La luna o el reflejo de la inocencia
Cuanto más nos alejamos de la infancia, más agradables son sus recuerdos. Aquella inocencia que siempre parece infinita, ayuda a sonreír con ternura cuando el corazón empieza a mostrar indicios de fatiga. Intentar volver a ser niño no parece tan difícil, la niñez casi nunca tiene edad, permanece viva en nuestra mente tanto o más que el propio ahora.
Esos albores de nuestras vidas, que después convertimos en hermosos instantes que necesitamos recordar, son pequeñas historias dibujadas en el tiempo. Muchas de las cuales podrían iniciarse detrás de una ventana, en una de esas noches de estío, cálidas, de cielo despejado, repletas de estrellas.
La que yo deseo mostrar empieza en un lugar así, a horas brujas, y con la edad propia para el encantamiento. Y, aunque discurre a través de los ojos de un niño, por favor, permítame contarla con el corazón de un viejo.
Esperaba el momento con impaciencia. Permanecía sentado en la cama, vestido, tapado simplemente con la sábana para que mi madre no se diera cuenta de las intenciones cuando viniese a darme el saludo de despedida. Mientras, miraba un cuadro de fondo negro, con las contraventanas abiertas de par en par, que enmarcaba en piedra de casa antigua una escena de infinita oscuridad. Eran tentaciones de brisa fresca, el silencio con caricias de verano, que me arrastraban los sentidos con promesas e ilusiones pintadas más allá de la ventana.
Entretenido como estaba, me sorprendió mi madre, que apenas se asomó para darme las buenas noches. Nunca entraba a no ser que me encontrase destapado en días de frío. Con la tensión de la espera y con el miedo de que descubriese mis propósitos, debí de tardar más de lo normal en contestarle, por lo que insistió en preguntarme si dormía. Le dije que no, pero creo que no se sorprendería si le contestase que sí, la respuesta era lo de menos en este tipo de preguntas. Se marchó detrás de la contestación. Le agradecí que se hubiera ido, era lo que estaba deseando. Noté como entraba en su habitación, más por los ronquidos de mi padre, que por el ruido que hizo ella al cerrar la puerta. Siempre había sido así, a la hora de dormir andaba de puntillas, con todo sigilo, aunque retemblara la casa con la sinfonía de mi padre.
Se habían acostado todos, mi madre no tardaría en quedarse dormida también, tal vez la abuela continuase despierta, pero oía tan poco que no se daría cuenta. Había llegado el momento de ponerse en marcha. Con la luz apagada me asomé al exterior y, sin vacilar, salté por la ventana, descubriendo al instante lo pequeña que podía llegar a ser la inmensidad.
Hoy la altura no parece tanta, pero aquel día creí no llegaba la suelo. La caída resultó más violenta de lo me había imaginado, reboté y dando trompicones rodé hasta donde la fortuna quiso dejarme. Lentamente me fui incorporando del aparatoso aterrizaje, así como de la sorpresa que me causó el mismo. Intuía moratones por todo el cuerpo, no los podía ver, pero la cantidad de calores y picores me lo iban dando a entender. Sobre todo, me dolían las nalgas de la fuerte culada y una de las rodillas, en la que tenía un rasguño que sangraba un poco. Estoy convencido de que si supiese las dificultades del salto, habría salido por la puerta, sin duda hubieran sido mejores los riesgos de ser descubierto que los numerosos golpes que me había dado. Por suerte no tenía nada roto, y a pesar de lo vivos que estaban los escozores, inicié la subida al monte con la ilusión de ser el primero en llegar.
El ascenso fue duro, y mucho más lento que el salto desde la ventana. Aquel camino retorcido, de cuestas empinadas, cubierto de zarzas y tojos que no veía, sólo sentía la saña de sus espinas; las sombras de los pinos que parecían moverse conmigo entre tanta negrura, y que en aquel momento, ni siquiera me atrevía a mirar, todo ello me había ido agotando las fuerzas hasta casi desistir. Creía que al otro lado del día todo seguiría igual, que nada cambiaría de lugar, simplemente imaginaba que eran las sombras que jugaban a esconder las cosas. Pero al comparar las distancias no parecían coincidir, tal vez fue en ese momento cuando empecé a desconfiar, no sé si de la noche o de la oscuridad. Por otro lado, también sabía que cada vez estaba más cerca de alcanzar la cumbre, situación de la que saqué las fuerzas que no tenía.
