Mi primera ciudad
Mi primera ciudad, A Coruña, fue adolescente. Huía del examen intelectual y de la confesión moral que obsesivamente me cuestionaban; huía de la desilusión paterna, de la sensación de fracaso y del sentido de culpa que se me antojaban, cada vez más, una amenaza y no la ayuda que me gustaría tener. Saber, moral y amor parecían haberse confabulado con la intención de demostrarme y, lo que es peor, convencerme de mi inutilidad.
Aún no había cumplido los quince años, cuando subí al ferrobús dispuesto a llevarles la contraria. Nunca sería sabio, ni santo, ni siquiera el hijo deseado, pero de ahí a ser un don nadie había una diferencia que esperaba encontrar tres estaciones más allá.
La ilusión y los asientos del convoy, que permitían elegir el modo de viajar: de frente o de espaldas, me ayudaron a dejar el pueblo sin resentimiento. Condición que, a su vez, obligaba a ir de cara hacia lo desconocido. Más que un inconveniente, me resultó una situación aleccionadora(tenía la edad propicia) y elegí un asiento al lado de la ventanilla. Iba decidido a conquistar la ciudad de un vistazo. Por desgracia, todavía era de noche.
Las dos siguientes estaciones atestaron el tren de huevos, gallinas, conejos, verduras, patatas y mujeres de plaza. Tan sólo a mí parecía sorprenderme aquella huerta-corral en la que se habían convertido los pasillos. Los demás viajeros dormitaban las primeras horas del lunes como si fuesen las últimas de sus vidas.
Estaban de fiesta, esa fue la primera impresión que me causó la ciudad a través de los cristales. A Coruña de noche era una fiesta adornada con luces multicolores, que se encendían y apagaban caprichosamente, como si cada bombilla tuviese personalidad propia. Eché de menos la luz del día, aquella belleza cegaba más que iluminaba.
A treinta o cuarenta metros de la estación de San Cristóbal, cuando la máquina aminoró la marcha, el interior del ferrobús se convirtió en un gallinero. Fue como si de pronto se hubiesen atravesado los límites del inframundo: malos modos, gritos, insultos, empujones y prisa, mucha prisa. Todos querían ser los primeros en bajar. Las puertas de los vagones se achicaban ante la avalancha.
Esperé, era el primer día. Los atascos y las prisas no suponían más que un hecho circunstancial. Aún no había reconocido la ciudad. Fui de los últimos en abandonar el tren, me apeé con cuidado para no perder el equilibrio. No sé si por el efecto óptico que producía el movimiento del tren a través de la ventanilla o porque la gente avanzaba deprisa, pero el andén parecía moverse bajo sus pies. Seguí al grupo a cierta distancia, necesitaba familiarizarme con la situación.
A la altura de la máquina, cuando vi las toperas de las vías, me desinfle. Nunca había imaginado que las líneas paralelas pudieran tener fin. Estaba acostumbrado a ver como discurrían a través de los campos hasta que se perdían de vista. No pude evitar el desencanto, tan sólo había caminado veinte o treinta pasos y la sensación de que San Cristóbal se iba a convertir en epílogo me resultaba decepcionante, además de contradictoria.
Habría continuación, todo fin contiene en esencia un principio, pero no el de un adolescente recién llegado. Más allá de aquel final de vías también era ciudad: un conjunto o bloque de cemento que se elevaba muy por encima de mi capacidad de comprensión. Un resultado frío y distante, agrietado por unas hendiduras que caían verticales hasta el suelo, dónde se convertían en calles y éstas, a su vez, en un laberinto sin salida.
Aquel mismo día, desde un andamio elevado a nueve pisos de altura, vi por primera vez el mar. Se mecía colgado de una línea horizontal que lo separaba del azul infinito. Una perfección conmovedora, su sencillez se me impuso a la complejidad urbana.
Pero la inmensidad no sólo se mostraba simple, también inalcanzable. Aquella línea tenía forma de sueño, por eso en los edificios se abrían tantas ventanas. En cambio, el caos y desorden me resultaban próximos y familiares. La ciudad de tierra firme se parecía a las estanterías de mi habitación. Pronto comencé a sentirme como en casa, nadie puede ir más allá de su horizonte. A Coruña continuaría creciendo, el día menos pensado dejaría de ser adolescente.
