La leyenda del faro
Aquí, donde ahora está la Torre de Hércules, atraída por la fuerza y el vaivén del océano, venía a cantar una joven muy hermosa. El mar, perdidamente enamorado, recorrió cielo y tierra hablando de su amor. La fama de su belleza y de su voz, capaces éstas de seducir a la inmensidad, llegó a oídos del gigante que vivía más allá de la puesta de sol.
Empujado por la curiosidad, el titán vino a conocer a la muchacha. Le bastaron dos o tres pasos para atravesar las profundidades y acercase a estas costas, pero el mar, no se sabe si embravecido por las zancadas o por los celos, lo anegó y arrasó todo. La gente huyó a guarecerse en los montes cercanos. El gigante esperó a que las aguas bajaran con la ilusión de ver a la joven cuando abandonara el refugio, pero le tenían miedo y nadie se atrevió a volver al pueblo. Ante la demora, preguntó a gritos por la joven cantora.
La chica, obligada por aquellos bramidos que hacían retumbar el cielo, salió a su encuentro.
–Canta para mí –le dijo ya embobado.
Cantó.
Al oír su voz, aquel inmenso monstruo hincó las rodillas en el suelo y quedó rendido a sus pies.
–Ven conmigo –le rogó–. Te llevaré a mi isla, es tan pequeña que mojo los pies cuando me siento, pero no importa; así estaremos más cerca el uno del otro.
–No, nunca iré contigo –dijo ella con valentía–. Si quieres que vaya tendrás que llevarme a la fuerza.
–A la fuerza no, eso no. Prefiero venir todos los días a verte hasta que desees acompañarme por tu propia voluntad.
Se asustó, la sola posibilidad de que volviese, la hacía temblar.
–Está bien, iré contigo –dijo la chica rendida, cubriéndose el rostro para no mostrar sus lágrimas.
Él acercó una mano, con la palma abierta, para que ella pudiese subir y después, con la otra, también abierta, pero en esta ocasión hacia abajo, golpeó con violencia la costa. Nada se libró de saltar por los aires, el caos y la confusión se apoderaron de todo. El litoral quedó marcado para siempre.
–¿Por qué has hecho eso? –gritó furiosa.
–Te lo explicaré cuando lleguemos.
Ella continuó profiriendo gritos e insultos, pero él no la escuchó.
Dos zancadas bastaron para que el raptor regresara a su isla, llevándose a su amada consigo. El islote no sólo era pequeño, sino que estaba repleto de estatuas humanas. Al verlas un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven.
–Pero... ¿y esas...,? –balbuceó.
–No hables –advirtió él mostrando un gesto de silencio–, por favor, no digas nada.
–¿...las estatuas?
No le permitió continuar, con mucha delicadeza le tapó la boca.
Esas estatuas son la razón por la que provoqué el desbarajuste en tu pueblo. La isla está encantada, y no permite que nadie hable sin decir la verdad. El que falte a ella lo inmoviliza, lo mismo que ha hecho con esos. Si con el tiempo se demuestra que no mentía, que lo que decía era falso porque no conocía la verdad, tal vez lo libere. Como comprenderás, si no fuesen presa del desconcierto, el pueblo entero nos seguiría. Así han hecho estos, sus intenciones eran las de atacarme, pero al preguntárselo ninguno se atrevió a decir la verdad en mi presencia. Ya somos muchos, no cabe nadie más.
Mientras le hablaba a la joven, el mar continuaba trayendo a la playa las grandes olas que había provocado el gigante. Una de ellas dejó un bote varado en la arena. De la barca salió un joven mareado, completamente atontado, no sabía dónde se encontraba.
El ogro, con suavidad, dejó a la chica en el suelo, repitiéndole es gesto de que guardara silencio, y se dirigió al náufrago.
–¡Eh! Tú, ¿a qué has venido a la isla?
El hombre que había bajado del bote con bastante torpeza y más trabajo, desorientado como estaba, tardó en comprender lo que le decían. Momento que aprovechó el gigante para, con una sonrisa, dirigirse a la pastorcilla.