Al final, sudoroso, extremadamente fatigado y aún con el latente recuerdo del batacazo, logré llegar a lo más alto, donde suponía que todo sería más fácil. Tan sólo con pensarlo, ya resultaba menos lastimoso el vía crucis que me había costado.
Desconocía lo que me esperaba allí arriba aquella noche, no imaginaba las tentaciones de aquel monte bajo, gastado por la erosión de las lluvias, de los vientos y por la incesante terquedad que tiene el sol de aparecer siempre por el mismo lado, con el alma encendida; de cumbres llanas y tierra húmeda, fáciles de confundir con pequeñas mesetas cubiertas de matorrales, algunos pinos y eucaliptos, y en menor medida robles y castaños; donde no es difícil encontrar zonas de campo con hierba suave y fuentes de agua fresca. Había descubierto el paraíso; claro que lo era, una deliciosa brisa me acariciaba con mimo al secarme el sudor, mientras la ternura del césped me prometía el placer del descanso. No pude resistirme ¿quién podría hacerlo? sobre todo, cansado como estaba. Me tumbé panza arriba, dejé que la mirada se perdiese en el infinito, donde las estrellas danzaban envueltas en luz. Cerré los ojos de felicidad.
Estuve a punto de olvidar el motivo por el que había ido allí, desde la ventana de la habitación veía pasar la luna cada noche a ras de monte y, con el tiempo, me fui convenciendo de que si en ese momento, cuando ella salía, uno la estuviese aguardando, no le sería difícil robársela al cielo. Por eso, con bastante esfuerzo, abrí los ojos de nuevo para comprobar que aún no había salido y los volví a cerrar. Ni siquiera se intuía el lugar por el que saldría, no había indicios de su luz, tenía que esperar.
Satisfecho de llegar a la cima antes que la luna, disfruté a placer de aquel instante, casi podía imaginar la cara de sorpresa que iban a poner los míos cuando me viesen llegar con ella. Sin reparos a cerrar los ojos y soñar, me dejé seducir.
Como de todo sueño que nos roba la vida, desperté sobresaltado; miré al cielo, a lo más alto y cerré los ojos de dolor. El brillo de una luz intensa me obligó a bajar la mirada, a esconderla en el suelo, me escocía más la vergüenza de lo que su resplandor quemaba. En el lugar que debería estar la luna, me cegaba el sol, sobre todo de rabia. Evidencia, tan humillante como triste si cabe, de que me había quedado dormido. Por lo alto que estaba tendría que ser mediodía, pero ya no me atrevía a mirarlo de nuevo, bastante me dolía con imaginar su sonrisa. De la luna mejor no hablar, si en algún momento llegó a darse cuenta de que había subido para llevármela; lo qué debió de burlarse al verme durmiendo.
Turbado, más por el bochorno anímico que por el calor del mediodía, inicié el camino de regreso a casa. Si subir al monte fue difícil, bajarlo fue mucho más; no deseaba llegar nunca. No me gustaba rezar, pero fue lo que hice mientras duró el viaje, pedía por alcanzar el regazo de mi abuela antes de que mis padres me alcanzasen a mí; era mi mejor refugio antiaéreo y única posibilidad de salvación.
Se había armado un sonado revuelo en el lugar, cuando mis padres se dieron cuenta de mi ausencia, movilizaron a todos los vecinos. Para botón de muestra decir que uno de ellos, apodado “Taciñas” por su afición al vino, salió en mi búsqueda y tardó varios días en regresar. Curiosamente, sereno como no lo había estado nunca. Mi padre le había ofrecido tal cantidad de dicho licor que incluso llegó a olvidarse de beber.
A pesar de tanto movimiento, no me crucé con nadie hasta llegar a casa. Con la primera que me encontré fue con mi madre, que regresaba de la búsqueda para alimentar el ganado. Temí lo peor cuando la vi venir hacia mí, pero no tenía fuerzas ni ánimos para escapar; simplemente levanté las manos a la altura de la cara intentando esquivar en lo posible las bofetadas. Pero, sorpresa, me cogió y me abrazó con tanta fuerza como nunca lo había hecho. No lo ha vuelto a repetir, pero aún siento aquel instante como si nos hubiésemos fundido el uno con el otro. En el momento que me dejó en el suelo, vi salir a mi abuela por la puerta con la mayor sonrisa que he conocido. Sin dudarlo, volé a su regazo antes de que mi madre se recuperara.
