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Vómitos Mentales
Un rincón de A Coruña, repleto de lluvia, niebla y algo de sol.
Acerca de
Desde este maravilloso rincón, a orillas del Atlántico, me encomiendo a la intuición y espontaneidad, con el deseo de que ninguna de las dos se aleje demasiado del sentido común.
Sindicación
 
Penúltima derrota
Flores en agua, lágrimas para disparos y miradas de sapo. Cajas de madera, colores funerarios y túneles de cemento, eternos, por caminos y cielos vírgenes. Ocaso de metralla a cambio de un mediodía ardiente y azulado. Miedos más que sueños. Odio y, tal vez, amor. Unanimidad fría, estéril, fruto del desencuentro. Soledad impuesta, silencio después del estruendo. La oscuridad, sombras de una luz cegadora. Vencidos ¿dónde los triunfadores? Adiós, el adiós para siempre ante una bienvenida imposible. Continuidad sesgada, fin. Pero no, de los recuerdos dolor y del dolor venganza. Flores en agua, lágrimas...
 
Sírveme otra copa
--Camarero, sírveme otra copa, que tengo que perder el sentido. Sírveme otra copa, porque a mi amor olvidar no puedo. Se marchó, ella se marchó y se llevó consigo mi alegría, mi ilusión, mis sueños; se llevó toda mi fortuna, mi vida. Se fue sin decir adiós, tan sólo me dejó el dolor, tan sólo me quedó la cruz. Sírveme otra copa, porque a ella la enterraron, pero el que ha muerto he sido yo.
--Bebe, esta noche invita la casa.
 
Ángel


El despertador atronó en la oscuridad, hirió de muerte el silencio. Una retahíla de juramentos se confundieron con las estridencias asesinas, adjudicándole una supuesta personalidad e, incluso, familia a la caja de cuerda. Entre tinieblas y ring-ringnes, una mano torpe descargó todo su peso y toda su ira encima del reloj. Excitada, la bombilla se inflamó e inundó los diez metros cuadrados de estancia con su luz amarillenta: encendió el día.

Con ese gesto tan común y familiar, Ángel, el cartero, volteó las mantas. Logrando un día más que su compañera, enojada por el inoportuno destape, le diese la espalda mientras emitía una serie de protestas que Morfeo convertía en unos ininteligibles gruñidos. Ayudado por la despedida, el cartero echó los pies al suelo y, ante la delgadez de una pretenciosa esponja, crucificó las nalgas en el larguero de la cama. Miró como las agujas del reloj le clavaban las ocho menos cuarto en el estómago y se lo oprimían a la entrada. Melancólicos instantes anteriores le obligaron a abrir la boca a lo hipopótamo y a estirar los brazos hasta llenar la habitación.

Comenzó por los calcetines, se retorció de un lado para otro, tanteó hasta donde las manos le alcanzaban, logró posturas de circo sin escuchar los quejidos de las articulaciones; pero cuando, incorporándose del todo, se puso de pie, había conseguido vestirse de cintura para abajo, incluso aprovechó el último enderezo de columna para asentar los pantalones en su sitio. Se echó un vistazo de aprobación y al ver que se le había olvidado atar uno de los zapatos, le dedicó otro capítulo de execraciones. Sin atreverse a sentar de nuevo para atar el zapato, se zambulló de lleno en el nuevo día.

Arrastrando los pies, entró en el cuarto de baño y echó un vistazo al canoso y medio calvo, por no decir arrugado cincuentón, que siempre lo esperaba al otro lado del espejo. Decidieron no afeitarse esta mañana; se lavaron los dientes, las narices y poco más. Apenas se peinaron las canas y se despidieron en silencio, deseándose interiormente otro mutuo encuentro.

Con un tirón de solapas asentó el tres cuartos, descolgó la gorra de la percha y la incrustó hasta las orejas mientras cerraba la puerta de casa. Se dirigió hacia su moto, con los guantes de lana que su mujer le había confeccionado en la mano. Inclinó más el ciclomotor que levantó su pierna y, ayudándose con el cuerpo, se enderezó en busca del equilibrio. Dos o tres pedaladas arrancaron el motor que semejaba jurar como su dueño; a saber si por el madrugón, o por los noventa kilos repartidos en el uno setenta del jinete que le había tocado en suerte. Ángel, con el pensamiento en el chato de jerez con aguardiente y la charla matutina en la taberna, se colocaba los guantes sin prisas, indiferente a los ronroneos de su montura y al día que ya caminaba por sí solo.

El vagón correo no llegaba hasta las diez y para ordenar los envíos le bastaba con una hora, pero, a pesar de sus despertares, nunca aparecía después de las ocho y diez en la taberna.
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Mañana habrá eclipse
Mañana habrá eclipse

Domingo, el despertador tiene día libre y me he levantado tarde. Aseo y viaje al otro lado del parque. En el portal, antes de salir, como siempre, vacío el buzón. Está lleno, no descansa ni en los días festivos. Ofertas, nada más que ofertas; la vida es una oferta. Atravieso la calle sin tráfico, los coches guardan silencio, velan sueños. Al otro lado de la plaza, el quiosco, el estanco y la cafetería esperan con las puertas abiertas. De camino, en esta ocasión a la altura del segundo banco, me cruzo con la vecina, con sus ojeras, con su resaca, con las noticias frescas que trae en la mano. Buenos días, buenos días. La miro y no puedo verla, la esconde el chándal. La campana de la iglesia llama. La oigo, pero suena a hueco, a vacío. Elijo el bar, ni siquiera el estanco o el puesto de prensa, prefiero el café de máquina, el tabaco de máquina y los periódicos manoseados. Dos churros, dos piernas largas, dos tetas buscando un motorista, dos ojos negros, dos sonrisas, la de entrar y la de salir.
Hace buen día, la tarde será agradable, tal vez volvamos a perder el partido, pero, con un poco de suerte, hallaré compañía para la cena. Mañana sonará el despertador y dolerá, dolerán la resaca y los ruidos de la calle, los rostros demacrados, las noticias, el descontento de los compañeros, la insatisfacción del jefe. Mañana será lunes, habrá eclipse.