Aún no había cumplido los quince años, cuando subí al ferrobús dispuesto a llevarles la contraria. Nunca sería sabio, ni santo, ni siquiera el hijo deseado, pero de ahí a ser un don nadie había una diferencia que esperaba encontrar tres estaciones más allá.
La ilusión y los asientos del convoy, que permitían elegir el modo de viajar: de frente o de espaldas, me ayudaron a dejar el pueblo sin resentimiento. Condición que, a su vez, obligaba a ir de cara hacia lo desconocido. Más que un inconveniente, me resultó una situación aleccionadora(tenía la edad propicia) y elegí un asiento al lado de la ventanilla. Iba decidido a conquistar la ciudad de un vistazo. Por desgracia, todavía era de noche.
Las dos siguientes estaciones atestaron el tren de huevos, gallinas, conejos, verduras, patatas y mujeres de plaza. Tan sólo a mí parecía sorprenderme aquella huerta-corral en la que se habían convertido los pasillos. Los demás viajeros dormitaban las primeras horas del lunes como si fuesen las últimas de sus vidas.
Estaban de fiesta, esa fue la primera impresión que me causó la ciudad a través de los cristales. A Coruña de noche era una fiesta adornada con luces multicolores, que se encendían y apagaban caprichosamente, como si cada bombilla tuviese personalidad propia. Eché de menos la luz del día, aquella belleza cegaba más que iluminaba.
A treinta o cuarenta metros de la estación de San Cristóbal, cuando la máquina aminoró la marcha, el interior del ferrobús se convirtió en un gallinero. Fue como si de pronto se hubiesen atravesado los límites del inframundo: malos modos, gritos, insultos, empujones y prisa, mucha prisa. Todos querían ser los primeros en bajar. Las puertas de los vagones se achicaban ante la avalancha.
Esperé, era el primer día. Los atascos y las prisas no suponían más que un hecho circunstancial. Aún no había reconocido la ciudad. Fui de los últimos en abandonar el tren, me apeé con cuidado para no perder el equilibrio. No sé si por el efecto óptico que producía el movimiento del tren a través de la ventanilla o porque la gente avanzaba deprisa, pero el andén parecía moverse bajo sus pies. Seguí al grupo a cierta distancia, necesitaba familiarizarme con la situación.
A la altura de la máquina, cuando vi las toperas de las vías, me desinfle. Nunca había imaginado que las líneas paralelas pudieran tener fin. Estaba acostumbrado a ver como discurrían a través de los campos hasta que se perdían de vista. No pude evitar el desencanto, tan sólo había caminado veinte o treinta pasos y la sensación de que San Cristóbal se iba a convertir en epílogo me resultaba decepcionante, además de contradictoria.
Habría continuación, todo fin contiene en esencia un principio, pero no el de un adolescente recién llegado. Más allá de aquel final de vías también era ciudad: un conjunto o bloque de cemento que se elevaba muy por encima de mi capacidad de comprensión. Un resultado frío y distante, agrietado por unas hendiduras que caían verticales hasta el suelo, dónde se convertían en calles y éstas, a su vez, en un laberinto sin salida.
Aquel mismo día, desde un andamio elevado a nueve pisos de altura, vi por primera vez el mar. Se mecía colgado de una línea horizontal que lo separaba del azul infinito. Una perfección conmovedora, su sencillez se me impuso a la complejidad urbana.
Pero la inmensidad no sólo se mostraba simple, también inalcanzable. Aquella línea tenía forma de sueño, por eso en los edificios se abrían tantas ventanas. En cambio, el caos y desorden me resultaban próximos y familiares. La ciudad de tierra firme se parecía a las estanterías de mi habitación. Pronto comencé a sentirme como en casa, nadie puede ir más allá de su horizonte. A Coruña continuaría creciendo, el día menos pensado dejaría de ser adolescente.
Comentario:
Cuando leo algo así de Coruña se me llena el alma. Ojalá siga inspirándote para nuestro deleite.
Bicos e apertas :)
Bicos e apertas :)
Comentario:
Lo único que no debemos perder es esa capacidad de búsqueda y de asombro, para que el camino merezca la pena...un besito!!!
Comentario:
Hay sitios que nos hacen suyos, como si de ellos hubieramos sido siempre, como si sus raices, su mar, su calidez nos hubieran parido lejos para luego atraernos con el canto de sirenas a nuestro propio encuentro, y ser lo que siempre deseamos...libres.
Mil bikos Xose...y más ;)
Mil bikos Xose...y más ;)