Recuerdo que cuando les expliqué el motivo por el que me había escapado, mi abuela, efectivamente, sonrío como yo había imaginado. Aprovechando ese dulce momento, me sentó mejor en su regazo y me acarició la cabeza. En cambio, mi madre abrió la boca asombrada y con gesto de no comprender nada, sólo me preguntó: --¿Estás loco, cómo se te ha ocurrido ir a buscarla en una noche de luna nueva?-- Mi padre no me habló cuando regresó, me ignoró como si no hubiese ocurrido nada. Esperó a que se hiciese de noche y, después, cuando yo estaba acostado, vino a mi habitación y me ofreció su ayuda. --Si quieres la luna me la pides a mí, que yo te la daré; pero no se te ocurra volver tú solo a buscarla.--
No, nunca, jamás he tratado de alcanzar la luna, por lo menos de esa manera. Pero aún ahora, cada vez que la veo salir noto que casi se puede tocar con la mano. Si no fuera porque duele crecer ¡ay! cuánto me gustaría volver a intentarlo.
Esos albores de nuestras vidas, que después convertimos en hermosos instantes que necesitamos recordar, son pequeñas historias dibujadas en el tiempo. Muchas de las cuales podrían iniciarse detrás de una ventana, en una de esas noches de estío, cálidas, de cielo despejado, repletas de estrellas.
La que yo deseo mostrar empieza en un lugar así, a horas brujas, y con la edad propia para el encantamiento. Y, aunque discurre a través de los ojos de un niño, por favor, permítame contarla con el corazón de un viejo.
Esperaba el momento con impaciencia. Permanecía sentado en la cama, vestido, tapado simplemente con la sábana para que mi madre no se diera cuenta de las intenciones cuando viniese a darme el saludo de despedida. Mientras, miraba un cuadro de fondo negro, con las contraventanas abiertas de par en par, que enmarcaba en piedra de casa antigua una escena de infinita oscuridad. Eran tentaciones de brisa fresca, el silencio con caricias de verano, que me arrastraban los sentidos con promesas e ilusiones pintadas más allá de la ventana.
Entretenido como estaba, me sorprendió mi madre, que apenas se asomó para darme las buenas noches. Nunca entraba a no ser que me encontrase destapado en días de frío. Con la tensión de la espera y con el miedo de que descubriese mis propósitos, debí de tardar más de lo normal en contestarle, por lo que insistió en preguntarme si dormía. Le dije que no, pero creo que no se sorprendería si le contestase que sí, la respuesta era lo de menos en este tipo de preguntas. Se marchó detrás de la contestación. Le agradecí que se hubiera ido, era lo que estaba deseando. Noté como entraba en su habitación, más por los ronquidos de mi padre, que por el ruido que hizo ella al cerrar la puerta. Siempre había sido así, a la hora de dormir andaba de puntillas, con todo sigilo, aunque retemblara la casa con la sinfonía de mi padre.
Se habían acostado todos, mi madre no tardaría en quedarse dormida también, tal vez la abuela continuase despierta, pero oía tan poco que no se daría cuenta. Había llegado el momento de ponerse en marcha. Con la luz apagada me asomé al exterior y, sin vacilar, salté por la ventana, descubriendo al instante lo pequeña que podía llegar a ser la inmensidad.
Hoy la altura no parece tanta, pero aquel día creí no llegaba la suelo. La caída resultó más violenta de lo me había imaginado, reboté y dando trompicones rodé hasta donde la fortuna quiso dejarme. Lentamente me fui incorporando del aparatoso aterrizaje, así como de la sorpresa que me causó el mismo. Intuía moratones por todo el cuerpo, no los podía ver, pero la cantidad de calores y picores me lo iban dando a entender. Sobre todo, me dolían las nalgas de la fuerte culada y una de las rodillas, en la que tenía un rasguño que sangraba un poco. Estoy convencido de que si supiese las dificultades del salto, habría salido por la puerta, sin duda hubieran sido mejores los riesgos de ser descubierto que los numerosos golpes que me había dado. Por suerte no tenía nada roto, y a pesar de lo vivos que estaban los escozores, inicié la subida al monte con la ilusión de ser el primero en llegar.
