hasta hace unas semana era mi novio se dedique a darse de alta en páginas de contactos (de alto nivel, por decirlo de alguna manera) de pago, en las que cuelga fotos desnudo y videos masturbándose. Ya no me importa no saber nada de él, que no quiera intentarlo o que no quiera volver a verme... porque me ha llamado. Me ha llamado y hemos estado hablado largo y tendido, riéndonos del mundo que nos rodea, de nosotros mismos, y de la posibilidad de congelar una muestra de esperma por si no consigo quedarme embarazada jamás.
La misma persona con la que pasé tres días en Lisboa y me dijo lo más bonito que me han dicho nunca.
No quiero hacerme ilusiones, pero no puedo evitar sonreir todo el tiempo... en fin.
En mi vida, como supongo que pasa en la de todo el mundo, hay una persona especial. Es una persona que cada vez que aparece hace que todo se pare, todo se tambalee, todo brille con una luz especial, todo se vuelva maravilloso, estupendo, genial... Es una persona, en definitiva, que hace que se me acelere el corazón.
Y esa persona me llamó ayer para decirme dos cosas:
- Mi novia me ha dejado, pero estoy bien.
- Te parece que vaya a verte en Semana Santa.
Y, a partir de entonces, todo adquiere una dimensión diferente. Ya no me importa (prácticamente) que el que hasta hace unas semana era mi novio se dedique a darse de alta en páginas de contactos (de alto nivel, por decirlo de alguna manera) de pago, en las que cuelga fotos desnudo y videos masturbándose. Ya no me importa no saber nada de él, que no quiera intentarlo o que no quiera volver a verme... porque me ha llamado. Me ha llamado y hemos estado hablado largo y tendido, riéndonos del mundo que nos rodea, de nosotros mismos, y de la posibilidad de congelar una muestra de esperma por si no consigo quedarme embarazada jamás.
La misma persona con la que pasé tres días en Lisboa y me dijo lo más bonito que me han dicho nunca.
No quiero hacerme ilusiones, pero no puedo evitar sonreir todo el tiempo... en fin.
Día 26
Fin de semana extraño, donde los haya. Llevo una semana en casa de mi madre (y todo lo que eso conlleva para mí, que es mucho y difícil de explicar). Mi hermano, bien. Mi madre, bien también.
Llevo una semana sin verle, sin cogerle el teléfono y sin importarne lo que haga (en la medida de lo posible, está claro), y bien. Estoy bien (desayunando en el trabajo me ha dicho un compañero, que no sabe prácticamente nada del tema, que hoy estoy radiante... de contenta). El caso es que, como digo, estoy bien. Estoy animada (no hiperactiva, animada normalmente), contenta, salgo, entro, duermo, leo (muchísimo) y, sobre todo, no lloro. No me voy al lavabo a llorar. No me pongo a llorar cuando cojo el autobús de vuelta a casa. No lloro por el camino a ninguna parte, ni cuando me meto en la cama, ni cuando me despierto y, tras esos instantes de bendita inconsciencia, descubro que estoy en una cama bastante extraña para mí.
Pero el sábado le vi. Le vi y estuve tres horas enteras llorando, sentada en el suelo, a una distancia prudencial de su linda cabecita, rogándole, pidiéndole por favor, que me diera una oportunidad. Que me quisiera, que me hiciera feliz, que me diera solamente una oportunidad. Que no quería irme de aquella casa, que no quería salir por aquella puerta y saber que no voy a volver a verle (a no ser que coincidan demasiadas cosas para una vida normal, como la mía). Que me dijera que no me fuera, que me dijera que me quería, que me dijera algo, cualquier cosa, que me hiciera quedarme. Pero no hay nada que hacer. Me quiere, si, y quiere que sea feliz, y quiere que esté bien, y querría que se arreglara todo este asunto... pero no sabe cómo hacerlo. No quiere seguir. No quiere saber nada. Prefiere no saber nada... y me rompe el corazón. Qué le voy a hacer, soy así de extraña.
De todas formas, después de eso, todo ha ido a mejor. Estoy extrañamente contenta y en paz, no me lo puedo explicar. Sé que cuando lo acabas de dejar con alguien tienes fases, hay momentos de euforia (e hiperactividad) que duran días, y pasados esos días te entra una especie de terrible depresión de por qué a mí?, días en los que te quieres morir, días... Pero ahora no es así. Ahora estoy (extrañamente) tranquila. Aunque le eche de menos. Aunque le quiera incondicionalmente...
Llevo una semana sin verle, sin cogerle el teléfono y sin importarne lo que haga (en la medida de lo posible, está claro), y bien. Estoy bien (desayunando en el trabajo me ha dicho un compañero, que no sabe prácticamente nada del tema, que hoy estoy radiante... de contenta). El caso es que, como digo, estoy bien. Estoy animada (no hiperactiva, animada normalmente), contenta, salgo, entro, duermo, leo (muchísimo) y, sobre todo, no lloro. No me voy al lavabo a llorar. No me pongo a llorar cuando cojo el autobús de vuelta a casa. No lloro por el camino a ninguna parte, ni cuando me meto en la cama, ni cuando me despierto y, tras esos instantes de bendita inconsciencia, descubro que estoy en una cama bastante extraña para mí.
Pero el sábado le vi. Le vi y estuve tres horas enteras llorando, sentada en el suelo, a una distancia prudencial de su linda cabecita, rogándole, pidiéndole por favor, que me diera una oportunidad. Que me quisiera, que me hiciera feliz, que me diera solamente una oportunidad. Que no quería irme de aquella casa, que no quería salir por aquella puerta y saber que no voy a volver a verle (a no ser que coincidan demasiadas cosas para una vida normal, como la mía). Que me dijera que no me fuera, que me dijera que me quería, que me dijera algo, cualquier cosa, que me hiciera quedarme. Pero no hay nada que hacer. Me quiere, si, y quiere que sea feliz, y quiere que esté bien, y querría que se arreglara todo este asunto... pero no sabe cómo hacerlo. No quiere seguir. No quiere saber nada. Prefiere no saber nada... y me rompe el corazón. Qué le voy a hacer, soy así de extraña.
De todas formas, después de eso, todo ha ido a mejor. Estoy extrañamente contenta y en paz, no me lo puedo explicar. Sé que cuando lo acabas de dejar con alguien tienes fases, hay momentos de euforia (e hiperactividad) que duran días, y pasados esos días te entra una especie de terrible depresión de por qué a mí?, días en los que te quieres morir, días... Pero ahora no es así. Ahora estoy (extrañamente) tranquila. Aunque le eche de menos. Aunque le quiera incondicionalmente...





