Feliz Año Nuevo
Cuando miro hacia atrás, levanto la mano y digo: adiós 2005, adiós a esas 365 ilusiones que me han traído hasta aquí. Gracias por los sueños cumplidos y gracias por no ser celoso y dejarme seguir soñando. Feliz 2006, feliz año a todos.
Relato interrumpido
28 de diciembre, día...; ya pueden parar de leer, el texto ha sido interrumpido por tiempo indefinido. La transcripción que iba a escribir la estaba contando uno que decidió partir hacia el último viaje sin dar explicaciones. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada de él; tan sólo una lápida, en un cementerio anónimo, reza su nombre y la fecha del comienzo del relato.
FELICES FIESTAS
Felices fiestas y próspero año nuevo
Hablaban de amor
Hablaban de amor en la mesa de al lado y eran las diez de la mañana. Mi hora de engañar el nuevo día con la vieja rutina del café y el periódico. Estaba acostumbrado al trasiego de los coches que se veían a través de la ventana; al trasiego de clientes, camareros y cajas registradoras; me había acostumbrado al ajetreo y, a la vez, éste aislaba mi mesa en un rincón de tranquilidad y sosiego.
Cuando aquella pareja, que ni siquiera puedo describir, pasó a mi lado y ocupó la mesa que quedaba a mis espaldas, no imaginé que me iban a atrapar en una conversación ajena. Por educación, me había esforzado en no escucharlos, pero el volumen de sus voces era demasiado alto para dejar de oírlos. Te quiero, le decía él. Lo sé, y yo a ti, se sumaba ella a sus palabras.
Hablar a esas horas de dinero, de trabajo, de la carencia de éstos en mayor medida, de política, religión, etc., es una manera de masticar ruidosamente el desayuno. A pocos les importa ser oídos porque pocos son los que escuchan. Pero aquel modo de alimentarse me resultaba perturbador. Vi como te tocaba el culo y no me gusta que ese cabrón te sobe. No seas celoso cariño, sabes mejor que yo que no puedo evitarlo ¿qué quieres que haga? Ya, pero me jode que actúe como si tuviese derecho de pernada. La sensación de que el café estaba muy cargado aumentaba por momentos. También a mí ¿cómo quieres que te lo diga?, necesito el dinero para la hipoteca, mi marido está en el paro y él paga bien. Así paga cualquiera. Por favor, no seas niño, no es más que otro de sus caprichos, como lo fue Julia, Elena... Y tantas otras, si lo sabré yo. Por eso, pronto encontrará un nuevo juguete y habrá pasado todo. Sí, pero mientras tanto ¿lo nuestro qué?
Si pudiera esconderme entre las hojas del periódico creo que lo haría. Ataba la vista a los titulares para no caer en la tentación de mirar hacia atrás. Desconocía la razón, pero me negaba a conocer a los protagonistas de aquel idilio. Algo dentro de mí me decía que aún no estaba preparado, ¿preparado para qué?, no lo sé. Tan sólo quería evitar que sus asuntos fueran los míos. ¿Lo nuestro? Sí, lo nuestro. Bobo, si serás bobo. Te deseo y no aguanto más. Y yo, mira como me pones, estoy toda mojada. Apuré el café, temía estar sufriendo una hiperacusia no dolorosa, o sí, ¿quién lo sabe? Veámonos después del trabajo. No, hoy no, lo más seguro es que tenga que quedarme hasta tarde. Busca una disculpa. No puedo, por favor, no insistas, necesito poner al día la facturación de los últimos pedidos. ¿Y me vas a dejar así? ¡Uff! ¡cómo estás!, pasado mañana, nos vemos pasado mañana; mi marido se va de pesca y no vendrá hasta la noche. ¿Pasado mañana?, no puedo, mi mujer tiene una cena de la empresa y he de cuidar de los niños.
Pedí la cuenta.
–¿Ya se va?
–Sí, hoy tengo que irme.
–¡Qué raro! Es la primera vez que lo veo con prisas.
–¿Te has enamorado alguna vez? –no pudo más que abrir la boca para dibujar un enorme y silencioso “qué”?– yo sí, pero hace mucho, mucho tiempo.
El “qué” se convirtió en “ah” y yo abandoné el local ante la perplejidad de la camarera.
Cuando aquella pareja, que ni siquiera puedo describir, pasó a mi lado y ocupó la mesa que quedaba a mis espaldas, no imaginé que me iban a atrapar en una conversación ajena. Por educación, me había esforzado en no escucharlos, pero el volumen de sus voces era demasiado alto para dejar de oírlos. Te quiero, le decía él. Lo sé, y yo a ti, se sumaba ella a sus palabras.