El ascenso fue duro, y mucho más lento que el salto desde la ventana. Aquel camino retorcido, de cuestas empinadas, cubierto de zarzas y tojos que no veía, sólo sentía la saña de sus espinas; las sombras de los pinos que parecían moverse conmigo entre tanta negrura, y que en aquel momento, ni siquiera me atrevía a mirar, todo ello me había ido agotando las fuerzas hasta casi desistir. Creía que al otro lado del día todo seguiría igual, que nada cambiaría de lugar, simplemente imaginaba que eran las sombras que jugaban a esconder las cosas. Pero al comparar las distancias no parecían coincidir, tal vez fue en ese momento cuando empecé a desconfiar, no sé si de la noche o de la oscuridad. Por otro lado, también sabía que cada vez estaba más cerca de alcanzar la cumbre, situación de la que saqué las fuerzas que no tenía.
Al final, sudoroso, extremadamente fatigado y aún con el latente recuerdo del batacazo, logré llegar a lo más alto, donde suponía que todo sería más fácil. Tan sólo con pensarlo, ya resultaba menos lastimoso el vía crucis que me había costado.
Desconocía lo que me esperaba allí arriba aquella noche, no imaginaba las tentaciones de aquel monte bajo, gastado por la erosión de las lluvias, de los vientos y por la incesante terquedad que tiene el sol de aparecer siempre por el mismo lado, con el alma encendida; de cumbres llanas y tierra húmeda, fáciles de confundir con pequeñas mesetas cubiertas de matorrales, algunos pinos y eucaliptos, y en menor medida robles y castaños; donde no es difícil encontrar zonas de campo con hierba suave y fuentes de agua fresca. Había descubierto el paraíso; claro que lo era, una deliciosa brisa me acariciaba con mimo al secarme el sudor, mientras la ternura del césped me prometía el placer del descanso. No pude resistirme ¿quién podría hacerlo? sobre todo, cansado como estaba. Me tumbé panza arriba, dejé que la mirada se perdiese en el infinito, donde las estrellas danzaban envueltas en luz. Cerré los ojos de felicidad.
Estuve a punto de olvidar el motivo por el que había ido allí, desde la ventana de la habitación veía pasar la luna cada noche a ras de monte y, con el tiempo, me fui convenciendo de que si en ese momento, cuando ella salía, uno la estuviese aguardando, no le sería difícil robársela al cielo. Por eso, con bastante esfuerzo, abrí los ojos de nuevo para comprobar que aún no había salido y los volví a cerrar. Ni siquiera se intuía el lugar por el que saldría, no había indicios de su luz, tenía que esperar.
Satisfecho de llegar a la cima antes que la luna, disfruté a placer de aquel instante, casi podía imaginar la cara de sorpresa que iban a poner los míos cuando me viesen llegar con ella. Sin reparos a cerrar los ojos y soñar, me dejé seducir.
Como de todo sueño que nos roba la vida, desperté sobresaltado; miré al cielo, a lo más alto y cerré los ojos de dolor. El brillo de una luz intensa me obligó a bajar la mirada, a esconderla en el suelo, me escocía más la vergüenza de lo que su resplandor quemaba. En el lugar que debería estar la luna, me cegaba el sol, sobre todo de rabia. Evidencia, tan humillante como triste si cabe, de que me había quedado dormido. Por lo alto que estaba tendría que ser mediodía, pero ya no me atrevía a mirarlo de nuevo, bastante me dolía con imaginar su sonrisa. De la luna mejor no hablar, si en algún momento llegó a darse cuenta de que había subido para llevármela; lo qué debió de burlarse al verme durmiendo.
Turbado, más por el bochorno anímico que por el calor del mediodía, inicié el camino de regreso a casa. Si subir al monte fue difícil, bajarlo fue mucho más; no deseaba llegar nunca. No me gustaba rezar, pero fue lo que hice mientras duró el viaje, pedía por alcanzar el regazo de mi abuela antes de que mis padres me alcanzasen a mí; era mi mejor refugio antiaéreo y única posibilidad de salvación.