–Ya verás como éste tampoco se atreve a decirme la verdad.
–No lo sé, iba hacia el puerto a comprar pescado y de pronto, un temblor de tierra hizo que saltara todo por los aires. Después, ya sólo me acuerdo de estar en la barca en medio de unas olas enormes.
El gigante echó un grito estremecedor.
–Nooooooooooooooo...
–¿Qué pasa? –preguntó el joven agachándose del susto que se llevó al oír gritar a aquella mole
–Rápido, tenemos que irnos de aquí y, por favor, no digas nada. –Le advirtió la muchacha, mientras se acercaba a toda prisa y le tapaba la boca con una mano para que guardase silencio.
–¿Qué haces? –Interrogó él cada vez más confundido.
–Empuja la barca y vámonos, ya te lo contaré más tarde.
En altamar, la muchacha le explicó el motivo por el que no podían hablar en la isla.
–Esta vez fue el gigante quien no dijo la verdad, por eso gritó cuando se dio cuenta, antes de convertirse en estatua.
–No dijo la verdad, pero tampoco mintió.
–Por eso debemos estar preparados, para cuando se libere. –Volvió a explicar la joven.
El puerto estaba cada vez más cerca, igual que sus corazones. La joven volvió a cantar, cantó como no lo había hecho nunca. Cuando pusieron los pies en tierra, ya sabían que eran el uno para el otro.
A sus espaldas quedaba el gigante convertido en coloso y nadie sabía hasta cuando. Por eso, para estar prevenidos, encendieron un fuego a la orilla del mar. Se apagaría el día que cobrase vida el monstruo apresado más allá del horizonte. El fuego se convirtió en luz y ésta en faro, que se fue multiplicando por todos los lugares donde había jóvenes hermosas para prevenirlas a tiempo. Más tarde, los marineros le encontrarían nuevas utilidades.
Empujado por la curiosidad, el titán vino a conocer a la muchacha. Le bastaron dos o tres pasos para atravesar las profundidades y acercase a estas costas, pero el mar, no se sabe si embravecido por las zancadas o por los celos, lo anegó y arrasó todo. La gente huyó a guarecerse en los montes cercanos. El gigante esperó a que las aguas bajaran con la ilusión de ver a la joven cuando abandonara el refugio, pero le tenían miedo y nadie se atrevió a volver al pueblo. Ante la demora, preguntó a gritos por la joven cantora.
La chica, obligada por aquellos bramidos que hacían retumbar el cielo, salió a su encuentro.
–Canta para mí –le dijo ya embobado.
Cantó.
Al oír su voz, aquel inmenso monstruo hincó las rodillas en el suelo y quedó rendido a sus pies.
–Ven conmigo –le rogó–. Te llevaré a mi isla, es tan pequeña que mojo los pies cuando me siento, pero no importa; así estaremos más cerca el uno del otro.
–No, nunca iré contigo –dijo ella con valentía–. Si quieres que vaya tendrás que llevarme a la fuerza.
–A la fuerza no, eso no. Prefiero venir todos los días a verte hasta que desees acompañarme por tu propia voluntad.
Se asustó, la sola posibilidad de que volviese, la hacía temblar.
–Está bien, iré contigo –dijo la chica rendida, cubriéndose el rostro para no mostrar sus lágrimas.
Él acercó una mano, con la palma abierta, para que ella pudiese subir y después, con la otra, también abierta, pero en esta ocasión hacia abajo, golpeó con violencia la costa. Nada se libró de saltar por los aires, el caos y la confusión se apoderaron de todo. El litoral quedó marcado para siempre.
–¿Por qué has hecho eso? –gritó furiosa.
–Te lo explicaré cuando lleguemos.
Ella continuó profiriendo gritos e insultos, pero él no la escuchó.
Dos zancadas bastaron para que el raptor regresara a su isla, llevándose a su amada consigo. El islote no sólo era pequeño, sino que estaba repleto de estatuas humanas. Al verlas un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven.
–Pero... ¿y esas...,? –balbuceó.
–No hables –advirtió él mostrando un gesto de silencio–, por favor, no digas nada.
