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Vómitos Mentales
Un rincón de A Coruña, repleto de lluvia, niebla y algo de sol.
Acerca de
Desde este maravilloso rincón, a orillas del Atlántico, me encomiendo a la intuición y espontaneidad, con el deseo de que ninguna de las dos se aleje demasiado del sentido común.
Sindicación
 
Ángel


El despertador atronó en la oscuridad, hirió de muerte el silencio. Una retahíla de juramentos se confundieron con las estridencias asesinas, adjudicándole una supuesta personalidad e, incluso, familia a la caja de cuerda. Entre tinieblas y ring-ringnes, una mano torpe descargó todo su peso y toda su ira encima del reloj. Excitada, la bombilla se inflamó e inundó los diez metros cuadrados de estancia con su luz amarillenta: encendió el día.

Con ese gesto tan común y familiar, Ángel, el cartero, volteó las mantas. Logrando un día más que su compañera, enojada por el inoportuno destape, le diese la espalda mientras emitía una serie de protestas que Morfeo convertía en unos ininteligibles gruñidos. Ayudado por la despedida, el cartero echó los pies al suelo y, ante la delgadez de una pretenciosa esponja, crucificó las nalgas en el larguero de la cama. Miró como las agujas del reloj le clavaban las ocho menos cuarto en el estómago y se lo oprimían a la entrada. Melancólicos instantes anteriores le obligaron a abrir la boca a lo hipopótamo y a estirar los brazos hasta llenar la habitación.

Comenzó por los calcetines, se retorció de un lado para otro, tanteó hasta donde las manos le alcanzaban, logró posturas de circo sin escuchar los quejidos de las articulaciones; pero cuando, incorporándose del todo, se puso de pie, había conseguido vestirse de cintura para abajo, incluso aprovechó el último enderezo de columna para asentar los pantalones en su sitio. Se echó un vistazo de aprobación y al ver que se le había olvidado atar uno de los zapatos, le dedicó otro capítulo de execraciones. Sin atreverse a sentar de nuevo para atar el zapato, se zambulló de lleno en el nuevo día.

Arrastrando los pies, entró en el cuarto de baño y echó un vistazo al canoso y medio calvo, por no decir arrugado cincuentón, que siempre lo esperaba al otro lado del espejo. Decidieron no afeitarse esta mañana; se lavaron los dientes, las narices y poco más. Apenas se peinaron las canas y se despidieron en silencio, deseándose interiormente otro mutuo encuentro.

Con un tirón de solapas asentó el tres cuartos, descolgó la gorra de la percha y la incrustó hasta las orejas mientras cerraba la puerta de casa. Se dirigió hacia su moto, con los guantes de lana que su mujer le había confeccionado en la mano. Inclinó más el ciclomotor que levantó su pierna y, ayudándose con el cuerpo, se enderezó en busca del equilibrio. Dos o tres pedaladas arrancaron el motor que semejaba jurar como su dueño; a saber si por el madrugón, o por los noventa kilos repartidos en el uno setenta del jinete que le había tocado en suerte. Ángel, con el pensamiento en el chato de jerez con aguardiente y la charla matutina en la taberna, se colocaba los guantes sin prisas, indiferente a los ronroneos de su montura y al día que ya caminaba por sí solo.

El vagón correo no llegaba hasta las diez y para ordenar los envíos le bastaba con una hora, pero, a pesar de sus despertares, nunca aparecía después de las ocho y diez en la taberna.
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Comentario:
El despertar de Angel, conformista y cotidiano, me da ganas de gritar...la rutina puede matarnos,¿verdad?...
 
Comentario:
¡Qué maravilla ser capaces de transformar lo cotidiano en algo tan especial! Las cosas insignificantes adquieren una dimensión insólita y sorprendente. Te felicito José Antonio. Dan ganas de vivir!!!
 
Comentario:
Es curioso...como la vida es diferente desde el otro lado...de un espejo, y como correo tan sutil y tan despacio sin que nos demos cuenta.

Un biko y buen fin de semana.biko azul
No