Se había armado un sonado revuelo en el lugar, cuando mis padres se dieron cuenta de mi ausencia, movilizaron a todos los vecinos. Para botón de muestra decir que uno de ellos, apodado “Taciñas” por su afición al vino, salió en mi búsqueda y tardó varios días en regresar. Curiosamente, sereno como no lo había estado nunca. Mi padre le había ofrecido tal cantidad de dicho licor que incluso llegó a olvidarse de beber.
A pesar de tanto movimiento, no me crucé con nadie hasta llegar a casa. Con la primera que me encontré fue con mi madre, que regresaba de la búsqueda para alimentar el ganado. Temí lo peor cuando la vi venir hacia mí, pero no tenía fuerzas ni ánimos para escapar; simplemente levanté las manos a la altura de la cara intentando esquivar en lo posible las bofetadas. Pero, sorpresa, me cogió y me abrazó con tanta fuerza como nunca lo había hecho. No lo ha vuelto a repetir, pero aún siento aquel instante como si nos hubiésemos fundido el uno con el otro. En el momento que me dejó en el suelo, vi salir a mi abuela por la puerta con la mayor sonrisa que he conocido. Sin dudarlo, volé a su regazo antes de que mi madre se recuperara.
Recuerdo que cuando les expliqué el motivo por el que me había escapado, mi abuela, efectivamente, sonrío como yo había imaginado. Aprovechando ese dulce momento, me sentó mejor en su regazo y me acarició la cabeza. En cambio, mi madre abrió la boca asombrada y con gesto de no comprender nada, sólo me preguntó: --¿Estás loco, cómo se te ha ocurrido ir a buscarla en una noche de luna nueva?-- Mi padre no me habló cuando regresó, me ignoró como si no hubiese ocurrido nada. Esperó a que se hiciese de noche y, después, cuando yo estaba acostado, vino a mi habitación y me ofreció su ayuda. --Si quieres la luna me la pides a mí, que yo te la daré; pero no se te ocurra volver tú solo a buscarla.--
No, nunca, jamás he tratado de alcanzar la luna, por lo menos de esa manera. Pero aún ahora, cada vez que la veo salir noto que casi se puede tocar con la mano. Si no fuera porque duele crecer ¡ay! cuánto me gustaría volver a intentarlo.
Comentario:
HAY COSAS QUE UNO SIEMPRE SABE AZUL!PERO ALGUNAS NO LE DEJAN DE SORPRENDER A UNO?TE GUSTAN A TI LAS SORPRESAS?
Comentario:
QUE HERMOSO ESTÁ ESCRITO ESTO..YO SIEMPRE MIRO EL CIELO CUANDO HAY LUNA LLENA Y LA MIRO FIJO FIJO FIJO,DE TANTO FIJAR LA VISTA PARECE QUE A LOS COSTADOS DEL OBJETO QUE VES, SE VA DIFUMINANDO EL ESPACIO,PARECE QUE SE ACORTARA, QUE VARIARA... LLEGA UN MOMENTO QUE SIENTO QUE EL MUNDO SE TRANSFORMA EN BOTELLA OSCURA Y TODOS ESTAMOS DENTRO DE UNA BOTELLA Y LA LUNA ES EL AGUJERO DE SALIDA AL EXTERIOR..DESDE NIÑA SIEMPRE LO VI ASÍ, Y AÚN HOY DE GRANDE CON MÁS DE TRES DECADAS ENCIMA,NO PIERDO LA COSTUMBRE DE HACER ESTO ,Y EN ESE MOMENTO SIENTO NO SE... UNA SENSACIÓN QUE NO SÉ DESCRIBIR,PERO ES LA MISMA QUE SENTÍA CUANDO ERA CHICA...SON ESAS PEQUEÑAS COSAS QUE NOS QUEDAN , QUE NUNCA DEBERÍAMOS OLVIDAR...
BESOS!
BESOS!
Comentario:
Cualquier edad es buena para intentar alcanzar la luna, ahora que has crecido tal vez esté más cerca...un beso!!!
Comentario:
Yo aún no termino de crecer y la luna me la tomo a cucharadas...como recitaba Sabines...o me la pongo bajo la almohada o sueño que soy el conejo que vive dentro de ella...es más aún me sabe a queso!!
Me gusta como escribes, pero eso ya lo sabes ;9
Bikos mil!
Me gusta como escribes, pero eso ya lo sabes ;9
Bikos mil!