–¿...las estatuas?
No le permitió continuar, con mucha delicadeza le tapó la boca.
Esas estatuas son la razón por la que provoqué el desbarajuste en tu pueblo. La isla está encantada, y no permite que nadie hable sin decir la verdad. El que falte a ella lo inmoviliza, lo mismo que ha hecho con esos. Si con el tiempo se demuestra que no mentía, que lo que decía era falso porque no conocía la verdad, tal vez lo libere. Como comprenderás, si no fuesen presa del desconcierto, el pueblo entero nos seguiría. Así han hecho estos, sus intenciones eran las de atacarme, pero al preguntárselo ninguno se atrevió a decir la verdad en mi presencia. Ya somos muchos, no cabe nadie más.
Mientras le hablaba a la joven, el mar continuaba trayendo a la playa las grandes olas que había provocado el gigante. Una de ellas dejó un bote varado en la arena. De la barca salió un joven mareado, completamente atontado, no sabía dónde se encontraba.
El ogro, con suavidad, dejó a la chica en el suelo, repitiéndole es gesto de que guardara silencio, y se dirigió al náufrago.
–¡Eh! Tú, ¿a qué has venido a la isla?
El hombre que había bajado del bote con bastante torpeza y más trabajo, desorientado como estaba, tardó en comprender lo que le decían. Momento que aprovechó el gigante para, con una sonrisa, dirigirse a la pastorcilla.
–Ya verás como éste tampoco se atreve a decirme la verdad.
–No lo sé, iba hacia el puerto a comprar pescado y de pronto, un temblor de tierra hizo que saltara todo por los aires. Después, ya sólo me acuerdo de estar en la barca en medio de unas olas enormes.
El gigante echó un grito estremecedor.
–Nooooooooooooooo...
–¿Qué pasa? –preguntó el joven agachándose del susto que se llevó al oír gritar a aquella mole
–Rápido, tenemos que irnos de aquí y, por favor, no digas nada. –Le advirtió la muchacha, mientras se acercaba a toda prisa y le tapaba la boca con una mano para que guardase silencio.
–¿Qué haces? –Interrogó él cada vez más confundido.
–Empuja la barca y vámonos, ya te lo contaré más tarde.
En altamar, la muchacha le explicó el motivo por el que no podían hablar en la isla.
–Esta vez fue el gigante quien no dijo la verdad, por eso gritó cuando se dio cuenta, antes de convertirse en estatua.
–No dijo la verdad, pero tampoco mintió.
–Por eso debemos estar preparados, para cuando se libere. –Volvió a explicar la joven.
El puerto estaba cada vez más cerca, igual que sus corazones. La joven volvió a cantar, cantó como no lo había hecho nunca. Cuando pusieron los pies en tierra, ya sabían que eran el uno para el otro.
A sus espaldas quedaba el gigante convertido en coloso y nadie sabía hasta cuando. Por eso, para estar prevenidos, encendieron un fuego a la orilla del mar. Se apagaría el día que cobrase vida el monstruo apresado más allá del horizonte. El fuego se convirtió en luz y ésta en faro, que se fue multiplicando por todos los lugares donde había jóvenes hermosas para prevenirlas a tiempo. Más tarde, los marineros le encontrarían nuevas utilidades.
Comentario:
Me ha gustado mucho la historia, los faros son una de mis debilidades, me encantan y este relato es muy bueno.
Espero seguir leyendote...un biko;)
Espero seguir leyendote...un biko;)

Comentario:
¡Qué maravilla! Esto se va contagiando. ¡Parece una plaga! Qué bueno que hay ganas de contar cosas y gracias por hacernos cómplices de esta aventura que inicias.
¡Felicitaciones José Antonio, que no falte el ánimo!
Bicos y biquiños.
¡Felicitaciones José Antonio, que no falte el ánimo!
Bicos y biquiños.
Comentario:
Mis mejores deseos para este blog que inicias,seguro que fuente de emociones para tí y para los que estemos del otro lado, leyéndote...un beso y ánimo!!!!