Hablar a esas horas de dinero, de trabajo, de la carencia de éstos en mayor medida, de política, religión, etc., es una manera de masticar ruidosamente el desayuno. A pocos les importa ser oídos porque pocos son los que escuchan. Pero aquel modo de alimentarse me resultaba perturbador. Vi como te tocaba el culo y no me gusta que ese cabrón te sobe. No seas celoso cariño, sabes mejor que yo que no puedo evitarlo ¿qué quieres que haga? Ya, pero me jode que actúe como si tuviese derecho de pernada. La sensación de que el café estaba muy cargado aumentaba por momentos. También a mí ¿cómo quieres que te lo diga?, necesito el dinero para la hipoteca, mi marido está en el paro y él paga bien. Así paga cualquiera. Por favor, no seas niño, no es más que otro de sus caprichos, como lo fue Julia, Elena... Y tantas otras, si lo sabré yo. Por eso, pronto encontrará un nuevo juguete y habrá pasado todo. Sí, pero mientras tanto ¿lo nuestro qué?
Si pudiera esconderme entre las hojas del periódico creo que lo haría. Ataba la vista a los titulares para no caer en la tentación de mirar hacia atrás. Desconocía la razón, pero me negaba a conocer a los protagonistas de aquel idilio. Algo dentro de mí me decía que aún no estaba preparado, ¿preparado para qué?, no lo sé. Tan sólo quería evitar que sus asuntos fueran los míos. ¿Lo nuestro? Sí, lo nuestro. Bobo, si serás bobo. Te deseo y no aguanto más. Y yo, mira como me pones, estoy toda mojada. Apuré el café, temía estar sufriendo una hiperacusia no dolorosa, o sí, ¿quién lo sabe? Veámonos después del trabajo. No, hoy no, lo más seguro es que tenga que quedarme hasta tarde. Busca una disculpa. No puedo, por favor, no insistas, necesito poner al día la facturación de los últimos pedidos. ¿Y me vas a dejar así? ¡Uff! ¡cómo estás!, pasado mañana, nos vemos pasado mañana; mi marido se va de pesca y no vendrá hasta la noche. ¿Pasado mañana?, no puedo, mi mujer tiene una cena de la empresa y he de cuidar de los niños.
Pedí la cuenta.
–¿Ya se va?
–Sí, hoy tengo que irme.
–¡Qué raro! Es la primera vez que lo veo con prisas.
–¿Te has enamorado alguna vez? –no pudo más que abrir la boca para dibujar un enorme y silencioso “qué”?– yo sí, pero hace mucho, mucho tiempo.
El “qué” se convirtió en “ah” y yo abandoné el local ante la perplejidad de la camarera.
Errores
Tomar conciencia de un error nos induce a repararlo, y en más ocasiones de las que nos gustaría, cometiendo otro error mayor, y otro y otro; así hasta entrar en un camino sin retorno. Existe la posibilidad de rectificar, de alcanzar la gracia ajena, pero no es suficiente. Comenzar de nuevo empieza por nuestra propia absolución. Tarea difícil, cuando no imposible, porque del perdón que dispensamos a los demás nos excluimos. La indulgencia es sinónima de compasión y ésta, a su vez, conlleva en sí misma la idea del fracaso. Reconocerlo, de modo sincero, es demasiado revés para la autoestima y son pocos los que están dispuestos a aceptar una rendición semejante.
Reflexionar, cuando la herida afecta al primero de los sentimientos: el amor propio, no parece el mejor consuelo. La actitud contemplativa es contraria a las pulsiones originadas en el hipotálamo. Pasividad y acción entran en conflicto, pensamiento y sentimientos nos descarnan vivos. La duda, y con ella el miedo, se hacen fuertes en la debilidad, amos en un feudo convulso. Decidir(palabra, qué ironía, aguda, de tres sílabas que cuesta llevar a cabo tres siglos), tomar una decisión bajo nuestra propia tiranía resulta muy complejo. Además, cualquiera de las dos opciones es de por sí una apuesta de valientes: la especulación sería infinita si la locura no se interpusiese, y el amor, no sólo es infinito a pesar de la locura, sino que aumenta su intensidad con ella. Labor de gigantes encomendado a liliputienses sentenciados de antemano.
Somos hijos del azar, más que de nosotros mismos o de nuestras equivocaciones. Quizá por eso pensamos cuando deberíamos amar o amamos cuando convenía pensar. Basta con una sonrisa, su sonrisa, el pelo, el color de su pelo, un aroma, ese olor que nos envuelve y atrapa o esa mirada, profunda e intensa, que nos arrastra a los abismos; inciertos, sí, pero emocionantes.





