Día 2
Llevo todo el día mordiéndome (lo que supongo que se llama) el carrillo. Igual es que me está saliendo una muela (y eso explicaría la fiebre de estos últimos días, la sangre al enjuagarme la boca, y la docena de mordiscos que llevo) y, en parte, eso me deja mucho más tranquila.
Mañana tenemos un cumpleaños al que no quiero ir. Porque quien cumple años MN, que es la típica amiga per-fec-ta de mi no-tan-perfecto novio, guapa y simpática (y delgada) a la que todo el mundo adora. Menos yo. De la que todo el mundo ha estado enamorado al menos una vez en la vida y por la que VN se recorría 700 km. un fin de semana sí y otro también. Porque somos amigos me dice. Pues bueno, le digo yo. Pero a mi no me apetece ir nada en absoluto.
Por otra parte, mañana mi madre nos ha invitado a comer. Aunque suene extraño (vivimos juntos desde hace ya cinco meses) será la primera vez que los siento a comer en la misma mesa (y que pasan más de media hora juntos en la misma habitación).
Cuando en realidad, lo que a mi me apetece hacer mañana es nada en absoluto. Es dormir hasta las tantas, desayunar a las tres de la tarde, coger la bici para dar un paseo hasta la playa, ir al cine a ver una de esas películas que necesita que me ponga las gafas, y pasear por la ciudad porque seguro que hace buen tiempo. O mejor, llamar a cualquiera de mis amigas, las que tengo olvidadas desde que trabajo tan en serio, e irnos de compras (pero de mentira), a cotillear toda la tarde para acabar comprándonos unas medias color mostaza que no nos pondremos nunca, y un bolso que acabará en el fondo del armario (pero, es que, era tan barato...) y luego, lo mejor: irnos a cenar, a tomar algo, y acabar medio borrachas hablando de cualquier guarrería.
Pero no. Me levantaré, me iré a comer a casa de mi (querida) madre, luego iremos a casa a ver qué me puedo poner (digamos que he engordado bastante últimamente y casi no me cabe la ropa que tengo en el armario) para salir, morirme del asco, poner buena cara, intentar hablar con alguien a quien vea despistado por ahí, y beber hasta perder el conocimiento o, al menos, la sensación de que no encajo en el antro de turno con el cumpleaños de turno. Antisocial, me llama el muy gracioso.
Para colmo, ya es invierno, ya se acerca el frío (aunque aún no haga frío), ya no sabes qué ropa ponerte para no acabar con la chaqueta de tres quilos en la mano, o con "las largas puestas", ya han cambiado la hora (y cuando salgo de trabajar es de noche), y ni si quiera tengo un buen libro que me enganche. Para colmo caí en la trampa de ver Saw IV (es que no aprendo, de verdad), lo que me hace ir perdiendo la fe (poquito a poco) en el cine de terror (hoy he leído que Eli Roth va a hacer una película de un libro-cuento-relato de Stephen King, a ver que tal). Y para colmo mi móvil prácticamente no funciona y estoy como incomunicada. Y mi novio, querido, está en la etapa de es mejor disfrutar del silencio, cariño, que decir cosas que no tienen interés.
Pero hoy me ha encantado la frase promocional de una película, 53 días de invierno (creo recordar), que dice:
“Si te das por vencido en invierno, te habrás perdido la primavera, el verano y el otoño“.
Cuánta razón.
Mañana tenemos un cumpleaños al que no quiero ir. Porque quien cumple años MN, que es la típica amiga per-fec-ta de mi no-tan-perfecto novio, guapa y simpática (y delgada) a la que todo el mundo adora. Menos yo. De la que todo el mundo ha estado enamorado al menos una vez en la vida y por la que VN se recorría 700 km. un fin de semana sí y otro también. Porque somos amigos me dice. Pues bueno, le digo yo. Pero a mi no me apetece ir nada en absoluto.
Por otra parte, mañana mi madre nos ha invitado a comer. Aunque suene extraño (vivimos juntos desde hace ya cinco meses) será la primera vez que los siento a comer en la misma mesa (y que pasan más de media hora juntos en la misma habitación).
Cuando en realidad, lo que a mi me apetece hacer mañana es nada en absoluto. Es dormir hasta las tantas, desayunar a las tres de la tarde, coger la bici para dar un paseo hasta la playa, ir al cine a ver una de esas películas que necesita que me ponga las gafas, y pasear por la ciudad porque seguro que hace buen tiempo. O mejor, llamar a cualquiera de mis amigas, las que tengo olvidadas desde que trabajo tan en serio, e irnos de compras (pero de mentira), a cotillear toda la tarde para acabar comprándonos unas medias color mostaza que no nos pondremos nunca, y un bolso que acabará en el fondo del armario (pero, es que, era tan barato...) y luego, lo mejor: irnos a cenar, a tomar algo, y acabar medio borrachas hablando de cualquier guarrería.
Pero no. Me levantaré, me iré a comer a casa de mi (querida) madre, luego iremos a casa a ver qué me puedo poner (digamos que he engordado bastante últimamente y casi no me cabe la ropa que tengo en el armario) para salir, morirme del asco, poner buena cara, intentar hablar con alguien a quien vea despistado por ahí, y beber hasta perder el conocimiento o, al menos, la sensación de que no encajo en el antro de turno con el cumpleaños de turno. Antisocial, me llama el muy gracioso.
Para colmo, ya es invierno, ya se acerca el frío (aunque aún no haga frío), ya no sabes qué ropa ponerte para no acabar con la chaqueta de tres quilos en la mano, o con "las largas puestas", ya han cambiado la hora (y cuando salgo de trabajar es de noche), y ni si quiera tengo un buen libro que me enganche. Para colmo caí en la trampa de ver Saw IV (es que no aprendo, de verdad), lo que me hace ir perdiendo la fe (poquito a poco) en el cine de terror (hoy he leído que Eli Roth va a hacer una película de un libro-cuento-relato de Stephen King, a ver que tal). Y para colmo mi móvil prácticamente no funciona y estoy como incomunicada. Y mi novio, querido, está en la etapa de es mejor disfrutar del silencio, cariño, que decir cosas que no tienen interés.
Pero hoy me ha encantado la frase promocional de una película, 53 días de invierno (creo recordar), que dice:
“Si te das por vencido en invierno, te habrás perdido la primavera, el verano y el otoño“.
Cuánta razón.





